[…]

Edward despierta de madrugada, sudoroso y agitado. Desea poder excusarse con el calor, pero la realidad es que es invierno y se le agotaron las ideas.

La luna se alza sobre el cielo y salpica de luz el cuarto a oscuras. Hay un reloj viejo en una de las esquinas, pero no alcanza a ver la hora.

Aunque lo intente, no encuentra un argumento razonable que le explique a su parte lógica que aquél con el que sueña no tiene nombre ni apellido. No es más que una silueta borrosa, sin esencia. Una consecuencia producto de una reacción hormonal que despertó un poco tarde, se dice. Curiosidad adolescente, como cualquier otra.

Pero solo es él. Su parte lógica replica, como si fuera una entidad aparte, que el hombre en sus sueños tiene rostro y una presencia, que el problema no es quién sino por qué.

Porque sus manos, su aroma, sus ojos y su cabello. Y no podría ser nunca ningún otro. Tras sonrisas cínicas y bromas estúpidas, indignas de un hombre de su calaña, hay una sonrisa auténtica y promesas de un cariño reconfortante.

Pero él se rehúsa a pensar en ello, porque aceptar su nombre y su rostro sería condenarse también estando despierto.

Cuando sale el sol y sus ojos evidencian su falta de sueño, Alphonse le pide que solucione lo que sea que no le deje dormir. Él se queja, pero no dice más.

Mientras camina por las calles piensa en muchas cosas, en las grietas que se forman en la tierra, en las flores que crecen en el asfalto y en el símbolo químico del erbio. En cualquier cosa que no tenga que ver con Roy Mustang.

—Eres tú, Fullmetal.

Sin embargo, no se ha distinguido por ser un chico con suerte.

—Sí.

Es escueto y hostil, pero le tiemblan las piernas y no es capaz de levantar la mirada. Su voz penetra en su piel y en sus huesos, dejando un tacto invisible acariciándole las mejillas.

—Te estaba buscando —explica—. Verás, te necesito para algo importante.

Edward finge que aquellas palabras no le afectan, pero se encuentra siguiendo sus pasos. Como siempre, en una especie de alquimia inexplicable, donde se ve incapaz de no perseguir su espalda.

Cuando choca con sus pasos, Edward levanta la vista y le halla respirando el mismo aire. Las palabras se le atoran en la garganta.

—Te quiero.

Dos palabras, un conjunto de letras, una frase. Algo intangible, que se evapora en el aire. Pero le hacen feliz.

Edward duda. Roy le acaricia el cabello con la yema de sus dedos.

—Es fácil, solo tienes que quererme.

Edward lo hace. Ese es el problema.