.

.

.


2 horas antes.

—Misao-dono— susurraba, cogiéndola de ambas manos—. Miradme. Vamos, miradme—. Ella lloraba e intentaba controlar su respiración con poco éxito. Kenshin sabía lo que le pasaba. Notaba que se ahogaba, le faltaba el aire, quería escapar... Tenía que lograr que se tranquilizase. A su alrededor, frente al Akabeko, la gente pasaba por la calle lanzándoles miradas inoportunas, miradas que él conocía bien. — Vamos a vuestra pensión— dijo, sintiendo los ojos acusadores de una de las tenderas del mercado que solía venderle anguila. Misao asintió con la cabeza, incapaz de hablar, mientras dejaba que Kenshin la condujese hasta el lugar donde se alojaría esa noche.

Comprobó con alivio que no era una casa de té como aquella en la que él había dormido la noche antes del duelo con Osamu-sama. Aquella era una pensión decente, limpia y ordenada, donde se respiraba limpieza y tranquilidad. Saludó con una reverencia a la posadera y subieron juntos a la habitación, aunque no le pasó desapercibida la mirada que la señora le dirigió. Él llevaba la ropa de la ceremonia en un macuto y lo depositó cerca de la ventana, mientras Misao cerraba la puerta de shoji y se enjugaba las lágrimas con la manga.

—D-duermo con Yahiko— dijo, sollozando—. Menos mal que no está para verme así.

Kenshin asintió. Su ropa de ceremonia ya no estaba allí, así que tal vez había ido ya a buscar a Tsubame. Era temprano, pero no podían entretenerse; tenían el tiempo justo. Miró alrededor y vio lo que buscaba. Un biombo. Lo cogió y lo llevó donde estaba Misao.

—Misao-dono, cambiaos aquí detrás— dijo, extendiéndolo de forma que ella quedase fuera de su vista—. Sessha se cambiará en este lado y después, si queréis, daremos un paseo.

—Está lloviendo, Himura— dijo ella, y al momento empezó a oír cómo desabrochaba su vestimenta extraña de ninja. Kenshin abrió el macuto y empezó a sacar sus ropas; estaba todo totalmente arrugado, como si lo hubiese lanzado contra la pared. Kaoru lo mataría. Miró a través de la ventana y comprobó cómo, efectivamente, la lluvia comenzaba a caer con suavidad sobre todas las cosas.

—Si no podemos pasear, tomaremos un té.

Misao guardó silencio durante un rato, mientras se vestían. Kenshin no entendía porqué habría necesitado la ayuda de nadie, y mucho menos de Sanosuke, si solo eran una hakama y un gi como cualquier otro.

—Himura, ¿crees que Aoshi-sama me odia?

Kenshin giró la vista, encontrándose con el biombo.

—¿Cómo iba él a odiaros?

—¿Entonces por qué está en Tokio y no me ha venido a buscar? Sabe que estoy aquí. Todo el maldito Oniwabanshu está en esta pensión. Ni siquiera duerme con nosotros, no vaya a ser que nos encontremos por los pasillos y tenga que saludarme.

Kenshin se detuvo un momento a pensar. Ciertamente, la conducta de Aoshi era de todo menos normal.

—Tal vez espere a veros después de la boda— dijo, atándose el obi. ¿Quién habría considerado que era elegante una hakama de rayas blancas verticales? Se sentía como en una de esas exageradas obras teatrales.

—O a lo mejor es que ha venido con otra. Tal vez haya traído a una mujer.

Kenshin rió.

Sessha no lo cree.

El biombo se abrió de golpe y al otro lado apareció una Misao con el ceño fruncido y las manos en las caderas. Llevaba un kimono lila y el cabello suelto; parecía una chica completamente distinta. Kenshin había terminado de vestirse y estaba recogiéndose el pelo.

—¿Te hace gracia?

—Es que sessha no cree que Aoshi haya venido con nadie. Tae-dono dijo que lo vio solo.

Misao resopló. Se acercó a él y le dio un manotazo.

—Quita, anda. Tendrás que peinarte un poco mejor para tu boda, ¿o no quieres sorprender a Kaoru?

Kenshin meditó un segundo. La verdad, no quería sorprenderla. Prefería aferrarse a lo seguro, y que todo saliese bien. Después de tanto, tanto sufrimiento, tantas dificultades para llegar hasta allí, solo deseaba disfrutar del momento, brindar con ella, besarla y encerrarse con ella en el dormitorio, lejos de la mirada de terceros y, a ser posible, para no salir en varios días. Sonrió mientras Misao manipulaba su cabello y dejaba caer algunos comentarios sobre lo bonito y suave que era. A Kaoru también le gustaba peinarle, por algún motivo que no entendía. Le dejó libertad y ella le hizo una coleta, aunque distinta. Cuando terminó se llevó la mano a la cabeza. Tuvo que subirla un poco más para dar con la cinta; Misao le había peinado como él se peinaba en su época de hitokiri. Tragó saliva. No le gustaba, pero ella parecía emocionada, así que forzó una sonrisa y asumió que se casaría con ropa oscura y coleta alta.

— Vaya, Himura. Estás impresionante.

Miró hacia abajo, ocultando su sonrojo, mientras empezaba a meter su ropa en el macuto.

—¿Os importa que la deje aquí? — preguntó, volviendo a dejarlo bajo la ventana. Ella le dio permiso, de modo que cogieron un paraguas y salieron. La lluvia parecía dar una tregua, así que pasearon.

Misao caminaba muy despacio, dentro de aquel kimono tan formal y aquellos pequeños zapatos de madera. Sin embargo, Kenshin esperaba con paciencia. No debía ser fácil ser una mujer.

—...y me dijo que o no volvíamos a vernos, o cuando nos viésemos sería para estar juntos. Algo así.

Kenshin miró hacia el río. Las aguas parecían revueltas.

—¿Y qué islas son esas en las que estuvo? ¿Hokkaido?

—No lo mencionó, pero dijo que eran pequeñas. Hokkaido es la segunda isla más grande de Japón, Himura.

Él lo sabía, aunque no dijo nada.

—¿Qué creéis que fue a buscar allí?

