Capítulo 10

Lo vio a lo lejos, comprando uno de esos raros peces globo en el puesto del pescado. Aprovechó la ventaja que le proporcionaba la distancia para contemplarlo sin disimulo. Se fijó en su cabello oscuro, liso, cayendo a la altura de sus orejas y en su rostro anguloso, de facciones casi perfectas, con los pómulos marcados y la nariz recta, impropia de un espadachín. Le miró mientras él extendía el brazo, ofreciendo unas monedas a la tendera; bajo el gi fino de color claro que vestía se intuía perfectamente unos músculos naturales. Es mucho más guapo que Himura, pensó, alzando una ceja, desconcertada. Y mucho más alto, aunque eso tampoco es complicado. Realmente, casi cualquier hombre adulto era más alto que Himura. Recordó a Aoshi. Le gustaba mirar sus movimientos al caminar, y le volvía loca la forma de su espalda. Y... Sintió entonces el codazo en las costillas.

—¡Misao! ¿Es que no me oyes? — exclamó Megumi, volviendo a golpearla. Misao la miró con hostilidad.

—¡Yare, yare! ¿Qué quieres?

—Toma — replicó ella, colocando en su mano un par de billetes—. Ve a por pescado.

—¿Ahora? — preguntó Misao, frunciendo el ceño. Megumi le devolvió una mirada poco amigable.

—¿Qué quieres, esperar a que se agote? — Misao miró el dinero en su mano, con gesto de duda.

—Esto es una miseria, Megumi. ¿Qué voy a comprar?

Megumi soltó un suspiro, cansada.

—Anguila. Ojalá tuviese algo más, pero la clínica últimamente no da para excesos. Compra anguila, y... Di que la compraste tú. Y asegúrate de que no la cocine Kaoru o moriréis todos intoxicados. Te veo mañana— añadió, apretándole la mano. Misao asintió con la cabeza. Bajo su fachada de dura, era evidente que no le gustaba que sus amigos pasasen necesidad y conocía la situación económica de Kaoru. Misao se dirigió al puesto, donde todavía estaba Hideki. Se puso a su lado, observándolo de reojo mientras pedía. La tendera le puso una porción generosa, más de la que podía pagar.

—Creo que... Creo que has puesto un poco de más— dijo, no sabiendo muy bien cómo expresarlo. En el Aoiya nunca había pasado problemas económicos y siempre que había emprendido viajes en busca de Aoshi-sama, había terminado comiendo de lo que robaba a hurtadillas por el camino. No se arrepentía de ello; sólo cogía lo suficiente para subsistir y siempre de allí donde sobraba. No era tan grave, ¿no? No había matado a nadie, a fin de cuentas.

La tendera le dedicó una sonrisa cariñosa.

—Eres la amiga de Kaoru-chan, así que dile que no la ase mucho, ¿quieres? — la tendera le entregó el paquete con la anguila, sonriendo de nuevo. Ella lo agradeció con una reverencia que seguramente no fue muy bien ejecutada. Entonces sintió la mirada de Hideki, escrutándola. Se giró y empezó a alejarse, sabiendo que él la estaba siguiendo.

—Perdonad— llamó. Misao siguió andando; oyó cómo la llamaba varias veces, pero no se detuvo. Empezó a correr hasta que sintió como él la agarraba por la muñeca. Entonces se giró y le hizo una llave, pero él la contrarrestó de una forma tan natural que, antes de darse cuenta, los dos estaban en el suelo, rodeados de una nube de polvo que había levantado la tierra. A su alrededor la gente se apartaba, agitando la cabeza, como si fuesen dos niños jugando en medio de la multitud. Él se incorporó y le tendió la mano—. Disculpad, por favor. No quería...

—¡Mira lo que has hecho, imbécil! — gritó Misao, recogiendo la anguila del suelo. Se había salido del paquete y estaba completamente llena de tierra— ¿Qué hago ahora con esto, eh? ¿Qué?

