Hola a todas, esta vez he contestado las review al pie del capítulo, para evitar spoilers. Muchas gracias a todas, tanto las que dejáis comentarios como las que leéis en el anonimato. De verdad, gracias :-)
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Capítulo 24.
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No soplaba una mísera brisa; el calor era terrible. Kenshin intentaba concentrarse en la postura de Ume, en sus manos, en sus pies y, sobre todo, en su ki. Una de las fortalezas del Hiten Mitsurugi ryu era precisamente que permitía a quien lo dominaba leer con facilidad las emociones del contrincante, pudiendo así anticiparse a sus acciones. Sin embargo, catorce años atrás no supo hacerlo con Riju, aunque entonces era más joven, casi un niño. No había aprendido suficiente de la vida, aunque todos le considerasen un maestro del batto y le dieran ese apodo maldito del que jamás se desharía: Battousai. Él no había sido maestro de nada; si acaso, en tropezar con todas las piedras, una y otra vez. Sin embargo, no leer las emociones de Riju tampoco fue determinante en aquel momento. Todo se había reducido a un duelo de battojutsu: se resolvería por velocidad y técnica y él llevaba semanas practicando en la soledad de su habitación el batto ligeramente modificado para bloquear un corte de un zurdo. Ahora, catorce años después, le parecía que el ki de Ume se confundía con el de su hermano. De alguna manera los sentía fundirse, pero el resultado no parecía natural. Había algo que estaba mal, pero, ¿qué era? ¿Sería él? ¿Serían sus sentidos? Tenía que vaciar la mente o podría confundirse. Ya no se trataba solo del examen de Kaoru.
No podía herir a Ume. Y no sabía qué esperar de ella.
De pronto, atacó. Es rápida, acertó a pensar, bloqueándola con la vaina de la espada y usando su velocidad para apartarse. Más rápida que su padre. Casi antes de terminar de girarse, la tenía de nuevo encima; era evidente que había entrenado no sólo en kendo, sino también en el viejo kenjutsu de su escuela. Usó dos técnicas del Shorin ryu seguidas, encadenándolas de una forma que Kenshin no había visto nunca antes. Tendría que haber desenvainado, pero no lo hizo. No quería hacerlo. Sintió el corte, otra vez en el mismo brazo, pero mantuvo la posición y la golpeó con el extremo de la vaina en el muslo, haciendo que doblase la pierna. Cuando iba a caer, rodó por el suelo e intentó lanzarle una estocada al pie, pero Kenshin saltó.
—¡Ryutsuisen! — oyó gritar a Yahiko; sin embargo, no ejecutó la técnica, aunque las condiciones eran óptimas; cayó y rodó hacia un lado, apartándose de ella. Oía los gritos de la gente como si fuese el rugido de una gigantesca ola. No miró el brazo; a esas alturas, mientras sirviese para empuñar la espada, le daba igual la gravedad de la herida.
Ume se puso en pie, con el rostro rojo. Le apuntó con la espada, a unos dos metros de él.
—¿Qué estás haciendo, Himura? — preguntó, casi gritando—. ¡Podías haber atacado!
—Pactamos que no habría golpes en zonas vitales— replicó Kenshin, apretando otra vez el brazo contra el gi; el Ryutsuisen era un golpe directo en la cabeza, desde arriba y con una gran potencia—. No incumpliré mi palabra.
—Yo no he hecho ningún pacto, te lo advierto— dijo ella, apretando los dientes. Kenshin asintió, lo que pareció indignarla más, adoptando el mismo gesto orgulloso que le había visto de niña, cuando se conocieron—. ¿No tienes miedo a morir? ¿O es que crees que no estaría dispuesta a hacerlo?
Cogió aire.
No era la primera vez que le hacía esa pregunta.
Recordó entonces cuando volvieron a verse, terminada la guerra. Fue en Aizu; él acababa de llegar de Kioto un par de días antes y estaba bebiendo sake en una posada llena de hombres que jugaban a los dados y llenaban todo de ruido; necesitaba ruido, ruido exterior que le librase del infinito silencio que le crecía por dentro. En aquellos días no dormía más de dos horas por noche y se despertaba sin aire, con las manos agarrotadas sujetando una espada invisible, rodeado de un inmenso a olor a cerezo que se le metía por todos los poros de la piel, hasta hacerle vomitar; la misma pesadilla una y otra vez. El sake sabía de nuevo a sangre, pero se había resignado a que ese sería su sabor para siempre. Entonces apareció ella. Sin saludarle, sin decir una sola palabra, se sentó en frente. La mayoría de los hombres del local guardaron silencio al instante en que entró y la miraron con descaro, como si ella no pudiese verlos. Estaba exactamente igual que la última vez que la tuvo delante, en el funeral de su hermano. Tenía los mismos ojos verdes, enormes y despiertos y el cabello largo, castaño y ondulado, recogido en una coleta. Sin embargo, parecía mayor. Había crecido, aunque seguía siendo una niña. Se volvió hacia los hombres que la miraban y, frunciendo el ceño, exclamó, haciéndose oír en todo el lugar:
—Tal vez haya llegado la nueva Era, pero los hombres siguen siendo igual de lamentables que en la anterior. Malditos babosos que en vuestra vida habéis tocado a una mujer— gruñó, entre dientes. Varios de ellos hicieron el amago de levantarse, pero Kenshin soltó la taza de sake y levantó la vista. Fue suficiente un atisbo de su cicatriz para que todos se sentasen de nuevo y poco a poco reanudasen el ruido. Ume le miró con un sonrisa de medio lado, la misma de cuando era pequeña—. Me ha costado encontrarte— dijo, en forma de saludo, como si se hubiesen visto el día anterior. Kenshin miró el interior de su taza de sake—. ¿No vas a decir nada?
