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¡Pues llegamos al final!

Gracias a todas, de corazón, por vuestras review. Si no fuese por ellas no creo que me hubiese animado a alargar la historia, y mucho menos a publicar con tanta periodicidad. Sin embargo, saber que estabais ahí y leer vuestro feedback me ilusionaba, así que la historia, sea como sea, os debe su existencia a vosotras.

Me gustaría dedicar unas líneas a agradeceros a las que habéis logrado llegar hasta aquí — nunca pensé que corregir un pequeño fanfic que escribí hace mil años se fuese a convertir en escribir tanto, en una época tan complicada. De alguna manera, ha sido un alivio para estas semanas de confinamiento e incertidumbre—. Si habéis logrado terminarlo, espero que haya conseguido acompañar vuestros días, como un entretenimiento con el que evadirse de la realidad. Con eso ya es suficiente. Si lo habéis dejado a la mitad, o por donde sea, no leeréis esto, pero igualmente os agradezco el tiempo que le hayáis dedicado. Cada minuto de nuestra vida es importante y que alguien dedique aunque sea uno a leer algo que yo he escrito, es de agradecer.

Espero encontrar tiempo para revisarlo y corregir cosas formales. No he prestado demasiada atención a errores, más bien ha sido un ataque de locura transitoria, un ejercicio de escribir y reescribir sin pensar demasiado y publicarlo; casi una terapia.

¡Cuidaos mucho y nos vemos en las próximas historias, vuestras y mías!

¡GRACIAS, de verdad!

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Jun estaba sentada en seiza, con la espalda completamente recta, casi como una estatua, serena, bella y perfecta. El kimono que había elegido para la ceremonia, de alguna manera, resaltaba sus facciones haciendo que brillase más que nunca. Kaoru la observaba por el rabillo del ojo, preguntándose cómo lograba mantener la calma en esos momentos. Podría haber sido un gran espadachín, pensó, fijándose en su respiración, perfectamente controlada.

La noche ya había hecho acto de presencia y con ella, la desesperanza. Suspiró, mirándose las manos. Realmente, si pudiese pedir un deseo, sólo sería volver al dojo, abrazar a Kenshin y a Misao y reír juntos, preparar comida y que todos la comiesen pese a estar mal hecha, discutir con Yahiko y escuchar los comentarios afilados de Megumi. Todo eso quería. Ya le daba igual si había ceremonia o si no la había.

Volver a casa era suficiente; ahora mismo, y que no faltase nadie. Ese era su mayor anhelo.

—Kaoru-chan— dijo Jun, con voz suave. Kaoru levantó la vista y la miró—. Se te ha deshecho el peinado— añadió, sonriendo con dulzura. Kaoru pasó una mano despacio por su cabello. Había pasado días pensando cómo peinarse para que, al retirar el gorro, el pelo quedase en su sitio, con la nuca descubierta. Siempre le había parecido que la parte más seductora del cuerpo de una mujer era su nuca, así que tenía muchas esperanzas puestas en ella. Sin embargo, ahora todo aquello le parecía absurdo, frívolo...

Prescindible.

—¿Crees en todo eso... todo eso de la Kanji no Ishi? — preguntó—. Sé que es una locura. Es... Es de locos, poder traer a alguien de la muerte, pero hay tantas cosas inexplicables que yo... Si fuese cierto, si realmente esa piedra existe y hace lo que todos creen que hace, ¿qué crees que hará Kenshin con ella?

No buscaba una palabra de consuelo; quería una respuesta sincera y sabía que allí podría encontrarla. Jun extendió su mano hasta coger la de Kaoru.

—Hiko ha dicho que Kenshin la destruirá.

Kaoru bajó la mirada.

—¿Y tú crees que lo hará?

Jun acarició sus dedos con un gesto que le proporcionó más calma que todas las palabras que pudiese haber pronunciado en voz alta. Sin embargo, después de unos segundos, también habló.

—Lo importante es que lo creas tú, Kaoru-chan. Pero... Mira a tu alrededor. Estás aquí, en un templo. Vas a casarte con él. Si dudas de algo, si hay alguna cosa que te carcome por dentro, díselo en cuanto lo veas. Soluciónalo. Una sola gota de agua, por muy pequeña que sea, puede llegar a formar un agujero en la más dura de las rocas— apretó su mano, aumentando su sonrisa—. Él volverá, así que cuando lo haga, dile lo que necesites decirle. Pero déjame que yo también te diga algo. Hiko conoce a Kenshin. Si él dice que destruirá la piedra, sea verdad o mentira la leyenda, es que lo hará.

Kaoru miró hacia lo lejos, pensando; fuera, alrededor del templo, había ruido. Ruido de espadas. Aunque era peor el ruido que crecía en su interior. Confiaba en Kenshin. Confiaba en él más que en nada ni nadie en este mundo; entonces, ¿por qué tenía tanto miedo? ¿Por qué estaba tan asustada, asustada de perderle?

Una pregunta guardaba todas las demás... ¿Podría pesar más su culpa que la vida que tenían por delante?

Recordó el abrazo que le dio antes de irse a Kioto. Entonces todo en ella eran dudas. Dudas sobre qué sentía él, dudas sobre porqué la estaba haciendo a un lado, dudas acerca de qué le estaba frenando. Después, con el Jinchuu, lo entendió todo. Y fue entonces, cuando las barreras de Kenshin comenzaron a caer y ella empezó a conocerle de verdad, a ver más allá de la careta amable de rurouni, cuando pudo comprender el halo de tristeza que había a veces en su sonrisa, o tras su mirada suave. Vio luces, muchas luces, pero también vio algunas sombras. Sabía que ni siquiera una parte importante de ellas; muchas, la mayoría, probablemente él jamás llegaría a mostrárselas. Kenshin había vivido la vida de siete hombres en menos de treinta años. Ella acababa de cumplir diecinueve... Pero había una cosa clara. La quería. De eso ya no tenía una sola duda.

—Sí— dijo al final, tragando saliva— Confío en él.

Lo dijo en voz alta, pero también para sí, aunque no necesitaba convencerse. Realmente, no tenía motivos para tener miedo. Kenshin había roto con su pasado. No empezarían esa noche una nueva vida... La habían empezado ya hace tiempo, cuando al mirarse el uno al otro vieron quienes realmente eran, y se aceptaron, y se eligieron.

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Se apartó el sudor de la frente con la manga del gi al tiempo que envainaba la sakabatou. Eran menos hombres de los que había pensado, y no había ni rastro de Osamu. ¿Estaba escondiéndose? La idea le hizo resoplar. No quería más sorpresas. No estaba dispuesto a ni una sola sorpresa más. Metió la mano en el bolsillo, acariciando la Kenja no Ishi. En cuanto encontrase a Osamu, la destruiría. Él lo vería y así, por fin, tendría que empezar a mirar hacia delante. Detrás no encontraría respuestas. Nunca habían estado ahí para nadie.

Derribó a dos hombres más con la sakabatou envainada, sin hacer demasiado esfuerzo y subió de tres en tres las escaleras del templo. Chocó contra Shiro, que vigilaba la entrada.

—¡Himura!— exclamó, cogiéndole de los brazos— ¿Cómo está Misao?

Kenshin lo miró, intentando buscar una respuesta convincente.

—Está estable— contestó, asintiendo con la cabeza. Era cierto, o al menos esperaba que lo fuese, pero necesitaba encontrar a Megumi y enviarla a la clínica cuanto antes; miró alrededor, buscándola. Necesitaba...

Kaoru-dono.

