CAPÍTULO 24.

Terry observaba cómo el fuego lamía los troncos y en el dorado de su copa evocaba el cabello de Candy. Por un momento estuvo tentado de olvidar y volver con ella, llevarla a Su cama y sentir el calor de su cuerpo, acariciar sus curvas enloquecedoras. Deseó perderse en sus brazos y que nadie pudiera romper el hechizo que lo tenía embrujado. Y se preguntó, como tantas veces en los últimos minutos, por qué abandonó la boda, refugiándose en su maltrecho orgullo para huir a su cuarto de hotel. « Ya es hora de que sepas quién es el dueño de la nueva compañía de teatro al que le darás la publicidad, pequeña pecosa» Pensó llevando su bebida a los labios. Cómo si brindase por su decisión.

—Candy, tienes una reunión con Julia Duval, para la firma que falta para el diseño— dijo su asistente. Candy hizo un mohín de desesperación, por fin sabría quién era él hombre que la tenía perdiendo los nervios.

— Perfecto. Estaré en la sala de juntas. Por favor encárgate de recibirlos y ofrece todas las comodidades posibles. Tenemos que demostrarles que nosotros hacemos todo profesional.

— Así será.

Candy llevaba un par de minutos cuando la puerta se abrió muy lenta. La primera en entrar fue la flacucha de sonrisa pintada, algo que no le extrañó, pues era la asistente personal de don importante; pero cuando pasó la persona detrás de Julia, Candy perdió el color. Los pensamientos empezaron a cruzarse unos con los otros sin sincronización alguna, no podía ordenar lo que estaba sucediendo, su cerebro no le permitía tener un descanso. Todo estaba pasando tan rápido que no podía pensar. Pero cuando algo se acomodó lo primero que pensó fue; otra vez engañada, traicionada. ¿Pero qué demonios estaba haciendo Terry ahí? o, quizás no era él el dueño de la compañía y solamente paso por casualidad.

Candy pensaba que solo había un objetivo y era que él era el dueño de la compañía a la que ella representaba. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Cómo resolver el engaño, la traición que amenazaba la felicidad que había comenzado a vislumbrar? Justo entonces, cuando empezaba a querer ver en Terry alguien diferente, tenía que enterarse qué todo este tiempo jugó con ella. Terry quería hacerle pagar su error. Su gran error, y lo consiguió. Debía asumir la verdad por muy dolorosa que fuera. «Terrunce GrandChester, Terry», resonaba su nombre en su cabeza con la reiteración de un eco.

En la misma habitación parecían sólo en herirse, los navajazos de la desconfianza seguían tan sangrantes que no convenía abrir otros nuevos. Sin embargo había esa corriente que les recorría el cuerpo a ambos cuando estaban cercas del otro.

Para Terry nada era igual que antes. Cierto, que le guiaba el deseo, pero no era solo eso. Una vez saciado quería seguir junto a ella, y se planteaba el día siguiente con proyectos compartidos, aunque solo fueran de la gira y todo lo relacionado con el teatro, o simples conversaciones... Estaba aturdido y no sabía cómo interpretar su cambio de actitud hacia ella. Durante su estancia en Inglaterra, Terry creyó haber superado su enamoramiento de primerizo por ella. También hubiera sido así de haberse encontrado al regresar a la misma mujer, quien le dejó claro que no lo quería a su lado, la mujer que con sus rechazos le hizo tan miserable la convivencia que le obligó a marcharse. Pero su comportamiento y sus maneras eran tan distintos que no parecía la misma. Era el mismo cuerpo, pero con actitudes y detalles que la mujer que él conocía nunca dejó entrever, y que juzgaba seductores: la forma graciosa en que arrugaba la nariz cuando algo la disgustaba o la divertía, la manera elegante de llevarse la copa a los labios, el modo en que enredaba algún mechón de su cabello rubio y rizado en un dedo o se mordía el labio inferior si estaba nerviosa... lo que no había cambiado: era que olía a vainilla y a primavera. Pero lo hubiera hecho o no, dónde quedaba el poso de su desconfianza, de las crueles palabras que le gritó cuando intento explicarle que no le había sido infiel. No podía olvidar eso. Ni su desprecio cuando le gritó que saliera de su vida al intentar hablar sobre lo ocurrido. Sin embargo, no más verla la quería ya no podía negarse a lo que Candy siempre le hizo sentir. Iba a luchar por el futuro que siempre soño con ella. No eran más unos niños, ambos se lastimaron, cometieron errores, grandes o pequeños, eso no importa. Ahora no había nadie que pudiera hacer daño, por lo menos ni Elisa, ni Margareth. Soñando tanto tiempo, que estuviera más cerca de él que nunca. Lo más profundo de su ser le reclamaba que mantuviera a esa mujer a su lado, y lo más abyecto su corazón ya no exigía que condenara su error. No mas, venganzas, se olvidó de sus planes iniciales y se lanzó al vacío sin paracaídas. Algo muy dentro de él le instaba a imaginar que, de alguna manera, podían darse ambos una nueva oportunidad.

