¡Hola a todos! Aquí vengo con un One Shot, cuya idea tuve hace un tiempo. En verdad puede parecer algo raro, y es que veréis a un Deathmask pasivo. Sí, sí, ya sé, parece raro, ¿verdad? ¡Lo sé! ¡Pero es que lo emparejo aquí con nuestro amado Saga! ¡Saga! ¡Y su parte malvada, concretamente!

No, ahora en serio, a mí siempre me ha dado igual si tal persona o personaje es activo o pasivo. Nunca me ha gustado etiquetar, porque considero que es tonto hacerlo.

Si no te gusta ver a Deathmask pasivo pues… supongo que no es para ti este fic, AUN ASÍ, te invito a que, si lo deseas, pruebes a leerlo a ver si te convence. Sino, pues no pasa nada, déjame en los comentarios tu opinión, sea buena o mala, siempre con respeto (sin insultos).

Y ahora, lo de siempre: SAINT SEIYA NO ME PERTENECE.

POR ÚLTIMO, que se me olvidaba: Contiene elementos maduros como, por ejemplo, escenas sexuales, algo de fetichismo, Saga malvado con ese fantástico Lémur dentro y… eso.

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Con una copa de vino en la mano, el gran patriarca usurpador contempla la puerta por la cual, en cualquier momento, entrará el santo de cáncer. Se ha sacado la máscara que oculta su rostro, y junto a él, una verdad estremecedora que pondría patas arriba todo el santuario. Una guerra podría desatarse solo con ver su rostro. Él está confiado, a pesar de todo, pues sabe que nadie más va a subir, por el momento, a la sala patriarcal. Nadie, ni siquiera los santos dorados, se atreven a subir sin un motivo específico, cómo, por ejemplo, ser llamados por él.

Saga no puede evitar sonreír con cierta malicia ante el terror que es capaz de inspirar en todos y cada uno de los poderosos santos de oro, incluso en el mismo Shaka, quién se dice, es el más cercano a los dioses. No… él es quién verdaderamente está cerca de los dioses. Incluso, no le importaría acabar convirtiéndose en uno, pero eso es fantasear mucho por ahora.

Primero, lo primero, se recuerda. Todavía no encuentra a la Athena que Aioros se llevó, lo cual lo tiene altamente intranquilo. Hasta que esa maldita diosa no esté muerta, él no podrá llevar a cabo sus verdaderos planes.

Con una sonrisa de satisfacción ante la sola idea de poder contemplar el cadáver de esa tonta diosa, lleva la copa de vino a sus labios y traga, apenas, un poco del contenido. Lo saborea, mezclando el sabor con el dulce aroma de la bebida, y traga. Está delicioso, pero no es para menos. Lo mejor siempre es para él, el gran patriarca.

Sus ojos rojizos se cierran y la sonrisa en sus labios se acentúa, pues está sintiendo cada vez más cerca al siempre perezoso santo de cáncer. El solo hecho de pensar en tenerlo a su lado, y la clase de cosas que desea pedirle, hace que su cuerpo se estremezca y se excite. Lame sus labios, como si todavía pudiera saborear en estos el sabor de su piel, y se los muerde.

Lo desea. Lo necesita con urgencia.

Efectivamente, la puerta es abierta y, ante él, aparece el magnífico santo de cáncer, Deathmask, con su sonrisa confiada y su aura aterradora. Éste lo mira directamente al rostro que nadie debe ver, y contiene una carcajada. Cuando las puertas se cierran solas, creando un sonido estruendoso, habla:

—¿No estás siendo demasiado egocéntrico, mi señor patriarca? —cuestiona mientras camina hasta él, situándose en medio de la sala —. Cualquiera podría haber entrado y ver tu mayor secreto.

—Y tú estás siendo idiota al creer que no sentiría sus cosmos acercarse. —contesta, conteniendo la satisfacción cuando lo ve agacharse y arrodillarse ante él, como indica el protocolo —. Veo que te has tomado tu tiempo para llegar. Ten cuidado, podría pensar que no deseas verme.

—Oh, gran patriarca; yo nunca me atrevería a eso. —dice, casi con burla.

Saga entrecierra sus ojos rojizos y sonríe con cierto toque malvado, pero con verdadero placer. Nadie más que ese maldito se atreve a burlarse de él, siempre cuidando la fina línea del respeto y la educación. Las burlas de Deathmask hacia él son siempre simpáticas, sin querer dañar, mas solo divertirse un rato. Las camufla bajo sonrisas poco inocentes y una mirada de confianza.

