Disclaimer: Los personajes de Kimetsu no yaiba pertenecen a su respectiva autora.
Aclaración: La historia está ubicada en el universo de Kimetsu Gakuen.
El frío pinchaba su piel con la fuerza de miles de agujas, mientras tanto, un líquido desagradablemente caliente se deslizó por su frente, logrando un extraño contraste térmico.
Podía oír algunas voces pero se sentían lejanas y no podía comprenderlas debido al inmenso dolor que apretaba su cabeza. Quiso decir algo pero su boca estaba seca y sus labios le ardían. Parpadeó varias veces, tratando de aclarar su vista, pero fue inútil, todo se veía borroso, como si sus ojos estuvieran empañados. El suelo áspero lastimaba su espalda, esa sensación era lo único que la mantenía consciente.
Quería moverse pero su cuerpo no le respondía, lo único que podía hacer era parpadear. Se sentía como una muñeca rota. Sin saber qué más hacer, gritó.
Entonces, la alarma sonó.
Nezuko abrió los ojos repentinamente, su rostro estaba húmedo. No fue una simple pesadilla, se trataba de un recuerdo. Con lentitud, estiró su brazo para apagar la alarma. El sonido insoportable se detuvo. Un par de golpes a la puerta de su habitación la despertaron por completo.
El rostro de Kie, su madre, se asomó por la puerta entreabierta.
—¿Estás bien? Te escuché gritar —la mujer preguntó con suavidad.
Nezuko negó con la cabeza luego sonrió débilmente.
Kie la miró por unos instantes, estudiando su expresión.
—Entiendo —ella suspiró, obviamente su hija estaba mintiendo pero no quería angustiarla con interrogatorios tan temprano— date prisa o llegarás tarde.
Dicho esto, la mujer cerró la puerta y se apoyó en ella. Ya habían pasado casi tres meses desde que sucedió ese accidente y Nezuko todavía era incapaz de formular una frase completa, hablaba una que otra palabra pero no podía entablar una simple conversación entera. Los médicos dijeron que, físicamente, no existía ninguna razón para sus problemas de habla.
—Hay que darle tiempo —la mujer repitió las palabras del médico, intentando animarse un poco. El tiempo era su único aliado pues Nezuko se negó categóricamente a ver a un psicólogo. Kie suspiró, su hija podía llegar a ser muy terca cuando se lo proponía.
Nezuko se vistió rápidamente, después de todo, el sailor fuku no era un uniforme escolar muy complicado de ponerse. Antes de salir de su habitación, echó un vistazo al abrigo negro que colgaba en su armario. Era el único recuerdo agradable que tenía de aquel día. Cuando la encontraron tirada en la nieve, alguien la había cubierto con ese abrigo hasta que los paramédicos finalmente llegaron al lugar. Aquel gesto había salvado su vida. Por desgracia, no podía recordar a su salvador o salvadora, por más que lo intentase, pues, en su debilidad, sus ojos rosas sólo habían alcanzado a ver una silueta negra. Lo que sí podía recordar, con extraña claridad, era su olor. Nezuko no poseía un olfato tan agudo como el de su hermano mayor, aun así, ella era bastante buena para discernir y recordar ciertos aromas. Y el de su salvador era bastante particular, olía a pino y a algo aterciopelado que no supo identificar pero daba una sensación de frescura a su nariz.
Incluso cuando la apartaron de ese abrigo, el aroma permaneció en sus fosas nasales, acompañándola mientras su mente entraba y salía de la inconsciencia. Por suerte, los paramédicos le permitieron quedarse con el abrigo, después de todo, su dueño nunca regresó para reclamarlo.
Ella sonrió débilmente, esa prenda se convirtió en un valioso recuerdo de que todavía existían héroes en este mundo moderno.
Mientras Nezuko bajaba las escaleras, en dirección a la cocina, una amable voz la saludó:
—Buenos días.
Era su hermano mayor, Tanjirou, sus manos sostenían un pan de chocolate. Con una sonrisa en el rostro, Nezuko eliminó la distancia que los separaba y tomó, suavemente, el pan.
—¿Cómo te sientes? —él preguntó con cautela.
En lugar de responder, Nezuko metió rápidamente el pan en su boca y caminó hacia la puerta de salida.
Tanjirou suspiró, su hermana solía hacer eso cuando no quería ser molestada. Trataría de "hablar" con ella más tarde.
