Disclaimer: Harry Potter y todos sus personajes, historias y características no me pertenece, son propiedad de J.K Rowling.


Capítulo 11 – La Solución

Mientras que Sirius se dirigía en su forma de perro al encuentro con sus ex amigos, iba repasando una y otra vez todas las dudas que tenia referente a esa reunión. En un principio había decidido no ir, le dolía ver como hubiera sido su vida de no haber sido condenado por el Juramento Inquebrantable y sobre todo por ver lo que felices que habían sido sus amigos en su ausencia. Aunque al final decidió ir. Puede que lo que tuvieran que decirle era algo relacionado con la Orden.

La carta había sido bastante escueta y a parte del lugar donde debían encontrarse, esta solo indicada el día y la hora. Así que llegando unos minutos tarde, esta vez había tomado más precauciones para llegar, incluso se había desplazado primero al norte del país por si su familia decidía buscarlo, se encontró con sus cuatro amigos.

–¡Canuto! –James se notaba emocionado. –Por favor no te transformes. –Dijo antes de que se cambiara a su forma humana.

Gruñó. No entendía el por qué.

–Créenos, es lo mejor. –Suplicó Lily.

Finalmente asintió. Los ojos de su amiga siempre destilaban confianza.

–Vayamos al Caldero Chorreante. –Propuso Remus. –El dueño nos ha dicho que abrirá el lugar solo para nosotros.

Peter fue el primero en comenzar el camino, Remus le siguió a continuación y finalmente lo hicieron James y Lily, mientras que él iba en medio de estos dos. Parecía algún tipo de estrategia para que no les relacionasen. No tardaron en llegar a la posada.

–El dueño se ha ido y nos dejara la sala a nuestra disposición. El único inconveniente es que solo será por una hora. Así que no podemos distraernos mucho. –James se sentó encima de una de las mesas. –Sirius, no hemos encontrado como romper el Juramento pero sí que hemos encontrado una manera de burlarlo, una especie de solución.

Remus y Peter se quedaron al lado izquierdo de James, mientras Lily se sentó en una silla junto a este.

–No queremos que pienses que nos hemos olvidado de ti. Pero encontrarse con hechizos como los realizados por tu familia, son muy difíciles de deshacer. Los Black son muy poderosos como bien tú sabrás.

Todo eso Sirius ya lo sabía, quizás los hubiera infravalorado en el pasado. Pero ahora más que nunca sabia que tan poderosos eran. A veces era aterrador.

–Pero tras muchas investigaciones, donde todos hemos trabajado, conseguimos llegar a la solución de la que James te acaba de hablar.

No pudo evitarlo pero los ojos le empezaron a brillar. Aunque no se pudiera romper el Juramento había una esperanza de poder ser libre.

–Es por eso por lo que te hemos pedido que vengas en tu forma animaga y que no te transformes. –Concluyó Remus.

–Sirius… Hemos llegando a la conclusión que, tus padres y tus tíos realizaron el Juramento sobre ti, pero sobre tu forma humana no sobre la animaga. Por lo que este Juramento solo se aplica cuando no eres Canuto. –James saltó de la mesa y se acercó a él. –Por lo que mientras te mantengas así, ninguna de las condiciones se cumplirá. No podrás morir si Bellatrix lo hace, no estarás obligado a servir a la casa de los Black, y no sabrán donde estas.

Con las palabras de su amigo, un nuevo mundo se abrió ante sus ojos. Su libertad e independencia estaba a una distancia tan cercana como el no volver a ser nunca más un humano. Tampoco le resultaba mala idea, sus amigos siempre le dijeron que en su forma animaga era más cariñoso… Pero antes de tomar una decisión, se le vino a la cabeza una persona de la que parecía haberse olvidado… Su hija.

Negó con la cabeza. Ese era un precio que no podía aceptar. Su hija era lo principal y si debía estar hasta su muerte siendo un mortífago y viviendo rodeado de los Black lo haría.

–Hemos previsto los inconvenientes que pudiera tener tu transformación. Sé que hay una persona que te preocupa, por eso la única opción que hemos encontrado es esta. –James le dejó en el suelo un pergamino.

Leyó atentamente las palabras que contenía. Volvió a negar, es más lo hizo hasta varias veces. Esa era una línea que no iba a cruzar.

