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Había llovido durante la noche y todos parecían preocupados por si aquello indicaba una señal negativa de los dioses. Todos... menos Kenshin. Él estaba tranquilo, o todo lo tranquilo que podía estarse con el caos que parecía emerger a su alrededor. En cualquier caso, habría apostado a que los dioses tenían cosas más importantes de las que preocuparse y, además, hacía ya semanas que les habían dado su bendición...

Aunque eso era algo que solo él y Kaoru conocían.

El cielo estaba nublado, de modo que era probable que volviese a llover. Quedaban muchas cosas por hacer, así que empezó poco a poco, tachando cada una de las tareas de la lista invisible trazada en su mente. Preparar desayunos, regar el huerto, lavar la ropa, tenderla después, ordenar los bokken y shinai, limpiar el baño, barrer la engawa, fregarlo todo a conciencia... De vez en cuando se detenía y, cerrando los ojos, respiraba profundamente por la nariz, tomando conciencia de sí mismo y de cada uno de sus actos. Cuando el sol apenas acababa de salir, Kenshin ya había conseguido que la casa entera oliese a vinagre y limón, y que todo estuviese perfecto. Él estaba sudando, de modo que se refrescó como pudo en el pozo y decidió que ya era hora de despertar a Kaoru. Yahiko y Misao habían salido una hora antes para ir a recoger a Okina y los demás, que viajaban desde Kioto en tren, y después les acompañarían hasta la pensión, donde ellos también dormirían esa noche.

No pudo evitar sonrojarse. Era obvio que no había sitio para todos en la casa de Kaoru, de alguna forma también suya, de modo que reservar aquellas habitaciones había sido de lo más natural... Hasta que Yahiko y Misao anunciaron que ellos también dormirían fuera esa noche. Aquello había sido auténticamente embarazoso, como si llevase escrito un cartel en la frente que todos leían a su paso. Por esa y por otras variadas razones Kenshin huía de ritos tradicionales, tan encorsetados, tan predecibles, pero esta vez sería distinto. Esta vez era Kaoru.

Kaoru...

Era Kaoru, y cumplía diecinueve años. Sonrió mientras se acercaba a la puerta de su habitación.

Llevaba tres semanas durmiendo otra vez allí, en compañía de Misao; se había empeñado en hacerlo para guardar lo que ella llamó "la tradición". Además, así será más emocionante la noche de bodas, había añadido, mirándole con una sonrisa pícara. Kenshin no estaba en absoluto de acuerdo, pero había decidido hacer todo lo que ella indicase, como le ordenó su shishou cuando fue a informarle del día en que sería la boda. Como siempre, había logrado prever lo que sucedería.

—...Ella dará muchas órdenes; cuando digo muchas quiero decir que serán todas las órdenes del mundo, una tras otra, y llegará un momento en que pierdas la cuenta y no sepas quién eres ni en qué momento decidiste casarte.

—Pero sessha...— empezó Kenshin, disconforme.

—Silencio. Como te decía, ella te ordenará cada cosa que deberás hacer ese día; decidirá tu ropa interior y tú te la pondrás, aunque te apriete, aunque sea de esparto. También decidirá tu peinado, y el color de tu hakama; y ese asunto de los votos nupciales, que parecen una declaración de amor improvisada... Olvídalo. Ella te dirá qué decir. Si improvisas estás muerto, ¿lo entiendes?

—No— había dicho él, frunciendo el ceño. Ni siquiera se había parado a pensar que tuviese que pronunciar unos votos delante de la gente, y estaba seguro de que Kaoru entendería que eso quedase para su intimidad. Su ceremonia sería rápida, discreta, sencilla... Y él también la organizaría—. Sishou, tú dijiste una vez que no debía ser un niño, sino un hombre. Sessha cree que puede ayudar a Kaoru-dono en la...

