Agradezco mucho las review de los anteriores capítulos! La verdad, no esperaba que hubiese nadie leyendo fanfic de Rurouni Kenshin después de tantos años. Los escribí hace mucho, y ahora estoy retocando algunas cosas y me animé a publicarlos, sobre todo para que queden ordenados y por si a alguien le gusta, a mí me encanta leer los de los demás. Cualquier sugerencia será bienvenida, gracias por vuestras palabras :-)
Capítulo 4
Estiró los brazos y después el cuello, acomodándose sobre la hierba. El día estaba despejado, hacía calor y las aguas descendían tranquilas, de modo que eran unos cuantos los que intentaban pescar algo en la orilla. Sin embargo, de todos ellos él era el único que no había conseguido ni un mísero pez. Suspiró observando su caña, quieta dentro del agua. ¿Por qué no podía dársele un poco bien eso de conseguir alimento?
Había pasado una semana desde que Kaoru salió a buscarle y lo encontró o, más bien, él la encontró a ella. Las ascuas de la hoguera que había hecho para calentarse durante la noche comenzaron a apagarse y fue entonces cuando decidió ir a buscar algo de madera, si es que podía encontrarla seca en algún lugar en medio de la tormenta. Volvió con las manos vacías y fue cuando la vio allí, durmiendo, con la espalda apoyada contra la pared del puente y completamente empapada, llena de barro. No fue capaz de reaccionar, al menos no al momento. Cuando pronunció su nombre ella abrió los ojos y le insultó, incluso le pegó, aunque todo sucedió demasiado rápido. Estaba enfadada con él por haberse ido sin avisar y él no tenía ninguna explicación razonable, porque simplemente no la había. Su cabeza le ordenaba que fuese racional, que hablase con ella y se marchase. Entonces Kaoru le hizo una petición directa, una de esas que ni siquiera él podía evadir. Tenía que decidirse. Estaba dispuesto a guardar silencio como respuesta, para cumplir así su promesa de protegerla (de sí mismo), cuando su cuerpo actuó sin su permiso. Como si no dominase sus movimientos, como si dentro de sí mismo se hubiese iniciado una rebelión, se acercó a ella y la besó. ¡Kami-sama, la besó! Todavía no entendía muy bien cómo lo había hecho. Recordaba con claridad cómo intentó frenar antes de hacerlo, dándole a Kaoru una oportunidad para rechazarle, pero ella no lo hizo. Y él en el fondo sabía que no lo haría. Lo sabía de una forma inconsciente, del mismo modo que uno respira sin darse cuenta. Lo había sabido todo el tiempo, y todo el tiempo, en verdad, había sabido también que si él daba un paso, ella lo daría. Si él daba dos, ella los daría también. Y si él quería recorrer el camino entero corriendo y saltándose todos los pasos intermedios, ella correría con él. Sintió una presión en el pecho. ¿De verdad había sido siempre así? ¿De verdad Kaoru se había entregado a él y él la había hecho esperar todo este tiempo? Kenshin no baka. El insultó tomó en su mente la voz de su maestro. Cogió aire y lo soltó lentamente, intentando controlar sus pensamientos.