Candy estaba sintiéndose como el objetó de Terry.

—¿Lista para comenzar, Señorita White? Ella trataba con todas las fuerzas detener las lágrimas al mismo tiempo se imaginaba con él, pero de ahí a que irrumpiera de sucia manera en su trabajo había un abismo. Por un principio la presencia de Julia, solo hacia que se encontrarse muy incómoda y más estando ante él, porque la trataba justo como una desconocida. Y sin embargo, Candy deseaba ya no sentirse miserable, pero sobre todo hacer las pases con Terry. Solo le quedaba un camino: doblegar su orgullo y aprender a reconocer su error, su gran error, aunque lograrlo con Julia aún lado de Terry fuera imposible. Entonces los celos afloraron en sus palabras y no se contuvo al decirle:

—Muy bien—contestó celosa y furiosa, ya no dolida—. Usted, parece mucho mejor... por lo que puedo ver.

—No me quejo demasiado. —Terry siguió con esa mordalidad que adoraba de ella. --¿Puedo suponer que te ha pasado factura la conciencia? —ironizó rompiendo el formalismo.

—Mi conciencia está muy tranquila. Porque tú no te equivocas nunca, ¿no es así? —En realidad no era una pregunta, era una afirmación categórica con su carga de mordacidad.

Él no quiso responder. Claro que se equivocaba. Muchas más veces de las que a él le gustaría. La de más peso, creer que ella lo amaba como él. Y otra, la más reciente, desearla como nunca antes lo había hecho. E imaginar, otro error más, que pudieran volver aquellos días de armonía, tan escasos que no parecían haber existido nunca, pero deseaba intentar algo nuevo Así que sacudió esos pensamientos negativos, dejar el borrón atrás y comenzar como si fuera la primera vez.

Julia estaba desconcertada por el comportamiento tan inusual de su jefe. Aunque viéndolo en ese momento pudo entender muchas cosas de su apuesto jefe. Entendió por que seguía soltero, y aún más por que ningúna mujer parecía llegar a conquistar su corazón,. La respuesta eran los ojos verdes y melena rubia que era la jefa de diseño. Julia sintiéndose incomoda por esa situación, avanzó con disimuló hacia la puerta que estaba aún lado de Terry, pero pronto se dió cuenta que aún que hiciera todo el ruido del mundo, aquellos dos ni lo hubieran notado.

A Candy su yo interior se rebelaba desde lo más profundo clamando por exteriorizar cuán confundido estaba él, pero ¿cómo argumentar su defensa si en su mente se encontraba tan vulnerable? ¿Y el contrato? ¿Qué pretendía Terry con ella? En ese momento se dio cuenta que lo hacía en parte para herirla por su error del pasado, y la otra parte por que a pesar de su comportamiento él la quería a su lado.« ¿Y si se estaba equivocando? ¿Por qué no probar de verdad a conquistarlo?», se preguntó Candy a sí misma en un alarde de valentía. Se incorporó apoyándose en su mano de piel blanca de dedos largos y, aunque el corazón le latía tan aprisa que temió que le estallara en el pecho, salió detras del escritorio para materializarse ante él coqueta. Relampaguearon los ojos masculinos, que siguieron el perezoso recorrido de los rizos bonitos, suaves y brillantes deslizarse por ese cuerpo esbelto.

