Bueno, la que avisa no es traidora, así que, como ya podíais imaginar, este capítulo es un "lemon" como una casa de grande. Si no os gustan estas cosas, o si sois menores, podéis saltarlo con libertad; precisamente por eso opté por separarlo.
¡Abrazos a todas!
Repito: lemon lemon lemon
¡LEMON!
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Cuando Kenshin era Shinta, tan pequeño que apenas podía seguir el paso apresurado de su madre, disfrutaba de cosas sencillas, cosas que una humilde familia de granjeros podía conseguir sin pagar por ellas. El sonido del río cuando llovía en abundancia, la risa de sus hermanos, los charcos, los grillos, la nieve, la cálida mano de su padre. Nunca tenía pesadillas, porque no había nada que lo asustase; no existía nada en el mundo que pudiese dañarle. Era chiquito y audaz; tenía el cabello del color del fuego, y trepaba a los árboles más altos, y reía hasta que le dolía el estómago, y lo que más le gustaba era prender una cerilla y observar la llama, fascinado. Siempre ardiendo, mi pequeño dragón feroz, decía entonces su madre. No recordaba su voz, ni su rostro, ni su olor, pero sí la visión hipnótica del fuego y aquella frase mil veces repetida. Cuando Hiko le dijo que le convertiría en un maestro del Hiten Mitsurugi ryu, el estilo del dragón que surca los cielos, supo que su madre tenía algo que ver en eso. Estaba seguro de que ella, de alguna manera, estaba moviendo los hilos para que su pequeño dragón feroz se hiciese más grande y pudiese proteger a aquellos que, como ellos, no habían nacido en el lado privilegiado del mundo. Sería un dragón fuerte. Surcaría los cielos con una espada protectora, una espada que traería paz y justicia.
Tiempo después se convenció de que su madre no había tenido nada que ver con aquello. Nadie le velaba, nadie le empujaba hacia delante, nadie movía los hilos de su destino, nadie esperaba en algún lugar asignándole una misión. Sólo era un niño, y más tarde un chico, y más tarde un hombre, con una espada en la mano. Una espada que no estaba creada para proteger, porque si así fuese, se sentiría más vivo cada vez que la blandía contra sus enemigos, aquellos que hacían del mundo un lugar oscuro. Una espada que estaba hecha para matar, movida por su mano, y por sus ideas, y por su corazón. Y la blandía una y otra vez, y se sentía más muerto, y el pequeño dragón era por fin un dragón auténticamente feroz, uno terrible que oscurecía todo bajo sus poderosas alas. Shinta había muerto y también Kenshin y a Himura Battosai no le gustaba el fuego. Y después, tampoco la nieve. Y después, cuando se desprendió de todas aquellas escamas, tuvo que aprender a reconocerse en los pedazos de sí mismo; tuvo que escarvar mucho hasta dar con Kenshin. Y allí, en el fondo, encontró cosas que creyó destruidas; todavía le gustaban los charcos, todavía le gustaba la lluvia. Todavía, después de todo, después de absolutamente todo, le gustaba la nieve y también el fuego.
Cerró la puerta de shoji tras de sí, con el corazón palpitándole con fuerza. Kaoru había encendido algunas velas por la habitación y la luz de las pequeñas llamas le hicieron perder el habla. Ella estaba allí, sentada en seiza, junto al futón, más bella que nunca. Se sintió mareado. Sabía que nunca podría encontrar la forma de explicarle, querría explicarle tanto...
Te quiero, le habría dicho, un millón de veces, las mismas que se le ahogaron en la garganta cuando creyó que había muerto. Pero no sería suficiente. Solo eran dos pequeñas palabras, ¿cómo podrían bastar? Era algo tan salvaje que no existía un concepto.
Kaoru había encendido aquellas velas y él estaba ardiendo.
Sonrió y, aparentando una tranquilidad que no tenía, dejó en el suelo la bandeja del té. Después se sentó a su lado y la cogió de la mano, poniendo un beso sobre sus nudillos. Sentía sus nervios, y también su cariño, y su felicidad, y bajo todo eso... O más bien, junto a todo eso...
—Kaoru-dono— comenzó, en un susurro, acariciando su mano—. Están todos en el dojo. Nos oirán.
