Dean soltó un suspiro antes de acercarse a la nevera para coger una cerveza. Necesitaba beber algo. Sam le estaba haciendo señas al crío para que se acercara.
—Jack, tenemos que hablar.
Se sentaron alrededor de la mesa. Sam al lado de Jack, Dean delante.
—No sabemos mucho de tus poderes, así que no debería sorprendernos que puedas hacer algo tan increíble como convertir un coche en una persona. Pero, Jack, que puedas hacer algo no significa que debas hacerlo. ¿Entiendes?
El pobre crío escuchó a Sam atentamente. Dean no podía decir lo mismo. Su mente vagaba por los pasillos del búnker, preguntándose que estaría haciendo su coche con Castiel. Un trago de cerveza. Quizá la había llevado a la sala de estar. Sam seguía dándole la chapa a Jack. ¿Le estaría enseñando el gigantesco baño que había al fondo? Otro trago. Jack asentía con expresión culpable. Por favor, que no estuvieran encerrados en una habitación. Se acabó la cerveza con otro larguísimo trago, y la dejó contra la mesa con demasiada fuerza. Su hermano saltó sobre la silla, sorprendido.
—Maldita sea. ¿Qué están haciendo esos dos?
—Dean… —Le lanzó una mirada de advertencia a su hermano.
Odiaba cuando ponía aquel tono de condescendencia. Como si no pudiera controlarse y necesitara que le recordaran que debía comportarse. Maldita sea, repitió en su mente. Un enfado que conocía demasiado bien estaba empezando a elevarse desde su estómago, inflándole los pulmones y arrugando su entrecejo. Notaba la piel tensándose, como si le empezara a picar de pies a cabeza, como si no pudiera contener aquel sentimiento dentro de sí mismo.
Se levantó a coger otra cerveza, que dejó a medias antes de volver a estar sentado. En ese momento se dio cuenta de la cara que estaba poniendo Jack. El pobre chico se sentía tan culpable que estaba a punto de hacer pucheros.
—Dean, lo siento… no sabía que te enfadarías tanto…
Soltó otro suspiro ignorando el reproche silencioso de Sam.
—No estoy enfadado contigo, Jack. No te preocupes. Devolveremos a Baby a la normalidad y ya está —el crío no parecía muy convencido—. En serio Jack, no estoy enfadado contigo.
—Pero… entonces, ¿con quién?
—¿Con quién qué?
—¿Con quién estás enfadado?
Sam volvía a sonreír, reclinándose en la silla y cruzándose de brazos. ¿Con quién estaba enfadado? Con su coche. Con Cas. Con sí mismo. Con la estúpida expresión de Sam de sabelotodo. No tenía ni idea. La ira empezó a disminuir ante la inocente mirada de su hijo, que seguía esperando una respuesta. Reprimió otro suspiro y se acabó la cerveza.
—Ya no estoy enfadado. No te preocupes.
De repente se oyó una profunda carcajada femenina des del fondo del pasillo. Los hombros de Dean se crisparon y se le frunció el ceño sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Vio como Jack miraba hacia el pasillo, para luego mirarlo a él. La confusión se pintaba en su rostro. Se parecía tanto a Cas a veces…
—Vamos Jack, a ver qué están haciendo esos dos. Ya que tenemos la oportunidad, me gustaría preguntarle al Impala un par de cosas.
Gracias a Dios por Sam y su maldita curiosidad. Al menos así Baby dejaría de estar a solas con Cas sin que fuera él quién se metiera de por medio. Cogió otra cerveza y se dispuso a empezar a preparar la cena. Necesitaba hacer algo para distraerse. Para no pensar en por qué le molestaba tanto que Baby estuviera tan interesada en Cas. Para no pensar en por qué le irritaba tanto que Cas no hiciera nada por alejarse de ella. Para no pensar, y punto.
El ajetreo le permitió relajarse durante un rato. Tampoco fue nadie a molestarle, lo cual ayudó bastante. Pero la comida estaba hecha, la cocina limpia y la mesa lista. Ya no le quedaba nada por hacer excepto llamar a todo el mundo. Reprimió un gruñido de irritación antes de levantar la voz.
—¡A comer!
Los cuatro entraron en la cocina sonriendo y charlando animadamente. Dean se relajó un poco al ver que la mujer ya no se colgaba del brazo del ángel. Algo era algo. Se sentaron y Dean les empezó a servir después de que le dieran las gracias por la comida. Baby miró el tenedor como si no supiera qué hacer con él, recordándole a la Sirenita. Se lo cogió y pinchó un macarrón antes de devolvérselo.
—Es para comer.
Baby le miró con una sonrisa de comprensión antes de meterse el macarrón en la boca. Era realmente guapa. Dean se fijó en sus brazos y reconoció los tatuajes que los marcaban. Ahí estaban sus iniciales junto a las de su hermano. Eran iguales a las que habían grabado con el cuchillo de su padre. El diseño de la trampa para demonios le cubría todo el antebrazo. También vio unas cuantas piezas de lego y el soldadito que Sam había encajado en el coche tanto tiempo atrás. Un amago de sonrisa se elevó en la comisura de sus labios. Tenía unos cuantos cassettes dibujados, y un montón de letras de sus canciones favoritas. Sin reparar en su escrutinio, la mujer se apartó la oscura melena de el hombro derecho y Dean pudo vislumbrar más tatuajes en su espalda. Eran todas las armas que guardaban en el doble fondo del maletero. Se preguntó hasta dónde llegaba la tinta. Sus pensamientos le obligaron a apartar la mirada, un poco avergonzado de sí mismo.
En la mesa nadie se había dado cuenta del divagar de su mente. Todos comían y sonreían mientras le preguntaban cosas a Baby. Todos menos Cas, que seguía callado a su lado. Dean le miró de soslayo durante un segundo. El ángel comía mirando su plato con ojos tristes. ¿Qué le pasaba? ¿Le habría dicho algo el Impala mientras estaban a solas?
Por favor, no.
Los recuerdos de todos los ligues que se había llevado al coche aterrizaron en su cabeza. ¿Era posible? ¿Sabría Baby todo aquello? Se le sonrojaron las mejillas mientras bajaba el rostro, intentando que el perceptivo de su hermano no se diera cuenta.
No funcionó.
—¿Dean? ¿Estás bien?
Genial. Ahora todos le miraban.
Una maliciosa sonrisa se expandió por el rostro de Baby al darse cuenta de que, al fin, el cazador había pensado en todos los secretos que compartían.
—Estoy bien. —Dijo sin convencer a nadie.
En ese momento, Cas le apoyó una mano en el hombro para que se girara hacia él. Maldita sea. Se tensó a su lado. Seguramente quería intentar curarle de lo que fuera que creyera que tenía. Esas eran las únicas veces que Cas le tocaba. El recuerdo de la vez que le había pedido "espacio personal" resonó en su mente. A veces se sorprendía a sí mismo odiando ese recuerdo.
—Dean… —Empezó el ángel.
Se levantó, quizá con demasiada prisa.
—Me voy a mi cuarto. Os toca recoger.
Y dicho aquello, dio media vuelta sobre sus talones y recorrió a toda su fuerza de voluntad para no salir corriendo de la cocina como si le persiguieran los endemoniados sabuesos del infierno.