A Terry. le bajó y subió su nuez de Adán, impulsada por estímulos incontrolables. «El cazador, cazado», se dijo, pícara y satisfecha, ufana por ganar esa batalla. Terry la envolvió en un abrazo, la cogió alzando su pequeño cuerpo y la dejó en el suelo con mucho cuidado. Había cosas que aclarar primero. no caería en el hechizo de ella tan fácilmente

A ella le hubiera gustado permanecer más tiempo así, abrazada a su cuerpo, pero sabía que él estaba haciendo esfuerzos infinitos por aparentar impasibilidad. Un paso, solo un paso más y podía hacerle perder la cabeza. ¿Quería ella darlo? Si lo seducía, ¿serían diferentes las cosas entre ellos? ¿Podría llegar a perdonarle Terry sus muchas faltas, fueran las que fuesen? Se aupó sobre las puntas de sus pies y lo besó. ¿Qué podía perder?

Fue un beso casto. Tan suave como el roce de una pluma, tan leve que podía haberlo soñado, tal dulce como el más dulce de los manjares. Tan exquisito, que provocó un incendio en el pecho de Terry. Nunca antes Candy lo había besado con tanta ternura, con tanto decisión y seducción Los momentos amorosos que mantuvieron, antes de que lo apartara de su lado, habían sido rápidos, casi atropellados, con la urgencia febril de quien quiere llegar a la cúspide del placer cuanto antes. En ese momento, sin embargo, ese beso tal vez prometía... No sabía lo que prometía, pero lo que fuese, lo quería, lo necesitaba. ¡Al infierno con su orgullo! La tomó de nuevo en sus brazos y ella se asió a su cuello, se buscaron sus bocas, con los corazones de ambos desbocados.

Candy levantó el rostro hacia él muy motivada, porque en su interior bullía la presunción de que la relación con Terry quizá había entrado en otro cauce que les pudiera guiar a la vía de la reconciliación. Hasta había prometido algo muy especial. Se mostraba complaciente. La noche de la boda, por contra, al retirarse, fue víctima del desencanto porque Terry se acercó a ella con el propósito de lastimarla, y no acudió a ella, si no más bien huyó. Esa noche durante un buen rato estuvo tentada a buscarlo. Hubiera querido hacerlo. Claro que podía haber dado el paso ella preguntándole a Albert cuál era el hotel donde se hospedaba Terry, pero no se atrevió, aun que quería volver a los brazos de Terry, y sentir el éxtasis junto a él. La venció el sueño rememorando su último encuentro, los besos, las caricias, los gemidos compartidos.

Ojalá así fuera. pensó ahora. Ambos se merecían una segunda oportunidad. En cuanto a sus sentimientos, no albergaba duda alguna: ella lo amaba. Se lo decían su corazón y su alma. No había otra forma que sepultar de una vez por todas el pasado, si aspiraba a crear una vida serena junto al hombre del que estaba enamorada.

—Terry, perdona mi gran error — él cerro sus ojos, la quería no podía seguir engañando a su corazón. ¡Maldita sea! Nunca dejó de amarla y nunca dejaría de hacerlo, claro. Lo intento y lo único que consiguió fue metérsela más en su corazón frío, por qué solo Candy lograba calentarlo. —¿Terry? Nunca me perdonaré si con mi estúpida desconfianza te pierdo para siempre. Cuando Elisa me dijo quien eras en realidad, mi cabeza dejó de pensar razonable. Terry me sentí engañada, ¿por qué nunca me dijiste esa parte de ti? Que seas un Duque no me importa. Te quiero por lo que tienes aquí— Candy llevó su mano al pecho de Terry—. Te quiero. No por tu posición, ni tus influencias. El verme engañada por ti, fue un golpe duro a mi amor.