—¿Cómo nos van a oír?— murmuró Kaoru, frunciendo el ceño; sus ojos, a la luz de las velas, eran completamente abrumadores—. ¿Qué vas, a tocar el tambor?—. Él sonrió. Así era ella; tierna, inocente, buena, pero también valiente, fuerte, audaz. Y le había elegido a él. Iba a decir algo cuando Kaoru alzó la mirada, con las mejillas sonrojadas y, sin mediar palabra, le abrazó con todas sus fuerzas, apretándolo contra sí. Kenshin abrió los ojos, sorprendido. Tardó unos instantes en reaccionar y devolverle el abrazo.— Tienes el pelo húmedo— susurró ella, cerca de su oído.
Para el arte del batto hacen falta...
—Sessha lo mojó un poco en el pozo— reconoció, siendo consciente de que si Hiko le oyese le pegaría con un palo en la cabeza. Ella le abrazó un poco más fuerte y sintió su nariz contra su cuello y su respiración suave sobre su piel.
—...Me gusta tanto tu pelo... es rojo y suave y... me gusta cuando hace viento y te agita la coleta y... me gusta cuando vuelves de una batalla, y estás bien, y todo ha salido bien, pero tu pelo está desordenado y... Te quiero.
El mundo entero olía a jazmines y de pronto olvidó cualquier cosa que no fuese ese instante. Estuvieron mucho tiempo el uno en brazos del otro, acariciándose mutuamente los mechones de cabello que caían de sus coletas hasta sus espaldas. Los jazmines lo inundaban todo: la habitación, su ropa, su pelo, su cuello. La apretó un poco más y después se separó, mirándola a los ojos.
—¿Y ahora, cómo sigue?— preguntó ella, casi en un susurro.
Ahora, sigue...
Agarró suavemente la solapa de su kimono y tiró hacia sí, atrayéndola hasta sus labios. La besó despacio, rozando con la lengua el cielo de su boca. Sabía a té helado.
Se volvería loco.
Sin dejar de besarla movió su mano derecha hasta coger la de ella y, lentamente, empezó a acariciar su antebrazo, deslizando los dedos dentro de la manga de su gi. Su piel era suave y cálida; fue una caricia muy inocente, pero notó cómo se sobresaltaba. Retiró la mano y acarició su mejilla, separándose un poco.
—¿Estás segura?
—Sí— susurró ella, comenzando a desatarse deprisa el obi del kimono, con las manos temblando. Él la detuvo con una caricia. Tenían que ir despacio. La cogió de la cara con ambas manos y la besó muy lentamente, notando cómo ella imitaba sus movimientos, hasta sentir que su ki se tranquilizaba y ella se abandonaba bajo su aliento. Era... absolutamente irresistible.
Acarició su cuello y después lo besó, abriéndose camino con sus labios hacia el resto de su cuerpo; clavícula, hombros... Le sobraba tela por todas partes y la iba apartando, cubriendo con su boca cada parte de piel desnuda. Entonces la empujó suavemente hacia atrás, hacia el futón, pero ella se frenó con el brazo y se mantuvo sentada. Kenshin la miró. Respiraba con nerviosismo, de modo que volvió a besarla. Era adictivo, ¿por qué narices no lo había hecho antes? Deslizó las manos por su cintura hasta la parte trasera de su obi y continuó despacio la tarea que ella había empezado. No fue difícil. Cuando sintió los lazos caer entre sus dedos el deseo le atacó como un bofetón inesperado, haciéndole respirar profundamente.
Iba a pasar. No era un sueño.
Volvió a empujarla suavemente hacia atrás, pero ella se mantuvo sentada. Se separó un centímetro de su boca.
—¿Tienes miedo?— preguntó en un susurro, moviendo sus labios sobre los de ella.
Necesitaba tumbarla. Dioses, realmente necesitaba hacerlo.
—No— contestó ella, acariciando un mechón de pelo rojo mientras sonreía con dulzura contra su boca—. Te confiaría mi vida.