La caña seguía sin darle ninguna alegría, de modo que se puso en pie y se sacudió las ropas, comenzando a recoger para volver a casa. Si no podía llevar comida, al menos llevaría flores. Buscó durante un rato en la orilla del río unas que pudieran gustarle a Kaoru. Le habría encantado encontrar jazmín, pero esa no era una flor que creciese junto a los ríos. Sin embargo, allí, escondida entre las malas hierbas, tímidamente, asomaba otra flor, una que había conocido hace muchos años, cuando apenas era un adolescente. Cuando la vio sintió un angustia en el pecho que creía haber superado. Extendió los dedos y tocó el lirio, con delicadeza, como si temiese romperlo. Sus pétalos parecieron abrirse entre sus dedos. Era la flor más bonita que había y crecía por toda la orilla, como un recordatorio; tal vez como una súplica. Kenshin sabía que no podía llevarle lirios a Kaoru, pero aún así cortó uno y lo observó con detinimiento. Estaba seguro de que habían nacido tantos por la lluvia de los últimos días. Los lirios crecen bajo la lluvia. Suspiró y lo dejó en el agua, viendo cómo se alejaba flotando. Había pasado una semana desde que besó a Kaoru bajo el puente y, sin embargo, no había vuelto a hacerlo. Sabía que ella lo estaba esperando, porque sentía su mirada todo el tiempo. Había prometido esperarle, pero tal vez ella no era consciente de lo que decía. Tal vez se dejó llevar por el momento. Tal vez él mismo se precipitó. ¿Con qué derecho le pedía que le esperase? ¿Y cuánto tiempo en verdad le estaba pidiendo? Cuando la veía cerca y sentía el corazón acelerarse y la boca seca, y veía cómo ella le miraba, como si él fuese importante, sabía que no podía decirle la verdad. Miró el lirio alejarse. Decidió que esa noche volvería a probar el sake; el sake siempre era la respuesta.
Misao levantó la taza, dio un sorbo y soltó una carcajada.
—¡No me puedo creer que los occidentales beban esto en vez de sake! ¡Es asqueroso!
La cerveza le había dejado una espuma blanca sobre los labios y Megumi le dio un codazo, haciéndole un gesto para que se limpiase.
—Eres demasiado joven para apreciar una buena bebida— dijo, sonriendo con malicia. Misao frunció el ceño.
—¡Soy la jefa del...!
—Ya lo sabemos, ya lo sabemos— le cortó Megumi, haciendo un gesto con la mano para que bajase el tono—. Kaoru, estás muy silenciosa. ¿Nos vas a contar de una vez qué pasó con Fujame-san? Dicen que anda por Tokio como un alma en pena, bebiendo de noche, solo. Hasta hay quien dice que llora sentado frente al río, mirando las estrellas, como el protagonista de una obra trágica de teatro.
Kaoru le lanzó una mirada asesina. ¿Creía que ella no lo sabía, acaso?
—¿Y qué quieres que haga, Megumi? Fui sincera con él.
—Nada, solo cuento lo que sé— contestó Megumi, encogiéndose de hombros—. Ese hombre debe estar muy enamorado de ti. No es algo que deba despreciar se alegremente.
—¡No lo desprecio! — exclamó Kaoru, golpeando con su cerveza sobre la mesa—. Es solo... Es que...
—¿Himura, no? — le cortó Misao, levantando una ceja—. ¿Mi carta no sirvió de nada?
—Tu carta sirivó de mucho, Misao, pero las cosas han cambiado entre nosotros.
Las dos mujeres abrieron los ojos como platos.
—¿A qué te refieres? — preguntó Megumi, bajando la voz, casi en un susurro—. ¿Acaso Ken-san... ha movido ficha?
Kaoru notó cómo el rubor subía hasta sus orejas.
—Vaya, a juzgar por el color de Kaoru-san creo que sí lo ha heho; es más, diría que Himura ha movido todas las fichas— murmuró Misao, sonriendo con malicia mientras daba un trago a su cerveza. Megumi seguía incrédula.
—¿Ken-san y tú habéis...?
—No, ¡no! Misao, por favor, no insinúes esas cosas— replicó Kaoru, agitando la cabeza, tan colorada que estaba segura de que debía parecer un tomate maduro—. Él me besó. Solo eso.
—¿Solo eso? — preguntaron al mismo tiempo Megumi y Misao, aunque el tono de voz de cada una fue completamente distinto. El solo eso de Megumi quería decir: ¿te parece poco?, mientras que el de Misao quería decir ¡pues vaya cosa!
—Deberíamos proponer un cambio de apodo y que pase a llamarse Himura Lentossai— dijo Misao, poniendo los ojos en blanco.
—Es un paso muy importante para él, Misao— replicó Kaoru, mirándola con enfado. ¿Qué podría entender ella?
—¿Y eso cuándo fue? — preguntó Megumi. Kaoru bajó la vista hacia su cerveza; en una cosa estaba de acuerdo con Misao: aquello no podía estar bueno de ninguna de las maneras.
