Capítulo 5.

Llevaba demasiados días sin dormir, pero los pensamientos lo machacaban. Los pensamientos y los rumores; sobre todo, los rumores. Hideki decidió que todavía bebería un poco más esa noche. Era pronto y si no llegaba a casa moderadamente borracho, se pasaría las horas hasta la madrugada mirando el techo, con los ojos abiertos de par en par, pensando en los ojos de Kaoru, tan puros, tan llenos de vida. Una vida que no compartirá conmigo, recordó. Kami-sama, ¿cuánto tiempo tardaría en olvidarla? ¿Y si nunca lo hacía? Nunca antes había sentido algo así por ninguna mujer y estaba desesperado. Había sido un imbécil por creer que tenía alguna oportunidad con una chica como ella, tan lejos de sus posibilidades. Suspiró mientras entraba dentro del restaurante.

No había demasiado luz; era uno de esos lugares tradicionales donde aún servían saque en taza y donde en ocasiones hasta se podía ver hombres armados. Mientras pensaba aquello, su mirada se perdía en el fondo de la sala, en una mesa apartada, en la penumbra, donde un hombre con una espada bebía sake. Un hombre... Le hizo una señal a la camarera, pidiendo sake, y cuando se acercó a servirle murmuró:

—Disculpad, señora. Ese hombre, el hombre de la esquina... ¿Se llama Kenshin, verdad? ¿Cuál es su apellido? —. La mujer le sirvió sake con pretendida lentitud.

—Ese hombre es amigo del local. No le molestéis— dijo, mirándole con el ceño fruncido. Hideki se dio cuenta de que tal vez su voz había sonado demasiado dura.

—Lo siento, señora, no tengo intención de molestarle. Vive con una amiga y me gustaría simplemente que le preguntase si puedo sentarme un momento con él. Solo si le parece bien.

La mujer cambió su cara por una de curiosidad.

—¿Con una... amiga? —. Hideki asintió con la cabeza; la mujer se quedó pensativa durante unos segundos y al final, habló—. Si queréis sentaros con él, preguntádselo vos. Su nombre es Himura-san.

Hideki bebió el sake que ella había puesto en su taza y después, cogiendo la botella en una mano y la taza en la otra, se dirigió a la mesa del hombre. Había bastante gente en el local, pero él se encontraba un poco apartado, de modo que tardó un rato en abrirse paso. Cuando llegó junto a él vio como se echaba en su taza las dos últimas gotas de sake.

—¿Me acompañaríais esta noche, Himura-san? — preguntó, levantando su botella y mostrándola. El que fue el hitokiri más temido de Japón levantó la vista y le miró con unos ojos despiertos y de auténtica sorpresa. Tiene... tiene mirada de niño—. Aunque no nos han presentado, creo que sabéis quién soy.

—Fujame-san— contestó el hombre, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. Tenía el pelo rojo y una cicatriz con forma de cruz en la mejilla, tal y como contaba la leyenda. Le señaló con la mano el sitio frente a él—. Por favor.

Hideki tomó asiento y sin decir nada, sirvió sake en la taza de Himura y en la suya propia.

—Decidme que el sake de este sitio es mejor que el del restaurante de al lado.

Sessha no es el mejor para valorar un buen sake— contestó Himura, mirando el contenido de su taza. Hideki frunció el ceño, intentando averiguar si había querido decirle algo entre líneas. Dio un trago a su sake y descubrió que estaba realmente bueno, de modo que se sirvió más. Definitivamente se bebería todo lo que pudiese aguantar y luego volvería a casa para intentar dormir sin soñar con lo mismo.

—¿Vuestro nombre es Kenshin? — preguntó. Himura asintió con la cabeza, sin mirarle—. Mi nombre es Hideki. Tratémonos de tú. Kaoru habló conmigo hace una semana—. Himura levantó la vista y lo miró. Sus ojos eran tranquilos; no era el aspecto que debía tener un hitokiri sanguinario y, sin embargo, había algo en él... Una especie de frío, algo capaz de congelarte por dentro. ¿Qué era? —. Ella me dijo que no podía seguir viéndome. Me dijo que... Me dijo que su corazón te pertenece.

Vio cómo la mirada de Himura se clavaba en la de él, como si hubiese dicho algo que desconocía. ¿Qué se estaba perdiendo?

Sessha no quiere opinar en los asuntos de Kaoru-dono— dijo aquel hombre, en un murmullo. ¿De verdad era el legendario hitokiri Battosai? Se fijó en que tenía las mejillas sonrojada y su vista se desvió hacia las tres botellas de sake que había sobre la mesa. ¿Un hombre tan menudo podía haber bebido eso solo y mantenerse en pie?

