¡Hola! Gracias por las review, contesto al final del capítulo. Hoy he podido subir otro porque es domingo. Espero que os guste y os agradezco mucho todo lo que me decís, me anima a seguir escribiendo y me emociona mucho pensar que alguien pueda engancharse a algo que yo he escrito. Pensaba que con esta revisión-rescritura daría un poco de tregua a mi actual locura con Ruroken, pero al revés, me han surgido 300 ideas para otros fics de este señor XD Soy lo peor, esta cuarentena me está devolviendo a los 90, pero qué le voy a hacer, me encanta. Un abrazo a todas y cuidaos mucho.
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Capítulo 26.
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Necesita una buena reforma, pensó Misao, mirando el techo de la pequeña habitación, tumbada sobre el futón. Era de día, tal vez la una. Nunca se había levantado tan tarde, aunque, a decir verdad, no tenía nada que hacer. Se desperezó y se entretuvo ordenando el dormitorio, colocando las mantas y abriendo la puerta de shoji para ventilar. Era un día hermoso, con una buena temperatura, mucho más suave que la de Tokio. Después fue a la cocina y se sentó a continuar la carta que había empezado tres días atrás.
Querida Kaoru, había esccrito.
¿Querida? ¿Qué era, su abuela? Tachó, resoplando, mientras volvía a mojar el pincel en la tinta. Otra hoja de papel echada a perder y no tenía mucho más dinero para gastarlo en eso. No importaba, la aprovecharía; rasgó la parte superior y escribió de nuevo, con cuidada caligrafía:
Kaoru,
Mucho mejor. Bien, ya tenía una palabra. Tal vez en diez años consiguiese terminarla. Se paró a disfrutar del silencio. En el Aoi-ya nunca era posible oír el canto de los pájaros de ese modo, no al menos a la una de la tarde, momento clave para servir las comidas. Miró de nuevo la hoja de papel. Tenía que seguir escribiendo; tenía que contárselo. Dejó que la pluma se deslizase, sin pensar.
Kaoru,
Lamento no haberte escrito antes. Estas tres semanas he pensado constantemente en ti y en Himura. El abuelo me leyó tu carta; me alegro de que vuestras heridas estén mejor, y estoy segura que lo demás irá también mejorando con el tiempo. Siento mucho haber desaparecido de esa forma tan repentina, pero necesité hacerlo. La noche en que todo pasó
Se detuvo, mirando a la nada, con el pincel suspendido en el aire. La noche en que todo pasó...
Misao había crecido resguardada por su extraña familia, el Oniwabanshu; nunca había visto en primera persona la cara más cruel de la espada, hasta que presenció el final de la lucha entre su abuelo y Aoshi. Entonces empezó a entender. La sangre en el cuerpo de las personas que quieres, el miedo, la impotencia. El día de la muerte de Ume, sin embargo, conoció otras cosas distintas. El rencor, la venganza. El resentimiento, y también la desesperanza. Sus ojos se quedaron fijos en la imagen de Ume sobre el suelo y en la figura de Himura, con la katana todavía en la mano, cayendo junto a ella con la elegancia inconsciente del que había nacido para eso. Fue como si por un momento hubiese viajado al Kioto del que hablaban los mayores, al Bakumatsu. Su cabello rojo moviéndose rápido como el viento, su espada terrible. Battousai. Así debía haber sido entonces, cada noche. Sin embargo...
Sin embargo, sus ojos sólo podían ver a Himura; Himura, el rurouni de sonrisa dulce y gesto suave. El pegamento del dojo Kamiya. El que contenía a Sanosuke; el hombre que Yahiko reverenciaba; el que había encandilado a la fría de Megumi. El primer amor de Kaoru. Nunca había conocido a nadie con un corazón tan grande como el suyo y, sin embargo, había sucedido. Ume estaba muerta. Ya en el suelo, él se había arrastrado hasta tocarla y había agarrado su mano de una forma que le partió el alma. El mundo era un lugar horrible, pensó entonces. Sin decidirlo conscientemente, salió corriendo a buscar a Aoshi.
La posada donde se alojaba era un lugar bastante sórdido, donde era evidente que descansar era la última de las prioridades de sus clientes. Habitación veintitrés, recordó. Iba a pedir permiso para entrar, cuando escuchó la voz desde el otro lado.
—Pasa, Misao—. La estancia era pequeña y austera; un simple futón fino, una manta y una lámpara. Aoshi estaba sentado en el suelo, leyendo un libro. Misao lo miró, inmóvil— ¿Ha pasado algo?