—Me alegro de que estéis bien— contestó, casi en un susurro. Ella había fruncido el ceño, sin comprender.
—¿Me tratas de usted? ¿Qué pasa, que te has convertido en un samurai después de la guerra?
Kenshin levantó la mirada. Aunque el ruido en el local se había reanudado, sentía las miradas sobre ellos. Si había querido pasar desapercibido, estaba claro que no lo estaba consiguiendo.
—¿Para qué me buscas? — preguntó finalmente, con voz hosca, volviendo a tutearla. Era sencillo tratar de usted a todo el mundo para mantenerlos al margen y que no se acercasen, pero no con ella. No con las personas que conocía de antes.
—¿Tienes habitación en esta posada? Me gustaría hablar contigo en un sitio menos concurrido.
Kenshin había aceptado, sin pararse a pensar. Si en algún momento creyó que Ume pudiese matarle, lo había olvidado. En cualquier caso, en aquella época morir no era algo que le importase especialmente; quizás hasta le habría causado alivio. El único motivo por el que seguía adelante era por su promesa, una promesa que por fin tenía forma física, colgada en su obi: su sakabatou. Aún no tenía claro cómo podría usarla ni si sería capaz de darle un destino decente, pero el solo hecho de no llevar una katana suponía un alivio.
Subió las escaleras delante, con ella siguiéndole. Notaba su ki impaciente. Un espíritu fuerte, como el de su hermano. Abrió la puerta de shoji y entraron. Se acercó a coger un cojín del suelo para ella, pero en cuanto se agachó, oyó el acero desenvainarse y la sintió contra su espalda. Podía haberse apartado, podía haberla golpeado, era más rápido; pero le dio igual. Si ella quería tomarse su vida, suya era. Sintió la hoja fría de acero contra el cuello y esperó.
Ume respiraba tras él. La mano le temblaba.
—No os sentiréis mejor después— susurró, tan bajo que tal vez ella ni le hubiese oído; sin embargo, sí lo hizo y apretó un poco más el filo contra el garganta. No sentía ningún apego a su vida, pero conocía el peso de arrebatar la de otro; Ume era buena. No quería que ella también soportase ese peso, aunque no pensaba hacer ningún esfuerzo por convencerla. Estaba cansado.
—¿No tienes miedo a morir? ¿O es que crees que no estaría dispuesta a hacerlo?— preguntó ella, también en un susurro. Kenshin no contestó y Ume le soltó, alejándose solo un paso. Cuando se volvió, ella tenía los ojos perdidos y miraba el tanto que sujetaba. Negando con la cabeza, lo guardó en su obi, escondido. Levantó la cabeza y le miró—. Ojalá pudiera hacerlo, pero... eres tú. Eres...
Kenshin la miró. Vio en su rostro los mismos rasgos que en el de Riju.
—Sumimasen— dijo. Ume agitó la cabeza, suspirando.
—Se supone que debemos olvidarlo todo, ¿no es cierto? La guerra ha terminado.
Olvidarlo todo, pensó él, desconcertado. ¿Cómo iban a olvidarlo todo? ¿A quién se le habría ocurrido semejante idiotez?
—Ha llegado la nueva Era— contestó Kenshin, sintiendo las palabras salir de su boca como si fuese otro el que las pronunciase. Había peleado tanto por ello, había dejado tanto de sí... Y ahora parecía todo tan ajeno, tan extraño a él.
—"Pronto llegará", decía mi tío cada vez que venía al pueblo. "Muy pronto, Ume, solo tienes que tener confianza". También decía que cuando todo acabase, Riju sería indultado. Decía que él se encargaría. Ahora ninguno de los dos la verá.
Kenshin sabía que Osamu Tai, el tío de Ume, había muerto en los estertores del Bakumatsu, en una emboscada.
—Pero tú sí— recordó haberle dicho, mirándola a los ojos—. Sé que Osamu-sama te mantuvo lejos todo el conflicto. No te has manchado las manos de sangre y eso es bueno. Podrás empezar de cero.
Ume agitó la cabeza.
—Ninguno de nosotros podremos empezar ya de cero, Himura. Aunque no haya matado a nadie, la sangre también me ha salpicado— dijo, soltando aire despacio. Era cierto.
—Ha salpicado a todos, Ume, hasta al último habitante de Japón, pero... No es lo mismo. Tu alma todavía es tuya.
—¿Y la tuya? — preguntó ella. Kenshin no tenía muy claro qué pensaba al respecto.
—Hace mucho que dejó de preocuparme— dijo al final.
—Pero sigues llevando espada— replicó entonces Ume, señalando el arma con la barbilla. Kenshin llevó su mano izquierda a la tsuka, pasando los dedos por ella con suavidad, como si fuese un tesoro. De alguna manera, lo era.
—Es una sakabatou— dijo, aún poco acostumbrado a la palabra—. No puedo matar con ella. Es mi promesa.
—Yo también prometí no matar— murmuró Ume—. Se lo prometí a mi padre y también a mi hermano. Aunque a veces... A veces creo que... Es una promesa absurda. No siempre se puede decidir.
—Sí se puede— dijo él, mirándola con firmeza—. Se puede, Ume. Yo viviré así.
Ella, con la misma rapidez con la que unos minutos antes había estado a punto de cortarle el cuello, extendió la mano y agarró la de Kenshin, haciéndole sobresaltarse. Se quedó paralizado. No había dejado que nadie le pusiese una mano encima desde la muerte de Tomoe; era la primera vez desde entonces que sentía el tacto de otro ser humano. Habían pasado tres años.
—No he venido a quitarte la vida. He venido por otra promesa. L-la... La promesa que mi padre hizo con tu shishou. He venido a cumplirla. A que ambos la cumplamos.
