Maldita, maldita, maldita Busu, farfulló Yahiko mientras barría la tierra de la puerta principal que daba acceso al dojo Kamiya. El sol ardiente le quemaba la nuca y un lagarto enorme descansaba sobre el muro de piedra, mirándole con enormes ojos amarillos.

—Qué suerte tienes, vivir aquí sin tener que hacer nada— le dijo al lagarto, resoplando. Sentía los brazos doloridos de tanto fregar y limpiar, y todavía era mediodía. ¿Era así como iba a convertirse en un samurai? Cuando se enteró de que Kaoru iba a convertirse en maestra se puso muy contento. No sólo por ella, sino también egoístamente por él. Ahora mismo no era más que la sensei del dojo, pero si pasaba a ser una auténtico shishou él podría ser su verdadero discípulo y, en el futuro, el heredero del estilo Kamiya Kassin ryu. La única vez que exterioriza ese pensamiento en voz alta, ante Tsubame, ella había agitado la cabeza contrariada y le había dicho: Pero, Yahiko-chan, algún día Kaoru-San se casará y tendrá hijos. ¿No herederán ellos el estilo Kamiya Kassin ryu? Ahora miraba el dojo con recelo. Pensaba en Kaoru yendo a entrenar no Fujame-san y quería ir a buscarla y traerla de vuelta a rastras. ¿Sería capaz de casarse con él y tener un hijo que lo relegase a un segundo plano? ¿Un niño al que enseñar el estilo de la espada que protege, en vez de a él? Hasta ese momento nunca le había preocupado ese asunto; ni siquiera cuando veía a Kaoru ponerle ojitos a Kenshin, porque era evidente que él no le prestaba atención. Estaba demasiado ocupado en las cosas importantes, como salvar el mundo o ser el mejor espadachín que jamás podría existir. ¡Ojalá él hubiese aceptado ser su maestro! Pero ahora que estaba cómodo aprendiendo el estilo Kamiya Kassin, no podría soportar que apareciese un niño llorón que lo suplantase— ¡A mí nadie me suplanta!

Su grito fue interrumpido por un sonido muy particular, uno de esos que un estudiante de kendo podía distinguir en cualquier lugar, a cualquier distancia: el sonido de una espada de madera cortando el aire. Soltó la escoba y empuñó su shinai con decisión, deseoso de mostrarle a Kaoru que él podía enfrentar a cualquier intruso que osase entrar en su dojo mientras ella daba clases fuera. De un salto se plantó en la engawa y entonces... Entonces lo vio.

En el centro de la sala estaba Kenshin, con la hakama y el gi azul marinos que usaban los estudiantes de Kaoru y el cabello recogido en su habitual coleta. El corazón le dio un bote en el pecho y decidió no respirar para que él no le viese, aunque estaba seguro de que le había sentido, pese a estar de espaldas. Estaba haciendo una kata. Una kata de Hiten Mitsurugi ryu, se dijo, tan emocionado que tuvo que contenerse para no empezar a gritar y a hacer el pino puente por el pasillo de madera. No quería mover un solo músculo para no llamar su atención. Ejecutaba la kata con una precisión imposible. Yahiko no la conocía, pero los movimientos eran los mismos para todo estilo de kendo, aunque su combinación en las katas variase. Aquella tenía varias técnicas desde joudan no kamae, con ataques a dos tiempos. Yahiko no podía contener tanta felicidad, sentía que le iba a estallar el pecho. El silencio del dojo solo se veía interrumpido por el bokken cortando el aire, por la respiración de Kenshin al hacer cada movimiento y por los latidos del corazón de Yahiko, que sólo él podía escuchar. Los últimos tres golpes fueron tan rápidos que apenas pudo verlos, pero terminaron en un kiai que hizo que se le erizase el pelo de la nuca. Kenshin hizo una pequeña reverencia al dojo y se giró, encontrándose con Yahiko. Su rostro concentrado dio paso a su habitual sonrisa dulce y Yahiko sintió cómo su corazón parecía empezar a apaciguarse.

—Yahiko— saludó Kenshin, ampliando su sonrisa.

—¡Kenshin! Tú... Yo... Es... ¡ERES INCREÍBLE!

Kenshin se rascó la cabeza, sonrojándose.

—Yare, yare— dijo, frenándolo con las manos.

—¿Qué estás haciendo? — preguntó el niño, sin poder ocultar su emoción. Kenshin le dedicó otra sonrisa mientras examinaba el bokken, como si acabase de ver uno por primera vez.

—Una kata— contestó Kenshin, reafirmando lo obvio—. Hacía años... Sessha creía que no se acordaría.

—¿Es una de las avanzadas? — preguntó Yahiko, con los ojos abiertos como platos. Kenshin volvió a reir. ¿Qué le pasaba aquel día? Lo veía extraño, con un brillo en los ojos que le parecía que no había visto antes, al menos no con esa intensidad.

