Dos días más tarde, Terry y Candy no se habían vuelto a ver. Necesitaba un espacio Candy sentía el corazón latiéndole a mil por segundo. Estaba afuera de la puerta del palco, y llevaba un ramo de rosas rojas en la mano. Todo decorado con listón en rojo. Una ofrenda de paz para Terry que —de seguro— habría echado en falta. Al ser un día sábado, lo más seguro era que Terry estaría hasta tarde en su camerino. Candy había puesto especial esmero en su ropa. Llevaba un vestido morado que parecía inocente, pero la espalda estaba descubierta. Le costó un gran trabajo encontrar la forma de utilizar sujetadores especiales para sus pechos. Pero el resultado había valido la pena. Llevaba el cabello suelto y ondulado. Sabía que a Terry lo volvía loco su olor de flores primaverales, así que se aplicó también un aceite muy sutil con esa fragancia en las muñecas y el cuello. Como maquillaje solo aplicó un poco y el delineador negro que enmarcaba sus ojos verdes creando un impacto sutil. Lo más difícil no era sentir confianza en su aspecto, sino en las palabras que iba a decirle aTerry. Y todavía más difícil, que él la creyera. Con todo lo que, obviamente, él tenía en su panorama, lo que menos querría sería una relación con una mujer incapaz de sobrellevar sus miedos y echarle la culpa a él de tener los propios. El día siguiente a la presentación del nuevo teatro había estallado un escándalo que involucraba a la Famosa Ellynor, y el economista de las mayores corporaciones publicitarias. Terrunce GrandChester quedó a la luz. Por suerte ni siquiera había ya pequeñas fotografías con comentarios, y los programas radiales parecían haber incorporado la amnesia en sus noticieros. Que Terry fuese muy reconocido por sus trabajos. Ese aire de misterio y secretismo que siempre mantenía había sido roto por el escándalo, y fue como miel para las abejas cuando salió a la luz que era hijo del Duque de GrandChester y Ellynor Beecker. Pero hoy todo parecía haber retomado el cauce normal. No podía existir mejor escenario para todos, se lo había dicho la noche anterior. No existía tampoco el temor de encontrar periodistas alrededor, y si se hubiesen aparecido en esos momentos pues ellos se habrían enfrentado con una de dos o bien un puñetazo de su parte o una —poco femenina— retahíla de insultos. Esto último le habría valido una categoría inferior en su nivel de actriz protagonista de papelones dramáticos, y la habría enviado al escalón de la actriz secundaria ofendida que el guionista terminaba asesinando. Pues no, ¿verdad? Tomó una profunda inhalación. Le dio un acceso de tos y se le cayeron las rosas al suelo. «Mierda.» Se preparó mentalmente. Lo siguiente que supo fue que la puerta de los actores se abrió de par en par, y un par de ojos hermosos la miraron con asombro. Después se fijó en lo que había regado junto a las botas bajas de color negro e hizo un puchero.

—Yo…

—Hola —dijo la inconfundible voz de Terry, haciendo que Candy se enderezara para mirarlo. La voz profunda de él siempre parecía alcanzarla a un nivel físico, y después de tantas cosas, el efecto era devastador.

—Terry… —murmuró absorbiendo su rostro. Hubo un momento de absoluto silencio, mientras los ojos azules brillantes de Terry colisionaron con los ojos verdes de Candy. El fuego que ardió les enchinó la piel a ambos, y el fuerte golpeteo en el corazón no fue una sensación en una sola vía.

—Ya limpio, princesa —Miró a Candy, quien lo observaba con una pizca de inseguridad y otro tanto de esperanza. Le dijo—: Ya he terminando , ¿quieres acompañarme?

—Sí, gracias —murmuró Candy e inmediatamente se dejó guiar por una mano varonil. Su tono abrupto al saludarlo quizá le pudo dar la impresión de que se alegraba de tenerla cerca de nuevo, pero no podría estar más segura si acaso estaba considerándolo. Y lucía tan guapa y sensual que nada deseaba más que abrazarla para nunca más dejarla ir. Si Candy estaba ahí, él tal vez podría mantener la esperanza de que juntos podrían funcionar. Era imperioso que estuviera segura de que podía confiar en él, porque sin eso el camino sería todavía más escarpado para los dos; sin eso no podría haber un amor duradero, y él deseaba tenerla consigo para siempre.

Una vez que se despidieron de los actores, el silencio se instaló entre los dos. Ambos se quedaron en el camarite. Uno frente a otro. El tic-tac del reloj de pared de pronto parecía tener un sonido más fuerte del que recordaban. Él se aclaró la garganta.

—Me alegra que hayas venido —dijo Terry rompiendo el hielo—. Y estás muy guapa hoy… Candy se rio con suavidad.

—Gracias.

—¿Vas a quedar sentada allá o tal vez me quieres conceder la posibilidad de estar más cerca de ti? —le preguntó.

