Capítulo 12.

Se despertó en medio de la noche, sobresaltada, con el sudor apelmazándole el pelo contra la nuca. A su lado Misao dormía profundamente, de forma poco recatada, despatarrada sobre el futón, aparentemente ajena al horrible calor. La lluvia de otra tormenta de verano batía contra las puertas del dojo con violencia. Se inundará todo, pensó Kaoru, levantándose con rapidez. Abrió el shoji despacio para no despertar a Misao, aunque parecía imposible que nada pudiese hacerlo si no se había inmutado con el ruido de la tormenta. Se apoyó en la pared, manteniendo el equilibrio. He bebido demasiado sake, pensó, maldiciéndose a sí misma. Toda la engawa estaba empapada y el agua de la lluvia seguía entrando en el dojo. Yahiko, para variar, se había dejado las puertas abiertas. Estuvo tentada a despertarlo, pero al acercarse a su habitación lo oyó roncar y decidió que lo dejaría. A fin de cuentas, últimamente ni siquiera estaba dándole un verdadero entrenamiento, al menos no el que exigía el estilo que practicaban y no tenía ganas de que le reprochase nada, ella era perfectamente consciente; además y, tal vez, por encima de todo... No tenía ganas de que la viese en esas condiciones.

Mientras cogía un cubo de la cocina se fijó en las nueve flores de Hideki, más vivas y radiantes aún que el día anterior. La lluvia las revive, comprendió. La cabeza le daba vueltas. Había cenado mejor que nunca en su vida, en un precioso sitio occidental recién abierto, con camareros, hombres, que retiraban a una la silla para que se sentase en ella. Le había resultado curioso ver a un hombre sirviendo a una mujer; incluso cuando recibió en su dojo a Kenshin, había tardado en acostumbrarse al hecho de ver cómo él le servía a ella, al contrario de lo que marcaba la tradición. Bebieron una bebida europea, vino, que a diferencia de la cerveza, le había encantado, aunque no se había dado cuenta del efecto que causaba en su cuerpo hasta que se habían levantado. Hideki la había llevado a dar un paseo cerca del río y habían compartido espacio con otras muchas parejas. Se rieron mucho y se contaron algunas confidencias, la mayoría absurdas anécdotas de su infancia, aunque Kaoru se había sentido lo suficientemente cómoda para hacer alguna revelación especial, como aquella historia casi olvidada de cuando su un amigo de su padre intentó que se prometiese con su hijo teniendo sólo doce años, y cómo ella se lo había quitado de encima amenazándolo con el bokken en un callejón de Tokio; si aceptas casarte conmigo, te esperaré cada día detrás de la puerta con mi espada, le había susurrado. Hideki, lejos de asustarse, creyó que era la mejor historia que había escuchado sobre cómo librarse de una boda indeseada. También a él le habían intentado encasquetar una prometida a los trece años, una chica de buena familia, mejor educación y gran belleza; Kaoru, por algún extraño motivo, no se sintió cómoda sabiendo que aquella muchacha era tan hermosa. Le vinieron a la cabeza las palabras que accidentalmente había escuchado decir a Kenshin unos meses atrás, mientras hablaba con Sanosuke en el patio; no había podido evitar oírles, aunque sabía que no estaba bien. "¿Y cómo era?", había preguntado Sanosuke; entonces Kaoru aún no sabía de quién hablaban. "Era... como la sakura" había contestado Kenshin, con una voz suave, casi un susurro. Eso la había intrigado lo suficiente como para agazaparse tras la columna, asomándose lo justo para mirarles. "¿Entonces era guapa?" preguntó Sanosuke. Kenshin había perdido su mirada en el infinito durante unos instantes antes de contestar. "Era preciosa", había dicho. Kaoru se alejó de allí con el corazón encogido y una sensación casi salvaje, como un aullido, creciéndole en las entrañas. Por primera vez en su vida, entendía lo que eran los celos.

—¿Y por qué no te casaste con ella, si era tan bonita? — preguntó. Al instante se dio cuenta de lo impertinente de su pregunta, pero quizás por el alcohol que había bebido, no añadió nada más. No pediría disculpas. ¿Tenía que escuchar en silencio cómo alababa la belleza de otra? Hideki la había cogido de la mano, en un gesto cariñoso.

—Porque no la amaba. Todavía soy de esos idiotas que esperan hasta encontrar la mujer de su vida— dijo, bajando la mirada. Kaoru sintió una punzada en el pecho. De camino al dojo pasaron junto al río y a lo lejos se fijó en el puente en que Kenshin la había besado. Algo parecido a... un beso. Kaoru miró hacia el cielo; no había ni una sola nube y las estrellas parecían ser más claras que nunca.

—Hideki, ¿sabes alguna historia de estrellas? — preguntó, sin quitar la mirada del firmamento. Él estaba a su lado, a la distancia justa para que sus brazos se rozasen, pero sin apenas tocarse. Le oyó hablar con una voz profunda y serena, clara.

—¿Conoces la Tanabata? —. Kaoru se sonrojó, recordando la del año anterior, cuando había sufrido la humillación de que Kenshin le pidiese matrimonio sin darse cuenta; en ese momento creyó que Misao tenía razón y se sintió desdichada, ilusa. ¿Había sido el vino? ¿O era algo que arrastraba desde entonces?

—Sí.

—Me refiero a la leyenda detrás de la Tanabata—. Kaoru le miró con interés.

—Mi padre me habló alguna de vez de dos estrellas que se juntaban, ¿es eso?

Hideki sonrió, dirigiendo la mirada al firmamento.