La vio a lo lejos; llevaba el pelo suelto y la cara pintada con una especie de harina blanca, pero aún así, aún así la habría reconocido entre un millón de personas. Ella le miró y deseó correr hasta donde estaba, abrazarla sin importarle que perdiese el aliento, besarla sin molestarse en quién mirase, pero la mano de Sanosuke sobre su brazo le detuvo bruscamente, haciéndole volverse. Abrió mucho los ojos; llevaba una ropa tan formal que parecía otro hombre distinto.

—Sano— dijo—. ¿Megumi-dono...?

—Kenshin— le cortó Sanosuke, imperativo, apretando el agarre de su brazo—. ¿Estás bien? ¿Te han herido? ¿Dónde mierda está Osamu? ¿Te has ocupado de esos hombres de ahí atrás?

—Sí, sessha entró justo por ahí— contestó, reprimiendo las ganas de soltarse de un manotazo y correr hacia Kaoru; no parecía herida, pero tenía la necesidad de comprobarlo por sí mismo—. Sólo quedan los hombres de Osamu-dono. Sessha cree que están en la parte derecha.

—¿Los has contado?

—En el río serían unos cuarenta. Puede que cincuenta— dijo, al tiempo que veía venir a Yahiko corriendo con el shinai en la mano. Si Sanosuke estaba irreconocible, lo mismo podía decirse del chico, quien se veía realmente extraño con ese atuendo tan formal; sin embargo, por una vez se alegró de comprobar que había desobedecido las órdenes de Kaoru y era el único que iba armado, aunque fuese con una espada de bambú—. ¿Está aquí Saito?

—Sí— dijo Sanosuke, conduciéndole por el templo—. Está herido, pero tu maestro le ha curado, al menos superficialmente. Ahora lo está tratando Megumi.

—Megumi-dono— dijo Kenshin, ahogando un suspiro de alegría—. Tiene que volver a la clínica ahora mismo. Sessha hizo lo que pudo, pero... Misao-dono la necesita.

Sanosuke asintió.

—Hay un pasadizo que permite salir del templo; llegará pronto.

—¿Cómo está ella?— preguntó Yahiko, caminando con ellos. Sanosuke le lanzó una mirada a Kenshin que significaba cállate, pero Kenshin no quería hacerlo. Yahiko era uno más.

—No muy bien, pero Misao-dono es fuerte. Saldrá de esta.

—Megumi la ayudará, no pienses ahora en eso— añadió Sanosuke, dando un codazo a Yahiko.

—¿Y los hombres de Osamu...?— preguntó el chico, apartando a Sanosuke, con una voz que evidenciaba de todo menos concentración. No podían permitirse más heridos. Kenshin giró otra vez la vista hacia Kaoru; estaba con Jun, y ambas miraban hacia ellos.

—Hiko y sessha se encargarán.

—Hiko está desarmado— replicó Yahiko, sujetando su shinai, preparado para la batalla—. Yo puedo ayudarte, Kenshin. Puedo hacerlo. Por favor.

Frente a él, a unos pocos metros, estaba su shishou, con su mirada seria y su gesto imperturbable. Kenshin sonrió a Yahiko, deteniéndose un momento al tiempo que llevaba la mano derecha a su cadera izquierda; allí, junto a su sakabatou, estaba la kodachi que Aoshi le prestó para luchar junto al río. Levantó la vista y su mirada se cruzó con la de Hiko, que se acercaba a ellos a buen paso. Y, tras él... Megumi. Saito la había mantenido a salvo.

Shishou— llamó, al tiempo que sacaba la kodachi envainada de su obi y se la lanzaba con un gesto rápido. Hiko Seijuro la cogió al vuelo con la mano derecha y la desenvainó, al tiempo que emitía un bufido.

—¿Qué es esto, baka? ¿No había una maldita katana en todo Tokio?

Kenshin frunció el ceño, contrariado.

—Es una koda...

—Ya sé lo que es, ¿o te has olvidado de quién te lo enseñó a ti?— suspiró sonoramente, manifestando su hastío—. En fin, soy Hiko Seijuro; si me hubieses traído un montadientes, algo que no descartaba conociendo tu propensión a la estupidez, pelearía y vencería con él—; se encogió de hombros y dirigió una mirada soberbia hacia Kenshin, Yahiko y Sanosuke; después pasó el dedo suavemente por el filo afilado de la kodachi; un pequeño hilo de sangre apareció en su yema y lo lamió, cogiendo aire—. Veamos quién tengo por aliados; un niño con un palo de madera, un pandillero desarmado y un monje célibe e imbécil con una espada de filo invertido. No sé cómo sobreviviríais sin mí.

—De hecho, sobrevivimos a Shishio sin ti— dijo Sanosuke, señalándole con el dedo índice—. No recuerdo que te manchases tus celestiales manos en esa pelea. Si tan fácil era para ti, ¡haber tenido el valor!

Hiko soltó una risotada, poniendo una enorme mano sobre la cabeza de Yahiko.

—Discrepo, querido pandillero. Este dulce niño no lo habría contado sin mi providencial intervención.

—¡No soy un...! — empezó Yahiko, intentando atacarle; Kenshin extendió el brazo, cortándole el paso mientras seguía mirando a su maestro, serio.

Sessha se ocupará de la mitad, shishou— dijo, con voz seca. Yahiko inició una protesta a su lado, de modo que añadió: —. Sessha y Yahiko.

—No— respondió Hiko, comenzando a caminar hacia la parte delantera del templo—. El chico vendrá conmigo, veremos qué sabe hacer con ese palo de bambú. Tú ocúpate de Osamu; esa es una cuenta pendiente tuya en la que los demás no debemos entrometernos. Si estás tan falto de ayuda, el pandillero puede cubrirte las espaldas.

—¡Oye! — gritó Sanosuke, mostrando el puño— ¡No soy ningún pandillero!

Kenshin sabía bien que Sano no debía usar sus manos; Megumi había sido clara respecto de las posibles implicaciones de un abuso, con los huesos todavía soldándose y los músculos muy dañados.

—Osamu-dono no ha podido recuperarse todavía de sus heridas— dijo; recordaba cómo le había dejado el hombro en su encuentro—. Sessha no cree que vaya a pelear en primera persona.

—Eso lo decidirá Osamu, no tú. — replicó Hiko, acercándose a él en un velocísimo paso y colocando la punta de la kodachi envainada sobre su garganta—. ¿Cuántas veces te tengo que enseñar a no subestimar el rencor de un enemigo personal? Haz el favor de mantener la concentración y no obligarme a salvarte el culo. No te dejes engañar. Demuestra que hay algo bajo esa mata de pelo por una vez en tu vida, baka.

Kenshin se apartó, asintiendo con la cabeza.

Sessha se ocupará— acertó a decir, avergonzado.

—No me cabe duda—. Su shishou giró la mirada hacia Yahiko, entornando los ojos—. ¿Vas a quedarte ahí o vienes de una vez, chaval? No todos los niños tienen la oportunidad de pelear al lado de Hiko Seijuro, así que deja de hacerme perder el tiempo y, sobre todo, si no eres capaz de ocuparte de lo tuyo, no estorbes.

Yahiko miró a Kenshin, dudando, pero él asintió con la cabeza y ambos, su maestro y el discípulo de Kaoru, abandonaron el templo para enfrentarse a los hombres de Osamu. Kenshin miró a Sanosuke.

—Es posible que se esconda en esa zona— dijo Sano, señalando uno de los laterales del templo, en la dirección contraria a donde estaban Kaoru y Jun—. Hay un pequeño claro en el bosque, muy cerca. Ha informado el Oniwabanshu. Iré contigo.

—Sano— le cortó Kenshin, siendo él ahora el que le detenía, sujetándole del brazo con suavidad; le miró a los ojos—. Por favor, cuida de Kaoru-dono y de los demás.

Sanosuke frunció el ceño.

