kaoruca, como siempre, gracias por tus comentarios. Siempre son muy interesantes. Intenté que Kaoru tuviese un cambio claro de actitud tras ver en peligro su sueño con la rotura de su brazo, pero sí es verdad que es difícil que no parezca un cambio brusco. Espero que lo que viene te guste, un abrazo y cuídate!

Kaoru Tanuki, mil gracias por tus review, me ayudan mucho, como siempre, a entender mejor a los personajes. Ume tiene todavía cosas que decir, y Kaoru tiene claro que su vida.

Blackcat , gracias por tu review! Kaoru se empieza a preocupar más por su vida, lo que no quita que no tenga el tema de estos dos en la cabeza, pero no es lo único de su vida ni lo más importante. Un saludo!

Montse, muchísimas gracias por tu hermosa review, me ha emocionado! A mí también me consuela tener algo en qué pensar, además de mis estudios que en estos días me cuesta mucho centrarme. Espero que te gusten los siguientes capítulos y cuídate mucho!


Capítulo 18

El arroz estaba listo, el té ya comenzaba a hervir y Kenshin sentía el peso de la sakabatou sobre su cadera de una forma que hacía años que no experimentaba. Había pasado otra noche en blanco, librando un duro combate contra sus pensamientos y perdiendo todas las veces. Durante la guerra fueron muchos los días que se encadenaron, uno detrás de otro, sin interrupción, sin un minuto para cerrar los ojos. Sin embargo, aunque se acordaba de aquella época con mucha claridad, su cuerpo parecía haber olvidado el cansancio físico provocado por la falta de sueño. Quizás, simplemente, entonces no lo sentía. Tenía quince años, se dijo, suspirando para sí. Por primera vez era consciente de su edad. No es que fuera mucha, pero... Sentía que había vivido al menos siete vidas.

Mientras cortaba la zanahoria la puerta del dojo abrirse y levantó la mirada, sintiendo el corazón acelerarse. Contó mentalmente: uno, dos, tres, cuatro... Kaoru apareció en la cocina, con su ropa de entrenamiento, el pelo revuelto y las mejillas sonrosadas.

Okaerinasai, Kaoru-dono.

Ella sonrió con gesto dulce, acercándose a donde estaba él cocinando.

Tadaima, Kenshin— respondió, observando lo que hacía. Kenshin bajó la vista y volvió a concentrarse de nuevo en cortar la zanahoria, sintiendo el olor de Kaoru. Jazmines, pensó, consciente de su mirada, clavada en sus manos.

¿Donde has...?

Sintió el corte del cuchillo en el dedo y vio la sangre, casi con sorpresa, como si no fuese suya. Kaoru ahogó una exclamación.

Sumimasen, sessha... — comenzó a disculparse, pero ella apretó el dedo con su propia mano, conteniendo la hemorragia—. No es nada— dijo Kenshin, casi en un murmullo. En verdad no lo era; los cortes en los dedos solían ser demasiado escandalosos y, además, conocía en silencio el secreto de Kaoru; la había visto palidecer con la sangre en más de una ocasión. Sin embargo, ella frunció el ceño; retiró un poco la mano y comprobó como la sangre seguía saliendo abundantemente.

—C-creo... Puede que necesites puntos— dijo, luchando por mantener una entereza; Kenshin notó cómo se ponía pálida de golpe, como si de pronto hubiese perdido todo su color y retiró su mano con suavidad, usando la suya para apretar el dedo; miró la herida. Era un poco profunda, pero los puntos le molestarían en el duelo. Buscó con la mirada algo con que vendarse. Kaoru, tras un segundo de duda, empezó a rebuscar algo en el bolsillo de su hakama, hasta sacar un lazo: el lazo rojo... Ella lo estiró con resolución y fue a ponérselo sobre la herida, pero Kenshin la detuvo, mirándola a los ojos.

—La última vez que me prestasteis un lazo, os quedasteis sin él— susurró. Kaoru agitó la cabeza, comenzando a colocarlo sobre su dedo.

