La puerta corredera automática del laboratorio emitió un zumbido al accionarse y dejar paso al hombre.

—Hola, Vegeta —lo saludó ella desde el fondo en cuanto lo escuchó llegar, aun sin levantar las pestañas del ordenador con el que trabajaba—. ¿Ocurre algo?

El nombrado avanzó en silencio por la enorme sala, carente de luz natural y cuyo reloj de la pared, junto a la puerta, no lo había visto en funcionamiento desde que tenía memoria. Era bien entrada la noche, el chico y los enanos estaban en el séptimo sueño y esa era la cuarta noche consecutiva que Bulma no subía a cenar. Hasta para él era una barbaridad lo que se estaba excediendo en su trabajo.

Llegó hasta el escritorio, pasando de largo de un aparato colosal, al cual su mujer le estaba dedicando cada segundo de aquellas últimas semanas, y de otra colección de chismes que zumbaban como si tuvieran un corazón artificial propio, todos en torno al que ocupaba una posición central y conectados a ella con innumerables cables de alimentación y monitoreo.

—Es tarde —soltó de mala manera cuando le dejó el bol de fideos sobre la mesa, entre la laptop y una columna desordenada de papeles y carpetas.

Bulma levantó la vista al fin por encima de la pantalla. Su marido la miraba severo, los brazos cruzados sobre la camiseta negra de tirantes y los labios curvados hacia abajo. Luego, miró su reloj de pulsera y abrió los ojos.

—Vaya, no sé qué me pasa últimamente —admitió—, que se me va el santo al cielo.

—Jum.

El saiyan le dio la espalda y se acercó a mirar lo que llevaba armado de la máquina hasta la fecha.

—Supongo que ando tan entusiasmada con esto que no veo nada más —dijo en mitad de un bostezo. Se desperezó en la silla y se levantó despacio, sobándose la parte trasera de su cintura con ambas manos. Se sentía entumecida y pensó en la cantidad de horas que habría pasado en la misma postura—. Oye, y ¿a ti qué te pasa ahora? —dijo después de tallarse los ojos—. Nunca vienes a buscarme al laboratorio y a reñirme por ser una esposa trabajadora y responsable. Y tampoco recuerdo que te dignes en hacerme y traerme la cena. Es un detalle de los que no tienes nunca.

Tomó las varillas, abrió la tapadera hermética del bol y dejó que el aroma del ramen llenara sus fosas nasales. Probó una buena ración, hambrienta como estaba, y lo reservó ahí para luego. Caminó hasta él, relajada, dejando caer su antebrazo en el hombro del saiyan.

—No te acostumbres —renegó él de vuelta.

Le echó un vistazo de reojo y aprovechó que Bulma admiraba su obra a medio construir, despistada, para detenerse un leve y furtivo instante en su rostro siempre juvenil, con someras líneas de madurez, la forma de sus labios y su tono natural, sin carmín, a juego con el color de sus mejillas al sonrojarse o el de otras zonas de su cuerpo, las cuales eran igual de exclusivas para él y que solo con imaginárselas le provocaban un erótico cosquilleo en el vientre. Y sus ojos, con su eterno y vibrante azul, siempre titilaba danzarina el brillo de la ilusión cuando tenía una idea, un plan, un chantaje para con él o, como en esta ocasión, cuando contemplaba un nuevo cachivache suyo. Aunque, en esta ocasión comprobaba que era diferente.

Se trataba de la máquina del tiempo.

—¿Para qué necesitas este trasto? —preguntó él, hosco.

No era su versión futura. No necesitaba viajar al pasado para prevenir a nadie de ningún desastre porque ya se encargaba él personalmente de todo eso. Apenas habían pasado unas semanas desde su enfrentamiento contra Zamas y Goku Black, de hecho Trunks se había marchado un par de días antes, era imposible que se le hubiera olvidado lo que sucedió o que se sintiera insegura por alguna amenaza.

—Como si no hubieras necesitado una de estas alguna vez —contestó la mujer en el mismo tono y aderezado por una mirada de soslayo. Adoptó su misma postura, a la defensiva. La cosa era seria por lo que intuía—. ¿Se puede saber qué tienes?

