Sueños…

Ya no es común escuchar de ellos en voz alta, ¿qué no? Ya no hay nada al final del camino para alguien con sueños… al menos no aquí. Los sueños son, y siempre lo han sido, un enigma para el trabajador y honesto humano corriente. Con sueños, la vida mejora. Con sueños, todo es posible, hasta la más loca de las ideas se realiza tan fácil como levantar la mano y saludar. A veces, los sueños llevan a la grandeza, al camino de oro y plata por el qué todos queremos transitar, al que la mayoría de nosotros solo vemos desde la distancia anhelando estar allí y vivir la experiencia de esos afortunados que, a diferencia de nosotros, si pueden pasar por allí.

Los sueños son sinónimo de algo, esperanza. La esperanza y sueños siempre han ido de la mano en la historia. Son hermanos, gemelos, amigos. No sé puede tener uno sin el otro. Los sueños te hacen tener metas, logros a alcanzar y la esperanza te da la fuerza para conseguirlos. Una fuente de energía inagotable para el espíritu, gasolina pura que hace latir con fervor el corazón y acelera tu sangre haciéndote sentir más vivo de lo que jamás imaginaste. Cosas como los problemas, las deudas, nada de eso importa cuando se tienen sueños y esperanzas. Los engranajes de la vida son los humanos, al menos eso escuché de mi madre. La vida es una gran maquina que no sirve para nada si no ha nadie para hacerla funcionar, o mejor explicado, la vida no es nada si no hay nadie que la viva. Los engranaje son los humanos, que sin presionados tanto por la vida que la única verdad para sus destinos es que tarde o temprano caerán rotos bajo la fatiga del sobre esfuerzo que conlleva querer vivir dignamente en esa enorme maquinaria en medio de la oscuridad del cosmos. Yo llegué a esa conclusión hace mucho, así como llegue a la conclusión de que la manera de cuidar esos engranajes era con aceite…

Sueños y esperanzas.

Cada engranaje tenía su historia, su futuro, su presente, su pasado, y cómo era de esperarse, sus sueños y esperanzas. Nadie era especial, y a la vez, nadie era corriente. Todos iban a algún lado, venían de algún sitio o pensaban en su futuro. Todos al final de cuentas somos protagonistas, extras o personajes de fondo. Siempre he visto las cosas así, pero no puedo culparme, después de todo…

Siempre he tenido demasiado tiempo para dejarme llevar por mis pensamientos…

—Ness, Ness, ¡Ness! —la Srta. Andrew exclamó ya molesta hacía el niño sentado al fondo del aula, levantando la voz como solía hacerlo en sus años de juventud—. ¡Vamos, niño! ¡Bájate de las nubes de una vez y responde!

Se atrevió a gritar de nuevo, con dejos de molestia mayor a la de antes por causa de que ese niño la había ignorado completamente en sus llamados. Un sentimiento de arrepentimiento la llenó cuando analizó sus palabras ya con más calma y la serenidad del presente. Todos sus estudiantes soltaron una carcajada disimulada al entender bien la metida de pata que ella había suscitado para con quién estaba aún mirando con atención perdida las afueras de la ventana derecha del aula.

El niño no le hizo caso a la equivocación de la maestra con él y siguió con su análisis de las praderas fuera del aula. Conocía bien esas largas, verdes y hermosas praderas. Era dónde todos los niños de la escuela primaria Mother's Day jugaban a diario a la hora de receso a mitad del día, dónde jugaban lejos de él. Pues sin duda prefería siempre ir y sentarse bajo el viejo árbol plantado al lado de la oficina del director. Desde ese árbol y las praderas había unos cinco minutos de distancia, a menos de que llevara prisa, si mal no lo recordaba, un día hizo menos de un minuto en el recorrido. Lo hacía sin falta, siempre compraba la merienda con el Sr. Piggman y su esposa, claro, cuando su madre no le preparaba nada, y de allí se iba directo al viejo árbol. Cabeceó rápido y cambió su atención hacía su izquierda, pues el puesto del Sr. Piggman estaba al lado izquierdo de su aula. El joven castaño ya estaba recogiendo sus cosas al lado de su esposa, pues el receso había terminado ya hacía una hora y faltaba una más para que las clases matutinas se dieran por finalizadas a las dos de la tarde, ni un minuto más, ni un minuto menos. La Srta. Piggman era pelirroja y su largo rostro lleno de pecas siempre le dio curiosidad a Ness. La mujer, cómo si la mirada del pelinegro de once años la quemara, volteó hacía el aula y al toparse frente a frente con los ojos verdes del niño le sonrió y lo saludó con un gesto amable de mano.