—Osamu puede tener algo preparado, una trampa; no deberías...

—Por eso es necesario que haya alguien aquí dentro, por lo que pueda pasar— dijo Kenshin; volvió a su mente el recuerdo de aquel instante en las puertas del dojo, cuando Enishi le hirió de forma tan terrible que pensó que moriría allí, desangrado. Había sido claramente inferior en la lucha; su culpa le había lastrado como la más pesada de las anclas. Y entonces, su voz, llena de odio, llamando a Kaoru para personalizar en ella su venganza. No podía permitir que algo así volviese a suceder; no, no caería en los mismos errores bajo ningún concepto—. No te separes de ellos.

No te separes de ella.

Sanosuke aflojó el gesto y asintió con la cabeza, pese a que su desacuerdo era evidente.

—No te preocupes. Ahora que me he puesto esta maldita ropa, habrá boda y estaremos todos.

Todos...

Kenshin pensó en Misao, tumbada sobre el futón de la clínica. Había perdido tanta sangre... Un escalofrío recorrió su cuerpo. Necesitaba ayuda, ayuda urgente.

—Espera— dijo entonces—. Antes debes hablar con Megumi-dono.

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Era fácil, era tremendamente fácil. Los hombres de Osamu-sama no eran como él, ni tampoco como Ume; mucho menos como Riju. Aunque conocían el estilo de la familia, habían sido entrenados de otra manera, a la nueva usanza, así que apartarlos a golpe de sakabatou era tan sencillo y ritual como barrer la engawa por las mañanas. Dos a la derecha, uno a la izquierda, otros dos a la derecha... Kenshin todavía sentía la mano derecha algo entumecida tras las heridas de la pelea con Ume, pero podía pelear. No eran grandes enemigos. Iban cayendo bajo su sakabatou, limpiamente, y él iba avanzando.

—¡Osamu-dono! — llamó, alzando la voz, cuando se supo solo en medio de aquel pequeño claro. Esperó una respuesta, un poco más... Nada. Envainó la sakabatou en un gesto mil veces repetido, tan natural como respirar—. Quiero hablar con vos.

—¿Hablar? — su voz le hizo girarse. Estaba tras él, a unos cinco metros. Llevaba una katana en el obi, aunque dudaba que fuese capaz de utilizarla; sin embargo, por sus movimientos no parecía estar tan mal como había imaginado—. No tengo nada que hablar contigo, Battousai. Entrégate, y entrégame la Kanji no Ishi.

—¿Entregarme?— preguntó Kenshin, frunciendo el ceño.

—Entregarte a tu destino. ¿O es que vas a seguir fingiendo que eres un hombre redimido, casándose en una tarde apacible? ¿Crees que es justo que empieces de cero, después de las vidas que has roto?

—No, no lo es— respondió Kenshin, con voz hosca—. Sessha se lo dijo a Ume-dono; no es...

—¡No!— gritó Osamu, desenvainando la katana y blandiéndola, como si no estuviese herido—. No pronuncies su nombre. No tengas el valor de hacerlo delante de mí.

Kenshin estaba muy quieto, intentando averiguar su siguiente movimiento.

—Osamu-dono— dijo, bajando el tono de voz—. Sessha desearía que ella estuviese viva. Os lo juro, lo desearía. Pero ella tomó su decisión.

—Ella no pensaba racionalmente; estaba destrozada desde que mataste a Riju. Su hermano se metió en el Shinsengumi sólo para ir a por ti, ¿lo sabías? Sólo porque no podía aceptar que yo casase a Ume con un asesino traidor del Ishin Shishi.

Kenshin, de pronto, comprendió. Vio los sentimientos de Osamu tan claros que fue como si un rayo repentino iluminase la más oscura de las noches. No era odio lo que sentía o, por lo menos, no sólo eso. Era algo más, algo mucho peor.

Culpa.

Osamu había querido que Ume se casase con él; realmente lo deseó, lo sabía bien por Hiko y por las cartas que ella le mandaba. Y, aunque ahora lo negase, ese deseo persistió durante el Bakumatsu. Esos a los que ahora llamaba traidores luchaban en la causa que su propio hermano dirigía, y todos en aquel momento sabían que era también la causa de su familia, aunque Osamu, por los preceptos de su estilo, no tomase partido abiertamente. Incluso cuando Kenshin se convirtió en la punta de lanza de los guerreros del Ishin Shishi, incluso en ese momento, Osamu no retiró su propuesta de matrimonio. Por eso Riju no se echó atrás.

Kenshin no sabía que el hijo mayor de Osamu había entrado en el Shinsengumi por ese motivo, pero descubrirlo no le sorprendía. Detrás de los hombres que dejaron su sangre en aquella revuelta no había sólo motivos políticos. Había muchas otras cosas; ideas como el orgullo, la familia, el amor, el honor o una promesa de un futuro mejor, concreciones de otros conceptos más abstractos que todos ellos, demasiado jóvenes, no podían todavía entender. Él mismo se unió a la causa por el sufrimiento de la gente. No tenía demasiada idea de política, a fin de cuentas, sólo contaba con catorce años. Sin embargo, sí entendía que el Shogun oprimía a las personas y eso era suficiente para él. El prometido de Tomoe se unió a la defensa del Shogunato porque era de familia samurai y porque creyó que así alcanzaría un estatus que le permitiría ofrecerle a su futura mujer una vida de honores. Es decir, lo hizo por ella; por amor. Como Riju. Kenshin lo entendía.

Y, en cuanto a Osamu... Él arrastraba una culpa que no le correspondía, porque por fin, por fin Kenshin sabía que cada uno de ellos tomó sus decisiones. No fue culpa de Hiko que él a los catorce años decidiese tirar su vida por la borda. No fue culpa de Osamu que Riju se alistase al Shinsengumi, ni que su hija iniciase una venganza que acabaría de esa manera.

La muerte de Ume no fue culpa de Kenshin. Tampoco lo fue la muerte de Tomoe. Sí otras cientos, pero no esas. No esas.

Y, sin embargo, pese a no ser su culpa, sabía que cargaría con su peso toda la vida. Era el precio que debía pagar por elegir sostener una espada. Pero lo pagaría a su manera, como su corazón le indicase.

—No lo sabía— dijo al fin, desenvainando la sakabatou lentamente—. Sin embargo, sessha conoce vuestro sentimiento. La culpa no se irá de esa manera.

—¿Tú que vas a conocer? Tú no tienes hijos. No sabes lo que es perder a uno, ¡mucho menos lo que es perder a dos!

—Es cierto— admitió Kenshin, caminando hacia él—, pero sí sé lo que es perder a quien amas.

—Alguien a quien ahora puedes devolverle la oportunidad que le robaste. Igual que a mis hijos. Dame la Kanji no Ishi.

Osamu arremetió contra él con fuerza, pero Kenshin le frenó con la sakabatou, apartándose. Su ki era poderoso, y sus golpes potentes, como si nunca hubiese estado herido. ¿Cómo podía tener esa fuerza?

La fuerza del rencor, habría dicho shishou. Esa era una fuerza muy poderosa, aunque no la única. Kenshin había sentido otras fuerzas en otras espadas; la fuerza de Akira, por ejemplo. No era un gran espadachín pero su ansia por vivir había conseguido que luchase casi a su nivel, hiriéndole.

—¡Deteneos, Osamu-dono!— gritó Kenshin, agitando la cabeza y empuñando la sakabatou con ambas manos.

Osamu rió con frivolidad.

—No puedo hacerlo. Es mi deber luchar por traerlos de vuelta y es el tuyo responder por tus crímines. Se lo debes a mi familia.