El camino a la escuela se llenó de un silencio cómodo. En esos momentos, Nezuko agradeció, mentalmente, la empatía que poseía su hermano mayor, él siempre sabía darle espacio cuando lo necesitaba.
En el portón de la escuela, se encontraba Zenitsu Agatsuma, miembro del comité moral estudiantil, con un portapapeles, controlando los uniformes de los estudiantes que pasaban por allí.
—Pendientes —dijo el mayor con un tono de voz monótono mientras entrecerraba los ojos.
Tanjirou lo miró por unos segundos, luego, empezó a caminar, ignorando la represalia.
—Tú-tú quieres verme muerto ¿no es así? —Zenitsu lo señaló con su mano izquierda temblorosa— ¡eres un descorazonado!
Dicho esto, el rubio dio un enorme salto hacia adelante y agarró el blazer de Tanjirou con fuerza, como si su vida dependiera de aquel gesto.
—¡Detente! —él chilló pero Tanjirou continuó su camino, implacable.
Nezuko observó a su hermano con curiosidad. Contrario a lo que todo el mundo pensaba, Tanjirou solía tener momentos de malicia, no eran continuos pero allí estaban, y era una delicia presenciarlos.
—El señor Tomioka me dará una paliza si te ve —él sollozó, cada una de sus palabras destilaba terror puro.
Al escuchar ese apellido, Nezuko se estremeció notoriamente. Giyuu Tomioka era el profesor de gimnasia y era conocido por sus métodos poco ortodoxos para impartir educación. Muchos, especialmente hombres, en la escuela le tenían auténtico miedo.
Nezuko no era uno de ellos, sin embargo, tampoco se encontraba en el grupo, algo numeroso, por cierto, de admiradoras que babeaban por el maestro. En realidad, ella se sentía intrigada por su presencia, como si se estuviera perdiendo de algo importante sobre él pero era incapaz de notarlo y aquello la mataba de curiosidad.
Con un suspiro profundo, siguió a su hermano, quien seguía ignorando las súplicas de Zenitsu.
En el pasado, gimnasia era la clase preferida de Nezuko, ella era una persona atlética por naturaleza y sus piernas poseían una fuerza legendaria, por ello, nunca tuvo dificultades para movilizar su cuerpo. Pero el accidente le había dejado una desagradable secuela en su rodilla derecha, cualquier movimiento brusco le causaba una punzada de dolor. Su médico le aconsejó sólo hacer ejercicios ligeros, de lo contrario, su lesión empeoraría.
Nezuko frunció los labios mientras observaba a sus compañeros de clase correr tras un balón. No se consideraba una persona envidiosa pero la punzada que sentía en su pecho mientras los miraba era inevitable. Ella nunca podría a volver a correr como antes.
—Kamado —una voz ronca interrumpió sus divagaciones mentales.
Nezuko, sorprendida, soltó un grito agudo, parecido al graznido de un ave, su voz sonaba ronca debido a la falta de uso.
Era el profesor de gimnasia, Giyuu Tomioka, en persona. Casi por instinto, Nezuko, enderezó la espalda. Giyuu era conocido por golpear las espaldas de los alumnos que mostraban malas posturas.
El maestro ignoró el movimiento.
—Recuéstate, boca arriba, sobre la colchoneta. Ningún alumno pierde el tiempo en mi clase.
Nezuko, de inmediato, obedeció la orden mientras tarareaba, feliz de poder hacer algo de ejercicio.
—Estira la pierna derecha —él ordenó mientras la observaba con los brazos cruzados.
Con algo de temor, ella obedeció, en ese momento, una corriente dolorosa atravesó su rodilla, estuvo a punto de bajar la pierna pero unas manos callosas sobre su pierna la detuvieron.
El rostro de Nezuko se tiñó de un rojo intenso cuando vio a su maestro sostener su pierna con firmeza. El uniforme femenino de gimnasia consistía en unos pantalones cortos y una camiseta simple, por lo tanto, su piel tenía contacto directo con las manos calientes del señor Tomioka.
—Aguanta un poco —él dijo con suavidad.
Nezuko podía sentir algunas miradas hostiles sobre ella, sin duda alguna, su escena había llamado la atención de sus compañeros, especialmente del público femenino, aquello la distrajo lo suficiente como para hacerle olvidar el dolor. Después de todo, nunca le gustó ser el centro de atención. Pero no podía culpar a sus compañeros. Por lo general, Giyuu siempre mantenía cierta distancia con sus alumnos que sólo rompía para llamarles la atención. Escenas como esta eran una auténtica rareza.