–Sirius… –Lily se arrodilló a su lado. –No queremos coaccionarte a nada, simplemente creímos conveniente que tuvieras todas las opciones sobre la mesa. A última hora serás tú el que deba tomar una decisión. Y como madre te debo de decir, que sé que no es una fácil. –Le acarició unos segundos la cabeza y retornó a su sitio.

Se quedó pensativo.

No podía aceptar esa solución.


Sirius volvió a casa ya en su forma humana. En su camino determinó que no podía ser un perro de manera indefinida. Atria no merecía eso. La opción que sus amigos le habían dado para su hija, era la que había determinado que no podía dejar su lado humano. Así que por mucho que le doliese tener que vivir hasta su muerte con esa doble vida, pudiendo ser asesinado tanto por un bando como por otro, lo haría. Al menos hasta que su hija fuera adulta, hasta que pudiera hacerle ver que la ideología de los Black y de la pureza de la sangre era el fin de la sociedad mágica.

Subió a la habitación de Atria. Necesitaba estar con ella. Pero la niña no estaba en su cuna. Nervioso miró a su alrededor buscando que algo le indicase donde podía estar. Aunque no fue su vista la que la encontró si no su oído. Velozmente acudió a la habitación de donde procedían los llantos. Mil imágenes se formaron en su mente, pero ninguna fue aquella la que se encontró.

–¡Menos mal que apareces! –Su madre le encaró. –Lo último que supimos de ti es que estabas en el norte del país. ¿Qué hacías allí? –Inquirió.

Cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando y que su hija no estaba sufriendo ninguna calamidad, simplemente le estaban probando multitud de ropas, se relajó. También se percató de que sus amigos tenían razón y que su familia solo supo donde había estado su forma humana.

–Cosas del Ministerio que no son de tu incumbencia. –La apartó de su camino y se acercó a la cama donde estaba la niña tendida.

Bellatrix y su suegra se las arreglaban como podían para ponerle a la niña una especie de vestido horrible. Normal que Atria lloriquease y se revolviese. Su madre intervino y finalizó la maniobra poniéndole en la cabeza un gorro que le quedaba enorme. El bebe estaba tan en shock por el vaivén de manos que finalmente se quedó callada. La pobre había puesto una cara que inevitablemente le hizo reír. Era la misma que ponía él cuando era pequeño y su madre le obligaba atender a todas esas reuniones de sangre limpias.

–Se ve preciosa con este. –Su madre hizo como se quitaba una lágrima de emoción.

Sirius no aguantó más y una carcajada brotó de su garganta. Se abrió paso entre las tres mujeres y le quitó el gorro a la niña.

–Pero si le queda enorme. Además ¿qué es esto? –Bailó el sombrero entre sus manos. –Parece una pequeña doxy. –Soltó el artículo en las manos de su tía y tomo al bebe entre sus brazos.

Atria cambió rápidamente la expresión de su cara y al ver a su padre sonrió. Hacia unas semanas que había comenzado a regalarle esas sonrisas y se le caía la baba cada vez que lo hacía.

–Es el traje ceremonial. –Bellatrix frunció el ceño. –Y si es horrible, por muy antiquísimo que sea… Le queda enorme y huele raro.

Asintió, ya le pareció raro no apreciar el olor tan característico de los bebes, esa ropa aplacaba todo. Dejo a la niña sobre la cama.

–Quitársela. A saber cuántos años llevará esto sin lavarse. –Su madre iba a protestarle pero antes de que lo hiciera, la interrumpió. –¿Para qué necesita un traje ceremonial? –Le preguntó a Bellatrix.

Esta no dijo nada y comenzó a quitarle la ropa al bebe. Se mordía la lengua y estaba nerviosa. Eso sí que era raro, ¿Bellatrix nerviosa?, eso no le dio buena espina.

–¿Por qué necesita mi hija un traje ceremonial?

Bellatrix continuó callada y sin darle la cara. Su madre y su suegra intentaron escaparse de la habitación.

–Vosotras dos. Ni se os ocurra iros. –Gritó. Las dos mujeres agacharon la cabeza y volvieron a su posición. –Bellatrix… –Insistió.

Tras acabar de ponerle a Atria su ropa, tomó a la niña en brazos. Aunque más que cargarla parecía parapetarse con ella. Eso hizo que le hirviera la sangre.

