Hola! Hasta hoy he intentado publicar bastante y con frecuencia, pero me vienen unos días complicados, así que tendré que bajar el ritmo y publicar capítulos más cortos o bien uno más largo el viernes. Espero que os guste. Sé que la trama avanza lenta, pero el fanfic es largo y con la revisión lo estoy alargando un poco más. Estos últimos meses estoy releyendo el manga y he vuelto a ver la serie, así como las películas, de modo que tengo algunas cosas más frescas y por eso he readaptado escenas. Ahora soy una década mayor y veo todo con otra perspectiva jeje Gracias por el apoyo! También os pido perdón por algunas faltas que se me escapan y sobre todo por palabras mal escritas, o por el formato, porque se me desconfigura todo desde la tablet...
Pjean: Kenshin en mi historia sí se comporta en muchas ocasiones como un tarado. Kaoru, la pobre, intenta mirar por sí misma, porque si nos ponemos en su lugar, Kenshin no da un paso sin pensarlo todo demasiado y ella tiene 17 años. Llega un punto en que ella también necesita algo más.
Kaoru Tanuki: muchas gracias por tus amables reviews! A mí Hiko es un personaje que me encanta y siempre me ha gustado leerlo en los fanfics. El dúo que hace con Kenshin me apasiona, porque son tan opuestos que se complementan perfectamente. Los capítulos del anime donde va a aprender el amakakeru son de mis preferidos. Adoro a Hiko.
Lavender. Sí, en mi historia es un poco Kaoru la que hace avanzar la trama romántica, quizás porque siempre he visto a Kenshin como más parado, me imagino que también por sus traumas.
Guest: yo también creo que Hideki está ganando en este punto del partido. ¡El tiempo dirá! :-)
Capítulo 8
La noche no había hecho desaparecer el calor, ni tampoco sus ganas de beber sake, aunque aquello no era una novedad. Si por él fuese, habría pasado la noche recorriendo los restaurantes de Tokio probando sus distintos sabores, aún sabiendo que ninguno estaría tan bueno como el que compraba en Kioto al mercader ambulante. Mientras cortaba las verduras, giró la mirada hacia Jun. Se había cambiado su exquisito kimono azul por una ropa de trabajo, basta y gruesa, que igualmente la hacía preciosa. Se fijó en la curva de su espalda y en sus antebrazos, pálidos y delicados, moviéndose con soltura mientras limpiaba el pescado. Ella le sorprendió mirándola y le dedicó una sonrisa. La vida con Jun era tranquila. Soltó la zanahoria que sujetaba y se acercó a ella, abrazándola por detrás y pasando la lengua con delicadeza por su cuello. Jun rió, nerviosa, intentando escapar.
—Hiko, kudasai— susurró, echándose hacia delante. Él volvió a atraparla y le lamió lentamente la oreja, dejando en ella pequeños besos, haciendo que suspirase. Cuando se giró hacia él, la besó con pasión, forzándole a abrir sus labios y recibir la calidez de su lengua. Jun sabía a frutas silvestres, no importaba qué época del año fuese. Mientras saboreaba su boca, sintió el ki de su estúpido discípulo en la puerta. Se apartó ligeramente de Jun y le lanzó una mirada dura.
—Kenshin— dijo, pronunciando su nombre despacio. Kenshin llevaba en la mano dos grandes alforjas de sake y tenía el ceño fruncido. Se veía claramente incómodo y eso a Hiko no dejaba de resultarle gracioso— ¿Vas a quedarte ahí parado?
Su discípulo entró en la casa y dejó las alforjas sobre la mesa, ahogando un pequeño gruñido por el esfuerzo. Hiko le observó durante todo el proceso. Está más débil, se dijo, recordando al mocoso de catorce años al que hacía subir y bajar la montaña cargando mochilas de piedras. Más débil de cuerpo, pero ¿y de espíritu?
Jun e Hiko terminaron la cena mientras Kenshin cortaba algo de leña para la lumbre y preparaba la mesa, todas ellas tareas que Hiko le había enseñado a hacer desde niño. Aprende a llevar tu casa, solía decirle, dándole un coscorrón cada vez que le veía quejarse por tener que cocinar o pelar verduras. Un hombre que depende de una mujer para alimentarse no es un hombre, es un niño. Sin embargo, aquella noche fue él el que hizo la cena. Preparó un guiso que había probado en un par de ocasiones en Kioto y cuya receta había logrado superar. Ya sentados los tres a la mesa, observó con gusto cómo su estúpido discípulo se llevaba los palillos a la boca y ponía cara de agrado. Jun le sonrió.
—Hiko-san, está delicioso— dijo, con gesto amable. Él extendió la mano y le dio una ligera caricia en la nuca como agradecimiento.
—Está muy bueno, shishou— afirmó Kenshin, probando otro bocado. Hiko lo examinó durante unos segundos, mirándole comer. Cuando lo recogió de la caravana de esclavistas, era ya un niño educado. Aunque su estrato social era bajo, sus padres le habían dado unos modales envidiables propios de alguien de la estirpe de un samurai y no sólo no los había perdido en su vida de rurouni, sino que parecía haberlos cultivado. Comía con delicadeza, despacio y sin hacer ruido, masticando lentamente y sirviendo a los otros antes que a sí mismo, comenzando siempre por Jun; estaba atento en todo momento a que nadie quedase sin comida en su plato y se levantaba a traer y llevar cosas. Hiko tomó la alforja de sake, como si fuese liviana y sirvió para los tres. Tendió la taza a Jun y después extendió la segunda hacia Kenshin, alzando una ceja.
