Disclaimer: Harry Potter y todos sus personajes, historias y características no me pertenece, son propiedad de J.K Rowling.


Capítulo 10 – El agente doble.

Sirius miró su brazo izquierdo, ese que ahora le horrorizaba cada mañana y le hacía darse de bruces con la realidad. Aquel tatuaje no dejaba de quemarle recordándole que nunca jamás volvería a ser libre. Giró la cabeza hacia su otro brazo, allí la escena era mucho mejor y el resquemor se le olvidaba al visualizar a ese pequeño bebe que descansaba ajeno a la trágica vida de su padre. ¿Había merecido la pena tomar esa decisión? Ahora mismo sí, al menos Bellatrix había cumplido su palabra y Atria volvía a estar bajo su amparo. Pero el futuro era más incierto que nunca y a pesar que desde hacía años sus padres habían firmado su sentencia de muerte, no podía dejar de pensar que pasaría con su hija el día de mañana.

Por eso y tras tener a Bellatrix distraída con información de Voldemort, consiguió tener más libertad. Era difícil, no se podía engañar, pero debía de utilizar lo que tenía entre sus manos, literalmente, para no solo salvar a su hija si no también la vida de muchas personas. En un primer momento pensó en ponerse en contacto con sus amigos, pero para ser sinceros estaba enfadado, se había sentido abandonado cuando más les necesitaba, por eso acudió a la persona que siempre estaría ahí para cualquier bruja o mago necesitado.

Albus Dumbledore.

El curso escolar había terminado hacia unos días y para su sorpresa su antiguo profesor estuvo más que dispuesto a reunirse con él en Hogsmeade. Aprovechó un momento en el que la familia Black estaba en la mansión Malfoy asistiendo al parto de Narcisa, y se fue al encuentro con el director. Durante esa hora que tenía pensado estar fuera debía de esforzarse más que nunca en poner en práctica todos sus conocimientos sobre oclumancia. Bellatrix era buena en ello, pero Voldemort lo era mucho más.

Llegar a Hogsmeade no fue nada complicado, pero sí que había sido laborioso. Podía haberse aparecido allí directamente, pero sospechaba que en el momento que Bellatrix o cualquiera de sus padres o sus suegros quisiera saber donde estaba tendrían conocimiento de ello debido a ese estúpido juramento. Por eso, con el fin de engañar a tal encantamiento, decidió marearles para ganar tiempo si se daba la situación. Para llegar a Hogsmeade, primero fue al Ministerio, de allí tomó una chimenea que le llevó a Gringotts, desde ese lugar utilizó un traslador que le dejó en el distrito financiero muggle de Londres, luego tomó una escoba y finalmente se apareció en la taberna de Aberforth Dumbledore.

La taberna estaba vacía excepto por el propio Dumbledore y su hermano.

–Sirius Black. –El viejo profesor se ajustó las gafas. –Excelente volver a tener noticias tuyas después de tanto tiempo.

–Profesor debo de hablar con usted inmediatamente. –Podía haber parecido irrespetuoso pero no tenía tiempo para andarse con cortesías. Su viaje hasta allí había consumido buena parte de él. –En privado. –Miró a Aberforth.

Dumbledore asintió y con un gesto, su hermano desapareció detrás de la barra.

–Por favor siéntate. –Le indicó hacia una de las mesas del fondo. –¿Qué es lo que con tanta urgencia el joven Black necesita contar?

Sirius se amaso las manos nervioso. No sabía porque lo estaba, confiaba en ese hombre, pero la duda de que el no pudiera hacerlo en él, le asaltó.

–No tengo mucho tiempo, así que seré claro y conciso. Sé que estáis formando un grupo para luchar contra Voldemort. –La información la había obtenido en una de las reuniones de mortifagos. –Y quiero unirme.

A Dumbledore comenzó aparecerle en la cara una pequeña sonrisa. Era conocedor de todo lo que había sucedido con Sirius, así que esa nueva información era recibida con total agradado. Pero antes de poder dar una sonrisa completa su ceño se frunció y su semblante palideció.

–¿Cómo sabes acerca de nuestro grupo?

–Me avergüenza, pero no tuve otra opción. –Puso su brazo sobre la mesa y levantó la manga de su camisa lo justo para que se viera el comienzo de la marca tenebrosa. –Él sabe acerca de la Orden del Fénix. –Se refería a Voldemort.

Dumbledore no pudo ocultar su sorpresa, primero por ver la marca tenebrosa en la piel de ese joven mago y segundo por descubrir una sospecha que llevaba semanas rondando su cabeza. Había un infiltrado en la Orden.

