—Necesito besarte —le dijo apretándola con fuerza entre sus brazos, y luego se apartó poco a poco hasta que sus bocas quedaron muy cerca—, y si no quieres besarme porque todavía tienes cosas que decirme, entonces tendrás que apartarme o si no…
—Si Terry necesito decirte todo lo que tengo en mi cabeza. Él hizo una mueca pero decidió escucharla, quizás era mucho mejor si dejaban todo dicho, aunque no estaba seguro de que él dolor que tenía en la entrepierna lo dejara pensar. Cuando pudo calmar su deseó se dió cuenta de que Candy había empezado a hablar quién sabe desde cuándo. Fingiendo que estaba poniendo toda atención a lo que decía, la escucho, pero luego se dió cuenta de que era fácil entender lo que quería transmitir.
—La gente comete errores y estropea las cosas. Dicen y hacen tonterías cuando están enamorados. Algunas cosas en nombre del amor, y otras, a pesar del amor. Por supuesto, tenía razón. Parecía que había pasado aquellos años madurando, mientras que él se había atrincherado en su arrogancia. La miró a los ojos.
—Tú eres un buen hombre, Lo que pasa es que tienes que admitir que no puedes controlar a todo el mundo, igual que no puedes controlar el tiempo. Porque la vida no es una película, y no puedes someternos solo entrecerrando los ojos, ni pegar un tiro a todos los que te hagan enfadar, o acostarte con todas las mujeres que conozcas. Hizo una pausa.
—Bueno, quizá esto último está totalmente prohibido. Él se echó a reír. Ella también, y fue estupendo volver a reírse los dos juntos. Cuando miraba sus ojos cálidos, le parecía que todo era posible. Que podía amarla sin matarla. Que tenían una oportunidad de ser felices. Se le hinchó el pecho, y le apretó la mano para que ella sintiera los latidos de su corazón.
—Candy White, llevo toda la vida esperándote. A Candy se le aceleró el corazón. Le temblaron las rodillas. Sin embargo, irguió la espalda y dio un paso hacia atrás.
—Para tener una relación hace falta algo más que declararnos nuestro amor e ir hacia la puesta de sol cabalgando. Somos gente muy diferente.
—Cariño, y eso es muy bueno. ¿Por qué iba a querer emparejarme con otro gilipollas como yo?
—Buena observación. Pero, suponiendo que yo aceptara, tú tendrías que bajar tu nivel de obsesión por el control.
—Claro, no hay ningún problema —dijo, con su sonrisa especialmente diseñada para desarmar, y al contrario. Ella lo miró con incredulidad.
—Mira, yo lo entiendo. Tuviste una niñez difícil en la que no tenías el control de nada, así que es natural que, de adulto, reacciones intentando controlarlo todo.
—Pareces Albert.
— No eres responsable de lo que hacemos todos los demás. Las cosas malas pueden ocurrir; yo podría tener un accidente de tráfico yendo a verte. O podríamos intoxicarnos con la comida cuando saliéramos a cenar. Él palideció.
—¿Y si te vienes a vivir conmigo? Así no tendrás que ir a ninguna parte. Yo cocinaré para ti todas las noches. Nada de restaurantes. Ella se echó a reír, porque él era muy gracioso y había dicho aquello medio en serio.
Terry se acercó a ella y le posó la mano en la mejilla para acariciársela con delicadeza.
—Entiendo lo que quieres decir, cariño. No todo gira en torno a mí. Y estoy aprendiendo.
Ella no quería más palabras, y cerró la distancia entre los dos. Un leve gemido escapó de su garganta cuando Terry tocó sus labios. Poco a poco le recorrió la boca con dulzura, y presionó para que le permitiera entrar. Ella suspiró y aceptó la sensual invasión de la lengua masculina. Lo agarró de la camisa de tela suave, cerrando el puño sobre su pecho tan fuerte y firme, y casi podría afirmar que el temblor de sus músculos era palpable, al igual que los latidos de ese corazón que le pertenecía. Terry gruñó algo sobre la pasión y la mujer de su vida, mientras probaba con febril anhelo esa boca que tanto había echado en falta. Se embebió de su aroma, aquel que era capaz de brindarle solaz, primavera y vainilla. Tan ella, tan suya. Besarla era como llegar a casa. Un lugar que siempre lo recibía con una bienvenida dulce y cálida. El sabor de Candy era lujuria, entrega, dulzura, y tan suya. Siempre suya. No pensaba dejarla escapar. La perseguiría por donde fuese hasta que lograra tenerla a su lado. Ella abrió poco a pocos los puños y deslizó las manos acariciándole los pectorales hasta que llegó a la nuca y le enredó sus dedos. Jugueteó con los cabellos de Terry y perdió la noción de todo lo que no involucrase el aroma masculino y el tacto de su cuerpo. Le gustaba sentirlo junto a ella, y la dureza masculina vibrante. Empezó a apartar las manos de su nuca e inició un descenso sensual hasta que llegó a la entrepierna de Terry, y él jadeó.