A cualquier otro que se atreviera, Saga lo castigaría sin dudarlo, pero al maravilloso santo de cáncer se lo permite, pues, al final, es consciente de que le es leal. De hecho, de los que conocen su secreto, Deathmask es, sin duda alguna, el más leal a sus ideales. Moriría por ellos, y eso lo emociona, a la par que lo excita casi tanto como pensar en él desnudo.

El santo de cáncer es, pues, su perro más fiel, y como tal, el que obtiene todas las recompensas. ¿Qué mayor placer que dejarlo tocar su cuerpo? El solo hecho de permitirle tocarlo, debería ser suficiente para cualquiera, y Deathmask es consciente de eso.

—¿Para que me has llamado? —le cuestiona directamente el dorado —. ¿Hay alguna misión qué deba ejecutar con urgencia para ti?

—No, de eso se encargará Afrodita. —dice —. Es una buena misión, pero no está a tu altura. A ti te prefiero para asesinar, a él para espiar; sin embargo, esta vez pensé en él.

Deathmask se encoje de hombros, restándole importancia al asunto. No es como si eso dañara su orgullo, pues él tiene el ego bien alto.

—Bien por él. —comenta con su salvaje sonrisa, tan característica —. ¿Entonces?

Si parece impaciente, es porque lo está, y Saga lo sabe. Conoce a la perfección a Deathmask, así que puede leerlo como un libro abierto. Sus gestos, sus tics, lo que ocultan sus palabras. Nada es un secreto para él cuando se trata del santo de cáncer.

Lejos de serle aburrido, es una de las cosas que más lo emocionan. Saga está completamente fascinado con él, pues, aunque a simple vista parece frío y distante, es más expresivo de lo que él mismo se imagina. Son pequeños gestos, cosas que pueden ser olvidadas o no vistas a simple vista, pero están ahí, delatando sus verdaderos sentimientos. De hecho, acceder a todos esos detalles de Deathmask fue tan complejo, que, ahora que lo sabe leer tan bien, se siente orgulloso.

Conocer la expresión corporal y facial de los otros santos de oro, o de otros rangos, fue mucho más sencillo. Incluso Camus no presentó un reto para la inteligencia de Saga, pero Deathmask… Oh, que divino es.

Lentamente, el gran patriarca usurpador se pone en pie, ante la atenta mirada del santo de oro. Bebe lo poco que queda de vino en la copa y la tira al suelo, rompiéndola en pedazos, como una basura sin importancia. Entonces, se acerca al guerrero, quién no se mueve de su postura, y acerca su mano a sus cabellos azules, apretándolos con algo de fuerza.

—¿Tú qué crees? —le pregunta, sonriendo con una mezcla de excitación y confianza —. ¿Para qué crees que te necesito ahora, Deathmask? —la mano en sus cabellos aprieta algo más, aunque el santo no parece dañado por eso; más bien, le encanta —. Eres más listo que eso… sabes bien la respuesta. Quiero que lo digas.

—¿Para que satisfaga tus instintos sexuales? —suelta como pregunta retórica —. ¿Qué quieres de mí? ¿Mis manos? ¿Mi boca? ¿Mi cuerpo entero? O… ¿lo quieres todo? —acompañando sus palabras, el de cortos cabellos azules lame sus propios labios, viéndose increíblemente erótico y necesitado.

La oscura personalidad de Saga aprieta todavía más su cabellera, tirando hacia arriba con brusquedad. Esta vez, el santo de cáncer sí siente el dolor, pero no es nada comparado a todo lo que ha tenido que pasar a lo largo de su entrenamiento. Para él, es un tironcito de nada que, aunque duele, también le produce cierta satisfacción sexual. Una vez en pie, Saga lo besa, aunque más parece un golpe de labios que un beso.

Ambos se necesitan más de lo que les gustaría admitir en voz alta, así que no tardan en mover sus labios y lengua, creando un beso brusco, salvaje y animalístico, sin contención alguna. Sus lenguas bailan y sus cuerpos se rozan, aunque la armadura de oro resulta molesta. De los dos, Saga domina completamente, obligando a Deathmask a ejercer algo se sumisión, pese a no estar acostumbrado.

Cuando termina el beso, y ambos se separan, dejando un fino hilo de saliva que mancha levemente sus labios, se miran a los ojos, nublados de deseo.

—Realmente tienes muchas ganas… —ríe el santo de cáncer —. ¿Qué quieres de mí?