Kenshin había tardado unos segundos en reaccionar; no podía recordar otra promesa que la que simbolizaba su sakabatou. ¿Es que había prometido otra cosa en algún otro momento? Era como si todo comenzase y acabase en su espada de filo invertido. Sin embargo, de pronto, recordó. Parecía que hubiese sucedido en otra vida. Entonces agachó la mirada, ocultando los ojos tras su flequillo.
—No puedo— contestó en un susurro.
—¿No... puedes? — había preguntado ella, apretando su mano.
—No— dijo, con mayor firmeza, soltándose con todo el tacto que fue capaz de reunir. Ume se había quedado así, frente a él, durante mucho tiempo; ninguno de los dos se movía.
—Te he buscado desde el día del funeral de mi hermano— soltó ella al final, con la voz quebrada. Kenshin mantenía la mirada fija en el suelo—. Me fui de mi casa con trece años solo para encontrarte antes de que te matasen, ¿lo entiendes? Cuando por fin supe dónde estabas, me enteré... Me enteré de que te habías casado, o algo así. Pero después... Después supe que ella...
—No volveré a casarme ni nada parecido— sentenció él, mirándola a los ojos. Ume compuso un gesto de dolor—. Nunca.
—Bien, no importa. No tenemos que casarnos— dijo, tomando aire. Entonces solo era una niña, tendría apenas dieciséis años. Se abalanzó sobre él, agarrándole del gi e intentó besarle, pero Kenshin apartó la cara—. No tienes porqué casarte conmigo, no me importa. Podemos... Podemos vivir sin estar... Puedo simplemente ser tu mujer.
Introdujo la mano derecha bajo su hakama, acariciándole, pero él la agarró con firmeza y la apartó.
—Ya tengo mujer, Ume— le cortó, sin ser consciente casi de sus propias palabras.
—Está muerta, Himura— susurró ella en su oído.
—Sé que está muerta, pero es mi mujer— le había dicho—. Siempre será así.
Ume le soltó, separándose de golpe, mientras asentía con la cabeza, nerviosa. Le temblaban las manos.
—No, no siempre será así— dijo—. El tiempo pasará, volverás a enamorarte; pero ¿sabes? Yo nunca recuperaré a mi hermano.
Once años después, la tenía delante; sus ojos parecían arder, aunque de una forma que inspiraba tristeza. De pronto vio en ella la misma niña sin miedo que le puso un cuchillo en el cuello en aquella posada perdida del mundo, para después declararse. Respiró despacio. Ni siquiera dejando que ganase podría compensar todo el daño que le había hecho.
Ella atacó de nuevo y no pudo reaccionar. Sintió el corte afilado de la espada en la cadera derecha y cayó al suelo, soltando la sakabatou. Veía todo plagado de luces, como si las luciérnagas del río le rodeasen. Luciérnagas... de verano. Tal vez podría pedir un deseo.
Deseo...
Deseo...
—...¡en zonas vitales!
La voz de Megumi le hizo abrir los ojos, aunque no era ella la que estaba allí, agachada junto a él, con cara de terror. Miró los ojos azules, los mismos que una vez le habían devuelto las ganas de vivir.
Kaoru-dono.
—Si hubiese querido matarle ya estaría muerto— oyó decir a Ume. La vio detrás de Kaoru, discutiendo de pie frente a Megumi. Miró hacia él, con el ceño fruncido y la espada todavía en la mano, manchada con su sangre—. ¿Se puede saber qué haces, Himura? ¿Por qué no te has movido?
Kenshin cogió aire y lo soltó despacio. Las luces empezaban a disminuir. Se llevó la mano izquierda al lugar del corte y sintió el dolor, el calor y el olor inconfundible de la sangre. Se sentó, incorporándose levemente.
—Apártate— dijo Megumi, empujando a Ume a un lado, sin que la espada que sujetaba pareciese infundirle ningún miedo. Kenshin la miraba, inmóvil, como si sus sentidos de pronto no le respondiesen—. Tú también, Kaoru.
—P-pero...
—Kaoru, te he dicho que te apartes— repitió, con un tono duro. Kaoru se levantó, alejándose un poco. Estaba pálida. Le asusta la sangre, pensó él—. ¿Puedes oírme, Ken-san? Voy a ver tus heridas.
Kenshin asintió con la cabeza. Megumi le hizo girar un poco para tener a su alcance la apertura lateral derecha de la hakama; sin decirle nada, desanudó su obi y bajó la tela hasta ver la herida, que atravesaba la cadera desde hacia su ingle. Kenshin sabía que un corte un poco más abajo, a la altura de la arteria, le habría podido costar la vida. Sangraba bastante, pero no parecía mortal. Puso la mano derecha sobre la herida, intentando cortar la hemorragia, pero Megumi se la apartó, frunciendo el ceño.
—Te voy a coser, me da igual lo que digas. Y si intentas protestar, te coseré también la boca.
—Megumi-dono, kudasai— dijo él, si poder evitar su sorpresa; Megumi no solía hablarle con tanta crudeza, sino más bien al contrario—. Con una venda será suficiente.
—¿Una ven...? Por Kami, mira la de la muñeca. Está llena de sangre. ¡Una venda no siempre es suficiente!
Kenshin miró su muñeca; era cierto, la herida había vuelto a abrirse. La verdad, tenía un aspecto lamentable. Su shishou no debía estar nada contento con la imagen que estaba dando del Hiten Mitsurugi ryu.
—Seguro que tenéis otra para prestarle a sessha— contestó, con voz suave. Megumi le echó agua sobre la herida para limpiarla y apretó contra ella una gasa, que al momento comenzó a colorearse de carmín.