—A mí no me pasa nada —zanjó ese tema y se dirigió a la puerta—. Después de que lord Beerus destruyera la anterior, no sé cómo te arriesgas. Con el mal genio que tiene cualquier día nos borra de un plumazo.

—Vamos, ya sabes que al Dios de la Destrucción me lo gano con cuatro cosas ricas que le traiga de algún chef famoso. Eso me recuerda...

—Te ha costado acordarte —ironizó el saiyan.

Había tardado en entenderlo. La naturaleza de Vegeta era estar siempre de mal humor, pero saber el motivo de su enfado en según qué momento era harina de otro costal. Resultaba que al día siguiente, según había acordado con Whiss, se marcharía a seguir entrenando y, claro estaba, no quería irse sin recibir un poco de atención por su parte. No es que fuera una persona excesivamente demandante, pero lo cierto era que desde hacía meses no disfrutaban de un tiempo a solas en condiciones, con tranquilidad, sin prisas ni amenazas apocalípticas. Primero, él había estado meses fuera con el dichoso entrenamiento, luego sucedió lo de Black Goku y, para terminar, ella se estuvo dedicando en cuerpo y alma a la máquina del tiempo desde ese momento.

Podría ponerse terca y decirle que no fuera egoísta, pues bien que podría esperar a que ella terminara para que le diera mimos e irse más tarde. Pero, siendo realistas, el motivo por el que Vegeta actuaba así era, precisamente, para no interrumpir su trabajo. Nunca antes lo había hecho, no iba a cambiar eso con el tiempo, aunque tampoco se había visto inmersa en algo tan revolucionario como los viajes en el tiempo. No iba a desaprovechar la oportunidad así ahora que tenía los planos y todo lo necesario para realizarla, por muchos Hakaishins que le destrozaran su trabajo, ella lo levantaría desde cero las veces que hicieran falta.

Sin embargo, tampoco debía descuidar lo demás, ni a su familia ni a ella misma. De lo contrario, sería insano.

Cambió el peso del cuerpo a una pierna y posó las manos en las caderas, entrecerrando la mirada en un ademán provocador.

—Así que has venido porque me vas a echar de menos —coqueteó sin recelos. Al grano. Si había venido en busca de cariño, se iba a llevar una buena ración.

—Deja de ser tan presumida, solo he venido a ver en qué andabas, nada más. —Rehuyó la mirada burlona de su mujer, pero se envalentonó milésima de segundo más tarde. Alargó el brazo y la acercó a él desde la cintura en un movimiento audaz, haciendo que ella chocara de la inercia contra su costado y jadeara del sobresalto—. Si hubiera venido a lo que piensas serías tú la que estuviera encima del escritorio y no ese apestoso bote de fideos —le susurró en un tono tan amenazante como sensual.

—No te hagas el interesante —le habló tan de cerca que sus narices chocaban. Puso las manos sobre sus hombros, una desde la espalda y otra a través de su pecho. A duras penas lograban contener los impulsos de sus labios, ansiosos por tocar los del otro—, eres tú el que ha venido a traerme la cena.

Difícil resistirse. Vegeta entreabrió la boca e hizo el amago de ir a por la de ella, que le siguió, pero retiró un poco la cabeza le sonrió a medias con picardía, provocando el fastidio de ella y aumentando las ansias del contacto. Había logrado que apretara la pelvis a su muslo, encendida de deseo.

—Si alguien se tiene que comer a alguien —se acercó a su oído y le bisbiseó mientras le apretaba una nalga—, voy a ser yo.

Bajó la cabeza y le mordió suavemente en el cuello. Ella bizqueó de placer en respuesta.

Con el frenesí que conllevaba una sesión de sexo improvisada, Bulma obvió el hecho de que los botones de su bata de laboratorio saltaran por los aires, como también que su camiseta verde quedara hecha un harapo o que le hubieran quitado los jeans de un poco delicado tirón. Tan pronto como se tocaron, su espalda chocó completamente desnuda contra la chapa helada de la máquina del tiempo, recibiendo un agradable masaje en sus senos y una de sus piernas se encaramaba en torno a la cintura de Vegeta, con la ayuda de una mano de este en torno a su rodilla, recibiendo el duro y evidente empuje de su hombría en el centro de la diana, aún vestido.

La estructura a medio construir comenzó a tambalearse.