Antes de que Ness tuviera tiempo para pensar si debía o no regresar el saludo un fuerte golpe en su escritorio de madera le sorprendió tanto como para hacerlo saltar de miedo. Como era de esperarse, al alzar la vista se encontró con el molesto rostro de la castaña y cuarentona Srta. Andrew. Sus azules ojos reflejaban desesperación, molestia y ganas de gritar. Las risas de los demás niños le indicaron a Ness que esa no era la primera vez que la Srta. Andrew lo llamaba, y por su rostro y por como movía la mano desesperada sobre el escritorio que acababa de golpear, llevaba ya bastante tiempo tratando de llamar su atención. Sus labios cubiertos de un brilloso labial de color perla se abrieron y pronunciaron tan lentas y arrastradas palabras que a Ness se le figuró que aquella mujer nada de ganas le faltaban para que esas palabras se convirtieran en serpientes y le mordieran el cuello al mismo tiempo.

—Pregunté que si podrías decir… mostrarme la capital de Argentina.

La crudeza en sus palabras hizo a Ness sentirse mareado, pero se las arregló para escribir en su cuaderno unas palabras. Todos, como si vieran a un profeta escribir el futuro, nunca apartaron la vista del niño que estaba rojo de vergüenza por haberse convertido en la figura central de la atención en ese momento. Cuando acabó de escribir en la hoja, alzó su cuaderno para dárselo a la mujer. Ella lo tomó con prisa y revisó con ojos cansados las palabras impresas en él.

—"Sí, Srta. Andrew. Perdón por no prestar atención, Srta. Andrew. La capital de Argentina es Buenos Aires, Srta. Andrew".

Recitó las palabras y la mayoría de los niños se quejaron decepcionados porque Ness hubiese acertado. Acelerado, el de los cabellos negros y gorra de baseball roja movió sus manos enfrente de su pecho, mientras la mujer lo veía. Eran movimientos rápidos, pero sencillos. El niño estaba expresando un sentimiento que a menudo tenía que interpretar, al punto de que ya la combinación de manos le salía natural. Y la Srta. Andrew, a pesar de no saber lenguaje de señas, podía entenderlo perfectamente por el rostro apenado y rojo de Ness que evitaba a toda costa verla a los ojos.

Era una disculpa.

—Solo… Solo procura no volver a hacerlo, o tendré que darte una semana de detención —le regresó el cuaderno, se dio media vuelta y regresó a su lugar al lado de la pizarra con nombres escritos en ella. Miró por última vez a Ness, procurando que esta vez si la estuviera escuchando, y cuando se topó con la mirada fría del niño, siguió con lo que había dejado atrás—. Bien, ahora, ¿quién puede pasar al frente y escribir tres grandes importaciones de México para con el resto de los países?

En la hora que faltaba para dejar la escuela, la Srta. Andrew explicaría sobre la inflación, diferencia y nombres de las distintas monedas de los países del mundo. Pasaría al frente a varios niños, que ya se veían desanimados gracias a lo cerca que estaba ya la hora de partir a casa y pasaría lista antes de dejar salir a todos. Pero Ness no le prestaría atención, pues pasaría toda la hora pensando en si la Srta. Piggman había visto su reprimenda y en que si a ella y a su esposo le había parecido algo graciosos.

—¡Ness, River McBride me dijo que la vieja Andrew te cagó en la cara antes de salir! ¡Que estabas como ido y te cagó! ¡No te culpo! ¡Todas las clases son mierda! ¡No sé ni para qué venimos a esta cosa!