Correspondió su confesión besándola con una pasión que hasta a él mismo le sorprendió, devorando su lengua, sus labios, su cuello... Contente, se dijo, al verla respirar agitada, con las mejillas encendidas. Sin decir nada comenzó a deslizar el kimono por sus hombros, buscando su piel y conquistando cada milímetro con un beso. Se deshizo de toda su ropa y después de la suya propia y... Sin previo aviso, Kaoru volvió a abrazarle, carne contra carne, su pecho lleno de cicatrices contra los de ella, cálidos, suaves. Sintió sus dedos recorrerle la espalda, trazando la cicatriz que Soujiro había dejado allí. Él la besó en el cuello con delicadeza.
—Arigatou— susurró ella en su oído— Por tanto.
Kenshin no era capaz de expresar lo que sentía con palabras, pero se lo mostraría. Le mostraría el camino a ese cielo en el que ella nunca había estado y en el que no recordaría otra cosa que sus manos, y su aliento, y su nombre. La miró a los ojos mientras sus dedos se enredaban en su cabello y tiraban con suavidad de su lazo, soltándolo y haciendo que su melena desbordarse por sus hombros. Ella se sonrojó. Estaba desnuda y el pelo le corría salvaje por la espalda y los pechos, y olía a jazmines, y sonreía, y se mordía el labio, y...
Kami.
La empujó suavemente, derribándola sobre el futón y poniéndose sobre ella.
—Yo no sé... No sé lo que debo hacer— empezó, nerviosa; estaba muy sonrojada, aunque le miraba a los ojos. Es mi mujer... Y no conoce el miedo—. Haré lo que me digas, lo que más te guste—. Él sonrió y volvió a besarla muy lentamente, recorriendo su boca. El sabor del té helado había desaparecido, dejando paso a algo mejor; al de ella, para él. Sintió que Kaoru tiraba de la goma de su cabello y lo soltaba, haciéndolo caer sobre sus hombros y también sobre ella, como lava sobre nieve—. Siempre quise hacer esto— confesó, sonriendo con dulzura—. ¿Hay algo que tú siempre quisieras...?
Acarició su cara, apartando su cabello.
—Esto— susurró, besándola otra vez. La ternura inicial empezó a desbordarse, y su cuerpo entero se rebeló, y... Sintió que empezaba a perder el control. Se apartó, luchando contra sus instintos más primitivos y comenzó a besar despacio su cuello hasta llegar a sus pechos, acariciándolos con la lengua. Kami, aquello tenía que ser el maldito cielo. La sintió gemir y subió hasta su boca, acallándola con un beso—. Shhhh— dijo contra sus labios, girando la mirada hacia la puerta. Ella asintió con la cabeza, sonrojándose. La tranquilizó acariciando suavemente su cabello, poniendo pequeños besos en sus labios, en su nariz, en sus mejillas... Siguió besándola mientras su mano recorría su cuerpo hasta su ombligo. Tenía las piernas cerradas y la sintió tensarse cuando sus dedos bajaron un poco más.
—Kenshin— susurró, con voz entrecortada. Él se apartó un poco, lo justo para mirarla. Su cabello rozaba sus clavículas, que parecían todavía más blancas con el contraste, y sus labios estaban enrojecidos. Ella bajó la vista y empezó a acariciar la cicatriz de su hombro, donde había recibido el disparo. Todavía estaba sensible, pero no se apartó; sintió su toque delicado, casi un roce—. Creí que te perdía y... Yo no...
Kenshin recordaba bien ese momento. Estaba exhausto, después de haber doblegado a Enishi más por la fortaleza de su voluntad que por otra cosa, cuando sintió el sonido del disparo y al instante el dolor sordo en su cuerpo. Se quedó sin habla unos segundos, el tiempo suficiente para ver la silueta de Kaoru corriendo hacia él y poniéndose delante. Delante, como un escudo. Jamás había sentido tanto miedo.
—Kaoru— susurró, acariciando la piel de su cadera con el dorso de su mano, mientras con la otra apartaba un mechón oscuro de cabello y lo ponía tras su oreja—. Prométeme que no volverás a hacer algo así. Nunca.
Ella frunció el ceño en un gesto que había visto un millón de veces.
—No puedo prometerte eso— contestó, también en un susurro. Subió la mano desde su hombro hasta su mejilla y le acarició. Era una mano firme, suave pese a las cicatrices. Kenshin la atrapó en la suya—. Pero te prometo que viviré, pase lo que pase. ¿Es suficiente?
Kenshin sonrió y la besó.