–Bellatrix… ¿De qué ceremonia estamos hablando? –Gruñó entre dientes. Hasta su madre y su suegra le miraron asustadas.

Tras varios segundos dudando su mujer finalmente habló.

–Para una ceremonia de… compromiso matrimonial. –Susurró.

Aunque lo hubiera hecho en voz baja, la había escuchado perfectamente.

–¡¿Compromiso matrimonial?! –Gritó. –¡Estáis todos mal de la cabeza! ¡Qué es un bebe por favor! –Le quitó el bebe de los brazos a Bellatrix. –¡Sobre mi cadáver!

–¡Por las barbas de Merlín! –Su madre salió al paso, mientras que Bellatrix y su suegra se quedaron rezagadas. –Es lo que la tradición manda. Esta niña no es tuya, ni mía ni de nadie, esta niña es propiedad de esta familia, y como tal, debe ser comprometida a un mago de sangre pura, Draco Malfoy. Así las sangres volverán por el camino de nuestra sagrada familia.

Sirius apretaba al bebe contra su cuerpo como si en cualquier momento alguien pudiera quitársela. Atria había comenzado a mostrar signos de inconformidad.

–¡Me niego! Yo soy el padre, y es el padre el que tiene que dar la autorización. –Concluyó. No había más que decir, el aún no sería el patriarca de la familia Black, pero sí que lo era de su familia de tres.

–No tenemos otra opción. –Intervino Bellatrix. –Al parecer esto es otra de las condiciones del Juramento.

–Debéis de prometer a vuestros hijos con otros sangre limpias en los primeros meses de su vida. Pusimos esa condición con el fin de que, en el caso de que vosotros no siguierais el camino que os dictáramos, vuestras descendencias si lo hicieran.

Las palabras de Druella le cayeron encima como un caldero de agua fría. Un escalofrió recorrió su cuerpo de punta a punta.

Salió de la habitación con la niña entre sus brazos.

–¡No!


Se encerró en su habitación. Atria se había calmado y dormía plácidamente en el centro de la mullida cama. Se sentó a su lado y tomó una de sus manos.

–Lo siento. –Susurró. –No lo mereces. –Se tumbó a su lado. –No puedo permitir que te ocurra esto. La historia no se va a volver a repetir…

Miró al techo. Sonrió como un tonto al escuchar la respiración tranquila del bebe. Debía de hacer algo y poner fin a todo aquello. La opción que le habían planteado sus amigos a la situación con respecto a su hija, se volvía cada vez más razonable en su mente. Debía anteponer el bien de Atria, y aunque le doliese era lo mejor.

Se convertirá de forma definitiva en Canuto y así evitará que se cumplan las condiciones del Juramento, incluida la de tener que comprometer a su hija en matrimonio con alguien como Malfoy o cualquier otro mago.

Pero no podía volverse perro y dejar a su hija, por eso iba a seguir las instrucciones de aquel pergamino, que para su desgracia, se habían quedado tan bien gravadas en su mente.

–Es por tu bien cachorrito. –Le acarició la cabeza.

Se aseguró que Atria estuviera segura en la cama y salió de la habitación. Bajó a la cocina, debía comenzar a guardar algunas cosas que la niña iba a necesitar. Lo primero era su comida.

Para su desgracia se encontró con alguien más allí. Bellatrix. Intentó ignorarla pero no pudo.

–¿Cómo puedes estar tan tranquila? –Recorrió la cocina buscando otra cosa que no la que había ido a buscar. Si guardaba en la bolsa que había hechizado la comida del bebe, Bellatrix se daría cuenta.

–Porque es lo que debemos hacer. A no ser que quieras morir… –Bellatrix terminó la taza de té y se levantó.

–¡Yo moriría por mi hija! –Dio un puñetazo sobre la mesa.

Bellatrix se paro en la puerta antes de irse.

–Yo no la quiero, y tú lo sabes y lo sabías perfectamente. Así que no intentes juzgarme. –Se disponía salir.

–Eres un ser sin corazón. –Dijo antes de que se fuera. –Duerme hoy en otra habitación. No quiero verte.