—Orihime, una princesa muy hermosa, se enamoró de Hikoboshi, un pastor de estrellas; él, por supuesto, también se enamoró de ella. Se casaron y, al no poder separarse el uno del otro, descuidaron sus tareas diarias, de modo que las estrellas de Hikoboshi se perdieron por el cielo, como ovejas descarriadas. El rey, padre de Orihime, los separó en el cielo, pero ella suplicó perdón a su padre, porque no podía vivir sin el hombre que amaba. Así que... el rey permitió que se viesen una vez al año. Ese es el día de la Tanabata. Ese día, tras un año esperando, surgía un puente que permitía que se encontrasen y se amasen en hasta el día siguiente, sin pensar en nada más que en ese momento.

Kaoru se quedó muda. Ella quería una historia así. Ella quería un hombre que estuviese dispuesto a dejar que las estrellas se desperdigasen por estar junto a ella y que fuese capaz de contar los días durante un año solo por verla una vez, una sola vez. Cogió la mano de Hideki, notando el calor del vino en las mejillas. Recordaba haber sentido la sorpresa de Hideki por el contacto. Recordaba la sensación de seguridad al hacerlo, como si hubiese tomado una decisión. Recordaba girarse hacia él y mirarle a los ojos, buscando alguna respuesta, la que fuese.

—No puedo prometerte nada— recordaba haberle dicho, mirándole a los ojos—. Pero puedo darte este momento.

Hideki había sonreído, agradecido, como si sus palabras fuesen un regalo. Como si eso fuese suficiente.

—Es más de lo que podría soñar— contestó, atrayéndola hacia sí de la mano y besándola.

Ayer le había parecido todo tan romántico... Ahora se maldecía a sí misma. Kaoru no baka, ¿qué se supone que estás haciendo? se dijo. No tenía pensado que eso pasase, no iba a dejar que pasase. Sin embargo, pasó. Ella lo provocó. Lo provocó porque... ¿lo deseaba? Maldita sea, no podía pensar con claridad. Las estrellas, el vino, la calidez de la noche, su mano sobre la de ella...

"Era... preciosa".

Otra vez esa sensación en sus entrañas. No. Ella era un río y los ríos debían moverse; el agua estancada se pudre. Sin embargo... Hideki la había cogido de la cintura con delicadeza, moviéndola hacia sí y entonces sus bocas se encontraron y la lengua de él persiguió a la suya con una pasión que le hizo estremecerse. Se llevó la mano a los labios y los acarició despacio; ya no debía quedar nada de esa crema carmín que le había prestado Megumi.

Se mojó la cara para olvidar todas aquellas ideas que intentaba apartar de su mente. Tenía el estómago revuelto y el sabor a vino en la boca. Recordaba...

Oh, Kami-sama.

Recordaba cómo habían vuelto a besarse en la puerta del dojo y cómo las manos de Hideki la habían apretado demasiado contra él. Volvió a mojarse la cara. Él te quiere y tú no puedes corresponderle y, sin embargo, le das esperanzas, decía una voz en su cabeza. "Sólo somos amigos" le respondía ella. ¿Amigos? Amigo era Sanosuke. Eso que ella estaba haciendo no era correcto y tenía que frenarlo. Decidió meter la cara en el cubo de agua, así despertaría definitivamente de esa especie de neblina inapropiada de besos y caricias. Cogió aire y sumergió la cara. Entonces notó una mano en la espalda y abrió la boca para gritar, respirando sin querer dentro del agua. Sacó la cabeza y empezó a toser, luchando por encontrar el aire.

—Kaoru-dono, ¿estáis bien?— dijo Kenshin, sin quitar la mano de su espalda, mientras ella recuperaba la compostura, tosiendo. Le miró a través de los ojos llorosos. Tenía la yukata blanca de dormir empapada, así como el pelo, y levaba un cubo en la mano.

—Kenshin— contestó, ya respirando con normalidad— ¿Qué haces despierto?

—El dojo está encharcado— dijo con pesar, escurriendo el trapo que tenía entre las manos—. Se han mojado todas las armaduras, Kaoru-dono.

Ella ahogó un grito y corrió hacia el dojo. Kenshin la siguió.

—Kami-sama— murmuró, clavando la vista en el suelo y subiendo después hasta las paredes. Era cierto. El agua había entrado casi hasta el fondo y lo había empapado por todas partes; la madera estaba húmeda. Es importante que la madera nunca se moje, Kaoru-chan oyó decir a su padre, con su voz firme y cariñosa. Suspiró. Kenshin se movía rápidamente de un lado a otro, usando los gi para contener el agua en las peores zonas; a juzgar por su aspecto, debía llevar por lo menos un par de horas en esa tarea. También tenía paños y toallas. Se fijó en sus movimientos, rápidos. Son esas manos las que manejan de forma maestra la espada, pensó, mirándole. La yukata blanca de dormir que vestía estaba empapada, pero él no parecía darse cuenta. Kaoru sacudió la cabeza, intentando recobrar algo de lucidez y corrió hacia la cocina a por más trapos.

Tardaron otra hora en resolver lo peor y durante ese tiempo ninguno de los dos dijo nada. Kaoru intentaba que su cuerpo no evidenciase demasiado que había bebido, aunque se imaginaba que era obvio, pues de vez en cuando tropezaba sin sentido o caminaba sin conseguir mantener la rectitud. Sin embargo, Kenshin no hizo ni un solo comentario. Tampoco le preguntó dónde había estado hasta medianoche. Pero lo sabe, se dijo Kaoru, mirándolo por el rabillo del ojo mientras escurría los trapos y volvía a colocarlos en el suelo. Lo sabe, ¿qué pensará de mí?

—Hideki, yo... — le había dicho ella a Hideki, rompiendo el beso frente al dojo, las mejillas azoradas.

—Gomennasai— dijo él, llevándose una mano a la cara—. No debí... No quería, sé que eres una dama. No quiero ofenderte.