—Es suficiente— dijo, hablando contra sus labios. Ella le devolvió el beso, buscándole con la lengua. Esa iniciativa le hizo jadear y, sin pensarlo, su mano, audaz, recorrió el breve camino desde su cadera hasta su sexo. Kaoru abrió los ojos, sorprendida por el contacto. Lejos de frenar, empezó un ritual lento, muy lento, de cortejo y conocimiento entre sus piernas. Poco a poco la respiración de Kaoru se fue intensificando, mientras él probaba, ensayando, distintas estrategias, apostando por las que lograban dejarla sin aliento. Pronto empezó a enviarle señales de impaciencia, retorciéndose contra su mano, pero él no cedió. La besó en el cuello, pasando por sus labios—. Shhhh— le recordó sobre ellos, aunque sabía que no le estaba escuchando; se encargó de silenciarla con su boca mientras aumentaba el ritmo despacio, dejando que sus dedos se deslizasen ocasionalmente dentro de ella. Era cálida y húmeda y Kami, iba a morir si no la tomaba de una vez. Kaoru había roto ya sus lazos con el mundo exterior y gemía fuertemente contra su boca—. Ssshhh, Kaoru...
—Mou, Kenshin...— murmuró ella, sonrojada, mientras echaba la cabeza hacia atrás, perdiéndose de nuevo. Era deliciosa, y se entregaba sin reparos a él y, dioses, iba a llevarla hasta el cielo, iba a hacer que no olvidase esa noche en toda su vida. Kaoru abrió los ojos y le miró con temor, mientras él dejaba que sus dedos bailasen en ella al ritmo de su respiración. La besó otra vez y ella de nuevo jadeó contra su boca.
—Sshhh...
Dioses, realmente moriría.
Entonces la sintió deshacerse en su mano y ahogó su placer con un beso profundo, buceando en ella mientras notaba su cuerpo estremecerse, sujetándole de los brazos con fuerza. Cuando abrió los ojos subió su mano hasta su cadera y puso allí una caricia suave, tan suave que sus dedos apenas la rozaron. Kaoru volvió a vibrar con su toque. Su mirada era intensa, y su respiración, y olía a jazmines y a sal y a algo más que sólo podía ser ella.
—E-eso... Eso ha sido... — murmuró, intentando ordenarse. Él sonrió y la acalló besándola despacio—. No imaginaba... No sabía... ¿Va a ser así todas las veces?
No, pensó Kenshin, perdiéndose de nuevo en sus pechos. Será cada vez mejor.
Ella le devolvió un beso alegre, lleno de vida mientras le miraba, esperando una respuesta.
—Kaoru-dono...— empezó, acariciando su pelo y besando suavemente su nariz. Iba a hablar, pero se sumergió en el azul profundo de sus ojos y se olvidó hasta de su nombre. Kaoru atrapó un mechón de cabello colorado y lo enredó entre sus dedos.
—Hazlo, Kenshin— dijo ella, sonriendo. Brillaba como la luna, y todo olía a jazmines, y era posible que en cualquier momento le explota se el corazón.
—Lo haremos juntos— susurró contra sus labios, besándola despacio y acomodándose entre sus caderas; bajó la mano hasta su muslo y separó un poco más sus piernas.
Mucho mejor.
Respiró profundamente. Kami, no iba a ser fácil. Ella se tensó bajo él, rígida.
—¿Me dolerá?— preguntó.
Nunca le mentiría.
—Sí— dijo, besándola—. Pero lo haremos suave.
Entró en ella con cuidado, pero sin demasiada indulgencia. Kaoru era fuerte; era su mujer. Sintió cómo ella perdía el aliento en una dolorosa exhalación y la besó de la forma más dulce que supo, acariciando el hueso de su cadera, sin moverse. Todos sus instintos le golpeaban, pero se contuvo. Esperó a que abriese los ojos y le mirase.
—Ardes— susurró ella, y su mirada brillaba más que la estrella rurouni. Sonrió y besó su nariz.
—Tú también— dijo Kenshin, y empezó a moverse muy suavemente. Ella volvió a apretar los ojos, ahogando una queja, pero no se detuvo. La besó con ternura mientras iba conquistando, avanzando en ella, deshaciendo uno a uno todos sus nudos. Un poco más, solo un poco más...— ¿Te duele mucho?