Misao se encogió de hombros.

—Supongo que respuestas. Lo mismo que buscamos todos. Pero volvió, y no me quiso a su lado, de modo que imagino que no las encontró, o quizá las que encontró no eran las que yo deseaba que encontrase.

Kenshin sintió entonces su ki, casi al mismo tiempo que oía sus pasos. Hace ruido, para que le veamos venir, entendió. Misao se giró antes que él.

—¿Qué haces aquí? — preguntó Aoshi, con voz dura, fijando sus ojos en ella. Kenshin se giró. Estaba allí; no llevaba ropa de ceremonia, sino sus atuendos habituales de okashira. Además, iba armado. Kenshin había dejado la sakabatou en el dojo y cada cinco minutos llevaba sin querer la mano a su cadera, echándola de menos.

—Voy a la boda de Kaoru— contestó Misao, con una entereza que sorprendió a Kenshin, teniendo en cuenta cómo estaba un rato atrás—. ¿Qué hacéis vos aquí?

—He venido a hablar con Himura.

—Hoy se casa— replicó Misao, frunciendo el ceño—. Tendréis que esperar.

Kenshin miró a Aoshi, que le devolvió una mirada fría. Tuvo una repentina sensación de desasosiego, como si supiese que algo pronto saldría mal.

—Imposible— dijo Aoshi, inmóvil—. Himura, este asunto es muy urgente. ¿Por qué no has venido solo?

Kenshin levantó las cejas, sorprendido.

—No sabía que habíamos quedado.

—¿No recibiste mi mensaje? — preguntó Aoshi, acercándose en grandes zancadas. Misao se tensó al instante.

—Disculpadme, pero creo que se perdió por el camino— dijo una voz tras ellos. Todos se giraron al mismo tiempo; allí estaba Saito, levantando un papel en su mano izquierda, cubierta por un guante blanco. En ese instante la lluvia empezó a caer muy débilmente y Kenshin alzó el rostro hacia el cielo, notando una gota en la nariz y dos más sobre los labios. Me empaparé y Kaoru no me lo perdonará. La ropa era alquilada, pero a esas alturas poco podía hacer por evitarlo.

Saito arrugó el papel, haciendo con él una bola y se lo lanzó a Kenshin. Él lo cogió al vuelo y lo abrió.

Reúnete conmigo en dos horas bajo el puente.

Es un asunto VITAL.

S.A.

—Saito Hajime— dijo Aoshi, entre dientes, mirando al viejo capitán del Shinsengumi, ahora vestido con el uniforme policial—. Esto no te incumbe.

—Me incumbe bastante, a decir verdad. Como parece que también incumbe a los seres más inmundos de las cloacas de este país—. Kenshin frunció el ceño, sin entender nada—. Han venido todos detrás de ti, Shinomori. Desde tu exótico viajecito a la isla de Rosario, no hemos parado de recibir sorpresas, y hoy parece que es la fiesta mayor del pueblo. Todo el maldito crimen de Japón congregado en Tokio detrás de ti, el día de la boda de Himura Battousai, ¡qué diversión! Y aún tienes las pelotas de decir que no me incumbe.

—¿Cómo? — preguntó Misao, mirando a Saito—. ¿Por qué buscan a Aoshi-sama?

Saito ni la miró.

—¿Qué está pasando? — preguntó Kenshin, volviéndose de nuevo hacia Aoshi.

—Te lo contaré, pero no aquí, Himura. No delante de ese.

—Lo contarás, sí— dijo Saito, desenvainando su katana con un gesto resuelto—. Pero en la comisaría de policía.

—¿Crees que voy a dejar que me detengas? Aún tengo cosas importantes que hacer.

Kenshin vio con claridad cómo Aoshi tocaba algo que llevaba en su bolsillo. ¿Un paquete, tal vez? Un instante después, desenvainaba una de sus dos kodachi. Por instinto agarró a Misao del brazo y se puso delante de ella. Por qué no cogería la maldita sakabatou, se dijo.

—Suelta tu kodachi y saca lo que tienes en el bolsillo— dijo Saito, con una sonrisa perversa.

Kenshin volvió a mirar el bolsillo de Aoshi. Había algo allí, eso era evidente. Misao intentó acercarse a su okashira, pero Aoshi desenvainó la otra kodachi, apuntando hacia ella.

—Misao, quédate con Himura.

—¡No me deis órdenes! — gritó, dando un codazo a Kenshin y avanzando hacia Aoshi, al tiempo que Saito colocaba su espada en posición de Gatotsu.

—¡Misao-dono! —. Kenshin saltó sobre ella, empujándola y tirándola al suelo, sobre la hierba junto al río. Misao intentaba luchar, pero se reafirmó sobre ella, inmovilizándola e impidiéndole levantarse. Ya le pediría perdón más tarde, cuando su vida no corriese peligro. Ella no había visto cómo peleaba Saito y no quería que hiciese una locura. Maldijo en su mente, otra vez, no tener consigo la sakabatou.

—Shinomori Aoshi— dijo Saito, ya preparado—. ¿Para qué la quieres?

Kenshin alzó la vista, intentando escuchar lo que decían para entender aquella situación. Misao le golpeaba intentando liberarse, pero la tenía bien sujeta.

—¿Para qué la quieres tú? — preguntó Aoshi, moviendo ambas kodachi y colocándose en posición de defensa.

—Así que ya estamos todos, ¿ne?

Kenshin oyó la voz como si un cuchillo le desgarrase por dentro. Miró hacia la derecha.

Osamu-sama. ¿Qué narices estaba haciendo allí?

No estaba solo. Había más hombres; multitud de ellos, cada cual con peor aspecto. Saito se giró, intentando contarlos. Misao seguía luchando bajo él, de modo que la soltó, retirándose hacia un lado y poniéndose de cuclillas.

—Misao-dono, kudasai— dijo, cogiéndole del brazo—. Quedaos ahí. No sabemos qué está pasando.

—Estás desarmado, Himura.

Kenshin era consciente de ello.