—Es la primera— dijo, bajando la mirada. Yahiko ahogó un grito.

—¿La primera? ¡NO PUEDE SER! — gritó. Kenshin volvió a extender las manos hacia él, intentando que se relajase.

—Yahiko, tranquilo— dijo, con voz suave, pero Yahiko estaba tan emocionado que no atendía a razones. Empezó a hacer miles de preguntas, una detrás de la otra, algunas sin sentido aparente, otras grandes dudas y otras estupideces que no se atrevía a preguntarle a Kaoru por si pensaba que era idiota. Cuando por fin se detuvo, vio que Kenshin lo miraba con una sonrisa... ¿divertida? Entonces se apoyó en la pared, resoplando.

—Es imposible que yo nunca haga nada parecido a eso— dijo, abatido—. Es... totalmente imposible. Eso que tú haces no es normal.

Kenshin le lanzó una mirada de soslayo y después le dio la espalda, bokken en mano, dirigiéndose al centro de la sala.

—Cada estilo tiene sus katas— dijo, sin volverse, mientras se colocaba en posición inicial, en chudan no kamae—. Todas son importantes, porque condensan los movimientos de cada estilo. Tú aprenderás las katas del Kamiya Kassin ryu. Kaoru-dono te las enseñará a medida que vayas progresando.

Yahiko contuvo la respiración.

—Kenshin— dijo, casi en un susurro. Él no se movió, ni tampoco se giró. Estaba concentrándose, pero Yahiko sabía que estaba escuchando— ¿Puedo quedarme un poco más? — preguntó, casi en una súplica. Kenshin no se volvió para responder, pero desde chudan no kamae dijo, con voz firme, el nombre de la siguiente kata.


Kaoru había tenido un día especialmente agotador y llevaba toda la tarde soñando con lo mismo: un baño caliente seguido de una cena tranquila. El sol empezaba a caer tras las montañas con esa hermosa luz del final del día, que tanto le gustaba. Se paró a disfrutar del viento cálido en la cara. Cuando se despertó aquella mañana, no podía negarlo, había ido de puntillas hasta la habitación de Kenshin; cogiendo la puerta con delicadeza la había abierto, sabiendo que no debía. En ese momento solo quería quedarse tranquila antes de ir al dojo de Hideki a entrenar. Sin embargo, él no estaba allí. Decidió no preocuparse por la posibilidad de que pudiese haberse marchado sin despedirse, pese a la dureza de las palabras que ella misma le dijo. No te olvides de regar el lirio. Kaoru no baka, se dijo para sí, resoplando. ¿Cómo le había dicho eso? Aunque, en el fondo... En el fondo... Creía que él lo merecía. A fin de cuentas, ¿cuántas mujeres aceptaban el hecho de que su hombre recogiese y guardase la flor de su anterior esposa? Suspiró. Tú no puedes comparte con nadie. Tu situación es distinta a la de todas las demás mujeres. Era verdad, empezando por el hecho de que era la única mujer de todo Tokio que habría acogido en su casa a Himura Battosai, a un ladronzuelo huérfano de estirpe samurai y a un luchador callejero, sin olvidar a una doctora ex-traficante de estupefacientes y, en los últimos días, a una niña ninja heredera de uno de los grupos más peligrosos del Bakumatsu. Kaoru sonrió para sí, agitando la cabeza. Si su padre viviese no podría entender nada de su vida, y no le culpaba.

Cuando llegó frente a la puerta de su dojo, estiró los brazos y dobló los dedos, intentando destensar los músculos. ¿Habría vuelto Kenshin? ¿Dónde habría dormido? Sacudió la cabeza. No podía ir por la vida diciéndole a Misao que tenían que ocuparse de sus propios asuntos y después pasarse el día con Kenshin en la cabeza. Además, le había sentado bien salir a dar un paseo con Hideki. A veces, cuando le veía sonreír abiertamente, o le cazaba mirándola furtivamente, se preguntaba qué pasaría si le abriese su corazón. ¿Podría de verdad ocupar el lugar de Kenshin? Le había regalado su primer beso, ese que Kenshin se había perdido, y estaba dispuesta a regalarle más. Estaba dispuesta a regalarle todo lo demás, a entregarse a él, pero ¿podrían ser felices? Sabía que él la trataría bien; que la respetaría, respetaría su pasión por el kendo. Que la cuidaría y dejaría que ella le cuidase. La querría con todo su corazón, porque ya lo hacía sin que ella le hubiese ofrecido nada más que desplantes, idas y venidas y cambios de rumbo que no le producían otras cosa que daño. Hideki era todo lo que ella había soñado desde niña. Él podría ser esa mano dulce que la acariciaría, pero que también la sostendría cuando perdiese el equilibrio. Sin embargo... ¿Sería suficiente?