—Un poco— contestó, intentando sonreir. Se movió un poco más despacio, controlando su respiración. No había arte del batto que le preparase para eso, Kami—. ¿A ti te gusta, Kenshin?— susurró, acariciándole el brazo. La besó como respuesta, porque era imposible que pudiese decir nada coherente, y cerró los ojos, intentando concentrarse. Concentrarse en ese ritmo lento que su cuerpo quería ignorar, concentrarse en la respiración de ella, concentrarse...
Se deslizaba en ella con facilidad, pese a su tensión. Despacio, se recordaba. Suave. Entonces Kaoru agarró su cadera con decisión y le atrajo hacia sí en un movimiento que le volvió loco. Se separó de sus labios y la miró a los ojos, intentando recuperar la calma.
—Enséñame cómo te gusta, Kenshin— susurró, moviéndose otra vez con suavidad contra él, atrapándolo entre sus muslos. Mierda. Siguió mirándola, dudando; era la primera vez, tenía que ir despacio, tenía que...—. Enséñamelo, por favor.
Su shishou le había advertido, pero él no sabía, no tenía ni idea. Él no había estado allí, sobre ella, no la había visto mirarle, no había oído su voz pedírselo ni había sentido sus caderas moverse. Por primera vez en mucho tiempo, Kenshin se permitió perder el control. Dejó caer su cuerpo sobre el de ella y enterró su cara en su hombro, respirando en él mientras la arrastraba consigo. Se movió en ella, con ella, sobre ella, guiándola a su terreno. Era su ritmo y Kaoru no era capaz de seguirlo, pero le abrazaba y su olor era ya parte de él. Ella empezó a respirar más fuerte, transformando su aliento en gemidos y Kenshin la besó para acallarla. Shhhh. Un poco más fuerte. Shhhh. Un poco más profundo. Era deliciosa y estaba completamente borracho de ella. Le faltaban manos para acariciarla y labios para besarla, pero no dejó de reclamar su cuerpo mientras la llevaba con él. Separó más sus piernas con un movimiento firme de su mano y la empujó más fuerte contra el futón.
Mía. Más fuerte.
Mía. Más profundo.
—Shhh, Kaoru...— le recordó. Se dio cuenta de que quizás estaba siendo demasiado brusco y luchó contra toda su naturaleza para bajar el ritmo, pero Kaoru volvió a sujetarlo de la cadera y a guiarle al mismo movimiento. La miró a los ojos y se encontró con los suyos. Azul intenso, azul... Sonreía, sin aliento y Kenshin ni siquiera sabía ya dónde terminaba uno y empezaba el otro. Lo único que existía era el cuerpo de ella bajo el suyo, y su boca, y el olor de su pelo, y el sonido de su respiración ahogada cada vez que volvía a ella. Cerró los ojos y la abrazó fuerte, tomándola como su mujer mientras colapsaba, rompiéndose en un millón de pedazos. Y no había en aquellos fragmentos nada de Shinta, ni de Battousai, ni tampoco de Himura; ni del niño, ni del hitokiri, ni siquiera del rurouni.
Allí, entre los brazos de Kaoru, en la oscuridad de ese pequeño lugar del mundo que ella había convertido en su hogar, fue más Kenshin que en toda su vida.
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Se removió entre las sábanas, con la luz del sol atrapándola. Yahiko hacía tiempo que intercambiaba gritos con Misao y Sanosuke y el vacío a su lado evidenciaba que Kenshin también estaba en la cocina, probablemente preparando el desayuno. Tocó la parte del futón donde él había dormido, ya fría, y una sonrisa brotó en sus labios.
Kaoru no había pegado ojo. Se pasó la madrugada mirando el cabello de Kenshin derramándose sobre su espalda, como el último fuego en una noche oscura. La habitación olía a ellos y le dolía todo el cuerpo, pero no recordaba haber sido tan feliz nunca antes en su vida. Había descubierto unas cuantas cosas aquella noche, todas ellas importantes. Ahora sabía que él tenía los pies fríos, pero fríos de verdad y estaba segura de que no existía fuente de calor en el mundo que pudiese solucionarlo. También sabía que dormía quieto, inmóvil, de lado, en una esquina del futón. Sabía, además, algunas otras cosas. Que era tierno, y besaba con ternura, y tocaba con ternura, y que todas las heridas de su vida no habían apagado su espíritu ni encallecido su corazón.
