EPÍLOGO.
Margaret miró a Candy poniéndose seria. No se dio cuenta de que Terry prácticamente la cubría con su cuerpo, y que había ido acercándose a ella. Dio un paso atrás, sintiéndose un poco perdida.
—Vas a decir que tu vida es mejor ahora? Terry trataba de impedir que Margaret se diera cuenta de Albert, temiendo cada segundo.
—¿Qué mierda te importa a ti lo que es mi vida?
—¡Mírate! —Exclamó Terry, dando unos pasos hacia ella y a pesar de que era Margaret quien sostenía el arma, era quien retrocedía—. Llevas la amargura pintada en tu cara, ahora no eres más que una mujer resentida, y sola. ¿No pensasteis en que después la policía te estaría buscando por lo que haces?
—¡No me importa! —Gritó Margaret—. ¡Aún ahora, te mereces morir!
—¡No! —gritó Terry, Margaret había dejado de apuntarlo a él para dispararle a Candy, y en un microsegundo ocurrió todo. Se escuchó la explosión del cañón, gritos, y el eco del disparo resonar en la distancia. Junto con todo aquello, vino una extraña consciencia.
—¿Le ha pasado algo a Candy?
—¿Qué?
—Candy, ¿le ha pasado algo? ¡Contesta, hombre! ¿Le ha pasado algo ? ¿Por qué Albert estaba aquí?, se preguntó Terry, y entonces volvió a la realidad. Había recordado todo el daño físico que Margaret le había hecho en su niñez, la causante de todo había intentado hacerles daño otra vez. Pestañeó alejándose un poco, y lo primero que hizo fue revisar a Candy , que seguía con sus ojos cerrados. No había heridas en su cuerpo, y pudo respirar tranquilo. Después levantó la vista, y lo que vio lo dejó un poco pasmado. Margaret yacía en el suelo con una herida en la cabeza y el arma a pocos centímetros de su mano, y Albert se elevaba sobre Margaret con la piedra que había usado para golpearla. Él también estaba bien. Cerró sus ojos deseando llorar de alivio, y, sin fuerzas, se dejó caer en el suelo al lado de Candy. Albert miró a Terry tomar aire hondamente, como si estuviera teniendo dificultades para respirar.
—¿Ella está bien? —preguntó Albert de nuevo.
—Lo estará.
—Hay que llamar a la policía—. Terry asintió. Intentó ponerse de pie, pero se encontró débil como si lo hubiesen herido. Albert cogió la cuerda con que antes Margaret habían atado las manos de Candy para atar las de Margaret, luego, como si con eso no tuviera suficiente, se quitó los cordones de los zapatos y con ellos ató también sus pies—. Le pegué fuerte —dijo—, pero no tardará en despertar.
Candy empezó a removerse, y Terry se puso en acción por fin. La movió con cuidado y la sentó apoyándola en su regazo.
—Todo está bien —le susurró él arrullándola en su pecho.
—¿Qué… qué ha pasado? —preguntó ella.
—Nada, mi amor, nada. Todo está bien—. Albert miró la escena; Candy siendo abrazada, protegida y consolada por Terry, y sintió como si un enorme peso se le cayera de encima. Su amigo. Terry, él todo el tiempo, la había protegido con su cuerpo, y sin hablar, ni hacer un solo movimiento, le había dado las señales para que actuara a tiempo. Había hecho hablar a Margaret, distrayéndola de lo que sucedía detrás de ella, y así habían tenido la ocasión perfecta para librarse de ella, ella que le había hecho daño a Terry en su niñez, y a Candy atra vés de su sobrina política Elisa. Era justo que precisamente él le diera este golpe en la cabeza, pues por fin sentía que estaba vengando del dolor de su amigo, el dolor que Candy paso con los Legan de alguna manera se sentía que había saldado una enorme deuda. Sintió la tentación de pegarle a Margaret como ella le pegó a Terry, cuando solo era un niño, pero entonces tuvo que contenerse; en la cárcel le iría mucho peor.
Más tarde en la estación de la policía, Margaret confesó que A pesar de que había sido quien consiguiera las drogas que le dieron esa noche a Terry, el abogado no había planeado dárle la droga, pero no le quedó más remedio que obedecer a Margaret, y como no dejaba de fastidiarla con el tema de confesar todo y de tratar de reparar el daño, Margaret simplemente perdió el control y lo mató.
—Perdió el control y mató a su amante. Le contó Terry a Candy.
—¡Es horrible!