Sessha responderá por cada uno de sus crímenes— dijo Kenshin, despacio, poniendo la mano sobre la tsuka de su sakabatou—. Sessha pagará protegiendo a los débiles mientras conserve fuerzas para sostener una espada. No con más muertes, no con más sacrificios que arruinen la vida de personas buenas. Sólo ayudando a quienes lo necesitan.

—No es suficiente, Battousai. Puede que pudieses redimirte así si hubieses matado a un par de personas, o si fueses un simple soldado. Pero no lo eres. Tú teñiste Kioto de sangre, sangre de jóvenes, del futuro de este país. Mashimoto, Kuyo, Riju. El prometido de la mujer con la que luego te casaste —. Kenshin sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho—. Todo el mundo lo sabía. Todo el mundo sabía del hitokiri adolescente de pelo rojo que se tiraba a la prometida de una de sus víctimas, el joven Akira, hijo de un samurai ejemplar, en una sucia posada del Ishin Shishi, como si fuese una furcia.

—Cállate— dijo, apretando los ojos. Sabía que era mentira. Nadie en el Ishin Shishi conocía los orígenes de Tomoe, por eso le permitieron seguir con ella. Estaba intentando enfadarle, pero no lo conseguiría. Él podía controlarse..

—Te ensañaste con Kiyosato, ¿no es cierto? Con un golpe habría bastado; a ti te habría bastado. ¿Era tan buen espadachín o es que ya te habías encaprichado de su prometida? El padre de Kiyosato lo sabía. Sabía que la prometida de su hijo, por la que él perdió la vida, se revolcaba con medio Ishin Shishi. ¿O es que crees que fuiste el único? Ella no podía saber quién había matado a su prometido. De alguna manera tuvieron que averiguarlo.

—¡HE DICHO QUE TE CALLES!

Osamu le atacó y lucharon con ferocidad. Kenshin había perdido el control y lo sabía, lo sentía, pero no era capaz de recobrarlo. Quería hacerlo pedazos. Quería que pagase por sus palabras, y por las heridas en la mano de Kaoru, y por todas aquellas cosas que habría dicho de Tomoe a sus espaldas, pisoteando su recuerdo. Ella había sido amable con todos. Ella no se merecía eso.

Entendía la tristeza y la culpa de Osamu, pero había límites que no podía sobrepasar.

—Me pregunto qué opinará tu nueva mujer de todo esto, de la ferocidad con la que defiendes el nombre de tu otra mujer— dijo Osamu, riendo con maldad. Miró hacia la derecha y Kenshin, detrás, a unos cuantos metros, vio a Kaoru. Estaba allí de pie, sola, mirándoles. Sintió una rabia terrible correrle por dentro. ¿Dónde mierda está Sanosuke y por qué no está protegiéndola?

—Eso no es asunto tuyo— contestó Kenshin, cambiando la guardia.

—¡No caigas en sus provocaciones, Kenshin!— gritó Kaoru, con una voz aguda que demostraba su miedo. No la quería asustada. Era el día de su maldita boda y quería que sonriese para él. Todo estaba saliendo de la peor de las maneras, pero aún había tiempo. Solo tenía que acabar lo que había empezado.

—Mientes y manecillas el nombre de Tomoe— dijo, con voz cortante, apretando los dientes. Había una sombra dentro de él, una sombra oscura que le gritaba gírala, gira la sakabatou y honra la memoria de Tomoe. La apartó apretando los ojos—. Nada fue como lo estás contando, absolutamente nada. No la conociste. Ella era... Da igual lo que diga ahora, porque nunca podrías entenderlo. Está muerta y no tengo ninguna intención de escuchar cómo la deshonras. Tampoco tengo nada que esconder, porque Kaoru-dono lo sabe todo.

—Yo no miento. Tal vez eras tú el que no sabías quién era ella. Tal vez intentas aferrarte a su nombre, como si hubiese sido una auténtica esposa, cuando todo el mundo en Kioto, incluso tus propios camaradas del Ishin Shishi por los que habrías dado la vida, la llamaban la puta de Battousai.

—¡No!— oyó gritar. Kenshin tenía la sakabatou en alto y estaba a punto de lanzarse como una pantera sobre su presa, ciego de rabia, con el filo hacia fuera, cuando notó el tirón fuerte de la manga de su gi y luego sus dedos rodeando su antebrazo izquierdo. No se giró, porque no hizo falta. Su voz sonó a su lado, suave y fuerte al mismo tiempo, de la misma forma que su agarre—. ¡No tienes derecho a hablar así! ¡Tu hija la respetó, por eso no buscó a Kenshin hasta que la guerra terminó y supo que había muerto! Ella sabía que era su esposa. Si no puedes tenerle respeto a la memoria de Tomoe-san, ténsela a la de Ume-san.

Kenshin sintió los dedos agarrotados sobre la tsuka de la sakabatou. Osamu estaba a dos metros de él, en guardia, como si se hubiese quedado paralizado. Kaoru había entendido más a Ume, sin conocerla de nada, que el propio Kenshin; que su propio padre.

—Ume— dijo Osamu, con lágrimas en los ojos y furia en la voz—. Ume habría podido tener a cualquier marido. ¿Sabes cuántas peticiones rechazó mientras te esperaba?

—No fue culpa de Kenshin— dijo Kaoru, apretando el agarre sobre el antebrazo izquierdo de Kenshin—. No decidimos de quién nos enamoramos. Estoy segura de que él habría querido amar a Ume-san. Habría sido fácil hacerlo así, pero no es algo que pueda elegirse. Nunca... Él nunca le deseó ningún mal. Y mucho menos se lo deseó a Tomoe-san. Habría dado su vida por ella.

Habría dado... mi vida por ella.

Kenshin bajó la mirada, con el corazón agarrotado.

Kaoru olía a jazmines... Olía a jazmines, y a hogar, y estaba cerca de él y la quería de una forma tan furiosa que su voz era capaz de hacer arder su rencor y convertirlo en cenizas.

Battousai nunca le deseó a nadie ningún mal— se burló Osamu, mirando después a Kenshin—. Parece que las desgracias que han sucedido a tu alrededor son cosa de la fatalidad del destino. ¿De verdad crees eso, que todo el dolor que te rodea no es más que una casualidad de la que eres una víctima?

—No—respondió él, finalmente, retirando la mano derecha de la sakabatou; cogió la Kanji no Ishi del bolsillo de la hakama y la sacó; sintió entonces la mirada de Osamu, llena de rabia, deslizándose por su mano hasta la piedra. Pero también la de Kaoru, que no le soltaba. En verdad, ella no le había soltado desde el día que le preguntó su verdadero nombre, su nombre real, su nombre de persona—. Soy responsable de cada una de esas muertes. Sin embargo, si creyese que muriendo podría pagar por ellas, hace años que no estaría en este mundo.

Levantó la vista y sus ojos se cruzaron con los de Osamu, fieros, más cerca de él. Si hubiesen vuelto a extender sus espadas, podrían haberse tocado.

—No te estoy pidiendo que cometas seppuku sin más. No se trata de eso. Que tú vivas o mueras, a estas alturas, no me importa en absoluto. Sin embargo, tu sangre sobre la Kanji no Ishi sí puede tener un sentido. Sí puede pagar tus crímenes, devolviendo la vida de aquellos que nunca debieron morir. De volviéndome a Riju y también a Ume.

Kenshin miró la piedra. Era negra y algunas partes de ella parecían afiladas, cortantes como una espada.

Recordó los ojos de Ume, verdes como la hierba fresca de inicios de la primavera, con una forma ovalada que hacía que pareciese que siempre sonreía. Como los de su hermano, Riju, que manejaba la espada mejor que cualquier maestro; también recordó otros ojos, oscuros, negros, infinitos. Tantas veces había soñado tener la posibilidad de cambiarse por ella, de cederle su lugar. Tantas veces se había dormido deseándolo, rogándoselo a los dioses pese a saber que era imposible.