Toda la angustia que tenía dentro explotó entonces, de forma repentina. Sin poder hacer nada por evitarlo, rompió a llorar y no de forma calmada. Lloró como no lo hacía desde que era una niña, casi ahogándose en su propio llanto. Aoshi se levantó despacio y cerró la puerta de shoji. Después se puso frente a ella y la atrajo hacia sí, abrazándola. Ella no podía dejar de llorar, empapándole la pechera del kimono con sus lágrimas. Mientras la abrazaba, Aoshi tocaba su trenza en un gesto de consuelo, acariciándola con torpeza. Olía a matcha, y a sal. Apretó su cara contra su pecho. Una vez consiguió serenarse, le contó todo. Se lo contó así, en ese abrazo infinito, de pie ambos junto a la puerta. Aoshi se mantuvo en silencio hasta que terminó y después se separó de ella despacio.
—N-no puedo entender cómo a-alguien... A-alguien...
Él se sentó donde estaba al principio, en seiza. Misao se quedó de pie, mirándole mientras se secaba las lágrimas con la manga.
—Yo sí lo entiendo.
—¿Lo entiendes? — preguntó, sorprendida—. ¿Entiendes lo que hizo Ume-san?
—Sí— dijo él, casi en un susurro—. Su dolor era demasiado grande.
Misao le miró sin comprender. ¿Es que no había escuchado toda la historia?
—P-pero... era su dolor. ¿Por qué no se quitó simplemente la vida?
—No es tan sencillo, Misao— dijo Aoshi, señalando con la mano el sitio para que ella se sentase—. No conocí a Ume-san, pero sí a su hermano. Era un chico orgulloso, con un alto concepto del honor y que amaba a su familia por encima de todo. Su hermana sería igual que él.
—Su familia ahora ha quedado destrozada— replicó Misao, negando con la cabeza—. Su padre... Ha perdido a su hija. Y Himura... No se merece algo así. Ahora que ha encontrado la paz...
Aoshi se acomodó mejor en la postura, mirándola con gesto suave.
—Himura siempre tendrá quien le desee la muerte, Misao— dijo, cogiendo aire despacio—. Su voluntad de vivir es fuerte, pero no puede ignorar la realidad. No podemos borrar el pasado. De algún modo, siempre acaba por volver.
Ella le miró, frunciendo el ceño.
—No podéis vivir siempre en el pasado, Aoshi-sama. Lo hecho, hecho está.
—No es tan simple para nosotros— replicó él, con exasperante calma. Misao tuvo unas ganas repentinas de golpearle.
—Claro que es simple. Vós lo habéis dicho: voluntad de vivir. Eso implica valentía para dar pasos adelante, aunque no sepas bien dónde te van a llevar.
—Cuando un hombre da un paso adelante, puede encontrarse con una tierra más o menos firme bajo sus pies— dijo él, con tono serio—. Es un riesgo que cabe asumir. Cuando los hombres como Himura o como yo damos un paso adelante, viene con nosotros todo lo que hicimos. No es algo de lo que nos podamos separar. Y es posible que no haya tierra más allá, sino un precipicio sin fin. No podemos correr el riesgo de caminar acompañados, porque arrastraríamos a quienes nos acompañan hacia el fondo.
Misao se quedó inmóvil, mirándole. Él tenía la vista fija en el suelo.
—¿Qué me queréis decir? — preguntó al final, reuniendo toda la fuerza que fue capaz. Aoshi, de nuevo, no la miró directamente. Silencio— ¿Me estáis diciendo que no queréis tenerme a vuestro lado?
—No dije eso, Misao— contestó él, con paciencia—. Nunca diría eso, pero no puedo tenerte en donde pueda dañarte.
Ella resopló, indignada. Ya estaba con lo mismo; ya estaba tratándola como a una niña.
—¿Y por qué ibais a dañarme? Soy fuerte. Aunque llore, soy fuerte— añadió, sintiéndose sonrojar; una cosa no tenía que ver con la otra. La fortaleza no residía en la ausencia de sentimientos—. Además, esa es mi decisión.
—En eso te equivocas— dijo él, levantando la vista y mirándola—. Me has contado que Osamu-sama estuvo a punto de matar a Kaoru. ¿Sabes por qué? —. Misao abrió los ojos, sin entender—. Por Himura. Himura ha cogido a esa chica de la mano y ha decidido caminar con ella por el borde del precipicio.
—¡Porque la ama! — gritó Misao, fuera de sí. Habría querido darle una patada que lo lanzase a la otra punta del dormitorio; pero él seguía allí, impasible, como un maldito monje.
—No lo dudo, pero está dispuesto a ponerla en peligro el resto de su vida, sólo por tenerla a su lado. Es un amor egoísta, entonces— replicó. Su voz sonó más hueca, más tensa. Misao respiraba entrecortadamente, intentando controlar su rabia. Agitó la cabeza
—Decís que Himura es como vos, pero no es cierto— dijo al final, recuperando la compostura mientras se acercaba a la puerta. No había nada que pudiera hacer allí, nada—. El suyo no es un amor egoísta, es un amor valiente. Ha decidido vivir, y vivir siempre conlleva riesgos. Sería más fácil que mantuviese a Kaoru en un pedestal y se alejase, fingiendo que lo hace por el bien de todos, cuando solo estaría ocultando su miedo, un miedo que hace más daño que las espadas. Él no es así. Él no es como vós.