—Con uno desarmado es suficiente— le dijo, mirándola con seriedad. Se puso en pie, delante de Misao, mientras sentía la mirada de Osamu-sama sobre sí. Le enfrentó, sin echarse atrás, con gesto duro. No volvería a perder los papeles como cuando insinuó que había hecho algo a Kaoru. Ahora sabía que no tenía la culpa de lo sucedido con Ume.

—Felicidades, Himura Battousai— dijo Osamu-sama, haciendo una mueca—. ¿Dónde has dejado a tu mujer?

—Cállate, Osamu— dijo Saito, girando la espada hacia el maestro—. Veo que tú estás aquí por lo mismo.

—¿Por qué otra cosa iba a estar aquí?— devolvió Osamu, riendo con gesto descortés. Saito movió la mirada hacia cada uno de los hombres que habían empezado a rodearlos. Eran muchos. Kenshin no podía contarlos.

—¿Son tus hombres?— preguntó Saito, señalando a uno de ellos con la espada. Uno, el más cercano, alzó la voz.

—No sé quién es ese hombre. Nosotros, los Onnesh, estamos aquí como fieles seguidores de Shishio-sama.

Kenshin frunció el ceño. Algo se me está escapando. Aoshi retrocedió hacia el río, aproximándose a él, agarrando lo que llevaba en el bolsillo.

—Misao, métete en el río y nada— dijo, entre dientes, cogiéndola del brazo; ella se resistía a moverse. Elevó la vista y sus ojos verdes mostraron su enfado.

—Olvidadlo.

Aoshi la acercó a sí mismo, ambos tras Kenshin.

—Misao, por favor. Por favor. Esto no es un juego.

—He dicho que no.

—Es una orden. Soy tu okashira.

Ella, rápida, metió la mano en su bolsillo, pero Aoshi la sujetó de la muñeca.

—¿Qué tenéis ahí?

Sacó el objeto del bolsillo al tiempo que Kenshin se giraba para mirarlo.

Era una... ¿piedra?

.

.

.

— No entiendo qué está pasando, anata—. Oía la voz de Jun lejana, como un eco, mientras sus sentidos luchaban por detectar algo más y sus manos trabajaban, rápidas, sobre las heridas de Saito Hajime, que estaba consciente e incluso sonreía.

Algo se nos está escapando.

Apretó los dientes y después los puños. ¿En qué momento le había parecido buena idea ir desarmado, justamente a aquella boda?

Koishi— dijo, sin mirarla—; kudasai, ve a por Kaoru-chan y escondeos lo mejor que podáis.

Jun asintió con la cabeza y salió corriendo, pálida. Hiko volvió a centrar su atención en Saito. Las heridas no eran tan graves como parecían y una cosa estaba clara: habían sido hechas con katanas. No tenía hilo y aguja, pero sí se las apañó para lograr vendar cada una de ellas de modo que se cortasen todas las hemorragias. Sin embargo, por muy fuerte que ese hombre fuese, no podría luchar.

Pero... ¿Luchar contra quién? ¿Luchar por qué?

Apretó su brazo y vio cómo abría los ojos.

— Hajime Saito— dijo, con voz grave—. No quiero metáforas, ni que me maquillen la realidad. Yo le diré a los demás lo que sea necesario. ¿Mi discípulo está vivo?

El policía lo miró con ojos fieros. Ojos de antes, pensó Hiko, de cuando los hombres vivían y morían por la espada.

— Probablemente— contestó, resoplando y cerrando de nuevo los ojos—. La última vez que lo vi, lo estaba.

— ¿Tienes alguna idea de quienes podían ser esos hombres?—. Saito tenía los ojos cerrados, así que Hiko le pellizcó con fuerza en el brazo, haciéndole dar un respingo—. No es momento de dormir, amigo.

— Claro que la tengo. Los peores criminales de Japón estaban allí reunidos, y si no ellos, sus secuaces; tampoco faltaba nuestro viejo amigo Osamu-sama, pero me pareció que todos estaban más interesados en Shinomori que en Himura.

Hiko apretó los dientes.

— Habla claro—. Saito sudaba, pero Hiko no podía dejar espacio a la compasión, no en ese momento. Si permitía que se relajase, perdería el sentido y entonces estarían a ciegas. Volvió a pellizcarle, oyendo una lista interminable de improperios—. Sumimasen, Saito-san. No tenemos tiempo para rodeos.

— Shinomori Aoshi es el okashira del Oniwabanshu de Kioto. Hace unos meses desapareció en un viaje extraño a las islas Kazan Retto, unas... piedras volcánicas en el medio de la nada, deshabitadas, que sólo resultan interesantes para las aves y para algunos pescadores de las Izu.

— Abrevia— le indicó Hiko, perdiendo la paciencia. Saito le dirigió una mirada hostil.

— Estoy empezando a echar de menos la amabilidad pueril de tu discípulo— resopló, incorporándose un poco con la espalda apoyada contra la pared.

Es fuerte. No es un espadachín común del cuerpo de policía.

— Si no te das prisa descubrirás otras cosas de mí que harán que reces por la vuelta de mi discípulo.

Saito sonrió, mostrando un gesto desafiante.

— No llevas espada. Así no resultas muy intimidante— sin esperar su respuesta, siguió hablando —. Sé quién eres, no necesitas amenazarme para que lo recuerde. Por si no me conoces, soy Hajime Saito, capitán de la tercera división del Shinsengumi durante el Bakumatsu y un gran admirador de las hazañas de tu discípulo.

Hiko le devolvió una sonrisa perversa.

—Las viejas batallitas del Bakumatsu me aburren soberanamente. Ve al grano.

Saito asintió con la cabeza, ya totalmente incorporado. Cogió aire.

—La isla Rosario. Bueno, llamarla isla es casi un atrevimiento. Es un peñasco negro en medio del Océano donde sólo hay serpientes. O eso creíamos hasta que, hace unos meses, empezamos a comprobar cómo aumentaba el tráfico de pescadores a esa zona.

—¿Isla Rosario? ¿Qué nombre es ese?

—Un nombre que le dieron los extranjeros que pasaron por allí y la vieron. Los pescadores la llaman Nishinoshima.

Hiko comenzaba a perder realmente la paciencia.