Sin embargo...

—No puedo hacerlo— dijo al fin, con la mirada fija en la piedra. Notó el corazón latiéndole fuerte en el pecho y el agarre de Kaoru, tan real—. No quiero hacerlo. Hay alguien que se rompería con mi muerte y eso sí que no puedo permitirlo. Hace un tiempo habría dado mi vida porque los que maté viviesen. Habría dado mi vida a cambio de la de Tomoe. Pero las cosas... han cambiado.

—¿Qué...?

Sumimasen, Osamu-dono— dijo, dejando caer la piedra al suelo simplemente abriendo el puño. Antes de que tocase la tierra, blandió la sakabatou con ambas manos y, girándola, golpeó la Kanji no Ishi, una, dos y hasta tres veces, veloz como el viento, haciendo que se deshiciese en mil pedazos.

Se preparó entonces para el ataque de Osamu, pero nunca llegó. Ni siquiera hizo el intento. Se quedó mirando el polvillo que los restos de la roca habían formado a sus pies, como una galaxia esparcida por la tierra... Lo vio apretar los puños, y después los ojos y, con el paso lento de los vencidos, se alejó de allí, abandonando el bosque con la katana en la mano. Kenshin permaneció con la sakabatou desenvainada, por más tiempo del que habría podido contar, mirando el recuerdo de la silueta de Osamu una vez no estuvo ya a su vista.

¿Ya está?

Habría preferido una auténtica pelea. Habría preferido un grito desgarrador, un golpe que lo tumbase, una herida física que pudiese sanar. Habría preferido... Sintió que las lágrimas se le agolpaban contra los ojos como no lo hacían desde que vio lo que creyó que era el cuerpo muerto de Kaoru. Luchó contra ellas, impidiéndoles salir, apretando las manos.

—Kenshin—. Se quedó inmóvil, con el sonido de su voz a su lado; casi había olvidado que ella seguía allí. Cerró los ojos con fuerza y una de aquellas lágrimas traidoras rodó por su mejilla hasta la comisura de sus labios. Entonces la sintió acercarse, despacio, el par de pasos que los separaba, como si estuviese insegura. Tomó aire lentamente mientras envainaba la sakabatou— ¿Estás herido, Kenshin?

Se giró y, ahora sí, la miró. La noche era fría y se abrazaba a sí misma, con aquel kimono blanco tan extraño, y el pelo suelto bailando a su alrededor, sobre sus hombros y su espalda, y su rostro estaba oculto por ese espeso maquillaje. Pero era ella. Debajo de cualquier artificio, su olor a jazmines, su voz dulce, su preocupación sincera. De pronto todos sus recuerdos dolorosos parecieron más llevaderos y el ki de Kaoru le abrazó desde allí, antes si quiera de llegar a rozarla. Y como si el viento le empujase, se lanzó hacia ella. Recorrió la breve distancia que los separaba en un solo paso y la abrazó con más fuerza de lo admisible, aunque ella no protestó. Al contrario, le devolvió un abrazo fiero, como si fuesen dos piezas de cerámica rotas, otra vez unidas.

Sessha no quería que oyeseis todo eso— susurró en su oído, prolongando el abrazo sujetando su cabeza contra él y perdiendo los dedos en su pelo— Sumimasen, sessha...

—Soy yo quien no quería que tú lo oyeses— dijo Kaoru, también en susurros—. Tú sabes la verdad, Kenshin. No dejes que nadie destruya tus recuerdos con mentiras. Tu recuerdo de ella... Es tuyo. Tienes que protegerlo.

Kenshin se estremeció y la abrazó más fuerte. No tenía palabras de agradecimiento. Esa mujer... Esa mujer aceptaba cada fragmento roto de él. Se separó lo imprescindible para mirarla. Todavía no se habían casado y estaba todo aquel asunto de la mala suerte tan importante para ella, y...

—Kaoru-dono— susurró, mirándola a los ojos, tan cerca que su nariz rozaba la de ella; apartó un mechón de pelo oscuro de su rostro, metiéndolo tras su oreja y sujetó su cara con ambas manos—. ¿Sessha podría...?

Antes de que terminase, Kaoru se movió levemente hacia él y sus labios se encontraron, removiéndole por dentro. Kenshin cerró los ojos mientras ella guiaba aquel beso, suavemente, acariciándole con la lengua. Entonces Kaoru se alejó un poco y él se sintió como si de pronto le hubiesen metido la cabeza bajo el agua, privándole del oxígeno.

—Te había extrañado— susurró ella, bajando la mirada. Kenshin notó un sabor desconocido y se pasó la lengua por los labios. ¿Qué era...? Kaoru subió la mano hasta su boca y le rozó los labios, mostrándole después los dedos—. Es... Es mi maquillaje. Sumimasen.

Él sonrió, imaginándola sonrojada bajo aquella capa blanca. Volvió a besarla, empujando sus labios suavemente con la lengua, abriendo más la boca para tomar todo el maquillaje sobre su labio, y en las comisuras de la boca y... Alguien tosió cerca y ella le apartó poniendo una mano sobre su pecho. Los dos se giraron y vieron allí a su shishou junto a Yahiko, que miraba hacia otro lado, avergonzado. Kenshin se puso tan nervioso que no pudo articular palabra mientras notaba cómo le ardía la cara, hasta la raíz del pelo.

—Menos mal que llego a tiempo antes de que profanéis un bosque sagrado— dijo Hiko, con una mirada perversa, soltando una risotada. Cogió a Yahiko del gi y le obligó a dar un paso hacia delante, casi empujándole—. El chico tiene agallas, aunque casi le cortan un brazo.

—¡Yahiko! — gritó Kaoru, apartándose de Kenshin con poca delicadeza y corriendo hacia él. Intentó mirarle el brazo, pero Yahiko se separó, resoplando y dándole un manotazo.

—¡No es nada, busu! ¡He derribado a cinco! ¡A cinco, yo solo!

Ella le dio una colleja, frunciendo el ceño.

—¡No me llames busu!

—¡Te he dicho que he derribado a cinco mientras tú te dabas besitos con Kenshin! ¡Menuda maestra de mierda!

—¡Ten más respeto, enano!

Kenshin alzó la mirada hacia su shishou, todavía sonrojado. Él le tendió la kodachi envainada, acercándose.

—¿Quién entrena al chico? —preguntó, bajando la voz hacia Kenshin, mientras Kaoru y Yahiko se dirigían al templo, delante de ellos, sin dejar de discutir y de empujarse. La herida del brazo de Yahiko no parecía grave.

—Kaoru-dono— contestó Kenshin. Hiko rió a su lado.

—No sabía que Kaoru-chan conociese el Hiten Mitsurugi ryu— replicó, alzando las cejas. Kenshin le miró sin entender—. El chico ha derribado a un hombre con un ryutsuisen, bastante bien ejecutado, por cierto. ¿Se lo enseñaste tú?

—No—contestó Kenshin—. Lo aprendió observando.

—Bien; ya es más de lo que hacías tú con su edad—. Hiko se detuvo en seco—. ¡Yahiko! —. Yahiko se giró, sorprendido, abandonando aquella discusión eterna con Kaoru; de hecho, los tres guardaron silencio, esperando las palabras del maestro, aunque Kenshin las sabía antes de que saliesen de su boca—. Mi baka deshi, en su infinito egoísmo, ha renunciado a ser el siguiente Hiko Seijuro, de modo que debo encontrar a alguien a quien transmitirle nuestra técnica milenaria, o se perderá. Vendrás conmigo a la montaña y aprenderás los secretos del Hiten Mitsurugi ryu. Pero te advierto que tendré menos paciencia que con él. Si levantas tu espada por alguna causa política, será lo último que hagas.

