» Ness, levántate. Despierta y apresúrate, se lo más veloz que puedas y camina hacia el sureste. Aléjate de Onett, aléjate lo más que puedas por favor. No, no sé por qué, pero Onett es especial para él. Todo allí emana lo putrefacción de su maldad. Especialmente la montaña, la montaña, aléjate de ella. No entres a las cuevas, no busques nada allí, sea lo que sea, está podrido, emana crueldad. Corre hacia el sureste, llega lo más pronto que puedas a Twoson... en Twoson. Búscame... Soy la amiga que aún no has conocido.
Exaltado y sudado, Ness se alzó en su cama mirando la ventana a la derecha de su casa. Las suaves yemas de sus dedos, como solo un niño como él podía tenerlas, se humedecieron al contacto con sus mejillas. Había estado llorado, no por pena ni dolor, simplemente sus ojos se habían humedecido y las gotas saladas bajaron a cascadas por sus enrojecidas mejillas. Estaba empapado y deshidratado, pero, sobre todo, desorientado. Se sentía atorado, desesperado. El sentimiento de incomodidad lo llenó por completo, lo cubrió como la noche solía hacer con la mitad del mundo cuando el sol se encontraba ya muy alejado como para siquiera poder darle una pizca de luz salvo la que siempre emanaba con debilidad el enorme satélite que rondaba por la tierra sin nada mejor que hacer que darle estabilidad a las mareas del inmenso mar que gobernaba el pequeño trozo de minerales que los hombres habían llamado Tierra y, que en su ilusión de posesión de importancia alguna vez habían lo habían llamado El Centro Del Universo. Ness era un niño con sueños pesados y desgarradoramente vividos, tanto como para recordarlos incluso semanas después de semanas de haberlos experimentado. Los que de verdad alteraba el centro del pelinegro, los que lo hacían sudar fríoy le calaban en los huesos eran las pesadillas. Aquellas dónde en el plano no había nada, una obscuridad eterna, un espacio en blanco, y en medio de esa mancha, él desnudo parado en silencio de muerte. Tardaba allí horas, o incluso días, hablando en el tiempo incontable que el mundo de los sueños manejaba, claro. No era hasta que una dulce voz femenina le susurraba al oído cuando podía despertar exactamente igual a como había hecho aquella noche fría y silenciosa como pocas. A veces eran simples palabras, a veces oraciones completas, y muy pero muy pocas veces, nada. Solo un silencio eterno entre él y la oscuridad solitaria de su subconsciente. Había tenido pesadillas de ese tipo desde que tenía memoria, desde que podía contar y ser consciente de sus necesidades básicas como ser humano. Al principio no eran nada, pero últimamente eran tal largas y pesadas como para dejarlo con fuertes jaquecas que le duraban días, e incluso semanas enteras.
La suave luz lunar y el fríoviento de la noche lo acarició, lo enredó entre sus invisibles brazos y lo hizo estremecer cada parte de su cuerpo en una sensación de hormigueo. Había olvidado cerrar la ventana, se había ido a dormir si hacerlo, y de hecho, no recordaba haberse ido a dormir. Una laguna mental lo separaba desde el momento de la cena y el cómo había terminado durmiendo en su habitación. Su madre había preparado filete, que bien era su platillo favorito. Había hablado con su hermana a cerca de lo divertido que sería ir a visitar Fourside un día de esos, más específicamente, durante el verano. El repertorio de viajes sellados en la vida de Ness no era muy extenso, al menos no tanto para presumirlo. Recordaba haber ido una vez o dos a Threed para poder pasar las fiestas la ciudad y no en Onett. Pocas veces había pisado Twoson, una, en su cumpleaños número siete, cuando su madre lo llevó al teatro para ir a escuchar a Nathalie Kingson cantar La Balada del León en la Luna, junto con varios de sus éxitos como Space Boy, I Can Hold the Sun In My Hands, Y la preferida de Ness, My Beautiful Baby of Cosmos. Aún hoy en día tenía el Álbum que le compraron sus padres aquél día y lo guardaba entre sus cosas como un tesoro. EARTHBOUND, era su nombre, en mayúsculas, en negritas y con fuente espacial que se inclinaba un poco hacía el cielo.
