¡Hola! Este iba a ser un único capítulo más largo, pero lo he dividido en dos, así que finalmente serán 32 capítulos.

¡Un abrazo a todas!

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Habían llegado a la cabaña de shishou con lo puesto y, sin embargo, parecía que se iban cargados de un millón de cosas aleatorias. Jun les había prestado una maleta de cuero y, de alguna manera, ella y Kaoru se las habían arreglado para llenarla hasta los topes, aunque parecían no ser conscientes, pues no dejaban de abrirla una y otra vez para meter "una cosita más, solo una cosita más".

Kenshin miró a su alrededor, acariciando la tsuba de su sakabatou con el cariño de quien se reencuentra con un viejo amigo. Todavía tenía tierra en la hakama y el sabor de Kaoru en los labios. Se entretuvo pasando la lengua por ellos, despacio, recordando la forma dulce en que ella aprendía imitando sus movimientos.

Cuando parecía que por fin habían terminado, oyó a Jun comentarle a Kaoru que tenía un kimono de color claro que podría sentarle muy bien y volvieron a desaparecer otra vez hacia el dormitorio, entre risas.

—Hiko, aprovecha para despedirte de Kenshin— dijo Jun con dulzura, mirando hacia atrás. Kenshin frunció el ceño. Las despedidas de su shishou le daban más miedo que un combate a muerte con sus peores enemigos.

—Vamos, no te quedes ahí. Jun quiere que me despida de ti, así que mueve el culo— dijo Hiko, agarrándole del gi y tirando de él hacia fuera y conduciéndole al pequeño cobertizo donde se encontraba el torno. Se acercó a la pila de cuencos de sake y cogió una montaña de siete u ocho, colocándoselos en los brazos—. Cógelos.

Shishou, no podemos llevar más...

—Cállate, hombre, que es un regalo. ¿No te enseñé modales, acaso?— Hiko levantó una ceja, observándole con atención. Cuando hacía eso solían sobrevenir terribles adversidades para Kenshin, que sintió cómo retrocedía un par de décadas en su vida—. Leo tu ki como si abrieses un libro ante mi cara, uno que ya me he leído varias veces y empieza a resultarme cansino. ¿Entonces te has lanzado, por fin? ¿Por qué narices has esperado una eternidad?

—Yo no...

Hiko le colocó otros dos cuencos sobre los que ya cargaba, obligándole a mantenerse quieto para no tirarlo todo. Aprovechó el gesto para sujetarle del gi y acercarse mucho a él, con el ceño fruncido.

—Hueles a ella— dijo, olfateándole con descaro—. ¿Has sido delicado? Por tu aspecto diría que lo habéis hecho en una zanja— añadió, mirando asqueado la hakama repleta de tierra.

¡Shishou!— exclamó Kenshin, notando cómo empezaba a sonrojarse. Tal vez consiguiese escapar si se movía con rapidez, a lo mejor si llegaba al camino y esperaba allí por Kaoru, entonces podría...— N-no la he tocado.

Hiko le soltó bruscamente, empujándole y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no lanzar todos los cuencos por los aires.

—Oh, por los dioses. ¿Hiciste algún voto de castidad en el Ishin Shishi del que no fui informado?

—No hice ningún...

—Le has pedido matrimonio.

Kenshin frunció el ceño, entre sorprendido y molesto. De niño había odiado intensamente esa habilidad de Hiko de leerlo los pensamientos; no podía ocultarle nada.

—¿Cómo lo...?

—Porque eso de ahí...— dijo Hiko, señalando la cabaña— ...es una mujer feliz. Se le ve a la legua; descartado el revolcón solo me quedaba esa opción—. Kenshin bufó mientras recibía en sus brazos otros dos cuencos; se asomó tras ellos, haciendo un gesto con la cabeza para apartarse el flequillo de los ojos—. No sabes lo que has hecho, baka deshi. Vivirás un infierno en el que los arreglos florales, los kimonos de seda y las listas de invitados serán tus principales enemigos.

Kenshin sonrió con suavidad.

—No suena tan mal— dijo, convencido. Kaoru hablándole de kimonos, Kaoru mostrándole flores... Después de todo lo que habían vivido, le parecía un plan apetecible. Hiko gruñó.

—Idiota, ya vendrás a mí suplicando ayuda. ¿Cuándo será?

— Cuando cumpla diecinueve. En ochenta días.

Hiko soltó una carcajada.

— No aguantarás hasta entonces.

Kenshin lo miró, sonrojándose.

— Haremos las cosas a la manera tradicional— dijo, repitiendo las palabras que Kaoru había usado—. Queremos hacerlo bien.

Su shishou le ignoró.

