Para la Rare Pair Week 2020. Día uno: El momento en que el amor golpea
Esta es una idea muy vieja, pero que siempre quise escribir y esta me pareció la ocasión perfecta. De lo contrario a saber si hubiera tenido otra ocasión. Hacía mucho que no escribía nada nuevo. No se si conocen la enfermedad de Hanahaki. Esto no es Hanahaki, pero tiene cosas en común. Es, como dice el título, algo raro. Hace tiempo, para otro fic, escribí que a Obito le salieron ramas de la espalda cuando vio que la vida de Dei estaba en peligro. El elemento madera es algo asombroso y me parecía algo probable que reaccionase ante emociones intensas. En ese caso, con ramas. Y en este, bueno...
Los dedos de sus pies están helados.
Obito se concentra en mantener estable el pájaro de arcilla que ha empezado a fluctuar. El presentimiento de que va a dejar de funcionar y va a caer en picado para estrellarse en el suelo no lo ha abandonado desde que se elevó.
Deidara luce majestuoso a lomos de otra de sus creaciones a diferencia de él que no consigue destensar sus hombros del todo. Obito se fija en su cabello largo alborotado por el viento y esboza una sonrisa tras la máscara. Entonces el milano real que Deidara ha hecho extrayendo un poco de su propio chakra, se encabrita y cae unos metros. La adrenalina lo hace gritar y para cuando consigue controlar el ave de arcilla otra vez, Deidara se ha puesto a su altura. Obito levanta el brazo y lo agita en el aire.
—¡Senpaaaaai!
Deidara le obsequia con una amplia sonrisa. Entonces Obito nota como ambos pájaros se van acercando el uno al otro hasta quedar juntos. Todo ocurre antes de que pueda darse cuenta. Deidara salta y a Obito le da un vuelco el corazón. Extiende los brazos en un movimiento reflejo y Deidara cae en ellos.
—Hola, Tobi —dice, rodeando su cuello con ambos brazos.
—P-pero... —balbucea Obito—. ¡Estás loco! ¿Y si te hubieras caído?
Si se hubiera caído, obvio él lo habría rescatado. Algo se agría en su interior cuando Obito recuerda que Deidara aún no sabe que posee esa capacidad.
—Pero no me caí, hm.
Deidara le saca la lengua.
—La próxima vez avísame antes de hacer algo así —lo regaña Obito.
—Sabes que no voy a hacerlo —replica Deidara.
Entonces Obito es consciente de lo cerca que están sus caras. Al ponerse nervioso, el ave se agita.
—Mal momento para desconcentrarse —dice Deidara.
Obito concentra más chakra en sus pies para mantenerlos seguros hasta que no lleguen al suelo mientras Deidara se carcajea en sus brazos.
—No te burles de mí, senpai. Soy un novato —responde.
Sabe que no son lecciones, que Deidara sólo insistió en enseñarle un par de cosas para poder hacer carreras de pájaros arriba en el aire. Pero la parte competitiva de Obito aún recuerda cuando, por mucho esfuerzo que le pusiera a algo su trabajo iba a ser inferior y teme decepcionar a Deidara.
Cuando llegan a tierra firme, Obito da un salto y cae a la hierba.
—No me burlo, tonto —Deidara consigue calmarse—. Controlar el chakra fuera del cuerpo de uno es complicado —dice, mientras da unos golpecitos a su máscara con el dedo—. La primera vez que hice esculturas con mi kinjutsu no querían escucharme y tuve que hacerlas explotar para que aprendieran, hm.
La respuesta le saca una risa sincera a Obito.
—Cuando no, senpai. Cuando no.
—También puedo hacer otras cosas, a parte de arte —Deidara suelta un resoplido—. Y para demostrártelo, te reto a una carrera de natación en el río. ¿No dijiste el otro día a Kisame-san que eras un experto nadador?
Ahora es Obito quien hace un puchero que Deidara, por suerte, no puede ver. La próxima vez elegirá otro tema para tomarles un poco el pelo a los demás miembros de Akatsuki.
—¿Otra carrera? Qué competitivo es el senpai —exclama Tobi—. Mejor lo dejamos para otro día.
—Entonces vamos a refrescarnos un poco, hm.
A Obito no le parece mala idea. Le costó dar el paso de descubrir su rostro ante él, pero en un lugar abierto la cosa cambia. Nunca se sabe quién puede estar mirando.
—Senpaaai.
—¡Oh, vamos!
Deidara le dedica una mirada arrebatadora acompañada de su típica sonrisa ladeada. La respiración de Obito se corta y algo aletea en el interior de su pecho. Se siente bien.
—Ah, nunca puedo decirte que no, malvado senpai —se queja Tobi.