Ella levantó las cejas. ¿Una... dama?

—No es eso— dijo, forzando una sonrisa—. Es que no está bien que hagamos esto sin estar comprometidos—. Al ver su cara, se apresuró a cogerle de la mano, nerviosa—. No puedo prometerte nada, ya te lo dije. Pero no podemos seguir así.

—No entiendo lo que me estás diciendo, Kaoru— había contestado él. Normal, pensaba Kaoru mientras escurría un trapo en el pozo, con la tormenta, que seguía cayendo inclemente, encharcándola mientras lo hacía—. ¿Me estás diciendo que quieres...?

—No lo sé— contestó ella, intentando ser sincera. ¿Qué otra cosa podía hacer? —. Estoy intentando hacer lo que me dice mi corazón, pero no quiero dañarte.

Se sorprendió al ver lo fácil que le resultaba sincerarse con Hideki, como si entre ellos las palabras naciesen y floreciesen solas. Se acercó a ella y la besó suavemente en la mejilla, dejando el tacto de sus labios en su piel.

—No tenemos prisa, Kaoru. Ahora que te he encontrado, no me voy a ir a ninguna parte.

No se va a ir...

No tendré que correr a su habitación, cada noche, deseando que no decidiera marcharse.

La tormenta comenzaba a remitir y cada vez llovía menos. Kaoru había amontonado las armaduras inservibles en la entrada del dojo y las observaba, descalza, empapada.

—Kaoru-dono— dijo Kenshin, acercándose a ella. Se giró y le vio, igual de mojado, con una taza humeante en las manos—. Sessha ha preparado té caliente. ¿Por qué no váis a poneros ropa seca?

Ella giró la vista hacia el charco de barro junto al pozo.

—No tengo. Yo... Eché todo a lavar ayer, Kenshin. Solo tengo limpios los kimonos de fiesta.

Kenshin sujetaba la taza, mirándola.

—¿Y la ropa de Misao-dono?

—Es más delgada que yo.

Además, ¿me voy a disfrazar de ninja? pensó, frunciendo el ceño. Claro que Kenshin seguramente ni se había dado cuenta de la estrambótica forma de vestir de Misao. A fin de cuentas, él no tenía ni idea de convencionalismos sociales.

—Pues os dejaré ropa de sessha— dijo, tendiéndole la taza humeante. Kaoru la cogió, como en trance. ¿Que iba a hacer qué? Kenshin se dio la vuelta y comenzó a caminar por la engawa. Sus pies deslcazos chapoteaban sobre la madera húmeda, haciendo un simpático ruido.

Chof, chof.

Miró hacia atrás, como si esperase que ella lo siguiera. Kaoru, todavía sorprendida, fue tras él. Pasó por delante del shoji de Yahiko, que seguía roncando, ajeno a todo y después delante del suyo propio. Se asomó y vio a Misao dormir, tapándose la cabeza con las mantas. Cerró despacio y siguió a Kenshin, deteniéndose en la puerta de su dormitorio. Él entró y observó, en la oscuridad, cómo su cabello y sus pies mojados iban dejando un pequeño rastro de agua sobre el suelo. El futón, como siempre, estaba perfectamente hecho. Si en algún momento había dormido no había sido allí. Miró la sakabato reposando contra la pared, en el mismo sitio donde él se había sentado la noche en que bebió sake por encima de sus posibilidades. Mientras escudriñaba la habitación con interés, maravillándose por el orden, Kenshin abrió su cajón y sacó dos yukatas. Una era la de color vino que vestía siempre y la otra era la oscura con la que se había ido a Kioto. Se volvió hacia ella y le mostró las dos. Ella pasó la mirada de una a otra, sin saber qué decir. Al final cogió la oscura; creyó que con la de color vino se sentiría demasiado Kenshin. Él le entregó también una hakama.

—Os quedará grande, pero si ponemos a secar esta ropa ahora, mañana estará lista— murmuró; hablaba en tono bajo, para no despertar a los demás—. Cuando os cambiéis, sessha la colgará— añadió, sonriendo de nuevo y saliendo de su habitación, cerrando el shoji tras de sí. Kaoru se quedó allí, en el dormitorio de Kenshin, sintiéndose extraña. Nunca había estado allí con la puerta cerrada y mucho menos... Sacudiendo la cabeza, empezó a desnudarse. Hasta entonces no había sido consciente del frío que tenía, pese a ser la noche calurosa. Kami-sama, espero no ponerme enferma antes del examen, pensó con amargura. Si perdía una oportunidad como aquella tal vez no se presentase otra parecida. Se puso la ropa de Kenshin, sorprendiéndose al ver que no le quedaba tan grande. Somos más o menos del mimo tamaño, pensó, girando sobre sí misma. Sin embargo, sí fue consciente del horrible estado de su yukata. La tela era gruesa, áspera al tacto y estaba llena de pequeñas bolitas. Y por dentro... Algunas zonas picaban lo suficiente como para volverla a una loca. ¿Por qué él no le habría dicho que necesitaba ropa nueva? Suspiró, rehaciendo la coleta de su cabello, todavía mojado, mientras cogía la ropa empapada que acababa de quitarse y salía de la habitación. Kenshin estaba en la entrada del dojo; había montado un tendedero improvisado en la engawa, fuera del alcance de otra supuesta lluvia y su ropa estaba ya tendida. Kaoru le tendió la bola que había hecho con la que se acababa de quitar y él fue separando prenda a prenda y colgándola. Se sintió un poco avergonzada cuando vio cómo tendía las vendas que se había quitado del pecho, pero no dijo nada. Se cerró la yukata con las manos, con cuidado. No tenía otras vendas que ponerse y no quería dar un espectáculo, aunque Kenshin no parecía darse cuenta.