Se frotó los ojos con fuerza, al terminar dudó un poco, pero terminó dándose una bofetada y levantarse de su cama. No estiró sus extremidades, determinado a que su aventura en la noche no duraría demasiado. Planeaba ir al baño, orinar, bajar a la cocina, tomar un poco de agua y leche y regresar de nuevo al cálido beso del mundo de los sueños. Y con suerte, mucha suerte, no volvería a tener pesadillas. Se sentía cansado, fatigado. Era como si apenas hubiera podido consolidar el sueño en toda la noche. El reloj colgado en la pared, justo en frente de su cama, le indicaba que eran las dos de la mañana. Ness sentía como si apenas hubiera dormido, y sus ojos se lo indicaban con esos lentos y largos intentos de cerrarse para no abrirlos hasta la mañana. Aun así, sintió la necesidad de bajar salir de su cuarto, tenía que ir al baño de verdad. Su habitación estaba hasta el fondo del pasillo en el segundo piso de su casa, al lado de la de él, la habitación de su hermana. Al comienzo del pasillo, justo al lado de las escaleras, estaba el baño.
Alzó sus cobijas y se puso las plántulas azules que acostumbraba llevar en su casa.
En ese instante, Onett se quedó callada por unos segundos. El silencio que abordó el pueblo entero en ese momento fue lo suficientemente agitador como para generarle un enorme sentimiento de temor a cualquiera que se encontrara solo esa noche. Tan repentino y sorpresivo como la muerte misma, el cielo cambió de color y las estrellas se extinguieron. El sol volvió a salir y caía con furia sobre la tierra despedazando el cosmos y desgarrando la realidad misma, dejando una línea obscura en el cielo a su paso que se iba cerrando con lentitud detrás de él. Para cuando el pueblo montañoso de Onett volviera a saber lo que era el día, aquella línea de oscuridad infinita ya se habría cerrado y el sol que se encargó dejarla grabada en el espacio ya sería uno con la materia y se desvanecería entre la luz que él mismo había generado.
Ness estaría tocando la perilla de su puerta, su hermana estaría dormida abrazando su almuada, su madre estaría hablando por teléfono con su ex esposo y padre de los dos niños arriba en el segundo piso; preocupada mucho por el mismo. Paula Ponestar estaría rezándole a Dios porque su amigo le hubiera hecho caso en su mensaje, Poo estaría apenas despertando, pues en su tierra la noche de Ness era su día y al revés. Jeff Andonuts apenas estaría cenando con su mejor amigo Tony. Ambos estarían viendo el La Hora Divertida de Historia con Derek LeBlanc y la nieve estaría cayendo con delicadeza sobre el instituto donde ambos vivían. Lier X. Agerate estaría bebiendo una cerveza mientras veía sumamente intrigado y perdido la dorada estatua que acababa de encontrar enterrada bajo su casa.
Todo el mundo se quedó callado cuando Onett se sacudió en un terremoto, se sacudió y tembló con la fuerza de un millón de bombas cegándose al mismo tiempo. La montaña de Onett, reconocida por su grandeza y poderío se rompió esa noche y la mitad superior de la misma quedó esparcida por todo el bosque que la rodeaba. Todo ese poder ahora era un recuerdo, un sueño. De esa magnificencia no quedaban más que trozos de piedra calcinados y tierra desprendida.
Los odios de todos los habitantes de Onett reventaron, dejándolos con un zumbido tan poderoso que algunos asegurarían seguir escuchándolo meses después de la noche en que el nombre de Onett se hizo conocido por todo Eagleland por ser cúspide del descubrimiento astronómico más importante en los últimos cien años de vida del país. Como pocas veces en la vida, la noche se hizo día y la gente que hasta hacía poco estaba durmiendo plácidamente en sus camas salió a la calle para saber qué había sido aquello.
Cuando se recuperó del golpe sonoro, Ness se apresuró hacía su ventana. La abrió tan bruscamente que el vidrio blanco que la protegía del frio se agrietó. El niño sacó tanto su cuerpo para ver mejor que casi se podía decir que ya estaba más afuera qué dentro. Miró para el norte, intranquilo. El cielo estaba lleno de un tono rojo apagado, el de los árboles que se quemaban en la oscuridad y el brillante verde agua que salía con furia desde lo que antes había sido la punta del monte Onett, pero que ahora no era más que un rompecabezas de piedra y tierra.
Había caído un meteorito en Onett...