Se puso la yukata de dormir y se trenzó el pelo para después salir de la habitación. Sin darse cuenta, había empezado a cantar. Caminó por la engawa deleitándose con la luz, con los pájaros y con las flores, y con el olor a vinagre y limón. Kenshin ya había estado limpiando. Se detuvo cerca de la cocina, oyendo su voz; hablaba con Yahiko y Sanosuke de algo sobre las guerras Boshin. Kaoru dejó que su voz se deslizase por su mente.
Dulce, pensó, tocándose los labios. Al principio había sido dulce, suave y dolorosamente delicado; se sonrojó al recordarlo. Su cuerpo, marcado mil veces en la batalla, se movía con un ritmo medido, tomándola y dejándola para volver otra vez, cálido y tierno y, después, poco a poco, menos suave, menos delicado, pero igualmente dulce. Había tenido que acallar su respiración varias veces, y su mirada era brillante, y sus dedos sobre su boca eran gentiles pero firmes. Ella le había pedido que le enseñara cómo lo quería, movida por un ataque de locura; sólo recordarlo se puso nerviosa. Fue majestuoso verle así, reafirmándose en ella, tan doloroso como fascinante... Un derroche de poder que la dejó ebria perdida, desarmada, derritiéndose bajo su cuerpo.
Mío, pensó, recordando cómo apretaba los párpados y se perdía en su propio placer. Mío, cuando la empujó contra el futón para entrar más en ella, dejándola sin aliento. Mío, cuando le sintió abandonarse, por ella, sobre ella. Entró en la cocina y le vio de espaldas, con la coleta hecha. Fuego, pensó, mirando su cabello. Había visto arder su ki un millón de veces; el ki de un dragón. Él no podía amar de otra manera.
—Ohayo, Kaoru-dono— dijo, girándose y sonriéndole mientras servía el desayuno a Misao y Yahiko. Kaoru notó cómo se sonrojada terriblemente.
—Ohayo, Kenshin— contestó.
—¿Té?— preguntó él, levantando las cejas. Ella asintió—. Sano ha madrugado y ha traído estos pastelitos, pero si preferís lo de siempre, sessha lo preparará— añadió, señalando la pequeña bandeja sobre la mesa; solo quedaban tres pasteles. Entonces fue consciente de la presencia de Sanosuke, en una esquina de la cocina, mordisqueando una zanahoria y con una taza de té en la otra mano.
—¿Sanosuke madrugando?— preguntó Yahiko, soltando una risotada, con la boca llena de arroz.
—¡Yahiko!— le reprendió Kaoru, acercándose para darle una colleja— ¡Cierra la boca cuando comes!
—No he pegado ojo— replicó Sanosuke desde su esquina—. Había un par de mosquitos en el dojo que no paraban de... Ya sabéis, de...— imitó el sonido de un zumbido y Kaoru pensó que se moría allí mismo. Sin embargo, Yahiko se encogió de hombros.
—Yo no oí nada— dijo, otra vez con la boca llena—. ¿Qué te pasa, Busu? Tienes... Tienes algo en el cuello. Te picaría uno de esos mosquitos que oyó Sanosuke.
Misao la miró, frunciendo el ceño.
—No parece una picadura— dijo, seria—. Tal vez debería vértelo Megumi... ¡MEGUMI!— gritó; Kaoru lanzó una mirada de socorro a Kenshin, pero al parecer estaba muy entretenido sirviendo té para toda Asia— Algunas enfermedades empiezan con...
Kaoru salió corriendo de la cocina hacia el baño, sintiendo cómo le ardían las mejillas. Allí buscó el pequeño espejo que conservaba de su padre y se miró en él. Kami, pensó. Tenía, entre el hombro y la clavícula, algo que parecía un mordisco, o una roncha, o un moratón, o un poco de todo al mismo tiempo. Cogió uno de los apósitos que guardaban para las curas y valoró ponerlo ahí.
—¡A ver, Kaoru, ábreme que vea esa picadura!
La voz de Megumi le hizo soltar el espejo, que se rompió en varios pedazos.
Mierda.
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