—Me temo que ya has opinado— dijo Hideki, levantando una ceja. Sirvió de nuevo sake para los dos y ambos bebieron al mismo tiempo—. Pero no te culpo por eso. Si Kaoru me eligiese, sinceramente, me daría igual cuántos corazones se rompen por el camino. El caso es que la quiero. No es un capricho, no sé si me entiendes. La quiero más que a mi vida—. Himura le miró a los ojos. Tenía las pupilas brillantes, sin ningún rastro de alcohol en ellas; era como si pudiese mantenerse sereno pese a seguir bebiendo—. Me pregunto si un hombre como tú puede darle lo que ella se merece. Hablo de Kaoru. No es una chica cualquiera. Ella... Ella es luz. Y aunque no tengo nada contra ti, Himura... Cuando te miro solo veo oscuridad.

Himura volvió a clavar los ojos en su taza de sake, como si en ella se hallasen todas las respuestas del universo. La movió, haciendo que la bebida girarse en remolino, y después bebió su contenido de un solo trago, cogiendo la botella y sirviendo para los dos, como Hideki había hecho unos instantes antes.

Sessha no puede quitaros la razón— dijo finalmente. Su voz no era como debía ser la de un asesino; hablaba suavemente, con un tono dulce y tranquilo. Sin embargo, tanta dulzura y tanta tranquilidad comenzaban a exasperarle. ¿Es que ese hombre no tenía sangre en las venas?

—¿Sabes que la besé? — dijo, arrepintiéndose al momento. El alcohol lo empujaba a decir cosas que no diría de otra manera, pero una parte de él necesitaba aunque fuese ver algo más de ese hombre; necesitaba saber más de él. ¿Era así, realmente? Era imposible. Su espada había segado cientos de vidas. Y, sin embargo, tenía el gesto tranquilo de un monje budista.

—Sí— contestó Himura, volviendo a beber—. No sé qué esperáis de sessha. ¿Esperáis una discusión, un grito? Sessha no quiere discutir con vos. Sessha... sabe que tratasteis bien a Kaoru-dono. La cuidasteis.

—La besé— insistió Hideki, arrebatándole la botella de la mano para servir de nuevo; pese a todo, sirvió para los dos. Ese hombre no tenía sangre en las venas, no la tenía. Respiró profundamente, calmándose—. La besé varias veces. Ella también me besó. Sé que parezco un idiota contándote esto, pero quiero que lo sepas. No voy besando mujeres por ahí. La besé porque quería que ella fuese mi mujer. Quería que su primer beso fuese mío, porque la quiero, ¿lo entiendes? A veces... A veces creo que debo luchar, ¿sabes? La quiero demasiado. Pero, por otro lado... Ella me ha dicho que no. Sin embargo, creo que tú... No creo que tú puedas darle lo que ella necesita. Tal vez puedas hacerlo al principio, cuando su alegría te eclipse, cuando te toque la parte fácil de descubrir sus besos y despertarte con ella, pero después... Llegará un día en que esa oscuridad tuya te atrape y te arrastre y se lleve todo lo que tengas cerca. Y creo que ella, en el fondo, lo sabe. Por eso quiso salir conmigo. Por eso dejó que la acariciase. No le robé su primer beso. Ella me lo regaló.

Supo al instante que sus palabras habían llegado a Himura, porque su mirada cambió. Estaba pálido y ni siquiera el color sonrojado de sus mejillas, fruto del alcohol, podían ocultarlo. Se puso de pie, colocándose bien la espada en el cinto. Era un hombre pequeño, no debía ser más alto que Kaoru. Buscó unas monedas en su gi y las colocó sobre la mesa con suavidad.

—Disculpad, Fujame-san— dijo con voz tenue, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. Hideki suspiró mientras lo veía salir con paso rápido. Está escapando, se dijo, observando su coleta roja bailando en su espalda. Escapando de la verdad.


Era tarde y Kenshin no había vuelto a casa. Kaoru paseaba por el dojo con las ropas de dormir, abrazándose a sí misma, inquieta. Yahiko hacía tiempo que se había quedado profundamente dormido y sus ronquidos retumbaban por medio dojo. Misao se alojaba con ella, en su dormitorio, así que no quería entrar y salir cada cinco minutos para evitar despertarla. Prefería esperar allí. La noche era cálida y no llovía, por fin, después de semanas. Miró las estrellas. Su padre le había enseñado a distinguir algunas cuando era una niña, con el objetivo de que, si llegaba a perderse de noche en el bosque, pudiese encontrar un punto para orientarse. Había intentado enseñarle a Yahiko en varias ocasiones, pero era imposible. Sin embargo, recordaba una noche, tiempo antes de que pasase lo de Enishi, en que Kenshin le había contado un par de historias sobre las estrellas; historias que su maestro le había contado antes a él. Recordaba esa noche como una de las más especiales con Kenshin. Los dos se habían tumbado en la entrada del dojo, el uno al lado del otro y estar en esa posición con él le había hecho ponerse muy nerviosa. Kenshin había contado las historias en un susurro dulce y, al terminar, había girado su cuerpo para mirarla y le había dicho: "Nunca le había contado estas historias a nadie" para después sonreír. Kaoru había sido inmensamente feliz durante unos instantes. Pero después pasó todo lo de Enishi y Kenshin volvió a cerrarse como una tortuga dentro de su caparazón. Todavía permanecía ahí dentro, de alguna manera, aunque ocasionalmente sacaba la cabeza. Cerró los ojos y recordó por enésima vez el beso que él le había dado. ¿Podía llamarse beso? Apenas la había rozado con los labios y sin embargo lo había sentido tan profundamente como si fuese el más pasional de los besos. Recordaba su olor llenándola y el tacto de su flequillo contra su mejilla. Nunca había estado tan cerca de él. Le habría encantado que el tiempo se hubiese detenido en ese instante para saborearlo. Tenía miedo de olvidarlo, de que los detalles se desdibujasen, por eso lo recordaba cada pocos segundos, para convertirlo en un recuerdo indestructible.