Se había marchado, sin lágrimas, sin gritos. Fue una despedida dolorosa, más si cabe cuando fue consciente de que él no la seguía. No había hecho nada por retenerla, aunque ¿cómo sorprenderse? No lo había intentado en todo ese tiempo. De alguna extraña forma, ella creía conocer sus sentimientos, pero eso todavía lo hacía más difícil. Si tan solo le hubiese dicho que no la amaba... Pero no era eso. Era todavía peor.
Había salido de la pensión con las manos doloridas de tanto mantener los puños apretados. Caminó por la orilla del río, siguiendo la dirección del dojo Kamiya. Estaba triste. Estaba furiosa. Entonces vio una sombra, junto a los juncos...
Soltó la pluma. No podría contarlo con letras. Quizás lo mejor sería que viajase a Tokio; podía hacerlo y estar pronto de vuelta. Podía también ver a Himura. Sí, era lo mejor. Hizo una bola al papel y lo dejó sobre la mesa, suspirando. El sonido de la hoja arrugándose camufló el de los pasos acercándose a ella. Sintió su abrazo, atrapándola, y sus labios en su hombro. Giró levemente la cara y él aprovechó el movimiento para besarla, primero despacio y después con más pasión, buscando su lengua. Sin decir una sola palabra, la recostó sobre la mesa de la cocina y empezó a quitarle la ropa con premura; ella hizo lo mismo, desatando el nudo de su hakama sin dejar de besarle. Se hicieron uno entre caricias y suaves mordiscos y Misao se agarró a su pelo, cerrando los ojos. Era tan dulce y a la vez tan pasional... Un gemido escapó de sus labios, llevando su nombre. Después él la incorporó hasta sentarla en la mesa y acarició su cabello con ambas manos, colocándoselo tras las orejas.
—Ohayo, Misao— dijo, con tono suave, sonriendo. Ella se sonrojó, como cada mañana.
—Ohayo, Hideki.
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Se llevó el cucharón de madera a la boca, probando. Olía bien y sabía...
—No sé qué ha podido pasar, Jun-san— dijo, mirando el interior de la olla con gesto de evidente agobio. Era imposible. Había seguido sus instrucciones al pie de la letra y, sin embargo... —. Sabe a huevo podrido— sentenció, suspirando. No había solución. Había algo mal en ella, quizás incluso una maldición.
Jun le dedicó una sonrisa dulce y le quitó el cucharón de la mano con gesto suave.
—Seguro que no es para tanto, Kaoru-chan— replicó, introduciendo el cucharón en la olla y llevándoselo a los labios con delicadeza; Kaoru se maravilló de su perfecto gesto al probarlo, siempre tan elegante. Ella había cogido demasiado la primera vez y había acabado quemándose los labios y escupiendo la mitad dentro de la olla común, aunque Jun no le dijo nada. La segunda vez sopló antes, pero ello no hizo que el guiso supiese mejor.
Una maldición, eso es. Aquella tendera del mercado a la que no le compré...
—Puedes escupirlo; es horrible— dijo con pesar. Jun la miró con sorpresa; era evidente que nunca había escupido nada en su vida. Era una dama, claro. En aquellos momentos Kaoru no podía evitar sentirse como un bicho raro. Tal vez todo se debiese a haber crecido sin una figura materna. En las cuatro semanas que llevaba en la cabaña, había aprendido más de cómo se comportaba una mujer "normal" que en los últimos diez años de su vida, lo que había profundizado su idea de que no podría ser una buena esposa, si es que alguna vez en su vida tenía la oportunidad de intentarlo. A veces, cuando veía a Jun destaparse con cautela el antebrazo del gi para sacar su pequeño pañuelo y secarse las leves gotas de sudor que perlaban su cuello, guardándolo de nuevo de forma ceremoniosa, se preguntaba si Tomoe también habría sido así. Cuando Kenshin les habló de ella le pareció que sí, que así era exactamente como se comportaba. Entonces la imaginaba en un lugar como aquel, moviéndose con elegancia de un lado a otro, como un cisne, del mismo modo que lo hacía Jun. Siendo siempre sutil y reservada, riendo con moderación y bajando la mirada con mejillas sonrosadas. Ella nunca sería así. Más bien se parecería a una especie de... Pato. Sí, un pato. Suspiró. Si nunca habías visto un cisne, un pato podía estar bien. Son simpáticos, y tienen unas bonitas plumas. Sin embargo, para alguien que había tenido un cisne...
Otros pensamientos la asaltaban también, más íntimos, aunque intentaba apartarlos. Incluso se había planteado la posibilidad de hacerle ciertas preguntas a Jun; ella tendría las respuestas, pero no sabía siquiera cuáles eran las palabras. Kami-sama, moriría antes de pronunciar esas cosas en voz alta. Agitó la ía que centrarse en ayudar a Kenshin, aunque no supiese bien cómo hacerlo.