Kenshin frunció el ceño. No veía el problema de que su estilo se perdiese en los anales de la Historia, realmente. Ya no era necesario un estilo tan poderoso en una nueva Era de paz. Posó los ojos en Yahiko. Estaba allí, quieto, junto a Kaoru, que tenía la vista clavada en el suelo. Yahiko la miró, sin decir nada. Entonces Kaoru sonrió y su sonrisa fue sincera.

—No pasa nada, Yahiko. Sé que es lo que soñabas, aprender el estilo de Kenshin para hacerte más fuerte. Lo entiendo. De verdad, no te preocupes.

Kenshin quería protestar. Quería decir algo, enfadarse, enfrentarse a Hiko, golpearle con la sakabatou, pero antes de que pudiese hacer nada de todo aquello, Yahiko habló.

—Gracias, pero no me interesa— dijo, mirando a Hiko y después a Kenshin. Tocó la tsuka de su shinai, sujeto a su obi, con una sonrisa de satisfacción—. Aunque algunas veces use movimientos que vi a Kenshin, soy discípulo de la escuela Kamiya Kasshin ryu, de la espada que protege y seré el más fuerte aprendiendo este estilo. No lo cambiaría por otro, ni siquiera por el de Kenshin.

Hiko agitó la cabeza, soltando un suspiro.

—Vaya por Dios. Es una pena; parece que tú sí medirás más de metro y medio.

Shishou... — empezó Kenshin, frunciendo el ceño. Hiko le ignoró, volviéndose hacia Kaoru.

— En fin, Kaoru-chan, cuando mi baka deshi te entregue su semilla, traeme el fruto cuando tenga unos diez años.

—¡SHISHOU!

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Kaoru miraba su mano derecha, buscando las heridas. Kenshin la contemplaba en silencio, sentado a su lado, con la coleta medio deshecha.

Sessha no está herido, Kaoru-dono— repitió por tercera vez—. No es mi sangre.

—Kenshin— dijo entonces, convirtiendo su examen pormenorizado en una caricia que atravesó toda su palma, hasta acabar en sus nudillos—. ¿Dónde crees que habrá ido? Osamu-sama.

Kenshin suspiró.

—Espero que haya vuelto a su casa. Su mujer lo necesitará.

Kaoru le miró, sin dejar de acariciar su mano. Era extraño cómo, pese a lo duro de aquel momento, su presencia le hacía sentir en paz.

—Tal vez es mejor que dejemos la boda para otro momento, cuando Misao pueda...

—No— le cortó, intentando no sonar brusco. Kaoru le miró a los ojos, expectante—. Hagámoslo ahora. Por favor. No quiero volver a casa sin hacerlo.

Kaoru sonrió de forma amplia y pese a aquel maquillaje parcialmente emborronado cerca de los labios, estaba preciosa. Brillaba, y era fácil que su brillo contagiase a los que la rodeaban, también a él. Quiso besarla, pero estaban todos demasiado cerca y ya había tenido suficiente con el espectáculo frente a su shishou, que probablemente se lo recordaría hasta el día de su muerte, de modo que se que se limitó a coger su mano y comenzar a caminar hacia los demás. Esperaba que el monje no estuviese demasiado traumatizado como para aceptar casarles, aunque fuese casi medianoche.

—Kenshin— susurró ella, apretando sus dedos; él la miró, sin detenerse—. Después... Me gustaría que viniesen... Que viniesen todos al dojo. Me sentiría mejor si dormimos todos juntos, pero no quiero que tú... No quiero que... Es decir, es nuestra noche de bodas y nosotros no...

Él le devolvió el pequeño apretón en la mano, sonriendo.

Sessha también querría que esta noche estuviésemos todos juntos.

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La ceremonia fue tan breve como extraña. Apenas quedaba sake, de modo que se limitaron a hacer un amago de beberlo. Por otro lado, Kaoru no llevaba gorro, su pelo estaba suelto y enredado y su maquillaje, desdibujado, aunque la niña del Akabeko había hecho un trabajo decente intentando redistribuirlo de forma uniforme por el rostro. Además, la ropa de su discípulo estaba hecha un desastre, con sangre en varios de sus puntos y algún que otro enganchón en las mangas del gi.

Todo fue rápido, pero Hiko Seijuro no se perdió un detalle. Se suprimieron los elementos accesorios, algo que le dio cierta envidia. Él no podía escapar de todo eso en su boda; no acompañó a Kaoru a ningún sitio, porque ya estaban todos allí donde se los esperaba. Se limitó a situarse junto a Kenshin, en esa labor de padrino que tan poco le había gustado recibir. La madrina habría sido la niña ninja del Oniwabanshu pero, en su ausencia, una Kaoru más determinada había designado a Jun. Así que allí estaban los dos, Hiko y Jun, junto a los novios, bendiciendo de alguna manera aquella extraña unión.

Tampoco hubo votos, aunque Hiko percibió en las miradas de los dos, Kenshin y Kaoru, todo lo que ningún conjunto ordenado de palabras podría expresar. Había criado a ese idiota desde que apenas levantaba un palmo del suelo; lo había alimentado, le había golpeado hasta rendirlo y le había obligado después a ponerse en pie, una y otra vez, tras morder el barro. Le había enseñado que la vida lo derribaría mil veces, y que debía sobreponerse mil y una. Sin embargo, entonces no habría podido imaginar hasta qué punto llegaría a hundirse en la mierda. Cualquiera con un poco de fuerza en las piernas podía salir de un pequeño charco, pero abandonar una cíenaga llena de sangre, eso era otra cosa. Abandonar un nombre, un pasado, un estigma, otra muy diferente. En algún momento lo dio por acabado. Ese estúpido niñato al que entrenó había probado la sangre y no habría solución para su mal, se dijo; se había perdido, se había perdido para siempre.

Estaba equivocado.

Sonrió fijándose en la torpe forma en que lanzaba miradas de soslayo a Kaoru-chan, como si fuese un adolescente. Nunca deseó que fuese infeliz. Nunca lo sacó de aquel campo sembrado de tumbas para enseñarle a cavar con destreza muchas más, mucho más deprisa. Quiso convertirlo en un maestro de la espada por encima de cualquier hombre y, de alguna manera, pese a todo, había llegado a ser un hombre, por encima de cualquier espada.

Kenshin, como si leyese su mente, se giró y le miró. Él, como respuesta, asintió con la cabeza, y su discípulo se acercó a Kaoru, ahora ya con su apellido, y le dio un beso suave en los labios. Jun apretó su mano y Hiko reprimió un suspiro.

Definitivamente, se estaba enterneciendo con los años.

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La visita a la clínica no fue como Kenshin había esperado. Megumi les explicó a aquella horda nupcial apostada ante sus puertas que Misao necesitaba descansar, y que tendrían que irse a dormir y volver al día siguiente, cuando quizás estuviese despierta. Había terminado de operarla hacía apenas una hora y aún dormía, bajo los efectos de la anestesia. Tras una dura negociación con Sanosuke, la doctora accedió a que, además de Aoshi, permanecesen en la clínica dos personas más. Todos se ofrecieron, pero hubo alguien que se impuso sobre los demás con feroz determinación.

—Yo me quedaré. ¡Marchaos!

La voz de Kaoru hizo que todos callasen. Llevaba el maquillaje de su boda, pues habían ido directos desde el templo hasta la clínica. Kenshin miró sus propias ropas, ensangrentadas. Cualquiera que los hubiese visto habría salido huyendo.

Sessha se quedará también.

—No— dijo Megumi, agitando la cabeza—. Vosotros iréis al dojo. Pueden quedarse...