Un niño gordo, bajo, de rostro pecoso y ojos cubiertos por un flequillo chillaba con un tono de voz que no le daba a entender a Ness si su amigo estaba cansado, enojado o excitado. Traía puesto un overol azul, que en sus mejores días lo había hecho lucir delgado, porqué el rubio lo había sido de pequeño. Ness recordaba vagamente que todo el mundo solía decir que él sería un niño gordo y bajito, pues cuando más joven, lo suficiente para no poder contar hasta mil, había sido un niño un poco gordo y bajito, por lo menos un poco más de lo que la mayoría de los niños de su edad. Su amigo, quién en esos tiempos era más alto que casi todos y tan delgado que podía atravesar las rejilla de las bardas de la escuela y salir de ella, lo cual hacía con tanta frecuencia que sino hubiera sido porque los profesores disfrutaban más de su ausencia que de su presencia hubiera sido algo que lo tendría metido en muchos más problemas de los que tuvo cuando pequeño.

—Porky, no es correcto expresarse así de los profesores, mucho menos de la Srta. Andrew, ella es una mujer mayor y de respeto.

Un niño de siete años, rubio y vestido con uniforme regañó al rubio mayor que él. Ambos eran Porky y Picky, dos hermanos e hijos de las dos personas que vivían al lado de la casa de Ness, en una enorme casa victoriana que dejaba muy en claro la diferencia social y económica en la que se encontraban ambas casas en la colina de Onett. Lo cual hacía a Porky y a Picky los vecinos ricos que la madre de Ness solía decir que todos los vecindarios del mundo solían tener. Tal vez el ser vecino de ellos tenía que ver más en su amistad con ambos que en el mismo Ness, pues a lo que llevaban de viaje ya, bastante considerando que ya iban por la biblioteca pública de Onett, el de la gorra de Baseball nunca añadió nada a la conversación, y vaya que había cosas que de verdad había querido decir. Su incapacidad para hablar nunca había sido un impedimento, Picky sabía hablar bastante fluido lenguaje de señas, lo que dejaba a Ness sorprendido y terriblemente decepcionado de que no pudiera recurrir al "No te hablo porque no sabes lenguaje de señas y no quiero molestarte demasiado". Era un rechazo directo, pero que se sentía como si la culpa la tuvieran las circunstancias tan poco bien agraciadas para la interacción social de Ness, y no cómo si fuera culpa de él. Porque vaya que lo sabía muy bien, tanto como sabía que los árboles daban Oxígeno y sin ellos moríamos todos, nunca fue culpa de las demás personas. Ness solo podía pensar en unas palabras para describir situaciones como las de ahora, donde el prefería ignorar la conversación hasta que el otro se aburriera y se fuera disculpándose como siempre todos hacían.

—¿Viste a esa nena toda buena que iba por el droguero del Sr. Eric? ¿Verdad que se caía de buena? —Porky siempre había tenido una manera de hablar que lo hacía lucir como si se lamiera los labios cada vez que dijese algo, lo cual ponía muy incómodo a más de uno, o a todos, a decir verdad—. Me preguntó si puedo tener algo con ella, ya sabes, darle unos billetes y disfrutarla a lo grande…

Pero no Porky, el rubio nunca había hecho eso, y de cierta forma, eso molestaba a Ness, de hecho, la falta de ganas de socializar con la gente causaba en Porky un cierto sentimiento de especialidad al ser amigo de Ness. El rubio siempre se había jactado orgulloso de ser el único niño de la escuela capaz de seguirle la corriente a Ness, quién por mucho era el más misterioso de todos. Porky nunca tuvo reparo en contar cosas íntimas de Ness a los demás con tal de quedar bien parado, sobre todo con las chicas, razón por la que Ness dejó de contárselas, justo después de que se enteró de que toda la escuela sabía con lujo de detalle sobre su miedo a los topos.

—Me das asco.

Porky ignoró las palabras de su hermano y las tomó a juego, pues al fin y al cobo, su hermanito menor era solo un niño que no entendía de estas cosas de mayores. Pero el tono y la expresión rígida de Picky dejaba claro de que aquello no era una acusación, ni un insulto, el niño legítimamente expreso su opinión personal hacía quién representaba la figura de hermano mayor para él. No era secreto para nadie, mucho menos para Ness, que Picky rechazaba tener parentesco con Porky cada que se pudiese tener la oportunidad. El niño de siete años apartó la vista de su hermano e hizo una mueca asqueada, como la de alguien que había comido un limón puro. Picky no odiaba a su hermano, pero lo ponía en una situación tan incomoda que nunca sabía bien como sobrellevar las cosas con él. Porky no era como los personajes de sus libros de aventuras, esos que son picarones, que no se guardan nada, pero que al final llegan a caerte bien. Porky era genuinamente alguien desagradable y hasta cierto punto detestable, como bien solían decir todos los chicos del pueblo.