— Sí, ya, ya. Como no sé si podré verte antes de que pierdas los papeles, es mi obligación como maestro darte unos consejos para que tu segundo matrimonio no termine también en traiciones y homicidios.

—¡No! — exclamó Kenshin, apartándose hacia atrás. Hiko dio un paso hacia él con más cuencos en las manos.

—Cállate, baka. Coge esto— ordenó, colocando dos más. Kenshin miró hacia arriba; la torre de cuencos comenzaba a ser difícil de gestionar—. Primero, bésala bien.

Shishou— intentó otra vez, respirando profundamente—, no necesito...

—Yo sé lo que necesitas; lo he sabido siempre, aunque nunca te has parado a escucharme. Así te ha ido, claro. Escucha mis sabias indicaciones y sujeta esto en silencio— dijo, colocando encima otro cuenco—. No le quites la ropa muy deprisa, no parezcas ansioso, a poder ser que no note que llevas media vida pasando hambre. A las mujeres no les gusta la torpeza, así que finge que sabes lo que haces aunque no tengas ni idea. Desata el... ¿Sabes desatar un kimono?

—¿Oro?

—Se empieza por detrás, por el obi. Desata las cintas simétricas, moviendo los dedos por la cintura hasta los laterales. No se te ocurra hacer el imbécil con los adornos de delante. Parecen nudos, pero no lo son.

—Sé cómo...

—Permíteme que lo dude— le cortó Hiko, levantando una ceja, quitándole el cuenco de arriba y sustituyéndolo por otro bastante más grande, ignorando las quejas de Kenshin—. Ve despacio. Querrás ir deprisa, pero no lo harás. Sé dulce. Sé paciente. Contente, pase lo que pase y haga lo que haga ella. Usa esto primero— dijo, cogiéndole los dedos de la mano derecha y poniéndoselos frente a la cara. Kenshin se sonrojó tanto que sintió la cara arderle y estuvo a un instante de dejar que todo se estrellase contra el suelo.

—¡SHISHOU! — gritó. Hiko soltó una carcajada, divertido y se pasó una mano por el cabello, cogiendo aire.

—Lo más importante: no te confundas de nombre en el flagor de la batalla. He visto a hombres morir por menos. Y quita esa cara de lechuga, baka. Deberías dar las gracias a todos los dioses conocidos. No olvides que Kaoru-chan está muy por encima de tus posibilidades— añadió, entre dientes. Kenshin no sabía donde meterse, la montaña de cuencos amenazaba con derrumbarse y debía tener el rostro del color de su gi, cuando oyó la voz de Jun.

Anata, ¿qué le haces al chico? — preguntó, con expresión de serio disgusto. Hiko retiró la mitad de los cuencos de la montaña de Kenshin, que respiró con cierto alivio.

—Nada, koishi. Estábamos seleccionando unos cuencos para él y Kaoru-chan. En ellos el sake les sabrá siempre perfecto.

Jun sonrió a Kenshin con un gesto que podría ocultar una disculpa. Él le devolvió la sonrisa, buscando a Kaoru con la mirada. La vio a lo lejos, agarrando la maleta de Jun, con su kimono azul y un lazo amarillo en el pelo. Sintió el corazón latirle deprisa.

Dos meses y medio, pensó, dejando que sus ojos se deslizasen por su coleta, hacia abajo, siguiendo la línea de su espalda. Sonrió para sí.

Se me van a hacer muy largos.

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Se apretó las manos contra su regazo, nerviosa. Megumi y Sanosuke discutían en la cocina sobre el punto exacto de cocción del arroz, mientras Yahiko daba vueltas hacia uno y otro lado, ordenando lo ya ordenado, en un intento muy evidente de aplacar su ansiedad. Esa tarde Misao había pasado varias horas en el camino, esperando por Kaoru, sin éxito. Megumi apareció allí, con gesto duro. "¿Me has seguido?", preguntó Misao, demasiado cansada siquiera para fingir indignación de forma creíble. "No hace falta seguirte para saber que si no estabas en el dojo, estarías allí; lo que no imaginaba es encontrarte aquí, esperando. ¿No te atreves a ir hasta la cabaña?", preguntó, con su mirada inquisidora. Podría haberlo negado todo, claro, pero necesitaba soltarlo. "Kaoru no quiere verme", dijo, al final. Entonces caminaron juntas de vuelta al centro de Tokio, en silencio. Solo cuando se encontraron en un pequeño local, con un té helado en las manos, Misao reunió la fuerza suficiente como para contarle toda la historia; toda, le contó todo, incluso el desastroso episodio del dojo. Creyó que Megumi la miraría con escándalo, o que le reprocharía algo pero, sin embargo, no lo hizo.

