Gracias a todas por vuestras review, como siempre. El fic está ya bastante avanzado, aunque aún quedan unos cuantos capítulos. Me da pena pensar en acabar, la verdad, porque revisarlo y ampliarlo está siendo de lo más ameno para lidiar con la cuarentena. Espero que os guste. ¡Cuidaos y cuidad a los vuestros!
Capítulo 17
El día nacía en el dojo Kamiya, con el frescor propio de los amaneceres de principios de verano. La primera luz bañaba el pozo, corriendo por el suelo de tierra hasta alcanzar la engawa; el gallo del pequeño corral había cantado ya dos veces y la vida parecía desperezarse lentamente. Tras un shoji, el último del pasillo, sentado contra la pared y con su sakabatou apoyado en el hombro, Kenshin Himura esperaba.
No recordaba una noche tan larga desde la primera de la batalla de Toba-Fushimi. Apenas había movido un músculo, concentrado, con su mente diseccionando el silencio. Intentaba controlar sus pensamientos. Intentaba controlar sus acciones. Para el arte del batto hacen falta tres cosas... A la mierda, pensó. El battujutsu le parecía un juego de niños al lado de mantener la calma mientras las horas pasaban y la oscuridad apretaba las paredes del dojo, empequeñeciéndolo; lo apretaba a él, casi ahogándolo.
¿Dónde está?
Su mente viajaba de respuesta en respuesta, como si hubiese ante él una hilera de puertas entreabiertas. Las primeras, las más terribles, para su sorpresa, las abrió sin miedo. No le asustaban las espadas, ni las heridas, ni el dolor físico; si alguien que le guardaba rencor se la había llevado, él la encontraría. Da igual quién fuese, da igual lo lejos que se marchase, él acabaría atrapándolo. Sin embargo, había una puerta, una y última pequeña puerta roja por la que apenas se filtraba un poco de luz, al final de su mente. Estaba cerrada con varios candados y Kenshin pasó la noche con los ojos cerrados, intentando olvidarse de su existencia, intentando fingir que Kaoru no estaba tras ella. Esa puerta...
El primer canto del gallo le distrajo, haciéndole fruncir el ceño. Se acomodó contra la pared. ¿Cuántas horas habían pasado? La tarde del día anterior había llegado pronto de su breve encuentro con Ume Osamu y con una sensación de cierto alivio en el cuerpo. Al principio, cuando la vio a lo lejos, mirándole sobre el puente, temió que le guardase algún tipo de rencor que, más que facilitar las cosas a Kaoru, pudiese llegar a dificultar las. Le invadió una antigua sensación, esa que cargó durante diez años, la de ser culpable de todos los problemas del mundo, la de tener la obligación de encontrarles solución. Esperó a que pasase, como quien siente un calambre; ya ha florecido en Otsu. Respiró, más tranquilo.
El riesgo de que las cosas se complicasen existía; sin embargo, tenía que hacerlo; era mucho lo que estaba en juego y necesitaba que ella facilitase la cita con Osamu-sama. Si simplemente se presentase ante la residencia donde se alojaba no lograría siquiera acercarse a él. Sus dudas se deshicieron en un instante, cuando Ume saltó sobre él y le abrazó con alegría, comenzando una charla infinita, a la velocidad a la que ella siempre hablaba, llena de anécdotas e historias de infancia; parecía no importarle que él guardase silencio, aunque... Aunque por dentro había suspirando, aliviado. La Ume que él conoció no era rencorosa, pero habían pasado demasiados años y él era el hombre que le arrebató a su hermano. Y, además... Además, estaba el asunto del matrimonio.
Había conocido a Ume una tarde de primavera, mientras miraba fijamente un nido de abejas. Hiko, en su infinita maldad, le había asegurado que le dejaría bajar a las fiestas del pueblo si lograba arrancar de un golpe el nido y escapar hasta el río sin sufrir ni una sola picadura. Los juegos de Hiko le habían llevado al borde de la muerte en diversas ocasiones, pero aun así, aceptó; para un chico de su edad, en medio de una montaña, cualquier contacto con la sociedad era un dulce demasiado apetecible. Recordaba su concentración mientras escalaba el árbol, primero un pie y después otro, consiguiendo no hacer el más mínimo ruido, limitando el roce de su ropa contra el tronco, con la espada de madera en la mano. Había logrado arrancar el nido de un movimiento rápido, pero bajar y escapar no resultó tan sencillo. Mientras descendía por el árbol, aferrándose a las ramas casi por instinto, rascándose los brazos y las piernas, vio la nube oscura salir del nido bajo sus pies, de modo que se lanzó contra el suelo, rodando y echando a correr. Las abejas le perseguían y el río nunca le había parecido tan lejano. Intentó ahuyentar a algunas con el bokken, pero notó la primera picadura en la mano derecha. Mierda, dijo, mirándola. Mientras corría, dos más le picaron en un ojo y en la misma mano. Tenía que ser más rápido. Soltó el bokken y siguió, sintiendo las picaduras en distintos puntos de su cuerpo, hasta que pudo lanzarse al río y sumergirse durante casi dos minutos, esperando que al salir no estuviesen. Cuando, ya al borde de la asfixia, sacó la cabeza, las abejas no estaban, pero sí su shishou, con una mirada de absoluto reproche; iba acompañado por un hombre de unos cuarenta años y una niña de ojos verdes algo más pequeña que Kenshin. Recordaba haber salido del agua a gatas, tosiendo y jadeando, vomitando litros de agua y arrastrándose entre las piedras del río con un zumbido horrible en la cabeza. Todo era borroso. Antes de perder la consciencia lo último que escuchó fue a su shishou decir, con voz solemne: "...Y esta patética carpa que emerge de los ríos debe ser lo que queda de mi estúpido discípulo, Kenshin".
Cuando despertó, unas horas después, se encontró con los enormes ojos verdes de Ume, mirándolo con curiosidad, como si fuese una extraña criatura.
—Creí que serías más grande—había dicho la niña, tocándole la mejilla con un dedo impaciente y no sin cierto tono de desilusión. Kenshin atrapó su mano en el aire.
—Todavía estoy creciendo.
—Mi hermano es de tu edad y es... por lo menos el doble de alto— replicó ella, dándole un manotazo—. Además, es mucho más guapo. ¿Por qué tienes el pelo del color de los zorros?
Kenshin se había sentado en el futón; solamente podía ver por un ojo y el otro lo notó cerrado, imposible de abrir. Se llevó una mano a él y sintió cómo una especie de cataplasma hecho de hojas tapaba la gran inflamación. Entonces había recordado las abejas, el árbol...