—Esto es una boda, baka. Nada de lo que te dijese en tus entrenamientos te servirá. El hombre más poderoso del mundo puede ser aplastado bajo el yugo de una novia enloquecida, así que escúchame. Sólo llegarás vivo al altar si te callas y sigues mis sabios consejos por una vez en tu vida— miró a Kenshin, que optó por el silencio; en aquel momento su shishou le daba bastante más miedo que una supuesta Kaoru fuera de sus cabales obligándole a vestir ropa interior de esparto—. Pase lo que pase, hay tres asuntos de los que debes huir como de la peste negra: el kimono nupcial, las invitaciones y los arreglos florales. Jamás te ofrezcas a hacer nada que tenga que ver con estos tres temas, porque lo harás mal. Nunca, bajo ninguna circunstancia, hables negativamente de lo que ella ha organizado; si te pide tu opinión dile que te gusta, aunque te espante. Realmente no le interesa lo que pienses al respecto, así que no te esfuerces. Jamás tomes la iniciativa, no intentes estúpidas sorpresas que la averguencen; no te quejes, no discutas, no te rebeles. Sométete.

Habría reído si no empezase a tener auténtico miedo.

—¿Que me someta?— dijo, abriendo mucho los ojos—. ¿Jun-dono te ha sometido?

Hiko le lanzó una mirada asesina.

—Te aseguro que tu Kaoru-dono no se quedará atrás; ya me lo contarás, ya—. Kenshin iba a decir algo, pero la mano levantada de su shishou lo acalló—. Y otra cosa. Ella te pedirá que no la toques, como mínimo en tres semanas. Vete haciéndote a la idea y tómatelo con filosofía... Bueno, eso para ti no debería ser un problema; estás acostumbrado a la prolongada abstinencia.

Kenshin sintió cómo el color empezaba a subirle hasta las mejillas, mientras Hiko soltaba una risotada maliciosa.

Sessha no...

—No me cuentes tus historias para no dormir, baka— le cortó, agitando la cabeza—. He visto a Kaoru en el mercado. Sólo los críos y las sanguijuelas dejan marcas en sitios que la ropa no puede tapar— añadió, estirando el bokken y tocándole con él en el cuello—. Dioses, debí dejarte bajar a esas fiestas a que te las mozas te enseñasen las cosas importantes de la vida.

Hiko todavía le dio algunas órdenes más, todas ellas disfrazadas de consejos. En aquel momento, por supuesto, le dijo que sí a todo, pero después hizo lo que consideró oportuno; había aprendido desde muy pequeño a cultivar esa actitud. Ante su shishou asentir y callar, obediente, con su mejor cara de no haber roto nunca un plato. Y, en cuanto se girase... hacer todo lo contrario. No podía decirse que le hubiese ido bien de aquella manera, pero no podía escapar de su naturaleza.

Una a una, cayó en todas las trampas. Al principio Kaoru se mostró entusiasmada con su predisposición a colaborar; pero luego... Luego... Muy pronto fue consciente de que ninguna de sus habilidades era útil en aquel asunto. Desconocía que existiesen distintas formas de colocar cada flor en el templo, su caligrafía era demasiado mala como para redactar invitaciones y, por su puesto, todo lo que sabía de kimonos nupciales es que eran blancos y, por lo que había oído, muy caros. Intentó tranquilizar a Kaoru diciéndole que no importaba lo que se pusiese, pero ella no parecía compartir esa visión, dando pie a largos lamentos e interminables visitas a todas las tiendas de la ciudad. Había llegado a soñar con kimonos. No podía entender cómo, pero había sucedido.

Finalmente, con la llegada de Misao y Megumi, Kenshin había optado por hacerse a un lado y dedicarse a otros asuntos cotidianos igualmente importantes. Siguió cocinando, siguió limpiando y encontró una maravillosa calma en todas aquellas tareas, solo interrumpida el día que tuvo que acercarse a que le tomasen las medidas de su hakama y su haori. La costurera que le midió hablaba sin parar mientras ponía alfileres en casi cualquier centímetro de su cuerpo; él solamente le hizo una pregunta.

Gomen kudasai, ¿podría... sessha podría escoger otro color para la ropa?

La mujer le había mirado en tornando los ojos, con el mismo gesto que si de pronto un maniquí inanimado hubiese cobrado vida.

—¿Qué color?

Él giró la cabeza y echó un vistazo a las prendas que colgaban por todos lados. Las telas que le estaban probando eran oscuras; la hakama, de un azul casi negro, con rayas blancas. Y el haori del mismo tono.