Guardó silencio. Ahora estaban los dos fuera. Hiko cortaba leña, y Kenshin... Jun había empezado a intentar arreglar el desastre de la comida, entregándole una alforja para que llevase algo de sake a los hombres.
—¿No es muy pronto? — preguntó, sorprendida. Jun sonrió, echando distintas especias dentro de la olla con una maestría que le resultaba apabullante.
—No para Hiko— contestó, sonriendo con dulzura. Kaoru asintió y salió al exterior de la cabaña; la diferencia de temperatura le golpeó el rostro como una bofetada. Era mediodía y el sol caía sobre los alrededores con furia. Buscó a Hiko en la parte trasera y lo encontró sentado junto al tronco donde cortaba leña, bebiendo de una pequeña taza. Ella frunció el ceño, con la pesada alforja en los brazos.
—Ah, Kaoru-chan. Qué bien que viniste con provisiones— dijo él, a modo de saludo. Sin esperar su respuesta, se levantó y le quitó la alforja de las manos, dando un profundo trago—. Ya he terminado con esto; puedo echaros una mano con la cocina.
—¿Y Kenshin? — preguntó, mirando hacia la derecha, en dirección al huerto. Hiko señaló con la barbilla la zona más apartada, donde más golpeaba el sol.
—Allí lo tienes. Le he puesto a cavar una zanja—. Kaoru lo miró con irritación. Otra vez estaba torturándole, como cuando era un niño indefenso atrapado en su montaña. A veces sentía ganas de golpear a Hiko. Aunque había ayudado mucho a Kenshin en los últimos tiempos, sobre todo en aquellas semanas, no podía dejar de culparle por cómo lo había educado. Había crecido acostumbrado a aprender a base de duros castigos, sin una palabra de consuelo, sin una mano cálida que lo abrazase, sin nadie que le dijese que lo quería antes de dormir. ¿Cómo no iba a tener problemas para expresar sus sentimientos?
Sin embargo, a pesar de todo...
A pesar de todo, Hiko ha sido el único que lo ha levantado. Lo conoce mejor que yo; mejor que nadie.
—¿Una zanja? ¿Para qué quieres una zanja?
Él se encogió de hombros, dando otro gran sorbo a la alforja.
—Le he dicho que es vital para el huerto, pero mañana le haré cerrarla.
—¿Qué? — preguntó ella, sintiendo la rabia crecer en su interior—. Está herido, ¡tiene que descansar!
—Le viene bien moverse— replicó Hiko, levantando las cejas—. Confiaba en que practicase contigo un tipo de movimiento más placentero, pero viendo vuestras patéticas interacciones, tendré que darle otro desahogo para su espíritu—. Kaoru se sonrojó tanto que perdió la palabra. Él, divertido, soltó una carcajada. Entonces le entregó la alforja, medio vacía. Kami-sama, ¿cómo podía beber tanto y tan rápido sin inmutarse? —. Venga, llévale un poco. Es la mejor cosecha del año pasado. Pregúntale de mi parte a qué le sabe.
Kaoru, sin entender, cogió la alforja y se dirigió a la parte final del huerto. El sol rugía, marcando la piel de su cuello y de sus manos. No era una hora apropiada para trabajar y menos para cavar zanjas. Hiko parecía tomarse las heridas de Kenshin de broma, como si no fuesen graves. "Ha estado a punto de perder el brazo, Kaoru", le dijo Megumi en cuanto llegó a la cabaña, observando las suturas que había hecho Hiko y maravillándose de su trabajo. Sin embargo, allí estaba, con una hazada, abriendo una zanja que ya tenía varios metros de largo y un metro de profundidad. Llevaba el cabello recogido en una coleta y un pañuelo sobre la cabeza, protegiéndole del sol directo. Usaba las dos manos para sujetar la hazada, aunque no debía. Sin embargo... Está de pie, se dijo, sintiendo el corazón latirle con más fuerza.
Está vivo.
La última semana y media había empezado a comer y cenar con ellos y parecía que sus huesos comenzaban a rodearse con algo más de carne. No hablaba, pero eso no importaba, no de momento. Hiko le había encargado la importante tarea de montar un huerto en la parte trasera de la cabaña. "No es una recomendación", le había dicho, señalándole con los palillos. "No puedo alimentar cuatro bocas adultas, y como no tienes dinero para pagarme tantas comodidades, trabajarás con tus manos". Kaoru y Jun habían protestado, recordándole las graves heridas que Kenshin sufría, pero él no había dicho nada. Esa misma tarde comenzó a preparar el huerto. Kaoru vio sorprendida cómo sabía lo que hacía. Sabe plantar, recordó. Ya lo había hecho antes; a fin de cuentas, sus padres tenían una granja y también cultivó un tiempo, cuando vivió en Otsu.