—Espera…—murmuró Terry apartándose a regañadientes. Colocó su frente contra la de Candy—. Espera, muñeca. No quiero que se nos vaya de las manos antes de hacer algo que he meditado hace muchos días.
—¿Qué ocurre? —preguntó confusa y con la respiración agitada. Terry metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, y después se arrodilló frente a Candy. Ella lo miró con los ojos abiertos de par en par.—Terry…—se tapó la boca con la mano—. ¿En qué momento…?
—Compré el anillo en cuanto supe que no quería estar con otra mujer que no fueras tú e iba a luchar por ti, siempre lucharé por ti. Solo quería darte tiempo, pero luego todo se fue al diablo… Ella soltó un sollozo.
—Oh, Dios… Terry…
—Candy, yo no puedo vivir un día más sin ti. Quiero que seas la compañera de mi vida, la madre para los hijos que podamos tener, y mi amante, pero, sobre todo, quiero que me hagas el honor de aceptar ser mi esposa, ¿te casarías conmigo? Con lágrimas en los ojos, ella se lanzó a los brazos de Terry y ambos cayeron sobre la alfombra. Candy lo besó en rostro, lo abrazó, le dijo que era la mujer más afortunada por tenerlo, pero que no se le ocurriese sacar algún otro trapo sucio del clóset porque lo ahorcaba. Él se rio.
—Mi vida —dijo, jadeante, colocándose sobre ella—, no me has respondido. —Intentaba que el anillo no se le cayera de la mano—. Y no tengo la facultad de adivinar tus pensamientos.
—Más te vale…—replicó riéndose—. Soy tan feliz, Terry. Tan, tan feliz. Él se aclaró la garganta.
—Y yo lo seré más cuando decidas responderme —murmuró mordisqueándole el labio inferior—. Anda, sácame de mi miseria y dime que aceptas ser mi esposa. Ella le dedicó la sonrisa más amplia, sincera y llena de amor que pudo.
—¡¡¡Si, si, si, si ,si...!!! ¡Te quiero tanto, Terry!
—Y yo a ti.
—Por cierto, mañana tengo que ir a visitar el orfanato.
—Te parece si te recojo allí y así puedo conocer el lugar en el que has puesto tu corazón. Ella sonrió con infinita alegría. —Ahora déjame hacerte el amor... Una semana después. Terry había comprado un apartamento en Chicago, mientras preparaba la gira de su compañía de teatro, además Candy no quería alejarse del hogar de Pony, así pues la boda sería en Chicago. Ellynor y Terry habían hablado pero no era cuestión de dias que decidieran empezar una relación de madre a hijo. , Ellynor decidió darle un tiempo a Terry, que ambos parecían necesitar.
Del otro lado del pacifico Richard está ansioso de mejorar sus circunstancias, pero no está dispuesto a mejorarse a sí mismo; por eso permanece atado y estancado en su vida. Un hombre que comprende y acepta finalmente su necesidad de crecer y mejorar, logrará entonces alcanzar el objetivo que ha trazado en su corazón. Esto es tan cierto en las cosas terrenales como en las divinas. Aún el hombre cuyo único objetivo es alcanzar prosperidad debe estar preparado para realizar grandes sacrificios personales antes que pueda obtener su meta; y cuánto más preparado deberá estar aquel que quiera lograr una vida próspera y equilibrada. El sonido del teléfono lo saco de sus pensamientos.
—Margaret y su complice han sacado cinco millones de dólares de su cuenta bancaria —dijo el nuevo abogado de Richard GrandChester—. En una sucursal de Londres, Ayer a las nueve en punto de la mañana. Después, han desaparecido. Sus hijas no saben dónde está, ni tampoco su abogado. Me he puesto en contacto con Terrunce para saber si él tenía alguna noticia, como el departamento de policía, pero nadie sabe en dónde está Margaret ni la han visto desde que salió de la mansión GrandChester.