—¿Y cuál es el problema? — preguntó, bebiendo un sorbo de su té. Misao frunció el ceño.

—¿Me has escuchado, Megumi?

—Claro que sí, tonta. No me hagas darte una bofetada como las que siempre necesita Kaoru, ¿eh? — dijo, suspirando—. Si de veras amas a Hideki, debería darte igual la opinión de Kaoru. Ella nunca le amó y lo sabes perfectamente. Por otro lado, permitirle entrar en el dojo no estuvo bien, ya lo sabes. Es la casa de ella, no la tuya.

—Fue... No lo planifiqué. Fue un error— contestó Misao, nerviosa. Megumi mantenía su gesto estricto, imperturbable—. Y sí me importa la opinión de Kaoru. Es mi amiga, y las amigas no...

—Oh, vamos, déjate de historias. A mí no hace falta que me cuentes cuentos— le cortó, levantando una ceja. Misao se fijó en su maquillaje, en su pelo y en el color claro de su precioso kimono. Se había arreglado un poco más de lo normal para la fiesta de bienvenida y, en verdad, estaba preciosa—. No amas a Hideki, salta a la vista. Has querido a Aoshi desde que tienes uso de razón, pero te pareció que tal vez con un poco de pasión podrías olvidarle, ¿verdad?

—Estoy bien con él— contestó Misao, sabiendo que no era una buena réplica. Megumi sonrió, orgullosa de su acierto.

—Pero estar bien no parece suficiente para haber traicionado a una amiga, ¿ne? — inquirió Megumi. Misao se puso roja, apretando los puños. ¿Traidora, ella? Ella era miembro del Oniwabanshu; jamás traicionaría a uno de los suyos, ¡jamás!

—¡No la he traicionado!

—No te pongas así, mujer. Es tan sencillo como hablar con ella. Cuéntale esto mismo.

—No es tan sencillo— bufó Misao, mirando el contenido de su té—. Kaoru no tiene la misma forma de pensar que tú, Megumi. Creo que si... Si nosotros estuviésemos enamorados, tal vez... Tal vez ella lo entendería. Pero esto...

—Estás subestimando a Kaoru. Puede que sea una cría, pero si hay algo que la caracteriza es su empatía. Ábrele tu corazón y te aseguro que te llevarás una sorpresa.

Ahora, sentada en la engawa, esperando por ellos, Misao tenía miedo de no encontrar las palabras. Sus sentimientos por Hideki eran confusos. Estaba cómoda a su lado, todo parecía fluir con facilidad, sin dramas, sin dolores de cabeza. Esas semanas con él en Kioto había reído, había vivido. Y, sin embargo... Al doblar cada esquina esperaba encontrarse la silueta alta y delgada de Aoshi. ¿Dónde estaría?, se preguntaba. ¿Sabría lo que ella estaba haciendo? ¿Le importaría? Hideki no le había pedido nada, ni ella a él. Estaban bien así, de alguna manera, ahogando el uno en el otro la tristeza de sus corazones rotos. Parecía triste, pero en verdad, era reparador. No había promesas, así que no habría mentiras. ¿Podría entenderlo Kaoru?

Las bisagras del portón de madera sonaron y, en un instante, todos se reunieron en la engawa, esperando. Yahiko llevaba su shinai en la espalda y una sonrisa imborrable en el rostro. La voz de Kaoru sonó al otro lado, cálida y melodiosa.

—¡Ya estamos aquí! — gritó, como si acabase de volver del mercado—. ¡Mou, Kenshin, ten más cuidado con los cuencos!

Sumimasen, Kaoru-dono... Sessha no puede...

La voz de Himura hizo que el corazón le diese un vuelco. La puerta se abrió y mostró a una Kaoru muy delgada, pero con una sonrisa gigante en la cara. Detrás de ella entró él, cargado con una maleta, un montón de cuencos de arcilla y un cesto de mimbre lleno de ¿plantas? Parecía imposible que pudiese sujetar todo aquello, aunque parecía luchar por mantener el equilibrio.

—¿Qué hacéis todos ahí parados? — preguntó Kaoru de pronto, cambiando su sonrisa por un gesto de enfado—. ¡Ayudad a Kenshin!

Misao se quedó inmóvil mientras Megumi se acercaba, airada.

—¿No tienes brazos, Kaoru? Mira como va el pobre Ken-san— dijo, agitando la cabeza, con el ceño fruncido; llegó hasta Himura y le quitó algunos cuencos, aliviando un poco su peso. Él sonrió con dulzura y Misao sintió cómo se le calentaba un poco el corazón. Está bien, pensó, aliviada, fijándose en sus ojos. Ha vuelto a levantarse. Megumi le dedicó una sonrisa dulce a Kenshin, rozando con la mano su desgastado gi—. ¿Cómo están tus heridas? ¿Necesitas que las revise?