—Quítate la armadura. —ordena —. No me hagas esperar o repetirme.

—De verdad eres un impaciente, Saga.

No cuestiona sus órdenes. Sin tardar demasiado, se saca la armadura, la cual se reconstruye cerca de ellos; se queda solo con unas mayas azules como pantalones, elásticas y perfectas para entrenar. Su torso descubierto muestra algunas cicatrices del pasado que obtuvo por el entrenamiento duro y casi diabólico al que fue sometido por su maestro.

Los ojos rojizos de Saga observan su cuerpo entrenado con un fuerte deseo y muchas ganas de probarlo. Sin embargo, no tiene demasiado tiempo libre hoy, así que es consciente de que debe ser rápido.

—De rodillas. —ordena.

Deathmask lo hace, sin quitar de vista los ojos malévolos de la personalidad malvada del santo de géminis. De hecho, jura haberlos visto brillar, sintiendo, de paso, un poder ajeno al de Saga. No es momento para cuestionarse ese tipo de cosas, así que lo ignora y sitúa sus rodillas en la alfombra lujosa.

—Quién te viera ahora, no podría creerse que estás de rodillas para mí. —dice con una sonrisa de satisfacción —. El gran y orgulloso Deathmask, arrodillado, casi desnudo, delante del patriarca. —su mano vuelve a agarrar sus cabellos con fuerza, sin contenerse ni un poco —. Toda tu reputación desaparecería en cuestión de segundos.

—¿Estás seguro de eso? —sonríe con malicia —. Solo tendría que asesinar a quién me viera, ¿no?

Saga no se molesta en ocultar su carcajada.

—Por eso es que te tengo tanto aprecio. —con poco tacto, acerca el rostro del santo dorado a su entrepierna, cubierta por la túnica oscura y los pantalones de entrenamiento que lleva bajo ésta —. ¿Lo deseas?

—Sabes que sí.

—Suplícalo, entonces.

Deathmask lo mira y alza una ceja, aunque no le pilla por sorpresa. Desde que Saga y él tienen este tipo de relaciones sexuales, se ha dado cuenta que el mayor tiene una especie de fijación por imponer su santa voluntad. Siempre marca quién tiene el poder, y quién, de los dos, es el más poderoso. Incluso si él sabe perfectamente que no es gran rival para el santo de géminis, Saga ama recordárselo en cada momento a través de órdenes.

—Por favor, lo quiero. —dice, sin importarle rebajarse a este nivel, pues él mismo no lo ve como rebajarse, si al final obtendrá una buena satisfacción —. Lo quiero ahora.

Saga sonríe, sádico como solo esa personalidad puede serlo, y suelta sus cabellos azules. Lentamente, como si quisiera hacerse de rogar, desabotona la túnica oscura hasta quitársela, dejándola tirada en el suelo. Se queda en pantalones, los cuales también desabrocha, mas no se los quita. Cuando su miembro queda fuera, Deathmask no puede evitar tragar saliva y relamerse.

—Ya sabes que hacer. —comenta el mayor —. Si lo haces bien, podría recompensarte de otra forma esta noche.

Eso sí que motiva, piensa mientras sube una de sus manos hasta agarrarlo. Al hacerlo, ni siquiera Saga es capaz de contener un suspiro ante el placentero toque, por mucha fuerza de voluntad que posea.

Divertido, el santo de cáncer empieza a moverla con lentitud, tomándose su tiempo, pues sabe lo impaciente que es el mayor en estos casos, sobre todo en momentos como este, en los cuales parece tener prisa por algo. La mueve de arriba abajo, abarcando toda la dura extensión, y acerca su boca tentativamente.

Saga entrecierra los ojos, observando el trabajo que hace el caballero dorado, sintiendo la impaciencia recorrer su cuerpo. No hace, ni dice, nada; no por el momento. Lo deja a sus anchas, con una falsa libertad. Sin embargo, cuando siente su cálida y húmeda lengua rodear la punta con tanto tacto y profesionalismo, se deja llevar. Cierra los ojos, aprieta con fuerza sus cabellos azules y suspira.

El placer recorre su cuerpo. Lo hace de forma lenta, pero intensa, de la misma forma que Deathmask atiende su miembro. Su lengua se pasea, traviesa, desde a punta hasta la base, y luego vuelve a subir. Entonces, decide que es suficiente, y comienza a meterlo todo en su boca.

—Ugh… —Saga jadea con fuerza —… sigue así, Deathmask. —ordena.