—Bébetelo— ordenó, observando el gesto de su discípulo al mirar el contenido de la taza—. Veamos a qué te sabe.
Kenshin clavó su mirada en él, en un diálogo silencioso que sólo ellos dos comprendían. Le vio dar un sorbo lento, dubitativo, y después agriar el gesto. Estúpido, pensó Hiko, sintiendo ganas de golpearle. Se bebió su taza de un trago; sabía bien, aunque no tanto como el que solía degustar en Kioto.
La cena trascurrió con normalidad. Jun, además de preciosa, era muy culta, pues provenía de una vieja familia de samurais que habían sabido reconvertirse a comerciantes de la nueva era. Hiko no les culpaba. Mientras algunos viejos guerreros habían preferido el harakiri antes que renunciar a su antiguo honor, otros encontraron la forma de abrirse camino. Su estúpido discípulo, sin ir más lejos, se había hecho con una sakabato y parecía haberse transformado en algo parecido a un monje errante. No puede soltar la espada, se dijo Hiko, pasando los ojos por la empuñadura del arma de Kenshin. Podría haber aprendido un oficio; es inteligente, mucho más de lo que permite que otros vean. Pero la espada le define y ni siquiera es capaz de admitirlo. Kenshin cruzó la mirada con la de él. Desde siempre habían mantenido un vínculo extraño, casi como si pudiesen leerse las mentes. Hiko le lanzó una sonrisa maliciosa.
—¿Dónde está tu mujer? — soltó, abriendo la segunda alforja. Su estúpido discípulo ya tenía las mejillas sonrojadas por el sake; nunca había llegado a enseñarle a beber como es debido, y era evidente que él solo no lo había aprendido—. Pensé que la traerías.
—Sessha no tiene mujer— contestó, frunciendo el ceño. Hiko soltó una carcajada.
—Lo que tú digas— replicó Hiko, agitando la cabeza. Volvió la mirada hacia Jun, que hacía tiempo que había dejado de beber—. Jun-chan, ¿por qué no me esperas en la habitación? Me gustaría tener un rato a solas con mi baka deshi.
Jun hizo una pequeña reverencia con la cabeza mientras se levantaba y comenzaba a recoger los platos, pero Kenshin también se levantó.
—No os preocupéis, Jun-dono. Sessha recogerá— dijo, con una sonrisa extraordinariamente dulce. Las ganas de golpearle se multiplicaron por cien.
—Déjala que recoja— dijo, poniéndose él también de pie y lanzándole una mirada dura a su discípulo— Coge esa alforja, si es que puedes con ella, y ven conmigo. —Vio la duda en los ojos de Kenshin, pero finalmente el chico hizo una reverencia extraordinariamente formal a Jun y, cogiendo la alforja, le siguió. Caminaron por la parte trasera de la pequeña casa de madera durante diez minutos, hasta que llegaron a un pequeño claro. La noche era calurosa, todo en aquel maldito sitio era demasiado caluroso para Hiko, pero como contrapunto el cielo estaba despejado y se veían prácticamente todas las estrellas que él conocía. Observó a su discípulo dejar la alforja con delicadeza en el suelo y mirarle, esperando. Esperando...—. ¿Qué esperas?
Kenshin frunció el ceño.
—Sessha...
—Deja esa estúpida humildad conmigo o me levantarás dolor de cabeza— le cortó, poniendo la mano sobre la empuñadura de su espada—. ¿Qué esperas? — repitió.
—Me has dicho que venga y he venido— contestó Kenshin. Su voz empezaba a parecerse un poco a la del imbécil adolescente que intentó enfrentarse a él con un palo de madera para demostrarle que podría hacer algo en una guerra de hombres.
—No te estoy preguntando eso—. Hiko sacó su espada despacio y la elevó hasta sus ojos, mirando su propio reflejo. La luna estaba llena y los grillos cantaban. Una perfecta noche de inicio de verano—. Siempre estás esperando por algo, lo leo en tus ojos. Lo siento en tu ki. ¿Qué esperas, Kenshin? —. Lo miró fijamente y vio con claridad cómo miraba la alforja de sake. Entonces soltó una risa—. Las estrellas en verano y la nieve en invierno, ¿eh? Vamos, bebe.
—Ya he bebido suficiente.
—No, no lo has hecho. Bebe— repitió, apuntándole con la espada. Kenshin le lanzó una mirada desagradable y, agachándose, sostuvo la alforja y bebió. Estaba demasiado llena como para beber sin taza, de modo que al hacerlo parte del líquido se derramó sobre su barbilla, manchando su gi. No pareció importarle. Cuando separó los labios de la alforja se secó la boca con el dorso de la mano y le miró de nuevo— ¿Y bien?
—No sabe como debería saber.
—¿A qué sabe?
Kenshin bajó la mirada.
—A sangre.
Hiko avanzó hacia él y le puso la espada en el cuello, obligándole a levantar la cabeza y mirarle.
—Bebe otra vez.
—No— contestó Kenshin, sosteniéndole la mirada. Hiko apretó un poco la espada contra su cuello; fue un ligero roce, aunque sabía que era suficiente para hacerle un ligero rasguño. Vio su sangre aflorar, fina y oscura, en un hilo que se deslizó por su garganta.