—¿Qué tiene que ver esa isla con Kenshin?

—Shinomori Aoshi estuvo allí y trajo algo de vuelta con él. Algo que, al parecer, muchos están buscando. Algo que, según se cuenta en los suburbios de Tokio, ya buscaba Makoto Shishio en su momento y que sus seguidores siguen intentando encontrar.

—¿El qué?

Saito rió y su risa sonó como el graznido de un cuervo ahogado.

—Una piedra; la llaman Kenja no Ishi. Es una leyenda, por supuesto. Seguramente lo único que haya allí es un montón de cadáveres de los imbéciles que creen en esas historias. Sin embargo, no hemos dejado de investigarlo. Era posible que, bajo ese cuento, en verdad se estuviese usando ese lugar para el tráfico de opio, o incluso de armas, por eso no hemos bajado la guardia. Pero Shinomori Aoshi volvió con algo de allí y desde entonces es como si el mundo del crimen en su conjunto estuviese tras él.

Estupendo.

Kenja no Ishi— repitió Hiko, frunciendo el ceño.— ¿Y qué tiene que ver mi discípulo con todo esto?

—La última vez que lo vi, durante la pelea, estaba protegiendo a esa ninja de Kioto; la niña del Oniwabanshu— dijo, intentando estirar la pierna en un quejido—. Dudo que él supiese nada de todo esto, pero Shinomori Aoshi le buscaba. Imagino que necesitaba su ayuda para algo relacionado con la Kenja no Ishi. Después nos atacaron y, en fin, ya sabes, si Himura no se comporta como un absurdo mártir no se queda contento.

Eso ya empezaba a encajarle más con su baka deshi.

Sin embargo...

—Si Shinomori quería la ayuda de mi discípulo, ¿por qué no lo buscó antes? ¿Por qué esperar al día de su boda?

—Shinomori Aoshi ha viajado varias veces a las islas, pero fue en su último viaje donde trajo eso consigo. Lleva días dando vueltas alrededor de Tokio, pero le pisábamos los talones. Nosotros y todo el maldito crimen organizado, ya te lo he dicho. De alguna manera ha conseguido entrar hoy en la ciudad y mandarle un mensaje a Himura para verle, pero yo me hice antes con ese mensaje.

—Ya veo— dijo Hiko, frunciendo el ceño—. Tú y todo ese crimen organizado.

Saito agrió el gesto.

—Tienen informadores en todas partes.

—¿Y qué interés tiene una estúpida piedra para que Shinomori Aoshi esté perseguido por toda la escoria del país? ¿Qué ayuda puede brindarle mi discípulo?

Saito levantó una ceja, sonriendo con maldad.

—Bueno, si las leyendas fuesen ciertas, la Kenja no Ishi no tendría nada de estúpida. Hay un motivo por la que todos la buscan. Dicen... Dicen que la dejaron allí los dioses por una razón. Esa piedra permite traer personas de vuelta. Ya sabes, devolver la vida, regresar del último de los infiernos, aunque no a cualquiera. Dicen que sólo puede hacerse una vez cada cien años, aunque otras historias cuentan que una cada mil. Con la sangre de un asesino, la Kenja no Ishi cambiará su vida por las vidas que él arrebató.

Hiko resopló, soltando una risa indignada. ¿Quién se había creído que era él?

—Eso es imposible.

Saito se encogió de hombros.

—Puede ser. Sin embargo, hemos investigado. Hay leyendas sobre esa piedra en prácticamente todos los pueblos isleños. Leyendas que hablan de los que ya volvieron a la vida gracias a ella. Decían que era el tenchu en su sentido más literal. Los dioses obrando a través de la naturaleza. En cualquier caso, lo que importa no es si esa piedra realmente puede resucitar a toda la carroña que alguien asesinase. Probablemente solo sea un viejo cuento japonés. Lo que importa es que quienes creen en ello están dispuestos a hacer la guerra por tenerla en sus manos. Curiosamente... Hace una semana alguien denunció una desaparición muy sospechosa—. Hiko frunció el ceño, intentando asimilar aquella delirante información—. No sé si tu discípulo te ha hablado de un hombre llamado Kanryu Tankeda.

Kanryu Tankeda. Juraría que no lo había oído jamás.

—¿Quién es? Y rápido. No tenemos todo el tiempo del mundo para tus historias.

—Ah, mi querido Hiko Seijuro, maestro de los maestros, heredero de la espada divina— dijo Saito, tomando aire y soltando un soplido—. Si me consiguieses un cigarro, este lobo te lo contaría mucho más deprisa.

Hiko gruñó, deseando golpearle.

Devolver la vida a un muerto era algo imposible. Aunque Hiko Seijuro, en sus años como guerrero, había visto demasiadas cosas imposibles convertidas en verdad; hombres del tamaño de casas, espadas ardientes... Demasiadas cosas como para no creer. Sin embargo...

Fuese cierto o no, esperaba que su estúpido discípulo ya hubiese destruído aquella maldita piedra.

.

.

.


.

.

.

Kaoru miraba a Hiko con los ojos muy abiertos, esperando que soltase una risotada que le indicase que estaba bromeando. Mientras, Jun apretaba su mano con fuerza.

El maestro de Kenshin había reunido a todos los asistentes a la boda, incluido el monje, estupefacto, en el centro del templo y les acababa de contar una historia que parecía salida de un cuento infantil.

—¿Me estás diciendo que Kenshin ha desaparecido por una piedra que resucita a los... muertos? — preguntó Kaoru, frunciendo el ceño. Hiko gruñó, agitando la cabeza.

—No, no he dicho eso. Kenshin, al parecer, intentaba proteger a Misao-chan. No se sabe nada más de ellos, pero si estuviesen muertos no habría más de doscientos hombres rodeando este templo.

—¿Qué? ¿Qué quieres decir con eso? — preguntó Yahiko, blandiendo su shinai.

—Quiero decir que el bosque que rodea el templo está infestado de hombres. Están esperando por algo. Le están esperando a él.

Kaoru resopló.

—¡Pues salgamos a machacarlos! ¿Qué pasará cuando Kenshin vuelva?

