Capítulo 2
SASUKE TUVO que conformarse con una taza de café mientras esperaba que Sakura se vistiera. Por supuesto, iba a llegar tarde. En su experiencia, las mujeres eran incapaces de arreglarse en menos de una hora y tal vez Sakura no se parecía a las mujeres que él conocía, pero era una mujer. No había nada más que decir.
Intentando no impacientarse, miró alrededor haciendo un gesto de desagrado. Él no tenía nada contra las pensiones, pero el propietario de aquélla era un experto en engañar a los inquilinos jóvenes e inexpertos. Había humedades en todas las paredes y un solo radiador que parecía tener más de cincuenta años. La ventana desde la que se veía la ciudad no estaba mal, pero la madera del marco estaba pelándose y, si te acercabas demasiado, te congelabas porque el frío se colaba por todas partes.
Se preguntó entonces si debía hablar con aquel caradura. No tardaría mucho en decirle lo que pensaba y meterle el miedo en el cuerpo.
Estaba paseando por la habitación, haciendo una mueca de horror ante las deficiencias del alojamiento al que Sakura se había acostumbrado durante los últimos ocho meses, cuando ella salió del agujero que hacía las veces de dormitorio.
–He terminado lo antes posible, pero no tenías que esperar. Puedo ir en el metro.
Sasuke se dio la vuelta y, durante unos segundos, se quedó inmóvil, su expresión indescifrable... lo cual fue una desilusión.
– ¿Cómo estoy? –le preguntó, intentando meter tripa.
Hija única y adorada por sus padres, que habían renunciado a la idea de tener hijos hasta que ella llegó de repente, Sakura sabía que su figura no estaba de moda. No era lo bastante alta o lo bastante delgada para tener el tipo que se llevaba en aquel momento y su pelo rosa tampoco era liso como el de las modelos, sino con ondas y rebelde.
Pero, después de que Sasuke se metiera con su ropa, se había esmerado esa noche para demostrarle que no era un desastre total.
–Te has hecho algo en el pelo –comentó él. Y tenía una bonita figura, pensó luego.
¿Cómo no se había dado cuenta? El ajustado vestido negro marcaba una cintura estrecha y unos pechos generosos que harían que los hombres se volviesen para mirarla. ¿Cuándo había crecido? ¿Cuándo había dejado de ser la adolescente tímida que no le dirigía la palabra para convertirse en...?
Sasuke tuvo que apartar la mirada porque su cuerpo estaba reaccionando de una forma totalmente imprevista.
–Me lo he dejado suelto. Pero es tan rebelde que suelo hacerme un moño.
–Me alegra saber que tienes algo más que faldas largas y jerséis gruesos en tu armario. Un vestido de ese estilo estaría bien para ir a la oficina, aunque no tan corto –Sasuke señaló sus piernas.
Estaba estupefacto y ése era terreno poco familiar para él.
– ¿Qué le pasa? No es más corto que los que llevan otras chicas –Sakura suspiró porque sabía a lo que se refería: corto y ajustado sólo era aceptable para las chicas que pesaban cuarenta kilos–. De todas formas, no me pondría algo tan ajustado para ir a trabajar. Es el único vestido que tengo y...
Sasuke estaba tomando su abrigo, intentando contener una reacción totalmente inapropiada, inexplicable y ridícula.
– ¿No tienes más vestidos?
–No tenía que usar vestidos cuando trabajaba en el invernadero.
–Ah, claro. Creo recordar que llevabas un mono de color verde.
–Nunca te vi allí –dijo Sakura.
–Era un invernadero muy grande.
–Imagino que irías con tu madre, pero no me acuerdo. Mikoto solía ir a comprar semillas...
–No, te vi un día volviendo a casa con un mono verde y botas de goma.
Sakura enrojeció al imaginarse a sí misma con el pelo revuelto y las botas llenas de barro, que era como solía volver a casa del trabajo.
–Supongo que no conoces a muchas mujeres que usen mono de trabajo y botas –murmuró mientras salían de la pensión.
–A ninguna –afirmó él–. Ninguna de las chicas con las que salgo se pondría un mono para salir a la calle.
–Lo sé.
– ¿Ah, sí?
–He visto a las chicas con las que sales. Y no es que me interese, pero cuando Mikoto vivía con nosotros a veces ibas a casa con alguna amiga... y todas eran iguales, así que imagino que te gustan las chicas que llevan mucho maquillaje y ropa de diseño.
– ¿Detecto cierto sarcasmo en ese comentario? –Sasuke la miró mientras abría la puerta del coche.
–No te entiendo.