—Bebe.
Kenshin no se movió.
—Por mucho que beba no cambiará de sabor— dijo al final, mirándole con seriedad. Ya lo ha intentado de esa forma, leyó Hiko en sus ojos. Por muchos años que pasasen le seguía maravillando la forma en que podía leer a su discípulo. Donde la mayoría de las personas veían un chico distante, amable y excesivamente formal, humilde y servicial, él era capaz de apartar ese telón y encontrarse con el espadachín que había criado. Podía sentir su ki casi físicamente. Ni siquiera necesitaba tenerlo muy cerca. Recordó el momento, trece años atrás, en que por primera vez desde que se fue de la montaña, abandonando sus enseñanzas, recibió una carta de él. Ni siquiera estaba firmada con su nombre, ni contenía seña o remite, pero reconoció su letra al instante. Se vio a sí mismo sentado sobre el tronco de madera donde solían hablar mirando las estrellas, con la hoja de viejo papel en la mano, leyendo. No era mucho lo que le contaba, porque nunca había sido hablador. Le hablaba de una vida nueva, de haber encontrado respuestas. Le hablaba de una chica llamada Tomoe. Lo he entendido, le ponía al final, con una letra clara trazada con pulso firme. Todo lo que dijiste por fin lo entendí. No construiré una nueva era con mi espada. La construiré a su lado.
—El sabor cambiará cuando tú hagas que cambie— dijo Hiko, retirando la espada de la garganta de su discípulo mientras lo veía ponerse en pie—. Saca tu katana... O lo que quiera que sea ese juguete.
—No es un juguete— replicó Kenshin, acariciando la empuñadura—. Y no tengo ganas de luchar. Estoy cansado.
—¿Cansado? — rió Hiko, levantado una ceja—. Te atacaré igualmente, desenvaines o no—. Casi antes de terminar de hablar, se lanzó contra él. No lo hizo demasiado rápido, más bien dio un paso especialmente lento. No tenía ninguna confianza en los reflejos de su discípulo; sin embargo, él alzó la espada envainada y detuvo el golpe sin problema, frenándolo con la funda—. Es una funda demasiado bonita para que la malgastes de esa manera.
—Ya he dicho que no quiero pelear.
—¿Desde cuándo es algo que tú decides? — replicó Hiko, atacándolo de nuevo, esta vez más rápido. Oyó el acero chocar contra el acero—. Bien. Ya podemos empezar a hablar en serio—. Kenshin se apartó de él, sujetando su sakabato en la mano—. ¿Vas a decirme ya qué estás esperando?
—No estoy esperando— contestó el chico, bajando la guardia. Hiko volvió a atacar, un poco más rápido. Se dio cuenta de que esta vez su discípulo había tenido que esforzarse para frenar el golpe; al chocar las espadas sintió su fuerza, como un géiser presionando por salir. No está débil, se dijo, aguantándole la mirada. Ha construido con esmero una máscara, pero sigue siendo el mismo. Sigo sintiendo su ki arder con la misma pasión. Hiko se echó hacia atrás y envainó su espada.
—Vamos— le dijo, señalando su vaina con la barbilla. Kenshin, de mala gana, imitó su gesto y también guardó la espada. Los dos adoptaron la misma postura. Para el arte del battu hacen falta tres cosas, solía decirle Hiko. Kenshin tenía las tres, aunque era un imbécil. Había desaprovechado su vida por perseguir absurdos ideales adolescentes. Atacaron los dos al mismo tiempo, aunque Hiko era más rápido. Golpeó a Kenshin con el lado sin filo de su espada, lanzándolo contra el suelo. Su sakabato rebotó y quedó a medio metro mientras su discípulo se giraba y yacía boca arriba, con los ojos abiertos, mirando el cielo, sin casi moverse—. No seas dramático.
Kenshin soltó una risa que le cogió desprevenido, haciendo que el pecho se le encogiese. ¿Le había vuelto a oír reír desde que era un niño? ¿Cuántos años habían pasado? Se maldijo a sí mismo por esa debilidad. Sabía que él lo había sentido y si algo odiaba Hiko era mostrarse demasiado humano.
—Las estrellas— dijo Kenshin, con voz suave pero firme—. Una vez me dijiste que ellas ven todo lo que hacemos.
—Ahora te están viendo hacer el imbécil— contestó, reponiéndose de su momento de debilidad. Kenshin seguía con la vista clavada en el firmamento y la espalda en la hierba. No parecía tener intención de moverse.
—Shishou, ¿crees que... las estrellas pueden perdonar? — preguntó de pronto. Hiko lo miró sin entender. Sintió su ki ansioso, pero al mismo tiempo lo vio claro, como si algunas sombras se hubiesen alejado. Él cree que sujetar una espada le daña, pero está equivocado. Sujetar una espada le hace estar vivo.
—Las estrellas se limitan a observar. Son las personas las que perdonan— dijo Hiko, mirando al cielo. Notó los ojos de Kenshin volverse hacia él—. Vuelve a beber.
Por el rabillo del ojo lo vio levantarse despacio, acercarse a la alforja y beber con dudas.
—Todavía no— dijo al final, aunque su voz no sonaba tan pesarosa.
—No importa— replicó Hiko, levantando su espada—. Tenemos toda la noche.