—No fue tu culpa. Además, no me quedé sin él—. Una tímida sonrisa asomó en sus labios; Kenshin frunció levemente el ceño, a modo de pregunta; ella alzó la vista y le miró—. Lo lavé y lo guardé.

—¿Lo guardasteis? — preguntó, sin poder ocultar su gesto de sorpresa. Ella rió.

—Es patético, lo sé— murmuró, bajando la mirada. Kenshin se fijó en la forma suave en que terminaba de vendar su dedo y lo ataba, ajustando bien el lazo como si fuese una venda.

—No, no lo es— se perdió en las pequeñas pecas de su nariz; estaban lo suficientemente cerca como para que su olor a jazmín le invadiese. Bajó la mirada hacia el lazo, ahora en su dedo—. Es dulce.

Se miraron un segundo y pudo sentir la conexión que había entre ellos, más allá de lo físico. Intentó leerla; quería saber, necesitaba saber, se volvía loco por saber...

—Tienes mala cara, Kenshin— dijo ella, dirigiendo la vista hacia sus ojeras—. En un rato iré a la clínica. Si quieres puedo pedirle a Megumi algo para ti, o decirle que se pase por el dojo.

—No hará falta, Kaoru-dono. Sessha está bien— contestó, sonriendo—. ¿Sigue doliéndoos el brazo por las noches?

Baka, gritó una voz en su cabeza.

—Un poco sí— reconoció ella, pasando los dedos por su escayola. Parecía algo sucia, como si se hubiese manchado con tierra. Kenshin no pudo evitar fruncir el ceño. ¿Dónde has estado, Kaoru? —. Pero gracias a ti ya no me pica.

Kenshin levantó una ceja, mirando la escayola.

—¿Habéis tenido cuidado? —. El sonrojo de Kaoru fue toda la respuesta que necesitó—. Sessha era terrible; llegó a hacerse sangre varias veces. Cuando shishou le quitó a sessha la escayola y vio lo que había debajo... no tuvo piedad. —. Kaoru rió; Kenshin apretó un poco su dedo. Ya no debía sangrar. Volvió a mirarla, suavizando su gesto — Ayer sessha estuvo con Osamu-sama.

Kaoru ahogó un grito, tapándose la boca con la mano.

—¡Oh, Kami-sama! ¡Cuéntamelo todo, por favor! — exclamó, tirándole de la manga del gi. Kenshin no pudo evitar reír; el entusiasmo de Kaoru era contagioso. Le contó algunas cosas, lo más rápido que pudo. Le habló de Ume, de cómo la conoció, aunque omitió dos cosas: que había matado a su hermano durante el Bakumatsu y todo el asunto de la propuesta de matrimonio. La primera de ellas lo hizo por no preocuparla; sabía que si contaba eso Kaoru empezaría a urdir teorías rebuscadas sobre la venganza de la familia Osamu contra él. Por otro lado, tampoco le gustaba hablarle de los asesinatos que cometió en el pasado. Y menos, cuando el muerto era una persona como Riju, que en aquel tiempo sería poco mayor que Kaoru. Claro que él... Yo también era un crío. Y la propuesta de matrimonio lo omitió, simplemente, porque no sabía ni cómo contar algo así. Nunca había hablado de esa clase de cosas con nadie; lo más lejos que había llegado compartiendo su pasado fue con sus amigos, cuando les contó acerca de su vida como hitokiri; cuando les habló de Tomoe. Le costó mucho decidirse a hacerlo, pero cuando lo hizo estuvo tranquilo, como si se hubiese librado de una pesada carga. Ya lo saben todo, recordaba haber pensado; ahora saben quién soy de verdad.

Omitió también el asunto del duelo, aunque había previsto contárselo. Sin embargo, mientras hablaba, empezó a convencerse de que no debía hacerlo. Ella se enfadaría; le pediría que lo anulase. Le diría que no quería que se pusiese en riesgo por eso. Era mejor esperar al día del duelo, cuando ya no pudiese hacer nada para impedirlo. Se enfadaría mucho... Pero era lo mejor.

La miró a los ojos.

