Capítulo 6

Los rayos de sol que se colgaban a través de la ventana comenzaron a picarle en el rostro, quemándole de una forma suave pero constante, tanto en las mejillas como en la nariz, en la frente y en los párpados; sin embargo, fue el grito de Yahiko el que terminó de arrancarle del sueño.

—¡A COMER!

Kenshin abrió los ojos de golpe. ¿A comer? ¿Cómo que a comer? Se puso en pie de un salto y se mareó a sí mismo con su propio olor. Sake, pensó, agriando el gesto. Huelo como Hiko en las noches de verano. De inmediato vino a su cabeza el recuerdo de su adolescencia, cuando intentaba convencer a Hiko para que le dejase ir con él a las fiestas del pueblo bajo la montaña donde vivían; sin embargo su shisho siempre se negaba. Eres un crío, le decía; los críos espantan a las mujeres añadía, lanzándole la espada de madera para que la cogiese al vuelo. Espérame entrenando, que falta de hace. Después volvía de madrugada, o algunas veces al día siguiente, con el mismo olor que había ahora en su ropa. Se puso en pie y se agarró a la pared, tambaleándose; su shisho, sin embargo, jamás había dado muestras de resaca y mucho menos de embriaguez. Hiko no era humano, no lo era, pero él estaba claro que sí.

Mientras se colocaba la sakabato en la hakama cogió ropa limpia del cajón. Estaba claro que tendría que darse un baño, aunque tuviese que perderse la comida, no podía andar por el dojo con ese olor a callejón a medianoche. Al mismo tiempo intentaba recordar qué había pasado la noche anterior. El dolor de cabeza que le martilleaba las sienes no le facilitaba la tarea; desde que salió del restaurante de Ayae-dono tras su charla con Fujame-san, todo era una terrible nebulosa.

Cuando iba a abandonar la habitación se fijó en algo que había pasado desapercibido hasta ese momento: su cama. Desde su llegada al dojo, Kenshin había dormido siempre sentado, tal y como lo hacía desde su adolescencia y como se vio obligado a seguir haciéndolo cuando era un rurouni y pasaba la mayoría de las noches a la intemperie o en lugares poco seguros. Después de tanto tiempo, casi le parecía imposible acostumbrarse a hacerlo de otro modo. Sin embargo, su cama... Su cama estaba deshecha. La miró sin moverse, como si en vez de un montón de mantas estuviese viendo un fantasma. Y entonces, sobresaliendo de entre las sábanas, lo vio. El lazo, dijo para sí, notando cómo el estómago se le encogía. Era el lazo índigo que le había regalado a Kaoru. ¿Qué hacía allí? Se agachó y lo recogió, mirándolo fijamente, como si pudiese darle alguna respuesta. Sentía el corazón latirle desbocado en el pecho y se obligó a tranquilizarse, mientras la voz de su shisho volvía a aparecer en su mente. Algún día serás un maestro de battojutsu. El arte del batto requiere de tres cosas: técnica, rapidez y concentración. Si falla una, falla todo; y si falla todo, mueres tú y muere la persona a quien proteges. Concentración, eso es lo que necesitaba. Cerró los ojos e intentó reconstruir la noche del día anterior, pero entonces oyó el ruido de alguien abriendo su puerta sin llamar. Abrió los ojos y vio a Misao.

—¡Himura! ¿Estás sordo? — dijo, frunciendo el ceño—. ¡Se va a enfriar la comida!

—Misao-dono— contestó como saludo, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza—. Sessha... Sessha querría asearse un poco antes de comer.

Misao se acercó a él y le agarró del gi, acercándose a olerle de una forma que le hizo retroceder. Para Misao las convenciones sociales no existían; no es que él fuese un experto en ese tipo de cosas, pero ella era todavía peor.

—Kami-sama, hueles como un samurai borracho al borde de la muerte—. Kenshin levantó un ceja. Entonces ella bajó la mirada y clavó los ojos en la cama deshecha; sin mediar palabra, cerró la puerta tras de sí y empujó a Kenshin hacia el fondo de la habitación.

—¿Oro?

—¿Qué pasó anoche, Himura? — preguntó, casi en una amenaza, agarrándose del gi. Sin darle tiempo a contestar, cogió su mano y le arrebató el lazo índigo de Kaoru. Kenshin abrió mucho los ojos, superado por los acontecimientos mientras intentaba no caerse al suelo con el mareo—. ¿Qué es esto?

Sessha...