Le costó subir al tejado, pero lo consiguió. Ella era de esas personas que si algo se metía en su cabeza, lo llevaba hasta el final. Nunca antes había escalado a ese lugar, pero le pareció que podía ser un buen día para hacerlo. Mientras lo intentaba, sentía las pequeñas agujetas en los brazos y las piernas. No es suficiente, se dijo, sintiendo el dolor de la verdad cayendo sobre sus hombros. No podré convertirme en maestra.
Una vez arriba supo de inmediato porqué Kenshin y Yahiko de vez en cuando huían a ese lugar. Si alzaba la vista hacia el cielo, éste le regalaba un espectáculo que ninguna obra ni ningún evento humano podía siquiera hacerle sombra. Allí las estrellas se contaban por miles y parecían salpicar el firmamento, como el más hermoso de los kimonos. Kaoru se entretuvo buscando las que Kenshin le había enseñado, recordando sus palabras. "Esa de ahí, ¿la veis? La llaman la ronin. La historia cuenta que era la mujer de un samurai sin amo que se dejó llevar por el delirio de la sangre y acabó perdido... Ella le siguió hasta lo más profundo de su oscuridad, pero nunca pudo alcanzarle. Cuando quiso volver, había olvidado el camino de vuelta". Miró la estrella. La ronin. Ese día había creído que no era más que una de esas leyendas de su maestro que Kenshin le contaba en las escasas ocasiones en que se sentía lo suficientemente cómodo como para decir más de tres palabras seguidas. Sin embargo, con el paso del tiempo, la historia había dado vueltas en su cabeza, se le había presentado incluso en las noches de preocupación, cuando él salía a ayudar a la policía en algún asunto, o simplemente cuando a ella le costaba dormir. A veces se acordaba de la historia cuando le veía solo, en el patio, enjabonando la ropa y frotándola con fuerza para hacer desaparecer manchas que ya no estaban allí.
—¿Kaoru? —. Miró hacia atrás y se encontró con el rostro de Misao, que reflejaba preocupación—. ¿Qué haces aquí arriba?
—Miro las estrellas— contestó ella, sonriendo. Misao se sentó a su lado con extraordinaria agilidad; a ella se le daba mucho mejor eso de escalar por los tejados. Las dos permanecieron un rato en silencio, aunque no era un silencio incómodo; más bien al contrario, se sentían en paz con su presencia mutua, sin la necesidad de tener que hablar todo el tiempo.
—Aoshi-sama me escribió— dijo Misao, con una voz más tenue de lo que era habitual en ella. Kaoru la miró, con la boca abierta. ¿Era posible que ese hombre de hielo hubiese hecho algún tipo de acercamiento?
—¡Misao! Eso es maravilloso— contestó, cogiéndola de la mano; sin embargo, el rostro de Misao no parecía expresar lo mismo—. ¿Qué pasa?
—Me dijo que va a iniciar un viaje... Un viaje que no sabe cuánto tiempo le llevará—. Kaoru sintió como el corazón se le encogía.
—¿A dónde?
—Mencionó unas islas. Creo que... quiere hacerse fuerte, fuerte por dentro. Cree que todavía está en deuda con el Oniwaban-shu. Estúpido— murmuró, apretando los puños. Kaoru reforzó el agarre de su mano.
—¿Dijo cuando volvería?
—No, aunque... Sí dijo otra cosa—. La cara de Kaoru reflejaba su ansiedad por conocer la carta; quería leerla con sus propios ojos, tenerla en las manos, ver qué palabras había usado el idiota de Aoshi-san como para que Misao estuviese en ese estado—. Dijo que su viaje sólo podría acabar de dos formas. Dijo... Dijo que o volvía a ser el Aoshi que yo merecía, digno de mirarme de nuevo a los ojos e iniciar una vida conmigo, o que no volveríamos a vernos.
Kaoru ahogó un grito, llevándose la mano a la boca. Sin embargo, el estupor fue seguido de una inmensa rabia.
—¿Eso dijo ese imbécil profundo? — gritó, enfadada. Misao se volvió y la miró estupefacta. Las lágrimas de sus ojos habían quedado congeladas de pronto ante la sorpresa por la reacción de Kaoru— ¡Estoy cansada ya de esto, Misao! ¿Qué se piensa, que no tienes nada mejor que hacer que esperar a que termine su viajecito de autodescrubrimiento? ¿Pero qué narices se ha creído ese ninja de pacotilla?
Misao estaba paralizada.
—Kaoru, ¿qué...?
—Tienes que quemar esa carta, Misao— dijo entonces, cogiéndola de los hombros—. Quema esa carta y quédate una temporada en Tokio. Aoshi es un egoísta. Él solo mira por su propio interés. Siempre con esa canción, una y otra vez: "no te merezco, no te merezco", pues ¿sabes qué? ¡Es cierto! No te merece en absoluto. Le perseguiste durante años, le esperaste; perdonaste sus agravios, que no fueron pocos. Te humilló, atacó a tu familia, casi mata a tu abuelo. Deshonró a los Oniwaban-shu y, pese a todo, le perdonaste; ¡le perdonaste! Y en vez de coger esa oportunidad como el regalo que era, ha hecho una bola con ella y la ha lanzado contra la pared. ¡Mierda!
—Kaoru, por favor... — empezó Misao, pero Kaoru ya no podía parar. Había demasiada rabia dentro de ella.