–Sirius esto no es Hogwarts nunca más. No es una lucha de casas sino una donde muchas vidas pueden ser sesgadas. Honro tu determinación, pero no puedo arriesgar que un mortífago se una a nosotros. Son necesarios actos para ganar la confianza.

A Sirius esas palabras le habían dolido. Ya no era un gryffindor admirado por todos por haber dado la espalda a su familia, ahora era visto como uno de esos seres a los que siempre repudió.

–Por favor señor. Tengo información, mucha que os seria de una gran utilidad, y puedo seguir suministrando más.

–Sirius, esto es algo muy importante, necesitaría una prueba de esa información.

Lo consideraba justo, no era común que un mortífago se presentase ante ti con ansias de unirse al lado contrario con supuesta información privilegiada. Así que le contó el plan que los mortifagos estaban a punto de realizar en nombre de Voldemort, se trataba de una serie de ataques en el Callejón Diagon.


Sirius se guardó una sonrisa de satisfacción cuando al leer el Profeta comprobó como los planes de Voldemort habían sido frustrados. La información que le había suministrado a Dumbledore había sido bien utilizada. Además, seguro que Voldemort iba a estar enfadado con los mortifagos que habían fallado en los ataques. Crabbe y Goyle iban a recibir una sesión de cruciatus.

–Son patéticos. –Comentó Bellatrix que ojeaba sobre su hombro las noticias. –No entiendo porque esos dos, que ni si quiera son capaces de dar dos pasos sin tropezar, tienen tal tipo de misiones y yo me tengo que conformar con parir hijos. No es justo.

–No siempre tenemos lo que queremos. –Doblo el periódico y lo dejó sobre la mesa.

Bellatrix sonrió con picardía mientras se servía una taza de té.

–Igual si tú le convencieras… Parece que te tiene en gran estima. No te obliga hacer misiones para probar tu lealtad como en el caso de Crabbe y Goyle.

En eso debía darle la razón. La misión ocurrida ayer era una de esas que Voldemort utilizaba para solventar las dudas que tenia sobre algunos de sus seguidores. Al parecer con él no tenía ninguna duda.

Si solo él supiera…

–Creeme, lo he intentado. Pero ha dicho que debes seguir pariendo hijos. –Se burlaba de ella, sabía que le dolía, pero el mismo Voldemort había dejado muy clara su opinión sobre las mujeres entre sus filas.

Bellatrix volvió a dejar su taza sobre la mesa, se acercó y melosamente se sentó sobre él. Sirius puso los ojos en blanco, era increíble como esa mujer no cesaba en sus intentos. Sabía perfectamente cuál era su estrategia, no era tonto y puede que al principio cayese en sus redes como un adolescente hormonado, pero estaba claro que Bellatrix pretendía seducirlo para lograr sus objetivos.

–Igual si insistieras un poco más… –Bellatrix ya estaba directamente metiéndole mano y él simplemente se dejaba hacer.

–No sé. No lo tengo muy claro. –Le apartó el pelo hacia un lado para tener una mejor visión de su poco discreto escote.

Aun quedaban varias horas hasta que Atria despertase, así que no iba a decir que no a un pequeño entretenimiento antes de comenzar el día. Además, aquellos momentos eran los únicos en los que Bellatrix no le producía repulsión.

Ambos estaban tan entretenidos en devorarse mutuamente que obviaron la presencia que se cruzaba de brazos y negada con la cabeza.

–Ejem. –La figura se colocó a su lado y les dio un pequeño golpecito en el hombro.

Molestos, se separaron para ver quién era la persona que había osado interrumpirles.

Walburga Black les miraba malhumorada.

–Tu hija te reclama. –Miró a Bellatrix.

Bellatrix frunció el ceño y de mala gana se levantó del regazo de Sirius. Se fue ajustando la ropa mientras salía del comedor dando grandes zancadas de disconformidad.

Sirius hizo lo propio, no sabía en qué momento pero Bellatrix había conseguido desabrocharle la camisa de arriba abajo. Cuando acabó de recomponerse continuó terminándose el desayuno.

–Que falta de respeto.

Sirius alzó la vista de la tostada que estaba untando con mermelada para fijar la vista en su madre sentada en frente.

–Aquí en medio del comedor, a la vista de todos. Creía que os habíamos educado mejor.

Sirius escuchaba incrédulo las palabras de su madre. Lo que le faltaba por oír. Ahora su madre iba de mojigata cuando prácticamente les había encerrado en una habitación para que consumasen su matrimonio.