—¿Quién eres? — preguntó, examinándose los brazos. Estaba lleno de cataplasma y, por tanto, dedujo, también de picaduras; todo le escocía, todavía le zumbaban los oídos y notaba la boca demasiado seca.
—Ume Osamu, samurai de Kioto, alumna del Shorin ryu.
Kenshin se fijó en el shinai que llevaba en la espalda. Recordaba haber pensado que no tenía el aspecto de habría esperado de una estudiante de kenjutsu; ni siquiera había pensado a este momento que las mujeres pudiesen ser espadachines, pero, ¿qué podría saber él de eso? Sus contactos con el mundo exterior habían sido más bien nulos.
—Yo soy Kenshin— contestó, con voz firme—. ¿A qué ha venido tu padre?
Hiko odiaba las visitas; de hecho, no era raro que si algún caminante se extraviada y acababa en su pequeña cabaña, jugase a asustarlo poniéndose barro en la cara y fingiendo ser un demente. Kenshin, en esas ocasiones, solía alejarse lo máximo posible, temiendo que intentase hacerle partícipe de otro de sus jueguecitos terroríficos; además, no le gustaba asustar a otras personas; él había visto la devastación de la guerra, la gente ya tenía bastantes motivos para sufrir. Ese día, sin embargo, recordó la sensación de extrañeza al oír el rugir del acero contra el acero, fuera, cerca de la catarata. Sin añadir nada más dio un salto y, parando para no marearse, salió corriendo, siguiendo el sonido. Al llegar vio a su shishou peleando contra Osamu-sama, aunque... Aunque no parecían luchar en serio. Ambos controlaban tan bien sus movimientos que, aún usando espadas con filo, no se dañaban; reían y maldecían, gruñían y se amenazaban para volver otra vez a cruzar sus armas. Sentía ambos ki en armonía, como si en vez de pelear, bailasen... Era todo un espectáculo. El Kenshin de aquella época todavía no conocía la verdadera cara de la espada, todavía creía en la pureza del kenjutsu. Entonces, mientras los observaba, Ume le cogió del brazo, con la vista fija en los dos maestros.
—Mi padre está aquí para demostrarle a tu maestro que nuestro estilo es el más poderoso de Japón y que, en unos años, mi hermano será el hombre más fuerte; más que Hiko-sama, y más que tú— luego giró la vista hacia él y lo miró con una sonrisa alegre—. También quiere pedirle a tu shishou permiso para que dentro de tres o cuatro años, cuando acabe la guerra, tú y yo nos casemos. No puedo casarme con mi hermano, así que tendré que conformarme con el segundo más fuerte. De todas formas yo también seré fuerte, así que si intentas ponerme una mano encima, te mataré.
Todavía tenía ese brillo en la mirada, pese a la guerra, pese a sus pérdidas. Tras el efusivo saludo, Ume lo había llevado por las calles de Tokio, casi a rastras, cogiéndole del brazo; en algunas ocasiones había tirado de él agarrándolo de la mano y, aunque a él ese tipo de cosas no le preocupaban, sentía las miradas de sus vecinos. Ya bastante mal me miran por llevar espada pese a la Ley de Desarme, pensaba, bajando la mirada; no creo que esto mejore las cosas.
—¿Entonces creéis que vuestro padre aceptará hablar con sessha?
—Sí; y si no acepta, hablarás igual, de eso ya me encargo yo— dijo, llevándose a los labios un poco de te; después se detuvo, mirándolo fijamente—. No has cambiado nada en todo este tiempo, ¿verdad, Himura?
—A sessha le gusta creer que sí — contestó, levantando las cejas. Recordaba la penúltima vez que se vieron, durante los estertores del Bakumatsu, en el funeral de Riju; Kenshin sólo había presenciado un dolor tan desgarrador una vez, poco tiempo atrás. Él sabía quién era el chico, pero era su misión; debía cumplirla. No le correspondía tomar la decisión de quién debía vivir y quién morir, solo era el hitokiri, el brazo ejecutor del Ishin Shishi de Choshu, y Riju Osamu era uno de los mejores espadachines del Shinsengumi; muchos de sus camaradas habían muerto pasados por su espada. Sin embargo, mientras había olvidado sus rostros, aún recordaba el de la madre de Ume, contraído por el dolor, de rodillas frente al féretro donde descansaba el cuerpo de su hijo. Kenshin se había recogido el pelo en un moño alto y llevaba un kasa para ocultar lo que entonces era el rasgo que le hacía reconocible. Desde detrás de la multitud, muy separado del resto, lo vio todo. Sin embargo, al terminar, Ume había ido hasta él y le había levantado el kasa, mirándole a los ojos. "¿Cuáles fueron sus últimas palabras?", preguntó con gesto duro. Kenshin sus tuvo su mirada y le dijo la verdad, pues después de lo que le había quitado, era todo cuanto podía darle: "No hubo últimas palabras. Murió al instante".
—¿Quieres decir que ya no te dejas abatir por un enjambre de abejas? — preguntó ella, sonriendo. Kenshin le devolvió la sonrisa, intentando abandonar aquellos sombríos recuerdos. El río, a esas horas, estaba abarrotado y no dejaban de recibir miradas; el shinai de Ume tampoco ayudaba.
—Un enjambre de abejas siempre ha sido un poderoso enemigo— contestó él, levantando una ceja. Ume rió, cogiéndole otra vez de la mano.
—Me ha gustado verte, aunque solo sea para que me pidas un favor; tal vez... tal vez podamos hacer algo más esta noche, después de tu reunión con mi padre. Me gustaría mucho— añadió ella, acariciando su mano y pegándose a él. Kenshin se paró en medio del puente y, suavemente, alejó la suya y la guardó en su hakama; después miró a Ume con una sonrisa de disculpa. Ella soltó una risa que sonó a fingida indignación— ¿Vas a rechazarme otra vez, Himura?
—Sumimasen.
Ume se había apoyado en la barandilla del puente, dándole la espalda. Kenshin se fijó en el shinai que llevaba tras de sí, del mismo modo que solía portarlo Yahiko. Osamu-sama lo hizo bien, pensó; no consiguió alejar a Riju de la guerra, pero sí a ella.
—Mi padre me dijo que vives con una kendoka, la "amiga" a la que pretendes ayudar— dijo, sin mirarle— ¿Cómo se llama?
