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Cerró los ojos, sintiendo las manos de Megumi sobre su cabello, lentas y sabias, colocando bien cada mechón de modo que estuviese cubierto. Respiró profundamente.

—Está lloviendo— dijo, casi en un susurro. Oía el suave sonido golpeando la tierra, y las paredes, y el tejado y pensaba en Kenshin. Él le había confesado, en una de sus noches interminables de susurros y caricias, que le tranquilizaba dormir oyendo ese sonido. A sessha le recuerda cuando era niño, había dicho, cerrando los ojos, mientras una sonrisa dulce se dibujaba en sus labios. Dioses, se moría por verlo en el altar y cogerle de la mano, y desatar la cinta de su cabello, y abrazarle hasta hacerle perder el aire...

—Sí, está lloviendo— confirmó Megumi, tocando sus hombros—. Pero ¿me vas a decir que crees en esos absurdos cuentos de vieja? No seas como Sanosuke, por Kami. Todo saldrá bien.

—Lo sé.

Kaoru tomó el pequeño espejo de plata y nácar que había heredado de su madre. Se miró y apenas pudo reconocerse bajo el espeso maquillaje blanco, y el extraño peinado y, sobre todo, el Tsuno Kakushi. Sentía que estaba atrapada en algún punto dentro de todo aquel atuendo. Por otro lado, la pintura hacía que sus grandes ojos destacasen más de lo normal. ¿Ese era el aspecto que debía tener? ¿Le gustaría a Kenshin?

Las dos se pusieron en pie al mismo tiempo.

—Kaoru-san, estás preciosa — dijo Tsubame, juntando las manos, tras ellas—. Si alguna vez me caso me encantaría verme así.

Kaoru volvió a echarse otro vistazo en el espejito; no, no se veía preciosa. Se veía extraña. Recordó la otra boda, solos ella y él bajo la mirada de los dioses, tan íntima, tan perfecta. Ese día no había sentido nervios; ese día había sido todo tan natural, tan sencillo...

— ¿Kaoru-san...? ¿Tienes... miedo?

—¿Miedo? No— contestó, girándose para sonreír a Tsubame. Ella sí estaba preciosa. Megumi le había ayudado a elegir un kimono, de color rosa, y le había recogido el pelo hacia atrás. Yahiko iba a quedarse sin habla, pensó. — Es solo... Es una tontería.

—A ver, ¿qué estás pensando? Cuéntalo para que nos riamos todas— preguntó Megumi, acomodándole el obi del kimono y obligándola a que se girase, para mirarla de frente.

—Anoche tuve un sueño— confesó Kaoru, bajando la mirada. Tsubame y Megumi esperaban, de modo que siguió—. Uno malo.

—Todas las novias tienen sueños malos antes de la boda— replicó Megumi, poniendo los ojos en blanco; Kaoru frunció el ceño. Nunca había escuchado nada parecido—. Estáis todas asustadas como cervatillas. Pero tú no tienes motivo, tonta. Es Ken-san. Ya vivías con él; le conoces perfectamente. Además, no se separa de ti ni con agua caliente.

Kaoru bajó la mirada. Los últimos días habían sido raros; Kenshin aceptó su decisión de mantenerse lejos de ella durante tres semanas, durmiendo en habitaciones separadas y sin darse siquiera un beso de buenos días. Sin embargo, sentía sus miradas en cualquier lado, mientras entrenaba, mientras cocinaba, mientras limpiaba... Y, aunque él no hiciese ningún intento y respetase su decisión, sus ganas eran tan físicas que, aún sin decirle nada con palabras, la hacían sonrojarse.

Asintió con la cabeza mientras Megumi terminó de recoger el maquillaje y guardarlo en el pequeño maletín y se dirigió hacia la puerta.

—¿Te vas? — preguntó entonces. Megumi levantó una ceja.

—Voy a ver a los chicos. Sanosuke dijo que se encargaría de ayudar a Ken-san con la ropa y el cabello, y temo que hiciera todo de cualquier manera y se lo haya llevado a beber sake antes de la ceremonia.

—¿Qué? ¿Crees que...?— exclamó Kaoru, abriendo mucho los ojos. Megumi soltó una risita maliciosa, tapándose la boca con la mano.

—Era broma, mujer. Todo saldrá bien— repitió, agitando la melena—. Nos vemos en el templo.

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El carro las llevaría hasta la puerta. Kaoru se frotaba las manos, ansiosa. Le habría gustado ir andando; no era mucho recorrido, pero con aquel día y el kimono blanco, era absolutamente imposible. Llovía con fuerza, aunque Tsubame llevaba un paraguas para cuando se detuviesen. Kaoru miraba a través de la ventanilla, las casas, las calles, la gente corriendo para resguardarse, todavía con las bolsas del mercado... Tragó saliva.