El santo de cáncer contiene una carcajada ante la impaciencia del patriarca, pues sabe que ahora es él quien tiene el poder. Incluso si Saga cree tenerlo, él es bien consciente de que, el mando, lo posee él. Es quien le da el placer que tanto busca, el que lo tiene completamente enganchado y enamorado de lo que solo él puede darle y, pese a estar arrodillado, es Saga el que está a su completa merced. En momentos como este, Saga pierde el poder y se rodea de una falsa sensación de imponencia que Deathmask disfruta tanto como torturar a sus enemigos antes de asesinarlos.

Con el miembro totalmente dentro de su boca, encajando con una perfección abrumadora, el santo de cáncer se mueve, retirándolo hasta solo dejar la punta, y vuelve a avanzar hacia delante. Lo hace todo con lentitud, torturando al patriarca hasta que pierda toda su paciencia. Los suaves movimientos los acompaña con una de sus manos, para darle todavía más placer, y la otra queda estática sobre la cadera del mayor.

Saga jadea, soltando un sonido ronco y profundo. El maldito lo está enloqueciendo con su boca, haciéndolo disfrutar como nadie más es capaz de hacerlo. Es extraño, porque Deathmask parece conocerlo tanto como él lo conoce, y no sabe cómo sentirse al respecto.

En algún momento, como Deathmask ha predicho, la personalidad malvada de Saga pierde completamente la paciencia. Desea más, con mucha más fuerza e intensidad, así que estira de sus cortos cabellos, manteniendo estática su cabeza, y embiste, salvaje, contra su boca. Mirándolo con deseo y un erotismo enloquecedor, el santo de oro se deja hacer completamente, pues lo disfruta. Él mismo siente su propia erección rozar la tela de sus pantalones, y siente que podría alcanzar el orgasmo sin apenas tocarse si esto sigue así. No por nada tiene un pequeño fetiche con el sexo oral.

Saga no se contiene ni un poco, y en sus movimientos no hay piedad alguna por el santo de oro; no es como si Deathmask lo necesitara; muy al contrario, es así como ambos lo prefieren.

En la sala patriarcal, donde cualquier soldado podría escuchar lo que está sucediendo en estos instantes, solo se oyen gemidos, jadeos y alguna que otra maldición que murmura Saga. El santo de géminis cierra sus ojos, aumenta ligeramente la velocidad, aunque embiste sin un ritmo fijo, y echa su cabeza hacia atrás. Siente el sudor caer por su frente y mejillas, así como las olas de placer recorren todo su cuerpo, centrándose, sobre todo, en su entrepierna. Sus cabellos grises se pegan a su cara debido el sudor, mas ahora eso no le importa.

Más pronto que tarde, siente el orgasmo cerca, y no duda en sacar su miembro de la boca del santo de cáncer. Éste, que sabe lo que se viene, la mantiene abierta y cierra sus ojos. Efectivamente, Saga acaricia, deprisa, su propia dureza, hasta alcanzar el orgasmo con intensidad. El placer que siente en ese momento es tan grande, que no puede contener la ronca exclamación que sale de su boca.

Al abrir los ojos, estos se encuentran con una deliciosa escena: Deathmask con su rostro manchado de blanco, sonriéndole con picardía. El maldito, que sabe lo que causa, lleva sus dedos a su rostro, limpiándose, y se los mete en la boca.

—Como siempre, un gran sabor. —murmura.

Saga sonríe, malicioso.

—Levántate. —ordena.

Por supuesto, obedece. Cuando está en pie, Saga lo abraza por la cintura con un solo brazo y lo acerca a su cuerpo. Sin pudor alguno por poder saborearse a sí mismo, lo besa, y roza su cuerpo contra el bulto del menor. Jadeante, Deathmask le devuelve el intenso beso, hasta acabar corriéndose.

Con satisfacción, Saga se separa.

—Lo has hecho bien. —alaba —. Ya puedes retirarte.

—Claro, su majestad. —se burla —. Aunque te recuerdo que estoy bastante manchado. Supongo que no querrás que haya rumores y habladurías sobre lo que puede haber sucedido, ¿no?

—Sé perfectamente que tienes conocimientos suficientes para poder teletransportarte hasta tu templo.

—Estoy algo oxidado al respecto, y no es mi especialidad. —le recuerda —. Si acabo en otro sitio, no me culpes a mí, gran patriarca.