Después de unos segundos, Giyuu finalmente soltó su pierna. De inmediato, Nezuko la bajó lentamente. Un dolor familiar se apoderó de su rodilla, no pudo evitar gemir de dolor mientras las esquinas de sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Vuelve a estirarla —él dijo con voz monótona— si no la mueves, tu rodilla se atrofiará.
Ante estas palabras, el rostro de Nezuko se llenó de determinación. No permitiría que algo tan trivial como el dolor le impidiese tener una vida normal. Entonces, volvió a estirar la pierna.
Para Nezuko, la clase de Gimnasia se acabó demasiado pronto. Estaba tan concentrada en sus ejercicios que la campana que indicaba el fin de la clase la asustó seriamente incluso olvidó todas las miradas que sus compañeros le dedicaban.
—Lo hiciste bien —Giyuu comentó mientras la ayudaba a ponerse de pie.
Una oleada de calor se apoderó de Nezuko cuando oyó esas palabras. En personas como el señor Tomioka, los cumplidos sonaban realmente auténticos. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió orgullosa de sí misma.
Entonces, sintió un nudo en la garganta. Había un sentimiento en su pecho que estaba luchando por salir y Nezuko no pudo contenerlo. En ese momento, abrió la boca:
—Gra-gra-gracias —las sílabas todavía se atoraban en su garganta y su voz sonaba chillona pero Nezuko estaba feliz de poder expresarse.
Giyuu la miró con las cejas levantadas. Todo el mundo en la escuela conocía los problemas que tenía Nezuko para hablar. Escuchar su voz era toda una sorpresa.
Nezuko cerró los ojos, estaba un poco avergonzada por su repentina explosión. De repente, sintió algo cálido sobre su cabeza.
Abrió los ojos lentamente, entonces, jadeó debido a la sorpresa cuando vio que el señor Tomioka había acortado, un poco, la distancia que los separaba. Pero eso no era lo único, ¡él estaba acariciando su cabeza!
Nezuko lo miró con incredulidad. Hoy definitivamente era un día único pues tuvo la suerte de ver facetas nunca antes vistas del maestro más estricto de la escuela.
Sin decir ni una palabra, Giyuu se apartó, dejando a Nezuko sola en el gimnasio de la escuela.
La hora del almuerzo era el momento preferido de Nezuko, podía dormitar pacíficamente en el suelo mientras escuchaba las conversaciones escandalosas que solía entablar su hermano mayor con sus amigos.
—Se está acercando —Zenitsu murmuró crípticamente mientras punzaba con sus palillos el arroz de su bentō.
—Eres tan raro, Benitsu —Inosuke comentó mientras engullía un generoso trozo de carne asada.
—No hables mientras comes, es de mala educación —Tanjirou corrigió con amabilidad.
—¡Tú eres el raro! —Chilló el rubio— ¡además, ya saben de lo que estoy hablando!
—Ah, cierto. San Valentín es el próximo viernes —Tanjirou sonrió— realmente odias esa fecha, ¿no?
Nezuko, de repente, abrió los ojos.
—¡Por supuesto que sí! ¡La odio! ¡La odio! —Zenitsu empezó a rodar por el suelo dramáticamente.
Inosuke lo miró con diversión sin dejar de masticar un pedazo de pan dulce.
—No te angusties por algo así —Tanjirou trató de animarlo aunque sabía, en el fondo, de que sus palabras no tendrían ningún efecto en su amigo.
—Tú recibes muchos chocolates ese día, ¡qué injusticia! ¡Me muero de envidia! —Zenitsu tomó asiento junto a Tanjirou y apoyó la cabeza en su hombro, conversar con estos dos siempre lo dejaba muy agotado.
—El gran Inosuke compartirá sus chocolates contigo, él siempre cuida de sus fieles secuaces —el pelinegro exhibió una sonrisa torcida.
—Incluso una persona como tú recibe chocolates ese día, ¡qué injusta es la vida! —Zenitsu lanzó un suspiro dramático luego echó un vistazo a Inosuke —Abróchate la camisa y ponte unos zapatos. El señor Tomioka me golpeará si te ve.
—Ahora que lo pienso, el señor Tomioka también recibe muchos regalos ese día —Tanjirou comentó con alegría.
Nezuko, lentamente, se levantó, intrigada por el rumbo de la conversación.
