Joder.

Cas estaba celoso.

Joder. Joder. Joder.

Carraspeó, aclarándose la garganta e intentando suavizar aquella sonrisa de gilipollas que tenía antes de que el ángel volviera la vista hacia él.

No podía estar seguro al cien por cien. Al fin y al cabo, Castiel era un ángel y sus emociones eran diferentes a las de los humanos; o eso creía Dean. Insistió una vez más.

—¿Por qué no te ha gustado verme salir corriendo con Baby?

Los hombros de Castiel bajaron como si de golpe y de repente hubiera empezado a llover solo encima de él. Lo había malinterpretado.

—Perdóname. No tengo ningún derecho exigirte nada. Por algo os dio mi Padre vuestro libre albedrío. Abriré la puerta.

No, no, no, no. Aquello no estaba yendo como Dean había pensado. Su mente era un barullo de reniegos gritando contra las paredes de su cráneo mientras veía cómo el ángel se tensaba, dispuesto a desaparecer.

—¡Espera!

Castiel se quedó en su sitio. No hubo aleteo. El ángel inclinó la cabeza intentando discernir el porqué de su grito.

—¿Qué ocurre, Dean? ¿Quieres que te lleve hasta Baby?

El cazador soltó un gruñido de frustración. Entre su incapacidad emocional y la torpeza social de Cas no avanzaban ni un paso. Se frotó la cara con las dos manos. Se sentía incapaz de confesarse como lo había hecho con Baby. Notaba las palabras atoradas en el fondo de su garganta, hiriéndole, quemándole, pero atascadas sin remedio. Soltó otro gruñido.

—¿Dean? ¿Qué te ocurre?

Sintió su mano en el antebrazo. Sintió… sintió su palma exactamente dónde Castiel había dejado su marca. La marca de aquella divinidad arrastrando su alma. La marca del lazo que los había unido desde entonces.

Llevaba tanto tiempo enterrando sus sentimientos. Tantos años obviando las emociones que refulgían desde el fondo de sí mismo. En ése momento, le parecía increíble que hubiera conseguido separar todo aquello. Sin duda, un esfuerzo tremendo, teniendo en cuenta que el ángel había estado allí, a su lado, desde entonces.

Dios. Qué estúpido había sido. Cuánto tiempo había desperdiciado.

Soltó un suspiro contra sus manos antes de bajarlas lentamente. Cas estaba allí, frente a él, en su espacio personal, como siempre. Aquellos profundos ojos azules lo miraban con preocupación. Lo miraban a él, solo a él.

La tensión se mascaba en el silencio que los rodeaba. Uno de esos silencios que hacían levantar los ojos de Sam al cielo. Uno de esos silencios en los que no había palabras y, sin embargo, en los que Dean había evitado pensar en todo lo que decían.

Joder… ¿cómo podían ser unos ojos tan azules? Parecían prometer tormentas, mares embravecidos, cielos despejados, lagunas cristalinas…

El corazón de Dean se ensanchaba entre sus costillas. No sabía si podía mantener más aquella tensión o si, por el contrario, acabaría rompiéndose como una cuerda que soportaba demasiado peso y que lo arrastraría hasta la locura.

Los segundos pasaban sin que ninguno de los dos dijera nada. Quietos como estatuas. Hasta que Cas le apretó suavemente el brazo. Aquello pareció despertarle de su ensimismamiento.

A la mierda. Pensó Dean.

A la puta mierda.

Frunció el ceño con preocupación. Si Cas se apartaba de él le rompería el corazón. Preferiría que le diera una paliza. Dean prefería lidiar con el dolor físico. Pero, en fin, fuera una cosa o la otra, al menos tendría el recuerdo de sus labios.

Agarró al ángel por el cuello de la gabardina; consiguiendo que una expresión de sorpresa se pintara en su rostro. Con la sensación de que se quitaba un gran peso de encima, se inclinó sobre él y le besó.

Durante unos segundos no pasó absolutamente nada. Cas se había quedado paralizado. No creía que fuera a darle una paliza, pero la rigidez de su amigo barrió sus esperanzas. ¿En qué estaba pensando? Claro que no le había correspondido. Ya notaba las lágrimas quemándole los párpados.

Había sido bonito soñar durante un momento.

Empezó a separarse de él, relajando el agarre sobre la gabardina, y preparando inconscientemente alguna broma que le ayudara a salir del paso. Pero entonces, la mano que seguía apoyada en su antebrazo lo cogió con fuerza. Abrió los ojos sorprendido. Un azul zafiro parecía atravesarle hasta el alma.

—Cas…

El aludido le rodeó la cintura con su otro brazo y lo atrajo hacia sí. Sus cuerpos chocaron antes de que el ángel volviera a besarle. Sus suaves labios buscándole, reclamando su atención. Dean se perdió en ellos. En algún momento, sin darse cuenta, una de sus manos se había refugiado en la nuca del otro mientras que la otra volvía a agarrar la gabardina con todas sus fuerzas.

El beso se alargó, se intensificó, se profundizó. En un maravilloso despiste, Castiel abrió los labios dándole a Dean la entrada que necesitaba. Su lengua buscó la del ángel, exploró su boca y sus labios hasta arrancarle un excitante gemido.

Las manos de Dean cobraron vida ante aquél sonido. Acariciaron el cuello del ángel y subieron hasta poder pasar los dedos por su desmadejado cabello. Era suave, Dios, tan suave… Sus manos volvieron a bajar hasta posarse en las mejillas de Cas.

El beso se ralentizó hasta que se separaron y unieron sus frentes. Seguían con los ojos cerrados, intentando recuperar el aliento. Rojos como dos tomates, aun tan estrechamente apretados que parecían a punto de desaparecer el uno en el otro. Dean tenía la boca entreabierta incapaz de hilar un solo pensamiento.

—¿Dean?

El cazador abrió los ojos. Castiel lo miraba suplicante. Pedía respuestas a preguntas que no habría sabido formular. Dean pasó los dedos por aquellos cabellos negro azabache.

—Cas… llevaba mucho tiempo queriendo hacer esto.

Una tímida sonrisa se elevó en las comisuras de los labios del ángel.

—No tanto como yo, Dean.

Su voz, aquella voz oxidada y profunda, le atravesó el espinazo como una descarga eléctrica. Su corazón respiraba con dificultad. Una gran carga había desaparecido de sus hombros. Una carga que nunca antes había notado allí y que, sin embargo, lo había aplastado desde que había salido del infierno.

Un susurro de desaprobación resonó en su mente, una voz que se parecía demasiado a la de su padre. Frunció un poco el ceño, pero en seguida pensó en Bobby, pensó en lo que le había dicho Baby. La mujer tenía razón. Parecía ser que siempre tenía razón. Tampoco esperaba menos de su maravilloso coche.