Hiko agitó la cabeza.

—No volverá. Sabe que yo estoy aquí, que estáis todos a salvo.

—Entonces... ¿somos rehenes? — preguntó Tsubame, llevándose las manos a la boca.

Rehenes desarmados, pensó Kaoru, mirando el obi vacío de Hiko. ¿Cómo iba a proteger a nadie de esa manera? ¿Lo sabrían los hombres de fuera? El único que tenía una espada era Yahiko, y estaba hecha de bambú.

—Tal vez uno de nosotros pueda salir— propuso Shiro, alzando un poco la voz—. Somos onmitsu, podemos hacerlo sin ser vistos. Buscaríamos armas para defendernos y tal vez podamos localizar a Okashira y a Himura.

—Los Oniwabanshu ya habéis hecho bastante— exclamó Sanosuke, alzando un dedo acusador contra Shiro.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Si lo que ha contado Saito es cierto, ¿para qué queríais la Kenja no Ishi? ¿Para qué la trajo Aoshi de esa puñetera isla, sino para satisfacer vuestra sed de venganza? ¡Estábamos todos muy tranquilos, por fin! ¿Qué narices os habéis creído?

—¡Sanosuke! — exclamó Kaoru, poniéndose frente a él. Se le había deshecho el peinado y notaba el pelo suelto sobre la espalda, pero hacía tiempo que su atuendo de boda había dejado de importarle—. ¡No sabemos los motivos de Aoshi!

—Claro que los sabemos— replicó Yahiko, enfadado—. Aoshi quería resucitar a sus amigos. ¡Por eso ha desaparecido Kanryu! ¡Usará la piedra esa para traerlos de vuelta!

—¡No! — exclamó Kuro, dando un paso al frente—. Okashira recuperó los restos de nuestros antiguos camaradas y les dimos un entierro digno en Kioto hace ya meses. Si hubiese querido hacer algo así nosotros lo sabríamos, ¿o creéis que podrían aparecer todos los viejos miembros del Oniwabanshu por la puerta sin que nadie preguntase nada?

—¿Entonces para qué cogió esa maldita piedra? — preguntó Yahiko, blandiendo su shinai.

—Se la dio a Ken-san. Él... Yo vi cómo se la daba a Ken-san para que la destruyese.

La voz femenina hizo a todos girarse, sobresaltados.

Allí, junto al altar, estaba Megumi, con la ropa ensangrentada y los ojos llenos de lágrimas.

.

.

—¿Te encuentras mejor? — preguntó Kaoru, acercándole otra vez la copa dorada a los labios. La copa del san-san-kudo, pensó, sintiendo un pinchazo doloroso en el pecho. No pienses eso, baka; ya habrá tiempo para celebraciones. Megumi asintió con la cabeza. Tenía manchas de sangre en las mejillas, en las manos y en el kimono, tan hermoso, que se había puesto para la boda, pero ninguna de ellas era suya. No estaba herida.

Kaoru no quería presionarla, pero necesitaba que hablase cuanto antes.

—Estoy bien— dijo Megumi—. ¿Saito-san?

—He vendado sus heridas— informó Hiko, con voz grave. Allí, en la esquina del templo, estaban solo Kaoru, Hiko, Sanosuke y Yahiko, junto a Megumi. El resto se encontraban en el centro, mientras los miembros del Oniwabanshu ejercían las funciones de vigilancia. Jun, Tae y Tsubame habían ido a esconderse en la parte más inaccesible del lugar.

—Bien. Kaoru— dijo, mirándola a los ojos y extendiendo una mano. Kaoru se la agarró, sintiendo el corazón latiéndole con fuerza—. Kenshin está vivo.

Sin poder evitarlo, lloró. No era otra cosa sino alegría, alivio, esperanza... Sentía el rostro seco, apelmazado bajo el maldito maquillaje, pero una parte de sí había vuelto a respirar.

—¿M-misao?— acertó a decir, con voz ahogada. Megumi asintió con la cabeza, sin soltar su mano.

—Misao estaba herida— dijo. Todos contuvieron la respiración—. Estaba mal.

—No— dijo Kaoru, negando con la cabeza—. ¿Qué quieres decir?

—No quiero decir nada, Kaoru— contestó Megumi, bajando la voz mientras dirigía una mirada rápida a lo lejos, donde estaban los miembros del Oniwabanshu—. Cuando crucé el puente oí a unas mujeres decir que había una pelea multitudinaria bajo el puente, así que fui hacia allí. Por el camino empecé a encontrarme con hombres heridos; algunos estaban muertos. Eran heridas de espada. Atendí a algunos, a los que pude, no llevaba conmigo mis cosas... Cuando llegué los vi allí. Saito-san estaba herido, pero seguía luchando. Aoshi-san llevaba una espada corta, creo que se llama... ¿Kodachi? Sí, kodachi. Ken-san peleaba con otra igual, o más bien con la vaina, porque no la sacó en ningún momento. Misao estaba con ellos. Yo... No sabía qué estaba pasando. Los fueron acorralando hacia el agua. Eran muchos, yo... No entiendo de esgrima, pero parecían buenos. Estaban en problemas. Me pareció ver también a Osamu-sama, aunque no peleaba. Me vieron y... Saito-san vino a ayudarme. Me sacó de allí y me obligó a esconderme hasta que se calmasen las cosas. Antes de eso, vi... Estaban dentro del río, con el agua por las rodillas, los tres. Un hombre desarmó a Aoshi-san. Ken-san seguía peleando, iba derribándolos a todos uno a uno, cuando atacaron a Aoshi-san. Le lanzó algo a Ken-san... Le lanzó la piedra esa de la que hablábais, y le dijo que la destruyese. Fue todo muy rápido. Misao intentó proteger a Aoshi-san del ataque y ella se llevó el corte. No lo vi bien desde lejos, pero... Fue un golpe de frente, Kaoru. No sé si habrá sobrevivido.

—¿P-pero qué estás diciendo...?

—Escaparon. Los tres. Ken-san dijo algo y nadaron dejándose arrastrar por la corriente del río. Aoshi-san llevaba a Misao. Kaoru, no sé nada más. Solo sé que Ken-san está vivo y que le pidió a Saito-san que te mantuviese aquí.