Desde que Hiko le encargó la tarea, estaba todo el tiempo en el huerto. Lo amplió hacia el fondo, abriendo más franjas de tierra, plantando cualquier semilla que Jun le trajese del mercado. El verano estaba siendo seco, de modo que cuando no se encontraba sembrando o preparando abono, cargaba agua desde el pozo para regar lo plantado. Algunos días lo veía toda la tarde cargando los cubos, de arriba abajo, y miraba con preocupación su brazo. Había dejado de ayudarle a bañarse y cambiarse de ropa, por petición de él. Fue una de las pocas cosas que le dijo en todas aquellas semanas, el día después de que se sentase a cenar con ellos por primera vez. Ella había preparado el baño, calentando el fuego para que tuviese el agua en el punto perfecto de temperatura. Kenshin entró y ella, como había hecho hasta entonces, se acercó a él despacio y puso sus dedos sobre su obi, empezando a desatarlo, sin mirarle, sonrojada. Kenshin puso su mano sana sobre la de ella.
—Sessha lo hará. Katajikenai, Kaoru-dono— susurró, de forma casi inaudible. Kaoru, asintiendo con la cabeza, lo dejó solo. Sin embargo, sí le cambiaba los vendajes y le hacía las curas. En ese momento había comprobado con sorpresa cómo, lejos de empeorar por los trabajos, habían dejado de infectarse y parecían comenzar a sanar.
—Seguramente sea el sol— le había dicho a Hiko el día anterior, comentándoselo mientras ponía la mesa. Hiko había sonreído entre dientes, con malicia.
—Sí; será el sol.
Se acercó a él, con la alforja en sus brazos. Empezaba a sentir el hambre atenazarle el estómago y deseó sinceramente que Jun encontrase la forma de arreglar el desastre que había hecho por comida.
—Kenshin— le llamó. Cuando se volvió, tapando el sol con la mano, ella le dedicó una sonrisa. Se había puesto el gi y la hakama grises que Kaoru le trajo del dojo. Estaba lleno de tierra, también las vendas de su brazo, pero no parecía importarle. Le tendió la alforja y él, dejando la hazada apoyada contra la pared de la zanja, extendió la mano y la cogió.
—Katajikenai— contestó él, casi en un susurro. Se llevó el sake a los labios y bebió dos tragos; se derramó un poco por su barbilla, pero él se lo secó rápido, con un gesto grácil del dorso de su mano. Después le tendió de nuevo la alforja a Kaoru, sin decir nada más. Cogió otra vez la hazada y empezó a cavar, ampliando la zanja. Ella la cogió y dudó un momento, pero al final preguntó.
—¿A-a qué sabe? — dijo, con voz trémula. Kenshin paró otra vez de cavar y, sin mirarla, contestó.
—A sake.
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Se levantó, estirando la espalda y el cuello. Antes de abandonar la habitación dirigió una mirada breve hacia atrás, casi una comprobación. Jun dormía, con el gesto suave de quien tiene la conciencia tranquila. Su capa, símbolo del Hiten Mitsurugi ryu, reposaba bajo su cálido cuerpo; mucho mejor ahí que en los enclences hombros de su baka deshi, por supuesto. Extendió una mano y tiró de un borde, tapando sus curvas desnudas. Perfecta, pensó, dejando que sus dedos acariciasen brevemente su cadera mientras soltaba la capa. Cerró tras de sí y se dirigió al otro dormitorio. La puerta estaba entreabierta, como siempre. Estaba seguro de que Kaoru-chan la dejaba así cada noche antes de salir por si le pasaba algo a Kenshin y no podía pedir ayuda. Agitó la cabeza. ¿Qué narices iba a pasarle? ¿Una pesadilla en medio de la noche? No sería él quien se levantase corriendo a secarle el sudor, eso por supuesto. Entró sin contemplaciones y lo vio allí, solo, sentado contra la pared. Pasó junto a su maravilloso futón de buena calidad, deseando cogerlo y ahogarle con él. Cuando llegó a su lado esperó. No pasó ni un un segundo y ya tenía los ojos abiertos. Bien.
—Veo que no has perdido todos tus instintos— dijo en la oscuridad. Sintió su mirada y su ki—. Vamos, levántate. No tenemos toda la noche.
Kenshin no se movió, de modo que, suspirando, le cogió de la yukata de dormir con una sola mano y le obligó a ponerse en pie, tirando de él hacia arriba. Creí que crecería más, pensó, recordando al indefenso Shinta que recogió en los caminos. Un espíritu tan grande en un hombre tan pequeño... Nunca dejaría de sorprenderle la ironía de los dioses.
Se calzaron y salieron de la cabaña. La noche era perfecta, ni muy fresca ni muy calurosa. Hiko llevaba un gi y una hakama, pero su estúpido discípulo parecía una aparición con la yukata de dormir y el cabello suelto, más femenino todavía de lo que ya solía ser. Resopló. Había cosas que no tenían remedio. Lo condujo a través del monte, siguiendo el camino de tierra que conocía bien. Serían sólo unos diez minutos andando, quince a lo sumo. La luna estaba creciente y había suficientes estrellas como para no desorientarse, aunque Hiko jamás se había perdido.