Himura hizo un gesto suave con el brazo derecho, haciendo que la manga del gi se retirase un poco para que ella pudiese ver las heridas, ya cicatrizadas.

—Están bien, Megumi-dono. Katajikenai—. Misao vio cómo Megumi se sonrojaba pero, aún así, puso las manos sobre el brazo de él y examinó su piel.

—En verdad lo están— dijo, auténticamente sorprendida—. ¿Le has echado algo, has hecho alguna cosa especial...?

Himura miró a Kaoru por un segundo; fue solo un instante, del que quizás ni él mismo fue consciente, pero Misao sí lo vio. Después volvió a mirar a Megumi, sonriendo de nuevo.

—Solo paciencia— contestó, dejando caer la manga otra vez, cubriendo el brazo. Megumi se apartó, satisfecha, llevando los cuencos hacia la cocina, no sin antes girarse hacia Kaoru.

—Me alegro de que estéis de vuelta— dijo, sonriendo. Kaoru asintió con la cabeza, haciendo una pequeña reverencia.

—Gracias por todo, Megumi, nosotros no... — antes de que pudiese terminar de hablar, Yahiko se puso frente a ella, con el shinai en las manos.

—¡Kaoru! ¡Vamos, muévete de una vez! ¡Hay que entrenar! ¡Verás qué fuerte soy!

La ha llamado Kaoru, pensó Misao, sorprendida.

—¡Yahiko! — gritó ella, ignorando sus exigencias. Apartó el shinai de un manotazo y le abrazó con todas sus fuerzas, estrujándole y apretando su cabeza contra su pecho. Yahiko hacía intentos para soltarse, pero eran en vano. Sanosuke aprovechó el momento para hacer distintos chistes infernales sobre una madre y su hijo y sobre una osa y su osezno.

—¡Ah, mierda! — exclamó el chico, separándose por fin, con el rostro completamente sonrojado. Kaoru le miraba con una sonrisa emocionada. — ¡Que sea la última vez! — exigió, volviendo a apuntarla con el shinai.

—Kaoru-dono te ha echado mucho de menos, Yahiko— dijo Himura de pronto. El niño se volvió hacia él, bajando el arma. Lo miró con un gesto de temor y preocupación tan genuinamente infantil que hasta Misao tuvo ganas de revolverle el pelo.

—Kenshin... — susurró Yahiko, bajando la mirada hacia la sakabatou—. Estás de vuelta.

Sessha lo está, sí, lo está— murmuró Himura, poniendo una mano sobre su hombro—. ¿Has entrenado duro? — preguntó, mirándolo fijamente. Yahiko se puso muy recto, volviendo a empuñar su shinai.

—¡Sí! ¿Quieres que te lo muestre?

Himura sonrió.

—Espera en el dojo; sessha querrá verlo todo.

Yahiko dio un salto y salió corriendo hacia el dojo, pasando junto a Misao. Su alegría casi podía sentirse físicamente.

Sanosuke también se había acercado y, en un gesto rápido, atrapó a Himura y a Kaoru en un abrazo rompe-huesos que hizo a ambos toser cuando los soltó.

—¡Has tardado mucho, Kenshin! — dijo, dándole un golpe en el hombro que casi lo derriba—. ¿Sabes cuánto dinero he perdido sin ti en las apuestas?

—¡Kenshin no es tu amuleto particular! — dijo Kaoru, agitando la cabeza. Sanosuke le revolvió el cabello, despeinándola como habría hecho con un niño.

—¡Jou-chan! Ese niño por poco muere de pena, ¿sabes? — afirmó, señalando hacia el dojo—. Aunque ha aprendido a cocinar.

—Ahora que estoy aquí ya no tendrá que hacerlo— contestó ella, sonriendo, feliz. Sanosuke frunció el ceño.

—Querrás decir "ahora que está Kenshin", ¿ne?

Kaoru le dio un manotazo, apartándolo.

—¡Si no has extrañado mi comida es que no me has extrañado a mí, gorrón! — de pronto miró hacia todos lados, como si se hubiese dado cuenta de algo—. ¿Habéis puesto lámparas en el patio?

—Solo por hoy— contestó Sanosuke, sonriendo—. Hemos preparado una pequeña celebración de bienvenida para esta noche.

—¡Quiere decir fiesta! — exclamó Megumi desde la cocina. Sanosuke puso los ojos en blanco mientras agarraba a Himura del brazo y lo conducía hacia la engawa. Al pasar por el lado de Misao le dedicó una sonrisa y ella intentó devolvérsela, nerviosa.