—Prefiero la distancia, porque no creo ser capaz de mantenerme firme y decirte lo que llevo en la cabeza.

—¿Soy tan irresistible? —le preguntó bromeando con ella. Dios, cuánto la había echado de menos.

—Ya quisieras, pero no —dijo riéndose. Eso ayudó a disminuir no solo la tensión emocional, sino también la tensión sexual que se fraguaba con una fuerza que parecía crecer cada vez más a ratos—. Tiene que ver más con tratar de mantenerte a raya a ti, y procurar que mi cerebro comunique a través de mis cuerdas vocales todo lo que es importante —agregó esto último con seriedad.

—Lo sé, no tienes idea de lo que me está costando estar sin poder tocarte… Al menos estás aquí —dijo con dulzura, mirándola con sus profundos ojos—, y para mí es un gran avance… Gracias por haber venido… Ella asintió y tomó una profundo inhalación. Iba a necesitar toda su fuerza para aceptar sus errores y expresar sus emociones. No entendía cómo, para el ser humano, resultaba siempre tan difícil verbalizar el amor.

—Debí estar para ti —replicó, y notó cómo los ojos de Terry se ensombrecieron—, pero preferí recluirme un tiempo para tratar de entender de qué manera todo lo que sentía me afectaba y te podría afectar también a ti. Necesitaba lamer mis heridas en soledad, porque cuando recibí esa noticia y supe que me estabas mintiendo, me sentí traicionada, en especial aún, cuando te hablé de mi, fuiste incapaz de sacar el tema de tu linaje a colación.

—Un gravísimo error de mi parte. Y me hago responsable del dolor que te causé, Candy —murmuró Terry.

—Cuando salió en los medios de comunicación tantas mentiras sobre ti, me sentí impotente —confesó—, porque nada deseaba más que venir ti y abrazarte. Pero el circo mediático que se había armado, la forma en que hablaban tus padres, me pareció suficiente presión que tolerar como para agregar a eso una amante enfadada con la imperiosa necesidad de exigir respuestas.

—Candy…

—No, escúchame, por favor, antes de que pierda el coraje de hacerlo. ¿Vale? —pidió mirándolo con sinceridad.

—De acuerdo —dijo él, y acomodó la espalda contra el respaldo mullido del sofá de la habitación—, tenemos tiempo. Nadie va a interrumpirnos.

—No debí culparte por mentirme, cuando yo también lo había hecho, aunque tu mentira me dolió muchísimo. Me sentí defraudada porque creía que podía confiar en ti y que, a largo plazo, tal vez nuestra relación podría cambiar de ser solo un affaire a algo más…, digamos sólido. Tardé mucho en hablarte de Anthony y mis miedos, pero te juzgué por los recelos que tenías sobre los tuyos. Eso no fue justo. También mentí cuando dije que no quería mantener una relación contigo, porque en algún punto me empecé a enamorar de ti y quería que me quisieras… —apretó los dedos de las manos entre sí, bajó la mirada.

—El día en que te dije que no estaba enamorada de tí fue mi mayor estupidez. y me sirvió como excusa para justificar mi necesidad de alejarme y no exponerme. Terry odió ver la expresión de dolor que ella había tratado de ocultar ese día. Por supuesto que se dio cuenta, pero no era el llamado a hacerla abrir su corazón, menos cuando él no le había hablado de su linaje. Se arrepentía de no haber manejado la presión que quiso ejercer, para que ella no huyera de su lado aquel viernes por la noche, de otra forma. Aunque ya no importaba, porque al final, Candy había optado por alejarse de todas maneras, y después, su maldita Caja de Pandora le explotó en la cara.

—Siento haberte lastimado…

—No te lo digo para recriminarte, solo quiero que sepas cómo me sentí, porque para mí es importante.

—Lo sé. Continúa, por favor… Ella asintió.

—He leído los periódicos. Sabes que siempre leo la prensa y me gusta estar informada de todo. —Él asintió con suavidad—. Al verte, con las gafas de sol, tratando de parecer fuerte cuando sabía que estabas preocupado por tu madre, me rompió el corazón. Lamento las condiciones, pero no lamento que al fin su sombra te haya abandonado para que puedas ser libre. Fue por ella, por estar atado a ese pasado, por el que me ofreciste ser vivir juntos y no algo más, ¿me equivoco? Fue por ella que no habías confiado en otra mujer, en un plano más personal, durante estos años, ¿verdad? Terry llevaba el recuerdo de su madre bajo su piel.