—Vegeta —masculló sin mucho ánimo de interrumpir la tarea que llevaba a cabo en sus pechos—, vas a tirar la máquina del tiempo.

—Si se rompe será culpa tuya. —Dejó de trabajar su cuello para morderle la mandíbula y ascender a su boca—. No me provoques si saber lo que va a pasar.

Bulma tuvo que esperar a lamer sus labios para protestar:

—Llévame al sofá, so bruto.

La subió sobre su regazo con ímpetu y poco recato, cosa que estremeció a su mujer e hizo gala de todo lo vulgar que puede llegar a ser en esas circunstancias con un escandaloso suspiro.

—Eres una descarada. Si se rompe no quiero saber nada después —se quejó de boca para fuera, excitado como estaba.

Medio segundo después la dejó caer a dos centímetros de los cojines, deseoso de escuchar otra aguda queja de sus labios y poder responderle con una sonrisa torcida. Las despedidas así eran menos despedidas para Vegeta, aunque le encantaba alardear de su supuesta frialdad de corazón fingiendo ignorarla, la realidad era diferente y prefería vivir y recordar momentos como ese en sus días de ascetismo. Hacían que todo tuviera sentido.

Se quitó la ropa en un santiamén y se cernió sin titubeos sobre ella, rozando impúdicamente sus sexos sin penetrar, sonriendo ante la expectativa, haciéndose de rogar, malicioso.

Ella se mordía la lengua, sujetando las ansias, pero dejando que sus caderas bailotearan sin control de un lado a otro, sin controlar tampoco la oleada de agitación que impulsaba su pecho y su espalda de arriba abajo, delatando lo que su voz callaba inútilmente.

La risa de Vegeta resonó en su torso. Adoraba tenerla atrapada y expectante. Fue un poco más allá y tentó su boca, que salió mordida levemente de la incursión, pues se apartó rápido. Luego, cruzaron miradas, desafiantes como gustaban hacerlo en sus batallas de cama. Bulma sintió un tímido roce en su intimidad, húmedo, fruto de un sutil empuje de él, y le sostuvo la mirada en silencio, sin despegar los labios, aunque controlando apenas el desasosiego que le produjo en buena parte de su anatomía. Él sonrió, pensando que la tenía donde quería. Entonces acercó sus caderas de nuevo, retador, y ella apresó su cintura con las piernas, obligándolo a entrar de una vez para liberar la tensión generada. Finalmente se desató una tormenta en ambos cuerpos desde ese punto de unión hasta cada una de las puntas de sus extremidades.

Sentirlo entre sus piernas, su cuerpo empujando sobre el propio, notar el placer que le embargaba también a él, sus temblores y el vigor creciendo más y más dentro de ella... ¿Es que había algo mejor en el mundo? Alargó una mano hacia su rostro, tenso, y tocó los labios entreabiertos de su guerrero. Este los besó, los lamió y mordisqueó sin dejar de introducirse intermitentemente en ella desde el otro lado. Descendió luego un poco la cabeza y pasó a degustar la palma de la mano, la muñeca y el delicado antebrazo de su mujer. Adoraba acariciar con los labios esa piel tan extremadamente suave y delicada de ella, aspirar su aroma, notar su calor y su pulso desbocado por el placer que él le proporcionaba.

Envolvió su cintura, aplastó sus senos contra su torso, se aproximó a su oído poco antes de proporcionarle una estocada profunda y lenta, una que permaneció por unos largos segundos en lo más profundo de su cavidad, palpitantes los dos. Y le gruñó por lo bajo, contenido.

—Dime que lo quieres —le pidió con voz áspera.

—Vegeta... —le costaba enunciarlo con la garganta así de seca.

Otro empuje. Bulma apretó los labios y los párpados. Su interior empezó a convulsionar, pero no podía ceder. Recorrió la ancha espalda de su esposo con los dedos: una mano se perdió en las dorsales; la otra fue más allá de la cintura, a esa vieja conocida que tantas alegrías les daba a ambos. Le faltaba muy poco, notaba su clítoris estallar cuando llegó a la cicatriz de su olvidado distintivo saiyan y la rozó parcialmente. Inmediatamente, Vegeta se estremeció sobre ella, notó que su falo crecía más todavía y rompía a temblar incontroladamente. La venida del orgasmo fue inevitable en ese punto y una oleada de deliciosos espasmos la embebió por completo durante unos eternos segundos.