—¡No! Estamos haciendo el idiota una y otra vez, tú y yo. Megumi tiene razón. ¿Sabes lo que me dijo hace un par de meses? Me dijo: "Kaoru, Ken-san te quiere, pero no sabe cómo hacerlo; tú estás esperando que él encuentre la forma, pero puede que no aprenda nunca". Eso me dijo y, ¿sabes? En ese momento creí que estaba envidiosa. Creí... que tal vez ella no entendiese los sentimientos de Kenshin, pero creo que los entiende mejor que yo. Y creo que a Aoshi-san le pasa lo mismo.
—Están rotos— murmuró Misao, con lágrimas en los ojos. Kaoru asintió con la cabeza, abrazándola. Las dos lloraron sin contenerse, como necesitaban sus corazones— ¿Y qué podemos hacer?
Kaoru se separó de ella, secándose las lágrimas con la manga de la yukatas de dormir. Se sentía mejor, mejor de lo que había estado en las últimas semanas. Se sentía liberada.
—Nada, Misao-chan— respondió, acariciándole la mejilla—. Algunas heridas nunca llegan a cerrarse. Nosotras no estamos en este mundo para ser la presa que contiene un río. Nosotras somos el río.
—¿Y cómo vamos a hacerlo? — preguntó Misao, suspirando mientras miraba hacia las estrellas.
—No tenemos que hacer nada. Solo tenemos que vivir nuestra vida. La nuestra, no la de ellos.
Misao asintió con la cabeza, apretando su mano. Kaoru miró al cielo y fijó la vista en la estrella rurouni. Entonces cerró los ojos y recordó la mañana en Kioto, a solas con Kenshin, tras el secuestro de Enishi. Recordó el silencio entre las frías lápidas. Recordó caminar mirando su espalda, su coleta moviéndose con el frío viento otoñal. Recordó el sonido de las hojas de los árboles al pisarlas. Recordó sus ojos cerrados, su rezo silencioso. Cómo habló con ella, sin palabras, durante más de media hora. Se recordó a sí misma pidiendo perdón al cielo, y dando las gracias. Y recordó también la mano derecha de Kenshin, sosteniendo un ramo de lirios.
Se apoyó en la espada para frenar su propia caída y después se impulsó de nuevo hacia delante, saltando sobre Hiko. Él lo esquivó con una facilidad casi insultante y le asestó una patada que lo lanzó directo al suelo, con tanta fuerza que acabó tosiendo tierra.
—Estás viejo— dijo su shishou, soltando una risotada. Kenshin se sentó en el suelo, sacudiéndose la tierra del gi, que a esas alturas estaba ya hecho un asco— ¿Te parece que este combate ha terminado? ¿No, verdad? Entonces, ¿qué haces descansando?
Kenshin se volvió a poner en pie y antes casi de conseguirlo, ya lo tenía otra vez encima. Paró dos golpes extraordinariamente veloces, pero el último le rajó la manga derecha del gi, cortándole. No era profundo, pero sintió el beso helado de la katana y el dolor posterior, seguido del calor de la sangre escurriendo por su brazo. Se llevó la mano a la herida, mirando a Hiko con enfado.
—Me has roto el gi— dijo, frunciendo el ceño.
—Ese gi está andrajoso. ¿No tienes otro? — preguntó Hiko. Kenshin sabía que era cierto; tenía más remiendos de los que ninguna ropa podía soportar, pero se negaba a sustituirlo definitivamente.
—Me gusta este.
—Siempre te apegas demasiado a lo que no puedes conservar, mi estúpido pupilo— dijo Hiko, señalándole con la espada—. Ese es uno de tus problemas; uno de los muchos que tienes—. Kenshin volvió a atacar, esta vez con más rapidez. Hiko lo frenó levantando la espada y ambos efectuaron el mismo movimiento, exactamente igual, en el mismo instante, bloqueándose mutuamente. Los dos dieron un paso hacia atrás. Kenshin miró hacia el cielo; ya clareaba: en breves amanecería. ¿Estaría Kaoru preocupada por él? No le había avisado de que no iría a dormir. Se la imaginó recorriendo los puentes de Tokio, intentando averiguar si había vuelto a escapar en medio de la noche— ¿En qué piensas?
—En nada— contestó, volviendo a atacar. Un poco más rápido. Otro bloqueo de Hiko. Nadie podía prever sus ataques como él lo hacía; parecía cosa de brujería. No importaba qué técnica usase, Hiko sabía antes de que diese un paso exactamente qué iba a hacer.
Pararon y bebieron sake. Estaba... Mejor. Sentía su cuerpo dolorido, sus mejillas sonrojadas y el pelo sudoroso apelmazado contra la nuca, pero el sake comenzaba a saber bien. Eso era todo lo que importaba.
—Vamos a jugar a un juego— dijo Hiko, sin dar ninguna muestra de cansancio. Kenshin había jugado a los juegos de Hiko en otras ocasiones. Había uno que consistía en ponerle una piedra en una mochila cada vez que cayese al suelo; una vez había acabado peleando con más peso en la espalda que el suyo propio. Otro, de los favoritos de Hiko, implicaba hacerle ayunar durante una semana y pelear así, sin comer, sin otra cosa que agua como sustento. Cuando era niño y Hiko pronunciaba las palabras "vamos a jugar", Kenshin sentía todo el vello de su cuerpo erizarse. Ahora, ya adulto, se reprendió mentalmente por tener la misma reacción que, por supuesto, Hiko detectó. Tenía ese brillo malicioso en los ojos, ese que usaba para enseñarle las grandes cosas a través de tortuosas actividades. Kenshin se resignó; fuese cual fuese el juego de Hiko, jugaría con él—. Cada vez que te golpee, te diré algo sobre ti y tú me dirás si es verdad o mentira. Cada vez que me golpees, me dirás algo sobre mí y yo te diré si es verdad o mentira.