—Sí. Quizá en un inicio pensé que podría quitarme la necesidad de tenerte involucrábamos en un relacion breve, pero poco a poco fui conociéndote, y cada vez sentía la necesidad de tener más y más de ti. No creo que esa necesidad cambie —dijo con la misma sinceridad con la que ella estaba hablándole—. Me frustraba no poder entablar una relación con alguien, porque no sabía en qué momento podría recibir la llamada del abogado de mi padre o los GrandChester. Me frustré todavía más cuando me di cuenta que estaba enamorado de ti y no podía decirte más de lo que sabias. Me dolió cuando te fuiste, y me dolió más la forma en que te enteraste de mi pasado —bajó la mirada—, a pesar del dinero que poseo y que puede comprarme cosas inimaginables, la única cosa que realmente deseaba no podía comprarla, ni siquiera mis influencias parecían suficientes. Mi libertad emocional me estaba vetada con mi madre. Durante muchos años sentí que era culpable, y creí que era lo único que necesitaba Richard. Estuve haciendo terapia, me recluí en mí mismo, en mi propio mundo profesiona, hasta que entendí que lo que hice en realidad fue proteger a mi madre, y las acciones de La duquesa fueron fruto de sus propias decisiones, coherentes o parte de su problema mental. El día en que apareciste en mi camino, Candy, estaba en un momento en el que no solo me sentía estafado, sino también enfurecido con el destino.

—Oh, Terry… —dijo esta vez sin contener las lágrimas—, cuánto tiempo perdido. Cuántas posibilidades te fueron arrebatadas.

—Mi única recompensa es que llegaste a mi vida —sonrió—. Y seguiré esperando por ti hasta que decidas que puedes perdonarme. Ella soltó un suspiro.

—No, Terry, creo que has vivido en penitencia emocional injustamente, ¿quién soy yo para juzgarte si no soy capaz de ser honesta primero? —dijo con tristeza—. Siento mucho que tu madrastra haya sido la causante de una situación tan complicada. Él soltó un gruñido y se pasó los dedos entre los cabellos al recordar todo el infierno que había sido su vida. Las peleas, los insultos, las cosas que volaban de un lado a otro estrellándose contra las paredes cada que estaba con alguna de sus hermanastras.

—Sien… Siento mucho todo lo que has tenido que pasar… Recordar es revivir el dolor del pasado, y no quiero que eso vuelva a sucederte. Quiero olvidar lo ocurrido, por el bien de los dos. Por tu bien y el mio.

—No podré olvidarlo, porque soy la persona en quien me he convertido debido a muchas de las circunstancias que me marcaron. Sin embargo, puedo asegurarte que la libertad que tengo es la mejor compensación después de todo este desastre. Tampoco puedo olvidarlo, porque entonces no podría valorar a la única mujer que en realidad me interesa tener a mi lado. Ella bajó la mirada, y después volvió a elevar el rostro hacia él.

—Terry —dijo—, siento haberte dejado… Si todavía quieres intentarlo, solo quiero que sepas que te amo de una forma que no puedo explicarte. Estás en cada pensamiento, y tu dolor es el mío… Nada deseo más que volver a sonreír sabiendo que soy retribuida emocionalmente. No estaba en mis planes enamorarme, pero no volveré a huir si tú me quieres de regreso…—Sonrió con cierta inseguridad, porque él la observaba con intensidad—. Aunque si no es así, entonces… No sé qué más podría decirte… y… Solo que te necesito conmigo. Pronto, él le devolvió la sonrisa, y ella pudo sentir la calidez expandiéndose en su cuerpo y llenando aquellos rincones que habían quedado fríos por su ausencia. Terry, en lugar de acercarse a ella, se alejó, dejándola confusa. No le dijo nada.

—¿Terry? ¿Está todo bien? —preguntó en voz alta, pero nadie respondió. Empezó a temblar. ¿Se habría sentido mal y necesitaba un rato para él? ¿Debería ir a buscarlo? Sus preguntas fueron respondidas cuando Terry volvió con rapidez, y esta vez se acercó a ella sentándose a su lado. Su cercanía envió oleadas de calor a su cuerpo, cada rincón que había permanecido bajo el frío del resentimiento y la tristeza, empezaba a experimentar el confort de la cercanía del hombre que tanto quería.

—¿Me amas, Candy? —le preguntó acariciándole la mejilla con suavidad. Ella sonrió iluminando el mundo de él.

—Más que a nada en el mundo, y a Ellynor la adoro.

—No sé cómo he tenido tanta suerte, pero no te voy a defraudar de nuevo. No más secretos —dijo con intensidad y ella asintió—. Estoy loco por ti, ha sido un verdadero infierno lejos de ti. Te amo de una forma tan intensa que debería estar prohibida. Me haces sentir y tener ganas de vivirlo todo contigo a mi lado. Me encanta hacerte el amor y estar tan íntimamente unidos que somos uno solo; jamás había sentido con nadie la sensación de pertenecernos de verdad el uno al otro. Ella se rio entre lágrimas y lo abrazó.

—Necesito besarte —le dijo apretándola con fuerza entre sus brazos, y luego se apartó poco a poco hasta que sus bocas quedaron muy cerca—, y si no quieres besarme porque todavía tienes cosas que decirme, entonces tendrás que apartarme o si no…

continuará...