-Gracias por todo...

Se inclinaba con respeto aquella chica joven de cabello largo. Su kimono blanco y sus adornos floreados colgando delicadamente de su cabeza le daban un aspecto casi etéreo. Sus ojos azules tan claros como el cielo, su piel blanca, en su mirada una tristeza visible.

Sus padres abrazaron a la chica en silencio, ninguno protesto cuando el sacerdote vino por ella. Y entre la gente que había salido a verla, busco aquella cabellera rubia. Deseaba verlo una vez más, encontró a su hermano. Él no estaba allí.

Subieron a la carreta, el corazón se le fue a la garganta. No debía llorar, pero cuando avanzo la carreta escucho su voz.

-YUKO!-

Se dió la vuelta, alzo el velo que la cubría para ver a Kou correr tras la carreta. Sosteniendo un bastón, como si eso fuera a detenerlos.

-REGRESA!-

Apresuraron a los caballos, Teru detuvo a Kou y su corazón se quedó con ellos. Sus manos temblaron, apretó con fuerza y todo el viaje trato de no llorar.

-Volveremos en la mañana, esperaremos hasta el medio día.-

El sacerdote se despidió con esas palabras al llegar. Los cascos de los caballos se alejaban de las escaleras donde ella debía bajar. No se veía el fin, solo la maleza. La luz no duraría mucho tiempo, debía bajar ahora.

Cada paso resonaba, la piedra afortunadamente no estaba tan desgastada. El sonido era su recepción, ya no podía huir. Mientras más bajaba, menos luz veía. Había escuchado las historias, no creyó nada hasta que ella fue la siguiente.

Y ahora al pasar el umbral de maleza de la entrada, el sol de esa tarde la deslumbró al apartar la cortina de la cena puerta roja.

Lo que vio no era nada de lo que imagino, una casa de madera, un pequeño jardín que se veía muy descuidado. El pasto creció tanto que le llegaba arriba de los tobillos.

Recorrió el pequeño terreno, era muy modesto. Dudo un poco, pensó en tocar. ¿Qué estoy pensando? Como si me fuera alguien a contestar.

Entró, no olía mal, pero si había un poco de polvo, no demasiado para pensar que estaba abandonado. Pasando el corredor de la entrada había 2 puertas.

Se asomó por la izquierda para ver qué era una habitación con vista al otro lado del patio. A su derecha estaba la cocina.

Por curiosidad entró y tocó las repisas. Abrió una, había platos y tazas. Como unas 4, no mucho, de hecho los cubiertos eran escasos.

No había comida, eso le hizo pensar que nadie vivía allí. Siguió el pasillo a otras 2 puertas.

Iba a recorrer la puerta cuando escucho un ruido de afuera.

-¿Hola?-

Regreso a la habitación del patio. El sol había bajado más y el naranja rosado le dió otra impresión.

-¿Hay alguien?-

Por dentro, esperaba que todo fuera solo rumores del pueblo. Que el sacerdote se hubiera equivocado y la hubiera traído a otro lugar.

El corazón palpitaba rápido, se quitó al final el velo que cubría su cabeza y otra vez escucho algo. Una voz, alguien contaba.

Sus piernas siguieron la voz, el sol ya se había ocultado y la luna iluminó el sendero. Un olor suave acompañó a la voz de un niño, los árboles abrieron pasó a una vista que le robó el aliento.

Jamás vio un árbol tan grande, y el manto de flores que cubría el piso eran moradas, las glicinas parecían plumas luminosas y en el tronco un niño de espaldas contaba. Su voz se oía casi triste, su ropa no parecía de alguien del pueblo, sino de aquellos que vivían por la capital.

-Listo o no... aquí voy-

Él finalmente volteo y vio su rostro. Ambos se miraron, las glicinas moviéndose en el aire. Jamás olvidaría aquellos ojos marrones como la miel o qué esa vez pareció que iba a llorar. Su rostro se veía sucio, su cabello negro opaco y el sombrero en su cabeza se veía viejo.

-¿Estás bien?-

Se abrieron un poco, ella tomó el velo y se acercó a él. Tenía esa mirada idéntica a un niño perdido del pueblo, quizá al jugar se separó y no encontró su camino.

Ahora que estaba cerca, se dió cuenta que la seguía mirando sorprendido, quizá tenía miedo.

Dobló el velo un poco y se acercó para tomar su cara.

-DETENTE!-

Estaba frío.

Ah, con razón... Debe estar asustado.

Frotó suavemente su rostro, limpiando la suciedad, esperando que se relajará.

-Esta bien, yo también estoy perdida.-

Le sonrió, imaginando que si lo trataba como a Kou entonces le daría algo de confianza.

-Vengo de una casa por allá, la verdad no quisiera estar sola. ¿quieres esperar allí y calentarte un poco?-

Y vio como su cara pasaba de sorprendido a atónito, luego se cubrió con ese gorro y su risa la tomó por sorpresa.

-Me encontraste-

La forma en que dijo eso le hizo el corazón pulsar un instante. Aquella sutil sonrisa de media luna la tomó más desprevenida.

-Estoy a tu cuidado entonces-

Empezó a hacer más frío, le ofreció su mano.

-Así no nos perderemos.-

Ella se ruborizó al sentir su mano sobre la suya.

Es un poco extraño, pero es mejor que estar sola.

Devolvió el apretón, agradecida de tener compañía en este lugar extraño.

-No puedo ofrecerte más, espero sea suficiente por una noche.-

Él respondió con aquella voz tan curiosa, agradable y suave.

-Es más de lo que tengo. Te lo agradezco... Hmmm cuál es tu nombre?

-Ah! Lo siento. Me llamo Yuko

-Amane, es un placer-

Y aunque tenía toda una noche por delante.

Yuko se sintió más tranquila al sentir esa mano en la oscuridad.