Poco después, tras embestirla repetidamente unos segundos más, llegó el turno de Vegeta. Se estremeció, gruñó, se estremeció otra vez y se sostuvo sobre los brazos para no desplomarse sobre el cuerpo híper relajado de su esposa. Luego salió de ella, descansando sobre sus rodillas, dejándole espacio a Bulma para levantarse.

Se dejó caer en el sofá, relajado más que cansado, y vio el apetitoso trasero de ella contonearse de camino a la puerta del aseo, mientras observaba como la luz de los fluorescentes hacían relucir tímidamente, una gota de semen que le resbalaba por el interior del muslo.


—Menos mal que tuve la genial idea de cambiar los sillones —se congratuló Bulma. Recostada sobre el reposabrazos, con las piernas extendidas por encima de los muslos desnudos de Vegeta, sorbía despreocupada el recipiente de fideos precocinados—, en los antiguos era imposible hacer nada de estrechos que eran.

—Hmm —pronunció sin determinar si aquello era una queja o una afirmación a lo que acababa de decir su mujer. En ocasiones le seguía costando digerir la naturalidad con la que hablaba de esas cosas, demasiado ordinaria. Con los ojos cerrados, los brazos cruzados y las piernas extendidas, se sentaba paciente a que ella terminara de cenar, posponiendo el fin del momento—. Acuérdate de borrar la memoria de las cámaras, no me apetece que nadie ande viendo cosas que no les interesan.

Bulma reprimió una risa y casi lo paga caro expulsando un fideo por la nariz. Sabía porqué lo decía. En una ocasión, durante el desayuno con toda la familia al completo, su suegra le había felicitado por su pericia al realizar ciertas posturas dignas de manual, y le hizo saber lo feliz que le hacía saber que su hija estaba plenamente satisfecha en el plano marital. La razón fue un encuentro espontáneo en el laboratorio que quedó registrado en las cámaras de seguridad y al día siguiente, dado el destrozo que había en el lugar, el Dr. Brief revisó las imágenes de la noche anterior. Tan interesante le pareció lo que vio que llamó a su mujer para verlas juntos y tomar algunos apuntes, de paso.

Aquel desayuno había sido memorable. Bulma recordaba a la perfección el rostro enrojecido de Vegeta y la vena hinchada de su frente. Él abrió un ojo para mirarla de refilón, irritado. Aún esperaba su respuesta.

—Claro, claro... Descuida —logró decir luego de darse unos golpes en el esternón para poder tragar la masa que se le había formado en la garganta—. No tienes ni que decirlo —rió libremente. Mientras, el saiyan desviaba la mirada de las arrugas que se le formaban alrededor de sus ojos risueños. Pensó en lo irritante y adorable que era a partes iguales, la maldita—. Además, mis padres se han ido otra vez de viaje en el crucero de la Corporación. Hasta dentro de diez días, hay tiempo para borrar las pruebas incriminatorias.

—Me traen sin cuidado dónde hayan ido esos dos —mintió Vegeta—, pero eso significa que tú...

—Oh —se enterneció Bulma. Dejó el bote, ya vacío, en el suelo y se incorporó para acariciarle el rostro—... No te preocupes por mí, estaré bien.

—Te vuelves insoportable cuando estás sola —se quejó él.

—¡Serás imbécil! —le empujó la barbilla hacia el lado contrario con los dedos—. Yo pensando que te interesabas por mí y resulta que es todo lo contrario.

—Digo la verdad —rebatió—: te quejas por todo, llamas a Whiss por tonterías, me interrumpes en el entrenamiento para que regañe a Trunks por sus trastadas... ¿Sigo?

—No, no sigas —se enfurruñó ella y se cruzó de brazos. En cierto modo tenía razón, pero lo hacía sin darse cuenta y, al fin y al cabo, eran una familia. ¿Qué clase de marido y padre sería si no participa en las cosas del hogar?—. Pero esto también es cosa tuya, no me lo puedes dejar todo a mí, también tengo un trabajo que hacer y Trunks está entrando en una edad complicada.

—Je, ¿qué esperas? Es un saiyan —soltó enorgullecido.