Bellatrix salió finalmente y Sirius aprovechó para guardar los botes de leche dentro de la bolsa. Para su suerte no se encontró con nadie más. Fue al cuarto de Atria e hizo lo mismo con algunas ropas de abrigo. Las noches ya eran frías.

Primera instrucción del pergamino cumplida.

Entró de nuevo en su habitación y observó con descanso como Atria continuaba dormida en el centro de la cama.

Decidió continuar con la siguiente instrucción. Debía comprobar si la niña tenía algún tipo de hechizo rastreador. No le hubiera parecido raro que su madre hubiera hecho algo así. Suspiró. Era doloso tener que apuntar con una varita a un bebe. Una luz azulada salió de su varita y envolvió al bebe. Eso no pareció gustarle a la niña ya que comenzó a llorar. Seguro que le estaba causando incomodidad pero debía de hacerlo.

Tras unos segundos, la luz azul se apagó indicándole que sobre la niña no había ningún hechizo. La tomó entre sus brazos y esta rápidamente se calmó. Disfrutó de aquellos momentos antes de continuar con las instrucciones.

Se acercó a la ventana y a la pata de su lechuza ató una pequeña nota. La lechuza emprendió el vuelo. Se cercioró de que esta dejara los límites del barrio.

Miró al cielo. El sol ya se había puesto.

En unos minutos la oscuridad inundaría las calles y ese sería el momento indicado. Cuando escuchó como su familia terminaba de cenar y cada uno se dirigía a sus respectivas habitaciones, así como que Bellatrix se iba a la que había sido su antigua habitación, puso en marcha la siguiente parte.

Envolvió a Atria en una manta, la niña estaba tapada por completo solamente tenía una rendija donde apenas se la veía. La bolsa donde llevaba sus cosas la había reducido para poder meterla con ella.

Por último se convirtió en perro.

Agarró la manta con su boca y el peso del bebe dentro hizo que se asemejara a un bolso. Apretó los dientes. El bebe no pesaba mucho pero le temblaba tanto la mandíbula que temía no poder lograr su objetivo. Pero pudo y unos minutos más tarde conseguía salir de Grimmuald Place.

Intentó correr, pero el miedo a que el bebe se cayese le bloqueaba, el ruido del reloj del barrio marcando las doce, le puso nervioso. Hacia media hora que debía de haberse encontrado con aquella persona.

A lo lejos en aquel sucio callejón del centro de Londres, donde el ruido de la ciudad apenas se escuchaba, una persona le esperaba.

–Gracias a Morgana. –La persona se llevó las manos a la cabeza. –Temía que hubiera ocurrido algo. –El hombre se apresuró a ayudarle con el bulto que colgaba de su boca, y amplió la rendija que cubría la cara del bebe. –Es preciosa…

Sirius no pudo evitar llorar. Sus pequeños aullidos despertaron al bebe. Sabía que no debía hacerlo pero tenía que despedirse.

Aquella sería la última que vería a su hija.

Se convirtió en su forma humana.

–Sirius… –Se quejó el hombre. –Es peligroso. James me contó que…

–Lo sé. Pero tengo que despedirme de ella. Por favor solo serán unos segundos. –Suplicó.

El hombre finalmente accedió y le entregó al bebe.

–Iré a vigilar la entrada al callejón. Te doy cinco minutos.

Sirius asintió. Sabía que no eran suficientes, ningún tiempo del mundo sería suficiente para lo que iba hacer. Estaba a punto de dar a su hija para que fuera criada por otros como suya. Sabía que con la familia de aquel hombre estaría salva y crecería amada. Algo que él no le podía asegurar.

–Bueno… cachorrito. –Las lágrimas caían por su cara. –Este no es el destino que yo tenía pensado para ti. Ni si quiera tenía pensado uno, pero aunque me duela es lo mejor para ti. Llegaste a mi vida sin contar y sin duda eres lo mejor que ha podido salir de mí. –La niña le miraba, parecía que le entendía. –Nuestra familia no te merece por eso irás con una que te brindará todo lo que necesites. Crecerás fuerte, sana, te convertirás en una bruja excepcional y sobretodo serás libres e independiente para decidir sobre tu vida.

–Sirius… –El hombre había vuelto. –Es la hora.

Asintió. Miró por última vez esos ojos azules tan parecidos a los suyos y a continuación depositó un beso sobre su frente.