—¿Os apetece el té? Sessha siente que se haya enfriado, pero todavía puede beberse — preguntó. Ella asintió con la cabeza y buscó algún lugar seco donde sentarse en el dojo, pero no lo había. Todo el suelo estaba aún demasiado húmedo.

—¿Vamos a tu habitación? — dijo entonces. No había pensado en sus palabras hasta que las pronunció; incluso Kenshin, tan inocente, la miró con sorpresa—. Es el único sitio seco donde sentarnos, además de las otras habitaciones— añadió, sintiéndose imbécil al instante. Aclarar aquello había sido peor todavía que quedarse en silencio. Sin embargo, Kenshin sonrió.

Sessha calentará entonces un poco más de té; podéis ir yendo, Kaoru-dono— dijo, avanzando hacia la cocina.

Chof, chof.

Estaba tiritando. Cogió la manta del futón de Kenshin y se la echó por encima, sentándose en medio de la habitación. No había una mesa ni nada donde poder poner las cosas. Kami-sama, le había dado aquella habitación un año atrás y no se había preocupado por proporcionarle nada más, siquiera una mesa, o un estante, o incluso un espejo... Ella tenía todas esas cosas en su dormitorio, además de varias cajoneras donde guardar sus cosas y un armario. No tiene cojín, pensó entonces. Kenshin dormía contra la pared y ni siquiera le había dado un cojín. Suspiró. Era evidente que no había acertado en nada con él y, sin embargo, éĺ había decidido quedarse. Un hogar, había dicho. Antes dormía bajo un puente, solo. Que esté mejor aquí que bajo un puente no quiere decir que quiera ser algo más de ti. Pero... Pero la había besado.

Algo... parecido a un beso.

—¿Sessha puede pasar? — preguntó Kenshin, de pie al otro lado del shoji. Kaoru observó la sombra de su silueta, con su figura y su larga coleta perfiladas en negro. Se frotó la cara con la mano, intentando que desaparecieran los últimos rastros de vino. Aunque limpiar le había hecho espabilarse, todavía no se encontraba totalmente despierta. Además, estaba extenuada.

—Sí— contestó, acomodándose contra la pared. Kenshin abrió la puerta corredera ayudándose de su pierna y entró, sosteniendo un candil en una mano y dos tazas humeantes en la otra. Kaoru iba a levantarse, pero él fue más rápido. Colgó el candil en un gancho cerca de la pared donde estaba Kaoru y le tendió una de las tazas, cogiendo él la otra. Cuando iba a sentarse, ella frunció el ceño—. ¿No cierras la puerta?

Kenshin se detuvo a medio camino del suelo, mirándola con extrañeza.

—¿Cerrar la... puerta? — preguntó, como si no usasen el mismo idioma, con su mejor cara de idiota. Kaoru estuvo tentada a lanzarle la taza de té hirviendo a la cabeza.

—Misao y Yahiko están durmiendo. Además, hace frío fuera— añadió, arremolinándose dentro de la manta. Kenshin asintió con la cabeza, obediente. Cerró el shoji y, rodeando el futón, se sentó frente a Kaoru y tomó la taza de té en sus manos. Sopló suavemente y le dio un pequeño sorbo—. ¿Cuánto tiempo llevabas intentando secar el desastre cuando me levanté?

Kenshin se encogió de hombros, mirando el fondo de su taza como si allí dentro hubiese algo de gran interés.

—Sessha no sabría deciros.

Por lo menos estuvo dos horas fregando, pensó Kaoru.

—Tendrías que haberme despertado. Es mi dojo, no puedo estar durmiendo sin hacer nada y tú mientras, solo, trabajando.

—Sessha no quería despertarnos por eso. Sessha creyó que él podría encargarse.

—No habrías podido tú solo. Maldita sea, está todo empapado. ¿Crees que se estropeará toda la madera?

Él negó con la cabeza.

—La madera que eligió vuestro padre es fuerte. Resistirá. Si mañana hace sol, en un par de días quizás esté seca.

—¿Y qué pasa con nuestros entrenamientos? No puedo perder dos días— se quejó, suspirando. Kenshin dio otro sorbo a su té.

—Sessha conoce otros lugares para entrenar. No os preocupéis por eso.

Kaoru probó el té. Sabía a frutas silvestres.

—¿Y este té? — preguntó, intrigada. Él sonrió.

—Jun-dono se lo dio a sessha— debió percibir la mirada de curiosidad de Kaoru, porque sonrió un poco más y añadió: — La... Sessha no sabe qué tratamiento usar con ella. La... esposa de sishou— pronunció la palabra "esposa" de forma lenta y confusa, evidenciando sus dudas al respecto. Kaoru rió.

—¿Pero Hiko-sama está casado? — preguntó, levantando las cejas. Kenshin se encogió de hombros.

—Sessha no sabe.

—No creo que estén casados. Te habrían invitado a la boda—. ¿Cómo no iba un maestro a invitar a su único discípulo? Por muy raras que fuesen las relaciones entre esos dos, a Kaoru siempre le había parecido que Hiko tenía un comportamiento casi paternal con Kenshin. Puede que fuese una suerte de padre loco, histriónico y maleducado, pero un padre a fin de cuentas—. Si no están casados, estarán prometidos— guardó silencio un momento, pensando—. Entonces viste a Hiko-sama.

—Sessha cenó ayer con ellos— contestó, bebiendo de nuevo—. Shishou vino a verse con el maestro que os examinará.

Kaoru abrió los ojos, sorprendida.