—Te preguntarás el porqué de este romántico paseo a la luz de la luna— dijo entonces, apartando unas ramitas con la mano, sin sujetarlas después; sintió que impactaron contra la cara de Kenshin, que caminaba detrás de él y no pudo reprimir una risa. Lo oyó resoplar a su espalda—. ¿No te has dado cuenta de que Kaoru-chan sale cada noche a la misma hora? ¿O es que estás tan preocupado por ti mismo que no ves otra cosa? —. De nuevo, el silencio. Es un cabezota, se dijo, agitando la cabeza. Pero no puede negar la evidencia. Caminaron un poco más, hasta que lo sintió pararse a su espalda.
—¿A dónde vamos? — preguntó; se volvió y lo encontró con el ceño fruncido, su eterna expresión de su etapa adolescente. Hiko ignoró su pregunta, soltando una risa.
—Es una sorpresa, baka. No la arruines con tus preguntas—. Un par de minutos después estaban allí. El camino se desviaba hacia la derecha y terminaba en una suave subida hacia un pequeño santuario de madera, no más grande que una de las habitaciones de la cabaña de Hiko. Kenshin estaba inmóvil a su lado, con la vista puesta en aquel lugar. En medio de la noche hasta tenía un aspecto tétrico. Bajó un poco la voz y habló—. No hagas ruido.
Kenshin le lanzó una mirada que escondía una duda. Le siguió, rodeando el pequeño santuario desde la derecha, acercándose despacio, a hurtadillas. Aunque habían pasado muchos años desde que le enseñó a moverse como un fantasma, era una lección que no había olvidado; apenas lo sentía tras de sí. Un demonio rojo que mata sin aviso, sin remordimientos, sin fallar jamás; así lo habían descrito muchos en Kioto, en la época en la que él ya sabía quién se escondía tras el mote de Battousai. No había dudado ni un momento de que se trataba de su discípulo.
Una vez rodeada la cabaña, se detuvieron frente a una pequeña ventana lateral. Hiko miró a través de ella; después hizo un gesto a Kenshin para que se acercase. Él era mucho más pequeño, de manera que tuvo que encaramarse un poco para mirar dentro. Vio cómo se quedaba inmóvil.
—Kaoru-dono— susurró, de forma casi inaudible. Hiko también miró. Allí estaba ella, de rodillas, de espaldas a ellos, rezando. Lloraba. La suave brisa agitaba la parte baja de su coleta, haciendo que se moviese y acaricias su espalda baja. Había en su sollozo algo hipnótico; era casi un himno. No supo cuánto tiempo estuvieron allí, pero su discípulo no movió un solo músculo. Hiko rompió el momento cogiéndole del gi y tirando de él hasta alejarse lo suficiente como para que ella no pudiese oírles.
—Pasa aquí las madrugadas desde hace un mes, rezando— dijo Hiko, con voz dura—. ¿La has visto? Mírala—. Kenshin volvió la vista hacia la cabaña, aunque desde allí no podía verla—. No me voy a molestar en pedirte que la mires como un hombre mira a una mujer, pero mírala como a una amiga. Mírala como a alguien de tu familia. ¿Has visto lo delgada que está? Es todo huesos. Apenas come y no duerme y cuando lo hace, es apoyada contra una pared, como si fuese un puto samurai. ¿Qué pasa, no sabes meterte en el futón con ella, o es que además de ciego eres estúpido? Se está consumiendo, contigo. ¿Hasta cuándo vas a seguir con haciendo el imbécil?
—Sessha no...
—Cállate— le cortó, con dureza; le agarró del gi con fuerza y le arrastró de nuevo hasta la ventana. Kaoru seguía allí, con la cabeza gacha, murmurando algunas oraciones, todavía con voz tomada—. Mírala. Mírala bien. Oye como llora. Memoriza ese sonido— susurró en su oído; Kenshin la miraba, aguantando la respiración—. La muerte de Ume no es tu responsabilidad, baka. Esto, sí.
Le soltó del gi abruptamente y lo dejó allí, marchándose por donde había venido.