—Tenéis cinco días más. Sessha habría querido conseguir...

—¡Kenshin, eso es maravilloso! — volvió a gritar y, antes de que Kenshin pudiese casi darse cuenta, saltó sobre él y lo abrazó con fuerza por el cuello. Si no hubiese echado el brazo izquierdo hacia atrás, los dos se habrían caído contra el suelo—. Muchas gracias, Kenshin. No sé cómo voy a agradecértelo.

Notaba su cabello en la nariz; y su olor, su olor por todas partes. Cerró los ojos y le devolvió el abrazo con su brazo derecho, sintiendo cómo los últimos mechones de la coleta de Kaoru le rozaban los nudillos en una caricia inconsciente.

—Vos trabajáis para mantener esto y para mantener a sessha— dijo, fijando la mirada en el lazo rojo de su dedo. Entonces Kaoru, en vez de alejarse, giró la cara hasta apoyar la cabeza en el hombro de Kenshin y se quedó así, en silencio. Podía haber sido extraño... Pero resultó natural, como si lo hubiesen hecho toda la vida. El abrazo de ella seguía apretándolo con fuerza. La sintió suspirar contra su clavícula y, reuniendo toda su determinación, susurró en su oído: — ¿Estáis bien, Kaoru-dono?

Era una pregunta que abarcaba otras preguntas, las que no se atrevía a hacerle. Era, por así decirlo, la más grande de sus preguntas, y al mismo tiempo era tan anodina... Un absurdo, y él lo sabía bien. Sin embargo, Kaoru no contestó al momento. No contestó... Lo que significaba que, de alguna manera, quizás había entendido. Estáis bien...

—Sí— contestó al final.

Está bien. Eso era lo que importaba. Siempre lo había sido.

Siguieron abrazados durante un tiempo. Kenshin se dio cuenta de que no quería que ella se separase. Quería quedarse allí, pero no allí en un sentido puramente espacial; no en esa habitación, o en ese suelo. Lo entendía; esa era la vida que merecía la pena ser vivida. Aunque... Baka, se dijo. Llegas tarde. Soltó el aire despacio. No podía seguir comportándose como si nada pasase. Ya no era un niño y tampoco creía que nada bueno pudiera crecer entre la desconfianza y las dudas.

—Hay algo que... me gustaría preguntaros— dijo al final. Ella le soltó suavemente, volviendo a su posición. Tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. ¿También brillarán así mis ojos?—. No tenéis que responder si no...

—No preguntes, Kenshin— le cortó ella, sonriendo ligeramente—. Ahora... Ahora no puedo darte una explicación.

Se quedó en silencio, mirando su dedo. El lazo rojo. Espérame. Espérame, gritaba su mente, su cuerpo, sus cinco sentidos. ESPÉRAME. La cara de Kaoru, de pronto, había perdido su alegría; parecía angustiada. No quiere mentir, comprendió. La estoy presionando y no quiere mentir.

—No pasa nada— dijo él, sonriendo—. Todo está bien.

—¿Tú estás bien? — preguntó ella. Él asintió, sin perder la sonrisa. Se puso de pie y le tendió la mano para ayudarle a levantarse—. ¿Irás hoy a la fiesta?

—¿Fiesta? — preguntó Kenshin, sin entender. Ella levantó las cejas.

—La fiesta de recepción de Osamu-sama— contestó Kaoru, como si acabase de preguntar por el color del cielo— ¿No te dijo nada durante tu cena con él? Pueden ir todos los kendokas y estudiantes de Tokio.

—No comentó nada— dijo Kenshin, intentando recordar si en algún momento el maestro había mencionado algo así. No, no lo había hecho; se acordaría. Aunque, a decir verdad... Esa misma mañana, al levantarse, había dejado caer dos veces el cubo dentro del pozo sin darse cuenta; estaba además el incidente de la ropa que olvidó de tender y tuvo que volver a lavar y se acababa de cortar un dedo cocinando. Definitivamente, necesitaba dormir—. No os preocupéis. Sessha prefiere quedarse en el dojo hasta que volváis.