—Yo voy a quedarme, digas lo que digas— le cortó Kaoru, sentándose en el suelo, frente a la puerta de la habitación donde descansaba Misao—. Si me echas, dormiré en la hierba, pero no me moveré de aquí. Los demáis iréis a dormir al dojo, Yahiko os llevará a todos.

—Pero Kaoru... — empezó el chico, contrariado. Ella negó con la cabeza.

—Mañana recogeréis las cosas de la pensión. Hoy prefiero que estéis todos juntos en casa.

Todos no incluiría a Hiko y Jun; ellos habían ido directamente de vuelta a la cabaña, tras decir Megumi que no podrían entrar a ver a Misao. Kaoru había intentado que se quedasen, pero Hiko fue claro: Esa niña necesita descansar, y todos vosotros también... Bueno, tú no, había dicho, poniendo su gran mano sobre la cabeza de Kenshin, como si fuese un niño. Tú necesitas darme pronto un heredero de nuestro estilo, así que espero que empieces hoy mismo a intentarlo. Kenshin se había sonrojado hasta la muerte, pero aún le quedó voz para replicar: Si quieres un heredero del Hiten Mitsurugi ryu, ten el tuyo propio, shishou. Hiko le había dado una colleja tan fuerte que estuvo a punto de tirarle al suelo. Prefiero torturar a un niño de tu sangre, baka.

Kenshin miró a Kaoru; sus ojos tenían ese brillo determinado. Sería imposible hacerle cambiar de opinión, por eso se unió a su exigencia.

Poco después, Yahiko abandonaba la clínica con todos para conducirlos al dojo y Megumi se quedó junto a Kenshin y Kaoru; se sentó frente a ellos, posando sus ojos en Kenshin.

—¿Vivirá? — preguntó él, en voz baja, sin miramientos.

—Espero que sí— dijo Megumi, asintiendo con la cabeza.

—Misao...— susurró Kaoru, soltando aire. La mano de Megumi atrapó la de ella, apretándola.

—Misao nos necesita fuertes. Aquí no hacéis nada, Kaoru. Además, hoy ha sido vuestra boda— añadió, evitando mirar a Kenshin. Él se sonrojó otra vez, manteniéndose en silencio. Maldita sea, nunca pensó que tendría tantas ganas de que la noche de bodas pasase cuanto antes para que todos dejasen de mirarle de aquella manera.

—¿Y si esta noche Misao...?

—Esta noche descansará. Aoshi la tiene cogida de la mano y no parece dispuesto a soltarla hasta tenerla de vuelta en Kioto— dijo, levantando una ceja. Kenshin esbozó una sonrisa; esperaba que Misao, de alguna manera, pudiese sentirlo—. Mañana a mediodía podéis estar aquí. Si despierta, os verá. Y si no os ve, verá a Aoshi. No quiero entristeceros, pero creo que le preferirá a él.

Kaoru sonrió, ahogando un suspiro.

—¿Y qué pasa contigo, Megumi? Llevas toda la noche trabajando.

—Yo estoy bien, tonta. Además, si fuese mi noche de bodas, ¿crees que estaría ahí sentada? —. Kenshin volvió a bajar la mirada y notó que, a su lado, Kaoru hacía lo mismo. Megumi rió, agitando la melena—. Parecéis dos quinceañeros. Voy a por algunas vendas limpias y cuando vuelva no quiero veros aquí, ¿entendido? ¿Queréis que os recuerde qué da más mala suerte que ninguna de las cosas en este mundo?

Kenshin descubrió que no quería saberlo. Kaoru se levantó de un salto, lo más rápido que le permitió su kimono nupcial y le ofreció una mano. La cogió y ella tiró, ayudándole a ponerse en pie.

La vuelta al dojo desde la clínica fue... rara. Los primeros minutos caminaron en silencio, muy cerca el uno del otro, bajo la luz de una luna más brillante que nunca. ¿Era tal vez la noche más hermosa que Kenshin había visto jamás? La belleza está en los ojos del que la mira, había escuchado una vez; era mentira, por supuesto. Por el rabillo del ojo miró a Kaoru, recorriendo el perfil de su rostro. Su belleza no estaba en él, ni en sus ojos. Iba más allá de todas las cosas, y se convertía en un grito imposible de ignorar. Era preciosa, era buena, era valiente y era su mujer.

Cuando llegaron a la altura del cerezo donde siempre giraban al volver del mercado, cogió su mano. Kaoru se detuvo, mirándole. Con sus manos, muy despacio, Kenshin retiró un poco del maquillaje de sus mejillas. Quería a Kaoru de vuelta, a toda ella, su piel, sus lunares, sus cicatrices, sus marcas de guerra. Los dos sonrieron al mismo tiempo.

Kenshin no sabía qué había hecho para ganarse el favor de los dioses, pero no les haría cambiar de opinión. Les demostraría que sabía hacer otra cosa además de empuñar una espada. Formarían una familia, y le daría a Kaoru todos los hijos que ella quisiese, y les hablaría de la estrella rurouni que al final fue la estrella valiente, y dedicaría sus días a protegerles. Bebería té con ella de madrugada en la engawa, y sembrarían el huerto, trabajarían la tierra, le enseñaría a cocinar y la llevaría al cielo cada noche bajo su cuerpo, y la amaría con todas sus fuerzas, con todo su espíritu. Todo eso podía hacerlo. Para todo eso no necesitaba una espada, ni siquiera necesitaba el Hiten Mitsurugi ryu. Le bastaban sus ojos, su voz, sus manos y su boca.

Bastaba con ser simplemente Kenshin. Nada más, y nada menos.

Besó a Kaoru, despacio. Ella le devolvió un beso que no fue un beso, sino un voto.

— Himura Kenshin— susurró ella, tan viva, tan real, con una sonrisa que era un relámpago en la oscuridad. Su nombre entonces cobró todo el sentido del mundo, y no pudo hacer otra cosa que besarla otra vez, y otra más.

—Himura Kaoru— contestó, y los dos rieron el uno en la boca del otro, creando un eco íntimo que rebotó en lo más profundo de ellos.

Kenshin la cogió de nuevo de la mano y tiró de ella, suave, dirigiéndose juntos hacia el dojo Kamiya.

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Tardaron el triple del tiempo habitual en llegar, aunque no era de extrañar. Cada cinco metros se detenían a besarse contra algún árbol, o simplemente en medio de la calle. Era de madrugada, ¿a quién podía importarle? Kenshin estaba seguro de que no había sentido esa clase de hambre voraz en toda su vida. Kaoru reía y lo apartaba, para después a traerle otra vez y deslizar su mano por dentro de su hakama mientras él susurraba palabras de contención. Kaoru-dono, kudasai... Kaoru-dono, no hagáis... Estamos en medio de la ciudad... Pero sus intentos por mantener la cordura parecían animarla todavía más, así que cuando abrieron entre risas ahogadas la puerta principal Kenshin tenía el gi abierto de par en par y algunos lazos del obi de Kaoru eran ya parte de la historia.

Entraron de puntillas, sin hacer ruido, aunque fue poco útil. Sanosuke estaba apostado en la engawa, con los ojos abiertos y los brazos cruzados. Cuando les vio aparecer levantó una ceja.

—Por Kami, ¿qué hacéis aquí?— susurró, poniéndose en pie. Kenshin se llevó un dedo a los labios.

—Shh, Sano. Vamos a dormir— dijo, luchando por no sonrojarse y aparentar normalidad—. ¿Está el dormitorio de sessha... nuestro dormitorio ocupado?

—Claro que no, ¿cómo íbamos a meternos en vuestro dormitorio?— replicó Sanosuke, mirando a Kaoru—. Jou-chan, das miedo.