Tenía un mal presentimiento.

Cuando llegaron al templo Tsubame se dispuso a ayudarla, saliendo primero para abrir el paraguas y tenderle la mano, del modo que debería haber hecho su padre, si viviese. Pero antes de que Kaoru bajase del carro, Sanosuke estaba allí y fue él quien la tapó con un paraguas un poco más grande.

—Jou-chan— dijo, tendiéndole un brazo. Se había puesto una hakama y un gi oscuros y estaba realmente apuesto; hasta parecía otro—. No te habría reconocido con todo ese pringue en la cara.

—No es pringue, baka— replicó Kaoru, dándole un codazo—. Es maquillaje. Es una tradición.

—¿Es verdad que lo llevas en todo el cuerpo? — susurró, levantando una ceja. Kaoru le dio un codazo aún más fuerte.

—¡Cállate, pervertido!

Sanosuke soltó una risotada, divertido, conduciéndola hacia el templo; a su lado caminaba Tsubame, con su propio paraguas. Iban muy despacio a causa de los kimonos y los zapatos.

—A Kenshin no le gustará— dijo, sonriendo entre dientes—. No le veo la gracia a pasar la noche de bodas rebozado en harina como una croqueta.

Ella estaba tan sonrojada que se alegró por primera vez en todo el día de la espesura del maquillaje que le había puesto Megumi, casi una máscara.

—¿Dónde lo has dejado? — preguntó, frunciendo el ceño, intentando mantener su gesto de dignidad mientras subían las escaleras del templo, despacio, condenadamente despacio. ¿Quién habría inventado aquellos malditos kimonos? —. Como lo hayas emborrachado y llegue tarde te mataré, Sanosuke.

—No lo he emborrachado, Jou-chan, tranquilízate— dijo, sin dejar de tirar de su brazo—. No le veo desde mediodía.

—¿Desde mediodía?

—Sí— dijo, soltándola con poca delicadeza una vez estuvieron a resguardo, para después cerrar el paraguas—. Comí con él y con Misao, en el Akabeko. Después Tae dijo algo de Aoshi, que había estado allí un rato antes, creo, y Misao enloqueció. Le dio... Como un ataque, no sé. Hablaba muy deprisa, después lloraba... Yo qué sé, cosas de mujeres. Kenshin se la llevó fuera para tranquilizarla y no les vi más.

—¿Pero no saliste con ellos? ¿No fuiste a ver cómo estaba Misao? — preguntó Kaoru, muy preocupada. Misao llevaba días intentando mantener una alegría absolutamente fingida, y su actuación resultaba evidente para todos, aunque habían decidido obviarlo para facilitarle las cosas. Estaba haciendo un esfuerzo por no empañar la felicidad de Kaoru y ella lo agradecía como el mejor regalo que nadie le había hecho nunca, sobre todo sabiendo que la vida de su amiga se encontraba patas arriba.

—Kenshin me dijo que esperase dentro y esperé. Un rato, al menos. Cuando me pareció que había pasado demasiado tiempo salí, pero ya no estaban.

—¿Y no buscaste a Kenshin después? ¿No le ayudaste a vestirse y peinarse? — preguntó Kaoru, abriendo mucho los ojos. Sanosuke agrió el gesto.

—Es un hombre. Sabe vestirse y peinarse solo— replicó, escupiendo al suelo. Kaoru le dio un tercer codazo en las costillas, esta vez con todas sus fuerzas, aunque para él habría sido un simple roce.

—No hagas eso en el templo, baka— susurró—. Kenshin no entiende de ropa de boda, ¿entiendes? A lo mejor no supo ponérsela bien, o se equivocó de gi, o a lo mejor no... —. Mientras pronunciaba las palabras vio a Yahiko acercarse corriendo, con el shinai en la espalda y vestido, al igual que Sanosuke, con hakama y yukata. También parecía otro; o lo habría parecido de haberse peinado. Se detuvo en seco al ver a Tsubame, quedándose sin habla ante ella—. ¡Yahiko! ¿Ha llegado Kenshin?

Yahiko seguía mudo, sonrojado, mirando a Tsubame. Esta vez fue Sanosuke el que le golpeó en la cabeza, dándole una colleja.

—¡Jou-chan te está hablando, niño!

Él se llevó la mano al shinai, dispuesto a iniciar una pelea, cuando Kaoru le detuvo con un gesto rápido de su mano.