–Madre, si mal no recuerdo hace dos días nos decías que debíamos darnos prisa en dar un varón a la familia Black y ahora que nos ponemos a ello, ¿te ofendes? –Se burlaba de ella. Lo que menos necesitaba ahora era añadir otro crio al problema.

Walburga apretó la servilleta entre sus manos con furia.

–Esas cosas las hay que dejar para la intimidad del matrimonio.

Sirius se tomó de un trago el café que le quedaba y engulló casi por completo la tostada que se estaba preparando.

–Madre espero que esta noche lances un hechizo silenciador, no creo que quieras escuchar las intimidades de mi matrimonio. –Se levantó dramáticamente y se despidió de su madre, la cual murmuraba malhumorada.


Dumbledore le escribió unos días más tarde, la información que le había proporcionaba había sido suficiente para que confiara en él y le daba la bienvenida a la Orden del Fénix. Pero debido a su condición de mortífago no podía asistir a las reuniones. Dumbledore le dijo que le enviaría a alguien de confianza que le informaría de los planes.

Debía encontrarse con el informador en el metro de Londres, un lugar donde no hubiera demasiados magos y brujas que les pudieran reconocer. Como de costumbre tuvo que dar mil vueltas para que su rastro se perdiera si era buscado por alguien de su familia, les había dado la excusa de que tenía que tratar unos asuntos del Ministerio.

No sabía a quién tenía que esperar, pero según la carta de Dumbledore, era alguien que reconocería fácilmente en cuanto le viera.

Contempló el rejo de la estación, esa persona ya se retrasaba y el tenía el tiempo justo para volver a casa...

–Sirius.

Una voz a sus espaldas le llamó. Conocía perfectamente quien era sin ni si quiera mirarlo.

–James.

Su amigo, o mejor dicho su ex amigo. No podía evitar pensar en cómo le habían dado la espalda, especialmente James, al cual había considerado un hermano.

–Ha pasado tanto tiempo viejo amigo… –James emitió una pequeña sonrisa.

Sirius le ignoró. No podía olvidarse de que lo había ocurrido.

–¿Cuáles son las directrices? –Preguntó directamente. No se sentía cómodo y quería irse cuanto antes.

James captó la indirecta rápidamente y procedió a comunicarle cuales eran los planes de la Orden y como querían que Sirius procediese. De momento seguiría pasándoles información y manteniendo un perfil bajo tanto en la Orden como entre los mortifagos, si llegase el momento de que Voldemort le solicitase alguna prueba de lealtad, la Orden trabajaría con él para cumplir con lo que le pidiese.

–¿De verdad la tienes? –Preguntó James antes de marcharse. Hacía referencia al tatuaje.

–Sí, no tuve otra opción.

James negó con la cabeza.

–Sirius siempre hay otra opción. Deberías de habernos… –Se quedó callado abruptamente.

–Haberos ¿Qué? Como si no os hubiera mandado suficientes cartas explicando todo lo que me estaba ocurriendo o lo que temía que me fuera a ocurrir. ¿Es que acaso no recuerdas todas mis súplicas?

James agachó la cabeza.

–Sirius… Creeme hemos estado buscando soluciones, no hemos parado… Pero Sirius, la situación ha cambiado y temía por mi familia… ¿Sabes? Lily y yo hemos tenido un hijo. Harry. –James rebuscó en su cazadora y sacó una foto. –Tiene cuatro meses.

Sirius tomó la foto entre sus manos. En ella aparecía un pequeño bebe que se reía y se chupaba un dedo. Su mente voló hacia Atria, Harry y ella compartirían curso en Hogwarts.

–Se parece a ti. –Le devolvió la foto.

James sonrió absorto mirando la foto de su hijo. Le entendía, él se pasaba horas mirando a Atria.

–También se que tu… A mi abuela le llegó una carta anunciando el acontecimiento. Aún la deben considerar una Black.

Seguro que su madre se había encargado de mandar cartas a todos los familiares aunque ya no llevasen el apellido Black.

–Entonces entenderás porque me he visto obligado a dejar que me marcasen. Yo también temo por el bienestar de mi hija.

James asintió.

–Sé que mis palabras sonaran vacías… Pero te doy mi palabra de que te ayudaré.

Sirius no le dio importancia. Creía que todo iba a ser igual, pero varias semanas, recibió una carta firmada por todos sus amigos.

"Tenemos algo. Nos encontraremos en el Callejón Diagón.

Ven como Canuto."