¡Hola!

Espero que estéis todas bien. Siento no haber publicado ayer, pero esta última parte la estoy escribiendo desde cero y me está llevando algo más de tiempo. Disculpad los errores que pueda tener, tanto gramaticales como de cualquier tipo. Espero corregir todo bien en futuras revisiones, ahora estoy priorizando terminar antes de que se termine la inspiración xD

Gracias a todas por vuestras review. Me gusta leeros a todas, sobre todo a las que me habéis escrito desde el principio, de verdad: GRACIAS. Sé qué es una historia larga, con muchos vaivenes, y me parece increíble que alguien haya llegado hasta aquí, así que os compenso con unos capítulos pastelosetes pero que espero que irradien esa idea de final feliz y redentor que creo que Watsuki intentó plasmar en su maravillosa obra y que, en mi opinión, no fue respetada en la OVA de Seisohen, por eso doy gracias de que no sea canon.

¡Un abrazo y manteneos a salvo!

PD- Este es un capítulo cortito, sumimasen.


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Abrió los ojos lentamente, aunque ya llevaba un tiempo despierto. Pese a ser temprano ya hacía calor y afuera, en el patio, se oía la lluvia, grata y ligera como una canción de cuna. Kenshin movió los dedos de su mano derecha, sintiendo un hormigueo doloroso; todo su brazo estaba atrapado bajo el cuerpo de Kaoru, pero no era algo de lo que pudiese quejarse. Giró la cara hacia ella y, con la otra mano, apartó un mechón de pelo negro de sus ojos mientras se fijaba en su respiración lenta, silenciosa. Parecía un sueño del que en cualquier momento se despertaría... Pero, mientras fuese posible, había elegido seguir soñando. Sopló suavemente sobre su nariz y sonrió al ver cómo la arrugaba, como si intentase zafarse de un mosquito invisible. Volvió a soplar, otra vez... Y después, otra...

Kenshin conocía el más terrible secreto de Kaoru: era necesaria la salva de un cañón para despertarla. Sintió un poco de envidia. Siempre le había parecido que ese era un privilegio reservado para los niños y para las personas con la conciencia tranquila. Y ella... Volvió a soplar sobre su nariz, pintada de pequeñas pecas, parecidas a las que él también tenía. ¿Era lo único en lo que se parecían? No, se dijo. Cuanto más la conocía, más descubría lo mucho que tenían en común; ellos, que a primera vista podrían ser agua y aceite, noche y día. Ahora sabía que a Kaoru le gustaba la lluvia, y los charcos, y el fuego. Le gustaba reír hasta que le dolía el estómago. Y la nieve... ¿Le gustaría la nieve? Cuando nevase, se dijo, la llevaría al patio y cuando los copos se posasen sobre su pelo y sus hombros la besaría sin descanso; la besaría allí afuera, junto al pozo, hasta que el calor que formaban juntos derritiese cualquier atisbo de hielo.

Pasó los dedos por la piel de su brazo, casi sin rozarla.

—Kaoru-dono...— susurró, soplando otra vez sobre su nariz.

—Mmm...

Ella se movió, liberando su brazo y, en contrapartida, le atrapó en un abrazo estrecho, tan cerca de su rostro que podría besarla. Sin embargo, volvió a soplar. Tan cerca... Tan cerca que sus cuerpos se confundían, y todo olía a jazmines.

No puedo creer la suerte que tengo.

—Kaoru-dono— repitió, descendiendo con su caricia hasta su cadera.

—Mmm... Baka...—. La sonrisa de Kenshin aumentó. ¿Estaba soñando? Le dio un beso suave en los labios, pero no se movía—. Mm... Es pronto...

—Kaoru-dono, tenemos que hablar con Misao-dono y Yahiko— susurró, repitiendo la secuencia de acciones: soplar, besar; soplar, besar...

—...Mmm dormir.

Viendo que su táctica resultaba infructuosa, pasó a la ofensiva. Se perdió bajo las sábanas del futón y después, empezó a besar su ombligo hacia abajo, mientras su lengua iniciaba una exploración tan arriesgada como interesante. No pasaron más de dos segundos hasta que ella terminó de despertarse, levantando la sábana y mirándole.

—K... ¿Kenshin? ¿Q-qué...?—. Él no la miró; oía su voz lejos, pequeña, como si hablase sobre el agua. Mientras, buceaba en un mar de lo más apetecible—. ¿Q-qué estás haciendo?

La acalló con un toque lento de su lengua, y después con otro, y con otro, y Kaoru no dijo nada más hasta un poco después, cuando empezó a repetir su nombre. Entonces le dio un pellizco suave en la pierna; un pellizco que quería decir "shhh".