—¿Vamos a las recreativas más tarde? Quiero jugar ese nuevo juego que hay en el segundo piso, ya sabes, el de dispararle a los jodido zombis Nazis. Quiero darles cinco tiros en el ano a cada uno de esos cerdos.

Replicó Porky entusiasmado, tanto como solo se le podía ver unas pocas veces.

—Los Tiburones pasan todo el día allí, es su club. Los únicos que pueden entrar son miembros o aspirantes a miembro —Picky respondió, cansado de repetirle a su hermano las claras y obvias razones de por que no acercarse a ese lugar, que cuando se les agarraba de malas a los Tiburones, hasta pasar enfrente era peligroso—. A menos de que quieras una apuñalada en el estómago y terminar en el hospital te recomiendo que juegues a lo que hay en casa.

—¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero! ¡NO QUIERO! —rojo de Ira, Porky armó un berrinche. Ness y Picky se apartaron de él preocupados, lo que al final fue suficiente para calmar a Porky y regresarlo a su estado de ánimo habitual—. Los Tiburones me aman —no era un chiste, el rubio lo pensaba de verdad, y ambos chicos al lado de él lo sabían—. Todo el rato me están pidiendo unirme a su pandilla, porque saben que cuando crezca, yo Porky, seré el maldito dueño de éste pueblo asqueroso. Me voy a coger a todas las perra de aquí mientras sus esposos trabajan para mí.

Está vez no solo fue Picky quién gestó incómodamente asqueado del niño obeso que no dejaba de gritar en medio de la calle, ganándose la mirada de todos los transeúntes que salían de la Biblioteca Pública de Onett. Ness por fin aligeró la presión de ambas palmas, soltó las correas de su mochila e hizo unos movimientos de manos hacía el niño de siete años al lado de él. Picky carcajeó discreto y se apresuró a responderle con una enorme sonrisa al chico con gorra de baseball.

—¿Qué? —intrigado, Porky preguntó—. ¿Qué te dijo? —repitió—. ¿Están hablando de mí? ¿S-Se e-están b-burlando de mí?

El rostro de Porky ya comenzaba a enrojecer de nuevo, furioso, se preparaba para volver a repetir su rabieta, pero esta vez mucho más concentrada en los dos compañeros de viaje que justo ahora tenía con él. Ness y Picky se volvieron a ver y ambos se dijeron con un gesto serio e inexpresivo, que pero para el contrario para ellos era suficiente para saber que ambos estaban muy de acuerdo de que lo mejor sería mentirle al niño y evitarse los problemas, y los berridos, con Porky.

—Para nada, nunca se nos ocurriría.

Picky dijo tan tranquilo y seguro de sí que toda duda de su hermano se fue con el simple revoloteo de aquellas seis palabras fuera de su boca y aterrizar suavemente en los oídos de su hermano. Como si estuviera aún dudoso, Porky miró a Ness y éste solo se limitó a darle una simple, sencilla y contundente negación con su cabeza. Luego de eso, lo más cerca a un gesto que Porky conseguiría de Ness sería toparse con su mirada cuando él volviese a girar la cara para encararlo al sentir claramente que el rubio de overol no le había apartado la mirada todavía. Los ojos tranquilos y de color verde apagado de Ness fueron suficiente para calmar los nervios de Porky, pero sin lograr despejar la duda que había subido a su cabeza y había estado dando vueltas como tornado en su conciencia.

—¿Y qué dijo Ness, entonces?

Fue tan directo que no era nada difícil notar de que aquello había generado un impacto mayor en Porky del que siquiera pudieron pensar aquellos dos al hacer la broma jocosa del mismo minutos atrás, solo por diversión, sin malicia, pero que sin embargo, habían terminado haciendo.

—Ness me preguntó sobre si estabas considerando darle trabajo cuando fuéramos grandes, y yo le respondí que si tú no se lo dabas yo estaría encantado, eso es todo.