Porque... ¿volverás?

Kaoru asintió con la cabeza, aunque no tenía cara de estar muy convencida. Echó una última mirada al dedo vendado con su lazo y caminó hacia la puerta del dojo. Cuando agarró el pomo se giró; la mirada de Kenshin se encontró con la de ella; sus ojos, del color del mar, brillaban más que nunca.

—¿Sabes? Hace dos noches soñé... Soñé contigo— dijo; entonces agachó la cabeza con timidez, sonriendo y, sin esperar su respuesta, se marchó, cerrando la puerta tras de sí.


Era una mañana agradable; no hacía demasiado calor y soplaba una brisa suave, reconfortante. El día ideal para sentirse en calma... Pero Hideki sentía cualquier cosa menos eso. Suspiró, impaciente. Cada mañana se preguntaba si ella aparecería, temiendo que un día, sin previo aviso, dejase de hacerlo. Era absurdo, realmente absurdo. Kaoru no le había prometido nada, y sabía que seguía enfadada con él por las ayudas de Misao. Cuando ésta se escabulló del dojo para contarle el fracaso de sus planes, se sintió el hombre más estúpido del planeta. Había recurrido a chiquilladas y ahí tenía su resultado. Kaoru, si bien no se mostraba desagradable con él, se había alejado. Aquella conexión que notaba entre ambos parecía haberse quebrado. ¿En qué momento sucedió? ¿Cómo pudo pasar ante sus narices?

Caminar juntos hasta la clínica, pensó, apoyándose en la pared de su dojo mientras intentaba no fijar la vista en el camino. Caminar hasta allí, esperarla, volver al dojo. Eso es cuanto puedo pedir. No era suficiente. Quería más, mucho más. Quería todo de ella.

Ohayou goizaimasu— saludó Kaoru. Además de su brazo escayolado en cabestrillo, vestía su ropa de entrenamiento, como si fuese a practicar; no dijo nada al respecto, pero su gesto debió delatarle—. Es una larga historia.

—Hay dos caminos hacia la clínica— contestó Hideki, sonriendo—. Podemos dar un rodeo.

Ella rió, asintiendo con la cabeza. Caminaron entre los frutales, algunos ya mostrando los primeros frutos de la temporada. Kaoru miraba todo con ojos de sorpresa, asombrándose con cada pájaro, con cada marioposa, como si fuese nuevo para ella. Era su forma de ver la vida, que contagiaba de entusiasmo a quien se le acercaba. Esa era una de las cosas que más le gustaban a Hideki.

—... Así que Hiko-sama me está ayudando a hacerme más fuerte, y con los días extra que consiguió Kenshin, tal vez pueda salvar el examen— concluyó ella, animada.

—Vaya— dijo Hideki, genuinamente impresionado—. El maestro del Hiten Mitsurugi ryu. Creo que en los últimos días has escalado posiciones en cuanto a entrenadores se refiere— añadió, levantando una ceja con fingida indignación. Kaoru le dio un codazo con su brazo sano.

—Echo de menos los entrenamientos en tu dojo. Eran...

—¿Aburridos? — preguntó; realmente, no bromeaba. Sabía que resultaba demasiado fácil para Kaoru. Le dolía, no podía negarlo, pero no la culpaba. Era natural que ella quisiera entrenar con el mejor.

—¡No! Nunca es aburrido entrenar, no importa el nivel de tus compañeros. Todos empezamos desde abajo; el kendo, como su nombre indica, es el camino de la espada. Una vez empiezas a andarlo, da igual en qué punto estés. Todos los que lo transitamos somos caminantes y todo el que veas delante de ti, antes ha pisado donde tú pisas. También Hiko-sama y Osamu-sama. Nunca hay que olvidarlo.

Hideki asintió con la cabeza, intentando que sus palabras se fijasen a fuego en su memoria. Todo el que veas delante de ti, antes ha pisado donde tú pisas. Él también mejoraría. Él también ser haría más fuerte, con el tiempo.