Abrió la puerta del dojo y estuvo a piques de chocar con Yahiko, que la sacó abruptamente de sus pensamientos. Tenía una enorme sonrisa que ocupaba toda su cara.

—Yahiko— dijo, sorprendida, a modo de saludo. Él amplió su sonrisa.

—¡Kaoru! — exclamó, agarrándola de la mano. ¿Kaoru?, se preguntó, frunciendo el ceño.

—¿Está Misao? — él negó con la cabeza, sin quitar esa gigantesca sonrisa de su cara.

—Salió por la mañana con Megumi y todavía no ha vuelto. Dijo que necesitaba despejarse—. Kaoru asintió; a Misao le vendría bien distraerse y seguro que Megumi ayudaba a darle un pequeño baño de realidad. En eso su amiga era una experta.

—¿Y...?

—Está en el dojo— dijo Yahiko, lanzándole una mirada extraña. ¿Era una mirada pícara, acaso? Kaoru estuvo tentada a pegarle un puñetazo, pero no entendía nada de lo que estaba pasando. Cuando iba a pasar por su lado, le agarró de la manga del gi.

—Yahiko, siento no haberte entrenado hoy. Sé que con todo el tema de convertirme en maestra estoy descuidando tus entrenamientos, pero no...

—No importa, Kaoru— dijo él, sin dejar de sonreír. Kaoru le soltó, creyendo que debía estar realmente enfermo para decir eso—. Hoy a sido el mejor día de mi vida. ¡Vas a volverte tan loca como yo!

Dedicándole una última sonrisa, salió corriendo por la puerta del dojo. Kaoru le miró sin entender nada. Maldito niño loco, se dijo, encogiéndose de hombros. Suspirando, cerró la puerta y caminó hacia el dojo, subiendo a la engawa. Se descalzó, alzó la vista y...

Era Kenshin. Su corazón dio un vuelco tal que sintió que el mundo entero quedaba boca arriba de pronto. ¿Cómo podía tener ese efecto en ella, solo con su presencia? Solo... Solo... Le miró despacio, recorriendo su cuerpo. Estaba de espaldas a ella, en el fondo del dojo, donde guardaban los gis y las hakamas de kendo. Se estaba intentando colocar el bogu con poco éxito. ¿Es la primera vez que se pone uno? Él se giró y los dos se miraron durante unos segundos, como si el viento los paralizase. Fue Kenshin quien rompió la parálisis con una sonrisa dulce que hizo que el corazón de Kaoru volviese a botar en su pecho. Mierda, se dijo. Odiaba sentirse tan vulnerable frente a él. Ella era maestra asistente del Kamiya Kassin ryu. Alzó la cabeza y le miró con orgullo.

—Kenshin— dijo como saludo.

—Sessha... No entiende cómo... Estos cordones... — dijo él, girando hacia un lado y otro, intentando averiguar cómo se ataba aquello. Kaoru no pudo evitar sonreír. El mejor espadachín de Japón se comportaba como sus estudiantes en el primer día que pisaban un dojo.

—¿Qué se supone que estás haciendo?

Kenshin detuvo su compleja maniobra para atarse la armadura mientras la miraba de nuevo, con la mejor de sus miradas de inocencia.

Sessha se preguntaba si aún estaba a tiempo de entrenar con Kaoru-dono.

Otra vez la sensación de estar boca abajo, con el corazón en la garganta. Intentó controlar las ganas de correr hacia él y abrazarle. Ella era casi una maestra. Ella era la flor del kendo y él... Él un idiota. Cogió aire y lo soltó despacio, calmándose, aunque en su interior todo era un grito de júbilo. Además de mujer, Kaoru era kendoka y tenía ante ella la posibilidad de entrenar con el mejor espadachín que había visto jamás. En ese momento veía a Kenshin, pero más allá de él, veía al hombre que la había enmudecido en cada pelea. Era impresionante verlo con una espada en la mano y ella ahora podría entrenar con él. Aunque una parte de sí misma gritaba que le dijese que no, la kendoka era más fuerte. Quería luchar contra él. Quería ver sus movimientos en primera persona. Quería...

Se adelantó y, acercándose a él, le sujetó suavemente de la cadera y le giró hasta ponerlo completamente de espaldas a sí misma. Hasta ella se sorprendió de lo atravido de su movimiento, pero lo hacía cada día con los muchachos y le salió natural. Se puso tras él y empezó a atarle la armadura, apretando un poco más de lo necesario, como su pequeña venganza. Qué guapo está de azul, pensó mientras veía los últimos mechones de su coleta rozando la parte baja de su espalda. Terminó de abrochar le y él se giró.

—¿Por dónde empezamos? — preguntó, mirándole. Había algo distinto en él. Sin embargo, sonrió de la misma forma dulce en que siempre lo hacía.

—Por el principio— contestó, tendiéndole a Kaoru un bogu.