—Sí, no hay duda de eso —se lamentó Bulma sujetándose la frente—. A veces siento que no puedo con él, es demasiado terco y encima lleva unos días actuando raro... No es fácil entender sus emociones, no sé qué le pasa.

—Cosas de la edad, Bulma —su marido le restó importancia—. Esa niña lo trae loco y hace de todo para llamar su atención.

Ese dato no lo sabía ella y, lo más interesante, su padre sí:

—¡Vaya con el casanova! Me pregunto a quién habrá salido.

—Eso son cosas tuyas, a mí no me mires —le siguió él la broma a su particular manera.

—Evidentemente, su belleza se debe a mí, eso está claro —alzó la barbilla—. Pero no es eso lo que quería decir... Bueno, ese tema con May parece que lo va superando. Creo que es más bien...

—¿Qué? —le brindó su total interés.

—Echa de menos a su hermano mayor, como él lo llama.

—¿Al otro Trunks?. —Bulma asintió, enseriada. Él meditó unos instantes antes de responder—: Es cierto que se llevaban muy bien, lógico y normal porque son dos idénticos.

—Sí, pero el pequeño le profesa una admiración singular, como la de un hermano pequeño hacia el mayor.

—Bueno, y ¿qué se supone que debamos hacer? No debieron ni haberse conocido, que lo supere y punto —concluyó.

Pero para la madre de la criatura el tema no se zanjaba con tanta facilidad, debía haber otra solución...

—Vegeta —... y esta le llegó instantáneamente—, démosle un hermanito.

—¡¿Qué?!

De todas las posibilidades que había calibrado en esa milésima de segundo, aquella no había aparecido ni por asomo en su cabeza.

—Que le demos un her...

Su esposo le interrumpió:

—Ya te he escuchado a la primera.

—Pues no me vuelvas a preguntar, ¡jum!

Volvió a cruzar los brazos y giró la cara de disgusto.

—No tiene sentido, Bulma —explicó su disconformidad, poniendo atención a las razones de esta por si se le había escapado algo que sí había considerado ella y le hubieran abocado a tomar esa decisión. Porque eso era algo que tenía en claro por la manera que lo había expresado: no era una propuesta, era una decisión firme—, tú estás enfrascada en tu trabajo, Trunks es grande, tus padres están jubilados y yo no pienso hacerme cargo de ningún mocoso. Un crío no encaja en ningún sitio ahora.

—Te equivocas de medio a medio —tomó Bulma la palabra—, porque es justo lo que necesitamos: a mí me rejuvenecería sin hacer uso de las Dragon Balls; Trunks lo está pidiendo a gritos, con lo que echa de menos a su otro yo; por otro lado, mis padres estarían encantadísimos de pasar tiempo con su nieto, y tú —le señaló con el dedo, acusadora— sin embargo tú eres el más indicado para hacerte cargo de tu próximo hijo.

—¿Yo? ¿En qué te basas para pensar que quiero hacerlo? —se ofendió.

Lo miró con malicia, elaborando en su mente el discurso perfecto para dejarlo sin habla definitivamente:

—Porque me lo debes a mí, se lo debes a Trunks y te lo debes a ti mismo. —Vegeta abrió la boca para rebatir, mas ella continuó—. No te hagas el tonto, sabes que conmigo y con tu hijo esa fachada no sirve. Lo estás deseando, el plan ideal para perpetuar tu estúpida estirpe y hacerlo de forma activa. Con Trunks perdiste un tiempo precioso, que has ido recuperando, pero esta sería la prueba definitiva para hacer de tu prole un equipo perfecto de guerreros poderosos. —Vegeta cerró la boca. Bulma siguió hablando—. Eso es lo que quieres oír, ¿no es así? Ahora te diré la verdad, que es una oportunidad para resarcirte con tu conciencia, para ser mejor padre y marido de lo que ya eres... Y porque me adoras y no soportas verme triste o enfadada —concluyó esbozando una sonrisa triunfal.

—Eres pérfida —la miró de soslayo. No tenía argumentos para rebatirle.

—¿Lo soy? No, solo soy la mujer más inteligente y bella que existe. Por eso no puedes resistirte a mí.

Vegeta soltó una risa muda, vencido. Pasó la mano por el tobillo y la pantorrilla de su mujer, meditando sobre los problemas que pudieran surgir para poder anticiparse a ellos. Con algunos mimos podía hacer que su voluntad cediera un poco, al menos conseguiría dialogar y, ojalá, hacerla entrar en razón ya que a Vegeta la idea de tener un bebé se le hacía descabellada.