Kenshin se apoyó en la barandilla, a su lado, también mirando hacia el río; los pescadores, ajenos a los grandes problemas del mundo, disfrutaban de una tranquila tarde de verano. Se preguntó si algún día podría vivir así, despreocupado, sintiendo el tacto de la hierba en sus pies y mirando sólo hacia el futuro.
—Kaoru— contestó Kenshin, dejando que el nombre se deslizase en su boca.
—¿Sabe que en el pasado fuiste un...?
—Sí— dijo, sonriendo; un pescador, a lo lejos, enseñaba a su hijo cómo se sujetaba la caña. El niño lo miraba con ojos de asombroso interés, como si fuese la enseñanza más importante que alguien podía recibir. Una vida... que merezca ser vivida—. Desde el primer día.
—Me alegro por ti, Himura. Te veo tranquilo en este lugar. Pagaste por tus errores, ahora mereces paz— dijo al final, mirándole con una sonrisa; Kenshin le devolvió el gesto. Ume mantenía esa mirada limpia de rencor que tenía desde niña—. Pero te diré una cosa; ten cuidado con mi padre. Él no piensa como yo.
—No os preocupéis— contestó, mirando cómo el pequeño niño tiraba de la caña con todas sus fuerzas, intentando sacar el pez del río, con los gritos de júbilo de su padre como telón de fondo—. Sólo será una charla.
—Ayer estuvo con Hiko-sama; yo presencié su reunión—. Kenshin asintió; su shishou había ido hasta Tokio solo con ese objeto—. Le propuso otra vez batirse en duelo.
Tuvo que morderse el labio para no reír y, sin darse cuenta, se abrió la herida que le había hecho Kaoru, que empezó a sangrar. Se llevó los dedos a ella para frenar la pequeña hemorragia.
—Vuestro padre no se rinde— contestó; antes de que Osamu-sama decidiese presentarse en la montaña su shishou ya había recibido una docena de cartas con la misma propuesta; y de eso... De eso hacía ya mucho tiempo. Ella miró su labio alzando una ceja y, sacando un pañuelo de su bolsillo, lo apretó contra él, apartándole la mano.
—Yo tampoco— dijo, sonriendo con malicia; Kenshin cogió el pañuelo con suavidad, retirando la mano de ella, que no alteró su gesto—. Si cambias de opinión te daré la mejor noche de tu vida. Pero no habrá una cuarta oportunidad, Himura, te lo advierto— dijo, alejándose con una sonrisa mientras lo señalaba con el dedo índice. Kenshin la despidió con una pequeña reverencia con la cabeza y después volvió a girarse, observando cómo el niño devolvía el pez al río, como forma de celebrar su logro.
Pero eso... Eso había sido antes. El gallo cantó por segunda vez, de modo que se levantó, abriendo el shoji. Se acercó descalzo, andando despacio, a la habitación que Kaoru compartía con Misao y corrió lentamente la puerta. Nunca lo habría hecho si supiese que Kaoru estaba dentro, pero no lo estaba; Misao dormía ocupando el sitio de un ejército; cerró otra vez la puerta, sintiendo otra vez la mano invisible apretarle la garganta. La puerta, le gritaba su mente, forzándole a pensar lo que no quería pensar. Abre la maldita puerta y mira qué hay detrás, baka. Se decidió a preparar el desayuno; Yahiko tardaría poco en levantarse y necesitaba ocupar en algo las manos o se volvería loco.
El día anterior había llegado al dojo pronto; Kaoru ya no estaba, pero Yahiko le contó que había salido a cenar con Misao y Megumi. Eso le alegró; llevaba tres días que prácticamente solo salía de su habitación para comer y bañarse, o para meditar en el dojo, sola, inaccesible. Sólo la noche anterior... La noche anterior, cuando se sentó a su lado en la engawa, con el brazo escayolado y el cabello revuelto, y su olor a jazmín envolviéndolo, quiso dar un paso, el que fuese, el que Kaoru le pidiese. A decir verdad, cuando ella le miró quiso darlos todos de golpe, dejarse llevar y arrastrarla con él, pero no lo hizo. No podía hacerlo. No sabía manejarlo, de modo que se quedaron allí, mirando las estrellas y comentando de vez en cuando posibles ideas para su charla con Osamu, hasta que Kaoru se durmió, sentada, con la cabeza ladeada. Entonces la cogió en brazos y la llevó a la habitación, colocándola con suavidad junto a Misao.
Cómo cambiaban las cosas de una noche a otra. La pasada, al contrario, había sido un infierno. Las primeras horas fueron habituales: cenó con Yahiko, limpió la cocina e hizo algunas tareas domésticas, esperando el regreso de Kaoru. Tenía muchas ganas de contarle su conversación con Ume. De hecho, Kaoru ni siquiera sabía de la existencia de la chica; él ni siquiera sabía que Osamu había llegado con su hija; lo descubrió cuando la vio a lo lejos en la ciudad. Sabía que Kaoru se llevaría una enorme alegría cuando supiese que, si todo salía bien, ella daría el empujón necesario para retrasar el examen al menos una semana. Estaba satisfecho; de alguna manera sentía que ese era un problema que él debía solucionar, porque él fue quien le rompió el brazo a Kaoru. Pero... Pero las horas pasaban y Kenshin cada vez se impacientaba más. No había un centímetro del dojo que no estuviese libre de polvo, y si seguía fregando y secando platos era posible que acabase arrancándose la piel de las manos. Entonces apareció Misao. Se agazapó en la cocina, evitando ser visto. No quería que Kaoru y ella pensasen que las esperaba despierto como un padre controlador. Sin embargo, Misao estaba sola. Por su forma de caminar era evidente que había bebido. Salió de su escondite y la saludó con una gran sonrisa.
—Misao-dono— dijo, interponiéndose en su camino hacia la habitación. Ella ahogó un grito y le dio un empujón, aunque se desequilibra y estuvo a punto de caerse al suelo.
—¡Mierda, Himura! ¡No hagas eso! Por poco me matas de un susto.
Él la miró durante un par de segundos.
—¿No cenasteis con Kaoru-dono? — preguntó, sabiendo que no tenía un motivo ni una justificación que lo amparasen; en ese momento no le importaba, iba a volverse completamente loco.
—Sí... No. No. Estábamos con ella pero... se fue. Cené con Megumi— añadió. Kenshin sintió otra vez la mano fría apretándose contra su nuez. Misao frunció el ceño, como si no entendiese qué pasaba—. ¿No ha venido todavía? —. Él negó con la cabeza. Misao, lejos de mostrar preocupación, bufó, mientras apartaba a Kenshin y se dirigía hacia su dormitorio.