—Lo que sea, lo que sea— replicó Sanosuke, tirando de Himura—. Tú ven conmigo, que ya te habrán torturado suficiente en esa cabaña; tu maestro y Jou-chan las veinticuatro horas, no puedo ni imaginarlo...

Himura rió y Misao se preguntó si alguna vez le había escuchado hacerlo de aquella manera.

—No ha estado tan mal...

—¡Kenshin! — gritó Kaoru desde el patio, con las manos en las caderas. Misao la miró. Solo estaban ellas dos. Se levantó, pensando las palabras. Primero le pediría disculpas, después le explicaría cómo fue que...

Kaoru recorrió la distancia que las separaba y la abrazó con fuerza, apretándola contra sí.

Sumimasen— susurró. Misao estaba paralizada, pero se obligó a devolverle el abrazo mientras sentía que las lágrimas se agolpaban en sus ojos. Mierda. No llores, baka.

—Yo... Yo soy la que lo siente— murmuró, sintiendo su olor a jazmines. La había echado mucho de menos. Kaoru acarició su espalda con ternura.

—No te preocupes. Ya hablaremos, ¿vale? — dijo, separándose y dedicándole una sonrisa dulce. Misao solo pudo asentir con la cabeza— ¿Quieres ver el kimono que me ha regalado Jun? ¡Te vas a volver loca!

Misao volvió a asentir, mientras dejaba que Kaoru la arrastrase de la mano hacia el dormitorio. Ella no tenía claro todavía si era un río, una charca o una laguna, pero sí sabía sin ninguna duda que Kaoru era un océano, unas veces en calma, otras levantándose en olas de varios metros, pero siempre llena hasta los topes, llenando los vacíos de todos los demás sin vaciarse ella ni por un segundo.

Había creído firmemente que Himura era el pegamento de aquella extraña familia poco convencional, pero ahora lo entendía. Era Kaoru y solo Kaoru la que los había mantenido a todos unidos; por eso se separaron cuando la creyeron muerta. Por eso todo se rompió en mil pedazos con su ausencia y por eso, de nuevo, cuando ella se fue a la cabaña con Himura todos parecieron perdidos, como si hubiesen perdido su centro.

Sonrió. Con Kaoru de vuelta todo iría bien, de una forma u otra.

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Habían preparado tanta comida que parecía imposible que pudiesen comerse siquiera la mitad. Megumi había descubierto que los pequeños cuencos del sake podían ser también útiles para colocar algunos aperitivos y así repartirlos mejos, evitando que Sanosuke y Yahiko devorasen no solo lo suyo, sino lo de todos los demás. Kenshin llevó el sake de Hiko hasta la mesa y lo colocó allí, sirviendo también el resto de los platos. Megumi, Misao y Kaoru se habían cambiado de ropa y charlaban, sentadas en sus cojines, con un té en la mano, mientras él, Yahiko y Sanosuke ultimaban la comida. Se alegró de ver a Misao y Kaoru hablando con naturalidad, como si nada hubiese pasado entre ellas. Si todo el mundo fuese como así las guerras no existirían, pensó. Se acercó a Sano y cortó unas verduras a su lado, mirándole por el rabillo del ojo. Lo hacía bien; era evidente que no había aprendido esas semanas. Sonrió para sí.

—Mucho sonríes, ¿eh? — comentó Sanosuke, sin mirarle, mientras cogía un nabo y comenzaba a trocearlo—. ¿Qué ha pasado entre tú y Jou-chan?

Kenshin estuvo a punto de cortarse un dedo.

—¿Oro?

—No te hagas el tonto conmigo— siguió Sanosuke; había cortado el nabo con rapidez y eficacia y se disponía a hacer lo mismo con un par de remolachas que, si la conversación seguía ese rumbo, Kenshin predijo que pronto se confundirían con el color de su rostro.

—Kaoru-dono ha tenido mucha paciencia con sessha— dijo, sonriendo mientras terminaba de trocear la zanahoria y la colocaba en un cuenco.

—¿Está guapa, eh? — dijo Sanosuke, echando una mirada hacia atrás, hacia donde ellas estaban. Kenshin se sonrojó. Kaoru se había puesto el kimono que Jun le regaló, de color hueso, con un obi rojo. Llevaba también el lazo índigo en el pelo y era imposible no fijarse en ella. A él no le importaba demasiado la vestimenta; Kaoru estaba preciosa de cualquier manera, pero esa noche, con la luz de las lámparas de shoji y las mejillas sonrosadas...

Céntrate, baka.

—También Megumi-dono y Misao-dono lo están— contestó, remojándose las manos en el cubo. Sanosuke frunció el ceño.