—Era un tema complicado de explicarte, además creí que mi padre era alguien de quien podías esperar lo peor. Quería mantenerte alejada de su poder. —Candy quería decirle que ella no necesitaba que la protegiera, por qué, al fin y acabo siempre se valió de si misma, pero comprendió que para Terry tener el control de todo a su alrededor era importante; proteger a los que amaba era algo que necesitaba hacer. En ese momento cayó en la cuenta de algo. la posesividad se debía al trauma de pequeño; el haberlo separado de su madre le causó inseguridad, que con el tiempo se convirtió en posesividad. Tenía que dejar que él cuidase de ella. ¿Podría hacerlo? Bueno, no sería fácil, pero lo intentaría, aún que también le haría entender que tenía derecho a cometer sus errores por qué de eso se trataba vivir la vida, caer y levantarse. Quizas aquel era un buen momento para sacar el tema de Ellynor.

—Escucha. —Se inclinó hacia él y bajó la voz—: quiero que me concedas un deseo que puedes hacer realidad. Terry se quedó callado, se separó y permaneció de pie aún metro de ella, apoyado en la repisa de la ventana. Sabía lo que Candy le pediría y no sabía si podía complacerla.

—¿Como conocíste a Ellynor, ? Candy se sorprendió que Terry supiera lo que iba a pedirle. — ¿Y, por que te interesa que hable con ella — dijo sin mirarla a la cara.

—No sabía que era tu madre; la conocí en un viaje a California qué hice para recaudar fondos para el hogar de Pony. La conversación surgió de la nada unas palabras nos llevaron a otras. Ahora, cuéntame los motivos ¿porque no has querido escucharla hasta, que yo sepa, seguías anhelando verla. ¿Qué ha cambiado?

—Ellynor quería ser actriz y un hijo era un estorbo para su carrera, por supuesto esto lo supe cuándo tú me dejaste en la gira. Esa fue una de las razones por la que caí en la bebida. Eso justifica por qué nunca me buscó.

—No, no Terry no es así. Tienes que escuchar a tú madre. Por favor.

—Tú lo sabes.

—Algo, pero es mejor que lo escuches de ella, y que seas tú quien decida.

—Iré a hablar con ella. Candy sonrío complacida. —ahora dime ¿seguirás con la publicidad del teatro?

—Cuando he podido negarme a algo que tenga que ver contigo. Terry la abrazó.

—Candy, no sabes todo lo que te he extrañado, todo lo que he pensado, todas las estupideces que llegue a imaginarme al pensar qué eras de otro.

—¿De que hablas? ¿Cual otro?

Él le explico lo que había llegado a imaginarse. Le dijo que había mirado Archie fuera de su edificio muy sonrientes. Ambos aclararon sus sentimientos y las dudas, Terry también le contó lo que había pasado con Elisa, y le contó de su madrastra y lo que habían descubierto. Candy se sorprendió mucho de la maldad, y a lo que podía llegar esa gente con tal de tener poder, en especial esa señora Margareth. ¿Cómo podría llamarse dama? También Candy le explicó de ese día que Terry malinterpreto con Archie, y lo que había hecho después de que Archie y Annie se fueran. Le dijo que había ido a su apartamento a buscarlo porque quería arreglar las cosas con él, pero que cuando llegó había sido muy tarde, Dos días después se había enterado que se había ido a Inglaterra. Ella penso que él ya no la quería en su vida y que no pensaba perdonar su error. Los siguientes días fueron como si su relación nunca hubiera tenido un bache. Todo lo contrario, se había hecho más fuerte, más confiada y más segura. La vida que ambos querían, tranquila y juntos.

—¿De verdad no puedes adelantarme nada de esa sorpresa?

—No sería sorpresa entonces. Ella agradeció sus servicios al chofer al tiempo que Terry le colocaba su capa sobre los hombros. Luego, de su brazo, fueron bajando, ella más pendiente de él que de los escalones. Era feliz a su lado, no hacía nada por disimularlo, al contrario, quería que Terry se percatara de ello. Por supuesto que él se daba cuenta. Sin embargo, le sobrecogía y azoraba saberse el objeto de aquella mirada diáfana y franca que nunca antes había visto, las dudas ya no existian.