Él seguía con la mano tendida, mirándola desde arriba.

—Gomensai— dijo él, agachando la cabeza. Levantó la mirada y clavó sus ojos en Misao—. He comprado pez globo. ¿Os serviría si os lo doy como compensación?

Misao observó la bolsa, levantando una ceja. Si llevaba ese manjar quedaría bien con Kaoru y probablemente Himura podría cocinarlo y convertirlo en algo delicioso. Se le hizo la boca agua solo de pensarlo.

—Bueno— cedió, arrebatándole el paquete de las manos. El hombre la miró, estupefacto. Ella se levantó sola mientras él mantenía la mano extendida— ¿Qué fue eso que hiciste? Para derribarme— preguntó entonces, genuinamente sorprendida. Hasta donde ella sabía, Fujame-san tenía un dojo de kendo, no era un maldito judoka. Él sonrió. Qué guapo es, maldita sea. ¿Es que Kaoru es ciega?

—Jiu-jitsu— Misao abrió mucho la boca, sorprendida.

—¿Aquí?

—En Kioto. Llevo aquí solo unos meses— contestó, sin dejar de sonreír. Miró la ropa de Misao—. Creo que os he arruinado la tela.

Misao frunció el ceño.

—Puede lavarse. Ya ha estado en peores condiciones.

—Sois la amiga de Kaoru— dijo. Tenía una voz grave, profunda. Kami-sama, pensó Misao. Es el absoluto opuesto de Himura.

—Si crees que voy a pasear contigo y contarte un montón de intimidades de mi amiga, estás muy equivocado. Inténtalo y te derribaré—. Fujame-san soltó una risa, con gesto de sorpresa. ¿Qué le parece tan gracioso?

—¿Cómo os llamáis?

Ella le miró con desconfianza.

—Misao. Pero para ti soy Misao-dono— añadió, alzando la barbilla. Era el tratamiento que usaba Himura con ella, así que imaginó que sería el más formal posible, aunque ella no comprendía bien esas clase de cosas. Fujame-san cambió su expresión a otra más divertida.

—Misao-dono... Un poco antiguo para ser una joven de Tokio, pero vale. Os llamaré como me digáis.

—¿Cómo lo sabes?

Él volvió a sonreír.

—El acento de Tokio es inconfundible—. Mierda, pensó ella. Tenía razón. ¿Por qué no se había dado cuenta antes? Seguramente si no hubiese estado tan ocupada pensando en sus brazos, tal vez podría... Kami-sama, se estaba comportando como una niñata loca. ¿Cómo haría Kaoru para entrenar con él todos los días sin tirarse a sus brazos? De pronto recordó cuando les contó a ella y a Megumi el beso que él le dio. Su primer beso. Fue muy pasional, había dicho Kaoru, sonrojándose hasta límites insospechados. Me... Él me... metió su lengua en mi boca, ¡su lengua!, había añadido, tan roja como la remolacha. Se vio a sí misma envidiándola profundamente. ¿Por qué no había un hombre que la besase de esa manera? Querría que fuese Aoshi, claro que sí, no había nada que desease más en este mundo, pero ¿y si él nunca daba el paso? ¿Se haría vieja sin probar la dulzura de un buen beso? Megumi se había reído de las dos, tapándose la boca con la mano. Menudas dos niñas me he cogido como amigas, dijo, agitando la cabeza y haciendo que su preciosa melena oscura bailase con ella. Una que todavía no ha terminado de crecer y otra que se sorprende porque la lengua participe en un beso. Tendré que daros unas cuantas lecciones antes de vuestra noche de bodas o acabaréis escapando por la ventana cuando veáis lo que pasa bajo las mantas Maldita Megumi, pensó Misao, mirando a Fujame-san mientras él decía algo acerca de las jóvenes de Tokio y su forma de hablar. Para ella todo era tan fácil... Era preciosa y nadie la trataba como a una niña. Además tenía esa feminidad que volvía locos a los hombres. Ella, sin embargo, se sentía más parecida a Kaoru. Ninguna de las dos jugaba el papel de una muchacha a la que un hombre debía proteger pero, en el fondo... En el fondo... Megumi se pinta los labios y aparenta fragilidad, pero mantiene su corazón intacto. Kaoru y yo somos dos idiotas. Aunque Kaoru le había mencionado algo de un enamoramiento de Megumi por Kenshin, Misao estaba segura de que eran alucinaciones de Kaoru. Aunque no se lo confesaría ni bajo tortura, estaba segura de que si Megumi hubiese puesto sus largas pestañas sobre Kenshin, él se habría derretido por ella como un hielo bajo el sol del verano— ¿Y bien?

