Capítulo 3.

—No puedo creer que vayas a marcharte. ¿Es que te has vuelto loco?

Sanosuke le dio una patada a una piedra tan grande que necesariamente tuvo que dolerle, aunque no hizo ningún gesto que lo evidenciase. Kenshin había quitado del tendal toda la ropa y había hecho un macuto con sus escasas pertenencias.

—Volveremos a vernos, Sano.

—Claro, porque me iré contigo. ¿Qué vas a hacer sin mí?

Kenshin esbozó una sonrisa.

—Tienes que quedarte a cuidar de ellos. De Yahiko, de Kaoru-dono y también de Megumi-dono.

Sanosuke resopló y dio otra patada a la misma piedra.

—Maldito seas, Kenshin. No te entiendo. ¿Por qué no le dices que deje de verse con ese imbécil?

Kenshin comenzó a envolver la empuñadura de su sakabato con una tela, tapándola.

—Porque sessha no es quien de decirle a Kaoru-dono a quién puede ver.

—Entonces, ¿por qué irte?

—Porque sessha no...

Se quedó callado. La verdad es que no había nada que pudiera decir. ¿Por qué se iba? Si lo hacía para no estar en el medio, entonces es porque estaba aceptando que tenía ese poder, que podía interrumpir lo que fuese que estuviese naciendo entre Kaoru y Fujame-dono. Si se iba para no perder el control, entonces el resultado era el mismo. Fuese cual fuese el motivo, irse implicaba retirarse, irse de una pelea en la que ni siquiera tenía conciencia de haber entrado. Kenshin siempre había preferido no luchar; las batallas siempre acaban con heridos, en el mejor de los casos. Sin embargo, en ese momento... No tenía una respuesta para su amigo.

—Ya veo. Estás asustado—. Kenshin levantó la vista hacia él, sorprendido—. El hombre más fuerte de Japón vencido por una mujer.

Kenshin sintió otra vez esa punzada en el pecho, como el filo helado de una katana.

Sessha lo siente Sano.

—Más lo vas a sentir— replicó, agarrándolo por el kimono hasta que los pies de Kenshin se levantaron del suelo—. ¿Es que no piensas espabilar nunca? Tú no viste cómo quedó Jo-chan cuando te fuiste a Kioto. Por mucho que te lo explique nunca lo entenderás. Ella... Se apagó, mierda. Como una vela.

—Pero ella ya no estará sola— contestó Kenshin, mirándole a los ojos. Sano le bajó con un bufido.

—Entonces no te importa que otro la bese, o que la...

Sessha no es el dueño de Kaoru-dono— le cortó Kenshin, frunciendo el ceño mientras hacía un gesto para soltarse—. Ella es libre y ha elegido.

Nada más pronunciar las palabras se dio cuenta de lo que acababa de decir. Sanosuke le miró con expresión de sorpresa. Ha elegido, eso es lo que había dicho. Tomó aire y lo soltó despacio, intentando recuperar el control. Tenía que irse, tenía que hacerlo cuanto antes. Cogió su macuto y dio la espalda a Sanosuke, caminando hacia la puerta.

—¿Ha elegido? — dijo entonces su amigo—. Para elegir hay que tener al menos dos opciones. ¡Tú nunca le diste la oportunidad! ¡Cobarde! — dio una patada a una piedra y Kenshin se apartó, esquivándola, para salir entonces del dojo.

Llegó al dojo a medianoche; pese al calor abrasante, llovía a raudales, pero Fujame-san la acompañó resguardándole con su sombrilla hasta la puerta de su casa. Allí volvió a besarla, de una forma más pasional que la primera vez. Sintió su mano en la cintura, apretándola y notó cómo pegaba su cuerpo al suyo; después sus labios abrieron los de ella y notó el calor de su lengua en la boca y un dulce gusto al té que habían estado bebiendo. ¿Era así como se debía sentir? Era una sensación agradable, pero no lo que había imaginado de niña. Se dejó llevar por el beso, buscando eso que tanto había soñado, pero cuando él se separó, con la respiración agitada, se dio cuenta de que no lo había encontrado. Él la acompañó dentro del dojo y tras despedirse con una reverencia, se fue. Kaoru se llevó los dedos a los labios y los tocó despacio. Los besos de Fujame-san eran muy pasionales, aunque quizás eran todos así. Ella no podía comparar. Se descalzó y caminó por el pasillo del dojo cuando de pronto tuvo una sensación de ahogo en el pecho. Corrió hacia la habitación de Yahiko y sin llamar antes, abrió la puerta corredera. El niño dormía despatarrado en el jergón, roncando, ajeno a cualquier cosa, sujetando su bokken en la mano. Cerró la puerta con cuidado y se dirigió con paso rápido al dormitorio que se encontraba al final del pasillo. La lluvia caía con tanta fuerza que incluso mojaba aquel pasillo, de manera que caminó con cuidado para no resbalarse. Cuando llegó a la puerta puso una mano sobre ella con cuidado. ¿Qué le diré? ¿Qué podría decirle? Sin embargo, seguía teniendo esa sensación en el pecho, de modo que sin pensarlo más golpeó la puerta con los nudillos. Nadie contestó.