Sessha había pensado en algo así— dijo, con voz suave, señalando un haori colgado en la parte más alejada de la tienda. Era verde, de un tono bastante claro, casi como los primeros brotes de una planta. Como nuestros tomates, pensó, y la idea le pareció buena. Sin embargo, la mujer bufó, retomando la toma de medidas.

—No— contesto. Él pestañeó. ¿Cómo que no?, habría deseado preguntar, pero mantuvo su educación mientras la mujer sacaba y sacaba alfileres y seguía colocándolos por todas partes—. Kamiya-san ha dicho que el modelo tradicional— añadió al final, frunciendo el ceño mientras le cogía un poco más de tela de la cintura—. El modelo tradicional necesariamente tiene que ser oscuro y este azul marino es el que mejor va con vuestro color de cabello.

Y así, sin decir nada más, quedó también cerrado el asunto de su ropa. Kenshin odiaba vestir colores oscuros; lo había evitado siempre que le fue posible desde el fin de la guerra, y mucho menos quería emplearlos en un día que debía simbolizar esperanza. Pero... Era un día y era importante para Kaoru.

Ahora, por fin, ese día había llegado. Abrió la puerta de shoji , despacio; pero cuando iba a entrar un grito le detuvo.

—¡KENSHIN, BAKA! ¡FUERA!

Se echó hacia atrás tan rápido que, de no haber mantenido el equilibrio, habría salido volando. Kaoru volvió a cerrar la puerta de golpe y él soltó aire, con el corazón a punto de salírsele por la boca.

—¿Kaoru...dono?

—¡Kenshin, no puedes verme! ¡Ya te lo dije el otro día!

Él frunció el ceño, volviendo a acercarse a la puerta mientras intentaba recordar cuándo le había dicho aquello. Tal vez sí lo había hecho, claro; en las últimas semanas Kaoru hablaba más que nunca, casi siempre de gestiones relacionadas con la boda y, aunque no le gustaba admitirlo, en algunos momentos cuando el mundo entero eran diferentes variedades de sake para el san-san-kudo, se había sorprendido a sí mismo con la cabeza en otro lado.

—Pero... Es vuestro cumpleaños— dijo finalmente, porque no se le ocurría un mejor argumento. No obstante, tenía otras muchas razones escondidas detrás de esa. Porque quiero abrazarte, le habría dicho. Porque llevo tres semanas sin besarte y voy a empezar a subirme por las paredes.

—Seguirá siendo mi cumpleaños después de la celebración, pero si me ves antes tendremos un millón de años de mala suerte. No quiero más desgracias, Kenshin. Si puedo hacer algo para que los dioses nos den todo lo bueno, lo haré.

Kenshin estuvo tentado a discutir la veracidad de ese dicho popular, pero, de nuevo, recordó las palabras de su shishou. Obedece y no preguntes. Tomó aire, buscando la calma.

—¿Qué queréis que haga, Kaoru-dono?— susurró con su tono más dócil, apoyándose contra la puerta. Ella también se apoyó en el otro lado. Dioses, se moría por oler su pelo. Posó la mejilla contra el shoji, dejando que su ki le invadise. La sentía emocionada y eso le emocionaba a él.

—Puedes ir a la pensión a recibir a Okina-san y los demás... O quizás puedas pasar la mañana con Sanosuke... O mejor, con Misao. No sé si Aoshi vendrá y ella debe estar por ahí... Ya sabes... Triste... No quiero a nadie triste el día de nuestra boda—. Kenshin no se movió; era como si una fuerza invisible le mantuviese allí sin posibilidad de hacer nada para evitarlo. Entonces, unos pocos segundos después, sintió que ella abría ligeramente la puerta. Fue apenas lo suficiente para que cupiese una mano... Y ella introdujo la suya, despacio, buscándole. Kenshin la agarró y entrelazó los dedos con los de ella.

Kami.

—Kaoru-dono...— susurró, cerrando los ojos. Podía oler su aroma a jazmines, muy ligero, lejano...

—Kenshin— respondió ella, también en un susurro—. Vamos a casarnos. ¿No te parece increíble?

Él sonrió.