—No puedo creer que un tirano como él sea tan popular con las chicas —Zenitsu frotó el rostro contra el hombro de su amigo.
Nezuko frunció el ceño ligeramente, sintiéndose, de repente, enfadada. Y no sabía por qué, ¿Fue el insulto de Zenitsu? ¿O fue la repentina consciencia de lo popular que era su profesor?
Después de un día intenso de escuela, Nezuko finalmente se encontraba en su habitación, sumergida en la comodidad de su cama. A pesar de que habían pasado varias horas desde que sucedió, ella todavía podía sentir el toque suave y caliente del señor Tomioka sobre la piel de su pierna. Fue un gesto simple pero la estremeció por completo. Había algo familiar en ello pero no podía identificar qué era exactamente.
A medida que pasaban los minutos, los párpados de Nezuko se empezaron a sentir pesados. El adormecimiento finalmente se apoderó de su cuerpo, transportándola al mundo de los sueños.
Aquella noche de invierno hizo mucho frío. El viento helado lastimaba su rostro y le impedía avanzar, cada vez que lograba dar un paso, retrocedía dos. Sintió que estuvo en esa lucha injusta una eternidad, pero una ráfaga particularmente fuerte interrumpió la pelea. Entonces sintió que su cuerpo flotaba, la sensación duró unos segundos y no pudo apreciarla por completo porque un horrible y penetrante dolor la sacudió por completo, dejándola sin aire.
—Ayuda, por favor —gimió débilmente pero nadie se acercó. Estaba sola.
Apretó los labios con fuerza, su voz no fue escuchada.
Su voz no fue escuchada.
Nezuko abrió los ojos con lentitud. Su habitación estaba débilmente iluminada, echó un vistazo rápido a la ventana y vio el cielo teñido de un ligero amarillo. Todavía era temprano.
Soltó un bostezo poco femenino mientras estiraba su cuerpo cansado. De un salto salió de la cama, tratar de conciliar el sueño ya no tenía sentido. Entonces, sus ojos se clavaron en el abrigo negro que todavía se encontraba en su armario. Con mucho cuidado, descolgó la prenda y la apretó contra su pecho. El aroma de su salvador había desaparecido con el tiempo pero aun podía imaginarlo.
El dueño de este abrigo sí la escuchó.
Con el abrigo todavía en sus brazos se recostó en la cama, observando cómo el cielo se aclaraba poco a poco.
La mañana transcurrió normalmente. Zenitsu regañó a su hermano por los pendientes, como siempre. Inosuke inició una pelea con un pobre tipo que chocó accidentalmente con él, nada fuera de lo normal. Así eran todos los días de escuela.
De alguna manera, toda esta rutina matutina la inquietaba un poco. El mundo seguía girando, a pesar del accidente. Los problemas personales no podían detener a la sociedad. Era un pensamiento desalentador pero muy real.
Nezuko trató de hacer un lado aquellos sentimientos sombríos sacudiendo su cabeza pero al hacerlo chocó con alguien. El sonido de papeles cayendo al suelo, la estremecieron, de inmediato, se agachó para intentar recoger las hojas mientras gimoteaba vergonzosamente.
—No te preocupes, también fue mi culpa —una amable voz femenina la tranquilizó. Nezuko levantó la vista y vio a Kanae Kocho, la maestra de biología.
Al parecer la suerte estaba de su lado, la maestra Kanae era, sin exagerar, el bien encarnado. La mayoría de los estudiantes, por no decir todos, la admiraban en distintos grados.
Nezuko inclinó un poco la cabeza, a modo de saludo.
En respuesta, Kanae le dedicó una brillante sonrisa, capaz de competir con el mismísimo sol. Sin embargo, la sonrisa fue reemplazada por un gesto de preocupación cuando observó mejor a su estudiante.
—¿Te encuentras bien, señorita Kamado? Te ves un poco pálida.
Nezuko negó, rápidamente, con la cabeza, no quería molestar a nadie con sus problemas existenciales. Con una sonrisa avergonzada, entregó los papeles recogidos a su maestra.
—Tengo algo en mi oficina que te ayudará —Kanae ignoró alegremente su negativa. En ese momento, la mujer empezó a caminar hacia la sala de maestros. Nezuko, sin otra alternativa, la siguió.
La sala de maestros era una habitación enorme, en donde se encontraban acomodados, simétricamente, una decena de escritorios.
—Toma asiento —Kanae señaló un asiento.