Kaoru asintió, con el corazón encogido.

Misao.

—¿Por dónde has entrado? — preguntó Sanosuke, mirándola fijamente. Megumi señaló con la cabeza un punto a su espalda.

—Muchos templos tienen entradas secretas. Así escapó mucha gente en Aizu, durante la guerra.

Kaoru miró a Hiko.

—¿Si fueses Kenshin, dónde irías...?

—Si fuese Kenshin y esa piedra realmente existiese, la destruiría antes de que alguno de mis enemigos me encontrase con ella. Quizás solo sea una leyenda, pero no dudarán en comprobarlo si tienen la oportunidad. ¿Sabes cuántas vidas ha arrebatado Kenshin? Mucha gente pagaría todo por probar. Si sale mal, sólo se lo habrán quitado de encima, pero ¿y si funciona?

.

.

.


.

.

.

El corazón le latía tan rápido que sentía que se le saldría por la boca. Comenzó a recordar todas las enseñanzas de su shishou, una tras otra. Limpiar la herida... Identificar su gravedad... ¿O era al revés?

Un corte en la espalda, chico, malo, muy malo; en las extremidades, salvo catástrofe, tal vez consigas algo; pero un corte frontal de espada no tiene arreglo, baka deshi; déjalo para los cuervos...

Se deshizo de la parte superior del kimono de Misao con manos temblorosas. Esa herida... Había visto esa herida una vez, mucho tiempo atrás, solo que en la espalda... Pero entonces tenía los dedos congelados y los oídos sordos y la vista nublada, y tan solo quince años. Demasiado joven. Demasiado asustado. Mantuvo la calma. Si perdía la concentración ella moriría.

Aoshi estaba en shock. Ni siquiera sabía cómo había logrado arrastrarlo hasta allí una vez salieron del río. Como un autómata, encendió el fuego y se sentó junto a él mientras Kenshin hacía todo el trabajo, rasgado el kimono de Misao y usando los pedazos para contener la hemorragia. Había mucha sangre. Sin embargo, algo había ayudado. Misao, de alguna manera, había girado el cuerpo en el último momento, de manera que el corte no había sido tan profundo como para matarla. Por lo menos, no en el acto.

No es como la que yo le hice a Tomoe.

Sentía la vista nublada, pero no se detendría. Siguió apretando las vendas improvisadas; pero no era suficiente. Miró a Aoshi.

—Aoshi, vamos a llevarla a la clínica. Aquí morirá; allí podríamos hacer algo. Sessha ha visto a Megumi trabajar... Y a shishou, y allí hay libros. Tal vez podamos...

—Déjalo— le cortó Aoshi, mirando el fuego. Kenshin levantó la vista, sorprendido—. La traeremos de vuelta.

—¿Qué?

—La piedra— dijo Aoshi, girándose hacia él. Kenshin no entendía nada—. La piedra que te di antes; es la Kenja no Ishi. ¿Te suena?

Claro que le sonaba. Mientras estaban en el Ishin Shishi era la leyenda más popular, incluso existían canciones dedicadas a ella; esa piedra que permitía traer a la vida a todos los asesinados por una misma persona... Ilzuka solía decirle Himura, más te vale que sea una leyenda o esos perros del Shogun harán cola para ofrecerle tu sangre a los dioses.

—No es posible— dijo en un murmullo, frunciendo el ceño. Aoshi se acercó a él; Kenshin volvió a mirar a Misao. Estaba muy pálida; perdía menos sangre, pero las hemorragias no habían cesado por completo. Tenían que salir de allí cuando antes e ir a la clínica.

—Sí lo es. He estado buscándola mucho tiempo y la vi en sueños, Himura— dijo Aoshi; estaba sudando y parecía fuera de sí. Kenshin jamás había visto a Aoshi dando una mínima muestra de nerviosismo—. Se me presentó en sueños del mismo modo que tu mujer cuando Yukishiro fingió su muerte.

Kenshin abrió más los ojos.

—Nunca me lo dijiste.

—Porque pensé que fue una simple casualidad. Mis sospechas vinieron después, cuando supe las circunstancias en que se produjo todo. Pero antes, antes de tener motivos racionales para creerlo, la vi en sueños. La vi viva, ¿por qué iba a soñar con ella?

A Kenshin se le ocurrían algunos motivos; el primero de ellos, el trauma que supuso para todos la supuesta muerte de Kaoru. Sin embargo, Aoshi casi no la conocía. Además...

Además, yo también supe que ella vivía por un sueño.

Tomoe me lo dijo.

—Sigue siendo imposible. No puede volverse de la muerte.

—¿Te atreverías a intentarlo?— preguntó Aoshi, mirando el bolsillo de su hakama. Kenshin sintió el peso de la piedra como si de pronto fuese siete veces mayor.

—Aunque lo que dices es una locura, si esos hombres realmente lo creen vendrán a por ella; debemos destruirla— susurró Kenshin, apartando el cabello del rostro de Misao. Estaba convencido de una cosa: la fe de los hombres podía ser el más fuerte de los poderes—. Primero llevaremos a Misao a la clínica y después nos ocuparemos de la Kenja no Ishi. No podemos hacerlo en privado. Deben ver que acabamos con ella o seguirán persiguiéndonos.

Aoshi le cogió repentinamente del brazo.

—No hay nada que hacer— dijo, sujetándole con fuerza—. Mira su herida.

Kenshin torció el gesto.

—Claro que sí. Lucharemos por salvarla.

—Himura, no es una leyenda. Lo sé. Puedo sentirlo. Si... Si lo hago ahora, con mi espada, puedes traer a Misao de vuelta. Sólo tienes que poner mi sangre sobre la piedra y repetir mi nombre.

—¿Te has vuelto loco, Aoshi?

—Nunca he hablado más en serio en toda mi vida.

Kenshin lo miró con el ceño fruncido en el momento en que desenvainó la kodachi. Entonces, más rápido, desenvainó la que Aoshi le había dado y la estiró hacia él, en posición defensiva, protegiendo a Misao.