—¿Se conocen? —. Kenshin asintió con la cabeza. La noche que no durmió en casa—. Ahora lo entiendo todo—. Kenshin levantó la vista, con gesto contrariado. Aunque no dijo nada, en su rostro se leía un enorme interrogante. Kaoru comenzó a sentir la rabia trepándole desde las entrañas—. Te ordenó él que me entrenases, ¿verdad? Por eso de un día para otro cambiaste de opinión. Ya sabía yo que no...

—No— le cortó Kenshin, mirándola fijamente—. Sessha lo pensó mejor.

Kaoru le miró inquieta, sin terminar de creérselo. Suspiró y apoyó la cabeza contra la pared, mirando el techo. A veces tenía la sensación de que no controlaba nada de su vida, que todos los demás tenían más influencia que ella misma en lo que sucedía o dejaba de suceder. Megumi, Misao, Hiko... Y entre todos, ella, dando tumbos de un lado a otro como un maldito molinillo de viento.

—¿Cómo es ella? — preguntó.

—¿Jun-dono? — dijo Kenshin; ella asintió—. Es culta. Tranquila... Elegante. Está muy enamorada de shishou— añadió, sonriendo a su taza. Kaoru se sorprendió por ese comentario. ¿Es que él no era un ignorante en esos temas?

—¿Sabe cocinar? — preguntó Kaoru. Kenshin asintió con la cabeza. Claro, todas las mujeres del mundo sabían cocinar menos ella, ¿cómo olvidarlo? Resopló. Muchas veces se había preguntado si Tomoe cocinarla bien. Una parte de ella prefería no saber la respuesta, aunque parecía más que obvia. Habían vivido medio año aislados en el medio de la nada, alimentándose de las cosas que les daba la huerta. Ella habría cocinado para los dos, seguro. ¿También habría hecho las tareas de la casa, como se esperaba de una mujer? ¿Le acompañaría en silencio, afirmando todas sus aseveraciones, sin manifestar nunca su propia opinión? Apartó el pensamiento de su mente con todas sus fuerzas, enterrándolo. No tenía sentido pensar esas cosas. No tenía sentido tener celos de alguien fallecido. Sin embargo... —. ¿Era guapa?

Kenshin la miró con sorpresa. "Era... preciosa".

Sessha no se fijó— contestó un par de segundos después, educadamente. Kaoru sintió ganas de lanzarle de nuevo la taza a la cabeza.

—¿Y te dijo cuándo será la boda? Tendremos que ahorrar un poco para comprarte algo de ropa. No puedes ir con esto— contestó, tocando la yukata que ella misma llevaba puesta. Kenshin levantó una ceja.

Sessha no cree que shishou vaya a casarse.

Kaoru no comprendía. ¿No acababa de decirle que Jun-chan era su mujer?

—¿No me has dicho que era su esposa? —. Kenshin rió y su risa sorprendió a Kaoru. ¿Qué era tan gracioso?

Sessha dijo esposa porque no sabía qué palabra utilizar.

—Para ser la esposa de alguien hay que estar casados— replicó Kaoru, irritada. ¿Por qué no podía simplemente entender algo de convenciones sociales? De esa manera era imposible comunicarse—. Sin matrimonio, no hay esposa.

Sessha cree... — empezó, con un tono de voz suave, mientras dejaba la taza sobre el suelo y miraba a Kaoru. ¿Qué era esa mirada? —. Sessha cree que dos personas pueden estar juntas sin estar casadas. Sessha no sabe si existe una palabra para definirlo, pero esposa podría servir.

Kaoru sintió cómo el corazón le botaba en el pecho. Sin embargo...

—No, no. No estoy de acuerdo— replicó, agitando la cabeza mientras se deshacía de la manta, apartándola; el enfado comenzaba a acalorarla, haciéndole olvidar el frío de la tormenta—. Un hombre y una mujer pueden conocerse hasta cierto punto. Después deben comprometerse. Y después, casarse. Y después, tener hijos. Es así.

—No siempre es así— dijo él; su voz sonó extrañamente firme. Kaoru lo miró con indignación. ¿De verdad iba a llevarle la contraria en eso?

—Claro que sí— respondió, sin poder evitar alzar un poco la voz—. Tu maestro está prometido, seguro. Si no no viviría con esa mujer. No se puede, no es posible.

—No están prometidos— insistió Kenshin. ¿Desde cuándo es tan cabezota?, se preguntó, mirándolo como si acabase de conocerlo. Sin embargo no vio nada nuevo en él; su gesto era el mismo que tenía cuando le preguntó si podía entrenar con ella y respondió simplemente "no".

—¿Entonces viven en pecado?

—¿En... pecado? — preguntó Kenshin, frunciendo el ceño—. ¿Qué es eso?

Kaoru bufó. Era evidente que no la estaba tomando en serio.

—Un pecado es algo malo, algo que va en contra de la moral. Y vivir en pecado... ¿No sabes lo que es vivir en pecado?

—No— contestó él, con gesto serio. Ella se acomodó en su sitio, intentando mantener la alma. Kami-sama, ojalá Megumi estuviese presente.

—Vivir en pecado significa que un hombre y una mujer viven juntos sin estar casados.

—¿Como nosotros? — preguntó entonces. Kaoru estuvo a punto de escupir todo el té contra su cara.

—¡NO! — lo dijo tan fuerte que al instante se tapó la boca, arrepentida. Era imposible que Yahiko y Misao no lo hubiesen escuchado—. No, Kenshin. Viven juntos, duermen juntos, quiero decir, en el mismo futón... Como si estuviesen casados... pero sin estarlo.

—Así vivía con Tomoe— dijo de pronto. Kaoru le miró con un gesto de sorpresa imposible de esconder. Él prácticamente nunca hablaba de Tomoe, al menos no con ella. Su cabeza intentaba articular una respuesta, una palabra, algo, pero parecía haberse quedado en blanco.