Nezuko la obedeció de inmediato.
Después de hurgar uno de los cajones de su escritorio, la maestra sacó unos caramelos de miel y los entregó a la menor.
—Esto alegrará tu día.
De repente, un alboroto en el pasillo llamó la atención del par. A través de la puerta abierta observaron a un Inosuke descamisado corriendo a toda velocidad mientras era perseguido por Giyuu, quien no dejaba de soplar el silbato que siempre llevaba consigo.
Nezuko no pudo reprimir la sonrisa que adornó sus labios, el señor Tomioka realmente tomaba su trabajo muy en serio. Si Kanae notó el leve sonrojo de sus mejillas no hizo ningún comentario al respecto.
—Ellos siempre tienen tanta energía, es reconfortante verlos.
Nezuko asintió distraídamente.
—Giyuu se parece tanto a Sanemi —Kanae comentó con una elegante risita.
La menor la miró con incredulidad. Esos dos hombres no se parecían en nada.
Sanemi Shinazugawa era el maestro de matemáticas, a diferencia de Giyuu, todos los alumnos le temían y nadie se atrevía a romper las estrictas reglas que imponía en sus clases, incluyendo Inosuke. El miedo se incrementó a niveles exorbitantes cuando Sanemi lanzó por la ventana a un alumno que se atrevió a cuestionarlo. Con él, la rebeldía no era una opción si querías preservar tu integridad física.
El hecho más desconcertante sobre Sanemi era su relación con Kanae, es decir, los dos eran polos opuestos y aun así, eran capaces de mantener una relación amorosa estable. Tal vez era cierto eso de que los opuestos se atraían.
—Los dos se preocupan mucho por sus alumnos aunque no lo perezca —la mujer comentó con tranquilidad.
Nezuko miró el techo pensativamente. Sus padres siempre decían que uno nunca tenía que sentir vergüenza por expresar cariño a las personas que de verdad importaban. Era interesante pensar que el cariño también podía ser demostrado de forma indirecta.
—Sanemi es una persona muy amable —los ojos de Kanae reflejaban amor en su forma más pura.
Las palabras de su maestra sonaban honestas. Por ello, Nezuko decidió confiar en ella. Desde ahora, trataría de ver más allá de las acciones del maestro de matemáticas.
En ese momento, una penetrante fragancia acarició la nariz de Nezuko. Un sentimiento parecido a la nostalgia apretó su corazón. Intrigada, buscó con la vista el origen de aquella fragancia.
—La colonia de Giyuu llamó tu atención, ¿cierto? A él le encanta el aroma a pino, supongo que tiene afinidad con su personalidad —Kanae sonrió.
Los ojos de Nezuko se veían confundidos.
—Él es mi vecino de escritorio —la maestra señaló el escritorio frente a ellas.
Un cálido estremecimiento recorrió la espalda de Nezuko cuando vio una chaqueta negra colgada, prolijamente, sobre el asiento del escritorio. Se parecía mucho al abrigo que ella todavía guardaba.
El corazón de Nezuko empezó a latir muy rápido. Esto no podía ser una simple coincidencia.
Se despidió de Kanae con una rápida reverencia. En un instante, se encontraba en los pasillos de la escuela, de repente, ya no sentía deseos de pasar clases. Entonces, se dirigió a la azotea de la escuela.
Se recostó en el suelo y miró las nubes. Debido al reciente descubrimiento, su cabeza le daba vueltas, estaba emocionada pero al mismo tiempo se sentía confundida, ¿por qué el señor Tomioka no dijo nada?
Entonces, recordó su conversación con la profesora Kanae. Tenía que ver más allá de las acciones. Tal vez el señor Tomioka no quería que ella reviviese malos recuerdos. Además, él no era el tipo de persona que le gustaba hablar sobre sí mismo.
Nezuko cerró los ojos mientras una suave sonrisa adornaba su rostro.
Una leve sacudida la sacó del mundo de los sueños. Con un pequeño gruñido de sorpresa, Nezuko abrió los ojos y lo primero que vio fue el rostro preocupado de su hermano.
—No asististe a clases —no había recriminación en su voz pero existía una nota leve de decepción.
Nezuko desvió la mirada, sintiéndose avergonzada por su irresponsabilidad. Odiaba defraudar a su hermano pero los impulsos emocionales fueron más fuertes.
El cielo estaba teñido de tonos rojos y amarillos, estaba atardeciendo ¿De verdad durmió tanto?