—Deberíamos ir a buscarla— murmuró Kenshin a su espalda—. Tal vez haya tenido algún...
—Yo que tú no iría. Estará con Fujame-san. Vete a dormir, Himura— se giró un poco, mirándolo por encima del hombro— ¿No decías que un buen espadachín debe saber sus opciones antes de combatir?
Él levantó la mirada, con la misma sensación en el estómago que si Misao le hubiese golpeado; sin embargo, ella había vuelto a girarse y caminaba ya por la engawa hacia el dormitorio. Kenshin miró las estrellas durante un rato.
Espérame.
Lo haré. Lo prometo.
—¡Qué bien huele! —. La voz de Yahiko le devolvió a la realidad— ¿Por qué has hecho tamago onsen como para un ejército? —. Kenshin miró hacia el bol que tenía en las manos y se dio cuenta de la ingente cantidad de arroz que estaba usando. No pudo evitar sonrojarse y sonreír a Yahiko como disculpa.
—Sessha estaba distraído.
Yahiko gruñó y se sentó a la mesa, esperando por su tazón.
—Kenshin, ¿es verdad que Osamu-sama era del Ishin Shishi? — preguntó, mirándole con la cabeza apoyada en la mano. Kenshin se giró hacia él, sorprendido por la pregunta.
—El Osamu del Ishin Shishiera su hermano, Jiro. Osamu-sama, al igual que mi shishou, se mantuvo ajeno a la guerra.
—Pero tú eras del Ishin Shishi de Choshu— añadió el niño, con ojos curiosos. Kenshin asintió, tomando asiento frente a él y colocando un té frente a cada uno. Yahiko intentó beber pero debió quemarse, porque soltó un pequeño quejido, sonrojándose. Todos los niños quieren ser hombres antes de tiempo, pensó Kenshin, fingiendo que no se había dado cuenta—. Entonces, si su hermano era tu camarada, ¿ayudará a Kaoru, verdad? Quiero decir, si tú se lo pides...
—Es complicado— contestó Kenshin, viendo su reflejo distorsionado en le té. Yahiko frunció el ceño.
—¡No soy un niño! Si me lo cuentas puedo entenderlo—. Levantó la vista y le miró. En verdad, Yahiko había crecido mucho durante el último año, y no sólo en el plano físico. Era más fuerte, también de espíritu. Kenshin conocía bien la ansiedad por crecer, por dejar de ser indefenso y poder defender a otros. Le sonrió con dulzura.
—Está bien, sessha te lo contará—. Yahiko se acomodó, abriendo mucho los ojos de una forma tan intensa que Kenshin tuvo que luchar por no soltar una risa—. Osamu-sama era uno de los maestros más jóvenes y reconocidos de Japón. Su hermano Jiro, también espadachín, era uno de los hombres más importantes del Ishin Shishi de Satsuma; tomaba decisiones, pero también era fuerte con la espada. Osamu-sama lo había entrenado. Su estilo de pelea, el Shorin ryu, era el más poderoso que existía en Japón.
—¿Más que el Hiten Mitsurugi? — le interrumpió Yahiko, frunciendo el ceño—. ¡Eso es imposible!
Kenshin sonrió. Yahiko en ocasiones le recordaba a sí mismo con su edad, cabezón e impertinente, curioso y lleno de vida.
—Bueno, sessha no sabría responder a esa pregunta. Ambos son estilos poderosos. Sin embargo, el estilo no lo es todo; importa también la persona que maneja la espada— dijo, levantando las cejas. Yahiko asintió, como si estuviese recibiendo la lección más importante de su vida—. Sessha conoció a Osamu-sama cuando era un niño, antes de la guerra, cuando vivía con shishou. Osamu-sama quiso desafiarle para comprobar qué estilo era más fuerte, pero shishou no aceptó. Estuvo unos días con nosotros; entrenamos juntos. Después se marchó y sessha no volvió a verlo hasta el Bakumatsu; en Kioto nos reencontramos; estaba en la ciudad para convencer a su hermano de que abandonase la primera línea del Ishin Shishi y volviese con ellos. Allí supe la noticia de que el hijo de Osamu-sama, Riju Osamu, tres o cuatro años mayor que sessha, había roto con su familia y se había unido a las filas del Shogun.
—¡No! — exclamó Yahiko, con la boca abierta. Kenshin asintió.
—Era tan bueno con la espada que entró en el Shinsengumi. Pronto se hizo conocido por ser el único vicecomandante que no usaba el Tenen Rishin ryu. También le distinguían porque era zurdo y, a diferencia de la mayoría de los zurdos, luchaba como tal. Llevaba la espada en la cadera derecha.
—¿Y eso no lo hacía más peligroso?
—Sí— reconoció Kenshin, dando un sorbo a su té—. Las técnicas de battojutsu están pensadas para un enemigo que desenvaina con la mano derecha, con esta dirección de corte— dijo, trazando la forma en el aire con el palillo que tenía en la mano. Yahiko mantenía su expresión de absoluta impresión—. Riju empezó a ser un verdadero problema. Si salía una noche, perdíamos a la mitad de nuestros camaradas. Un día a sessha le entregaron un papel con su nombre.
—¿Tú lo...? —. Kenshin le miró a los ojos.
—Sí.
Muchas veces pensó que le habría gustado poder coger de la mano a Yahiko y llevarlo hasta el pasado, para que viese con sus propios ojos todo lo que había hecho su espada. Deseaba que dejase de admirarle; no quería que se cegase por la fuerza visible. Quería que aprendiese de Kaoru. Kaoru es más fuerte que yo, pensaba; es más fuerte porque su fuerza no viene solo de una espada, sino que está en sí misma y en su elección de vida.
—¿Y qué pasó con Osamu-sama cuando... se enteró?
Podría haber dicho que él no tuvo la culpa, que solo ejecutó la orden, pero él blandió esa espada. Kenshin no era de los que rehuían la responsabilidad.
—Se llevó a su mujer y a su hija lejos de Kioto— vio la mirada de Yahiko. No lo entiende.
—¿Y crees de verdad que va a ayudar a Kaoru después de... eso?
Kenshin reprimió un suspiro ansioso. Kaoru.
—Osamu-sama aprecia a shishou. Han pasado muchos años y su hija y sessha son buenos amigos. Además...— añadió, levantándose a por el arroz; había oído a Misao acercarse por la engawa—, no tenemos otra alternativa.