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Se mantuvo despierto todo el tiempo, aunque con los ojos cerrados. Ella, como cada noche, puso la manta sobre sus hombros y se sentó a su lado, en la más completa oscuridad. A velarme, se dijo, sintiendo un escalofrío. Por primera vez desde hacía más de un mes, fue consciente de su presencia; realmente consciente. Notó el peso del brazo de ella contra el suyo, y su olor, a jazmines y también a tierra, hierba y sal. ¿Había sido así todas esas semanas? Kaoru tardó en dormirse, tal vez un par de horas, pero en todo ese tiempo no dijo nada. Cuando sintió su respiración profundizarse, abrió los ojos y la miró. Tenía la cabeza apoyada contra la pared y la cara un poco levantada, la boca ligeramente abierta. Duerme respirando por la boca, pensó, maravillado, sintiendo el corazón acelerado, como si hubiese descubierto un secreto especial. Recorrió su rostro, fijándose en cada detalle. Se detuvo en sus ojeras, oscuras sobre su piel pálida. Después dejó que sus ojos corriesen por su cuello hacia abajo, hacia la yukata de verano entreabierta. Sishou tiene razón, se dijo, sintiendo un pinchazo en el pecho. Se le notaban los huesos de las clavículas de forma evidente. Apartó la mirada de ahí, sonrojándose un poco. Baka, se recriminó. Después miró sus manos. Ya no llevaba la escayola en el brazo izquierdo; ¿cuándo se la había quitado? Se centró en su mano derecha, apoyada en el suelo, cerca de la de él. Tenía una profunda cicatriz cruzándola, todavía enrojecida e inflamada, reciente. La hirieron, comprendió de pronto. La hirieron y yo no la protegí.
Imbécil, dijo la voz de Hiko en su cabeza. Quiso pasar los dedos por el corte; quiso coger su mano y llevarla a sus labios y pedirle perdón de todas las formas posibles. Sin embargo, no lo hizo. La miró durante mucho tiempo, memorizándola, gravándola a fuego en su memoria.
Ume no fue responsabilidad tuya. Esto, sí.
Volvió a apoyar la cabeza contra la pared, buscando el aliento. Apartó a Ume de su mente. Aún no, se dijo, respirando por la nariz. Aún no. El solo recuerdo de su nombre se le clavaba en el pecho como la más afiladas de sus espadas, hundiéndolo hacia el fondo, otra vez. Cerró los ojos y, en la oscuridad, acercó su mano a la de Kaoru, permitiendo que sus dedos meñiques se tocasen. Con el suyo, acarició suavemente el borde de su mano. Sintió que el aire volvía a sus pulmones lentamente, mientras la oscuridad, poco a poco, se hacía menos densa.
Kaoru-dono, pensó, sintiendo su calidez. Ella dejó caer la cabeza hacia un lado, encontrándose con la suya. Él la ladeó un poco, recibiéndola así contra su cabello, como si se hubiesen estado esperando mucho tiempo.
No se durmió en ningún momento, de modo que, cuando ella despertó de madrugada, sólo tenía que esperar a que se levantase y se vistiese. Mientras lo hacía, en la más profunda oscuridad, Kenshin entreabrió los ojos, ocultos tras su flequillo. La vio, de espaldas a él, sentada en seiza junto al futón, quitarse la yukata dejándola caer suavemente por los hombros hasta el suelo, descubriendo su piel; solo piel y huesos, pensó, notando que se le encogía el estómago. Tu responsabilidad; la miró mientras levantaba los brazos y se recogía el cabello en una trenza; cada movimiento que sus dedos hacían era como una danza, suave, sutil, perfecto; cada vez que movía el cabello entre ellos, trenzándolo con despreocupada habilidad, Kenshin sentía que las piezas de su alma se juntaban. Era increíble.
Era magia.
Ella se giró levemente hacia un lado para coger su gi del futón y él volvió a bajar la vista, avergonzado por lo que acababa de ver. Sentía el corazón en la boca. Cerró los ojos con fuerza y esperó. Esperó que lo partiese un rayo, o que ella lo golpease, o que la memoria se le borrase. Nada de eso pasó. Simplemente, después de un tiempo, Kaoru salió, dejando tras de sí su olor a jazmines recién florecidos. Recuperando el aliento, abrió los ojos y se levantó sin hacer ruido. Se calzó y salió a hurtadillas de la cabaña, tras ella, siguiéndola.
El monte parecía distinto que la noche anterior, con su shishou. Kaoru caminaba sin prisa pero sin pausa, y de vez en cuando se detenía a observar las estrellas. Su coleta bailaba tras ella con la suave brisa de la madrugada. Él no se había cambiado; llevaba la yukata gris de dormir y se había limitado a ponerse las sandalias y atarse el pelo. Atarse el pelo por primera vez en un mes; se sentía extraño. Ahora que podía observarla sin ser visto era más consciente de lo que había sufrido su cuerpo durante estas semanas. Kaoru siempre había sido como una llama flamante al viento. Sin embargo, parecía que sólo quedaban de ella las ascuas. Sintió un frío gélido por dentro.
Tu responsabilidad, baka.
No tardó mucho en llegar al santuario. Se agazapó en el mismo lugar que la noche anterior y la miró durante mucho tiempo. Ella se arrodilló de forma protocolaria, con solemnidad, como si los dioses de veras pudiesen observarla. Quizás lo hagan, pensó, tragando saliva. Quizás la estén mirando; quizás me estén mirando a mí; quizás, si la mantienen aquí, si la mantienen a mi lado... Quizás...