—Eres un caso perdido, tío— dijo al final, agitando la cabeza, con un tono de voz muy parecido al de shishou. Kenshin decidió que era el momento de huir antes de que él también empezase con terribles consejos de alcoba. Yahiko había terminado con el arroz y alguien debía comenzar a servirlo. Mientras las chicas se cambiaban le había visto entrenar un rato, observando sus progresos. Serían un espadachín fabuloso, no solo por sus increíbles avances, sino porque tenía espíritu, eso que muchos samurais habían pasado la vida entera buscando sin éxito. No era algo que se pudiese adquirir, y él lo tenía. Mientras lo miraba moverse se alegró más que nunca antes de que hubiese nacido en la Era Meiji. Si lo hubiese hecho antes, si fuese un niño de su tiempo, un niño de la Era Tokugawa, entonces... Apartó ese pensamiento. La noche empezaba a caer y el dojo estaba lleno de risas y de vida. No era el momento para la tristeza.

—Kenshin, ¡mira! — dijo Kaoru, haciéndole un gesto para que se acercase. Él se secó las manos con un trapo, lo dejó junto a Sanosuke y caminó hasta las chicas— ¿Has visto esto?

Sostenía un papel en la mano. Se agachó a su lado para mirarlo y su olor le invadió como un golpe de aire. Miró la hoja, intentando centrarse.

—¿Oro?

Era él, o más bien, una versión de él bastante indulgente que le concedía una altura y unos músculos de los que claramente carecía. Sujetó el papel para mirarlo mejor. Estaba montando a caballo y parecía que alguien había puesto su cabeza en el cuerpo de Hiko. Miró a las chicas, confundido.

—Es de una pintora de Tokio— dijo Megumi, encogiéndose de hombros—. Me dijo que te lo diese para ayudarte en tu recuperación, aunque me imagino que no eran esas todas sus intenciones.

Kenshin volvió a mirar la hoja. El dibujo estaba bien hecho, aunque era poco realista, no solo por su aspecto. Llevaba dos espadas, como cuando peleaba en el Bakumatsu, y tenía un aspecto feroz que esperaba no ser el que los demás veían en él. Kaoru, a su lado, le quitó el dibujo con suavidad.

—¿Está mal, verdad? — le preguntó—. Ya se lo dije a las chicas. Te ha puesto la cicatriz en la mejilla derecha.

Miró otra vez su cara. Era cierto, la pintora se había equivocado en eso. Sonrió, volviendo a levantarse.

—El detalle es bonito. Por favor, dadle las gracias de parte de sessha, Megumi-dono— dijo, amablemente. Desconocía que hubiese ninguna pintora en Tokio, pero si alguien se había molestado en dedicarle ese tiempo, por lo menos debería ser agradecido.

—¿Entonces no se las prefieres dar tú en persona, Ken-San? Es una mujer muy atractiva — preguntó Megumi, lanzando una mirada maliciosa a Kaoru que no le pasó desapercibida. Él sonrió, apoyándose ligeramente en la pierna de Kaoru para ponerse en pie. Fue solo un toque, pero vio cómo Megumi abría mucho los ojos, sorprendida.

Sessha no la conoce, por eso agradecerá a Megumi-dono que lo haga por él— explicó. Dejó a las chicas solas, continuando con su conversación sobre las mil diferencias entre el verdadero Kenshin y el del dibujo y empezó a servir la cena.

Recordaba pocas noches tan divertidas como aquella. La comida estaba deliciosa y sus amigos reían y charlaban, a veces pisándose, contando anécdotas, bromas e incluso cantando alguna canción. Él, en su cojín, bebía sake, más del que habría querido admitir, recreándose en el hecho de que ya sólo sabía a sake.

Las estrellas en verano, la nieve en invierno...

De vez en cuando miraba a Kaoru y se fijaba en su risa, en cómo mantenía la paciencia con un Yahiko especialmente hambriento que no paraba de pedir arroz, y también en la caída del lazo sobre su pelo, y en su forma de contar un chiste y enredarse por el medio hasta no acabarlo jamás. Algunas veces, en el medio de sus miradas, sus ojos se encontraban, azul con azul; entonces ella se sonrojaba y bajaba la vista y él bebía un poco más de sake, preguntándose cuanto tiempo debería esperar para volver a besarla. No tenía muy claro qué se esperaba de él en ese sentido, sobre todo teniendo en cuenta que se habían casado, pero no oficialmente. Cuando fueron desde la cabaña hasta el dojo contuvo siete u ocho veces las ganas de besarla. Ella iba a su lado, hablando sin cesar de los pájaros, de las ropas, incluso mencionó eso que tanto preocupaba a shishou de los "arreglos florales". Kaoru no parecía estar pensando en asuntos de besos; desbordaba una alegría tan inmensa que tenía miedo meter la pata y hacer algo inapropiado. Su shishou se burló de él con una lista de coonsejos sobre intimidad, pero él no estaba preocupado por eso. Le preocupaba todo lo demás. Sin embargo, decidió que se dejaría llevar. Entonces la cogió de la mano y se sintió bien al ver la despreocupada felicidad con la que ella le recibía.