—Serás una gran maestra— dijo al final, sonriendo sin perder de vista el camino ante sí.

La visita a la clínica discurrió como los días anteriores. Kaoru entró sola, permaneció dentro una media hora y Hideki la esperó, apoyado en un manzano, observando a las pocas personas que entraban y salían del lugar. Al cabo de un rato vio cómo Kaoru y Megumi se despedían en la puerta, entre risas. Se alegraba de ver a Kaoru más animada. La echaba de menos en el dojo y todavía extrañaba más sus cenas y sus paseos nocturnos, pero entendía que así debían ser las cosas. Sin embargo...

—Kaoru, sé que me dirás que no, pero tengo que intentarlo— soltó, parándose en seco mientras volvían de la clínica, esta vez por el camino largo; ella se giró y le miró con los ojos muy abiertos, como si estuviese asustada—. Esta noche es la fiesta en honor a Osamu-sama. Me gustaría que me acompañases.

Kaoru sonrió e Hideki sintió como el corazón le daba un brinco. No puedo controlarlo, se dijo, intentando tranquilizarse. Es ella, es la mujer que he esperado.

—Hideki, me honra mucho tu propuesta, pero ya he tomado la decisión de ir sola.

—¿Sola? — preguntó, confundido. Cuando oyó el "pero" salir de su boca, durante un breve instante, esperó escuchar otro nombre, el nombre de otro hombre—. ¿Te refieres a... sin acompañante?

Imbécil, se dijo a sí mismo al instante. ¿Qué otra cosa iba a significar la palabra "sola"? Sin embargo, Kaoru no pareció molestarse.

—Sí, creo que será lo mejor. Soy la única mujer propietaria de un dojo en Tokio, y quiero que me vean como la futura maestra del estilo Kamiya Kasshin ryu. Si fuese contigo me verían como la mujer de Fujame-san.

Hideki sintió sus palabras como un puñetazo en el estómago.

—No creía que eso fuese tan malo— respondió, sonriendo levemente. Kaoru agitó la cabeza, suspirando.

—No lo entiendes, aunque no es culpa tuya. Eres un hombre. Cuando te ven con una espada imaginan que eres un espadachín. A mí, cuando me ven como una espada, miran alrededor buscando al hombre al que se la estoy sujetando—. Hideki nunca se había parado a pensarlo. A decir verdad, en su dojo había tenido varias discusiones con otros muchachos, algunos muy jóvenes, otros de su edad, que cuestionaban a Kaoru. Unos cuantos simplemente creían que no era natural que una mujer se dedicase al kendo. Otros, aunque la respetaban formalmente, cuando se daba la vuelta hacían comentarios soeces sobre su cuerpo o sobre lo que harían con ella si tuviesen oportunidad. Una vez supieron que Hideki estaba viéndose con ella, los comentarios cesaron abruptamente. Pero... No cesaron por Kaoru, entendió. Dejaron de hacerlos por respeto a mí, no por respeto a ella; como si no pudiesen tocar lo que es mío.

—La verdad es que nunca lo había visto desde esa perspectiva— reconoció, sintiendo la mirada de Kaoru—. En ese caso, tu decisión es la más acertada. No sería positivo ni para ti ni para tu dojo que no se te tomase en serio. Ahora mismo todo lo demás puede esperar—. Kaoru se detuvo y él paró también, mirándola. Estaba sonriendo—. ¿Qué pasa?

Ella agitó la cabeza, soltando una risa.

—Casi había olvidado el hombre que eres, Hideki— le dijo. Él se sonrojó—. Gracias. Por entenderme, por respetarme... Por tener tanta paciencia conmigo. Y por no haber salido corriendo; por eso también tengo que darte las gracias.

—¿Por qué habría de hacerlo? — preguntó él, acercándose a Kaoru. Quería tocarla. Necesitaba sentir el calor de su mano, sus dedos junto a los suyos, pero no lo hizo. No quería romper ese momento.

—Porque no te he dado más que quebraderos de cabeza. Tú te has portado bien conmigo, has sido sincero en cada momento y yo... No quiero que creas que juego contigo—. Hideki la miraba a los ojos, abrumado por su sinceridad.