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—¿Se lo contaremos a los dos a la vez?— preguntó él, ya vestido con la hakama blanca y el gi, mientras se recogía el pelo en una coleta. Kaoru estaba todavía en el futón, sentada, despeinada y con las mejillas completamente sonrosadas.

—S-sí— dijo, inmóvil. Kenshin cogió la sakabatou y la colocó en el obi en un gesto rápido, para después agacharse junto a Kaoru.

Sessha puede hablar con ellos si lo preferís— susurró, acariciándole la mejilla. Kaoru negó con la cabeza, intentando recobrar el habla.

—N-no, no. Los dos. Iremos los dos— dijo, asintiendo con la cabeza. Kenshin sonrió con un poco de malicia mientras la besaba. Después se levantó y le tendió una mano que ella aceptó. Kaoru se colocó bien la yukata de dormir y palmeó un poco su pelo, intentando domarlo. Le miró, preocupada—. ¿Estoy muy horrible?

Estaba preciosa.

—No— dijo, dirigiéndole una mirada divertida mientras resistía las ganas de volver a besarla. Se giró y cuando puso una mano sobre la puerta de shoji sintió que ella le abrazaba por detrás, besándole en la coleta.

—Kenshin— susurró, apretando su nariz contra su nuca—. ¿Dónde aprendiste eso?

Él se alegró de que ella estuviese a su espalda para que no pudiese ver cómo se sonrojaba.

Sessha no lo aprendió en ningún sitio— dijo suavemente, mirando hacia el suelo—. Simplemente... me pareció que podía estar bien.

—Pues está bien— contestó Kaoru, besándole en el nacimiento del pelo—. Está muy bien. No olvides cómo se hace.

Kenshin rió y salió de la habitación sin volverse, porque si se giraba ya no saldría jamás. Atravesó la engawa y se dirigió a la cocina. Allí, para su sorpresa, se encontraba Yahiko, con los brazos cruzados, esperando. La mesa ya estaba preparada, al igual que el desayuno. Le miró con los ojos muy abiertos.

—Yahiko— dijo, sonriéndole. Él le devolvió una mirada seria—. ¿Has preparado esto tú?

—Ya lo ves— contestó, con mirada dura. Kenshin entornó los ojos. Sentía su ki alterado. Decidió observar antes de decir nada, de modo que se sentó en su sitio habitual y esperó. Esperó, esperó... —. Tenemos que hablar.

Ya está.

—Bien— dijo, mirando a Yahiko y ofreciéndole una sonrisa amable— ¿Te sientas con sessha?

Por un momento pensó que el chico le diría que no, pero no lo hizo. Se sentó en frente, sirviéndose una taza de té y después sirviéndole otra a Kenshin. Es al revés, pensó de forma inconsciente, aunque no dijo nada. Levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los de Yahiko, que parecían arder.

—Esta es una conversación de hombre a hombre— anunció Yahiko, solemne, dando un sorbo a su taza de té. Kenshin sabía que odiaba el té, pero de nuevo, guardó silencio y se limitó a asentir con la cabeza—. Estás durmiendo con Kaoru—. Vaya, pensó. Eso sí que no lo esperaba. No lo negó—. ¿Qué intenciones tienes con ella?

Kenshin ahogó una risa fingiendo una tos, consciente de que el chico se lo estaba tomando en serio. Tomó su taza de té y le dio un pequeño sorbo antes de hablar.

—Yahiko— comenzó, mirándole como habría mirado a Sanosuke; no como a un niño, sino como a un amigo, como a un igual—. Sessha tiene la...

—¿Quién ha preparado todo esto?

La voz de Misao hizo que los dos levantasen la mirada. Yahiko bufó, enfadado.

—¡Esto es una charla de hombres! ¡Márchate!

—¿Pero qué dices, niño? Soy mil veces más hombre que tú— replicó Misao, frunciendo el ceño. Yahiko dejó la taza de té sobre la mesa y se puso en pie de golpe.

—¡Demuéstramelo en el dojo, comadreja!

—¡Cuando quieras, crío idiota!

Yahiko corrió hacia ella, cuando Kaoru apareció en la cocina.

—¿Qué son esos gritos a esta hora?— preguntó, alzando la voz por encima de ellos. Pese a sus intentos de peinarse con las manos, tenía la trenza medio deshecha y la ropa desordenada. Kenshin pensó que nunca la había visto tan bonita— ¿Quién ha preparado todo esto?

—¡Oh, mierda!— gritó Yahiko, deteniéndose y girándose para mirarla—. ¡Esto es una charla de hombres, busu!

—Aquí sólo veo a un hombre— dijo ella, señalando a Kenshin con el dedo. Misao soltó una carcajada.

—¡FUERA LAS DOS!— exclamó el chico, empuñando su shinai en dirección a Kaoru—. ¡Estoy hablando con Kenshin!

