Hola a todos, aquí SilentDrago. Gente, esta es la primera vez que escribo un fic de esta serie. Traté de mantener el tono de la misma, pero serán ustedes los que determinen qué tan bien me salió. No los distraigo más, así que los dejo para que lean y nos vemos abajo.


Yin-yang en gris

¿Vale la pena sacrificarse por un bien mayor dejando atrás a los seres queridos?

¿Vale la pena mantenerse con los seres queridos cuando puedes cambiar las cosas para bien?

¿El altruismo es obligatoriamente bueno?

¿El egoísmo es inherentemente malo?

Preguntas como esas se repetían en la cabeza de Homura Akemi una y otra vez. Recostada en su cama y mirando el techo, pensaba recurrentemente en Madoka Kaname, aquella amable chica que conquistó su corazón y que hizo que su oscuro mundo se iluminara un poco. En sus momentos de debilidad, le brindaba fortaleza; en sus momentos de soledad, le otorgaba compañía. Que el amor surgiera en ese músculo debilitado que le latía en el pecho fue inevitable.

De no ser por ese espantoso ser amoral de inocente apariencia, las cosas podrían haber sido distintas para ambas.

Al Incubador, también conocido como Kyubey, lo movía únicamente su tarea de detener la entropía universal, sacrificando a muchas adolescentes en el proceso al transformarlas en chicas mágicas que después se volverían brujas. El dolor, la pena y el sufrimiento de estas y de los seres queridos que podían dejar atrás le eran completamente indiferentes, mejor dicho, desconocidos. Además, en ocasiones aprovechaba los momentos de vulnerabilidad de estas para establecer sus contratos, sin advertirles jamás de las consecuencias a largo plazo de convertirse en una chica mágica.

¿Era lícito acabar con tantas existencias jóvenes para garantizar la existencia del universo, en especial cuando no se explicaban todos los detalles?

Cuando Homura supo la verdad, le mostró a Kyubey todas las emociones que poseían su espíritu y de las que aquel ser carecía. Perder a Madoka la destrozó, pero al tener el poder de regresar en el tiempo podía usarlo para que su amada pelirrosada regresara de entre los muertos. Temas como la entropía y la salvación del universo no eran de su total interés; se conformaba con salvar una vida inocente que hacía latir su corazón y le daba sentido a su existencia.

No importaba cuánto se tardara: encontraría esa línea temporal en la que Madoka y ella pudieran ser felices.

En una ocasión creyó dar con dicha línea, pues impidió que su querida amiga de cabello rosado se convirtiera en una chica mágica. Sin embargo, tras enterarse de la verdad, de la Noche de Walpurgis y de cuánto se arriesgaba Homura por ella, Madoka decidió sacrificar su existencia a cambio de la desaparición de todas las brujas, convirtiéndose en un mero concepto. La joven pensó en ese momento en salvar a todas las chicas mágicas, pero no consideró el hecho de que dejaba a una familia y a amigas detrás; inconscientemente, detrás de su altruismo, pudo reflejarse cierta oscuridad.

Para Homura, ese fue uno de los peores golpes de su vida.

Intentó luchar en su nombre, que el sacrificio de Madoka no fuera en vano, pero le fue imposible. Descubrir después que el odiado Incubador planeaba restaurar la obtención de energía mediante la creación de brujas se convirtió en el justificativo perfecto para intentar destruirlo y destruirse a sí misma en el proceso. Fue su amada Madoka quien, en su calidad de guardiana de la Ley de Ciclos, la salvó.

Homura decidió entonces jugar su última carta; si la bondad desconsiderada había alejado a su pelirrosada de ella, el amor egoísta la traería de vuelta.

Tras quitarle sus poderes divinos, la pelinegra logró lo que pretendía: devolver a Madoka a la existencia y reescribir la realidad. A primera vista su actuar podía parecer retorcido e inescrupuloso, pero para Homura aquella era la máxima expresión de amor; no solo ella había recuperado a Madoka, sino que también se la había devuelto a todos sus seres queridos, eliminando de paso la necesidad de que hubiera chicas mágicas.

Si su amada intentaba devolver el mundo a su estado anterior, lucharía contra ella, aunque aquello era lo último que quería. Sin importar qué hiciera Madoka, le demostraría su amor de la forma más pura; si se negaba a cambiar las cosas, la atesoraría como a la más delicada de las flores; si osaba oponerse, la enfrentaría sin dudar.

Madoka y Homura eran dos caras de la misma moneda, dos mitades de un todo, inseparables e indivisibles, cada una con aciertos y errores. Sus acciones así lo demostraban: detrás de la luz de una, había una cuota de oscuridad; detrás de la oscuridad de la otra, había una cuota de luz. Irónicamente, el amor era la motivación de ambas y el generador de la luz y la oscuridad.

Las cosas no debían haber sido así. Podían haberse convertido en amigas, incluso amantes, de otra manera, sin caer en las dudas derivadas de lo de las chicas mágicas. Era innegable: las dos quedaron marcadas por su contacto con el Incubador, y ninguna línea temporal sería capaz de cambiar aquello.

La pelinegra no perdonaría esa realidad jamás.

Lejos de ambas, estaba la última muestra de los sentimientos de Homura por Madoka, creada por la reescritura de la realidad y por su propio odio: un grupo de Incubadores ensangrentados esforzándose por moverse o mantenerse en pie, entregando su energía para que el universo pudiera continuar con su existencia. Sin chicas mágicas, debían pagar el precio por todo el dolor y el tormento que les habían hecho pasar durante siglos.

Podría decirse que aquellos seres se lamentaban, pero ellos desconocían el significado del lamento.


Hasta aquí la historia. No olviden dejar sus reviews.

Como pudieron notar, utilicé elementos de la serie y la película para crear esto.

Sobre lo de los Kyubey, quizás sea porque estoy leyéndola, pero no puedo evitar pensar en La Divina Comedia, específicamente en los cantos del Infierno. Estoy consciente de que la imagen del Kyubey agonizante proviene de la película de Madoka, pero dado lo que sale en el libro de Dante, pensé en los paralelismos.

Sin nada más que decir, SilentDrago se despide de momento.