Miró una película. Se puso música. Intentó leer. Nada. No conseguía relajarse lo suficiente como para que le entrara sueño.
Su mente no había dejado de zumbar desde que se había ido de la cocina. En más de una ocasión lamentó aquello, pues su imaginación le proporcionaba todo tipo de situaciones en las que Baby podía tirarle los tejos a Cas sin que nadie se lo impidiera. Incluso con aquellos perturbadores pensamientos, no salió de su habitación.
Al menos no antes de oír cómo las puertas de las habitaciones de su familia se iban cerrando con el paso de las horas. Al final, aburrido e insomne, abrió su propia puerta sin hacer ruido. Sacó la cabeza con cautela. No había nadie en el pasillo. Respiró aliviado y dirigió sus pasos a la cocina. La botella de whiskey parecía llamarlo desde su estante.
Se sentó a la mesa con un vaso y la botella al lado. ¿Qué coño le estaba pasando? Cualquiera que conociera a Dean diría que estaría aleteando con una sonrisa coqueta alrededor de la mujer. Y, seguramente, en otra situación lo estaría haciendo. Pero todo aquello era demasiado raro. La tentadora mujer, guapa y fuerte, al lado de Cas, con aquella mirada de auxilio que había dirigido exclusivamente a él.
Se frotó el rostro con una mano antes de acabarse la copa y volver a rellenarla.
—No sé si sentirme ofendida o triste de que me estés evitando con tanta celeridad.
El cazador dio un brinco al oír la ronca voz. Recordaba tanto al motor de un coche…
—Ya… mira, lo siento, pero es que todo esto es tan…
—¿Extraño? Lo sé. Soy yo la que ha pasado de tener ruedas a manos, ¿sabes?
Ni tan siquiera se había parado a pensar en lo que todo aquello suponía para ella. Sabía que a veces podía ser un egocéntrico de mierda, pero seguía sorprendiéndole.
—Claro. ¿Cómo estás?
—Bien, tranquilo. Solo me estaba metiendo contigo.
Baby se acercó y se sentó ante él. Sin que se lo pidiera, Dean se levantó para coger otro vaso y se lo rellenó antes de acercárselo.
—Gracias.
—No hay de qué.
Un silencio incómodo se instaló entre ellos. Dean no tenía ni idea de qué decir. Supuso que a Sam se le habían ocurrido un montón de preguntas interesantes. Pero en ese momento, él se había quedado totalmente en blanco.
—Y bien, ¿por qué me estás evitando?
Sus ojos, grises como una tormenta, le atravesaron, preparados para una respuesta seria; amenazando con rayos y truenos si le soltaba alguna tontería. Dean suspiró.
—Dios. Yo que sé… eres todo lo que me habría imaginado, si hubiera podido imaginar que un día tendrías cuerpo humano. No, eres incluso más.
Baby sonrió complacida.
—Gracias.
—Pero…
—¿Pero?
—Pero… ¿tienes que estar tan encima de Cas?
Ya está. Lo había dicho. Tampoco había sido tan difícil. Claro que las mayores confesiones de su vida las había tenido a solas dentro de su querido coche. Era extrañamente lógico que se sintiera cómodo ante aquella mujer.
El tenso silencio que se había adueñado de la cocina tras su pregunta se vio roto por la portentosa carcajada de Baby. Su cabeza estaba inclinada hacia atrás y se abrazaba la barriga como si se le fueran a salir los pulmones.
Dean frunció el ceño. Jamás había dejado que nadie se riera de él. Bueno, quizá a excepción de Sammy.
—¿De qué te ríes?
Al fin, Baby respiró con normalidad, aun con una sonrisa burlona en los labios, secándose una solitaria lágrima.
—¿En serio, Dean? ¿Me estás diciendo que tienes celos de tu coche?
¿Qué? ¿Celos? ¿Él?
No recordaba un solo momento de su vida en el que hubiera tenido celos de alguien. Envidia sí. Envidiaba a los niños que disfrutaban de una infancia normal mientras él aprendía a luchar y cuidaba de Sammy. Envidiaba aquellas casas firmes y constantes que veía pasar desde la ventana del coche. O las navidades alrededor de un árbol decorado que no le había podido dar a su hermano. Pero todo aquello quedaba tan atrás en el tiempo, tan superado… Ahora tenía una casa y una familia unida, y con el tiempo se había dado cuenta de que su hogar siempre sería el coche que su padre le había legado.
Envidia, sí, la había sufrido y escondido. La había sacado a relucir a veces cuando estaba solo, y la había vuelto a guardar en el fondo de su corazón para no hacerles daño a su padre o a su hermano.
Pero, ¿celos?
¿Celos de quién? La única relación remotamente normal, y lo suficientemente larga, que había tenido fue con Lisa. Y nunca sintió celos de ningún tío que se le acercara. Nunca había tenido razones. Lisa lo comprendía casi tan bien como Sam. Tampoco había sentido celos del desconocido padre biológico de Ben. El niño siempre lo había llamado por su nombre, pero cualquiera que los viera diría que eran padre e hijo. De tal palo tal astilla y todo eso. Nunca le había importado el tema de la sangre. Bobby era un padre para él, más que John en muchos sentidos. Jack era su hijo, y que alguien le dijera lo contrario.
Baby lo miraba esperando. Esperando a que pasara de la confusión hasta la siguiente emoción, fuera cual fuera.
¿Celos de Baby alrededor de Cas?
—Dios… ¿estoy celoso de mi coche?
La mujer asentía despacio, sonriendo con anticipación.
El cazador se frotó los ojos mientras sonreía ante su propia ridiculez.
—¿Se puede ser más penoso?