—¿Y qué le estás diciendo que es tan privado?— preguntó Misao, sentándose en el sitio que hasta ese momento había ocupado Yahiko.

—Eso, ¿de qué estabais hablando?— apoyó Kaoru, mirando a Kenshin. Él perdió la vista en la taza, deseando que fuese suficiente para no acabar inmiscuido en aquella discusión sin sentido.

—Ya te he dicho que son cosas de hombres— insistió Yahiko. Misao cogió un trozo de zanahoria y empezó a masticarlo, haciendo caso omiso. Kaoru apartó la punta del shinai de un manotazo y se sentó junto a Kenshin—. Sois... sois...

Yahiko suspiró y se sentó junto a Misao, lanzándole una mirada asesina.

Yare, yare— dijo Misao, con la boca llena—. Siéntate y lo hablaremos entre todos. Seguro que si es algo "de hombres" se trata de alguna chica, ¿no? ¿No tendrás ya problemas con esa niña... Tsubame, no?

—¡¿Pero qué estás diciendo, comadreja?!— gritó Yahiko, derribándola con tanta fuerza que estuvo a punto de derribar también la mesa. Misao le apartó de un golpe.

—¿No sería algo sobre mí?— preguntó Kaoru mirando a Kenshin, que fingió no darse cuenta mientras comía arroz— ¿Estás sordo, Kenshin?

—Ah, pensé que no hablábais conmigo— se disculpó, sonriendo dulcemente.

—¡Sí, era sobre ti, busu!— exclamó Yahiko, poniéndose en pie de un salto y señalándola—. ¡Esto no puede seguir así!

—¿Qué estás diciendo...?

—Kaoru— dijo, serio; se estaba empezando a sonrojar, pero mantenía la postura firme de quien iba a emitir un importante comunicado—. Kenshin... Kenshin es el mejor espadachín de Japón, pero eso no me importa— le dirigió una mirada dura a Kenshin, que abrió mucho los ojos, sorprendido—. Un samurai debe tener honor, y no es honrado lo que él está haciendo.

—¿Qué...?— empezó Kaoru, todavía más sorprendida. Yahiko miró a Kenshin.

—Un samurai no dormiría sino con su mujer.

—Himura no es un samurai— dijo Misao, aunque su gesto también expresaba asombro—. Es un rurouni. No tiene porqué seguir los viejos códigos de honor de los samurai.

—Kenshin no es un rurouni— replicó Yahiko, sin apartar la mirada de él—. Lo fue durante mucho tiempo, cuando vagó sin rumbo por Japón, pero ya no lo es. Ahora forma parte de este lugar, como yo— se detuvo un momento, bajando la vista para después volver a alzarla, fijando sus ojos en los de Kenshin. No había miedo en él—. Pídeselo.

—¡Yahiko!— gritó Kaoru, completamente sonrojada—. Yahiko, no tienes ningún...

Kenshin dejó la taza de arroz sobre la mesa y se giró hacia Kaoru, cogiendo su mano. Sentía cómo los tres habían dejado de respirar; llevó la mano de Kaoru a los labios y la besó suavemente. Se quedó mirándola a los ojos, mientras ella también le miraba, no podría decir cuánto tiempo.

—¡Ya se lo habías pedido!— gritó de pronto Misao, poniéndose de pie junto a Yahiko, tapándose la boca con la mano— ¡No puedo creerlo! ¿Cuándo pensábais contarlo? ¡No puedo creerlo!

Sentía la mirada de Yahiko, pero no podía apartar sus ojos de los de Kaoru.

—¿V-vosotros vais a...?— empezó Yahiko, señalándoles. Kaoru rompió el hechizo volviéndose hacia el chico, nerviosa, sin soltar la mano de Kenshin.

—Sí— dijo, forzando una sonrisa—. Pero tú seguirás viviendo aquí, no te preocupes. Nada va a cambiar, todo va a seguir siendo...

—Claro que van a cambiar las cosas— le cortó Yahiko; de pronto su gesto serio fue transformándose y una enorme sonrisa empezó a dibujarse en él—. ¡Van a ser mucho mejores! ¡Kenshin, no me puedo creer que por fin te hayas atrevido!

Kenshin se sonrojó. Nunca había sido tan terriblemente consciente de que todos estaban esperando.

—Eres lento, Himura— dijo Misao, agitando la cabeza y haciendo que la trenza rebotase en su espalda—. Has tardado una eternidad.

—¡Misao!— le reprendió Kaoru, frunciendo el ceño. Ella lanzó una mirada malvada a su amiga, pero Kenshin no se ofendió; no era mentira. Aprovechó la tranquilidad momentánea para soltar la mano de Kaoru y recuperar su cuenco de arroz. Estaba realmente hambriento.