Todo parecía gustarle, todo le interesaba, como si quisiera beberse la vida de un solo sorbo. Y Terry no perdía detalle porque nada de aquello lo había visto de ella. Durante la fiesta lo había retado de la forma más audaz: mostrándose osada, insinuante y atrevida, como la modelo atrevida primero, firme y hasta irónica después. Luego, lo tentó y él, que solo era un pobre mortal, sucumbió al embrujo de unos labios y un cuerpo que deseaba desde hacía años, cuando la conoció en la gira.

«La ciudad de Chicago, presenta en el centro de la ciudad "The Loop" La nueva compañía de Teatro dirigida por Terry GrandChester exactor de Standford conocido como Terry Graham. La publicidad e imagen de la compañía es dirigida y presentada por Candy White. Se dice que la estancia alberga una gran cantidad de espacios culturales como el Teatro Goodman. Los actores realizaran una obra dramática de Shakespeare». "Othello" La improvisación es una sorpresa en la abertura del teatro está noche; ya todos los lugares están agotados. Muchas son las personas que esperan este momento importante para Terry GrandChester. Esperamos que la función sea lo que él publico espera. Seguiremos informando. Chicago News. Su servidora Paty O'Brayan

—Tienes el palco a tu disposición y espero que disfrutéis de la representación. —Candy abrió los ojos como platos ¿De verdad estaba pasando?

Othello. Entra en escena.

Acto I.

Yago se encuentra hablando con Rodrigo, quien confiesa que está enamorado de Desdémona y le reprocha a aquel que sus consejos han sido inútiles para acercarse a su amada. Yago, a su vez, está furioso con Otelo, porque no le ha nombrado su lugarteniente a él, sino a Casio. Rodrigo avisa a Brabancio, padre de Desdémona, que ésta se ha escapado con Otelo. En otro lugar, poco después, Yago cuenta a Otelo que ha estado varias veces a punto de matar a Brabancio porque este hablaba mal de él. Llega Casio para llamar a Otelo ante el Senado veneciano para que reciba el mando de una expedición a Chipre contra los turcos. Estando allí, Brabancio le acusa de seducir engañosamente a su hija, pero Otelo cuenta toda su historia y hace llamar a Desdémona para que declare si no le sigue por su voluntad. Después, Yago incita a Rodrigo a reunir dinero y a seguir a Otelo para conseguir a Desdémona cuando ésta se canse de su "moro", lo que, según afirma él, es inevitable.

Acto II

Chipre, una tormenta ha destruido la flota turca antes de que los venecianos combatieran contra ella. Casio ha desembarcado ya; aparece la nave de Otelo, tan esperada por Desdémona, Yago, Rodrigo y la mujer de Yago (Emilia), llegados antes en otra nave. Entre todos ellos se forma una conversación un tanto desvergonzada en sus alusiones nupciales. Aparece Otelo y se va con Desdémona. Yago convence a Rodrigo de que Desdémona, en realidad, está enamorada de Casio, y le incita a provocar a este para que le quiten su puesto de teniente de Otelo. Chipre está en fiestas: Yago quiere hacer beber a Casio, quien se marcha, pero vuelve con otros (entre ellos, Montano) que ya han conseguido que beba, y se va otra vez. Yago manda a Rodrigo provocar a Casio, que vuelve persiguiendo a Rodrigo. Casio, en lucha, hiere a Montano, que le quería retener. Aparece Otelo, para saber qué riñas son esas. Las hipócritas declaraciones de Yago contribuyen a que despida a Casio de su puesto de lugarteniente suyo. Quedan solos Yago y Casio; Yago le convence para que apele a Desdémona, y luego (ya solo) decide que Emilia también ayude a Casio en esa tarea.

Acto III.