La noche se había vuelto día y el sol había caído sobre la tierra, había gritado de dolor, tan profundo y fuerte que dejó una estela roja de pura agonía expulsada por el mismo Dios de fuego que había caído de su trono esa noche y se había extinguido entre las estrellas. Onett se sacudió como nunca es su historia lo había hecho, se estremeció, desde sus cimientos; sus raíces explotaron desde dentro y movieron un poco el mundo. Tan fuerte, tan cortante, tan afligido fue su alarido de dolor que el mundo entero olvidó esa noche que debían ya estar durmiendo, descansando en esa madrugada helada y despertaron tan vivos y alertas como si hubieran dormido ya quince años. Aproximadamente a las cuatro de la mañana, horario de Eagleland del norte, la policía de Twoson y Threed llamaron con prisa mortal y preocupación a sus homónimos de Onett, respondería el Sargento Wilson J. Poe. Les explicaría todo lo que sabían, deteniéndose de vez en vez para callar a los oficiales y civiles que no dejaban de gritar escandalizados, asustados y paranoicos en la comisaría del pueblo. Si no hubiera sido porque el estruendo había llegado tanto a Twoson como a Threed no lo hubieran creído sin importar el respeto que ambos hombres al teléfono en ese entonces le tenían a Wilson, en Fourside no escucharon nada más que un susurro del viento del norte como cada noche.
—¿¡CÓMO QUE UN METEORITO!? —chilló asustado Usher P. Goncharov, jefe de la policía de Twoson y amigo personal de Wilson— ¡El impacto lo escuchamos hasta aquí, Twoson, fue brutal! ¡¿Cómo es posible que no haya borrado todo el pueblo!? ¡Eso debió matarlos a todos! ¡A todos! ¡Mierda!
—¡Nosotros aquí, en Threed, ya pensábamos que había sido un ataque terrorista! —Anatolie B. Pannacotta, el segundo al mando de la policía de Threed gritó por la segunda línea, casi mordiéndose la lengua de los nervios— ¡La jefa Berenice ya va para allá con la mitad de la puta policía de Threed! ¡Vimos una jodida bola roja caer en el este y la Jefa no se lo pensó, salieron apenas unos minutos! ¡Van a estar allí en cualquier momento!
—Me viene maravilloso —suspiró cansado Wilson y se frotó el frente cansado—, me viene de puta madre, muchas gracias, me encargaré de agradecerle personalmente a Berenice cuando llegue. La gente está afuera en la calle gritando, los tenderos y gente con negocios personales están en las putas ventanas con escopetas y rifles apuntándole a cualquiera que se les acerque y no dejan de llamarnos diciendo que los infelices bastardos de los Tiburones ya están rondando por todo el pueblo buscando qué robar. Todos los oficiales que tengo están en la montaña sacando a patadas a todos de allí, puede haber jodidos derrumbes o avalanchas de piedra, pero a la gente le importa una mierda si pueden sacarle una foto al jodido meteorito.
—Yo me quedaré en Twoson, pero mandaré unos ocho hombres con usted —ofreció el caballerizo Usher—. No puedo mandar más, tengo a todos los demás montados en una caballada hacía las montañas al noroeste para vigilar a una secta que ha estado creciendo, no parecen ser peligroso, son más bien Hippies Yonquis que veneran a la tierra o esas mierdas de Hippies, pero aun así ponen nerviosa a la gente.
—Necesito a toda la gente que puedan dar, una cosa ya es un puto meteorito cayendo encima de nuestro pueblo y nuestros hogares, lo último aquí es una jodida guerra fría –cansado, desvelado y agotado, se quejó Wilson—. Todos están esperando solo una señal de hostilidad de parte del resto para volarse las cabelleras a tiros. Tengo a vecinos, amigos de toda la vida, atrincherados en sus casas esperando a ver algún miembro de Los Tiburones, a solo verlo, solo eso les bastaría para mandarlo directo al infierno con una carga de plomo encima suficiente como para fabricar su propio Nautilus y bajar directo a con el diablo y darle un beso de buenas noches.
Esa noche, a las cinco de la mañana, hora de Onett, se registrarían dos heridos de bala, cuatro muertos; todos Tiburones. Cinco mascotas desaparecidas, que volverían al día siguiente con heridas asemejadas a las de un palo o un trozo de madera. Dos tiendas de abarrotes robadas y una completamente saqueada; propiedad de Astrid B. Spencer, Wallace W. Winchester y Dante Bucciarati, en ese orden. La policía de Onett pasaría a ser llamada incompetente por gran parte de los padres del pueblo, liderados por los padres de los pandilleros muertos que tendrían la edad de diez, quince y catorce años; apenas unos niños, Bob M. Lynnson, de diez años, era compañero de Ness, pero jamás se vieron las caras ni una sola vez. Durante las semanas siguientes, la escuela Mother's Day guardaría luto un mes y colgarían un listón negro en la sala de séptimo grado en honor del pequeño Bobby. Aquella escuela también pasaría a colocar carteles de "Se busca" con fotografías de Ness y Porky Minch tras que ambos de sus padres los reportaran desaparecidos. Durante dos meses, los niños de la primaria susurrarían a escondida de los profesores los rumores de que ambos habían sido aplastados por el meteorito aquella noche, y no dejarían de decirlos pese a que Picky Minch estuviera completamente sano y asegurara que nada de eso era verdadero y que el meteorito había caído muy lejos de la casa de Ness y la suya como para siquiera dañar más allá de los vidrios por el fuerte sonido, pero, al no tener respuesta alguna al paradero de Ness y Porky, los rumores continuaron.
