Una sonrisa se dibujaba aun en el rostro de Dean mientras se llevaba el whisky a los labios. Hacía demasiado tiempo que no se reía sin tapujos.
—¿Dean?
La inesperada voz del ángel hizo que se atragantara, casi cómicamente. Estaba seguro que Baby se estaba aguantando la risa a su lado mientras él se atragantaba con la bebida. Cas dio un paso hacia adelante, preocupado, pero él levantó una mano. El ángel se quedó donde estaba.
—Vaya, qué oportuno. —Dijo Baby.
Dean le dirigió una mirada asesina, Cas frunció el ceño con aquella confusión tan típica en él.
Se había recuperado del susto y dio otro trago para suavizar su garganta, y para alargar el momento. No tenía ni idea de qué decir. Cas se le adelantó.
—Siento haber interrumpido.
¿Sería sarcasmo? El ángel había mejorado un poco sus habilidades sociales, pero el sarcasmo seguía siendo un recurso extraño en él.
—No interrumpes, Cas. —Dijo, en un intento de relajar la inexplicable tensión.
Se quedaron los tres callados. No había tenido éxito. Dean evitaba mirar al ángel. Sus ojos iban del vaso a la socarrona sonrisa de Baby. Al final, ella fue la que rompió el silencio.
—Bueno chicos, creo que voy a retirarme. Me da la sensación de que tenéis algo de lo que hablar.
El pánico, puro y duro, invadió a Dean. No, no, no, no, no. Acababa de darse cuenta de los sentimientos que el ángel despertaba en él. No estaba preparado para estar a solas con Cas. Para fingir que todo seguía igual. Para ser su amigo. Para compartir aquellas largas miradas sin tener ganas de abalanzarse sobre él.
Baby se había levantado y estaba a punto de estar fuera de su alcance. Su oportunidad de escapar se iba con ella. En cuanto estuvieran a solas sabía que no podría evitar las inocentes preguntas de Castiel. Ya oía su ronca voz "¿por qué estás sonrojado, Dean? ¿Estás enfermo?" No, no, no. No podía.
Casi sin darse cuenta, cogió a Baby por la muñeca cuando pasaba por su lado. Ella le miró con un interrogante en el rostro. Dean le devolvió una mirada suplicante y, sin palabras, su coche lo entendió todo. Otra sonrisa burlona se dibujó en el rostro de la maravillosa mujer antes de coger a Dean de la mano, guiñarle un ojo a Cas, y salir corriendo por la puerta arrastrando al cazador tras ella.
—¿Dean? —Volvió a oír al ángel tras él, su voz llena de confusión.
Baby era fuerte, lo arrastraba como si fuera un niño pequeño. Medio corrían por los pasillos del búnker, escapando de Cas, pero sin dirigirse a la salida. ¿Qué estaban haciendo? Aquello parecía una película de adolescentes… y Dean no podía parar de sonreír. Se estaba divirtiendo. Se sentía vivo.
—¿Sabes que puede volar y atravesar paredes? —Le dijo a Baby entre trotes y sonrisas.
—Qué más da.
Abrieron la puerta que daba al baño grande del fondo y entraron con rapidez.
—¿Dean? ¿Qué estáis…?
—¡Ah! ¡Nos ha pillado!
Sin soltarle de la mano, Baby volvió a abrir la puerta y salieron corriendo, dejando a Cas allí con su confusión.
Abrieron la puerta de la habitación que le habían asignado a la mujer, pero Castiel ya estaba allí.
—¡Mierda! ¡Es rápido!
Baby cerró la puerta con Cas dentro y volvió a salir corriendo. Ya no arrastraba a Dean. El cazador se había metido de lleno en el juego y corría a su lado, aunque sin soltarla de la mano. Se sentía seguro, en casa, con ella corriendo por el búnker, su otra casa. El terror se había desvanecido de su corazón, sustituida por aquella alegría infantil que los cazadores experimentaban tan pocas veces en sus cortas vidas. Una ilusión que lo hacía sonreír como un tonto.