—¿No has sido sincera? — preguntó, intentando que el nerviosismo no se viese en su voz. Kaoru suspiró.

—No del todo—. Estaba tan cerca... A la longitud justa para estirar una mano y tocarla. Sin embargo, en ese instante, la sentía a millas de distancia. El estómago se le encogió, pero ya no había vuelta atrás; Kaoru iba a poner las cartas sobre la mesa. Estaban cerca del dojo, en la misma calle; desde allí podía verse, a lo lejos, la puerta. Esa puerta donde la besó. Te regalé mi primer beso, pensó Hideki. Te regalaría todos los siguientes si los quisieses...

—Sigue, por favor— le pidió, tomando aire. Ella asintió.

—El día que me rompí el brazo... — Que él te lo rompió, pensó Hideki—. Ese día yo estaba enfadada. Enfadada con el mundo, conmigo, contigo, con el kendo, con mi propia debilidad... Sí, estaba rabiosa porque me sentía débil entrenando con Kenshin. Me encantaba luchar contra él, pero por otro lado, odiaba ser consciente de que le era tan fácil vencerme, como si no llevase toda la vida entrenando, como Yahiko. Yo le desconcentré aposta. Quería que me golpease de verdad, como si fuese un enemigo serio y no como a una niña con un palo de madero.

—Kaoru, él debió controlar que...

—Espera, por favor— le cortó Kaoru, alzando la mano. Hay algo más. Se fijó en su mirada; de pronto se había perdido al final de la calle que se abría tras ellos, en el sentido del dojo. Hideki se giró y, al fondo, casi inapreciable desde allí, vio su inconfundible pelo rojo recogido en una coleta; en lugar de su espada llevaba en las manos una escoba; estaba barriendo la entrada. Hideki aguantó la respiración. No podía sentirse así. No quería sentirse así—. Nos besamos.

Hideki se quedó quieto, en la misma postura, mirando hacia Himura. Éĺ debía haberles visto, porque también miró hacia allí, pero se giró y volvió a entrar en el dojo. Las palabras de Kaoru resonaban en su cabeza.

N-o-s b-e-s-a-m-o-s.

Hideki nunca se había parado a pensar que dos absurdas palabras, al juntarse, pudieran tener más fuerza que una katana. Se giró y se encontró el rostro de Kaoru. Estaba nerviosa; estaba triste. Pensó durante unos segundos.

—¿Estás con él? — preguntó al final, casi en un murmullo, mirándola a los ojos.

—No— respondió Kaoru. Otra vez el silencio, solo interrumpido por la brisa agitando las ramas de los árboles. Un pájaro cantando. El grito lejano de dos niños jugando. El corazón de Hideki, parado. ¿Podría latir un corazón congelado? Dio un paso hacia ella y rozó su mano, sin cogerla. Sólo un toque, casi una ilusión.

—¿Sabes, Kaoru? Nunca me ha interesado demasiado el amor. Mi vida siempre fue el jiu-jitsu. No quería otra cosa, no había nada más allá de eso. Esa puerta... Esa puerta se cerró. Mi destino estaba unido a la espada, aunque no era lo que yo deseaba. Cuando te conocí, me enseñaste a apreciar el kendo. Ahora, cuando cojo una espada, siento que no es un arma. Sirve para proteger vidas. Podría... Podría decir que me enamoré dos veces; del camino de la espada, y de ti. Yo nunca había estado enamorado antes. Nunca había... Nunca había besado a una mujer.

Kaoru abrió los ojos, sorprendida.

—¿Fue... tu primer beso? — preguntó, mirándole. Hideki asintió con la cabeza, sin poder evitar sonrojarse.

—Ya sé que suena absurdo teniendo veintiún años— dijo, bajando la mirada.

—No, no digas eso. Es solo que... Creía que yo... Creía que no era la primera.

Hideki levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de ella. Estoy acabado, se dijo. Kaoru había destruído todas sus defensas.