—¿Como tenía Margaret una Tarjeta de crédito? —preguntó Richard, aunque sabía que Margaret era demasiado inteligente para eso.
—Puse a un equipo de investigadores para encontrarlos—dijo el abogado.
—¿Ninguna de mis hijas tenía información ?
—Dicen que no saben dónde está su Madre. Y las creo.
Las sombras de la vida lo estaban bombardeando. Pero no le importaba más saber lo que hacía Margaret después de todo él le había hecho daño en el pasado. Con estos pensamientos llegó a una equivocada decisión.
—Déjalo todo Perkins.
—¿Señor?
—Suspende la búsqueda por completo. Richard se despidió y colgó. Miró por la ventana. El sol se estaba poniendo, y su luz se reflejaba en las ventanas de las casas y en el agua. Un yate se deslizaba silenciosamente por el mar, hacia el horizonte. No importaba el dinero robando si eso le regresaba todo lo que el había perdido en una vida. La vida que desperdicio junto a Ellynor.
El hombre de seguridad de su antiguo edificio le pedía a Terry ir al apartamento para hacer una revisión.
—¿Revisión de qué? —preguntó Terry.
—Alguien forzó la puerta de su apartamento —dijo el conserje—. Tenemos el video de seguridad.
—¿Qué? —un frío recorrió la espalda de Terry.
—Le pedimos que venga y dé parte a las autoridades, también que revise que todo está en orden.
—¿Esa persona entró?
—Sí, señor.
—¿Y qué se supone que hacían los vigilantes en ese momento? —el hombre se quedó en silencio, y dándose cuenta de que insultando al hombre no conseguiría nada, Terry cogió su coche y fue de inmediato al lugar.
Terry llamó a Albert de inmediato para contarle lo sucedido.
—¿Quién crees que sea ?
—¿Quién? No tengo ni idea.
—¿Viste el video de seguridad?
—Aún no— Terry guardo silencio —. Margaret y el exabogado de mi padre. Cerro sus ojos, Margaret sería capaz de llegar a querer atentar contra su vida. —Esta mañana recibí una llamada del abogado de mi padre quería saber si sabía el paradero de Margaret
—Debes fijarte muy bien, tal vez puedas reconocer, y George y yo haremos inmediatamente la denuncia—. Terry asintió cerrando sus ojos—. Debes avisar a Candy —siguió Albert.
—No quiero asustarla.
—Pero ella tiene que saberlo, debe estar sobre aviso. ¿Crees que no le harán nada? —Terry apretó sus dientes.
—No se de qué son capaces.
—Entonces debés prevenirla.
—Si saben dónde vivo, saben dónde vive ella…
—Con mayor razón; no podemos perder el tiempo—. Terry asintió y después de cortar la llamada, buscó el número de Richard. ¿Por qué justo ahora? Esto era un asunto delicado, de vida o muerte.
—Pensé que no volvería a saber de tí —saludó Richard con una esperanza. La actitud de él le pareció extraña, —¿Dónde… dónde está Margaret? Tu abogado me llamo diciendo que la policía la había perdido de su radar
—¿Margaret?
—Papá. Richard sintiendo como esas cuatro palabras le volvían a la vida empezó a comprender la situación. —Alguien entro en mi apartamento—dijo Terry. —Creo que fue ella. ¡Mierda! —Exclamó.
—Dime qué estás bien —oyó decir a Richard, y Terry cerró sus ojos con fuerza, pero, sin perder tiempo, echó a andar buscando a Candy—. Terry, dime. Qué está pasando.
—Esos dos… —contestó —. Han querido matarme… Han intentado matarme.
—¿Qué?
—¡Me quieren muerto! —exclamó , y su voz salió tan teñida de miedo, que un frío recorrió a Richard, dejándolo paralizado.
—¿Crees que son capaces de hacerle daño a tu novia? —Ellos harían daño a quien fuera con tal de herirme a mí. ¡Dios Candy dónde estás! —Llego al hogar de Pony y miró y miró su alrededory trató de controlarse, enfriar un poco su cabeza. Conocía a Margaret y al abogado, había aprendido a conocer cómo funcionaba más o menos sus mentes, y ellos sabían que a través del engaño podían conseguir cualquier cosa, o casi cualquier cosa. Habían conseguido que él confiara en ellos, aunque en la época él no había sido más que un niño ingenuo. Candy no los conocía, no reconocería sus rostros si se le presentaban con engaños y subterfugios. Ellos lo sabían y por eso habían atacado por allí, su punto más débil. Llegó a una colina sin aliento, y empezó a llamar a Candy con todas sus fuerzas. La encontró en el césped, con las muñecas atadas y un golpe en la cabeza. La alzó y la abrazó contra su pecho. Tal como había sospechado, ellos la habían traído a un lugar oculto.