—No— contestó; era cierto. De alguna manera inconsciente, desde que Kaoru, al poco de conocerle, le preguntó su nombre y le dijo que a quien ella quería era al rurouni y no al hitokiri, no volvió a imaginarse en un lugar que no fuese el dojo Kamiya. En todos aquellos meses, incluso dándose cuenta de las atenciones de Kaoru, nunca se atrevió a imaginar nada parecido a lo que tenían. Ni por asomo, ni en sus mejores sueños habría creído que pudiese quedarse allí de esa manera, pero se habría quedado de cualquier otra. Si Kaoru no hubiese aceptado ser su mujer, habría cogido lo que ella le ofreciese: su amigo, su compañero, su protector, su amante. En un momento estuvo dispuesto a, simplemente, vivir allí cocinando para ella, protegiéndola y velándola, queriéndola en silencio, mientras ella se lo permitiese. Sólo cuando apareció Hideki creyó que tendría que irse, pero ella le pidió que se quedase y se quedó.

Nunca hubo un plan B.

Rozó sus dedos suavemente. Olía tan dulce...

—No puedes verme antes de la boda, trae mala...

—Cerraré los ojos— le cortó él, acariciando su mano despacio—. Sólo será un momento. Sólo un abrazo de cumpleaños, Kaoru-dono.

Kaoru deslizó sus dedos hasta su antebrazo y Kenshin pensó que estaba a dos caricias más de empezar a suplicar.

—Está bien— dijo ella al final—. Cierra los ojos, ¿vale? No puedes abrirlos.

Kenshin sonrió, como si le hubiesen concedido el mejor premio posible, mientras cerraba los ojos. Oyó cómo Kaoru abría la puerta de shoji, despacio, imaginó que para comprobar que sus ojos estuviesen verdaderamente cerrados. Cuando la puerta estuvo abierta sintió su delicioso olor como una bocanada de aire en la cara. No entendía el sentido de que ella pudiese verle a él y él no a ella, pero no dijo nada. Había decidido ser obediente.

Tiró suavemente de la mano de Kaoru, atrayéndola hacia sí. Ella se dejó llevar y la envolvió, abrazándola con fuerza y hundiendo la nariz en su cabello. Besó su oreja; solo un beso suave, tibio, casi inapreciable.

—Kenshin...— protestó ella, aunque no se movió.

Sumimasen— susurró él en su oído. Sintió que Kaoru se estremecía al oírle, así que le dio otro beso tierno en la oreja. — Sumimasen— repitió y, como ya había empezado, le dio un tercer beso, igual que los anteriores—. Sumimasen...

Y después un cuarto...

Sumimasen...

Y un quinto...

Sumimasen...

Kaoru se apartó, sin llegar a soltarse del todo.

—No abras los ojos— le ordenó, con un tono tan serio como dulce. Kenshin asintió, solemne y un instante después sintió cómo ella le besaba muy suavemente, apenas rozándole. No le dio tiempo a reaccionar y ella ya se había alejado.

—Los dioses se enfadarán...— se justificó Kaoru, bajando la voz. Kenshin la atrajo otra vez, con un movimiento ligero pero seguro.

—Imposible— susurró contra sus labios—. Sessha tiene los ojos cerrados.

La besó despacio, saboreándola. Kami, cómo la había echado de menos. La sujetó de la cintura y profundizó su beso, felicitándola con sus labios, y con su aliento, y con su lengua, como sabía que a ella le gustaba.

—¿¡PERO QUÉ ESTÁIS HACIENDO?!

Kenshin abrió los ojos, sobresaltado y Kaoru lo empujó con un grito y entró corriendo en la habitación. Kenshin no acertó a ver más que sus ojos y, un instante después, a Megumi corriendo hacia él con un paraguas en la mano empuñándolo como si fuese una espada.

—¡M-Megumi-dono!— exclamó, sonrojado hasta las orejas. Kaoru había cerrado la puerta de shoji y la oía dar explicaciones aleatorias desde dentro, mientras Megumi, muy enfadada, se acercaba más y más.

—¡Sois lo peor! ¡Kami, no podéis estar solos cinco minutos! ¡Tres semanas! ¡Sólo teníais que esperar tres semanas!— miró a Kenshin negando con la cabeza, como una madre decepcionada—. Ken-san, no puedo creerlo. Kaoru es una cría, pero tú...

—No ha sido... Solo... Sessha cerró los ojos...

Megumi resopló otra vez, agitando la melena.