—Comportémonos, todos— susurró, cogiendo a cada uno de un brazo—. Esta es mi boda y no quiero que nos echen del templo hasta ser la maldita señora Himura.

Ellos a sintieron con la cabeza. Kaoru tomó aire, despacio.

—No ha llegado todavía— dijo Yahiko, mirando a Tsubame rápidamente para después centrar su vista. Kaoru respiró profundamente. No pasaba nada. Todavía era pronto.

—Llegará ahora— dijo Sanosuke, volviendo a cogerla del brazo para conducirla junto a los demás—. Tal vez se hayan encontrado con Aoshi.

Kaoru asintió y se dejó llevar. Era eso, seguro. Se habrían encontrado con Aoshi y, de alguna manera, Kenshin arrastraría a los dos hasta la ceremonia. Él conocía los sentimientos de Misao e intentaría ayudarla, y se les habría ido el tiempo. Ahora por fin tenía una explicación, de modo que respiró tranquila.

Estaban todos... O casi todos. Hiko y Jun conversaban con Okon, Omasu y Shiro; Okina, mientras, le contaba algo que parecía especialmente gracioso a Tae; Kaoru frunció el ceño. Esperaba no tener que alejarlo de ella en cuanto el sake empezase a correr. Yahiko estaba junto a Tsubame y parecía demasiado avergonzado para pronunciar palabra. ¿Por qué narices habría ido con el shinai?, pensó agitando la cabeza. ¿Es que ninguno de sus amigos podía ser normal? Buscó la espada en el obi de Hiko, pero no la llevaba. Se alegró de que al menos uno de ellos supiese comportarse, probablemente por influencia de Jun y deseó en silencio que Kenshin no se presentase con la sakabatou. No se lo había pedido expresamente, pero imaginó que saldría de él... ¿no?

Kenshin... ¿Dónde estás?

—¿Vendrán Gensai y Yutaro? — preguntó Sanosuke. Kaoru negó con la cabeza. El maquillaje empezaba a picarle en el rostro.

—No; hay una convención en Kioto sobre un asunto de medicina europea. Estaban ambos muy emocionados y les pedí por favor que fuesen. Ayudarán a más personas cuanto más aprendan.

Sanosuke asintió con la cabeza.

—¿Y la doctora? — preguntó, con aire indiferent— ¿No irá a la convención, no?

Kaoru esbozó una sonrisa.

—¿Tienes ganas de verla?

—Tiene que revisarme la mano— replicó, huraño. Kaoru rió.

—Ya, la mano. Salió a buscaros a ti y a Kenshin, así que imagino que volverá pronto. Solo faltan... Solo falta Saito. Su mujer se encontraba algo mal de salud y se quedó con el muchacho que tienen bajo su tutela; prefería no viajar.

—Pues una vez llegue Saito, ya estaremos todos.

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Había recorrido con la mirada cada maldita esquina de ese templo, pero el único sake que había debía estar custodiado por veinte monjes, porque no logró dar con él. Jun le había prohibido beber desde por la mañana, de modo que estaba especialmente molesto. Maldijo todo lo que se le ocurrió; el matrimonio, los ritos, los templos, el sintoísmo y a su baka deshi, culpable último de cada una de sus desdichas. Después se juró que en su boda habría una botella de sake en cada esquina, con independencia de lo que opinase Jun, para que ninguno de sus invitados valorase ahorcarse si la cosa se complicaba, como parecía estar sucediendo.

Tras unas cuantas frases de Jun cercanas a la coacción, Hiko se acercó a Kaoru. Incluso bajo todo ese absurdo maquillaje podía leerse su nerviosismo, claro como la luz del alba.

—Kaoru-chan— saludó, con una mirada que se esforzó por convertir en amable.

—Hiko-san— contestó ella, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. Con esa plasta blanca en el rostro sus ojos azules parecían dos océanos en un mar helado. Hasta él, cansado de ver mujeres hermosas, se quedó sorprendido por esa exhibición de belleza tan involuntaria como natural.

—¿Tu novia pelirroja nos hará esperar mucho? — preguntó, levantando una ceja. No había ido a demasiadas ceremonias en su vida, pero estaba seguro de que era la primera en que el novio hacía esperar a la novia. Kaoru había llegado con cinco minutos de retraso, como solía ser habitual, pero ya pasaba más de media hora de la fijada y todos empezaban a ponerse nerviosos, comenzando por el monje, que se había acercado a ellos con gesto duro.

—Himura-dono— dijo, mirando a Kaoru. Hiko la sintió tensar se como la cuerda de un laúd.