Una vez más, la tranquilidad de su hermano hizo sentir a Porky duda sobre si confiar en él o hacerle caso a la comezón imaginaria que le había comenzado a brotar en la cabeza por culpa de ese tema. Ness asintió tan tranquilo como siempre solía lucir cuando estaba en compañía de alguien. Porky era un año mayor que Ness, y por eso no le había tocado saber que, en realidad, esa apariencia seria del chico solo se le veía en esas ocasiones. Pues tanto su maestra como sus compañeros habían ya rumoreado muchas veces entre ellos sobre la enorme ausencia mental que solía tener casi todo el tiempo, tan absorto en sus lagunas mentales como para notar hasta la más obvia de las señales, las provocaciones.

—¡CLARO! ¡HA, JA! —con los ánimos restaurados, junto con el ego, Porky se veía más tranquilo y confiado—. Les daré trabajo a ambos, no dejaré que se mueran de hambre. Después de todo, ¡ustedes son mis número uno! ¡Seremos los amos de este lugar!

Ness ignoró por completo la platica de los dos hermanos y observó pensativo la colina enfrente de él. Onett era un pueblo pequeño, sin demasiadas cosas qué hacer. La mayoría de personas que pasaban por él siempre iban de camino a Twoson o incluso hacía Fourside. Tanta era la falta de interés de la gente en el pueblo que solo había un hotel en todo el pueblo. Era atendido por la Srta. Carson, que se había casado hacía unos ocho años con Peter Carson, que era un carpintero de primera y un hombre amable de apenas treinta y dos años, siendo cuatro años mayor que su mujer. Curiosamente, el hotel era del padre de Linda, como se llamaba la Srta. Carson cuando no la llamaban por ese nombre. La madre de Ness le había contado de que aquél hombre se había llamado Vincent, Vincent Bowie y que el hotel antes solía ser una galería de arte. Durante la depresión, la galería quebró, el dueño se suicidó y le dejó la propiedad a su esposa, que después de su descenso era su viuda. Ni su madre tenía tanta memoria como para recordar los nombres de aquellos dos, pero si podía recordar cuando la propiedad fue vendida y convertida en un hotel. "Yo tenía ocho años cuando el papá de la pequeña Linda compró el edificio, para cuando terminó de remodelar, yo y Linda ya habíamos perdido el derecho de casarnos de blanco en la iglesia". La única razón por la que aquél hotel no había quebrado, y por la que el padre de la Srta. Carson no había terminado igual que el anterior dueño del lugar tenía que ver mucho con el empedrado, difícil y erguido hacía arriba camino por el que Ness pasaba cada día, ya sea para dirigirse a la escuela o para regresar a su casa después de la misma.

Onett era un pueblo pequeño, pero hasta los pueblos así tienen algo que los hace especiales, algo con que llamar la atención de los turistas, y por ende, sacarles dinero. Ese algo era la montaña que tenía levantada el pequeño poblado del norte de Eagleland en sus faldas. Al norte de Onett, y sin necesidad de caminar demasiado, se encontraba una enorme montaña de por lo menos cincuenta mil años de antigüedad. Su madre le contó que esa montaña se había hecho famosa entre las grandes ciudades como Fourside gracias a la gran cantidad de fósiles que encontraron por los sesenta y setentas. La montaña estaba llena de cuevas internas y acueductos por los que pasaba parte del rio de Twoson, que era el pueblo vecino de Onett. Aún hoy en día la gente solía decir que todavía quedaban muchos misterios y secretos de esa montaña por resolver. Otros más, los más longevos del pueblo, aseguraban que en su niñez una enorme nave espacial aterrizó en la montaña y sembró el cielo de un ennegrecido color grisáceo, pero todas las historias eran tan rebuscadas e incoherentes entre sí que se quedaron en cuentos de viejos locos. O, a lo mejor, era algo para intentar llamar la atención de más gente. Sea como sea, Vincent Bowie agradeció hasta el último de sus días que aquellas palabras falsas y huecas como nueces podridas fueran lo suficientemente dulces y atrayentes como para darle una rentabilidad suficiente a su hotel para darle un futuro decente a su hija y a otras dos generaciones de su familia.