Después de los postres cantaron unas cuantas canciones populares; Kenshin no conocía ninguna. Es cierto que, en sus tiempos de hitokiri, cuando compartía las noches con sus camaradas ellos solían cantar y dar palmas al ritmo de distintas melodías, sobre todo en las escasas ocasiones en que las cosas parecían ir bien. Sin embargo, esas canciones de guerra y patrotismo parecían haber muerto con la vieja Era, y se alegró. Las que entonaban sus amigos hablaban de esperanza y buenos deseos, y eso era mucho mejor. Se acomodó en su cojín, notándose un poco mareado por el sake. No importaba. Estaba en casa y todo iba bien. Miró otra vez a Kaoru, que se había levantado y bailaba con Sanosuke, mostrando ambos una torpeza infinita; ella le pisó unas setenta veces y Sanosuke, por su parte, era incapaz de coordinar sus brazos con sus piernas. Megumi se levantó y se ofreció a mostrarle a él cómo debía hacerlo, de manera que Kaoru le cedió su sitio y empezó a perseguir a Yahiko, con la intención de enseñarle, aunque él intentó huir, alegando que no bailaba con maestras feas. "Enséñale tú, Kenshin" dijo entonces Sanosuke, ya agarrado a Megumi, que había recibido un par de pisotones con paciencia. Kenshin levantó las cejas, sorprendido. ¿Cómo iba a enseñar él algo que hacía por puro instinto?. "Venga, Himura, no seas baka" apoyó Misao, sentada a su lado, dándole un codazo que le dejó sin aire. Miró a Kaoru, que le ofreció una sonrisa tímida, sonrojándose.

Se puso de pie y le tendió la mano. Ella la cogió; era extraño sentir las miradas de todos, pero no incómodo. Kaoru estaba nerviosa, así que cogió su mano con la derecha y, con la otra, la cogió de la cintura y la atrajo hacia sí. Quedaron tan juntos que casi podía rozar su nariz; era justo donde quería que estuviese. "¡Y parecía tonto!" gritó Sanosuke, riendo. Megumi le dijo algo, pero Kenshin no lo escuchó. Tardó un breve instante en darse cuenta de que Kaoru no tenía ritmo, pero no pasaba nada; él le enseñaría. Ella intentaba todo el tiempo moverse de un lado a otro, sin orden ni concierto, hasta que Kenshin la acercó un poco más, solo un poco más, haciendo que parase. "Sessha dirige, Kaoru-dono" susurró, cogiendo las riendas sin esperar su respuesta y llevándola. En cuanto Kaoru se dejó guiar, todo empezó a funcionar. La mano de Kenshin en su espalda baja se sentía tan bien que se preguntaba cómo había vivido tanto tiempo sin eso. Bailaron mientras Misao cantaba y Yahiko lanzó algunos insultos a Kaoru sobre su torpeza, pero no tenía razón. Ella empezaba a hacerlo bien. Cuando Misao paró de cantar y de dar palmas, Kaoru se separó abruptamente, sonrojada, y Kenshin sintió como si de pronto le hubiesen quitado el aire. A su lado Megumi golpeaba a Sanosuke, alegando que había bajado la mano más de lo admisible. Todos reían.

Aquello tenía que ser muy parecido a la felicidad.

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Kenshin lavaba los platos, despacio, sintiendo el frío del agua en las manos y la brisa de la madrugada en el rostro. Las noches ya no eran tan extremadamente cálidas y eso se agradecía. Todos dormían; Megumi y Misao compartían habitación con Kaoru, mientras que Sanosuke se había quedado transpuesto en una esquina de la engawa, después de haberse bebido todo el sake de Japón.

No ha sido el único, pensó Kenshin, apretando los ojos y volviendo a abrirlos. Era posible que estuviese un poco borracho, sí. Todos, hasta Yahiko, habían bebido por encima de sus posibilidades. Todos... salvo Kaoru. Se fijó bien en que ella apenas había probado el alcohol, aunque no le extrañó. Le afectaba mucho y ahora, estando más delgada, sería mucho peor.

Terminó con los platos y siguió lavando los cuencos que Hiko le había dado. Era tarde, así que en cuanto terminase haría té. Moría de ganas de sentarse en la engawa en silencio a mirar las estrellas. Sí, eso haría en cuanto hubiese...