Los dos hermanos bajaron de la azotea en completo silencio. Cuando se disponían a salir del edificio principal, Nezuko soltó un jadeo de sorpresa y, a una velocidad sobrehumana, se escondió tras su hermano.
Tanjirou parpadeó varias veces, asimilando lo que acababa de suceder. Buscó con la mirada la razón detrás del comportamiento extraño de su hermana pero no pudo encontrar nada fuera de lo normal: estudiantes dispersos por el patio, Zenitsu discutiendo con Inosuke y el señor Tomioka regañando a un par de estudiantes, quienes mantenían la cabeza baja.
—¿Qué te sucede? —él preguntó con cautela.
El rostro de Nezuko parecía una amapola, Tanjirou nunca la había visto así de avergonzada. Ella lo miró con ojos suplicantes que gritaban: "¡Por favor, no preguntes!"
Tanjirou le dedicó una sonrisa tranquilizadora. Si ella no quería dar una explicación en ese momento, él no la presionaría.
Todavía utilizando a su hermano como escudo, Nezuko caminó sin atreverse a levantar la mirada del suelo. Podía oír, con espantosa claridad, la ronca voz del señor Tomioka, ese sonido hacía que el calor de su rostro se incrementase.
La calle estaba llena de muchachas que sostenían, como si fuese un valioso tesoro, bolsas llenas de elementos de repostería.
—Mañana es San Valentín —Tanjirou señaló mientras las veía.
Ante la mención de esa fecha, Zenitsu se estremeció notablemente.
—¡¿Por qué me lo recordaste?! ¡Mañana volveré a ser humillado! ¡Prefiero dormir! ¡Sí! ¡Mañana dormiré todo el día! —Zenitsu empezó a contorsionar su cuerpo en posiciones extrañas.
—Ni se ocurra hacer eso, te meterás en problemas —Tanjirou frunció el ceño.
—Danjiro tiene razón. La escuela sin ti sería muy aburrida. Eres el secuaz que más entretiene al gran Inosuke —el pelinegro cruzó los brazos y sonrió.
—¡Cállense! ¡Dejen de humillarme frente a Nezuko! —la mirada de Zenitsu era helada.
La aludida, sin embargo, no estaba prestando atención a la escandalosa conversación. Sus ojos estaban clavados en un corazón de chocolate que se encontraba en el aparador de una tienda cercana.
—¿Quieres hacer algo para San Valentín? —como siempre, Tanjirou sabía lo que estaba pensando.
Nezuko asintió felizmente.
—¡¿Qué?! —Zenitsu chilló pero fue ignorado.
El rostro de Tanjirou mostraba una sonrisa pasivo-agresiva. Por un lado estaba contento de que la vida de su hermana pequeña se esté desarrollando con relativa normalidad pero la faceta de hermano protector estaba opacando su estado de ánimo.
—Estoy seguro que harás algo hermoso —él la animó mientras ambos ingresaban a la tienda.
Los ingredientes estaban sobre la mesa y la mirada de Nezuko reflejaba determinación. No necesitaba hojear una receta de cocina, desde que era una niña, ella siempre mostró afinidad por la cocina en todas sus formas. Sus hermanos pequeños adoraban comer todo lo que preparaba.
"Es agradecimiento, es sólo agradecimiento", se repitió mentalmente mientras observaba cómo el chocolate se derretía.
Cuando colocó la mezcla sobre el molde en forma de corazón, sus manos temblaron un poco. Nunca se había sentido tan insegura mientras preparaba algo pero no podía evitarlo. Después de todo, el señor Tomioka recibirá muchos regalos mañana, eso era casi un hecho. Y su chocolate, de manera inevitable, tendrá que competir con otros.
"Aunque mi intención no sea romántica, no puedo perder. Mi agradecimiento tiene que saber bien." Nezuko cruzó los brazos.
"Espero que le guste", ella pensó mientras observaba el techo.
El frío penetrante que producía la nieve contra su cuerpo fue lo único que le impidió desmayarse después de la caída. No sabía cómo sentirse respecto a eso porque cada parte de su cuerpo sentía dolor y odiaba estar consciente de eso. Incluso algo tan simple como respirar se convirtió en un suplicio. En medio de toda esta confusa bruma, alguien tocó su frente, ese alguien tenía una mano callosa y cálida que de inmediato alivió un poco su miedo. Y, entonces, algo cálido, con olor a pino, cubrió su cuerpo, protegiéndola del frío.