—¿Algo sobre mí? — preguntó Kenshin, sin entender. Tenía la guardia baja y su shishou aprovechó para librarla y asestar le un duro golpe en el brazo, justo en el punto donde antes le había cortado. Él retrocedió, sin soltar la espada.
—Tienes miedo de mí— dijo, con una sonrisa de ojos brillantes. Kenshin le devolvió una mirada hosca.
—Mentira—. Hiko soltó una carcajada, divertida. Le encantaban ese tipo de juegos.
—Estúpido. Deberías tenerlo, como cuando te meabas en la cama al oírme llamarte—. Kenshin sintió ganas de golpear a su maestro como hacía años que no había sentido.
—¡Eso nunca pasó!
—Claro que sí. Tenías diez años, ¿no es cierto? Un poco mayor para...
Kenshin lanzó un ataque que Hiko frenó sin problemas.
—Tenía ocho años y fue una... pesadilla—. En verdad no recordaba qué había pasado, solo que se despertó humillado e intentando ocultarlo de cualquier forma, pero en cuanto oyó la voz de su maestro acercarse supo que ya no había escapatoria y decidió afrontarlo, bajando de la cama y esperándole con la cabeza gacha.
—Ocho años— repitió Hiko, cambiando la guardia de la espada—. Y esa mirada tuya, capaz de derretir un glaciar. La estoy viendo ahora por primera vez en mucho tiempo. ¿Dónde la estabas guardando, mi baka deshi?
Kenshin volvió a atacar, pero Hiko de nuevo frenó su golpe. Era frustrante, como si estuviese encerrado en una burbuja a la que sus ataques no conseguían acceder. Antes de poder recomponerse, lo sintió correr hacia él demasiado rápido como para frenarlo; el golpe de su espada, por el lado sin filo, le dio en la pierna, derribándolo, aunque se puso en pie casi antes de tocar el suelo.
—Mataron a tu mujer por tu culpa— dijo entonces Hiko, con el mismo tono de voz que había usado para anunciar que la cena estaba lista. Kenshin sintió que el corazón se le helaba en el pecho—. Tomoe.
Alzó la vista y le miró.
—Mentira.
—¿Mentira? — preguntó Hiko, frunciendo el ceño. Kenshin envainó la espada y se colocó en posición de battujutsu.
—Yo la maté— susurró, sintiendo como las palabras se deslizaban por su lengua como cuchillas, hiriéndole. Corrió hacia Hiko y desenvainó en el último momento, sintiendo cómo el golpe impactaba en su hombro. Cuando se giró lo vio tocarse el brazo y mirarlo. No lo sabía, comprendió de pronto. Estaba tan acostumbrado a que su maestro leyese sus emociones que, de alguna absurda manera, se había convencido de que él conocía su historia con Tomoe; pero ¿cómo iba a hacerlo? Él jamás se la había contado. Ni siquiera habría dicho nada a sus amigos de no ser por lo que hizo Enishi. Y Kaoru... Kaoru...
No te olvides de regar el lirio.
— Si pudieses volver atrás, cuando me encontraste ante las tumbas no me habrías llevado contigo— dijo Kenshin, cambiando su guardia. Hiko levantó una ceja, con gesto divertido.
—¿Y perderme tus noches vomitando hasta el amanecer por chupar un hongo venenoso? O esas madrugadas en las que te dio por autoexplorar tu cuerpo, creyendo que yo estaba dormido... Kami-sama, todavía tengo pesadillas— contestó, ladeando un poco la cabeza y soltando otra risotada. Kenshin resopló, sintiendo la vergüenza subir de su cuello hasta sus orejas. Quería estrangular a su maestro con sus propias manos...—. Fue divertido educarte, aunque poco productivo.
—Me habrías... — Hiko alzó la espada, obligándole a callar.
—Una verdad por golpe, baka deshi, ¿o has creído que esto es una reunión de viejos amigos? Si quieres tu recompensa, gánatela.
Volvió a atacar a su maestro, esta vez con un ryusosen que él logró frenar; sintió otra vez el frío del acero cortando su piel, en esta ocasión en el hombro izquierdo, cerca del punto donde Shishio le había arrancado un pedazo de carne. Se llevó allí la mano. Era un corte leve; Hiko no dejaba nada al azar. Vio cómo le sonreía mientras ambos elevaban sus guardias al mismo tiempo.
—La muchacha del Aoya, ¿Kaoru-chan? — empezó Hiko, lanzándole una mirada interrogante; el rostro de Kenshin debió hablar con claridad—. Kaoru-chan. Es tu mujer— él abrió la boca para contestar, pero antes de que pudiese hacerlo, Hiko levantó la mano—. No he acabado. Que es tu mujer ya lo sé, no necesito que me digas si es verdad o mentira. Crees que no la mereces.
Kenshin ahogó las ganas de insultarle. Le estaba costando más que en todos aquellos diez años mantener su apariencia de rurouni; sentía como si una bestia en su interior intentase abrirse paso a zarpazos y él tuviese que contenerla con un pequeño hilo de seda.