–Ya, lamentablemente no me entiendes.
– ¿Qué quieres decir con eso?
–Que la sinceridad está muy bien, pero en Londres es mejor ser un poco más espabilado. El propietario de la pensión te está robando, Sakura. ¿Cuánto pagas por ese agujero al que él llama habitación?
–No es un agujero.
–Ese hombre debió de pensar que le había tocado la lotería cuando apareciste. Quince minutos en esa habitación y he visto suficientes goteras como para denunciarlo a las autoridades sanitarias.
–Es más cómoda en verano.
–Sí, claro –Sasuke hizo una mueca–. En verano no tendrás que rezar todas las noches para que el tiempo mejore. Es una vergüenza.
–El señor Haruki me prometió que arreglaría las humedades y cambiaría el marco de la ventana. Se lo he dicho varias veces, pero su madre está en el hospital y el pobre no ha tenido tiempo.
Sasuke soltó una carcajada de incredulidad.
–Así que la madre del pobre señor Haruki está en el hospital y por eso no ha tenido tiempo de arreglar las goteras, cambiar el marco de las ventanas o reemplazar esa moqueta apestosa. Me pregunto qué diría «el pobre señor Haruki» si recibiese una carta de mi abogado mañana.
– ¡No tienes por qué hacer nada!
–Ese hombre es un sinvergüenza que se está aprovechando de ti, Sakura. Yo no soy supersticioso, pero estoy empezando a pensar que esa llamada de mi madre ha sido cosa del destino porque otro mes en ese agujero y acabarías en el hospital con una neumonía. Ahora entiendo que lleves diez capas de ropa a la oficina, seguramente te has acostumbrado a vestir así para no pasar frío.
–No llevo diez capas de ropa a la oficina –protestó ella.
–No estás preparada para la vida en Londres –insistió Sasuke–. Creciste en una vicaría y tu único trabajo ha consistido en regar plantas en un invernadero. No me gusta tener que cuidar de nadie, pero empiezo a entender por qué mi madre está tan preocupada por ti.
–Eso es lo más horrible que puedes decirme.
– ¿Por qué?
–Porque... –Sakura no terminó la frase. No quería que la viese como una pueblerina que necesitaba ayuda. Quería que la viese como una mujer sexy... o incluso sólo como una mujer. Pero ni siquiera se había fijado en su vestido, al menos de un modo que pudiera ser considerado un halago.
Claro que no lo dijo en voz alta.
–No tengo por costumbre hacer buenas obras, pero estoy dispuesto a hacerlo por ti. Deberías sentirte halagada.
–No puede halagarme que pienses que soy demasiado tonta como para cuidar de mí misma –replicó Sakura. Pero debía recordar que estaba a punto de cenar en un restaurante carísimo con un hombre que no la habría invitado si pensara que era tan patética como Sasuke parecía creer.
–Yo creo que lo mejor en esta vida es ser realista –insistió él–. Cuando volví a casa tras la muerte de mi padre y vi lo que había pasado con la fortuna familiar supe que podía hacer dos cosas: la primera, quedarme de brazos cruzados lamentándome y convirtiéndome en un amargado o ponerme a trabajar para recuperar lo que se había perdido.
–No te imagino cruzado de brazos ni amargado.
–No dejo que las cosas negativas me influyan.
–Ojalá yo pudiera tener esa fortaleza –Sakura suspiró, pensando en las dudas que había tenido siempre a pesar de haber crecido en un ambiente feliz.
Cuando sus amigas empezaron a experimentar con el maquillaje para parecerse a las modelos de las revistas, ella se había negado porque pensaba que lo importante era la belleza interior y que aspirar a la vida de otra persona era una pérdida de tiempo.
Por supuesto, en Londres esa convicción sobre la belleza interior había empezado a tambalearse. Se sentía como pez fuera del agua cuando salía con sus compañeras de la oficina, que habían desarrollado una increíble capacidad para transformarse en cinco minutos con un poco de maquillaje y unos zapatos de tacón.
Su vestido negro, que la hacía sentir un poco incómoda porque tenía un escote más pronunciado de lo habitual, era conservador comparado con la ropa que llevaban sus amigas y estaba tan poco acostumbrada a usar bisutería que no podía dejar de jugar con el collar.
– ¿Crees que tengo fortaleza? –le preguntó él, burlón.
–Estás muy seguro de ti mismo. Te fijas un objetivo y vas a por él, como un sabueso.
–Bonita comparación.
– ¿Nunca te preguntas si estás haciendo lo que debes?