—Eres la primera—. La vio coger aire y soltarlo despacio, mientras el rubor subía con claridad hasta sus mejillas—. Lo que quiero decirte es que... Puedo esperarte, Kaoru.

—Yo no puedo pedirte eso— contestó Kaoru; su rostro estaba serio, aunque su voz sonaba más dulce que nunca—. Sería... egoísta, Hideki.

—No me importa. Me gustaría... — guardó silencio un momento, pensando en las últimas palabras que le dijo Misao: "No te precipites, Hideki. La paciencia es tu amiga" —. Tal vez podamos vernos esta noche tras la fiesta y hablar con calma.

Kaoru asintió con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa.

—Me parece bien— dijo. Se despidieron y Hideki vio cómo se alejaba por la larga calle, en dirección a la puerta del dojo. En dirección a él, se dijo, sin poder evitar apretar los puños.

No me rendiré. No mientras ella no me pida que me aparte.


—¿Puedes aguantar la respiración un momento, por Kami? —. La voz de Megumi sonó dura, como una orden incontestable. Kaoru tosió, frunciendo el ceño.

—¡No me cabe, es imposible!

—Claro que no te cabe, si estás todo el día comiendo los dulces de Ken-san.

Kaoru le lanzó una mirada asesina, frunciendo el ceño.

—No puedo creer que le hayas dicho a Hideki que no irás con él— murmuró Misao, sentada en el suelo de la habitación, mirándolas. Megumi se encontraba tras Kaoru, haciendo fuerza para intentar atarle el corsé bajo el kimono. ¿Quién habría inventado ese horrible instrumento de tortura, y por qué había accedido a ponérselo?

—Ya os dije que iría sola. Además, allí nos encontraremos todos— contestó Kaoru, volviendo a aguantar la respiración mientras Megumi cerraba los últimos cordones. No podría comer nada en toda la fiesta, o acabaría rebentado como un globo.

—Todos no— rió Megumi con cierta maldad, señalando a Misao con la barbilla. Kaoru la miró sin entender.

—¿No vas? — preguntó, sorprendida. Misao sería la última persona que se perdería cualquier tipo de evento. Megumi se puso frente a ella y sonrió con satisfacción, mirando el kimono que le había prestado.

—No soy kendoka, ni espadachín, ni tengo amigos importantes— dijo, encogiéndose de hombros, sin ocultar su enfado.

—¿Y tú con quién vas? — preguntó entonces Kaoru, volviéndose hacia Megumi, que se estaba pintando los labios con maestría. Realmente, estaba más guapa que nunca, con un kimono verde oliva con un estampado de pequeñas flores de un verde más fuerte.

—Con un alumno del dojo de Fujame-san— dijo, cogiendo un peine y comenzando a cepillarse la melena. Kaoru llevaba una coleta con el lazo índigo; le pareció que podía quedar bien con el kimono prestado por Megumi, de color hueso, con pequeños adornos azul marinos. Parece hecho a juego con tus ojos, había dicho su amiga al ofrecérselo. En verdad, se sentía muy agradecida. Con ella Tenía algún kimono decente, pero ninguno lo suficientemente nuevo como para esa ocasión.

—¿Y qué pasa con Sanosuke? — preguntó Misao, que tenía el mismo gesto de estupefacción que Kaoru.

—Sanosuke estará por ahí apostando con sus amigos— dijo Megumi, comprobando que el perfume de sus muñecas estuviese en su sitio. Es perfecta, pensó Kaoru, hipnotizada por sus movimientos a través de la habitación. Se acercó a coger el cepillo imitando su forma de moverse, pero más que sensual, se sintió como si además del brazo se hubiese roto también una cadera.

El brazo. El brazo era el principal problema de su vestimenta. Era difícil parecer atractiva con una enorme escayola blanca en un brazo. Misao había intentado animarla diciéndole que, al ser del color del vestido, se vería menos o, en todo caso, llamaría poco la atención. Kami-sama, ¿cómo se iba a ver menos, si le ocupaba todo el brazo? Además, llevándola le parecía que estaba evidenciando ante todos su debilidad. La estúpida kendoka que se rompió un brazo entrenando, pensaba. La kendoka que necesitó la intervención del famoso Kenshin Himura para no perder su examen. Mierda, eso era justo lo que no quería. No importaba. Iría con su brazo roto y si alguien tenía algo que decirle, le partiría la escayola en la cabeza.