—Verdad— murmuró. Se preparó para atacar, pero Hiko lo hizo antes. Le cortó de nueva, esta vez en la muñeca, de nuevo un tajo fino y sin profundidad que solo le hizo un rasguño.
—La comparas con la anterior. Con Tomoe— cuando oyó las palabras salir de la boca de su maestro, se giró sintiendo su rostro pálido—. No se parecen en nada, pero tú no dejas de compararlas. Las comparas despierto y dormido, creyendo que ahí puedes encontrar tus respuestas.
—Solo una verdad por...
—Oh, cállate— dijo su maestro, atacándole con todas sus fuerzas. Usó el golpe Kuzuryüsen, el dragón de las nueve cabezas, golpeando con la parte sin filo de la espada. Kenshin sintió los nueve lugares donde él le había golpeado y cayó al suelo de rodillas, casi sin respiración. Si no le había roto nueve huesos, había estado muy cerca—. Con eso será suficiente para decir todas mis verdades. Dejaste tu vida de rurouni porque te sentías a gusto en este lugar. En paz. Buscabas la paz y la habías encontrado. ¿Qué bien, verdad? El viejo Battousai, el corazón podrido del Bakumatsu, paseando por el mercado con una cesta en la mano sin que nadie le reconociese. Ay, el ser humano y sus absurdas comodidades, la muerte de lo excepcional. En fin, fue por eso y por... esa niña. Su shinai humanizador, con el que le habrían empalado durante el Bakumatsu, enternecieron tu joven corazón. Baja esa espada, que no he terminado. Te lo he dicho mil veces. La katana es un arma. El kenjutsu es el arte de matar. No importa las palabras hermosas que uses para encubrirlo; esa es la única verdad. Pero tú siempre fuiste un imbécil idealista, ¿verdad? Querías salvarlos a todos y acabaste dándote un baño de sangre. He dicho que bajes tu absurda espada de juguete—. Kenshin soltó la sakabato, resoplando. Lo miraba desde el suelo y sentía cómo cada una de sus palabras abrían de una patada puertas que tanto le había costado mantener cerradas. Tanto tiempo... Tanto dolor... —. Tomoe. La describiste como un copo de nieve. Cuando leí tu carta me pregunté si estarías borracho al escribirla, o si es que en vez de un espadachín había educado a un poeta imbécil. Con el tiempo lo entendí.
Nieve... Kenshin había olvidado aquella carta; había olvidado las palabras que usó con su maestro. Habían pasado demasiados años... Tomoe es como el copo de nieve que encuentras al extender la mano. Así había sido ella. Fría, fortuita, derritiéndose en su mano. Solo que él entonces también era hielo; o por lo menos había conseguido serlo hasta que la conoció.
—Nieve...— susurró, mirando a su maestro. Él bufó, agitando la cabeza.
—Tú también habías entendido algunas cosas, o eso decías. Que no usarías tu espada para construir una nueva era. Mentiras. Seguiste matando después de aquella carta— Hasta derribar la vieja era, pensó Kenshin. Seguí matando hasta que no quedó nada del Shogun, ni tampoco nada de mí mismo.—Cuando oía que Battousai seguía segando vidas con su espada divina, con su estilo de esgrima antiguo, pensé muchas veces en coger mi espada e ir a acabar contigo. Sería demasiado fácil. Todos te tenían miedo, pero yo sabía que ni siquiera habías acabado tu entrenamiento. No eras más que un niñato estúpido, jugando a cambiar el mundo, destrozando su propia vida y la de muchas personas.
—¿Y por qué no lo hiciste? — gritó Kenshin, poniéndose en pie sin siquiera recoger su sakabato—. ¿Por qué no me detuviste? ¡Podrías haberme matado!
—Porque todavía podías elegir— dijo Hiko, clavando sus ojos en los de él. Kenshin sintió cómo su mirada penetraba en lo más profundo de su pecho, con más fuerza que el filo de una espada—. Tardaste en hacerlo y te llevaste heridas que te acompañarán por siempre, pero volviste.
Volví. ¿Lo hice?
—A veces... A veces creo que me quedé allí, en Kioto, en alguna de las noches de sombras del Bakumatsu— dijo entonces, sintiendo el peso de todo su dolor posándose sobre sus hombros. En alguna lluvia de sangre. Era una carga pesada. Era más fácil enterrarla, ponerla bajo llave, situarla tras altas puertas. No podía sujetarla todo el tiempo; era demasiado para un solo hombre.
—Una parte de ti se quedó allí. Una que me gustaba mucho. Tu estúpida inocencia— Kenshin lo miró, intentando entender—. Pero aquí estás, usando un juguete de hierro para luchar contra el mal de este mundo y proteger a los débiles. Parece que tu idealismo sobrevivió a la cura de realidad a la que lo sometiste.
Las palabras de Hiko se le habían clavado en la piel como dagas. Apenas podía respirar y, sin embargo, quería seguir hablando. Tenía que hacerlo. Había tanto detrás de esa puerta... Pero ya estaba abierta.