—No, no tengo más. He tenido que ponerle muchas a Osamu-sama— replicó, molesta. Kenshin giró la vista hacia donde se encontraba el maestro. Seguía en el suelo, ahora sentado, rodeado por varios hombres. Ume estaba también junto a él. Llevaba el brazo en cabestrillo y tenía los ojos cerrados y el rostro pálido. Estaba seguro de que le había destrozado el hombro—. Tal vez pueda servir un lazo de...
Kenshin metió la mano izquierda en el gi y sacó dos lazos, uno rojo y otro índigo. Megumi le miró con extrañeza, cogiendo ambos.
—Espera.
Kaoru se agachó junto a ellos.
—¡Ya está bien, Kaoru! — exclamó Megumi, cogiéndola del brazo y poniéndose ambas de pie—. Tengo que ocuparme de Ken-san y no puedo si...
—Megumi-dono, no pasa nada— dijo él. Megumi soltó a Kaoru, aunque sin demasiada convicción y las dos volvieron a agacharse junto a él. Kaoru le quitó a Megumi el lazo índigo y le dejó el rojo.
—Usa ese— dijo. Kenshin la miró al tiempo que ella le miraba, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco.
—Ese lazo es demasiado corto para vendar la cadera— replicó Megumi—. Te quitaré la venda del brazo, que no te está sirviendo para nada, y pondremos ahí el lazo.
Megumi empezó a quitar la venda, manteniéndose los tres en silencio.
—¿Me dejas...? — preguntó Kaoru, después de observarla durante unos segundos. Ella le lanzó una mirada de desconfianza, pero finalmente aflojó el gesto.
—¿Te marearás? — dijo, levantando una ceja. Ella estaba pálida, pero parecía dispuesta.
—Estaré bien.
Megumi se levantó y los dejó solos, acercándose a comprobar el estado de Osamu-sama. Kaoru siguió con el trabajo de retirar la venda del brazo con suavidad, sin decir nada. Kenshin la observaba, contando las pecas de su nariz. Pocas veces la había tenido tan cerca; su olor le llegaba por encima del olor de la sangre, por encima de cualquier otra cosa.
—Tienes que abandonar— dijo ella, sin mirarle, mientras comenzaba a colocar la venda alrededor de su cintura. Kenshin la miró; no debía ponerse así, sino que tendría que pasar la venda bajo su pierna, por su ingle, hasta volver a su cadera, para cortar así la hemorragia, pero no dijo nada. Como lo hiciese, estaría bien para él—. Lo digo de verdad, Kenshin. Retírate ya de este estúpido combate. Tengo... Tengo un mal presentimiento.
—Ya queda poco— contestó él, apretando la venda sobre la herida para cortar la hemorragia mientras ella comenzaba a realizar el nudo final. Kaoru agitó la cabeza, poco conforme. Conocía bien ese gesto. Se fijó en un lunar que tenía cerca de la raíz del pelo. Nunca antes se lo había visto.
—¿Por qué tienes que ser siempre tan cabezota?— replicó Kaoru, alzando la vista y mirándole a los ojos—. No me importa el maldito examen, ¿entiendes? Déjalo y... y vuelve a casa, conmigo—. Kenshin sintió que el corazón le daba un vuelco—. Puedes... Puedes hacer cien litros de matcha y beberlo sentado en la engawa. Podemos ver las estrellas. Podemos hablar.
Ella cogió el lazo rojo y empezó a colocarlo en la muñeca, allí donde había estado antes la venda.
—¿Sin bokken? — preguntó él. Kaoru le miró intentando descifrar si bromeaba, para finalmente sonreir, dirigiendo la mirada al morado de su mejilla; por un momento el dolor de las heridas de Kenshin desapareció.
—Sin bokken— contestó ella—. Sólo tú y yo.
Él puso suavemente su mano sobre la de ella.
—Acabaré ahora mismo— dijo. Kaoru, poco convencida, asintió. Se miraron por un instante, o quizás por varios minutos. No lo podría explicar, pero en ese momento le pareció verlo todo. Sintió su ki como nunca antes, como un auténtico volcán en erupción.—Ardes— le dijo, genuinamente sorprendido. Kaoru le había dicho que se casaría con Hideki; sabía que le había regalado su primer beso y también había querido que fuese Hideki quien se despertase con ella en sus brazos. Sin embargo no lo sentía así. Sentía que su ki ardía cuando se acercaba a ella. Pero ¿era posible?
¿Me estaré equivocando?
Kaoru se puso en pie, mirándole. La voz de Ume le sacó de su hechizo y le devolvió al lugar donde se encontraban.
—¿Has acabado ya, Himura? Queda un golpe y llevo media hora esperando—. Él asintió, más sereno, mientras se colocaba el gi dentro de la hakama y se abrochaba el obi; Ume desvió la vista hacia Kaoru, que ya se había apartado y estaba junto a los demás, en la barandilla del puente; sin dejar de mirarla, le tendió a Kenshin la sakabatou envainada. Él la cogió—. Al final tenía razón, ¿verdad? Con el tiempo volviste a enamorarte. ¿No te parece injusto? Tú vuelves a amar y Riju, sin embargo, hace mucho que se convirtió en un recuerdo.
—Sí, me parece injusto— dijo, sintiéndolo de corazón—. Pero seguir tampoco es fácil.
Ume no dijo nada más y sus palabras resonaron en su cabeza, como un gigantesco eco; ¿no te parece injusto?
¿No te parece... injusto?
Ese pensamiento había colonizado su mente durante muchos años. Era injusto que viviese. Era injusto que tantas buenas personas hubiesen caído durante la guerra; personas inocentes, niños que no habían llegado ni a caminar. Padres, como el de Kaoru. Jóvenes llenos de vida. Akira, Riju... Tomoe. Todos muertos y él, que tanto sufrimiento había causado, vivo. Los dioses debían tener un sentido del humor bien negro. Era injusto... Pero era así. Morir habría sido fácil. Sin embargo, su promesa le ataba a la vida, intentando purgar así todo el mal causado. Eso sí le parecía justo; más justo que un final rápido.