"Era... preciosa".

—Creía que os habiais casado— consiguió decir al fin, en un murmullo, sin poder esconder su angustia. Kenshin fijaba la vista en sus manos.

—No, no hubo boda. Dijimos que estábamos casados y con eso fue suficiente— dijo; se abrió entre ellos un silencio profundo, casi como una grieta. Kaoru podía sentirla incluso físicamente—. ¿Queréis que sessha haga más té?

—Sí, por favor— dijo, forzando una sonrisa. Su cuerpo estaba cansado, pero su mente no. Cuando Kenshin salió por la puerta se fijó en que todavía era de noche y no pudo evitar pensar en el lirio que todavía estaba en la cocina, en el jarrón, junto a las nueve flores de Hideki.


Mientras el agua hervía, Kenshin se mojó la cara dos o tres veces. El cansancio comenzaba a atraparle en un abrazo demasiado apretado, casi ahogándole. La anterior noche había dormido apenas dos horas y esta... Esta ninguna. Cuando Kaoru salió del dojo tras el entrenamiento encontró que había una gran cantidad de tareas que podrían mantenerlo ocupado, de modo que tras darse un baño, comenzó barriendo cada estancia, para seguir por el patio y la engawa. Cuando no hubo más por barrer, cogió un trapo y quitó el polvo de cada esquina. Ordenó las armaduras, los gis y las hakamas de entrenamiento, clasificó los bokken y los shinai por tamaños y decidió que era un buen momento para podar algunos arbustos que comenzaban a desaforarse en el jardín. Estaba con esa tarea cuando Yahiko apareció reclamando la cena; iba acompañado por Misao y Megumi, así que se metió en la cocina y, tras remangarse, comenzó su nueva tarea. Pelar verduras, cortar verduras, cocer arroz, preparar la mesa... Megumi había traído anguila, así que también la cocinó. Mientras hacía todas aquellas tareas las nueve flores que él mismo había puesto en agua parecían llamarle a gritos y en su mente formaban la palabra baka.

La cena había trascurrido bien, de no ser por las constantes peleas entre Sanosuke y Megumi por un lado y, por el otro, Misao y Yahiko. Él comió en silencio, contestando con una sonrisa a las preguntas directas e intentando no tomar partido en lo demás. La anguila estaba buena, la verdura estaba bien, pero él no dejaba de lanzar miradas furtivas a la puerta del dojo, esperando que se abriese. Cuando terminaron de cenar ya había caído la noche. Megumi le ayudó a recoger mientras charlaba sin cesar de los nuevos productos occidentales que habían llegado a la clínica; dijo algo de una crema para ahuyentar mosquitos y de un bálsamo para los labios que convertía a cualquier mujer en una diosa. Desde la cocina Kenshin no veía la puerta, así que por dentro sólo deseaba que Megumi parase de hablar para poder detectar cualquier sonido, aunque no dijo nada; se limitó a escucharle y asentir con una sonrisa.

Megumi y Sanosuke se marcharon tarde, cerca de las once, y Misao y Yahiko se fueron a dormir. Ninguno de sus amigos hizo ni un solo comentario sobre Kaoru, de modo que fue consciente de que todos sabían dónde estaba. Se sentía extraño, como si alguien intentase ocultarle un secreto que llevase tatuado en la frente. ¿Por qué lo hacían? No era tonto. Sabía que si Kaoru había salido a cenar, estaría con Fujame-san, pero no comprendía la conducta de sus amigos. ¿Le protegían? ¿Protegían a Fujame-san? Agitó la cabeza, olvidando esa última posibilidad. No quería pensar que sus amigos creyesen necesario proteger a otra persona de él.

El té estaba ya listo. Llenó las dos tazas mientras lanzaba una mirada rápida a la luna, a través de la ventana. Las nubes seguían en el cielo, pero parecían haberse apartado justo en el punto exacto para mostrarla, redonda y rotunda, como una promesa.

Espérame.

La noche anterior, mientras todos dormían, había comenzado la tormenta. A Kenshin no le asustaban; había vivido demasiado tiempo con Hiko en la montaña, donde los rayos y los truenos durante el invierno eran tan habituales como las abejas en primavera o las setas en el otoño. Cualquier otra noche le habría gustado sentir el repiqueteo de la lluvia contra el shoji, como un sonido casi de arruyo, pero no esa. Le impedía escuchar la puerta del dojo. Quería silencio. Un recuerdo oscuro vino a él como una patada imprevista; una calle oscura de Kioto, una tormenta. El Bakumatsu. Allí también había maldecido la lluvia que le distraía el oído, el más importante de los sentidos. El trueno que bramaba en un momento inoportuno podía tapar el sonido de una katana desenvainándose, podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. Pasaba ya la medianoche. Kenshin no baka, no estás en el Bakumatsu. No hay ninguna katana acechándote.

Kaoru no es tu propiedad.

Había dejado de llover un rato y fue entonces cuando la puerta del dojo se abrió. Él había cerrado los ojos y estaba decidido a ignorar cualquier sonido del exterior, aunque su cuerpo parecía no obedecerle. Últimamente esa era una sensación demasiado frecuente. Respiró profundo mientras sentía a Kaoru caminar por la engawa y entrar en su dormitorio. Suspiró. Tal vez entonces podría dormir... Soñó algo, pero cuando despertó no podía recordar el qué. No era de día... Había sido la tormenta, otra vez, solo que en esta ocasión más fuerte. Se levantó descalzo para no despertar a nadie y se encontró el dojo inundado. Comenzó a reunir trapos y toallas...