—Aléjate de ella.

—Saca la Kanji no Ishi y hazte a un lado, Himura.

—¡ALÉJATE DE ELLA, AOSHI! — gritó Kenshin, empuñando la kodachi con una sola mano. Aoshi lo miró fijamente.

—No perderé a Misao, ¿lo entiendes? No la perderé.

—¡Entonces cállate y llevémosla de una vez a la clínica!

Aoshi negó con la cabeza y dio el primer golpe. Kenshin lo repelió sin dificultad, apartándolo de una patada. Sintió deseos de golpearlo hasta dejarlo sin sentido.

Imbécil, imbécil.

—Es una herida mortal, Himura. ¡Puedo verlo!

—¡No puedes ver nada, estás obcecado con esa maldita piedra! — gritó Kenshin—. Si la llevamos a la clínica te doy mi palabra de que la salvaré. Aoshi, te lo juro. ¡Despierta de una vez!

—¡No hagas promesas que no puedes cumplir! — dijo Aoshi, volviendo a atacar. Kenshin se defendió, luchando por controlar la espada. Tenía que usarla del revés y, además, estaba el asunto de su tamaño. La maldita kodachi era mucho más pequeña que una katana y sus instintos le fallaban en cuanto a distancias. —¿Qué pasa, Himura? ¿No será que tienes pensado usar la piedra en tu provecho? — Kenshin lo miró, conteniendo la respiración. ¿Qué estaba diciendo?—. Sé lo que estás pensando. Podrías arreglarlo todo. Si la usamos para salvar a Misao, ya no podrás servirte tú de ella. Podrías devolver la vida de tu primera mujer.

Kenshin le golpeó con el lado romo de la espada, intentando controlar su furia.

—¡Cállate!— exclamó—. Maté a Tomoe y tardé trece años en aprender a vivir con ello. ¡Trece! Tomoe murió y la muerte es irreversible. Los dioses saben que la amé más que a mi vida. Pero mi mujer ahora me espera en el templo para tomar mi apellido y empezar a vivir. ¡Empezar a vivir una vida que merezca ser vivida! Esa es mi verdad, Aoshi. No quiero volver atrás. Quiero mirar hacia delante, ahí donde me espera Kaoru. Atrás sólo hay sufrimiento. A ti también te están esperando. Si das la vida por Misao, ¿cómo crees que se sentirá cuando despierte, si es que lo hace? Yo te lo puedo contar. Vivirá un infierno en vida. Querrá morir todos los días preguntándose por qué lo hiciste, culpándose una y otra vez y deseando ocupar tu lugar. ¿Eso es lo que quieres dejarle? Te he dicho que puedo luchar por su vida si la llevamos a la clínica. Si no vas a ayudarme a salvar a tu mujer, apártate de mi camino, porque la Kenja no Ishi no volverás a tocarla mientras yo viva.

Aoshi no se movió.

—¿Y si no puedes...?

Kenshin bajó la espada, con la rabia corriéndole por las venas, casi incontrolable. No se sentía así desde que peleó con Saito. Respiró.

Para el arte del batto hacen falta tres cosas...

—Ve delante. Sessha llevará a Misao-dono.

Ante la mirada desesperada de Aoshi, Kenshin envainó la kodachi y cogió a Misao en brazos, apartándole el cabello de la cara—. Misao-dono...— susurró, mientras Aoshi comenzaba a andar delante de ellos—. Hoy es la boda de sessha y Kaoru-dono no perdonará que llegue al altar sin vos. Tenéis que luchar.

.

.

.


.

.

.

Hiko le tendió la alforja del sake nupcial y Kaoru miró dentro, pensativa. ¿Cuánto podrían enfurecerse los dioses por aquello?

—Hiko-san— dijo, sin mirarle— ¿Crees que esto es un castigo divino? Un... Un tenchu.

Hiko soltó una risotada que hizo que ella frunciese el ceño.

—¿Has hecho algo que lo merezca? —. Kaoru pensó en el cuerpo de Kenshin sobre el suyo, suave y gentil, como si hubiese sido hecho para ella. — Ya veo. Si los dioses castigasen por eso, yo sería una sabandija miserable y no el hombre más poderoso y honorable de todos los tiempos.

Y el más humilde.

—Tal vez estén castigando a Kenshin.

—Kenshin hace tiempo que aburrió a los dioses; está pasado de moda.

Kaoru le miró, sorprendida.

—¿Pasado... de moda?

—Imagino que los dioses no castigarán una y otra vez por lo mismo, en un deprimente bucle infinito. La vida a veces es complicada, Kaoru-chan. No todas las desgracias son castigos por nuestros malos hechos; si así fuese, bastaría con portarse bien. No es así. Tú eres buena, ¿verdad? Y, sin embargo, los dioses te arrebataron a tu padre. Así son las cosas.

Kaoru suspiró.

—¿Crees que esa piedra... de verdad existe?

—No lo sé. Es posible. El mundo está repleto de cosas inexplicables. Sin embargo, lo importante no es tanto si existe o no existe, sino que hay gente que está dispuesta a matar por esa simple posibilidad. Por eso mi estúpido discípulo la destruirá.

—¿Cómo lo sabes? — preguntó Kaoru.

Daría mi vida porque ella viviese.

¿La daría de verdad, después de todo? ¿Después de tanto?

Hiko puso una mano sobre su hombro.

—Porque ha decidido seguir adelante. Mi baka deshi tiene todos los defectos del mundo, pero cuando toma una decisión, va con ella hasta el final. Deberías saberlo sin que yo te lo dijese, ¿no crees? A fin de cuentas, eres tú y no yo la que duerme a su lado, por suerte para todos.

.

.

.


.

.

.

La luz era tenue, pero no parecía importarle. Actuó con seguridad todo el tiempo, primero durante el camino a la clínica y, una vez allí, tras comprobar que nadie les había seguido, entró en una de las consultas y puso a Misao sobre el futón, con una delicadeza casi devota. Después buscó todo lo necesario; bisturí, hilo, aguja, agua, alcohol... Aoshi lo miraba ir y venir en silencio y, cada vez que entraba de nuevo en la habitación, se acercaba a Misao y le susurraba alguna palabra de ánimo.