—¡Ness, Tracy! ¡Bajen! ¡BAJEN INMEDIATAMENTE! —aquella voz ya no era calmada, mucho menos tan despreocupada como siempre se le había acostumbrado escuchar a Ana durante gran parte de su vida. Era una honesta voz de horror y sincero, así como profundo, mido hacia sus dos hijos arriba en la segunda planta— ¡No lo volveré a repetir! ¡Bajen justo AHORA!
Tal y como un relámpago dorado, los rubios mechones de Tracy bajaron las escaleras chillando entre un dejo de terror como de emoción.
—¡Un meteorito, mami! ¡Ha caído encima de la casa del señor Lier X. Agerate! ¡Yo le he visto —exclamó ella con brillo en los ojos, verdes agua como los de Ness— ¡Ha sido una pasada! ¡Nunca había visto algo como eso! ¿¡Crees que vengan los federales o el gobierno a llevárselo!? Creo que cayó en la propiedad del señor Lier, así que técnicamente es suyo, ¿no? Espero me deje verlo.
–Baja la voz, querida. Mira, es solo una roca.
–¿Y entonces? Es solo una roca, ¿no? ¿Para qué te pones tan histérica?
La rubia pego a su hija menor en la nuca y le reprendió la falta de respeto. Sus ojos viajaron rápidos y con ira contenida hacia la cima de las escaleras de su casa. Asomándose con cuidado y con miedo a ser descubierto, Ness asomaba la copa de su gorra.
—¡Baja inmediatamente! –furiosa, bramó Ana mirando con cólera a su hijo; ya sabía exactamente qué es lo que su hijo tenía en mente hacer esa noche— ¡Quiero que me digas, justo ahora, justo aquí, ¿que tenías planeado hacer exactamente?!
Ness se forzó a sí mismo para darse más prisas y bajar tan pronto como sus temblorosas piernas asustadas le dieran oportunidad. Su madre no le aparto la mirada un instante, y su hermana no dejaba de reír por lo bajo y discretamente a escondidas de su eufórica madre. La niña se ocultó atrás, gimió divertida y se encogió tan pequeña como pudo, adivinando lo que estaba por pasar. King, el perro de Ness, aulló débilmente y se quedó mirando a la puerta principal de la casa de sus amos. El viejo Pastor Ovejero gruñía con recelo impropio de su apática y cansada actitud de aquellos días en los que apenas podía levantarse para ir y hacer sus necesidades en el patio de la casa, él, que alguna vez fue el fiero cuidador de la casa. Ana decidió cesar sus regaños, pues su atención giró de pronto hacia el enardecido grupo de personas que subían raudos e imparables por el viejo camino de tierra al lado de su casa, buscaban llegar a la cima de la montaña, buscaban la mejor vista; buscaban ver el meteorito al igual que Ness. Decidida aún más a no dejar que ninguno de sus hijos diera un paso fuera de sus tierras, se dirigió con prisa mortal a la puerta, tomó el llavero colgado a la derecha de la pared adyacente a la puerta y, entre el tintineante chillido doloroso de las llaves colisionando unas contra otras, selló los cimientos sagrados de su hogar, que antes de ella fueron de su ex esposo, y antes de él, de sus padres. Aliviada se dejó caer en su sofá, auténticamente satisfecha consigo misma y de no haber actuado negligente dejando salir a ninguno de sus dos hijos a la estúpida empresa personal que significaba tratar de ver algo que, simple y sencillamente, no valía la pena arriesgar una vida entera.
—Ness subió a su cuarto en lo que tu cerrabas... —Tracy parecía divertida con todo aquello, o por lo menos su tono de voz parecía así cuando le comento aquello a su madre—... Seguro ya está por la casa del Señor Lier. Es bastante rápido para correr cuando se lo propone...
Importándole nada la presencia de su hija menor, o simplemente ya muy poco, Ana grito blasfemias. Recordaría castigar severamente a Ness una vez se dispusiera a salir a por él entre toda la gente loca que al parecer Onett albergaba en secreto. Sin duda sería un castigo ejemplar digno de su idiotez.