–Te quiero.

Con todo el dolor del mundo entregó al bebe a los brazos de aquel hombre.

–Lo siento Sirius pero debemos de irnos. Es mejor que vuelvas a tu forma animaga.

–Por favor, prométeme que no permitirás que nada le ocurra. –Necesitaba escucharlo de los labios de esa persona. Era la única forma de que se quedara tranquilo.

–Te lo prometo. –Miró al bebe. –Mi mujer y yo la protegeremos con nuestra vida si hace falta.

Cerró los ojos, eso era lo que necesitaba antes de volver a transformarse en perro, volvió abrirlos ya en su forma animaga y observó como el hombre arropaba mejor al bebe. Finalmente salió del callejón al centro de la ciudad y se perdió en la multitud de la animada noche londinense.

Cuando su vista dejó de ver al hombre, salió del callejón corriendo al lado opuesto. Aquel lugar era el último sitio donde su familia sabría que había estado. Ahí se perdería su rastro para siempre.

Corrió y corrió entre las multitudes hasta que salió del centro y ser perdió entre la oscuridad de uno de los bosques cercanos. El corazón le dolía, era la peor experiencia que una persona podía llegar a sufrir. Tener que dar a tu hija a otra familia era doloroso. Otro padre seria el que la vería crecer, otro padre seria el que la educase, otro padre…

Llegó a un claro del bosque desde donde veía la luna llena.

Aulló.

Era el aullido más desgarrador que jamás había emitido.


Un hombre con gorro puntiagudo cruzaba la cerca blanca de una modesta casa en una pequeña ciudad en Devon. La casa en cuestión, no se veía faustuosa, era de planta baja excepto por una pequeña torre descentrada que la hacía ganar en altura. El jardín estaba cuidado con distintas flores que resaltaban sobre el verdor.

El hombre con un gesto de su varita cerró la blanca puerta de madera y continuó el camino de piedra hasta la casa. El bebe entre sus brazos emitía algún que otro sonido pero continuaba durmiendo.

Abrió la puerta de la casa y el calor de la chimenea situada en el centro de la sala le recibió sonrojando sus mejillas. La mujer que se encontraba sentada en el sofá apoyándose en el reposabrazos, apartó con cuidado al niño, de unos dos años, que se agarraba a su cintura mientras dormía y fue al encuentro del hombre.

–¿Es ella? –La mujer observó por encima de la manta, aun insegura de tocar al bebe.

–Sí, es nuestra hija. –El hombre emocionado le pasó el bebe.

La mujer embelesada enseguida comenzó acunar al bebe mientras que la despojaba de aquella manta que se había empapado por la lluvia.

–¿Cuál es su nombre? –Preguntó temerosa. Era conocedora del origen del bebe, pero aun no se creía esa realidad que tenia entre su brazos.

–Su nombre es el que tú elijas. A partir de ahora, a ojos de todos será la hija que tuvimos y que no enseñamos al mundo por no encontrarse lo suficiente fuerte. Así que ¿Cómo se llama tu hija?

La mujer sonrió. Volvió a tomar su posición en el sofá mientras que el hombre se sentó a su lado.

Despertaron al niño.

–Cielo despierta. –El pequeño abrió los ojos pero volvió a cerrarlos. –Es hora que conozcas a tu hermana.

El niño finalmente abrió los ojos y se acercó a su madre.

–Cedric, te presentó a tu hermana pequeña… Delphini Diggory.

–Delphi. –Respondió el niño sonriendo mientras apoyaba la cabeza en el brazo de su madre y observaba a aquel pequeño bebe que les miraba con sus enormes ojos azules.

La vida de Atria Black fue breve pero la Delphini Diggory no, y esta consiguió lo que su padre biológico no pudo…

Ser libre.


A/N: ¡Hola! Pues este es el final de la historia, si lo sé ha sido triste (y eso que prometí que sería de humor) pero soy penosa para la comedia por lo que se ve. Además no encontraba sentido hacer una historia con final feliz con algo tan extremo como un juramento que obliga a casarse a dos personas y a vivir prácticamente atados hasta morir. Esta historia no la tenía tan planeada de ahí que haya tenido algunos altibajos con el tipo de fic, aun así estoy bastante satisfecha con el twist de final.