Kenshin dio varios pasos hacia atrás, colocándose despacio en posición de battojutsu; la cadera le tiraba, la muñeca le sangraba, pero lo ignoró. Ignoró todo dolor, toda sensación y se concentró. Para el arte del batto hacen falta tres cosas...
Vuelve a casa... conmigo.
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—¿Y ya está? — preguntó, sorprendida— ¿No te dijo nada más?
—No— contestó él, con la vista fija en el río—. Pero creo que no es necesario. Lo sabes tan bien como yo... Todos lo saben, de hecho. Debe ser algo que se ve a leguas.
La tarde empezaba a caer y la luz dejaba una imagen especialmente hermosa; Misao pensó en Aoshi. ¿Qué estaría haciendo? ¿Estaría ya en la posada? ¿Estaría... pensando en ella? ¿Para qué querría verla?
La pequeña Misao.
—Lo siento, Hideki. Me siento responsable de esta situación... No debí entrometerme.
Él negó con la cabeza; estaba abatido. Sintió el impulso de abrazarle, pero se contuvo. No solía salir bien eso de hacer lo primero que le pasaba con la cabeza, ya lo comprobó en distintas ocasiones.
—No es culpa tuya, Misao. Yo siempre lo supe, pero no quise verlo. No puedo quitarme de la cabeza la idea de que, tal vez, si hubiese sido más valiente, o más atrevido... Si hubiese dado algún paso más... Si anoche...
Se detuvo en seco, mirándole.
—No. No pienses eso, te aseguro que no es un problema de valentía— dijo, tajante; era cierto, pues Kaoru al final había elegido a Himura, que para dar medio paso necesitaba pensárselo siete meses—.Tú no has podido hacerlo mejor, Hideki. Simplemente... Kaoru no puede evitarlo. Es superior a ella, es como... No puede romper con él aunque lo intente, pero estoy segura de que nunca quiso dañarte.
Es como... una adicción.
—Lo sé— respondió él, cogiendo aire—. Ojalá pudiese simplemente odiarla. No sé cómo voy a hacerlo a partir de ahora.
—Tendrás que alejarte— dijo, convencida—. Poner distancia por medio, al menos durante un tiempo. Si te quedas aquí te volverás loco.
Él asintió con la cabeza.
—Ya lo he pensado. Tal vez vuelva a Kioto. Puedo dejar la escuela a cargo de alguno de mis alumnos, o incluso cerrar el dojo temporalmente. Kaoru podría dar clase a mis estudiantes.
Misao lo miró, sorprendida; le parecía increíble que no le guardase rencor. Hideki es un corazón noble, pensó. Kaoru está dejando ir a un buen hombre... Aunque, por otro lado, Himura también lo era.
—Sería una buena idea.
—¿Y tú, Misao? ¿Volverás a Kioto también, con tu familia? —. Misao miró hacia el río. El agua fluía con suavidad y su sonido era una melodía improvisada, hermosa. Había vida en él; no era una charca muerta y putrefacta.
—Aún no lo sé— dijo, fijándose en un pececillo que nadaba muy cerca de donde ellos estaban, casi bajo el puente. Miró arriba; el combate aún seguía y la gente gritaba y aplaudía. Debía estar siendo muy reñido. Himura ganará. Nadie puede vencerle. Se fijó de nuevo en el pez; era libre. Sin pensarlo, se descalzó y se metió en el río hasta la rodilla, agachado la mano e introduciéndolas en el agua para intentar tocarlo—Supongo que lo decidiré esta noche.
Cerró el puño en torno al pez, pero escapó entre sus dedos, escurridizo. Suspiró. Iba a salir del agua, cuando su pie chocó con algo, un objeto duro, oscuro. Frunció el ceño y metió de nuevo el brazo hasta tocarlo. Lo sacó y lo observó, con ojos muy abiertos. Hideki y ella intercambiaron una mirada de estupefacción y él, al mismo tiempo, elevó la vista hacia el cielo; no, no miraba el cielo: miraba el puente, donde se libraba el combate.
Misao sujetó la vaina y sacó lentamente la espada.
Es... La sakabatou.
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—Acabemos esto, Ume-dono— dijo, mirándola a través del flequillo que le cubría los ojos. Ume agitó la cabeza y se colocó en la misma posición que él, en posición de battojutsu, pero antes movió la vaina de la espada a la cadera derecha, de la misma forma... De la misma forma en que la llevaría un zurdo. De la misma forma en que la llevaba Riju. Kenshin frunció el ceño.—¿Qué hacéis? — dijo, bajando el brazo, desconcentrado—. No sois zurda. Así no podréis...
—Yo no soy zurda y tú no eres inocente, Himura— le cortó, agachándose un poco y cerrando los ojos—. No importa que ya no mates. Tu promesa es egoísta, porque solo busca tu propia redención. Yo prometí matar y nunca lo hice. Tu prometiste matar cuando te convino prometerlo. Los dioses no olvidan. No borrará las vidas que te llevaste; la vida de Riju— añadió en un susurro. Kenshin la miró sin entender.
—No pretendo borrar nada— dijo, mirándola sin recuperar la posición de batto. Se fijó en la postura del cuerpo de Ume. No era la primera vez que ejecutaba un battojutsu del revés, aunque estaba seguro de que sí lo era en un combate real—. Nadie puede escapar de su pasado, pero prometí que...