—Hace una semana— murmuró Kaoru, de forma casi inaudible. Megumi y Misao intercambiaron una mirada que no pasó desaparecida para Kaoru.
—¿Y ya está? ¿No ha vuelto a pasar nada? — preguntó Megumi— ¿No ha vuelto a intentarlo?
—No. Él... Él me ha servido el desayuno todos los días y se encarga de todo; es amable conmigo, me prepara el baño, y...
—Eso ya lo hacía antes— le cortó Megumi, frunciendo el ceño—. Te recuerdo que uno de tus problemas con él es que no querías tener un sirviente, querías tener un hombre. Hay algo más, algo que se nos escapa... ¿Nos has contado todo, Kaoru?
—Claro, ¿por qué iba a...?
Misao la interrumpió entonces.
—Puedes contarnos lo que sea, Kaoru, no te vamos a juzgar ni tampoco a Himura. Bueno, a él quizás sí, pero solo un poco. Y si tenemos que darle una paliza, se la daremos.
—Oh, cállate, Misao— le cortó Megumi, dándole un codazo con cara de cansancio.
—¡No me callo, cállate tú! — gritó Misao, agitando el puño de forma amenazante—. ¿Pasó algo más entre vosotros? ¿Intentó él algo más?
—¿Qué? ¡NO! — exclamó Kaoru, sonrojándose—. Kami-sama, ¿es que no conocéis a Kenshin? Apenas... Apenas me rozó. Ni siquiera puso una mano sobre mí.
—Menudo aburrimiento de hombre— resopló Misao, poniendo los ojos en blanco.
—Es un caballero— dijo Megumi, riendo—. Lo siento por ti, Kaoru, pero los caballeros tienen que seguir sus largos procesos de cortejo. Tal vez no vuelva a ponerte una mano encima hasta que decida pedirte matrimonio, lo que, siendo Ken-san como es, quizás suceda en unos... diez años.
Las dos mujeres empezaron a reír a carcajadas. Kaoru, enfadada, se levantó.
—¡No sé para qué os cuento nada! Sois dos brujas.
—No te enfades, Kaoru-chan— dijo Megumi, guiñándole un ojo—. Dentro de diez años seguirás siendo joven. Si quieres algo más rápido, ya sabes donde encontrar a Fujame-san.
Las dos volvieron a reír mientras Kaoru soltaba un bufido y abandonaba el restaurante.
Kenshin pasó de largo por delante de tres sitios, hasta decidirse por el tercero. El primero estaba lleno de mujeres y sabía que Kaoru había salido a dar una vuelta con Misao y Megumi; no tenía intención de molestarla en su reunión de amigas. El segundo de ellos era famoso por ser lugar de celebración de apuestas clandestinas, así que corría el riesgo de encontrarse con Sanosuke y que pretendiese, como de costumbre, usarlo como mecanismo de predicción de sus juegos de azar. No estaba de humor para eso; lo único que quería era sentarse tranquilamente a disfrutar del silencio y de un poco de sake. Parecía que el tercero de los restaurantes podría ofrecerle lo que buscaba.
Se sentó en una mesa apartada, cruzando las piernas sobre el cojín. Con la apertura de Japón al mundo exterior habían comenzado a popularizarse los locales con mesas y sillas occidentales, altas, pero él prefería los lugares de siempre, aquellos donde no había un cartel en la puerta impidiendo entrar a quien fuese armado. Conocía perfectamente que portar una espada, aún siendo de filo invertido, violaba frontalmente la Ley de Desarme, pero en Tokio la gente le conocía lo suficiente como para hacer la vista gorda con él; sin embargo, en los locales occidentales lo miraban como a un ser despreciable. Era la clase de mirada que recibía a diario cuando era un hitokiri y que había deseado no volver a recibir jamás; sin embargo, sabía que se encontraría con ella hasta el día de su muerte, porque eso era lo que él solo había cosechado.
La camarera le sirvió el sake con una sonrisa, ignorando la empuñadura de su sakabato, claramente a la vista.