—Tomoe— susurró; su nombre en sus labios todavía le dolía. ¿Llegaría un momento en que no lo hiciese? —. Ella... Yo maté a su prometido. Era un vigilante de Kioto. Me hizo la primera cicatriz. Ella... Se acercó a mí por venganza, pero... Nosotros... Yo... Vivimos en Otsu, en una granja, como esposos, aunque no estábamos... Era un simple... Me enamoré— dijo al final, bajando la mirada. Sabía que su maestro lo humillaría, pero le daba igual. Estaba demasiado cansado—. Me traicionó. Me emboscaron... Estaba malherido y me atacaron... Yo... Me defendí, no recuerdo... No veía, había mucha sangre... Ella se interpuso. La... La maté... Antes de... de... me dio mi segunda cicatriz.
Cerró los ojos para intentar deshacerse de ese recuerdo, el que tanto le había perseguido casi hasta enloquecerle. La sensación de la espada, en su mano, cortando su carne, cortando sus huesos. Su olor a ciruela y a sangre. Sobre todo a sangre. Era imposible borrar un recuerdo así. Imposible.
—Entonces le debes la vida—. La voz de Hiko le sacó de sus pensamientos, haciendo que levantase la cabeza y le mirase. Se apoyaba en su espada y le escudriñaba con ojos brillantes. ¿Había reproche en su voz? Hasta para su maestro, aquella historia era demasiado. Ni siquiera entendía cómo sus amigos podían haberla escuchado sin echarle de sus vidas a patadas. Y Kaoru...
—Sí— dijo, poniéndose en pie y recogiendo su sakabato.
—Y como le debes la vida, crees que con respirar y mantenerte en este mundo es suficiente, ¿no? — preguntó entonces Hiko. Kenshin le miró sin entender—. Si yo fuese Tomoe volvería del infierno solo para patearte ese culo flaco que tienes, baka deshi—. Kenshin frunció el ceño, aturdido. ¿Qué...? —. Creí que lo entendiste cuando te enseñé el amakakeru ryu no hirameki. El valor de tu propia vida.
—Lo entendí. No tiene nada que ver con esto— replicó Kenshin, mirándole a los ojos.
—¿Ah, no? ¿De verdad? ¿Qué te permitió golpear con el amakakeru a Shishio, si estabas ya al borde de la muerte? ¿De dónde sacaste esa fuerza?
Kaoru.
Respiró profundamente.
—Cuando la besé, yo... — miró a su maestro—. Cerré los ojos y olí las cerezas blancas y la sangre. Vi a Tomoe.
Solo pronunciando aquellas palabras en voz alta se sentía despreciable. Quería arrancar todo de sí mismo, como quien mete las manos en la tierra y a saca las malas hierbas, pero ni siquiera sabía por dónde empezar a tirar. Oyó la risa de su maestro.
—Eres un maldito dramático, Shinta— dijo, pronunciando su viejo nombre despacio. Kenshin abrió mucho los ojos, haciendo que su maestro riese todavía más fuerte—. Si yo me preocupase cada vez que veo a otra mujer mientras beso a Jun... —. Kenshin lo miró con el ceño fruncido. ¿Se estaba riendo de él? Sintió la tercera carcajada de su maestro—. ¿Has estado con otras mujeres desde tu matrimonio o lo que fuese con esa niña de las nieves?
Kenshin lo miró con horror. ¿Qué mujeres? ¿Es que no había escuchado nada de lo que había dicho?
—No— contestó, sin entender la pregunta. Hiko rió, agitando la cabeza mientras se acercaba a él.
—Tenía que haberte dejado ir a una de esas fiestas de pueblo a que una moza te diese una alegría antes de irte a hacer el imbécil al Bakumatsu— dijo, poniendo una mano sobre su hombro. Kenshin miró el gesto con sorpresa. El contacto físico con Hiko siempre había sido más bien cero; la última vez que intentó darle un abrazo, feliz tras comprobar que no lo había matado, le recordó con frialdad que no aprobaba esa clase de muestras de cariño entre hombres—. Tu mente rescató ese recuerdo, nada más. No tiene otra cosa que rescatar, ¿o esperabas que se te apareciese un samurai cortado en dos? Tu vida ha sido bastante lamentable, baka deshi. Esa niña murió para que tú vivieras, ¿así piensas honrar su sacrificio? ¿Haciendo el imbécil por el mundo, sin vivir una vida plena, que merezca ser vivida?
Una vida plena...
—No sé cómo...
—Claro que lo sabes— le interrumpió Hiko, dándole un golpe en la espalda que estuvo a punto de derribarlo—. Ve a ese dojo de espadas humanizadoras y besa a Kaoru-chan. Bésala y hazle el amor como es debido, hasta que los dos estéis tan felices que el puto Bakumatsu sea una niebla en tu cabeza. — Kenshin sintió el rubor subir hasta sus orejas, aturdiéndolo. Hiko pareció darse cuenta, porque soltó una carcajada estruendosa acompañada de un codazo que estuvo a punto de romperle tres costillas—. ¡Puedes pedirle antes matrimonio, tranquilo! Debí darte esa lección antes. Ahora tendrás que aprenderla por tu cuenta.
Kenshin, sonrojado hasta el nacimiento de su pelo, se alejó de él sonriendo levemente.
—Gracias, shishou— dijo, mirándole a los ojos. Los de su maestro brillaban de una forma especial. Vio cómo se agachaba y le tendía la alforja de sake. Todavía quedaba algo dentro.
—Toma. Bebe.
Kenshin bebió y, mientras lo hacía, una sonrisa asomaba en sus labios.