Lo único que Ness había podido recolectar sobre el viejo Vincent Bowie fue que él había conllevado una muy buena relación con su yerno hasta el último de sus días, cosa rara, porque como su madre decía "Los padres no soportan a quién se esté enredando entre las piernas de su hija, sin importar lo buena persona que sea". Pero Ness lo sabía, ellos dos se apreciaban mucho, demasiado. Un hotel necesitaba de manutención, y esa manutención solo se la podía dar un electricista, un plomero, un cerrajero, y como no, un carpintero. Peter padre Carson Y Vincent Bowie se conocían desde que el primero era apenas un niño que difícilmente podía clavar un clavo con un martillo. El padre de Peter había muerto durante la segunda guerra mundial, a la que Vincent no asistió por culpa de la taquicardia con la que había nacido, y que en ese entonces maldijo, pero cuando todos volvieron de la misma, y contaron los horrores de lo que la palabra "Guerra" podía llegar a significar verdaderamente, la bendijo como a un hermano santo y digno de alabancias. Con una madre con depresión, Peter trabajó tan duro que antes de terminar su secundaria sus manos ya tenían la dureza y crudeza con la que un adulto solo podía llegar a tener. Vincent lo contrató por condescendencia y nada más por el hecho de ayudarlo, pero aquellos dos sentimientos amables hacía el chico no tuvieron nada que ver en que Peter se volviera sin demasiado esfuerzo en el carpintero por excelencia de Vincent Bowie y de otros tantos hombres y mujeres del pueblo. Todo lo que Peter hacía con la madera era increíble, hasta su madre, con lo avara que siempre había sido, no pudo rechazar la idea de tener algo hacho por aquellas manos y terminó encargándole una casa para perro para el entonces cachorro King que Ness había recogido de la calle a los cuatro años de edad. Y hoy en día, con Ness apunto de cumplir doce años y con un King tan viejo como para limitarse a dormir todo el día, aquella casita de madera hecha enteramente a mano seguía siendo tan hermosa y preciosa como lo fue el día en que Peter la llevó personalmente hasta el patio de la casa de Ness y la instaló. Peter podía ser una persona reservada y tranquila, pero para nada era alguien que se tomaba su trabajo a la ligera. Eso fue lo que terminó por conquistar a Vincent, y con el tiempo, a su hija. Ness no pudo siquiera poder imaginar alguna queja que Vincent le tuviera a Peter en su tiempo de conocerse ya no como amigos, sino como familia. Mucho menos con lo cariñosos y felices que Linda y él se veían ya con su primer hijo, un niño de tres años cuyo nombre era Peter Jr.

No como sus padres…

—¡Ness! —el grito de Porky terminó por sacar de sus pensamientos a Ness y lo hizo regresar a la realidad—. ¿No vas a ir a tu casa? ¿Acaso quieres pasar el rato en la mía? Lo siento, pero que mis padres no estén no significa que dejaré que pases. Es por tu propio bien, créeme. En cuanto veas la vida que yo llevo te sentirás mal con tu simple vida y eso nos distanciará, y todo por culpa de lo rico y afortunado que soy en comparación de ti.

Pero Ness no le prestó atención, así que Porky se marchó junto a su hermano hacía su casa a unos metros a la izquierda del chico con camisa azul a rayas azules.

—¿Cuándo piensan volver mamá y papá?

Ness alcanzó a escuchar a Picky preguntar antes de entrar a su casa, no sin antes apreciar cuidadosamente la casa de madera que King ya no usaba, pues prefería pasar sus días dentro de la casa donde estaba caliente y relajado. Sin pensárselo más tiempo, el niño giró la perilla, abrió la puerta y entró a la casa. En la sala estaba King, como él solía acostumbrar todos los días, tendido debajo del gabinete con florero al lado del sofá. Lo extraño allí era que su hermana menor también se encontraba allí, siendo bastante raro porque, a diferencia de Ness, aquella niña rubia de siete años solía pasársela con su numeroso y envidiable grupo de amigos y conocidos. Ness fue rápido, un poco molesto con ella, por haber faltado a la escuela. En la mañana pensó que simplemente se iría después de él, y durante el receso supuso que simplemente no se la había topado, era algo bastante normal, las únicas veces que se topaba en la escuela era para darse recados de su madre o pedirse favores, o al contrario de lo primero, avisarle a la mujer por parte del otro que llegarían tarde por una u otra razón.

Sin demorarse demasiado, Ness se plantó enfrente de ella y la TV. Su rubia hermana lo miró interrogante, alzó una ceja y chasqueó la lengua antes de preguntar un poco molesta por la actitud de su pariente de sangre.