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Cuándo comenzó todo esto, él no lo sabe. La verdad es que sucedió sin más, un día cualquiera. Deathmask no sabe bien qué tenía en mente Saga cuando le pidió, sin más, que lo acompañara al baño, donde posee una enorme bañera solo para él. De alguna forma, acabó dentro, teniendo sexo con él y perdiendo su virginidad. Tampoco es que lo lamentara mucho, pues, para él, la importancia que se le suele dar a la virginidad, es estúpida.

Desde ese momento, han pasado varios años, en los cuales se ha convertido en su más fiel servidor. Sin cuestionar nunca sus órdenes, ha ejecutado decenas de asesinatos, sin siquiera preguntar por qué deberían morir. Si Saga lo desea, él lo hará, pues el santo de géminis, aunque usurpador, es el más fuerte del santuario, y él solo sigue al más fuerte. Los débiles no tienen lugar en este mundo, esa es su filosofía de vida.

Todos y cada uno de los rostros de su templo, son muertes ejecutadas por orden de Saga, incluso esos inocentes que murieron mientras destruía pueblos enteros. Lo peor de todo es que no lo lamenta, y duda lamentarlo algún día.

A sus actuales veintitrés años, con más de seis acostándose con el patriarca usurpador, ha visto y experimentado muchas cosas. Es más inteligente de lo que la gente cree, y también más observador. Conoce, a detalle, todos los gestos de la personalidad oscura de Saga, incluso si este no se da cuenta. Del mismo modo, es consciente que el patriarca puede leerlo igual de bien. Se conocen a la perfección, y eso es fantástico, pero fastidioso, al mismo tiempo.

Deathmask sabe sobre esa intensidad en su mirada cuando lo mira, y el brillo en sus ojos rojos cada vez que mantienen relaciones sexuales. Es algo más que malicia y picardía, pero no se da tiempo nunca a explorarlo. Lo que puede descubrir, no está seguro de poder aceptarlo. Tampoco analiza sus propios sentimientos.

¿Amor? Eso es para estúpidos; eso es lo que se repite siempre que acude al llamado de Saga, y siempre que se marcha tras haberse entregado, de nuevo, a él, sin rechistar.

También es consciente del apodo que se ha ganado, con el tiempo, entre los santos dorados, y algunos santos de plata. El perro del patriarca, aquel que ejecutará todas y cada una de las órdenes que le diga, de forma ejemplar, y con orgullo. Aquel que pasa largas horas en el templo del patriarca, haciendo vete a saber qué, con fuertes sospechas de una relación más allá, sino fuera porque muchos creen que Saga es Shion, y éste debería ser un anciano. Solo los dos, aparte de él, que conocen el secreto del patriarca, están seguros de lo que sucede cuando las puertas se cierran, mas Deathmask nunca ha confirmado nada; ni lo hará nunca.

Casi siete años, piensa. Siete años siento el perro del patriarca. Son muchos años, y en el fondo, desea que sean muchos más.

Lo habría sido, sino fuera por los santos de bronce que aparecieron; sino fuera porque fue asesinado por Shiryu.

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Está muriendo, y lo hace en los brazos de Athena, su amada diosa, aquella a la que ha traicionado a través de su personalidad malvada, que cogió fuerza por culpa del Lémur que invadió su cuerpo, vete a saber cuándo. Lo hace lentamente, y a cada segundo que pasa, tiene nuevos pensamientos.

Piensa en su hermano gemelo, Kanon, y si se lo podrá encontrar en el más allá. Piensa en si éste lo perdonará por encerrarlo en cabo sunion y haberlo casi olvidado.

Piensa en su diosa, y en cómo, al parecer, está dispuesta a perdonarlo, pues entiende que no fue él, sino su otro lado.

Piensa en todo el daño que ha hecho, y en las muertes que, indirectamente, ha causado.

Pero, sobre todo, piensa en Deathmask, y en lo que estuvo haciendo, con él, durante estos años. En lo mucho que su personalidad malvada se apegó a él, siendo capaz de sentir aprecio, aunque de una forma ligeramente retorcida y algo tóxica. En los momentos de puro placer que tuvieron, con un sentimiento que ninguno quiso explorar más allá. En cómo, al final, él mismo acabó disfrutando también de esos encuentros, compartiendo algo con su personalidad oscura.

Es triste, piensa segundos antes de morir. Es triste cómo nunca le dijo lo que sentía, y solo acabó usándolo.

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Deathmask murió sin arrepentimiento alguno.

Saga murió lleno de pesar en su corazón.

Pero, al final, ambos sí se dedicaron un último pensamiento antes de morir.