Nezuko despertó de buen humor, lo cual era un hecho un poco extraño pues desde el accidente sus sueños se llenaron de miedo y malos recuerdos. No podía recordar con qué exactamente soñó pero estaba segura de que se trataba de algo reconfortante debido a que su cuerpo se sentía totalmente descansado.
Con mucha dedicación, peinó su sedoso cabello negro en dos trenzas, generalmente, prefería tenerlo suelto pero hoy era un día especial, quería verse bonita.
Dobló cuidadosamente el abrigo y lo envolvió con un papel de regalo plateado. Lo correcto era devolverlo ahora que sabía quién era su dueño. Hasta ese momento se sentía tranquila.
Las cosas cambiaron cuando salió de la seguridad de su hogar, su corazón empezó a latir rápido y sus manos se humedecieron. Su hermano le dio unas palmadas en la cabeza, como cuando era pequeña, en un intento por calmarla. Funcionó, un poco.
Sin embargo, los nervios regresaron, más fuertes que nunca, cuando ingresó a la escuela. En su interior, el ambiente escolar estaba cargado de una mezcla de nerviosismo y esperanza. En el pasado, esa clase de detalles le eran indiferentes pero en estos momentos, alteraban su estado de ánimo. De repente, el chocolate que escondía en su mochila empezó a pesar una tonelada.
Unos chillidos femeninos llamaron su atención. Nezuko parpadeó varias veces cuando vio un grupo de chicas rodeando al señor Tomioka mientras le entregaban primorosos chocolates.
Un sentimiento desolador se extendió por el pecho de Nezuko, ¿ella era una más del montón? No, a diferencia de las otras muchachas, ella no estaba interesada en la apariencia física. Él había salvado su vida y quería darle un regalo de agradecimiento.
Con lentitud, se alejó de la multitud. No era el momento adecuado.
—¿Todavía no entregaste tu regalo? —Tanjirou preguntó al ver el rostro apenado de su hermana.
Ella afirmó con la cabeza tristemente.
Era la hora del almuerzo y, como siempre, el grupo se encontraba en la azotea.
—Pfff, ni que fuera tan difícil —Inosuke comentó con un tono despectivo.
—Se nota que no comprendes los sentimientos de una chica —Zenitsu dijo sombríamente, su voz sonaba muy decepcionada.
—Eso me recuerda —Tanjirou le extendió una buena cantidad chocolates— es la mitad de lo que recibí.
El rostro de Zenitsu mostró una cantidad absurda de emociones que iban desde una ira absoluta hasta el más profundo agradecimiento
—No sé si eres una especie de dios o un simple tonto frentón —él dijo mientras aceptaba los dulces— pero todavía no te perdono por recibir tantos chocolates.
Nezuko pegó un brinco cuando notó que Inosuke la estaba mirando intensamente.
—Sólo entrega la maldita cosa, Bazuko; no es nada de otro mundo, ¡deja de tener miedo! ¡Mis secuaces no son cobardes!
Nezuko quiso defenderse pero de su boca sólo salió un gemido lastimero. Otra vez las palabras se negaban a salir de su garganta.
—No seas tan duro con ella, Inosuke. Su situación es complicada —Tanjirou frunció el ceño.
—Él tiene razón, no puedes hablarle así a una chica —Zenitsu dijo con firmeza.
—Tonterías. Gonpachiro, si tu hermana se sigue escondiendo, nunca será fuerte, ¡y mis secuaces tampoco son debiluchos!
Nezuko lo miró confundida. De manera sorpresiva, Inosuke supo leer su pregunta silenciosa con precisión:
—¿Eres idiota o qué? Usa la boca y habla. No es tan difícil —el pelinegro zanjó la conversación cuando se metió un pedazo de pescado frito a la boca.
"Usa la boca y habla, ¿eh?" Nezuko pensó. En teoría, sonaba simple pero la realidad era más complicada. Ella realmente quería hablar, de verdad, pero cada vez que abría la boca, las palabras se estancaban.
Las clases habían terminado y ninguna oportunidad para entregar su regalo se presentó. El señor Tomioka siempre estaba ocupado persiguiendo a los alumnos rebeldes y si no lo estaba, sus admiradoras lo distraían con sus regalos, que aceptaba con palabras escuetas.
A estas alturas del día, era muy probable que todas sus admiradoras ya hubieran logrado su objetivo. Tal vez, por fin, estaba solo.