—Sessha una mierda, Himura— le cortó ella, empujándole contra la pared—. Kaoru no durmió conmigo.

Kenshin no sabía qué contestar; notaba el corazón en la garganta, como no había llegado a sentirlo nunca ni durante sus peores batallas. Solamente Hiko había sido capaz de causarle tanto miedo como Misao.

Sessha no... No recuerda nada de anoche.

—¿Que no...? — gritó Misao, acallándose al darse cuenta del volumen de su voz. Soltándole, se agachó y empezó a hacer la cama con rapidez, doblando las mantas. Cuando se puso en pie, Yahiko abrió la puerta, enfadado.

—¿Se puede saber qué estáis haciendo? ¡La comida se enfría! — gruñó. En cuanto se marchó, Misao volvió a acercarse a Kenshin, manteniendo su mirada asesina.

—Como la hayas deshonrado te mataré, Himura— le susurró, con ojos chispeantes. Kenshin quería defenderse, pero las palabras se le agolpaban en la garganta. Misao salió de la habitación, cambiando su cara de rabia por una sonrisa jovial y alegre.

Kenshin logró refrescarse levemente en el pozo mientras todos empezaban a comer y cambiarse las ropas por otras limpias. Kaoru entró en el dojo cuando estaba terminando, mientras metía la ropa sucia en la cesta. Llevaba la ropa de entrenamiento.

—Kenshin— saludó ella, sonriendo mientras se acercaba. Kenshin se dio cuenta de que todos en la cocina habían guardado silencio al verlos juntos. Se fijó en el rostro de Kaoru; tenía la mejilla derecha morada con restos de sangre. Cuando la vio frunció el ceño.

—Kaoru-dono. ¿Qué...?

Ella sacudió la cabeza, sin perder la sonrisa.

—Vengo del dojo de Fujame-san. Tengo grandes noticias—. Kenshin se olvidó por un momento de todo el asunto de la noche anterior. La sonrisa de Kaoru le ocupaba toda la cara. ¿Es posible que anoche...? se preguntó, pero al instante apartó la idea de su mente. No, se dijo, convencido. Si hubiese pasado algo, lo recordaría. Lo recordaría seguro— ¿Tú cómo estás? ¿Has podido dormir un poco? Ayer... Siento haberte insistido— dijo, mirando hacia el suelo, en un susurro. Kenshin no tenía ni idea de qué contestar—. Fuiste... Tú... Cuando... Fuiste tan dulce...

Kaoru se había sonrojado lo suficiente como para que a Kenshin se le encogiese el estómago. De pronto tuvo una imagen clara de sí mismo frente a ella, acariciando su cara. Incluso pudo sentir sus dedos deslizarse por la suave piel de su mejilla. Kami-sama, le acaricié. ¿Qué más hice?

—Kaoru-dono, sessha no...— dijo, también en un susurro. No quería engañarla—. Sessha... Apenas recuerda nada. Sessha espera no haber hecho nada que os pudiese incomodar.

Kaoru sonrió, cogiéndole de la mano.

—No hiciste nada, Kenshin, no te preocupes—. Él asintió con la cabeza, aliviado. Kaoru le dedicó otra sonrisa y cuando hizo ademán de ir hacia la cocina, él la cogió de la mano.

—Kaoru-dono— llamó; ella se giró—. ¿Anoche dormisteis en mi habitación?

Ella pareció sonrojarse.

—Sí... Lo siento mucho, Kenshin. Me quedé dormida... Quería cuidarte, pero estaba muy cansada y... Me desperté esta mañana en tu cama—. Cuando dijo esas palabras, Kenshin bajó la mirada, nervioso.

—Tal vez podáis hablar con Misao-dono— dijo, colocando el cubo sobre el muro del pozo. Kaoru pareció entender y asintió con la cabeza, dirigiéndose a la cocina, donde todos comían. Él tardó un poco mámás, pero cuando llegó se fijó en algo. Junto a los tomates, en el lugar más luminoso de la cocina, Kaoru había puesto el lirio dentro de un jarrón con agua.