No puede ser tan malo refrescarse un poco. Las preocupaciones previas de Obito se desvanecen ante la posibilidad de ver a Deidara nadar. Tal vez pudiera salpicarlo y hacerlo enojar. Empezar una batalla acuática.
—Oi, Tobi —la voz de Deidara lo trae de vuelta.
—¿Sí? —contesta el.
—Ya déjame en el suelo, hm.
Obito se siente colorear hasta las orejas.
—¡Uh, s-sí!
Tantos años entrenando su mente para que Deidara lo manipule poniéndole ojitos. Al dejarlo en el suelo, Obito se sorprende a sí mismo pensando que se dejaría manejar con gusto mil veces más.
Lo primero que piensa cuando ve la flor blanca en su hombro es que debe de haberse caído de las ramas sobre su cabeza. Luego mira hacia arriba y ve que el árbol no tiene flores. Sin darle demasiada importancia, Obito la atrastra con la mano pero sólo consigue que uno de los pétalos se desprenda.
—¿Pero qué...? —murmura.
La certeza se instala en su mente mientras observa el pétalo descender en el aire. Esa flor ha nacido de su cuerpo.
Su pulso se acelera y en un movimiento rápido se la arranca y la tira.
Obito se acuerda de esas dos veces en las que, de las células Senju con las que Madara remendó su cuerpo, brotaron ramas, negras y retorcidas. Rin murió y su inmenso dolor descontroló el elemento madera en su cuerpo.
¿Pero flores? Obito nunca pensó que también le pudieran salir flores.
—¡Tobi! ¿¡Vienes ya o qué, hm!?
Obito atisba por entre los arbustos. Deidara está sentado a la orilla del río con los pies metidos en el agua. Respira hondo antes de responder.
—¡Un momentito! ¡Ya casi estoy! —grita con la voz de Tobi.
—¿¡Que es lo que te lleva tanto tiempo!? —oye decir a Deidara.
Las palabras mueren en su lengua cuando ve como de su codo brotan cinco capullos blancos que se van abriendo despacio.
Margaritas. Obito las reconoce de inmediato. Deshojó demasiadas tratando de averiguar si le gustaba a Rin. La cabeza le da vueltas. Lo único que quiere saber es por qué le están saliendo flores.
—¡Tobi! —insiste Deidara.
Una a una, Obito se va arrancando las margaritas.
—¡Sólo busco un lugar seco donde dejar la ropa! —responde.
Obito revisa con atención su brazo derecho pero no ve nada extraño.
—¡Date prisa, hm! ¡Me aburro aquí solo!
Otra flor aparece. Una muy pequeña y rosada. Es como si las palabras de Deidara...
Eso es.
Obito se sonroja. Su cara arde al darse cuenta que ha sido su compañero el que ha provocado eso. Su dolor y desesperación generaron ramas negras, luego la forma en que se siente cuando está con Deidara es lo que debe haber hecho que le salgan flores.
Oh, no.
A Obito le da un deja vu.
Así que... Eso es lo que es.
Con manos temblorosas, Obito recoge su máscara y se la pone. Todo se ve negro y al tocarla, encuentra el agujero en la parte inferior izquierda. Se la vuelve a quitar y le da la vuelta. Si Deidara lo ve así de rojo, va a desmayarse.
Se toma unos segundos para descalzarse y quitarse el pantalón y tras asegurarse que no hay nada más en su brazo, Obito concentra chakra en sus piernas, las flexiona y da un gran salto.
—¡Bomba va! —grita, abrazándose a sus rodillas.
Deidara ni lo ve venir. El agua salpica varios metros, lo suficiente como para cubrirlo entero. Obito ríe en cuanto sale a la superficie y escucha el gruñido.
—¿Qué te pasó, senpai? Pensé que un ninja siempre estaba en guardia.
Deidara saca los pies del agua y se incorpora despacio. Con disimulo, Obito se arranca un par de flores y deja que se las lleve el agua agitada.
—Así que bomba... ¿Eh? —dice, crujiendo los nudillos—. ¡Vas a ver!
Y algo le hace a Obito cosquillas en el estómago cuando ve esa mirada determinada en sus ojos.
—¡No! ¡No! ¡Me rindo! ¡Me rindo!
Deidara toma carrerilla y se lanza al agua.
—¡Katsu! —grita, antes de caer.
La máscara protege a Obito pero las salpicaduras no lo dejan ver. Ahora es Deidara quien ríe.
—Debí haberme imaginado que vendrías con la máscara. Mira que eres raro, hm.