—Candy —susurró él llamándola—. Candy, mi amor. ¿Estás bien? —ella no despertaba, y el hilo de sangre que brotaba de su herida manchó su camisa.
—Estarás bien —dijo entre dientes y desatándole las manos—. Te juro que estarás bien, mi amor. Haré que paguen por esto—. La alzó en sus brazos, pero entonces una de sus pesadillas más horribles se materializó en ese mismo instante. Frente a él estaba Margaret y le apuntaba con un arma, que parecía ser muy real, y muy cargada.
—¡Es tu culpa, tu culpa! —Margaret grito llena de rabia —. ¡Toda mi desdicha es tu culpa, desde el mismo día en que llegaste a este mundo! ¡Yo tenía una familia… pero Ellynor! ¡Me quitó a marido! Richard y ella estaban revolcándose, logré separarlos, todo volvió a estar bien y luego ella llegó otra vez y volvió a destruir mi matrimonio por tu culpa, diciendo que esperaba un hijo de mi esposo, entiendes de mi hombre, ¡pensando que tal vez así podría quedarse con todo lo que es mio! Pero no lo consiguió y luego mi hijo, él que tenía el derecho incluso más que tú, se murió, toda su vida fue para nada, y tu sigues vivito y coleando. ¡No me lo puedo permitir! Pensé que podía contigo y estaba muy equivocada, saliste igualmente de inteligencia como la zorra que te trajo.
—Me hiciste más daño del que puedo llegar a contar—.Margaret lo miró fijamente, y Terry lejos de encontrar un resquicio de culpa o arrepentimiento, sólo encontró en ella satisfacción. No se arrepentía de lo que habían hecho, por el contrario, parecía que de verdad hubiese deseado que todo hubiese acabado fatalmente. No había esperanza para ella. Apretó los labios pensando en que, si la policía la cogía ahora y la llevaban a la cárcel, saldría libre en unos cuantos años… o hasta meses, si tenía al abogado que había sido el hombre de confianza de su padre. Sabía que Richard no había levantado una orden para que arrestaran a Margaret, pero él no era su padre y así tuviera que pasar por encima de él, no iba a permitir que estos dos siguieran haciéndole daño, ni mucho menos que se lo hicieran a Candy
Su corazón empezó a latir furiosamente. cuando vio a Albert. Si intervenía podría haber muchos desenlaces para ese escenario que se desarrollaba. Podía ser que los salvara a ambos, podía ser que fuera peor y aumentara el número de perjudicados. Intentó ganar tiempo.
—Estuve muchos años lejos… —dijo. Tal vez si le decía que había estado al borde de perderse en el alcohol para siempre—. Y perdí… la capacidad de autocontrol… Tú y el abogado de mi padre… casi me destrozan la vida.
—No, no, no. No metas a ese inútil en eso. La que hizo todo fuí yo — Declaró —. Él sólo se quedó allí, cumpliendo mis órdenes mientras yo acababa contigo. Consiguió todo lo que quería menos matarte ¡Debías haber muerto, joder!
—¿Qué ? —preguntó Terry, aunque sabía parte de la respuesta; La dosis que le había dado a Elisa para dograrlo.
—Ah… Si, la droga, esa tenía todas las drogas que pude encontrar. Tenía un contacto, y ya ves—. Margaret sonrió como enorgulleciéndose de su hazaña—. Elisa la puso en la bebida. Era tan fuerte que no recordaste nada.
—Yo… no recuerdo lo que sucedió esa noche—. Margaret se encogió de hombros, como si no le molestase contarle lo que pasó.
—Tú te querías ir —dijo—. No estabas cómodo, porque claro, el niño bonito estaba enamorado. ¿O no? —sonrió—. Pero Elisa te convenció y tú te la tomaste… —soltó la risa, una risa desagradable, burlona, y Terry volvió a apretar los dientes. Ella se reía de lo que había sido su desgracia
Margaret miró a Candy poniéndose seria. No se dio cuenta de que Terry prácticamente la cubría con su cuerpo, y que había ido acercándose a ella. Dio un paso atrás, sintiéndose un poco perdida.
Continuará...