— ¿Kenshin?

Tenía las manos aún empapadas, dentro del agua con los cuencos. Se giró y la vio allí, con el kimono que Jun le había regalado y el lazo en el pelo. ¿Había ido con las chicas al dormitorio una hora antes y todavía llevaba la ropa de la fiesta?

—Kaoru-dono— dijo, girándose otra vez hacia los cuencos, para terminar de lavarlos— ¿Estáis bien?

—Sí— contestó ella a su espalda, con voz suave— ¿Te falta mucho?

Kenshin sonrió, aunque ella no podía ver su gesto. Tomarían té juntos en la engawa, como tantas noches, hablando de todo y de nada, del pasado y del presente. Pero ahora todo era distinto. Todo era mejor, porque incluso podrían hablar del futuro.

—Solo un poco. Sessha terminará con los cuencos, secará todo y después hará té. Podéis ir cambiándoos, Kaoru-dono.

—¿Quieres que... me cambie?— preguntó ella. Kenshin se fijó en el cuenco que estaba lavando; era el primero que había hecho cuando su shishou le enseñó cómo funcionaba el torno. Era un poco desastroso, pero lo había hecho él, con sus propias manos.

—No dormiréis en kimono, ¿no?— dijo, distraído, dejando su cuenco a un lado y cogiendo el siguiente.

—P-pero Kenshin, hoy es nuestra noche de bodas.

Se quedó inmóvil, con las manos dentro del agua y la vista clavada en el cuenco. Era azul. No, no era azul; él lo había pintado de azul, porque ese era el color de los jazmines, y el color de sus ojos y... . Se giró y la miró. Ella estaba allí, en medio, con las manos juntas en su regazo, esperando. Llevaba esperando una hora. No, no. Llevaba esperando mucho más de una hora.

Sessha... — empezó, sin saber qué decir. Baka— ¿No queréis esperar a la...?

—No— le cortó ella, agitando el pelo. Su lazo se movió en la coleta—. Si me vuelves a pedir que espere te tiraré al pozo, Kenshin.

Él miró hacia la engawa. Sano parecía dormir profundamente. El dojo estaba lleno; estaban todos. Volvió a mirar hacia ella. Kami, estaba preciosa.

—¿Queréis... ir yendo? Sessha hará té. Serán cinco minutos— añadió al ver su mirada. Kaoru asintió con la cabeza, sonrojándose y, dándose la vuelta, desapareció por la engawa rumbo a su dormitorio.

Mi dormitorio.

Vale.

Bien.

Se secó las manos en la hakama, sin ser muy consciente de lo que estaba haciendo. No había tomado un baño desde el día anterior, así que corrió al pozo y, sacando un cubo de agua rezando por no despertar a Sano, empezó a refrescarse como buenamente pudo. Las palabras de su shishou comenzaron a manifestarse de forma molesta en su cabeza. ¿Cómo podía ser tan idiota? En ningún momento había pensado que esa noche...

Respiró profundamente. Tenía que mantener la calma. Ella era la que estaría nerviosa. Preparó el té y, una vez estuvo listo, lo cogió y caminó con él por la engawa. Se paró frente a la puerta de shoji. La oyó moverse al otro lado.

Desde allí fuera podía oler los jazmines.

Para el arte del batto hacen faltas tres cosas...

Abrió la puerta y entró, cerrándola suavemente tras de sí.

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Gracias por vuestras reviews!

Kaoru Tanuki, me alegro de que te gustase! Le di muchas vueltas a cómo enfocar ese momento de pedida sin que fuese demasiado obvio, porque creo que Kenshin no lo haría de forma "típica". Justamente la boda "ante los dioses" quería ser eso mismo que dices, un encuentro entre dos formas de pensar en principio distintas, pero unidas. ¡Un abrazo!

kaoruca, me alegro de que te gustase la petición, le di muchas vueltas y también al asunto de la "boda", me pareció que ellos disfrutarían de un momento así, más íntimo. Me da pena ir poniéndole final, pero también es verdad que era un fic de 30.000 palabras que se ha convertido en un tocho infinito xD Un abrazo enorme. Valoraré la posibilidad de una secuela, si me surge alguna idea...

Kotori9, gracias por tu review! Me alegro de que te gustase el matrimonio, intenté que fuese algo "suyo". Lo de Misao y Hideki bueno, a ver en qué culmina! Un abrazo!

Anne, todavía no ha terminado! Me quedan un par de capis ;-)

Atarashii Hajimari, jo que emoción tu review, siento ser la culpable de tus desvelos jaja pero me hace mucha ilusión! Quedan un par de capítulos, espero que también te gusten. Un abrazo enorme!