"Es ahora o nunca", se dijo a sí misma mientras lo buscaba en los pasillos. Caminó durante diez minutos con los sentidos en alerta máxima, sin éxito. Estaba a punto de rendirse, cuando escuchó el sonido de un silbato en la lejanía.
"El patio". Sin pensarlo a profundidad, empezó a correr, ignorando la punzada de dolor que atravesó su rodilla derecha. En cuestión de segundos, salió al patio de la escuela. Y, como sospechaba, el señor Tomioka estaba allí, con la mirada perdida en el el atardecer.
Una distancia considerable los separaba y no se atrevía a reducirla. De nuevo, el miedo la tenía atada. Entonces, recordó las palabras de Inosuke:
"Sólo entrega la maldita cosa".
Nezuko se humedeció los labios con la lengua y se arregló un poco el cabello, estaba segura que con su reciente carrera sus trenzas se arruinaron.
Empezó a moverse, a medida que caminaba sentía que sus pies ganaban peso, como si estuviera caminando descalza sobre arena.
"No tengo miedo, no tengo miedo", se animó mentalmente, de repente, sus piernas se sintieron más ligeras.
—Se-se-se-ño-nor To-mio-mio-ka —ella habló con todas sus fuerzas, su voz era ronca y poco armoniosa.
De inmediato, el hombre la miró, sus ojos lucían apagados como siempre.
Nezuko no se desanimó por eso, después de todo, había llegado demasiado lejos como para acobardarse. Entonces, con seguridad, estiró los brazos y agachó la cabeza, sus manos sostenían, firmemente, los dos paquetes que contenían el chocolate y el abrigo, respectivamente.
—Gra-gracias —la menor respiró con fuerza y cerró los ojos— por-por salvarme — enfatizó la última palabra.
Los segundos pasaron y un extraño silencio se apoderó del ambiente. Nezuko estuvo a punto de salir corriendo cuando sintió que sus manos se aligeraban. Con lentitud, enderezó el cuerpo.
Nezuko contuvo la respiración cuando vio el rostro del señor Tomioka, estaba sonriendo y no era cualquier sonrisa, era una que llegaba a sus ojos. Era una vista hermosa.
—Es bueno oír tu voz de nuevo —el hombre comentó suavemente mientras sostenía firmemente los dos regalos, no se molestó en revisarlos, sabía lo que contenían.
Los ojos de Nezuko se humedecieron pero contuvo las lágrimas, definitivamente no lloraría frente a él.
—Señor Tomioka —ella jadeó, esta vez las palabras no se atoraron en su garganta, fluyeron con naturalidad.
—¿Tú rodilla cómo está? —él preguntó mientras miraba el horizonte.
—Bien —otra vez no tartamudeó, estaba orgullosa de sí misma— muy bien.
No era una mentira, los dolores se había reducido considerablemente. La única que vez que decidió presionar su suerte era hoy pero la situación lo ameritaba.
Nezuko sonrió con alegría, hablar se le hacía cada vez más fácil. Un sentimiento desconocido calentó su alma. Flexionó los dedos níveos de sus manos, un extraño impulso se estaba apoderando de su cuerpo.
Giyuu volvió a sonreír. Ya estaba rompiendo un nuevo record.
Esta vez, Nezuko no pudo resistirse. De un brinco, lo abrazó, envolviendo con los brazos su cintura.
Él no la rechazó.
El penetrante aroma a pino inundó las fosas nasales de Nezuko. En ese momento, las palabras ya no eran necesarias, el gesto lo decía todo.
—¿Cómo te fue? —Tanjirou la miró con una sonrisa. Era agradable ver de nuevo ese brillo especial en los ojos de su hermana menor.
—Muy bien, a él le gustó mi regalo —Nezuko resopló con alegría.
Su hermano la miró con la boca abierta, ¡ella acababa de hablar una oración completa!
—¿En serio? ¿Y quién fue el afortunado? —Tanjirou decidió seguir hablando sin armar una escena, ansioso por saber si su hermana sería capaz de seguir una conversación completa.
—Es un secreto —Nezuko se metió a la boca un pan de canela.
Tanjirou suspiró, algunas cosas no cambiaban nunca.
Notas finales: Mi ciudad entró en cuarentena debido al coronavirus y decidí escribir esta historia para evitar deslizarme hacia la locura, la histeria colectiva es un dolor de cabeza. De todas maneras, espero que les haya gustado.
¡Saludos!