—Kamiya-dono— le corrigió, manteniendo la cabeza erguida—. Todavía soy Kamiya-dono— aclaró, con voz firme. Hiko no dejó de mirarla. Como este baka no se dé prisa, será Kamiya-dono para siempre.

Sanosuke se acercó a ellos. Tenía el cabello mojado.

—He preguntado por la zona y nadie les ha visto— dijo, pasándose la mano por la cabeza para sacudir un poco el agua, como habría hecho un perrillo de las calles. Kaoru se apartó, evitando mojar su maquillaje. Hiko la miró y ella le miró a él; solo instante, pero fue suficiente.

Tiene miedo.

—Hiko— empezó, con voz ansiosa. Hiko negó con la cabeza.

—No te preocupes, Kaoru-chan. Vendrá. Es tan bajito como imbécil, así que se habrá entretenido con cualquier tontería por el camino.

—Pero...

—Jou-chan, Kenshin vendrá— le cortó Sanosuke, poniendo una mano mojada sobre su hombro en un gesto que evidencia a su absoluto desconocimiento sobre las mujeres. El kimono de Kaoru quedó marcado, pero a ella no parecía importarle—. Está deseando casarse contigo. Esta mañana estaba... Nunca lo vi tan feliz, nunca. De verdad, creéme.

Kaoru asintió con la cabeza. Hiko, mientras, perdió la mirada más allá de la puerta del templo, bajo la lluvia. Hubo una vez, muchos años atrás, cuando Kenshin apenas tenía el tamaño de un shinai, en que lo sorprendió en medio de una noche de tormenta sentado sobre el barro, con la cara mirando al cielo y el bokken en la mano, completamente empapado. ¿Qué estás haciendo, baka?, le preguntó, enfadado. ¿Es que quieres morir? El niño abría la boca y dejaba que el agua de lluvia se deslizase en ella, sonriendo. Entonces un trueno cortó la noche y se puso de pie, blandiendo su espada de madera. Shishou, escucha, dijo, fascinado; los dioses están luchando con sus espadas. ¡Están luchando, como nosotros! ¡Ryutsuisen!

Había creído que daba cobijo a un diminuto demente, pero después, viéndolo dormir, lo entendió. No estaba loco. Solo era un niño.

Suspiró, mirando la lluvia y después a Kaoru. Se había levantado un poco de viento, y con él, un olor... familiar. Hiko arrugó la nariz. Una vez; dos veces. Kenshin lo habría notado antes incluso que yo.

A medida que el viento giraba y se revolvía, el olor se hacía más fuerte. Hiko buscó a Jun con la mirada.

Una figura se aproximó. Era un hombre, alto y llevaba... Llevaba el kimono oscuro; no, no era oscuro. Estaba manchado. Hiko volvió a arrugar la nariz. Él era el último maestro del Hiten Mitsurugi ryu. Habría distinguido en cualquier lugar aquel olor.

Kaoru abrió mucho los ojos y el mundo entero pareció detenerse un momento.

—¡Saito! — exclamó, caminando lo más rápido que pudo hasta la entrada del templo. El hombre llevaba un uniforme de la policía y estaba empapado, calado hasta los huesos. Su rostro también parecía pálido y Hiko identificó rápidamente las señales de su cuerpo.

Pulso rápido, falta de color, mirada hundida... Se adelantó y lo cogió de un brazo.

—¿Dónde?

—Junto al río— respondió, perdiendo las fuerzas y sosteniéndose con su espada—. Eran muchos.

—Kenshin— susurró Kaoru, agarrándole del gi y zarandeándolo—. ¡¿Dónde está Kenshin?!

Saito alzó la vista y la miró.

—Iba desarmado— dijo.

—¿Qué? ¿Qué estás diciendo? ¿Dónde está Kenshin?

Kaoru se agarró la parte baja del kimono y se dispuso a salir corriendo, cuando Hiko la sujetó del brazo con fuerza. ¿A dónde iba a ir de aquella manera?

—Kaoru-chan— dijo con voz firme.

—¡NO!

Sanosuke la agarró, mientras ella luchaba por soltarse y su gorro blanco volaba por los aires, cayendo bajo las escaleras, sobre el suelo mojado.

El grito de Kaoru retumbó entonces contra las paredes del templo y Hiko miró hacia el cielo, esperando oír un trueno; esperando oír la pelea definitiva de los dioses. Sin embargo, no había nada de eso. Sólo la voz de Kaoru, fría y cortante como el filo de una espada.

¿DÓNDE ESTÁ KENSHIN?

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