La escena se repitió unas cuantas veces más. A parte de las habitaciones de Sam y Jack, recorrieron el búnker entero. A cada puerta que abrían, Castiel estaba allí. Al principio, su rostro solo había mostrado confusión, pero el arrugado ceño del ángel mostraba ya un poco de molestia. Todos sabían que los acabaría atrapando, pero saberlo no hacía el juego menos divertido.
—¡Dean! —Consiguió decir Castiel antes de que Baby le cerrara la puerta en las narices por enésima vez.
—Maldita sea, es persistente este ángel tuyo.
Mierda. Se le habían vuelto a subir los colores. Menuda frase le había soltado. Siguió a Baby sin contestarle. No estaba muy seguro de si le habrían salido palabras o una estúpida risilla de… ¿de enamorado? Dios. No podía parar de sonreír.
Llegó a plantearse si su coche estaba maldito y él bajo su hechizo. Pero lo descartó rápidamente. Sabía que solo era una excusa que su entrenado y autodestructivo cerebro buscaba para escapar de sus sentimientos. Una mala y muy arraigada costumbre.
Acabaron encerrándose en la mazmorra del búnker y se giraron hacia la puerta, dando pasos cautelosos hacia atrás, esperando a que la puerta se abriera mostrando al ángel. Por el contrario, oyeron el distintivo sonido del pestillo al cerrarse. Y un segundo después, Castiel estaba detrás de ellos.
—Hola, Dean. Baby. —Dijo sencillamente a modo de saludo.
El cazador y el coche se giraron de nuevo lentamente. Una con una gran sonrisa en el rostro, el otro con el calor subiéndole por el cuello hasta llegar a las mejillas.
—¿Dean? ¿Qué hacéis?
—Esto…
No tenía ni idea de qué decir. Miró a Baby buscando ayuda, pero la mujer se encogió de hombros sin decir nada. Le tocaba a él. Mierda.
Mierda.
Mierda.
Soltó un suspiro y se pasó la mano por la cara en un intento de calmar su agitado corazón. La diversión se había acabado, volvía a estar tan nervioso como un adolescente. Dios…
Respiró hondo otra vez.
—Déjala salir, Cas.
El ángel pareció pensárselo un momento.
—¿Vas a volver a escaparte con ella?
Extraña manera de decirlo, pensó Dean. Pero negó con la cabeza sin darle más vueltas, aun incapaz de mirar a su amigo a los ojos. Al fin, Cas se decidió. Se acercó a Baby y apoyó dos dedos en su frente con suavidad. La mujer aun tuvo tiempo de guiñarle uno de esos ojos maravillosamente grises antes de desaparecer.
Castiel se giró hacia él con el ceño fruncido. La pregunta era evidente en su rostro, pero el ángel decidió hacerla igualmente.
—¿Por qué te escapabas de mí?
—Yo… no intentaba escapar. Era un juego Cas…
—¿Un juego? ¿Qué tipo de juego es ese?
—No lo sé. Uno tonto, supongo.
—No vuelvas a hacerlo.
El enfado en su voz consiguió que Dean se girara al fin. ¿Estaba enfadado de verdad? No creía que aquella tontería fuera a molestar al ángel. No de verdad, al menos.
—¿Por qué? —Se oyó antes de poder frenar su maldita lengua.
Fue el momento de Castiel de apartar la mirada, avergonzado. ¿Avergonzado? Un momento, pensó Dean, ¿aquello estaba pasando? La visión del acalorado ángel le perturbó de una manera que jamás habría creído posible.
Dios. ¿Se estaba imaginando cosas? ¿Podía ser?
Estaba tan metido en las preguntas que pasaban por su cabeza que ya no se esperaba una respuesta de su amigo.
—Porqué no me ha gustado verte huyendo de mí… con ella, además.
Celos. Eso había dicho Baby.
¿Cas estaba celoso de su coche?
Mierda. Una sonrisa demasiado grande, demasiado brillante, demasiado esperanzadora, elevó las comisuras de sus labios hasta iluminarle el rostro. Cas estaba celoso…
