H I N A T A
Me di cuenta de la realidad poco a poco, la conciencia fluyendo hacia mí lentamente. Junto con la conciencia vino un deja vú. Había tenido esta sensación antes, hace cuatro años, en una habitación de hotel que nunca habría sido capaz de pagar por mi cuenta.
Mis ojos revoloteaban y me sentía sorprendentemente bien descansada, teniendo en cuenta que estaba despertando antes de mi alarma. La había programado a las cuatro de la mañana para asegurarme de llegar a casa a tiempo.
Espera un momento... era demasiado brillante para las cuatro de la mañana.
Me levanté, salí de la cama y busqué mi celular. Por supuesto, estaba en mi bolsa que había dejado en la mesa donde Naruto y yo habíamos comido.
Desnuda, salí corriendo a la zona principal y me detuve cuando olí tocino y otras cosas deliciosas.
Como algo de mis más profundas fantasías, Naruto estaba de pie en medio de la cocina, con un par de sartenes sobre la estufa.
—Hola, dormilona —dijo con una sonrisa torcida—. No te preocupes, le pagué a la niñera para que se quedara a dormir y ella me ha estado enviando mensajes de texto durante la última media hora. Al parecer, Boruto está todavía durmiendo. Dice que lo despertará en una hora para comer un bocadillo y tomar su medicina. También dijo que recuerda que le dijiste que sus medicinas le dan mucho sueño, así que va a asegurarse de que vaya al baño.
—Eso es, uh, eso es muy dulce de tu parte —dije, completamente aturdida. ¿Le había pagado a Mirai para que se quedara a dormir?
¿Cuándo? Y eso tuvo que costar un ojo de la cara. Bueno, tal vez no para él, pero desde luego sí para mí.
Además, sentí que estaba viendo cómo podría haber sido si me hubiera quedado esa primera vez. No era nada parecido a una aventura de una noche con un tipo rico de la que había oído hablar, y, sin embargo, estaba sucediendo justo en frente de mí.
—Espero que te gusten los panqueques —dijo, todavía mirando complacido—. Debido a que hice unos cuantos. —Señaló un plato y vi que estaba apilado ridículamente alto con la comida del desayuno.
—Uh, creo que has hecho más que suficiente.
—Tal vez. Me abrió el apetito lo de anoche.
—¿Lo hizo? —dije con indiferencia—. Eh, no puedo imaginar lo que pudo haber causado eso.
—Oh, no puedes, ¿eh?
Apagó los quemadores y sirvió dos platos, llevándolos a la mesa y dándome un beso en la frente.
—¿Tengo que recordártelo?
Me apoyé en él, atraída por su encanto, pero en ese momento mi estómago soltó un gruñido escandalosamente fuerte.
—Supongo que yo también tengo hambre.
—Que bueno hice muchos, ¿eh?
Asentí y ambos nos sentamos a la mesa. La comida estaba tan deliciosa como la noche anterior, pero cuanto más tiempo pasaba, más ansiosa me ponía.
Estaba completamente atrapada en su dulzura. En él. De cómo se veía un poco molesto por el sexo y cómo cada vez que nuestros ojos se encontraban su cara se arrugaba y se convertía en una sonrisa verdaderamente feliz.
Era tan amable, tan protector. Me cuidó tanto, aunque en realidad era sólo un ligue, y ha hecho todo lo posible por Boruto más de una vez.
Era amable y prudente y yo le estaba robando algo irremplazable y ni siquiera lo sabía.
Eso fue un error de mi parte. Tan equivocado. Y finalmente, todo surgió y no lo pude contener por más tiempo. Claro, había grandes y terribles repercusiones si mis acciones salían a la luz, pero, ¿no le había enseñado siempre a Boruto que cuando cometíamos errores, teníamos que ser responsables de nuestras acciones?
Había hecho mal. Había sido cruel. Y no podía sentarme frente a Naruto y comer el delicioso desayuno que me preparó, sintiéndome sexualmente saciada de una manera que nunca pensé que fuera posible, mientras seguía viviendo en la mentira que había creado.
—¿Pasa algo malo? —preguntó Naruto, bajando el tenedor.
Porque, por supuesto, había notado mi cambio de humor. Para alguien con quien había pasado tan poco tiempo, parecía ser capaz de leerme como si fuera un libro abierto.
—No. Es decir, sí —balbuceé, tratando de pensar en cómo decirlo. Pero, ¿qué tipo de palabras explicaría lo terrible que había hecho? —. Qui… Quiero decir, lo siento.
—No tienes nada porque sentir…
—¡No, lo siento! —Me apresuré a soltar las palabras, aunque quería callarme y dejar que pensara lo mejor de mí. No quería que supiera la verdad. Qué pensará en mí como una mujer malvada y manipuladora—. Yo... yo, mira, yo nunca quise hacer esto. Nunca quise mentirte, o herirte, pero yo… —Mi voz se hizo más alta con cada palabra que salía de mi boca y podía sentir las lágrimas pinchando en las comisuras de los ojos.
Estaba tan avergonzada. ¿Cómo había dejado que todo llegara a esto?
— Hina, ya te lo he dicho. Entiendo por qué te fuiste.
—¡No! No se trata de eso, Naruto. ¡Me gustaría que fuera eso! —dejé escapar un suspiro tembloroso y me obligué a decir las palabras—. ¡Boruto es tu hijo, Naruto! Lo escondí de ti porque tenía miedo de que me lo quitaras, ¡pero lo siento mucho! ¡Esa fue mi elección para hacer por ti!
Las lágrimas llegaron, apretando mi garganta con fuerza. Ya estaba.
Lo había dicho. Había hecho lo correcto. Sean cuales sean las consecuencias, sabía que al menos lo había intentado.
Sólo tenía que esperar que Naruto me muestre una misericordia que no merecía.
Continuará...