Caminaba hacia el dojo sin detenerse, pero sin especial prisa, disfrutando de la brisa suave y del sol, todavía clemente. Iba sola; Hiko se había ofrecido a acompañarla, pero se negó educadamente. Necesitaba pensar, necesitaba poner en orden sus sentimientos. Hacía días que no dormía tan bien, sin despertarse una sola vez, hasta que el ruido de Jun trasteando en la cocina le hizo abrir lentamente los ojos. Ya brillaba el sol y desde la pequeña salita donde había colocado el futón podía llegarle el aroma del té recién hecho. Se arrebujó en la manta, tapándose con ella hasta la nariz. Aún huele a él, pensó, acercándosela un poco más.
—Veo que ya estás despierta, Kaoru-chan— dijo Hiko, agachándose a su lado y retirando la manta de su cara. Kaoru se sonrojó—. ¿Has dormido bien?
—S-sí. Aunque he soñado...
Se quedó en silencio, pensando en el camino florido a un lugar desconocido, en el que jamás había estado; y ella... Hiko le ofreció la mano para levantarse.
—No es a mí a quien tienes que contárselo— dijo él; Kaoru tomó su mano y, una vez en pie, se dirigieron hacia fuera, previo saludo a Jun. Con la luz de la mañana Kaoru pudo comprobar lo hermosa que era al natural, sin necesidad de ningún complemento. Era como... Como si brillase, como una auténtica estrella.
Después Hiko le había tendido un bokken; era extraño saber que no podía usar su brazo izquierdo pero, al mismo tiempo, al empuñarlo notó una sensación en el estómago especial... Mariposas, se dijo, sonriendo para sí. Estaba enamorada de su modo de vida, no podía evitarlo. Desde niña ese había sido el único camino posible, el de la espada. La espada que protege es el legado de mi padre, se recordó, haciendo fuerza con su brazo sano mientras movía el bokken. Y algún día, será también mi legado. Tenía que convertirse en maestra, tenía que hacerlo. Ya no por su padre, ni tampoco por el Kamiya Kasshin ryu. Tenía que hacerlo por ella misma.
Hiko, demostrando una escasa paciencia poco compatible con la docencia, le había enseñado lo que tendría que hacer; en apariencia era sencillo, pero a la hora de la verdad... Dioses, no estaba segura de poder conseguirlo. El procedimiento era simple. El maestro le entregó una pequeña bolsa de tela con un mejunje, mezcla de hierbas y una sustancia que ella no conocía y que, a decir verdad, casi prefería seguir ignorando. Debía untarla en el brazo una hora antes del examen y, en ese mismo momento, masticar otra parte hasta notar el brazo adormecido. "Quizás te sientas rara", dijo Hiko con gesto de indiferencia. "Simplemente intenta no tomar decisiones absurdas mientras esto haga efecto y no habrá terribles consecuencias; limítate a empuñar la espada esa de juguete y a demostrar que puedes enseñar a otros críos a empuñarla también". Si lo hacía de ese modo, aseguró él, brazo no le dolería, aunque eso no era suficiente. Si se limítase a pelear de esa manera, podría agravar su lesión, de modo que Hiko le dio la segunda de las soluciones que debía combinar con la anterior: un pequeño truco, una "trampa".
—¿Quieres que... engañe a Osamu-sama?
Hiko había reído con cierta malicia.
—No es un engaño; es una pequeña... ilusión —. Ella frunció el ceño, pero prefirió no decir nada más. Estaba dispuesta a hacerlo; es más, se dio cuenta de que estaba dispuesta a hacer prácticamente cualquier cosa que Hiko le propusiese con tal de poder examinarse y convertirse en maestra. Si su brazo empeoraba ya tendría tiempo para recuperarse después; una vez lo tuviese en sus manos, nadie podría arrebatarle su título.
La "pequeña ilusión" de Hiko consistía en hacer todo con el brazo derecho; en kendo, el brazo izquierdo ejercía una función fundamental, pero visualmente secundaria. Lo que tenía que conseguir Kaoru es hacer todo el movimiento, incluyendo la potencia y la fuerza del golpe, con el brazo derecho, mientras el izquierdo solamente "fingiría", apoyado, sujetando la base de la empuñadura, pero sin ejercer realmente su función.
—Se dará cuenta— dijo, agobiada; había creído que la solución de Hiko tal vez fuese algo milagroso, algún tipo de antídoto regenerador de huesos, o simplemente magia. Pero Hiko no era un brujo ni tampoco un doctor, solo era un hombre; extraordinario, pero un hombre después de todo.
Como Kenshin.
Hiko agitó la cabeza y, desenvainando su espada, hizo una pequeña demostración. Fueron solamente dos movimientos, pero Kaoru volvió a sentir la misma impresión que durante la batalla en el Aoiya. Su fuerza es increíble, pensó, hipnotizada. Más increíble aún que la de Kenshin. Se imaginó por un momento cómo sería verles luchar. Sería... asombroso. Una vez Hiko terminó, se giró hacia ella, con el gesto soberbio de quien reconoce su enorme valía.
—¿Has visto algo?
—P-pero yo no soy...
—Tú estabas esperando el truco— le interrumpió Hiko, levantando su mano izquierda—. Y, aún así, no lo has llegado a ver. Osamu no lo espera, de modo que no lo verá.
Kaoru asintió con la cabeza.
—¿Podrías... repetirlo?
—Las mujeres siempre pedís lo mismo—. Hiko le devolvió otra vez una sonrisa maliciosa, pero esta vez Kaoru no se sonrojó. Es tan distinto a Kenshin y a la vez, son tan iguales, pensó mientras observaba sus movimientos. Lo repitió una, dos y hasta cinco veces. Kaoru habría jurado que usaba ambas manos por igual, como era debido—. ¿Cuándo te examinas?
—En siete días, pero Kenshin iba a hablar con Osamu-sama. Tenía la esperanza de atrasarlo una semana más.
Hiko soltó una risa.
—¿De veras ha ido a hablar con Osamu? Sólo conseguirá tu semana extra si acepta un duelo con él; aunque tal vez su hija pueda convencerle si mi baka deshi le da un buen revolcón— le lanzó una mirada malvada, que Kaoru devolvió frunciendo el ceño.
—Kenshin no va a aceptar... nada de eso.
—Me gusta tu carácter— contestó Hiko, sin perder su maldita sonrisa impertinente; Kaoru empezaba a sentir ganas de golpearlo con el bokken—. No te preocupes, Kaoru-chan. Tu querido hitokiri no acostumbra a luchar con dos espadas.
—No estoy preocupada— se defendió ella, intentando controlar su cabreo. Dioses, ahora entendía la paciencia de Kenshin. Ella se habría vuelto loca en dos semanas.