—Lo tienes claro —la otra asintió, satisfecha—. La pega es que quiero seguir entrenando, eso no va a cambiar.

Pasó la mano por la corva y observó cómo se le erizaba su nívea piel.

—Lo sé, no te pido que cambies, nunca lo he hecho, me gustas así de idiota como eres —se sonrió ella—. Por eso sé que en el momento que nazca, no te vas a querer separar de él.

El guerrero seguía con sus caricias, esta vez tanteando la cara interna del muslo de ella. La miró de hito en hito, algo inseguro. Pensaba en qué tipo de imagen tenía de él, si se estaba mostrando demasiado blando con ella o si la realidad sería que Bulma le conocía mejor de lo que se conocía a sí mismo.

—¿Se te ha ocurrido ahora? ¿O llevas tiempo pensándolo? —se inclinaba a ella poco a poco.

—Los mejores planes son los que se improvisan, saiyan. —Se acomodó descendiendo la espalda sobre el sofá, pegándose más así a Vegeta y haciendo que su mano se aproximara más a su ingle—. Pensar demasiado puede ser un obstáculo para llegar al objetivo.

—Jum, entonces no has pensado en que esto no se hace en un día y que mañana me marcho —le dijo suave pero firme, la mano entera envolviendo la base de la pierna. Podía notar el calor que desprendía y cómo se iba contrayendo sutilmente—. Van a ser varios meses los que estoy fuera, ¿podrás soportar la espera para un nuevo intento si ahora no resulta?

Bulma irguió la espalda, levantó una rodilla para apoyar un brazo y acercó su rostro al de él.

—Va a resultar, Vegeta —le besó en la nariz—. Y si no, yo sé que vendrás antes de lo que piensas para ganar tiempo y conseguirlo. Mira por dónde, así te veré más a menudo.

—No pienses por un segundo que me vas a estar interrumpiendo cada vez que te venga el período —refutó. La mujer contuvo el aliento al caer que eso también podría ser un desafío para él. Siempre lograría sorprenderla con un nuevo grado de competitividad—. Si tengo que preñarte, va a ser hoy.

El susurro que profirió pudo sonar delicado en su tono, pero la dureza de sus palabras estremeció todos los vellos de su cuerpo. Esa extrema confianza se la transmitió con un beso largo, sentido, con los ojos cerrados y el corazón latiendo en un compás creciente en ritmo.

A la vez que su lengua jugaba con el labio superior de su compañera, su pulgar hacía lo propio con el botón del placer de esta. Estaba decidido a colmarla de placer y dejarla sin dormir para complacerla, cumpliendo así su deseo de volver a ser madre. Diablos, no podía negarse cuando se lo estaba pidiendo así. ¿Es que había un motivo de orgullo mayor? Ni en broma.

Ella fue subiendo las manos por sus brazos, sus hombros, su cuello. Se agarró a él y se impulsó para sentarse a horcajadas sobre sus piernas. Se rozaba lascivamente con su miembro y él deslizó la mano fuera de su hueco para moverse hacia sus senos, sus senos aún turgentes, cálidos y deliciosos. Los acarició en las puntas, los besó, la miró a los ojos y se enamoró otra vez de ellos. Un suspiro lento que se paseaba por su vientre los cerró, pero un pequeño mordisco a la piel rosada de su pecho los abrió de golpe, con una bocanada de aire que enderezó su espalda como un latigazo.

—¡Ah!

Su miembro se envaró. Bulma se deslizó para posicionarlo y le tomó el rostro a su marido con ambas manos, obligándole a apartar los labios de su pecho y a mirarla frente a frente. Amaba ver su rostro vulnerable cuando entraba en ella, justo el que estaba viendo en ese instante cuando él se adentró en su vagina por segunda vez esa noche, una noche que cambiaría sus vidas tal y como las tenían concebidas hasta entonces.