—¡Ah, bueno! ¡Los dioses no quieren que veas a la novia antes del rito, pero seguro que no les importa que la beses!

Kaoru la llamó y Megumi entró, cerrando tras de sí mientras no dejaba de repetir algunas cosas sobre la idiotez de los hombres en general y la de Kenshin en particular. Él recuperó el aire y decidió que sería mejor ir a buscar a Okina y los demás. Volvería después, a ponerse la ropa que ellas habían escogido. Se pondría lo que fuese, aunque Hiko realmente no bromease y la ropa interior fuese de esparto.

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— ... Entonces ya estáis todos, ¿verdad?

— Sí, Misao-chan, estamos todos.

Misao y Yahiko recibieron a los recién llegados del Aoi-ya en la estación de tren y los acompañaron a la pensión donde se hospedarían. Para sorpresa de Misao, era un lugar hermoso, con buenas vistas de Tokio y en nada parecido al terrible antro donde se había encontrado con Aoshi, dos meses atrás. Se repartieron por habitaciones y fue en ese momento, al hacer las cuentas, cuando Misao fue consciente de que Kaoru solo había reservado una para ella y Yahiko.

—¡Maldita busu!— gritó el chico, agitando su shinai— ¡Todo por ahorrar!

—Esta pensión es cara— replicó Misao, resoplando mientras alejaba su futón del del niño, colocándolo en la otra esquina de la habitación y dejando su kimono sobre él con todo el cuidado posible—. Kaoru no tiene dinero para lujos; bastante es que nos paga la habitación.

—No lo hace por nosotros— dijo él, agitando la cabeza mientras dejaba también su ropa para la boda colocada. Misao le miró, levantando una ceja.

—¿Qué pasa, estás celosito?— preguntó, sonriendo con malicia.

—¿Pero qué dices, comadreja?

—Lo que no me queda claro es de quién de los dos estás celoso.

—¡PERO QUÉ ESTÁS DICIENDO!

Se enzarzaron en una pelea que duró lo suficiente como para que ambos acabasen sentados en el suelo, despeinados y con el cuerpo lleno de arañazos. Misao se puso en pie y, tras agitar la cabeza, le señaló con el dedo.

—¡Ya puedes olvidarte de beber esta noche! ¡No pienso dormir con un crío borracho y pervertido!

Sin esperar su réplica salió de la habitación y también de la pensión, triste, enfadada, dirigiéndose de vuelta al dojo para ayudar a Kaoru y Megumi. Se había prometido que disfrutaría de la boda de su mejor amiga, pero estaba siendo complicado y ni siquiera había empezado. No podía entender la decisión de Aoshi. ¿Por qué no estaba allí? Era imposible, por mucho que le daba vueltas no lo comprendía. ¿Y por qué nadie le había dado una explicación?

— Misao-dono.

Levantó la vista y se encontró con Himura frente a ella, justo en el inicio del puente Nihonbashi. No llevaba bolsas, ni cestos, ni parecía dirigirse o volver del mercado.

—Himura— dijo ella, casi en un murmullo—. Si buscas a Okina, está en la pensión. Se alegrará de verte— suspiró y pasó por su lado, cuando sintió que la sujetaba con suavidad del brazo. Se giró y sus ojos se cruzaron con los de él. Su mirada era firme; la misma que vio cuando le prometió que traería de vuelta a Aoshi.

—¿Querríais dar un paseo con sessha?—. Asintió con la cabeza y empezaron a caminar, en dirección contraria al puente. Misao intentó llenar el aire de palabras, hablándole de cosas vacías; de historias de su niñez, del Aoi-ya, de kimonos nupciales, de lo bella que estaría Kaoru y del color de los adornos florales; todas ellas cosas que, estaba segura, a él no le interesaban en absoluto. Finalmente guardó silencio y descubrió que no estaba tan mal. Había algo en la presencia de Himura, una especie de fuerza intangible que hacía que su simple compañía fuese agradable, como si su espíritu pudiese proyectarse sobre ella, abrazándola. Eso le gustaba.

—Aoshi-sama no ha venido— dijo de pronto, sin dejar de mirar al frente. Himura no se detuvo. Ya había gente en las calles y la ciudad de Tokio despertaba en un bullicio reconfortante.