Yago va a buscar a Emilia para que Casio hable con ella sobre cómo ver a Desdémona. Casio se entrevista con Desdémona, encargándole que interceda ante Otelo para recuperar su puesto de lugarteniente. Se está despidiendo cuando llega Otelo y le ve irse. Desdémona intercede por Casio ante Otelo, pero este aplaza el asunto. Yago suscita celos en Otelo, a propósito de esa visita de Casio. Vuelve Desdémona, y encuentra perplejo a Otelo. Se le cae el pañuelo que le había regalado Otelo, con quien se va. Emilia recoge el pañuelo y se lo entrega a Yago, ya que este se lo había pedido reiteradamente y Yago lo deja caer luego en el cuarto de Casio. Vuelve Otelo, ya del todo celoso. Yago le dice que, aunque no pueda ahora probar sus celos, están bien fundados, y le promete pruebas. Desdémona, con Emilia, va a buscar a Casio. Aparece Otelo: Desdémona le dice que ha mandado llamar a Casio para que hable con él. Otelo le pide el pañuelo que, según Yago, habría regalado ella a Casio. Como Desdémona no lo tiene, se va, furioso. Entran Yago y Casio; este habla con Desdémona sobre la inutilidad de sus intentos de mediación. Casio, que tiene el pañuelo de Desdémona (sin saber que es de ella, por haberlo encontrado en su cuarto, dejado allí por Yago), se lo da a una mujer con quien tiene amores, Blanca.

Acto IV.

Yago, con insinuaciones, aumenta los celos de Otelo, quien sufre un ataque. Yago hace que Otelo se esconda para observar su conversación con Casio, llevada por él malignamente. En realidad, habla acerca de Blanca, pero de modo que Otelo piense que se refiere a Desdémona. Blanca entra entonces y devuelve el pañuelo de Desdémona a Casio, quien se va con ella. Otelo queda convencido al ver el pañuelo: Yago impide que se incline a la compasión y al perdón, y le incita a estrangular a Desdémona. Entra Ludovico, de Venecia, primo de Desdémona, con una carta en que ordenan a Otelo volver a Venecia, dejando a Casio al mando de la flota. Otelo abofetea a Desdémona, ya entregado a sus celos, y le dice que se retire. Ludovico piensa que se ha vuelto loco. Otelo habla de sus celos con Emilia, quien niega toda culpa por parte de Desdémona. Entra ésta, y también rechaza toda sospecha de Otelo. Él se va, y Yago le dice a Emilia que la excitación de Otelo está causada por sus responsabilidades de mando. Se queda solo Yago, y entra Rodrigo, quien le reclama que cumpla su promesa de conseguirle ver a Desdémona, a cambio de lo cual le había dado joyas y dinero. Yago le persuade para que mate a Casio, ya que así no se podrá marchar Otelo, llevándose a Desdémona. Luego, en una escena entre Emilia y Desdémona, ésta canta la famosa canción del sauce, de tristes presagios y acepta su desvelo.

Acto V.

Yago acompaña a Rodrigo, situándole al acecho para que mate a Casio, pero este hiere a Rodrigo, aunque es herido por la espalda por Yago. Entra Otelo y alaba a Yago, creyendo que ha herido a Casio en atención a él mismo y a sus celos. Quedan gimiendo Casio y Rodrigo. Aparece Ludovico, con Graciano, pero no se atreve a acercarse. Entra Yago, en camisa, como si se hubiera acostado. Casio le dice que Rodrigo le ha herido, sin saber que es el mismo Yago quien lo ha hecho. Yago remata a Rodrigo para que no descubra su intriga. Llega Blanca, y se llevan herido a Casio, quien declara no conocer al hombre ya muerto (Rodrigo). Yago hace que le retiren. Llega Emilia, ante la cual Yago echa la culpa de la pelea a Blanca. Otelo entra a la habitación de Desdémona y la ahorca. Emilia aclara la situación, y acusa a Yago por lo que hizo. Finalmente, Otelo se suicida tras darse cuenta que asesinó a su esposa en vano porque todo había sido obra de Yago.

Candy aplaudió siguiendo el de tantos espectadores que se levantaban de sus asientos y vitoreaban al elenco de actores, obligados a salir a saludar varias veces y devolver con sus reverencias las muestras de satisfacción a su labor teatral. Entonces Terry alzó su mirada dirigida a Candy y haciendo una expresión con su mano, le envío un beso con los dedos. Todo el público expectante dirigieron las miradas hacia donde él actor de la Compañía tenía su mirada.

Continuará...

Saludos. Lectores queridos les pido una disculpa por haber quitado el capítulo. Bueno espero no haberlos decepcionarlos.

JillValentine.x