Obito asume que con el agua fría el sonrojo se le ha ido, así que se la quita y la lanza a la orilla. Tiene la precaución de esconder el brazo bajo la superficie del río para ir arrancándose las flores con disimulo.
Maldito momento en el que eligieron empezar a salir.
—Era una medida de precaución, por si nos espía alguien —dice Obito, por fin con su verdadera voz.
Un par de flores grandes y rosas salen a la superficie y Deidara las sigue con la mirada.
—¿De dónde sale eso, hm?
—No sé —Obito traga saliva y piensa en lo mucho que extraña su máscara—. Las debe de haber arrastrado el río.
—Tienes una enganchada en el hombro, hm.
Deidara estira el brazo hasta rozarlo y Obito retrocede y cae hacia atrás. Y estando bajo el agua, mira su brazo y su alma casi abandona su cuerpo. Está todo cubierto de flores, blancas, rosadas y alguna que otra naranja. Obito no da abasto a quitárselas todas así que sale a la superficie con un puñado de ellas en la mano.
—Las corté para ti —dice. Deidara enarca una ceja—. Por eso tardé. Quería hacerte un ramo, senpai.
Obito se siente tonto dando tantas explicaciones. Lanza las flores al aire y caen alrededor de Deidara, que toma una y la observa.
—Mira que eres raro —responde con una sonrisa—. ¿Y donde las tenías escondidas?
Una sensación pesada a la que no consigue poner nombre oprime un poco el pecho de Obito. Esa flor ha brotado de su mismo cuerpo y Deidara la está tocando.
—Ah... ¡Magia! —Con movimientos frenéticos, Obito se sigue arrancando flores que ya son de todos los colores del arcoiris—. ¡No querrás que te revele mis secretos así como así!
—Tobi —Deidara da un paso al frente. Obito quiere decirle que no se acerque. Cuanto más cerca lo tiene, más flores le salen—. ¿Te están creciendo flores en el cuerpo?
Obito se congela. Hasta su corazón parece pararse. Lo único que siguen creciendo son esas flores. Se mira el brazo por delante y por detrás y nota que está casi cubierto. Unos largos segundos pasan hasta que Obito da un suspiro y se atreve a mirarlo a la cara. No tiene sentido negarlo ya.
—Eso parece.
Las flores se van cayendo solas mientras se le forma un nudo en la garganta y espera que en cualquier momento, Deidara haga una mueca de asco, porque ¿a quién podía gustarle esa deformidad?. En ocasiones, Obito detesta ese cuerpo remendado que tan poderoso lo hace.
En ocasiones lo único que desea es ser normal.
Deidara reacciona al fin. Sus cejas se levantan mucho y suelta una carcajada.
—Mira que eres raro, hm.
—Lo sé —responde Obito y suena como una disculpa.
Deidara llega junto a él y toca su hombro. Una estela de diminutas florecillas anaranjadas siguen la estela que trazan sus dedos.
—No has dejado de sorprenderme desde que nos conocimos. Pero esto... —dice Deidara, riendo otra vez.
Pero no es una risa burlona y en su fuero interno, Obito se lo agradece.
—Es el elemento madera. ¿Recuerdas? Como perdí mi brazo... Como me arreglaron...
El dedo de Deidara se detiene en la palma de su mano. Un capullo de tamaño considerable empieza a brotar.
—Sí pero no sabía que eso te transformaba literalmente en una planta, hm —Deidara no quita la vista de su mano—. ¿Es la primera vez que te pasa?
—Sí —responde Obito—. Al menos con flores.
El capullo se abre despacio y unos pétalos escarlata brillan al sol. Ninguno de los dos se pierde detalle.
—¿Pero por qué? —pregunta Deidara.
Un crisantemo rojo. Deidara lo mira y el corazón de Obito da un vuelco. Ambos saben lo que es y lo que significa. Su mano sube casi por instinto y le acaricia la mejilla con un dedo, a penas un tímido roce cohibido por el miedo a que él lo aparte. El resto de la mano se le llene de flores rojas, que se vuelven naranjas en su muñeca y amarillas en su antebrazo.
Obito abraza a Deidara. Deidara no lo aparta. Hay flores verdes en su codo, azules y añiles en el resto de su brazo y moradas en su hombro.
—Por ti —Obito lo estrecha con fuerza—. Por ti, senpai. Y no digas que soy un raro.
—Está bien —Deidara responde—. Me gusta que seas raro.
Un par de lenguas lamen su espalda cuando Deidara le corresponde el abrazo. Obito sonríe ampliamente, notando como los músculos del lado derecho de su rostro no consiguen flexionar del todo.
Pero por esa vez, decide tirar sus inseguridades al río para que se las lleve la corriente lejos, muy lejos de él.