—Pues prepárate para afrontar el tuyo— le cortó Ume, con voz dura, sin abrir los ojos. Kenshin cogió aire y adoptó la misma posición. Estaba tranquilo, aunque era una serenidad dolorosa. Sabía que ganaría sin necesidad siquiera de usar el amakakeru ryu no hirameki; en cualquier caso, nunca lo habría usado contra Ume. Era una técnica demasiado poderosa y podría causarle daños graves. En todo caso, la única persona que le había vencido en un duelo de battojutsu, además de su shishou, era Sojiro. Nadie antes ni después había logrado superar la velocidad de batto del Hiten Mitsurugi ryu; su propia velocidad. Estiró los dedos de la mano derecha. Le dolía, pero no importaba. Iba a terminar rápido.
Vuelve a casa... conmigo.
Sintió el ki de Ume y supo que era el momento; en battojutsu no existe espacio para la duda. En ese instante se encuentra la diferencia entre vivir o morir. Avanzó con toda su velocidad, no podía tener miedo. Oyó una voz familiar gritar su nombre. Una centésima de segundo. La espada se deslizó por la vaina, más veloz que nunca.
Más veloz...
Demasiado veloz.
Cuando se dio cuenta, era tarde. Sintió el filo cortando la carne y la sangre de Ume salpicarle la cara.
Aterrizó sobre una rodilla, apoyando el brazo derecho. No le sostuvo y quedó boca abajo, soltando la espada. Ella estaba a su lado. No sabía si estaba herido, pero sentía mucho dolor. Dolor en el brazo, dolor en la mano. Otro dolor, más oscuro, más profundo. ¿Era real? El olor de la sangre lo llenaba todo.
Giró la cabeza y se encontró con la mirada de Ume. Sus ojos verdes, llenos de lágrimas.
—N-no le d-diste una última p-palabra... N-no le d-dejaste d-despedirse— susurró mientras el carmín comenzaba a extenderse bajo ella—. Sumimasen. Ojala... P-pudiese tan solo... Odiarte...
Kenshin se arrastró como pudo hasta cogerla de la mano; la agarró fuerte, intentando retenerla. Quiso decir su nombre, pero no salió ninguna palabra de su garganta. No podía respirar.
Cerró los ojos. Luciérnagas.
—¡Kenshin! — sintió la voz de Kaoru lejos, como cuando se alejó de ella. Lejos, como cuando caminó hacia Kioto dejándola atrás, fingiendo que no la oía llorar a su espalda—. ¡Kenshin, mírame! ¡Mírame, abre los ojos!
Kaoru-dono, quiso decir. Sumimasen.
Otra voz le contestó; una voz fría y suave, como una caricia en la oscuridad. Juraría que olía a cerezo.
Tú haces... que llueva sangre.
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Fue tan solo un instante, la centésima parte de un segundo, quizás, pero para Kaoru el tiempo se había parado ante sus ojos. Como si de un sueño se tratase, Kenshin agachó levemente su cuerpo y llevó la mano derecha delante de la tsuka, adoptando la posición de battojutsu, la misma en la que se encontraba Ume. Fue tan rápido que apenas se dio cuenta de lo que había pasado. Se movieron los dos al mismo tiempo, en el instante en que la voz de Misao gritaba Himura. Entonces oyó las espadas desenvainarse y el sonido del acero contra la carne. Y la sangre. Kaoru no sabía que podía sangrarse tanto; nunca había visto algo... así. Kenshin cayó al suelo, intentando aterrizar sobre su rodillla, pero se desplomó. Y a su lado, Ume.
Está... muerta.
Oyó de nuevo la voz de Misao, lejos. Kaoru corrió hacia el centro, rebasando las cintas, agachándose junto a Kenshin. Todo el mundo estaba en silencio. Nadie movía un músculo; nadie, excepto ella y Osamu-sama, que repetía el nombre de su hija, en un bucle interminable. Kaoru tocó a Kenshin. Él agarraba la mano de Ume, pero no estaba consciente; tenía los ojos cerrados y la cara llena de sangre. ¿Era suya? Buscó nuevas heridas y encontró otra en el brazo derecho, la que Ume le acababa de hacer al cruzarse las espadas. Había demasiada sangre. Sangre por todas partes; no podía saber si era de él o de ella; empezó a sollozar, nerviosa. Le palmeó la cara, diciendo su nombre, pidiéndole que abriese los ojos y la mirase. Él no respondía. No lo entendía. La herida era grave, pero él era fuerte. Había tenido heridas peores. Él era invencible.
Megumi llegó corriendo y se agachó junto a ellos con el rostro desencajado, pero antes de poder decir nada, una mano la levantó, agarrándola del lazo del kimono y la obligó a ponerse en pie.
—Mi hija— dijo Osamu-sama. Se había arrancado el cabestrillo y sujetaba a Megumi con fuerza—. Ayuda a mi hija.
—Osamu-sama— empezó Megumi, respirando entrecortadamente, asustada—. Ella no...
—¡AYÚDALA! —. Empujó a Megumi sobre Ume al tiempo que se agachaba y, con su mano sana, cogía su espada del suelo; la espada que su hija había empuñando por él. Miró a Kaoru, pero sus ojos no se detuvieron en ella—. Apártate.
—No— susurró Kaoru, entendiendo lo que iba a suceder—. No.
Tanteó el suelo con dedos temblorosos hasta encontrar la espada que Kenshin había desenvainado. Una auténtica katana, con la sangre de Ume en el filo. La asió por la tsuka, acercándola a sí. Osamu-sama compuso un gesto de dolor mientras sujetaba su espada con ambas manos; tenía el hombro destrozado, pero aparecía no importarle. Kaoru se colocó justo delante de Kenshin, frente a Osamu.
—Apártate, niña— repitió el hombre, con voz ronca. Kaoru sabía que no habría un tercer aviso.