Caminó con las dos tazas por la engawa, dirigiéndose al dormitorio, a su dormitorio. Era extraño pensar que al abrir la puerta se encontraría allí a Kaoru. Extraño pero, al mismo tiempo... familiar. Sentarse allí con ella vestida con su ropa y envuelta en su manta, compartiendo té durante la madrugada, alumbrados por la luz tenue de una vela era lo más privado que había hecho con nadie en los últimos trece años. Incluso había hablado con naturalidad de Tomoe. Kaoru, de alguna manera, hacía fácil lo imposible.

—Este es distinto— dijo Kaoru al probar el té, dando un pequeño sorbo. Había vuelto a taparse con su manta, usándola como si fuese una capa. Kenshin soplaba su taza con suavidad.

—Es kocha— contestó, observando su color oscuro—. Megumi se lo dio a sessha hace unas semanas. Dijo que es bueno para las noches, porque no quita el sueño.

Kaoru lo miró por encima de su taza; pese a la leve luz de la vela, sus ojos brillaban con fuerza.

—¿Quieres que me vaya a dormir? — preguntó de pronto. Kenshin la miró sin entender—. Me das un té para dormir. A lo mejor es tarde y estás cansado.

—Es tarde y estamos cansados— asintió Kenshin, dando un pequeño sorbo a su taza humeante; está delicioso—, pero sessha preferiría que Kaoru-dono se quedase un poco más.

Ella sonrió con un gesto tan inocente que sintió cómo el corazón le batía contra el pecho. Respiró con calma. Para el arte del batto hacen falta tres cosas...

Bebieron durante un rato en silencio, pero no era un silencio incómodo. Nunca lo había sentido así entre ellos. La noche cálida y tormentosa había dado paso a una madrugada más fría y Kenshin agradeció el calor de la taza de té en sus manos.

—¿Tienes frío? — preguntó entonces Kaoru, como si pudiese leerle la mente. Él alzó la vista y la miró.

Sessha está bien.

—Eres un mentiroso— replicó ella, levantando una ceja en la mejor de sus miradas acusadoras—. Ven— añadió, extendiendo su brazo derecho como si fuese una grulla abriendo las alas. Él la miró sin moverse. ¿Qué espera de mí?

...Una vida plena.

Se puso de pie y se movió hacia Kaoru para volver a sentarse allí, a su lado, donde ella le indicaba. Estaban muy cerca. Kaoru recolocó la manta de modo que los tapase a ambos. Ya había estado así una vez, mucho tiempo atrás, pero entonces era un asesino esperando a la muerte. Ahora era otra cosa... Todavía no sabía muy bien cuál, pero ya no estaba esperando. Tomó la esquina de la manta y se tapó bien con ella, acomodándose junto a Kaoru. Su cercanía le daba una calidez más allá de lo físico. Sonrió.

—¿Qué te hace tanta gracia? — preguntó ella, mirándole. Kenshin señaló con la barbilla su taza, allí donde había estado sentado antes.

Sessha olvidó su taza— dijo, sonriendo. En ese momento la distancia entre donde estaba y el té le parecía un auténtico océano; entonces Kaoru extendió la mano y cogió la suya, tendiéndosela. Se había movido despacio para que la manta no dejase de taparles en ningún momento.

—Toma, bebe de la mía—. Kenshin la cogió, aceptándola con alivio—. Ahora que he cogido la postura no pienso dejar que te muevas— murmuró, apretándose un poco más contra su brazo y tapándose bien con la manta. Kenshin bebió de su taza. Sabe... dulce, pensó. El té negro no debía saber dulce. Recordó el beso bajo el puente; fue tan rápido... Fue tan breve, tan sutil, que no pudo descubrir su sabor. Sin embargo, ahora...

Besa a Kaoru-chan y hazle el amor como es debido.

La voz de su maestro llegó acompañada de un rubor incontrolable y deseó que Kaoru no le mirase en ese momento. Contrólate, se ordenó a sí mismo.

Para el arte del batto hacen falta tres cosas...

—Kenshin, hace tiempo que quería preguntarte algo— dijo Kaoru. Su voz sonaba distinta de la habitual, más seria, quizás más profunda. Él se quedó inmóvil, esperando que continuase—. Mi padre murió en la guerra, ya lo sabes. Cuando se fue... Cuando se despidió de mí, me hizo prometerle algo. Me hizo prometer que nunca usaría el estilo Kamiya Kasshin para arrebatar una vida, no importa de quién fuese ni qué hubiese hecho. Me dijo... Me dijo que él tenía que ir a luchar, por el nuevo Japón y que no sabía qué pasaría si lograba volver. Yo no entendía. Él... Me dijo que tal vez, aunque volviese, ya no sería el mismo. Que nunca sería el mismo. Yo le juré que le querría no importa qué hiciese, que me daba igual a cuantos matase con tal de volver. Que eso no lo cambiaría. Estábamos aquí, en esta habitación. Era la mía de niña. Él me dijo: "Kaoru-chan, cuando quitas una vida, una parte de tu alma muere... Pero eso no es lo peor. Otra parte nace. Una oscura que nunca se alejará de ti". Yo... Siempre me he preguntado... ¿Qué se siente? ¿Qué se siente cuando se quita la vida a otra persona?

Kenshin cerró los ojos y sintió el peso de su espada en la mano, ahora vacía. Su cuerpo entonces era liviano. Era un niño, se dijo. Pero no era eso. Era otro peso el que todavía no soportaban sus hombros. Respiró. Kaoru olía a jazmines. Siempre supo que algún día ella haría preguntas y él tendría que ofrecer algunas respuestas.

Una vida que merezca la pena...

—¿De verdad queréis saberlo? — preguntó, apoyando la cabeza contra la cabeza, con los ojos todavía cerrados. El ki de Kaoru era una llama y él, un mosquito quemándose. Demasiado cerca. Su brazo apretado contra el de él—. A lo mejor sessha no tiene vuestra respuesta.