Hiko extendió la mano, pidiéndole el bokken y ella se lo entregó.
—Estás verde, Kaoru-chan— dijo, esta vez con seriedad—. A partir de mañana te quiero aquí todas las tardes, al caer el sol. Tenemos que fortalecer ese brazo derecho para que pueda hacer el trabajo de los dos.
Kaoru lo miró con los ojos muy abiertos, sorprendida. ¿Iba a... entrenarla?
—¿De...verdad?
—¿Te parece que Hiko Seijuro bromee? — preguntó, levantando una ceja. Kaoru no pudo reprimir una sonrisa de felicidad; tal vez sí podría aprobar el examen. Si practicaba con Hiko podría aprender su truco, tal vez lo consiguiese... Tal vez no, se dijo, agitando la cabeza. Lo haré, cueste lo que cueste—. Otra cosa, Kaoru-chan. No le digas nada a mi baka deshi; no me apetece tenerlo aquí todos los días vigilando que no te haga sufrir demasiado.
—¿Vas a hacerme sufrir mucho? — preguntó ella; su voz, en vez de sonar a preocupación, más bien pareció ilusionada. No podía evitarlo. Hiko Seijuro... Su nombre sonaba casi como una oración e iba a ayudarla. Si tenía que ir al bosque a por leña, iría. Si tenía que entrenar hasta desfallecer con una sola mano, lo haría. Hiko soltó una risotada.
—Anda, vuelve ya al dojo. Tu novia debe estar preocupada.
A
brió la puerta de la casa empujándola con su brazo derecho y cerrándola tras de sí, despacio. Oía los kiai rítmicos de Yahiko desde dentro del dojo; también escuchaba el sonido de los platos en la cocina. Kenshin, pensó, dándose cuenta de pronto de la situación. No había ido a dormir y tampoco podía decirle que había estado con Hiko, pero debería decir algo, lo que fuese.
O no.
Cuando él durmió en casa de Hiko no le dio ninguna explicación, como si fuese lo más natural del mundo. Ella tuvo que preguntarle y, aún así, se enteró más tarde, casi por casualidad, en el medio de otra conversación sin relación con ese asunto. Kenshin podía entrar y salir del dojo a su antojo, sin explicarle nada, sin preguntarle nada. De hecho, ¿dónde narices estaba en ese momento? Si él no consideraba que su relación fuese tan estrecha como para pedir una mínima explicación, ella tampoco se la daría alegremente. Cogió aire. El brazo le dolía, pero se sentía descansada y serena; entró en el dojo y, tras saludar con solemnidad, avisó a Yahiko de que se preparase. Haría una kata, la primera. Ella le supervisaría. Yahiko se quedó paralizado durante un segundo, pero no pudo contener la alegría. Corrió por el dojo buscando un bokken apropiado, con una sonrisa de oreja a oreja. Esto es lo que quiero, se dijo Kaoru mientras le miraba. Ver los corazones de chicos como Yahiko ardiendo por el kendo... Esto es para lo que he nacido.
—¿¡Kaoru!? —. La voz de Misao la sacó de sus pensamientos abruptamente. Estaba en la puerta de la cocina, con el mandil de Kenshin y el pelo suelto, sujetando un plato. Tenía un aspecto espantoso, como si hubiese estado enferma.
—¿Estás... bien?
—¿Dónde narices has dormido? — preguntó, sin ningún tipo de tapujo. Kaoru se forzó a pensar; como buena kendoka sabía que en ocasiones la mejor defensa es un buen ataque.
—¿Crees que te voy a contar algo, después de lo que has estado haciendo a mis espaldas? — dijo, forzando un tono de enfado. Ciertamente, las bizarras estratagemas de sus amigas para ayudar a Hideki y Kenshin le habían ofendido; parecía que creyesen que ella sola no podía gestionar su vida. Sin embargo, en ese momento era como si hubiese caído el telón de esa función y se encontrase en el siguiente acto. No podía evitarlo. Desde niña le había sido imposible guardar rencor; no obstante, la conducta estúpida de sus amigas ahora le ayudaba a construir una coartada para sus entrenamientos con Hiko—. Lo siento, pero ya no. Se acabó. Mi vida es mía, Misao. Tú y Megumi cruzasteis una línea.
—Tú dijiste que debíamos ser un río— le reprochó Misao, apretando los dientes—, pero te comportaste, y sigues haciéndolo, como una charca estancada.
—¿Crees que mi relación con Hideki y con Kenshin es lo que me define? ¿Soy un río o soy una maldita charca solo por ellos? — replicó Kaoru, frunciendo el ceño—. Te aseguro que nunca he sentido más fuerte mi corriente.
Misao la miraba, confundida.
—Entonces ya has tomado una decisión.
—He tomado la decisión de ocuparme de mi vida y de hacer lo que me dicta mi corazón en cada momento— dijo, sintiendo que en verdad era lo que estaba haciendo—. Creo que esa es la mejor manera de ser un auténtico río.
Kaoru se volvió y empezó a caminar hacia el dojo. Yahiko ya esperaba, impaciente, con el bokken en la mano.
—¿No irás con Hideki a la fiesta? — preguntó entonces Misao a sus espaldas— Él no tiene la culpa, de verdad. Yo le presioné para que me escuchase; no le culpes— ante su falta de respuesta, Misao levantó una ceja, frunciendo el ceño— ¿O es que... vas con Kenshin?
Ella sonrió.
—Yahiko, ¡chudan no kamae! — gritó; mientras Yahiko alzaba su bokken y se colocaba en kamae; sin volverse hacia Misao, añadió: —. No necesito un hombre que me lleve del brazo; soy la maestra asistente del Kamiya Kasshin ryu. Iré sola.
Kenshin esperaba tras la puerta, inquieto. No era la cena con Osamu lo que le preocupaba, sino aquel otro asunto. Aquello... Resopló para sí. Después de ver a Ume había emprendido el camino de vuelta al dojo, impaciente por llegar y comprobar que Kaoru estaba ya allí. De hecho, impaciente no sería suficiente para expresar cómo se sentía; hubiese deseado correr por los tejados con toda su velocidad para regresar cuanto antes, pero se contuvo. Iría andando por el camino, con serenidad, como un rurouni y no como un loco enajenado. Pero, como solía pasar cada vez que salía del dojo, los problemas perseguían a Kenshin. Primero fue la policía; le retuvieron durante dos largas horas, pidiéndole información sobre unas katanas que habían requisado a unos contrabandistas de baja monta. Kenshin respondió a sus preguntas con monosílabos, deseando que la improvisada charla acabase pronto, pero los oficiales siempre tenían algo más que saber, algo más que investigar. Cuando salió de allí era ya mediodía, así que aceleró el paso. Era tarde para hacer la comida y tampoco había cogido nada en el mercado para cocinar. ¿Estaría Kaoru encargándose del almuerzo? Otra pregunta se escondía detrás de esa. La puerta roja, la pregunta maldita.