Está inconsciente, habría querido decirle; pero, de alguna manera, sentía el ki de Misao brillar un poco cada vez que Himura hacía aquello. En una de sus salidas, Aoshi, dudando, cogió la mano de Misao entre las suyas.

—Misao— susurró, sintiendo la voz ronca. De pronto no sólo su ki se intensificó, sino que ella misma se movió en el futón. Aoshi sintió que el corazón le daba un vuelco—. ¡Himura!

Himura apareció por la puerta, con los ojos muy abiertos, atándose una especie de pañuelo blanco sobre el cabello para apartarlo de la cara. Tenía esa expresión de niño sorprendido que tan poco casaba con lo que en verdad era.

—¿Qué pasa? — preguntó, corriendo hacia Misao.

—Ella... Se ha movido— dijo Aoshi, siendo consciente de que parecía imbécil. Himura sonrió, agachándose a la altura de la cabeza de Misao y acariciándole la cara.

—Misao-dono— susurró, pasando la mano por su pelo—. Aoshi está aquí con sessha. Lucha como buena miembro del Oniwabanshu.

Aoshi sintió una punzada en el pecho al ver a Misao de nuevo moverse. Himura se levantó y se ajustó el kappogi sobre el gi, evitando que las mangas colgasen.

—¿Hay anestesia? — preguntó Aoshi. Himura asintió.

—Está ahí; se la pondremos primero, sessha conoce la dosis. Después desinfectaremos las heridas y empezaremos. ¿Me ayudarás? — preguntó. Había vuelto a recuperar su gesto amable de rurouni. Daba igual que fuese fingido; en ese momento lo agradecía. Aoshi asintió.

—¿Qué hago mientras? — preguntó, observando a Himura comenzar a poner la anestesia. Sonrió sin mirarle, atento a su trabajo.

—Cógele la mano, háblale. Cada vez que lo haces, su ki arde.

Himura trabajó sin descanso hasta bien entrada la noche. Aoshi le ayudaba de vez en cuando, haciendo lo que le iba pidiendo. De vez en cuando se fijaba en su cabello, rojo, cayendo sobre su espalda, o en sus manos, ahora cubiertas por la sangre de Misao. Se movía como si supiese qué hacer, aunque estaba seguro de que no lo sabía. Himura no era médico, aunque no dejaba que su inseguridad fuese evidente. Tenía la sangre fría de un hitokiri, pero no el corazón.

Ha tenido que endurecerse para sobrevivir, aunque no ha perdido su brillo.

—Llevaba mucho tiempo buscando la Kanji no Ishi— confesó de pronto Aoshi, posando la mirada en el rostro de Misao. Así, tan quieta, con los ojos cerrados, tenía el mismo aspecto que la noche que la dejó con Okina en Kioto, siendo una niña, para evitarle peligros y sufrimientos. Era evidente que no lo había conseguido—. Podría decirte que siempre tuve en mente destruirla, pero no fue así. Al principio creí que era una leyenda y necesitaba algo en lo que pensar. Sin embargo... Cada vez había más testimonios, cada vez parecía más cierto. Me aferré a la idea de poder traer de vuelta a mis camaradas. Creí que así podría pagarles lo que hicieron por mí. Kanryu... Tengo a Kanryu encerrado desde hace varios días—. Himura seguía concentrado—. Si Hannya viviese jamás me habría dejado hacer algo así. También tengo que agradecértelo.

Himura sonrió.

Sessha no tiene ningún aprecio por Kanryu. Es un hombre despreciable, pero tanto tú como yo hemos arrebatado ya demasiadas vidas. No le pasará nada por estar un tiempo encerrado, pero mañana iremos a liberarle.

Aoshi asintió, agarrando más fuerte la mano de Misao. Era fácil hacerlo. Se atrevió a acariciar sus dedos y le pareció que ella volvía a moverse.

No te mueras, por favor.

Perdóname.

Cuando Himura terminó, se secó el sudor de la frente con el antebrazo y miró a Aoshi, sonriéndole.

—Creo que está estabilizada, hasta que venga Megumi-dono.

Aoshi sintió un escalofrío recorrerlo la espalda y agarró a Himura de la manga del gi.

—Himura— dijo—. Domo arigatou. No sé cómo podría...

—Quédate aquí— le cortó Himura, quitándose el kappogi y lavándose las manos en el cubo, haciendo que la sangre de Misao desapareciese de sus dedos.

—Todo el mundo sabe que te casabas hoy. Estarán rodeando el templo.

—Lo sé— dijo Himura—. Sessha antes irá al dojo a por la sakabatou.

—¿Podrás tú solo con todos?

—No estaré solo— se volvió a agachar junto a Misao, acariciándole el pelo mientras sonreía—. Sessha vendrá mañana con Kaoru-dono. Entonces ella será ya Himura Kaoru, y te lo contará todo, incluso lo que no debería contarte, pero sessha pondrá cara de tonto y fingirá que no se entera de nada— después bajó un poco más la voz, casi en un susurro—. Aguanta.

Después se volvió a poner en pie, mirando a Aoshi. Él lanzó un vistazo rápido a su hakama, allí donde guardaba la Kanji no Ishi.

—¿La destruirás?

Himura asintió.

—Te doy mi palabra.

.

.

.

.

.

¡Hola!

Hoy no puedo pararme mucho que tengo demasiado sueño pendiente y mañana madrugo, en el siguiente contesto con más calma. En general he recibido varias críticas por "fastidiar" un poco el final con este pequeño giro, lo siento de veras, pero me lo pedía el cuerpo y quería darme el gusto de cerrar la mini-trama de Aoshi con algo de aventuras, intriga, espadas y un poco oscurillo, sin perder la esencia amorosa, se me hacía ya demasiado pastel matrimonial, que me gusta, pero me parecía excesivo xD.

No os haré sufrir más, sólo queda un capítulo, esta vez sí, el último, que tengo ya escrito y pendiente solamente de revisar.

¡Gracias por llegar hasta aquí, de corazón! Os mando abrazos y salud para todas.

.

.

.