Agitó la cabeza. Entonces vio cómo ella bajaba la cabeza y empezaba a susurrar oraciones. Kenshin pegó la oreja a la ventana. Era un murmullo inaudible. Sin embargo, sólo tenía que concentrarse. Solo tenía que tener paciencia.
—... pido también por Ume-san... la paz que no tuvo... el camino que no encontró en vida... por el alma de su hermano... Tomoe-san... sé que me oyes... Cuida de Ume-san... Llévala a donde tú estás, para que descansa... Perdóname... No tengo derecho a pedirte nada... Espero que puedas perdonarme... Y gracias...
Se apartó, sintiendo que el corazón se le saldría de la boca. Respiró profundamente. Para el arte del batto... Para el arte del batto... Miró su mano derecha, envuelta en vendas. La mano que sostuvo la espada que mató a Ume. La mano que empujó el filo que mató a Tomoe. La mano que Kaoru había curado cada noche, sin preguntas, sin exigencias. La voz de Hiko resonó de nuevo en su mente.
Baka.
Tomó aire. Hacía mucho que no tenía tanto miedo; hacía mucho que no sentía tanto su propia oscuridad, el peso de su pasado sobre sus hombros, ese que una vez creyó haber aligerado para siempre, volvía a aplastarle con toda su fuerza; pero hacía mucho, también, que no estaba tan seguro. Entró en el santuario pisando con fuerza, para que ella le sintiese. Kaoru se volvió, sobresaltada. Él se había detenido en la entrada y no la miraba; sus ojos se perdían en el fondo del lugar, en el pequeño altar de madera. Llevaba años huyendo de lugares como aquel.
—Kenshin— dijo ella, mirándole con los ojos muy abiertos; él sabía lo que estaba pensando. Eran cosas acerca de lo fina que era su yujata para el frío de la noche, y sobre sus heridas, y sobre la fiebre de la noche anterior. No las dijo, pero no era necesario. Esperó un segundo. Una parte de él aún aguardaba por un castigo de los dioses. No es justo, le había dicho Ume. No lo era, en absoluto. Se arrodilló junto a Kaoru, cerrando los ojos y juntando sus manos. No era justo. Él, que había arrancado tantas almas al grito de Tenchu, que se había proclamado con el derecho a matar en lugar de los dioses. Ahora, esos mismos dioses a los que había suplantado, le hacían un regalo. No era justo. No era posible.
Si lo tomo, me lo quitarán.
Apretó más los ojos. Debía rezar, pero no recordaba haber aprendido a hacerlo. Además, ¿qué oración podría haber para él? El perdón era imposible y, sin embargo... Sin embargo... Controló su respiración y empezó. Empezó por el principio, dejando que todo saliese.
Mi nombre es Kenshin, y soy... Fui. Fui un asesino.
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*Katajikenai. Hace poco volví a ver las Live action y me llamó la atención que Kenshin agradece siempre con la palabra "katajikenai", en vez de "arigatou", palabra que jamás había escuchado. Estuve bastante tiempo intentando encontrar el significado, pero como no la romanizaba bien (pensaba que decía "katashi kenai" y es una palabra arcaica, no encontraba nada; era evidente que quería decir "gracias", por el contexto, pero no sabía cómo escribirla. Hoy por casualidad lo he descubierto. Un sábado bien aprovechado en cosas útiles xD
Kaoruca, me ha hecho mucha ilusión que te gustase tanto el capítulo, la verdad es que lo escribí con dudas. No quiero que parezca que la recuperación psicológica de Kenshin va demasiado rápida; soy consciente del tremendo trauma que sería para él algo así, pero ,por otro lado, ya bastante largo está quedando el fic como para no avanzar. Por eso di ese "saltito" temporal. La figura de Hiko es mi debilidad, su relación con Kenshin para mí es de lo mejor del manga y el anime también lo expresó muy bien. Siempre me quedé con la sensación de que me gustaría ver algún spin-off, sea manga o anime, de la infancia y los entrenamientos de Kenshin con Hiko. Muchas gracias por tu comentario, de verdad. Espero que te guste este capítulo.
Kaoru Tanuki, la verdad es que el fic inicial iba mucho más deprisa, el tema de la muerte de Ume lo he metido en esta revisión, está claro que los años me han vuelto un poco más trágica xD En la versión original ella no llegaba a morir. De todas formas es verdad una cosa, cuando lo escribí y le di el título "la primavera de Kaoru-dono" busqué un poco la metáfora. No es tanto que su primavera sea encontrar a Hideki, o la historia con Kenshin, sino cómo ella crece a través de todo esto. Me gustaba aportar una visión de Kaoru más protagonista, aunque en algunos capítulos el personaje principal sea Kenshin. Siempre creí que ella estaba un poco infravalorada. Kaoru es maravillosa! Cuídate mucho!
AbiTaisho, ahí va el 26, espero que te guste. Mil gracias por tu comentario y cuídate!