—¿Kenshin? Kenshin— repitió, llamando más fuerte. No hubo respuesta, de manera que abrió la puerta con cuidado. No estaba allí. Entró rápidamente y en un rápido vistazo se dio cuenta de que no estaba su sakabato, ni su ropa. Había dejado doblada la yukata fucsia que ella le dio un año atrás, cuando llegó al dojo. Se había puesto de nuevo su ropa oscura de rurouni. No puede ser, dijo para sí. Lo prometió. Prometió quedarse. Prometió protegerme. Notó las lágrimas empezar a salir de sus ojos. Fue hasta la cama, esa que Kenshin jamás había usado, ni siquiera estando herido y entonces lo vio. Sobre la almohada, perfectamente colocado, un lazo de color índigo. Kaoru se llevó la mano a la boca, ahogando el llanto. Bajo el lazo había un trozo de papel con la horrible letra de Kenshin.

Para cumplir la promesa de protegeros, sessha debe romper la de quedarse.

Brindaré por Kaoru-dono todas las veces.

Kenshin.

Los ojos de Kaoru se quedaron clavados en la última frase. Brindaré. ¿Se habría dado cuenta de que no usaba el pronombre de extrema humildad? Dobló el papel y lo guardó con el lazo en su bolsillo, poniéndose de pie. No te será tan fácil irte, Kenshin, dijo para sí, secándose las lágrimas con la manga. No volvería a meterse en la cama a llorar.

Llovía a mares y no tenía una sola sombrilla en el dojo, Yahiko las había perdido todas, pero no le importó. Las calles y los caminos estaban desiertos y Kaoru corrió por ellos buscando a Kenshin, con los truenos de la tormenta resonando. El puente, pensó entonces. Kenshin no tenía dinero, de modo que iría allí donde habría ido en su época de rurouni. EL puente le cobijaría durante la tormenta. Corrió por el camino embarrado, tropezando en un par de ocasiones. Llevaba el kimono lleno de barro y estaba empapada, pero no le importaba. Tenía que encontrarle antes de que desapareciera, o nunca lo haría. Tenía que hacerlo.

EL río descendía con las aguas repletas, como poco después de conocerse, cuando Jinne la secuestró. Bajó con cuidado la ladera, agarrándose a las plantas para no tropezar. Tenía que haberse puesto la ropa de entrenamiento, ese absurdo kimono... Cuando llego bajo el puente no lo vio. No puede ser, se dijo, buscando por todos lados. No estaba allí, aunque había lo que parecían los restos de ascuas. Había llegado tarde. Ya se había marchado. Se sentó bajo el puente, con el kimono hecho un desastre y el pelo revuelto, y lloró hasta que, agotada, se quedó dormida.

—¿Kaoru-dono? — abrió los ojos y se encontró a Kenshin de pie, apoyado en la pared del puente, con los ojos muy abiertos— ¿Qué...?

—¡Idiota! — gritó ella, fuera de sí. Se puso de pie lo más rápido que se lo permitió aquel kimono de mierda y se acercó a él, empujándole con fuerza de un golpe en el pecho. Kenshin dio un paso hacia atrás pero mantuvo el equilibrio. Estaba completamente empapado, hasta el punto de que el pelo rojo le chorreaba como si acabase de salir del agua— ¿Cómo pudiste irte así? ¿Cómo me haces lo mismo otra vez? ¡Lo prometiste!

Kenshin bajó la mirada mientras ella le sujetaba de la yukaya y volvía a golpearle.

—Sessha prometió protegeros— dijo, casi en un susurro. Kaoru buscaba sus ojos, pero él seguía mirando al suelo.

—¿De qué me estás protegiendo exactamente? ¿Alguien me ha amenazado? ¿Por qué no me lo has contado? Si me lo hubieses dicho, podríamos...

—Os protejo de mí— dijo entonces, mirándola. Kaoru se quedó paralizada y no fue capaz ni de soltar la yukata que agarraba de forma amenazante.

—Tú no me harías daño— contestó Kaoru, observando la gota de agua que descendía desde el pelo de Kenshin, bajando por su mejilla hasta la comisura de sus labios—. Kenshin, yo... Fujame-san y yo...

—No pasa nada. Sessha lo entiende, Kaoru-dono— dijo él, mirándola con una sonrisa tierna mientras ponía las manos sobre las de ella, que todavía sujetaban su yukata.

—No quiero que lo entiendas, maldita sea— replicó Kaoru, agitando la cabeza y soltando por fin la ropa de él—. ¡No quiero que lo entiendas! Quiero que me lo pidas, Kenshin. Ahora. Por favor, pídeme que te espere y lo haré. Te esperaré hasta que estés preparado. Te esperaré toda la vida si me lo pides.

Kenshin levantó la vista y la miró a los ojos. La había mirado así una vez antes, solo una, cuando le pidió que viviesen juntos en aquella nueva era. Entonces sintió cómo la cogía de la mano y con suavidad la acercaba a sí mismo, acortando la distancia que les separaba. Él acercó su rostro hasta el de ella y se detuvo a un milímetro de sus labios, como si le pidiese permiso. Un instante después la besó. Fue apenas un roce, casto, dulce y sutil, pero Kaoru sintió aquello que llevaba esperando desde niña. El estómago le dio un vuelco y no pudo ni cerrar los ojos. Miraba a Kenshin, que sí tenía los suyos cerrados y se envolvía en su olor. Ni siquiera había separado sus labios, solo la había rozado y tenía toda la piel de gallina.

—Espérame— susurró contra sus labios. Kaoru sonrió. Cuando él se separó, lo abrazó con todas sus fuerzas, sintiendo su cabello empapado contra su hombro.

—Lo haré. Lo prometo.