—Himura-san, es un gusto teneros aquí. Nunca imaginé que volvería a veros; estáis exactamente igual ¿Venís solo esta noche? — preguntó, sonriendo. Él la miró y se dio cuenta de que era una de las camareras que había trabajado en la pensión donde se alojó hacía diez años, en Kioto, durante el Bakumatsu. Sintió un escalofrío recorrerlo por dentro. ¿Hasta cuándo me perseguirán mis recuerdos?
—Ayae-dono— saludó, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza mientras la observaba dejar con cuidado la jarra de sake sobre la mesa—. Me alegra ver que estáis bien. Hoy estaré solo—. Ni siquiera fue consciente de que había hablado del mismo modo y con el mismo tono que solía hacerlo en aquella época.
—Vine hace poco a Tokio; aquí hay buenas oportunidades de empleo con la apertura de Japón. Mi rebeldes, marido falleció hace unos meses y, bueno... No pude seguir en Kioto.
Kenshin recordó cómo el marido de Ayae-dono, el dueño del hostal donde se alojaba el Ishin Shishi de Chosu, era un hombre dado al juego y con unas enormes deudas; solo por eso había aceptado alojar a los rebeldes, aun a riesgo de perderlo todo, como de hecho sucedió.
—Lo lamento, Ayae-dono— dijo, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. Pese a sus vicios, el marido de Ayae siempre había sido amable con él. Una vez incluso le regaló un juego de madera; ahora, con el tiempo, se daba cuenta de que a los ojos de ese hombre él debía ser un simple niño. Ayae sonrió mientras le servía unos pequeños pasteles como acompañamiento.
—Vivió una vida larga y plena, pero seguro que le hubiese encantado ver que seguís con vida. Os apreciaba— añadió, asintiendo con la cabeza—¿Cómo se encuentra Tomoe-san? — preguntó, incorporándose. Al oír su nombre Kenshin sintió un frío repentino en el pecho, como si algo dentro de sí se congelase de pronto—. Supe de vuestra boda al poco del ataque al hostal... Me alegré de que no os sorprendiese allí. Pese a todo, vos, ella... Eráis demasiado jóvenes. Merecíais una oportunidad. Espero no ser indiscreta, pero ¿habéis tenido niños?
Kenshin tragó saliva y se obligó a sí mismo a serenarse, aunque sentía el corazón a punto de salirse por la boca. Forzó una sonrisa.
—Tomoe falleció, Ayae-dono. Hace diez años— dijo con voz tranquila, evitando mirarla a los ojos. Ayae ahogó un grito.
—Oh, Kami-sama... Cuánto lo siento, Himura-san... Nunca debí preguntar. Oh, qué desgracia. Lo siento, de veras. Yo...
—No os preocupéis— dijo Kenshin, cogiendo su taza—. Os agradezco vuestras palabras.
Ella hizo una reverencia y salió casi huyendo, dejándolo solo. Suspiró perdiendo la mirada dentro del sake. Su pasado le perseguiría siempre, ya se lo dijo Jinne, aunque no era necesario que nadie se lo dijese para que él lo supiera. Había hecho cosas horribles, había causado mucho sufrimiento y todo eso no se desvanecería por el cambio de era, ni siquiera por su voluntad de hacer bien las cosas. Nadie puede escapar de su pasado. Él no pretendía escapar del suyo, pero no podía dejar de preguntarse si con ese peso detrás sería posible construir algo bello. Si podría ser algún día el hombre que Kaoru merecía. Había oído cómo reía con los chistes de Fujame-san, cómo él la había besado con resolución, cómo había tocado su cuerpo. Él apenas había sido capaz de rozar sus labios y entonces... Sacudió la cabeza, apartando los pensamientos. Hiko le había enseñado, por el camino difícil, el valor de su propia vida. Lo conocía, lo entendía. Quería vivir y, sin embargo... Sin embargo... Se llevó el sake a la boca.
Por favor, pensó, casi en una súplica. Por favor, que no vuelva a saber a sangre