—¿Os gustaría que viniese?— preguntó, con voz suave. Misao sabía la respuesta antes de que terminase de hacer la pregunta—. Vendrá.

—La boda es hoy, Himura— replicó, frunciendo el ceño—. No ha cogido el único tren.

—Aoshi no necesita el tren para llegar a tiempo— dijo él, dirigiéndose a uno de los puestos de dango—. ¿Queréis?

—No traje dinero— respondió Misao, suspirando—. Además, si como no cabré en el kimono.

Himura rió, acercándose al tendero. Compró dos dango y tendió uno a Misao, que lo cogió con escepticismo. En cuanto le dio un bocado se arrepintió, pero aquel dulce le gustaba demasiado.

Maldita sea.

—¿Por qué no comprasteis un kimono más grande?

—Himura, cállate un poco— dijo, enfadada—. Jamás se le dice a una mujer algo así, ¿entiendes? Si llego a ser Kaoru, anulo la boda.

Él la miró con los ojos muy abiertos; para variar, mostraba un profundo desconocimiento de la psique femenina.

Sessha no...

—Ya, ya; "sessha no entiende, Misao-dono"..., "sessha es un pobre rurouni que no sabe lo que dice"...— dijo Misao, imitando su tono de voz—. Pues ya no lo eres, Himura. Ahora vas a ser un marido y a ninguna esposa le gusta que le digan nada relacionado con su peso. Y también debo decirte que a Kaoru le encanta ir a sitios occidentales.

Himura sonrió.

Sessha no es bien recibido en los sitios occidentales.

—Tal vez puedas dejar la sakabatou en casa por una noche e ir a cenar con ella. O incluso a bailar, han abierto muchos sitios donde va la gente joven— propuso Misao, levantando las cejas—. Kaoru no ha tenido muchas oportunidades para divertirse, ¿sabes? Eso le gustaría mucho.

—Entonces lo haremos— dijo Himura—. Y si estáis aquí también podríais venir con nosotros.

Misao le miró por el rabillo del ojo. Él creía que era afortunado, que no se merecía esa felicidad, pero Misao estaba segura de que Kaoru difícilmente habría encontrado un hombre mejor. Hideki, Hideki... Había sido el único que tal vez, de alguna manera... No.

Nunca habría sido como Himura.

De pronto él se detuvo y Misao se giró, frunciendo el ceño.

—¿Himura...?

Se había detenido al inicio del puente de Nihonbashi y Kenshin no se movía. Estaba allí, parado, con la mirada perdida en el infinito y los dedos en la tsuba de la sakabatou..

Sessha no ha cruzado por aquí desde entonces—. Misao abrió la boca, siendo de pronto consciente. Allí había sido el duelo con Osamu-sama y después con su hija, Ume. Sobre ese mismo puente... Himura empezó a atravesarlo, despacio. Ella caminaba a su lado, intentando ajustarse a su paso.

Caminaron en silencio. En el medio, en el punto exacto... Todavía había sangre. Él se detuvo allí, con la vista fija en el suelo, completamente quieto. Seguían pasando viandantes y nadie parecía verlos.

—Ume no era mala— dijo Himura, de forma casi inaudible—. Estaba rota.

Ellos están rotos, recordó Misao. Eso le había dicho ella a Kaoru sobre Himura y Aoshi.

—Tú no..

—Sobre este mismo puente... la maté— susurró él, cortándola—. Aquí... aquí rompí mi promesa, por la que viví todos estos años.

Había gente paseando de una lado a otro y Misao pensó en lo volátil que era todo cuanto les rodeaba. Los pájaros, las nubes, el sol, la familia, el amor; la vida, la muerte...

—Himura... — empezó. Iba a decir algo, una palabra de consuelo, alguna frase que borrase de su mente cualquier atisbo de culpa.

Sin embargo, en ese instante él la cogió del brazo y le dedicó la sonrisa más sincera que había visto jamás.

—¿Sabéis, Misao-dono? No hay nada tan roto que no pueda arreglarse. Sólo hay que encontrar la manera. Entonces, todo estará bien.

Misao lo miró, sin poder articular palabra.

Himura la condujo, tirando suavemente de su brazo, cruzando el puente.

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