Kaoru no cabía en sí de la emoción que sentía. Fujame-san se había reincorporado a los entrenamientos aquella mañana y eso ya había mejorado su humor. Hablar con él, ver que estaba bien, había sido un motivo más para arrancarle una sonrisa. Sentía un gran afecto por él y por nada del mundo quería terminar con la bonita amistad que había nacido entre ellos. Además, se sentía a gusto teniéndolo cerca y había hecho grandes progresos en el kendo. Por eso, aquella mañana, cuando Fujame-san le dio la noticia, no pudo evitar abrazarle de la alegría. ¡Podría ser maestra de kendo, por fin! En un mes, ni más ni menos, llegaría al dojo de Fujame-san uno de los más importantes maestros de kendo de Japón, del que el propio padre de Kaoru había sido discípulo y valoraría los méritos y la capacidad de los integrantes de muchos de los dojos de la región. Dado que Kaoru era la única maestra-asistente de su estilo, esta era la oportunidad que tenía para progresar a maestra, mostrándole al que fue maestro de su padre que era merecedora de ese título. Cuando lo contó durante la comida, todos la abrazaron. Todos menos Kenshin, que se limitó a sonreírle desde su sitio, en un claro gesto de alegría.

—¿Por eso te han partido hoy la cara, Jo-chan? — preguntó Sanosuke, atacando el plato de arroz como si su vida fuese en ello. Kaoru frunció el ceño. ¿Es que ese hombre nunca podía estar callado?

—No pude esquivarlo— reconoció, agachando la mirada hacia su plato.

—No tiene importancia— dijo Misao, encogiéndose de hombros—. Hasta a HImura le han dado alguna vez, mira su cara.

Kaoru miró a Kenshin, que sonreía ignorando el comentario de Misao.

—Debereis entrenar muy duro, Kaoru-dono— dijo, sirviendo un poco más de arroz a Yahiko. Ella asintió con la cabeza, concentrada en lo que después le diría. Debía seleccionar bien sus palabras si quería convencerle.

Cuando todos se marcharon y se quedaron los dos recogiendo, reunió fuerzas y se dirigió a él.

—Kenshin— dijo, para llamar su atención. Él se volvió hacia ella. Su mirada parecía más clara que la noche anterior, cuando le pareció que su oscuridad volvía a atraparlo; aquella mañana, sin embargo, le veía más Kenshin que nunca—. Tengo que pedirte un favor.

—Claro, Kaoru-dono— contestó él, mirándola con una sonrisa.

—No puedes decir que no, ¿lo prometes?

El gesto de él cambió.

—Primero tendréis que decirle a sessha qué es.

—Has dicho que sí. ¿Dirás que sí sea lo que sea?

Se dio cuenta del debate interno que se formaba tras los ojos de Kenshin. No quería negarle nada, pero por otro lado tenía miedo de lo que fuese a pedirle. Su angustia era tan palpable que Kaoru estuvo a punto de apiadarse de él y decirle que no se preocupase, que todo era una broma.

Sessha no puede...

—Este golpe— le interrumpió Kaoru, tocándose la cara—. Me lo dijo Hideki. Entrenando, claro. Ahora mismo sólo puedo entrenar con él para convertirme en maestra, pero no tiene suficiente nivel. Se queda destrozado después de los combates. Además, solo aguanta un par de horas por las mañanas. Necesito entrenar más tiempo, también por las tardes y necesito... Necesito hacerlo con alguien mejor.

Supo que Kenshin había entendido la indirecta, porque levantó una ceja sin quitar la vista del golpe de su cara.

—No— dijo, girándose. Kaoru se quedó sorprendida ante la claridad de su respuesta; era difícil obtener de Kenshin una negativa o una afirmación rotunda.

—Sólo será un mes. No te quitaré mucho tiempo.

—Fujame-san es mejor opción— dijo Kenshin, comenzando a lavar los platos. Kaoru le miraba, indignada.

—Fujame-san no está a mi altura como kendoka. ¿O es que crees que soy una principiante? — dijo, alzando la voz. Kenshin no la miró.

—Se esforzará por ayudaros.

—Sí, ya lo está haciendo, pero es difícil para él. No le sienta bien estar conmigo— esperó que Kenshin dijese algo, pero guardaba silencio, solo roto por el sonido del agua al lavar los platos—. Te necesito a ti, Kenshin. Por favor. Es mi oportunidad para convertirme en maestra, si no no te lo pediría. Seguiré todas tus órdenes. No haré nada que no...

Sessha no puede ayudaros. No en esto— dijo, interrumpiéndola, con un tono de voz que parecía carente de emociones. Kaoru le lanzó una mirada de rabia.

—Muy bien. Gracias, Kenshin. ¿Sabes? Mi paciencia también tiene un límite— antes de salir se giró de nuevo hacia él—. Por cierto, no te olvides de regar el lirio.

Se fue de allí dando un portazo y, cogiendo de nuevo sus cosas, se dirigió al dojo de Fujame-san.