Pestañeó dos veces, completamente desubicada.

—¿Qué? — preguntó, abriendo mucho los ojos. Él tenía algo en la mano. ¿Era un...? Misao ahogó un suspiro. Era un pequeño ramillete formado por nueve flores; tres girasoles, tres sakuras y tres rosas rojas.

—Os preguntaba si podríais darle esto a Kaoru de mi parte— dijo, con voz dulce. Misao miró las flores y luego le miró a él, sin entender.

—¿Por qué no se las das tú? — preguntó, frunciendo el ceño. ¿Cómo podía ser que un hombre tan guapo fuese tan cobarde? —. Eres el famoso Fujame, ¿no es cierto?

Él sonrió de una forma profundamente triste.

—Si me conoces, entonces sabrás también que ella ya me ha rechazado— dijo, clavando la vista en las rosas—. Y lo entiendo. No quiero presionarla. Si ella ha decidido...

Misao estaba cada día más convencida de que los hombres eran idiotas. ¿Qué les pasaba? ¿Es que acaso no tenían término medio? O querían arrancarles la ropa y deshonrarlas sin conocerlas, o se pasaban años dando vueltas yendo y viniendo hasta que ellas acababan hartas y con más canas que paciencia. Definitivamente, no había manera de comprenderles.

—Ella ha decidido olvidarse de Himura— dijo, siendo consciente de que Kaoru la mataría si la escuchaba, pero recordaba a la perfección su mirada la otra noche, sobre el tejado. Sus ganas de corazón de empezar de cero, de olvidar y de ser querida. Su abrazo, las lágrimas en los ojos. Si ella podía darles ese pequeño empujón, lo haría. Apreciaba a Himura, pero él tendría que encontrar a una mujer que pudiera esperarle tres vidas, si es que eso existía en alguna parte. Tal vez el tiempo de Himura ya pasó; ahora es el tiempo de Kaoru. Somos el río, había dicho ella. Pues bien, si eran un río debían circular y no quedarse estancadas.

—¿Ella ha...?

—No te hagas ilusiones— le cortó, levantando la mano y cogiendo las flores. Kami-sama, olían como recién caídas del cielo—. Que haya decidido pasar página con Himura no quiere decir que se vaya a tirar a tus brazos. Kaoru es una dama— Se maldijo o a sí misma por haber soltado semejante idiotez, pero estaba demasiado lanzada para callarse—. Pero puedo darte un par de consejos que te vendrán muy bien, siempre que tú me compres unos pastelitos para llevar de postre al dojo. ¿Qué me dices?

Fujame-san sonrió, complacido.

—Me parece un trato justo. ¿Llevaréis también mis flores?

Misao miró el ramo que ella misma sujetaba, valorando la situación.

—Las llevaré, pero tienes que escucharme muy atentamente si no quieres volver a morder el polvo.


Los dos estaban inmóviles, frente a frente, con las espadas de madera levantadas, manteniendo una guardia en waki no kamae. Kaoru intentaba concentrarse, aunque sus sentidos estaban más dispersos que nunca. Podía palpar la tensión en el aire, casi como si fuese algo físico. Por lo menos se ha puesto el men, pensó. Le había costado varios minutos convencer a Kenshin de que se colocase la maldita máscara.