La puerta del dojo se abrió y entró Kenshin, agarrándose a la pared. Ella se puso de pie, alarmada y corrió hacia él.

—¿Estás herido? — preguntó, con el corazón saliéndosele de la boca. Estaba pálido como si hubiese perdido mucha sangre, de modo que empezó a buscar con la mirada sus heridas—. ¿Dónde te han herido?

Kenshin tropezó y ella le agarró y fue entonces cuando se dio cuenta de su olor. Huele a sake.

—Sessha lo siente, Kaoru-dono— susurró, incorporándose. Ella lo agarró más fuerte, sirviéndose como apoyo para caminar.

—¿Quieres matarme? — preguntó, sintiendo cómo su preocupación se convertía en enfado. Kenshin volvió a tropezar y ella se dio cuenta de lo que acababa de decir—. Quiero decir... No pasa nada. No importa, pero no entiendo... Tú nunca bebes tanto. ¿Ha sido Sanosuke, verdad? Voy a...

—No, Sano no tiene la culpa. Sessha ha bebido solo.

—¿Sólo? ¿Por qué? — preguntó, intentando que no se notase lo que le estaba costando servirle de soporte. Llegaron hasta el pozo y Kenshin se apoyó en él, bajo la atenta mirada de Kaoru. "Sólo faltaba que se cayera en el maldito pozo...".

—Sessha quería... comprobar a qué sabe el sake— contestó finalmente. Metió la mano en el cubo, lleno de agua y se mojó la cara y el cabello. Kaoru se puso a su lado y le apartó el flequillo de la cara. Tenía las mejillas muy sonrojadas, pero estaba pálido. Movida por una locura transitoria, Kaoru le acarició la mejilla, allí donde estaba su cicatriz. Kenshin cogió su mano y la miró con una sonrisa dulce.

—¿Y para eso era necesario beberte todo el de Japón?

—A veces, cuando te miro... — susurró él de pronto, levantando su propia mano y tocando la cara de Kaoru, que se quedó paralizada—. A veces... Me olvido de quién soy y pienso... Creo... Desearía tanto...

Kaoru golpeó sin querer el cubo con el codo y cayó dentro del pozo; Kenshin bajó la mano de golpe y lo miró, sorprendido. Está borracho, pensó ella. Está borracho así que no le escuches y oblígale a dormir.

Kenshin se agarró al muro del pozo para no caer al suelo y Kaoru volvió a sujetarle, reiniciando el camino hacia su dormitorio. Maldijo haberle asignado el más lejano y deseó que nadie más en el dojo hubiese escuchado el estruendo de su llegada. Caminaron en silencio, un silencio sólo roto por los repetidos traspiés de Kenshin y por el sonido de su espada envainada cada vez que caía y Kaoru lo sujetaba. Cuando llegaron a la puerta del dormitorio, ella le pidió que se agarrase a la pared y esperase mientras abría. Así lo hicieron; entró, se arrodilló y, a oscuras, extendió las mantas en el futón, colocándolas con corrección y situando la almohada. Kenshin entró tras ella y se sentó contra la pared, apoyando la sakabato en su hombro.

—Kaoru-dono... No os preocupéis. Sessha duerme aquí— dijo en un susurro, cerrando los ojos. Kaoru lo miró con el ceño fruncido.

—Kenshin, ven aquí ahora mismo. Algún día tendrás que volver a meterte en una cama. No puedes dormir toda a vida contra la pared—. Él no se movió. Kaoru resopló, alisando las mantas con las manos como mecanismo para evadir sus ganas de golpearle.

—No toda la vida... — susurró de forma casi inaudible; sus mejillas seguían coloradas, aunque su voz era igual de suave que siempre—. Kaoru... No toda la vida.

Kaoru le miró sintiendo el corazón salírsele del pecho. Respiraba despacio; dormía. Aunque la noche era oscura, Kaoru vio el lirio apoyado sobre su almohada.