—¿Qué? ¿Qué te pasa Ness? Estoy viendo el programa de Arthur Tozier, mira, si es por lo de tu vate de baseball, perdón ¿estás feliz? No fue a propósito, de verdad creí que podría romper esa estúpida roca en el patio trasero —la niña nunca dejo su postura relajada, ni se levantó del sofá para hablar con su hermano—. Estaba molesta, me he golpeado una y otra vez con esa maldita cosa al salir para recoger la ropa todos los días, tú también lo has hecho, solo pensé en hacer algo lindo por la familia para variar.

Ness negó, pero para nada satisfecho con eso. El pelinegro sentía todavía fresco el recuerdo de cuando su hermana había echado a perder su mejor vate de madera en una de sus locas, y por no decir estúpidas, ideas. Si bien esa piedra era una molestia tremenda al salir, si uno no se fijaba incluso podrías caerte, lo cual pasaba con más frecuencia de lo que esperarían los habitantes de esa casa. Su hermana había creído, y seguramente lo había hecho con todo su corazón, que el viejo vate de madera de Ness sería lo suficientemente fuerte como para romper aquella piedra y sacarla del suelo por partes. Era un viejo palo, y de madera sin nada en especial, corriente, sin nada más contra una roca que había soportado incluso la mano de Lier X. Agerado, el vecino de Ness, que era el hombre de hombres, o eso decía él. Que el vate se hubiera partido a la mitad con la fuerza de la piedra hubiera sido el menor de los problemas de Ness, algo que hubiera solucionando con pegamento industrial y trozo de madera pequeños para rellenar los huecos faltantes. Pero su hermana, después del primer golpe y al no sentir que ninguno de los dos objetos fuera a ser vencido por la fuerza de los impactos, siguió dándolo con repetida fuerza hasta que el vate no pudo más y se agrietó de dentro hacía afuera. Quedó huevo por muchas partes, ya no servía ni para entrenar en el patio. La había obligado a prometer que le compraría uno, claro, y ella se quedó con el devastado palo de madera para que aprendiera a respetar los límites de las cosas, figurativamente y literalmente hablando. Pero de eso ya un par de semanas, el enojo se le había pasado ya, pero ahora parecía renacido de sus cenizas con lo que acaban de hacer hoy su hermana.

Movió las manos rápido, pero entendible para la niña. Había sido una pregunta simple, pero que había provocado en la rubia un gesto de desgano y repelús.

—¿Escuela? ¿Por qué no fui? —Ness asintió lento y su hermana suspiró—. No tenía ganas de ir hoy.

Respondió y siguió viendo la televisión, mientras que el rostro de Ness ya se tornaba rojo como la sangre que subía a su cabeza con prisa. Aún más apresurado gestionó con las manos una simple pregunta.

"¿Qué te dijo mamá? ".

—Nada, estaba de acuerdo, necesitaba alguien que le ayudara a lavar. Ella hubiera preferido tu ayuda, porque a ti la ropa te queda suavecita, pero ya te habías ido y me permitió quedarme si le ayudaba con los deberes. ¿Por qué saliste tan temprano hoy?

"No me querría topar con Porky", respondió él con las manos, su hermana entendió fácilmente, no conocía mucho a Porky, pero conocía a su hermano, a él no le gustaba tener amigos. Ness volvió a mover las manos, pero está vez si que su hermana se notaba ofendida, escandalizada y sorprendida.

—¡Si vas a estar de grosero mejor ve a quejarte con mamá! ¡Está tendiendo la ropa en el patio de atrás! ¡Haber si te portas como un idiota con ella!

Ness la ignoró y salió apresurado hacía el patio de atrás. King y la niña de rubios cabellos se levantaron exaltado cuando un fuerte sonido de golpe se escuchó desde el patio. Aunque al principio creyó que su madre había reprimido a su hermano, supo que de hecho, había sido más irónico. Al salir a ver qué había pasado exactamente vio que su madre veía asombrada como Ness ahora estaba en el suelo frotándose la rodilla izquierda. Había caído unos centímetros más delante de la piedra salida en frente de la puerta del terreno y tanto la madre como la hermana de Ness ahogaron una risa por lo bajo. Ambas sabían bien, que de haber podido, Ness hubiera gritado maldiciendo al cielo lleno de ira y dolor...