Sessha no sabe si podrá respirar ahí dentro— había dicho, mirando la rejilla con aprehensión, como si fuese un extraño y desconocido instrumento de tortura.

—Hasta ahora no ha muerto ningún estudiante— contestó ella, levantando una ceja, en lo que intentaba ser un chiste que claramente él no entendió, a juzgar por la forma en que seguía dando vueltas al men en sus manos.

—Y se ve... ¿algo? añadió, sin ponérsela.

—Claro que se ve algo, ¿no ves que tiene rejas? — había replicado ella, haciendo un gran esfuerzo por no estamparle la máscara contra la cabeza— ¿Qué pretendes, que luchemos sin protección y sin nada? había añadido, empezando a impacientarse. Ahora empiezo a apreciar la paciencia de Hiko-sama; el Kenshin discípulo debía ser un tormento, pensó, respirando profundamente. Él le había lanzado una mirada confusa, como si no usasen el mismo código de comunicación.

Sessha había pensado que sería suficiente con que vos usaseis las protecciones— añadió, tendiéndole el men. Kaoru contó hasta cinco mentalmente para no darle un puñetazo.

—¿Todavía no hemos empezado y ya estás poniendo en entredicho mis habilidades? — contestó, intentando controlar el tono. No estaba dando efecto, pero no era culpa suya. Él se lo estaba poniendo tan difícil que por un momento empezaba a olvidar la emoción de entrenar juntos. Kenshin cambió su gesto al momento, comenzando a colocarse la máscara.

—Más bien sessha tiene miedo de ahogarse— dijo, con el sonido de su voz alterado tras las rejillas del men. ¿Eso ha sido... un chiste? Sonrió, agitando la cabeza. No entendía muy bien qué le había pasado a Kenshin desde el día anterior, pero le gustaba.

Ahora se miraban, esperando a que uno de los dos iniciase el ataque. Kaoru sabía que tenía que hacerlo ella, porque le conocía lo suficiente como para afirmar que él esperaría. Intentó mantener la serenidad. Sentía una presión en el pecho que nunca antes había experimentado al pelear en el dojo; a fin de cuentas, ¿por qué tener miedo? Solo era un entrenamiento. Tienes miedo a decepcionarle, le dijo la maldita voz de su cabeza, suave y sibilina. Miedo a que piense que el Kamiya Kassin no tiene una heredera merecedora de ser maestra. Tragó saliva. Ella no tenía que demostrarle nada a Kenshin. Ella era una kendoka con años de experencia. Atacó.

¿Dónde está?

Kenshin se había movido a la derecha, esquivando el golpe.

¿Cómo diablos puede moverse tan deprisa?

Le atacó tres veces más, con distintos movimientos, cada uno más rápido que el anterior. En el cuarto ataque usó toda su velocidad y, sin embargo, él volvió a esquivarla. Kaoru resopló, levantándose la máscara, aún sabiendo que no podía hacer eso en medio de un combate; a cualquiera de sus alumnos lo habría puesto a dar vueltas alrededor del dojo media tarde... Tampoco él puede rehuir los ataques como si estuviésemos jugando al escondite.

—¿Se puede saber qué estás haciendo?

Kenshin bajó la espada, sin quitarse la máscara. Aunque no le veía los ojos, sentía su confusión.

Sessha está luchando.

Si no fuese porque estaba muy cabreada, le habría dado la risa. Todo en mi vida es un maldito delirio, pensó.

—¿Y contra qué luchas, contra el viento? — replicó, alzando la voz—. ¿Vas a hacer el favor de combatir?

—Esquivar ataques también es combatir— dijo él, volviendo a colocar la espada de madera en waki no kamae.

—El maestro que me examinará no escapará de mí por el dojo, ¿sabes? Ya sé que eres más rápido que yo— añadió, sin poder evitar que el enfado se evidenciase en su voz—. Pero no estamos representando una pelea real, así que haz el favor de estarte quieto y luchar.