Kaoru le dio un puñetazo en el pecho.

—¡Imbécil!

—Kaoru-dono— dijo Kenshin, cogiéndola de la mano para calmarla—. Sessha cree que Sano se refiere a vuestro maquillaje.

Sanosuke resopló, tocando la cara de Kenshin en un gesto rápido y mostrándole después los dedos.

—Tú no estás mucho mejor. Joder, lleváis todo escrito en la cara como dos críos— dijo en un susurro, girándose y volviendo a la engawa—. Sólo os pido que no hagáis tanto ruido como aquel día.

Kenshin soltó a Kaoru y se tocó el rostro. Blanco. Ahora sí se sonrojó terriblemente. La mitad del maquillaje de Kaoru ahora debía tenerlo él, claro.

Kaoru, ignorando a Sanosuke, cogió a Kenshin de la mano y tiró de él hacia el dormitorio. Él se dejó arrastrar, demasiado avergonzado como para manifestar sus objeciones. Sin embargo, ya tras la puerta de shoji, con los dedos de Kaoru desanudándole con habilidad los lazos de la hakama, sí habló. O al menos lo intentó.

—Kaoru-dono— susurró, frenando sus manos—. Hoy hay mucha gente.

—Kenshin— contestó ella, metiendo la mano bajo su ropa—. Si no empiezas ya a quitarme el kimono, nos dará el mediodía.

—Nos oirán, como la otra vez...— susurró él, sacando la mano de ella de dentro de su ropa y convirtiendo su pasión en un beso dulce que, como ya imaginó, no la convencía en absoluto. Kaoru, ignorando sus palabras, empezó a quitarle el gi mientras su lengua viajaba por su cuello. Entonces Kenshin la apartó suavemente, jadeando y ella le empujó contra la pared y volvió a besarle con fuerza, casi mordiéndole.

Kami, Kaoru no estaba colaborando en absoluto.

—¿Es que no tienes ganas?— preguntó ella contra sus labios, aprisionándole más contra la pared.

—Sí. Claro que sí— añadió, por si pudiese haber algún resquicio de duda—. Pero... Están todos. Todos.

Kaoru rió.

—Pues tendrás que esforzarte más para no quedar mal...

—Kaoru-dono...— protestó él, frunciendo el ceño. Ella volvió a apretarle contra la pared, sujetando sus manos abajo, impidiéndole moverse.

—Kenshin— susurró Kaoru, apartando ligeramente su boca para mirarle—. Quítame el kimono. Quítame el kimono de una vez y hazme el amor. Me da igual cuánta gente haya en el dojo, como si está aquí todo Japón. Hoy es nuestra noche de bodas y no quiero dormir ni un minuto. Ese es mi deseo.

Kenshin sonrió, sintiendo cómo toda la sangre de su cuerpo se concentraba, ardiendo.

—Deseo concedido— susurró, liberándose las manos con algo de fuerza y, de un tirón, la obligó a cambiar de posición, siendo ella ahora quien estaba contra la pared.

La besó sin contenerse, con la dulzura feroz que sabía que ella adoraba mientras luchaba por quitarle aquel kimono infernal sin convertirlo en pedazos como su instito le pedía. Después de demasiados minutos y unas cuantas maldiciones, ella estaba desnuda y él hacía tiempo que había dejado de ser racional. La empujó contra la pared, haciéndola suya y tapando suavemente su boca, como la primera vez, recordándole que no estaban solos; aunque a Kaoru, de nuevo, parecía no importarle.

Después pasaron de la pared al futón, y del futón rodaron al suelo, y por el camino tiraron un par de lámparas de shoji y una absurda mesa que Kenshin no sabía cuándo había aparecido allí y Kami, todo Tokio debía estar escuchándoles. Kaoru reía entre gemidos, y Kenshin se atrevió con cosas que nunca antes había hecho, y se rieron todavía más, como no pensó que podría reírse en una noche de bodas.

Y también se dijeron muchas palabras entrecortadas, pequeñas confesiones inconexas ahogadas por la falta de aliento que partían de algún sitio en el fondo de ellos mismos.

Eres preciosa, seguido de un beso audaz,

sigue, y una mano guiándole un poco más allá,

adoro tu pelo, y sus dedos liberándolo para dejarlo caer sobre sus hombros,

¿así?, y una duda resuelta con un suspiro profundo,

aishiteru, Kenshin

sessha mo, Kaoru-koishii.

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FIN.

*Aishiteru, te amo.

*Sessha mo, "yo también" estilo samurai xD

"Koishii, "cariño", o una forma cariñosa parecida.

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Nota.

He dejado la historia de Aoshi y Misao pretendidamente abierta, porque honestamente creo que en uno o dos capítulos no podría darle el cierre que se merece. No sé si en algún momento me atreveré a hacer algo independiente con ellos, pero sí pienso que Aoshi tiene demasiados traumas detrás, todavía sin resolver. Necesita un arco de personaje lento, al estilo del que intenté construir para Kenshin, y no quería darle carpetazo para juntarlo con Misao de cualquier manera. Creo que no sería así como funcionaría. Ellos necesitarán su tiempo. Misao se recuperará de sus heridas y, después, tendrán que ver cómo reconstruyen su relación.

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Abi Taisho, gracias por tu review! A mí también me da penita acabarla, pero ya era muy larga y necesitaba ponerle un final antes de que me pasase como esas novelas que acaban teniendo 400 capítulos y todo se enreda demasiado xD Gracias por la paciencia!

Atarashii Hajimari, gracias por tu comentario! Jajaja lo de la piedra fue un poco ida de olla, pero no me sentía yo misma escribiendo una boda normalita sin dramas de por medio, de hecho creo que el drama es consustancial a la vida de Kenshin, así que no me pareció tan extraño que antes de la boda se liase parde xD A mí me gusta que Kenshin se dedique a Misao, como a una amiga, creo que siempre tuvo con ella un poco esa relación de "hermana pequeña" a la que proteger. Y espero que Osamu haya quedado para ti suficiente masacrado jajaja no fue una masacre física, pero sí es un personaje un poco infame que necesitaba una lección.

Kaoru Tanuki, me encanta lo del giro esotérico, soy peor que las telecomedias de después de comer xD Pero mira, tanto confinamiento acaba por afectarnos todos ajaja Yo creo que efectivamente Aoshi tiene esa culpa dentro que no le permite avanzar. He querido dejar el final entre ellos abierto a una posible relación pero sin concretarla, porque creo que Aoshi necesitaría un largo periodo de reconstrucción en positivo para poder empezar algo con alguien, sin acabar por arrastrar a Misao a su drama. Un proceso parecido, aunque disitnto, al que intenté que atravesase Kenshin en estos 37 capítulos... Claro que no puedo tirarme otros 37 con Aoshi xD El tema del "daría mi vida porque ella viviera" creo que por fin le ha quedado claro a Kaoru, al destruir la piedra y con ella toda posibilidad de volver atrás. Ha sido difícil el cierre, pero ya está!

Anne Pat, he querido dejar la relación de Aoshi y Misao un poco en el aire, quizás más adelante me atreva a escribir sobre ellos algún "spin off", porque para profundizar necesitaría unos cuantos capítulos y no quiero llegar a las 200.000 palabras que esto parece ya Guerra y Paz pero en fic jeje gracias por tu apoyo. Espero que te guste el final.

kaoruca, me alegro de que te gustase el paréntesis un poco extraño, la verdad es que no estoy nada segura de la idea de haberlo metido, pero luego pensé, es un fic, estoy experimentando, como decimos en Galicia: qué carallo! así que para delante. Espero que te agrade el final de mi "Historia interminable" en la que solo falta Atreyu jeje. Un abrazo y seguimos leyéndonos!