Se movió lentamente, recreándose en la cálida sensación de tenerlo dentro de nuevo y en el gesto de indefensión que componía únicamente para ella. Solo para ella. No le gustaba verlo así para humillar al, como él le gustaba denominarse, el guerrero más poderoso del universo, sino para ponerse a su altura. La empoderaba más de lo que ya estaba, la llevaba a otro nivel de grandeza solo reservado para las personas dignas para el corazón ennegrecido de ese saiyan, menos despiadado que antes, pero igual de inflexible. Solo para ella.

Besó sus labios sin dejar de mover las caderas en torno a él, las manos sobre sus hombros, sus voces gruñendo por lo bajo y al unísono en un único espacio, unas manos masculinas agarrando firmes su trasero, ayudando en el movimiento para intensificarlo en cada bajada y cada subida.

El orgasmo ya llegaría. Se solazaban en cada caricia, cada beso, cada succión de sus labios sobre diferentes fracciones de sus cuerpos, dejando que su impronta perdurara en la piel y en los recuerdos los días que fueran necesarios tras la despedida del día siguiente.

Al fin, Vegeta sujetó la cintura de Bulma con fuerza, en un aviso callado de que estaba próximo a acabar en esa ocasión. Sin mirarle, aunque conociendo la señal, la mujer ralentizó sus meneos. Le gustaba sentir el lento y duro roce de sus pieles antes de culminar. Enredó los dedos en el cabello encrespado de Vegeta, como buscando un punto de sujeción antes de que se desvaneciera el suelo a sus pies.

Y el nivel de rigidez que alcanzó su compañero fue la señal para dejar volar sus sentidos. Los dos exhalaron a la par, liberando una vez más el amor que se profesaban mutuamente.

Bulma dejó la frente caer sobre la de Vegeta, su flequillo acarició el rostro del saiyan, que lo movía involuntariamente con cada espiración. Ella sonreía. Lo mantenía dentro y, cada vez que se contraía aposta, él suspiraba y temblaba.

—¿Qué te pasa esta noche? —murmuró ella sobre su nariz—. Será la primera vez que me dejes sin cardenal en el cuello.

Él sonrió travieso.

—Mujer, si tengo que hacerte una señal por cada vez que te folle esta noche, no sales viva.


Se levantó del suelo, agachado como estaba, y se congratuló por los resultados de su trabajo. Había conseguido cambiar las sábanas de la cama de Lord Beerus sin que se despertara y en un tiempo récord. Solo le quedaba limpiar el jardín y, si optimizaba bien su esfuerzo, habría ganado una hora de entrenamiento con Whiss. Llevaba tan solo dos semanas de entrenamiento en el planeta del Hakaishin y fueron suficientes para ir progresando de esa manera, mejor que con la compañía de Kakarot.

Fue corriendo al cuarto de la limpieza y, mientras se quitaba el mandil para colgarlo, el ángel lo llamó desde el exterior.

—Dime, Whiss —dijo tras aparecer en un suspiro.

El mayordomo celestial le prestó su báculo, que parpadeaba intermitente en la esfera de su empuñadura.

—Es Bulma, creo que quiere hablar contigo —le dijo.

Vegeta se lo quitó de las manos, impaciente, y se fue a un aparte, aunque seguramente el ángel se enteraría de su conversación, prefería disimular intimidad.

—¿Qué te pasa ahora, Bulma?

—¿Será posible? —replicó ella. Seguía estando como siempre, preciosa—. Llevo quince días sin saber nada de ti, lo menos que puedes es hablarme bien.

—Estoy a punto de empezar a entrenar hoy, lo que tengas que decirme será mejor que me lo digas ya —disimuló su ansiedad—. ¿O es que me vas a estar molestando más de la cuenta?

—Nada de eso, saiyan, pero que sepas que te quiero de vuelta en treinta y seis semanas.

—Eso quiere decir que...

—¡Sí! ¡Vas a ser papá! —le dijo ella entusiasmada.

Su rostro irradiaba felicidad y agradeció que Whiss no lo estuviera viendo porque le contagió la alegría. Su cara se estiró en una sonrisa difícil de ocultar. Nada podía hacerlo más feliz.

—¿Treinta y seis?. —Bulma lo miró con cara de circunstancias, sin entender el sentido de esa pregunta—. No voy a necesitar estar tanto tiempo aquí para llegar donde quiero llegar —aseveró. La mujer comprendió y sonrió de nuevo—. En treinta semanas habré alcanzado mi objetivo y estaré de vuelta.