Una vida...

Entonces ella cogió su mano derecha. La cogió sin dudar, entrelazando sus dedos con los de él. Kenshin observó cómo lo hacía, como si lo viese desde lejos; como si no fuese él quien estaba allí sentado, junto a Kaoru.

—Quizás no tengas la mía, pero tienes la tuya, Kenshin. Esa es la que te estoy pidiendo.

Ella movió su pulgar, acariciando sus nudillos. Acaricia mi mano...

Respiró. No era fácil.

—Es distinto a cualquier otra cosa— empezó, despacio, hablando con suavidad. Miró las manos de ambos, sintiendo el calor de Kaoru—. La primera vez fue... no sentí nada. Antes de hacerlo todos mis camaradas creyeron que me rompería, que no lo aguantaría. Shishou siempre me dijo que yo era débil, pero... Me lavé las manos y dormí. Nunca supe su nombre. A partir de ahí se hizo más fácil. Era tan sencillo... Algunas veces... Algunas veces me gustó. Recuerdo una vez, cuando el Shinsengumi mató a tres de mis compañeros de armas. Eran siete... Los maté a todos. Recuerdo que cada vez que mi espada atravesaba a uno de ellos, sentía placer. Quería seguir. Sentí sabia al ver que solo eran siete—. Se detuvo, sintiendo su corazón latir rítmico, despacio. Kaoru se había tensado a su lado, podía sentirlo. Suspiró, dejando que el aire saliese despacio de sus pulmones—. Si sentí algo en ese tiempo, no lo recuerdo. Todo olía a sangre, todo sabía a sangre. Pero no recuerdo la culpa; eso vino después. Nunca tuve dudas. Nunca... hasta que conocí a Tomoe.

Tú... haces que llueva sangre.

—¿Ella te vio...? — preguntó Kaoru en un susurro. Sus dedos ya no le acariciaban, aunque no había retirado la mano. Kenshin mantenía los ojos cerrados.

—Sí. Una vez... Habíamos salido a cenar. Me emboscaron y le dije que se fuera, pero no quiso. Me dijo que quería verlo. Ella creía que si me veía matar tal vez podría entenderlo.

—¿Y lo entendió? —. Kenshin abrió los ojos.

—No. No lo entendió porque no puede entenderse. Eran muchos hombres. Cuando llegamos al hostal, ella estaba llena de sangre. Tenía... — tenía pedazos en el cabello; pedazos de esos hombres—. La arrastré a mi oscuridad y no pudo encontrar el camino de vuelta— contestó, en un susurro. Entonces sintió de nuevo los dedos de Kaoru moverse sobre su palma. ¿Me está acariciando? Mi mano derecha. La mano que dirige el corte de la espada.

—Yo creo que sí lo encontró— dijo entonces, apretando su agarre—. Te protegió. Ese es un buen camino de vuelta. A lo mejor... A lo mejor fuiste tú el que no la entendió a ella. Morir protegiendo a la persona a la que amas no es una mala forma de morir.

Ya ha florecido en Otsu, Anata.

Kenshin se giró y la miró. Kaoru había comprendido en tan poco tiempo lo que él tardó más de diez años. Porque ella no tiene ninguna parte oscura en su alma, pensó. Ella es luz, del principio al final; una luz tan fuerte que ni mis sombras pueden opacarla.

Ya ha florecido en Otsu y también aquí...

—Daría mi vida porque ella viviese— dijo entonces, en un susurro. Kaoru apoyó su cabeza contra su hombro, acercándose aún más; no podían estar más juntos, no había ya espacio entre ellos. Es tan cálida... Es como si todo su ki abrazase el mío—. Vuestro padre tenía razón. Matar abre puertas del alma que deberían estar siempre cerradas. Genera odio y el odio genera más odio. Al final... Al final no queda nada.

—Pero tú no volverás a matar— afirmó ella, alzando un poco la vista para mirarle. Kenshin también la miro. Incluso con la escasa luz podía ver el brillo azul de sus ojos, tan llenos de vida. Puedo sentir cómo arde... ¿Por... mí?

—Nunca— dijo. Entonces deslizó su pulgar por la palma de su mano, allí donde los dos se unían. Fue un roce suave pero sintió que se le erizaba el pelo en la nuca y el corazón le daba un brinco en el pecho. Quería volver a besarla. Quería hacerlo, como una necesidad. Ella volvió a bajar la mirada y a acomodarse en su hombro.

—Le habrías gustado... a mi padre. Te habría querido... como a un hijo...— susurró ella, con los ojos cerrados, entre la vigilia y el sueño—. Tanto... como... yo.

Kenshin sonrió para sí. Recordó la primera vez que vio a Kaoru... Su primer contacto con ella había sido una amenaza de muerte seguida de un bokken contra su cara. Entonces ella ya era fuego, aunque yo todavía no lo sabía. Sintió la respiración de Kaoru, rítmica. Duerme, se dijo. Pensó en cogerla en brazos y llevarla a su habitación; también pensó en recostarla en el futón, pero, simplemente... No quería. Cada vez que ella respiraba sentía el movimiento contra su brazo. Sus dedos se habían aflojado un poco, pero todavía le sujetaban, como si en sueños temiese que se escapase. Apoyó su mejilla contra su pelo y se llenó con su olor a jazmín. Podría derrotar a un millón de Shishios, pensó y soltó una risa en voz alta que le hizo sorprenderse. Reía de alivio y de... ¿felicidad?

Pero ella salió esta noche...

No importaba. No ahora. No en ese instante. Movió la mejilla con suavidad contra su cabello, acariciándolo y puso un suave beso en él.

—Buenas noches, Kaoru.