¿Dónde has dormido, Kaoru?
Todavía le pararon dos veces más antes de llegar al dojo, primero un comerciante y después Tae. Estoy condenado a no volver jamás a casa. A esta última estuvo a punto de dejarla con la palabra en la boca y salir corriendo, pero no lo hizo. Mantuvo la calma, conservó la educación y volvió a andar más deprisa.
Cuando abrió la puerta sintió el olor de la comida y, casi antes de terminar de cerrarla, vio a Yahiko correr hacia él con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Kenshin! ¡Kaoru me ha enseñado la primera kata! ¡Ya he aprendido la primera! ¡Ven, ven y te la enseño! — comenzó a tirar de su brazo con tanta fuerza que estuvo a punto de tirarle al suelo. Kenshin sonrió y se dejó arrastrar, mientras sus ojos barrían la casa, de la engawa al patio, buscando a Kaoru. ¿Cómo había podido enseñarle una kata con un brazo roto?
—Okaerinasai, Kenshin— se giró y vio a Kaoru sacudiendo una manta al final de la engawa, cerca de la puerta de su habitación. La mirada de Kaoru duró un instante y volvió a sus quehaceres, sin esperar su respuesta. Yahiko seguía tirando de él, pero le detuvo, poniendo una mano sobre la suya con suavidad y librándose de su agarre.
—Yahiko, sessha necesita un minuto— dijo, con su tono más amable. Yahiko resopló, enfurruñado y aprovechó el momento para caminar hacia Kaoru. Le latía el corazón fuerte, como si estuviese asustado. ¿Estaba realmente... asustado?
¿Dónde has dormido, Kaoru?
No podía preguntárselo. No podía porque... Lo sabía.
No.
Ella abrió el shoji de su habitación y entró; desde donde estaba vio cómo doblaba la manta y la dejaba sobre su futón, ese que solo ella había usado.
Ella esperaría, gritaba la voz de su cabeza. Pero la puerta... La puerta del final de su mente le llamaba como un eco sin fin. Ella esperaría.
Idiota, se dijo, deteniéndose en medio de la engawa, sin dejar de mirarla. Recordó el rostro de Hideki, frente a él, mientras servía sake. Yo no se lo robé. Ella me lo regaló. Suficiente, se dijo, ordenando a su mente parar.
—¿Estás bien? — preguntó Kaoru, mirándole mientras se acercaba con el cesto de la ropa para lavar, cargándolo en su brazo derecho. Tenía las mejillas sonrojadas y un brillo en los ojos que parecía diferente. Kenshin se puso en su trayectoria para que no pasase de largo y agarró la cesta, intentando cogerla.
—No podéis hacer esfuerzos, Kaoru-dono— susurró, mirándola. Sus manos se encontraron sobre el mimbre, pero no se atrevió a hacer nada. No podía entender. Él sabía leerla y la sentía... ¿Feliz? No sabía qué estaba pasando. Kaoru soltó la cesta, sonriendo.
—Tienes razón; gracias, Kenshin.
Abrió la boca para añadir algo, pero antes de poder decir nada, ella le pasó por un lado y siguió su camino hasta la cocina. En el medio de la engawa, con la cesta de la ropa en sus brazos, Kenshin vio cómo la puerta roja de su mente, la más oculta, aquella cerrada con varios candados, se abría de par en par como si un cañón la hubiese reventado, mostrándole a Kaoru en un futón, con Fujame-san sobre ella. Apartó el pensamiento de su mente, asustándose de sí mismo. ¿Cuándo había sido así?
Espérame.
Kenshin cerró los ojos; avanzó hasta el fondo de su mente y, tomando el pomo de aquella maldita puerta, la sostuvo; recordó sus dedos, recordó su sabor. Recordó sobre todo su ki, quemándolo todo. También el pomo ardía, como ardió él cuando probó su boca. Si se sintió así alguna vez, ya lo había olvidado. Kaoru... Kaoru le había ofrecido más que un beso, más que una noche. Siempre lo supo. ¿Qué le dio él?
Cerró la puerta, enterrándola. Nada ha cambiado.
Nada.
Después de aquello, la cena con Osamu era quizás lo que menos le apeteciese en el mundo, pero debía hacerlo. Ella soñaba con ser maestra y él era responsable de su brazo roto. Llamó a la puerta y Ume le abrió, con una sonrisa que ocupaba todo su rostro.
—Himura— dijo, saludándole mientras le miraba como quien contempla un dulce antes de comerlo.
—Ume-dono— contestó él, haciendo una suave reverencia con la cabeza. Ella se sujetó de su brazo y entraron así en la sala.
—Padre, aquí os lo traigo— anunció ella, dirigiéndose a su padre, que esperaba de pie al otro lado de la estancia. Antes de soltarle le murmuró—. Hoy estás más guapo que de costumbre.
Kenshin se acercó a Osamu y lo saludó con la misma solemnidad que si fuese el Emperador. El hombre tenía el ceño fruncido.
—Siéntate, Battousai— dijo con desdén, señalando el asiento que debía ocupar Kenshin—. Pero antes, quiero esa espada fuera de la mesa. No nos sentamos armados a comer.
Kenshin sonrió.
—Es una sakabatou, Osamu-sama— replicó, retirando la vaina de su hakama y tendiéndosela con otra reverencia, aún más formal—. Tiene el filo invertido.
Osamu la tomó y desenvainó ligeramente la espada, lo justo para observar la ubicación del filo.
—Así que es cierto. Battousai es ahora un benefactor de niñas kendokas en apuros— dijo, agitando la cabeza—. No me extraña que Hiko se diese a la bebida.
—¡Padre! — exclamó Ume, con gesto de indignación.
—Ume, cállate. Si quieres cenar con nosotros, conserva tu educación.
Ella bajó la cabeza despacio, en una silenciosa rebelión, mientras todos se sentaban. La conversación giró hacia aspectos más banales, pasando por política y economía, rodeando los terrenos más fangosos. No fue hasta el postre que Kenshin levantó la vista y miró a Osamu a los ojos.
—Osamu-sama, estoy aquí para pediros un favor.