—¿No os dáis un besito para celebrarlo?— preguntó entonces Misao, volviendo a sentarse y apoyando la cara en las manos, como si esperase el inicio de un espectáculo—. Uno pequeñito, para saber que esto es real. Vamos.

—¿Qué?— dijo Kaoru, indignada—. ¡No! Eso es privado, Misao.

Yahiko se sentó junto a Misao, con el ceño fruncido.

—Yo también quiero verlo— dijo, muy serio. Kaoru se puso completamente roja.

—¡Venga, Kaoru! — gritó Misao, dando una palmada.

—¡Olvidadlo, pervertidos! Sois los dos un par de...

Kenshin quería comerse su arroz, así que zanjó la discusión volviendo a soltar el cuenco momentáneamente y girándose hacia Kaoru, besándola en los labios.

Los tres guardaron silencio al mismo tiempo y eso, pensó Kenshin, eso era casi tan maravilloso como besar a Kaoru sin tener que esconderse.

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Tokio, tres días antes de la boda.

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Se sentó frente al río, como lo había hecho las largas semanas que llevaba en Tokio. El atardecer era bello, el reflejo del agua era bello, el sonido del viento, suave y rítmico, era también bello... Pero Misao no se sentía en paz. Era como si, de alguna manera, alguien hubiese cerrado el puño alrededor de su corazón, apretando.

Hideki había vuelto a Kioto, hacía ya más de un mes. Le había pedido que le acompañase, que volviese con él. Misao tenía ganas de hacerlo. Había hecho las maletas, había despedido a sus amigos, había prometido a Kaoru que volvería para la boda... Pero cuando llegó la hora de salida de su tren, simplemente, Misao no se presentó.

Simplemente...

No, no fue algo tan simple. Fue mucho más difícil que eso. Fue un instante lo que lo cambió todo.

La noche antes de su partida definitiva Kaoru había organizado una cena; incluso Hideki estaba invitado, aunque no asistió. Sanosuke bailó con Megumi otra vez, y sus progresos evidenciaban que habían practicado en otros momentos. Yahiko bebió sake hasta desplomarse, y Kenshin cocinó para todos. Kaoru se sentó junto a Misao y bromearon toda la noche, compartiendo confidencias, deseos y sueños. Y cuando todos se fueron, y Yahiko ya estaba inconsciente en su futón, y Kaoru y Kenshin le dijeron a Misao que fuese a dormir, que ellos recogerían, y ella lo hizo... Un rato después se levantó al baño, y les vio. Estaban limpiando el patio, nada distinto, nada importante. Y, sin embargo...

Sin embargo...

Misao se detuvo en la engawa y les observó durante un rato. Apenas hablaron, pero no fue necesario. Kenshin barría con soltura, moviéndose de un lado a otro mientras Kaoru retiraba las lámparas de shoji subida a un pequeño taburete; cada vez que él pasaba cerca de donde ella estaba, dejaba una caricia casual en su pierna, o simplemente la miraba con disimulo, deteniéndose más de lo que se habría considerado razonable. Cuando terminaron esa tarea, los dos se lavaron las manos en el cubo del pozo, y mientras lo hacían, brazo contra brazo, Kenshin susurró algo al oído de Kaoru. Ella rió y asintió con la cabeza, bajando la mirada. Entonces él le dio un beso suave en la mejilla, casi por sorpresa. Kaoru volvió a reír, sonrojándose, y le dijo también algo al oído, haciendo que fuese él quien se sonrojase y riese.

Misao no fue al baño. No quería interrumpirles. No quería moverse.

Al día siguiente no cogió el tren. Hideki... Hideki era bueno, pero Misao sabía la verdad. Por mucho que se divirtiesen, por mucho que se gustasen, nunca sería Aoshi y ella nunca sería Kaoru. Hideki sabía la misma verdad, y por eso, aún no viéndola en el andén, se había subido igualmente al tren.

No estaba triste... O tal vez, sí. Pero sabía que no era su momento. La boda coincidía con el cumpleaños de Kaoru y había mucho por hacer; los invitados llegarían al día siguiente, y muchos se quedarían en una pensión cercana al Akabeko, pues la casa de Kaoru era demasiado pequeña para acogerlos a todos. Todavía tenía una lista interminable de encargos, y estaba el asunto del kimono nupcial, y el pastel de celebración, y los arreglos florales, y Okina y los demás llegarían con la primera luz del día...

Los demás.

Agitó la cabeza y se levantó. Ya había dejado de preguntarse si era un río, un mar, un estanque de carpas o un maldito monzón. Sólo era una chica, y su mejor amiga iba a casarse, y pondría todo de sí para que fuese el mejor día de su vida.

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