—Sí… Que quiera matar a alguien a quien odia ya es malo, pero acabar con la vida del que fue su complice… eso debió enloquecerla.
A los cargos penales para Margaret se le sumaron otros tantos que Richard le puso.
Por la mañana, Richard ya estaba en America pero teniendo en cuenta que Terry no iría con él a Inglaterra, tardaría unos días en volver, necesitaban un respiro primero y hablar de ese asunto que les costaba pronunciar. Ya con lo del accidente había sido bastante traumático, Terry había acumulado más cicatrices, y ahora Candy tenía un golpe que pudo haber sido fatal. Si la pobre tenía pesadillas con constancia, Richard no podía menos que comprenderla y compadecerla.
Las pesadillas de Candy fueron desapareciendo con el transcurso de los días y el amor de Terry que fue su antídoto
—Cásate conmigo, mujer. —Le dijo Terry de pronto
—Ya te dije que sí.
—Cásate ya —ella se echó a reír.
—Ya es como si nos hubiésemos casado, como si ya fuésemos una familia, y todo. Tus padres se llevan bien. Ya nada puede pasarnos, ya nadie puede tocarnos.
—Eso espero —dijo él sin dejar de abrazarla—. Eso deseo. Que, de aquí hasta la vejez, nuestra vida sea muy normal y muy tranquila —él le besó la frente y Candy sonrió.
—Sí. Ya tuvimos todos los sobresaltos que se puedan tener en una vida. Terry la besó con fuerza, honda y profundamente, como si deseara devorársela.
—Te amo —le dijo.
—Yo te amo a ti.
—¿Estaría abusando si…?
—No —contestó ella sabiendo lo que él le pedía—. Hagamos el amor en tu cama —él sonrió, y le tomó la mano llevándola hasta su habitación, donde se dispondría a desnudarla con mucho cuidado para hacerle el amor.
Terry recibió una carta con el sello de la corona. Cuando Terry leyó la carta se le cortó la respiración: Era orden del Rey que cambiaría el rumbo de los planes que Candy y Terry habían hecho. .
Tal y como Terry había previsto tuvo que regresar a Inglaterra para tomar el título que por derecho le correspondía. Pero primero dejótodos los asuntos del teatro arreglados. Candy había tomado la noticia bastante bien y había organizado todo para que a su marcha el hogar de Pony siguiera como hasta ahora sin ella.
Los Andley y los Brhitter, dos de las familias más influyentes de América y gran parte de la aristocracia de Londres se reunieron para ver cómo el Duque de GrandChester se prometía en matrimonio con Candice White. La catedral de San Pablo parecía pequeña para la cantidad de invitados que se habían acercado para asistir al matrimonio.
Candy descendió del coche con el emblema de los GrandChester. Radiante, y del brazo de Albert llevaba un precioso vestido blanco bordado en hilo de plata que le hacía resaltar el tono de su piel blanca. Le adornaban su cabello una media corona con el símbolo los GrandChester habían sido obsequio de su prometido, así como los diamantes que brillaban con cada movimiento de su cabeza, por delicado que fuese. Tanto ella como su atuendo despertaron admiración e interés. La belleza elegante de Candy dio mucho de que hablar entre los hombres presentes.
Candy recibió el título de Duquesa de grandchester. A la ceremonia se presentó Ellynor que se había retirado de Hollywood y había vuelto a ser cortejada por Richard quién volvió a tener los años perdidos de su juventud. Albert conoció a Michelle y juntos viajaron a America. Archie y Annie ahora dueños de las cadenas de publicidad más importantes de Chicago y Nueva York esperan a su primer hijo.
Elisa pasaría diez años en prisión y Margaret treinta.
El tiempo se había ido volando. ¡Habían pasado por tanto! Cuando Candy quedó embarazada y se lo dijo a Terry, nunca se imaginó que viviría tantas aventuras con su familia, no imaginó que sería testigo de tanto. Había sabido que tenía un buen marido, y que junto a él podría formar un hogar estable. Lo mejor que habían podido darle, Terry era estabilidad, confianza, disciplina, y respeto por los menos necesitados. Así, cada uno había podido conquistar poco a poco sus sueños. Aunque los sueños se vieron truncados durante mucho tiempo...
Los grandes cambios siempre vienen acompañados de una fuerte sacudida. No es el fin del mundo. Es el inicio de uno nuevo.
Fin.
Gracias lectores por acompañarme hasta el fin de esta historia. Nos leemos.
JillValentine.x.