—Si yo fuese Sanosuke me olvidaría de ti— dijo Misao, resoplando. Megumi la miró como se mira a un insecto antes de aplastarlo.

—Cuando crezcas retomamos esta conversación.

—¡No tengo que crecer más! ¡Ya soy una mujer! — gritó, apretando los dientes mientras se ponía de pie.

Cuando Misao detuvo sus quejas durante un instante, se escuchó el ruido de Kenshin haciendo la cena en la cocina. Yahiko había sido invitado también a la fiesta como alumno del dojo Kamiya, y se había marchado un rato antes a recoger a Tsubame. Kenshin cenaría esa noche solo.

—¡Misao! — exclamó Kaoru, agarrándola del brazo—. ¿Por qué no se lo pides a Kenshin?

Misao frunció el ceño.

—¿A Himura? Pero si está haciendo la cena. Su plan será sentarse en la engawa a beber té y mirar las estrellas.

—Todo lo que tiene de guapo lo tiene de soso—dijo Megumi, guiñándole un ojo a Misao, que le devolvió una risa malvada. Kaoru las ignoró; abriendo la puerta del shoji, caminó por la engawa hacia la cocina. Maldito kimono de muñeca, dijo para sí, intentando desplazarse con aquella limitada apertura para sus piernas. Se encontró con Kenshin de frente, en la puerta de la cocina, casi chocándose. Él la miró con sorpresa.

—Kaoru-dono— dijo como saludo. Kaoru le cogió del brazo, sin darle oportunidad de quejarse.

—Kenshin, vamos, hay que buscarte un gi que no esté andrajoso.

—Kaoru-dono, sessha no va a ir a la fiesta, ya os...

—Kenshin— dijo, parándose en seco y mirándole con las manos en las caderas—. Misao no tiene con quien ir, y ella no puede ir sola. Está muy deprimida. Todo el asunto de Aoshi... No te cuesta nada, vamos.

—¿No puede ir con vos? — preguntó, abriendo más los ojos. Kaoru le miró con estupor.

—¿Cómo va a ir conmigo? Será solo un rato y luego... Luego podemos volver todos juntos al dojo— dijo, sonriendo. ¿Había cambiado su cara? Ante su falta de respuesta, resopló y volvió a seguir arrastrándolo, hasta llegar al dormitorio donde estaban Megumi y Misao. Abrió el shoji y encontró a Megumi enseñándole a Misao algunos de los kimonos que antes se había probado Kaoru. Las dos miraron a Kenshin.

—¿De verdad vas a venir conmigo? — preguntó Misao, con los ojos muy abiertos y una sonrisa de emoción en el rostro. Kaoru deslizó la mano derecha bajo la manga del gi de Kenshin y le pellizó con fuerza en el brazo. Él dio un pequeño respingo y asintió con la cabeza.

—Claro, Misao-dono. Iremos juntos— dijo con su voz más dulce, mientras Misao empezaba a saltar y a gritar de alegría, hablando sin parar de qué kimono podría irle bien. Kaoru salió con Kenshin fuera de la habitación, al pasillo. Se miraron durante unos segundos, sin decir nada.

—Arigatou, Kenshin. Misao se hace la dura, pero tenía muchas ganas de ir a esa fiesta—. Tocó su gi con suavidad, pasando los dedos por la tela, ante la mirada de él—. Ponte mejor el azul; está más nuevo.

Él asintió y, cuando Kaoru iba a marcharse, la llamó con voz tenue.

—Kaoru-dono— ella se giró y se encontró con sus ojos, que parecían brillar—. No me habéis contado qué soñasteis.

—Te lo contaré esta noche— contestó ella, sonriendo y entrando de nuevo en la habitación, junto a las chicas.