—Kaoru-dono... ¿Queréis que no me mueva?

—Quiero que pelees como haces siempre, maldita sea. Imagínate que soy Saito—. Kaoru vio que él iba a decir algo, así que para evitarlo se colocó otra vez la máscara, contando de nuevo hasta cinco. Hiko, dime tu secreto para no ahogarlo en la catarata, pensó. Así, con el men tapando su cara, Kenshin perdía el poder de seducción que involuntariamente ejercía sobre ella. Parecía un estudiante más. Uno especialmente rápido, se dijo. Cogió aire y lo soltó, preparada para atacar.

Avanzó hacia él con toda su velocidad y dirigió un golpe rápido y fuerte hacia su rostro, pero él lo detuvo con su espada. Los dos shinai chocaron en cruz y en el breve instante en que la madera besó la madera pudo sentir lo que hasta ese momento solo había imaginado. Como si se iluminase una vela que había estado apagada en su mente, comprendió lo que Jinne le dijo tanto tiempo atrás. "No puedo creer que no sepas lo fuerte que es", le había dicho ella. "Eres tú la que no tienes ni idea de lo que puede hacer", contestó Jinne. Tenía razón.

Es... Él... Qué poder.

Los brazos le temblaron con el choque, pero mantuvo la espada recta y ambos se alejaron al mismo tiempo, dando un paso atrás. Estaba segura de que no había hecho mucho más que levantar el arma y, sin embargo, lo había sentido tan claramente que necesitaba recomponerse. Sin embargo, sólo un par de segundos después, cuando le vio levantar el arma, supo que quería más. La kendoka quería más de eso, necesitaba sentir otra vez esa fuerza que iba más allá de sus brazos y su cuerpo. Le atacó de nuevo y Kenshin esta vez hizo algo más; la paró con la espada y, moviéndose hacia la izquierda a una velocidad imposible, la marcó en la pierna. Kaoru oyó el sonido de la tela de su hakama y se apartó, recuperando la guardia.

No usa sólo su espada. Pelea con su espíritu.

Sonrió tras su men. Yahiko tenía razón. Se estaba volviendo loca, totalmente loca. Quería más, quería saborear un poco más de esa esgrima divina que hasta entonces solo había visto desde lejos. Otros darían una mano por estar donde estoy yo. Atacó de nuevo. Atacó varias veces, sin parar, una detrás de la otra. Kenshin paraba un ataque y marcaba un golpe, sin llegar siquiera a rozarla. Controla su espada como si fuese su propio brazo, comprendió Kaoru. Nunca había peleado de aquella manera sin llevarse varios golpes de distinta intensidad y, sin embargo, él frenaba siempre a tiempo. Ella inició otro grupo de ataques y, en el último de ellos, intentó un movimiento difícil que podría haberle permitido golpearle y desarmarle... Si no fuese Kenshin. Él, en vez de esquivarlo como Kaoru supuso que haría, se echó hacia delante, sorprendiéndola, invadiendo su espacio y usando su cuerpo y la inercia del movimiento para empujarla. El shinai de Kaoru salió volando y ella cayó de espaldas sobre el tatami. Levantó la vista, con el corazón a punto de salírsele del pecho y vio la punta del shinai de Kenshin sobre su pecho.

Impresionante.

¿Cómo podía ser tan rápido? ¿Cómo podía desarmarla solo con un empujón?

Entonces él bajó el shinai y se agachó a su lado. Extendió una mano hacia el rostro de Kaoru y le levantó la máscara, descubriéndola. Kaoru se maldijo a sí misma por tener esa estúpida sonrisa de satisfacción en el rostro, pese a haber sido machacada de forma tan evidente.

Es impresionante, gritaba todo su cuerpo. Kenshin movió la mano hasta la coleta de Kaoru y atrapó entre sus dedos los últimos mechones del cabello, recorriéndolos hasta las puntas y después retirando la mano. ¿Qué...?

—Vuestro padre estaría orgulloso— susurró él tras la máscara.