—Eso ya me lo imaginaba— dijo el hombre, con una sonrisa de medio lado—. Si vienes a reconsiderar la oferta sobre la mano de mi hija, la que rechazaste hace diez años, me temo que ya ha decaído. De hecho, nunca llegué a agraderte ese desplante. Me alegro de que mi hija no esté casada con un asesino.
—¡Pa...! —. Ume se acalló ante la severa mirada de su padre.
—Comparto vuestra opinión— contestó Kenshin, serio—. Kamiya Kaoru, heredera del dojo Kamiya y del Kamiya Kasshin ryu, a la que ibais a examinar para alcanzar el grado de maestra, tuvo un accidente hace unos días; necesita un tiempo para recuperarse. Querría pediros... por favor, que considéraseis quedaros en Tokio unos días más.
Osamu sonrió, mirando a su hija.
—¿Has visto, Ume? No estaba esperándote—. Kenshin cogió aire despacio; si algo le sacaba de sus casillas era ver cómo se humillaba a una buena persona. Abrió la boca, pero sintió la mano de Ume sobre la suya, acallándolo.
—Padre— dijo ella, seria—. Kamiya Kaoru es una gran kendoka; de hecho, es la única mujer kendoka propietaria de un dojo en Tokio.
—¿Y tengo que quedarme en esta ciudad solo porque Kamiya es una mujer? No me parece motivo de peso.
—Ella practica una esgrima humanizadora— dijo Kenshin, fijando la vista en su plato. La katana es un arma... —. Ella... El Kamiya Kasshin ryu emplea la espada para defender la vida de las personas. Su espada no mata. Es una espada protectora.
—¿Una espada protectora? — preguntó Osamu, con un deje de burla en su voz—. Parece mentira que seas el discípulo de Hiko. La espada es...
—...Un arma— le interrumpió Kenshin, mirándole a los ojos con dureza—. El kenjutsu es un arma para matar. No importa las palabras con las que intentes adornarlo. Es la única verdad. Al menos para nosotros, que nacimos en otra era. Los tiempos han cambiado. Ahora la espada tiene otro papel. Kamiya Kaoru...
—Acepto— dijo de pronto Osamu, mirándolo con ojos fieros. Kenshin se quedó un instante en silencio, sin entender. ¿Así, tan fácil? A su lado podía sentir la tensión de Ume, de una forma casi física.
—¿Aceptáis?
—Sí— dijo, ampliando su sonrisa—. Tengo curiosidad por ver cómo es eso de la espada que protege. Hasta donde yo sé, para proteger a unos hay que matar a otros.
—La espada del Kamiya Kasshin ryu nunca mata— dijo Kenshin, bajando un poco su tono de voz—. Eso no la hace más débil. Ella es buena espadachín.
—Bien— dijo Osamu, asintiendo con la cabeza—. La juzgaré por su valía, no por tus palabras.
—No necesita mis palabras. Con su valía basta y sobra— replicó Kenshin. Osamu volvió a asentir mientras hacía un gesto a na de las chicas para que rellenasen las copas.
—Te daré cinco días, pero con una condición—. Kenshin alzó la vista—. Un duelo. Tu maestro siempre se ha negado, incluso ayer volvió a decirme que no. Pero no necesito pelear contra él estando tú aquí. Si se trata de descubrir cuál es el estilo más poderoso, será suficiente con un duelo entre nosotros dos.
Kenshin frunció el ceño.
—Disculpad Osamu-sama, pero yo no hago duelos. Solo uso mi sakabato para...
—No será un duelo a muerte, Battousai— le cortó Osamu, alzando una ceja—. Te propongo un combate a tres toques. No importa quién venza, examinaré igual a Kamiya-san. Pero será un combate público. Dentro de tres días.
Kenshin lo miró fijamente durante unos segundos. ¿Tenía alternativa? Shishou se enfadaría terriblemente. Por otro lado, Shishou siempre se enfadaba terriblemente con él, de modo que no cambiaría mucho la situación.
—No habrá ataques a zonas vitales— empezó, cogiendo los palillos y mirando su plato.
—No te imaginaba tan apegado a la vida— dijo Osamu, sonriendo. Kenshin no le miró—. Bien; parece que hablando se entienden los hombres.
El resto de la cena transcurrió con cierta calma, aunque era una calma intranquila. Kenshin notaba las incesantes miradas de Ume en su mejilla, deseosa de decir algo, seguramente para criticar su decisión. Sin embargo, él estaba satisfecho. Había conseguido un balón de oxígeno para la recuperación de Kaoru. Ahora tendría que pensar una solución para acelerar su recuperación; ¿serían suficientes doce días? Cuando terminaron y se pusieron en pie, Osamu se acercó a él.
—Os veré en tres días— dijo Kenshin, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. El viejo maestro le agarró de la manga del gi y lo atrajo hacia así con sutilidad, de modo que pudiese hablarle sin que nadie escuchase.
—¿Cuánto desea Kamiya-san ser maestra? — Kenshin le miró a los ojos; brillaban de una forma salvaje, como solo lo hacía la mirada de los samurais de la era Tokugawa—. Pues asegúrate de que el Shorin ryu venza. Se lo debes a mi familia.
Le soltó, entregándole su sakabatou de vuelta. Kenshin lo observó alejarse mientras sentía el agarre de Ume en el otro brazo. Ella lo acompañó hasta la puerta, con gesto confuso. Cuando ya estaban fuera de la residencia, Ume se detuvo en seco, cogiéndole de la mano.
—Himura, no me gusta esto.
—No os preocupéis— dijo, sonriendo mientras la soltaba suavemente y se alejaba.
—¿Vas a dejarte ganar? — preguntó ella; Kenshin no se giró—. Eso no está bien. Es una humillación para ti, pero también para los que aprendimos el estilo Shorin ryu. Aunque él te lo haya pedido, también es humillante. ¿No ves que hay algo más? Tiene que haber algo más.
Kenshin ya se había dado cuenta, pero no podía hacer otra cosa; lidiaría con lo que fuese. Lo que menos le importaba era si otros pensaban que era más o menos fuerte, más o menos débil. Tal vez presenciando su derrota lo dejaban por fin en paz, lo dejaban por fin vivir.
Una vida que merezca la pena ser vivida.
Salió de la residencia y caminó hasta el dojo. Cuando llegó se acercó despacio al shoji de la habitación de Kaoru. Sabía que no debía, pero... Quería despertarla. Necesitaba hablar con ella, aclarar las cosas. Abrió la puerta suavemente, solo por comprobar que estuviese bien, solo por pedirle un minuto de su tiempo. Solo por...
No está.