—¡Kaoru! — gritó Misao. Se volvió hacia ella—. ¡Cógelo!
Misao le lanzó una espada envainada. Una espada... Kaoru la cogió al vuelo con su mano derecha y reconoció la vaina oscura; la misma que él llevaba todavía en el obi. Y en ella...
La sakabatou de Kenshin. ¿Por qué no la tenía él?
En un instante comprendió. Ume... Ume había cambiado las espadas después de herirle la última vez. Ella sabía que él haría un battojutsu. Lo sabía porque le conocía, conocía su forma de pensar, su forma de pelear. Sabía que cuando se diese cuenta de lo que sucedía sería demasiado tarde. Sintió el pecho encogérsele de dolor. Kenshin... Había vuelto a matar. Soltó aire despacio, mirando a Osamu. La tristeza que sentía pronto se convirtió en rabia. ¿Cómo se podía ser tan mezquina? ¿Cómo se podía hacer algo así? ¿Ella, que decía haberle querido? El rostro de Osamu mostraba que no tenía ni idea de los planes de su hija. No lo sabía, jamás lo habría permitido y ahora iba a matar a Kenshin. Dejó caer la katana y, poniéndose de pie, desenvainó la sakabatou y la blandió con ambas manos, sin importarle el dolor del brazo roto.
A su alrededor los hombres de Osamu se habían empezado a mover, cerrando el círculo. Todo era silencio, como si cientos de personas hubiesen contenido el aire al mismo tiempo.
¿Podré contenerle?
¿Podré proteger a Kenshin?
Él la había protegido tantas veces... No podía fallar. Osamu atacó, fuera de sí. Su ki era como un gigantesco agujero negro devorándolo todo. Kaoru frenó el golpe con el lado romo de la sakabatou; era extraño, era difícil... Tenía que pensar al revés; bloquear con la parte de la hoja donde normalmente estaría el filo. Acordarse de no girar la espada; si se equivocaba y realizaba un movimiento con el lado equivocado, podría cortarle; podría cortarse. Pero tampoco era suficiente con deslizar la hoja, pues no tenía filo donde debía tenerlo. Y ella no era tan fuerte como para dejar inconsciente a un hombre solo con un golpe.
Se valió entonces de una combinación entre el bloqueo de los golpes con la sakabatou y el ataque con golpes de jiujitsu. El Kamiya Kasshin ryu es un estilo que protege la vida y, en ocasiones, la vida no puede protegerse de forma óptima sólo con la espada. Por eso conocía otras artes marciales, no profundamente, pero sí lo suficiente como para luchar. Osamu seguía completamente enajenado. Sus ataques no se dirigían directamente a ella, sino que buscaban librarla, como si fuese un obstáculo molesto, para caer sobre Kenshin, que seguía en la misma postura, en el suelo.
Por el rabillo del ojo vio cómo Sanosuke, Yahiko y Misao intentaban acudir en su ayuda, pero los hombres de Osamu se lo impidieron, desenvainando. La gente comenzó a gritar y a intentar escapar del puente. Kaoru vio también a Megumi, inmóvil y con el rostro pálido, con las manos ensangrentada sobre el cuerpo de Ume. Protégele, le dijo, solo moviendo los labios. Kaoru asintió con la cabeza, girándose de nuevo hacia Osamu y atacando. No fallaré. Dirigió su golpe al hombro herido y él lo encajó con un grito, retrocediendo. La miró como si la hubiese visto por primera vez.
—Ha matado a mi hija— dijo él, entre dientes, con ojos fieros—. También se llevó a mi hijo. Tengo derecho a tomar su vida.
—¡Ella le engañó! — gritó Kaoru, sintiendo las lágrimas inundar los ojos; no era pena. Sentía rabia como nunca antes—. ¡Él no sabía que era una katana!
—Mi hija nunca haría algo así— contestó Osamu, agitando la cabeza—. Si no te apartas, os mataré a los dos.
—No puedo apartarme— dijo Kaoru, apretando el agarre de la sakabatou—. La espada que protege nunca puede rendirse.
La espada que protege... No puede permitirse perder.
—Entonces, lo siento— dijo Osamu, lanzándose contra ella; esta vez sí fue un ataque dirigido a matarla. Kaoru lo bloqueó con la sakabatou y paró también el siguiente golpe, moviéndose de modo que Kenshin nunca quedase expuesto a la espada. En el tercer ataque de Osamu calculó mal y oyó el acero chocar... Contra su escayola. La cortó, haciéndole un rasguño en el brazo. Si no la llevase...
Él volvió a atacar, esta vez con un golpe que ella siempre enseñaba a sus alumnos principiantes; un estoque a cote, que buscaba cortar en la mano derecha resguardada tras la tsuba. En otro momento Kaoru lo habría visto venir, ella era maestra de kendo, pero... El dojo no era un combate real. Sintió el corte en la mano y la sakabatou caer al suelo; ella también cayó, quedando sentada contra la espalda de Kenshin. No podía cerrar los dedos. Osamu empuñó de nuevo la espada, esperando que se apartase. No quería matarla, pero estaba dispuesto a hacerlo, lo veía en su mirada. Pero ella defendía la espada que protege.
La espada que protege no puede permitirse perder.
Con la mano izquierda agarró la tsuka de la katana que había usado Kenshin, lo único que tenía a su alcance, aunque sabía que no podría aguantar más de un bloqueo; tenía el brazo izquierdo roto y la mano derecha muy herida. Pese a todo, logró blandirla solo con la mano izquierda, más que como una espada, como un escudo. Colocó su mano derecha tras de sí, apoyada en Kenshin. No dejaría que le tocasen. No mientras hubiese vida en ella.
Osamu la miró con duda; dudaba entre la venganza y el perdón; era un instante en el que se decidía todo en su interior, y al final se decantó. Optó por la venganza. Se lanzó contra Kaoru.
Ella cerró los ojos, apretando con su mano herida el gi de Kenshin, tras de sí, mientras la izquierda sostenía la katana.
No tengas miedo.
Oyó el acero chocar contra el acero.
—¿No te da vergüenza, Osamu? Dejarte llevar por la cara oscura de tu corazón.
Abrió los ojos, volviendo a respirar. Frente a ella, imponente como un gigante, se alzaba Hiko Seijuro, último maestro de la escuela Hiten Mitsurugi ryu. Su capa ondeaba tras él como la bandera que anunciaba la victoria de todas las guerras. Kaoru ahogó un suspiro, dejando caer la katana que sostenía.
Hiko.
—¡Apártate! — bramó Osamu, con sus manos temblando, sujetando la espada—. Tu discípulo... T-tu discípulo...
—Mi discípulo es un estúpido por haber caído en la trampa de Ume— dijo, con dureza—. Su absurda inocencia le cegó. Pero no es el culpable de esto. No dejaré que corrompas tu alma y mucho menos que te lleves por delante a una niña.
—Tengo que matarle— replicó Osamu, apretando los dientes—. Por el honor de mi familia.
Hiko le señaló con su espada.
—Por el honor de tu familia lo que tienes que hacer es llevarte a tu hija; llorarla, como hiciste con tu hijo. Y seguir adelante. Tú y yo nacimos y vivimos por la espada y eso es lo que les enseñamos a nuestros discípulos. Cometiste el error de convertir en aprendices a tus hijos. Les enseñaste el camino de la espada, como si fuese algo romántico; olvidaste que es un camino donde el sufrimiento acecha en cada esquina. Mi baka deshi fue tan imbécil como Riju y Ume y aunque logró vivir, créeme, la carga que él soporta es mucho peor que la muerte.
Osamu soltó la espada, dejándola caer contra el duro suelo. Después cayó de rodillas, comenzando a llorar. Hiko se volvió hacia Kaoru al tiempo que envainaba su espada. Ella se giró, apoyándose sobre la espalda de Kenshin. Le abrazó con fuerza, como había querido hacer siempre, apretando la cara contra su gi, bañado en sudor, sintiendo las cosquillas de su coleta en las mejillas. La mano de Hiko en su hombro la hizo aguantar la respiración.
—Abre los ojos— suplicó Kaoru, en un susurro que sólo Kenshin podría haber oído.
—Suéltale— dijo Hiko tras de sí. Ella se separó de Kenshin, abrumada. A su alrededor todo se había vuelto un caos; personas luchando, gritos, sonido de espadas. Sangre. Se quedó en el suelo, paralizada. No podía moverse. Hiko se agachó junto a Kenshin y, cogiéndole en brazos, se lo colocó en el hombro de la misma forma en que había llevado a Kaoru la noche anterior, de vuelta a la cabaña. Arrastró la mano por el suelo hasta la sakabatou. Tal vez debería luchar. Tal vez debería ayudar a sus amigos, pero ¿cómo ordenarle a su cuerpo que se moviese? Hiko a caminar con Kenshin a cuestas y, al ver que ella no les seguía, se giró—. ¿A qué esperas, Kaoru-chan? Harás más falta conmigo que aquí.
Kaoru, temblando, se puso en pie y le siguió como un autómata, agarrándose a la manga ensangrentada del gi de Kenshin, con la sakabatou en la otra mano. Ni siquiera miró hacia atrás, ni siquiera pudo ver a sus amigos, aunque sabía que estaban allí. Megumi... pensó, sin poder hacer otra cosa que andar, un pie detrás de otro, un pie detrás de otro. Yahiko... Sanosuke... Misao. Hideki.
Era una tarde calurosa de verano y Kaoru había visto por primera vez cómo llovía sangre.
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Muchas gracias por vuestras review! Ya avisé de que este capítulo sería durillo. Espero no deprimiros demasiado, aunque si habéis llegado hasta aquí después de aguantarme tantos capítulos, os pido que esperéis hasta el final. Mil gracias :-)
kaoruca, cuando leí tu review me quedé impresionada, porque me pareció tremendo que pudieses intuir lo que iba a pasar, cuando me daba la sensación de que era bastante retorcido hasta para mí... Así que me da en la nariz que tenemos una conexión lectora o algo. Me encantaría tener la oportunidad de leer algo escrito por ti, si te animas a compartirlo, sea por esta vía o por cualquier otra. Y me alegro mucho de haber re-despertado tus instintos escritores; los míos estaban hibernando hasta el año pasado, que sorpresivamente retomé la escritura después de muchos años, ahora más si cabe en este delirante confinamiento xD. ¡Un abrazo y espero tus interesantes comentarios!
AbiTaisho, muchísimas gracias, me sonrojo y todo. La verdad es que debo pediros disculpas por miles de erratas, faltas, nombres mal escritos... Tengo poco tiempo y lo gasto todo en escribir y a veces se me pasan mil fallos. ¡Sumimasen!
Kaoru Tanuki, la verdad es que se complicó a muerte. Tengo una mente un poco perversa con los personajes, a veces me paso torturándoles, es mi vena macabra como escritora, pero prometo que también me gusta escribir cosas bonitas y en este fic también están por llegar! Un abrazo y espero que estés bien!
Kotori9, muchas gracias, qué ilusión leer esas cosas! Espero que te guste el capítulo, muchos abrazos!
Anne, obrigada! Nao posso prometer que nao sofram um pouco mais, mas prometo que tambem gosto de escrever coisas lindas, assim que tambem havera bos momentos neste fic, só ha que ter paciência. Obrigada pelo teu comentário e desculpa os erros!