–Nunca –respondió él. Cuando quedaban cinco minutos para llegar a Knightsbridge, Sasuke decidió que era el momento de interrogarla sobre el tal Sasori Akiyama porque cada vez estaba más convencido de que era una ingenua a merced de un oportunista–. Bueno, háblame de Sasori...
Sakura parpadeó. Casi se había olvidado de él.
– ¿Qué quieres saber?
– ¿Cómo os conocisteis?
–En un bar.
– ¿En un bar? ¿Sueles ir de bares?
– ¿Qué es eso de «ir de bares»?
–Ir de un bar a otro tomando copas y emborrachándote cada vez más hasta que no te tienes en pie.
Sakura hizo una mueca. Sabía que muchas chicas se metían en serios apuros por hacer eso. Su padre había tenido que aconsejar y consolar por lo menos a tres.
–No pensarás que voy a quedarme embarazada de un tipo cuyo nombre no recuerde al día siguiente, ¿verdad?
–No, ya sé que tú no eres ese tipo de chica.
¿Eso era un insulto o un cumplido? Un cumplido, decidió Sakura.
–Lo conocí en un bar al lado de la oficina. De hecho, iba con mis compañeras de trabajo. Estábamos tomando una copa de vino y, de repente, el camarero se acercó con una botella de champán de parte de Sasori. Cuando lo miré, él me saludó con la mano y luego estuvimos charlando un rato.
– ¿De qué?
–De muchas cosas –respondió ella, irritada–. Es muy inteligente... y muy guapo, además.
–Ah, ahora empiezo a entenderlo todo.
–Quería saber cosas de mí y eso me pareció muy bien porque la mayoría de los hombres sólo hablan de sí mismos.
–No sabía que fueras una experta.
–No tengo experiencia con los hombres de Londres, pero he salido con varios chicos en el pueblo y, en general, sólo quieren hablar de fútbol o coches – Sakura miró a Sasuke y, como siempre, sintió que le ardía la cara. Aquélla era la primera conversación de verdad que mantenía con él y lo estaba pasando bien, aunque odiaba admitirlo–. ¿De qué hablas tú cuando sales con una chica?
–Curiosamente, en mi caso son las mujeres las que suelen hablar.
Él no tenía interés en pasear de la mano o compartir sus pensamientos más íntimos con alguien con quien iba a acostarse.
–Tal vez porque sabes escuchar –sugirió Sakura–. Aunque no estoy segura. No me has escuchado cuando he dicho que sé cuidar de mí misma.
–La habitación de la pensión en la que vives demuestra que no es así.
–Tal vez debería haberle insistido más al señor Haruki –asintió ella porque, aparte de otros problemas, Sasuke no había visto la nevera, que funcionaba por días, o su pariente, el horno, que hacía lo mismo–. Pero soy mayorcita en lo que respecta a todo lo demás.
–Puede que lo parezcas, pero tengo la impresión de que sólo eres grande por fuera.
¿Grande por fuera? ¿La estaba llamando gorda? Ella no era flaca, pero tampoco era gorda, pensó Sakura, furiosa.
–Ya sé que eres mayorcita –siguió él–. Pero no me había dado cuenta hasta ahora.
De nuevo, intentó encajar a la adolescente que él había conocido con la mujer que estaba sentada a su lado y, de nuevo, sintió esa especie de descarga eléctrica...
– ¿Te refieres al vestido?
El vestido que se había puesto para él esperando vanamente que le hiciese un cumplido.
Habían llegado al restaurante, pero Sakura no pensaba salir del coche sin escuchar la respuesta, de modo que lo miró, con los brazos cruzados.
– ¿Estás nerviosa? No te preocupes, si es tan inteligente y está tan interesado en ti como dices, seguro que lo pasaréis de maravilla.
–Estoy nerviosa por tu culpa.
– ¿Por qué?
–No me has dicho una sola cosa bonita en toda la noche. Sé que nunca me hubieras contratado para trabajar en tu empresa, sé que te has visto forzado a ayudarme para devolverles el favor a mis padres, pero al menos podrías intentar ser amable.
–Yo no te he dicho nada malo...
– ¡Me has dicho que no hago bien mi trabajo, que la ropa que llevo es horrible, que soy una ingenua... y ahora me dices que estoy gorda!
Hacer una lista de todas las cosas feas que le había dicho no fue buena idea. Podía lidiar con ellas de una en una, pero todas juntas eran demasiado y, de repente, sus ojos se llenaron de lágrimas. Cuando Sasuke le ofreció un pañuelo, lo tomó sin decir nada, pero el bochorno había reemplazado a la autocompasión y, después de sonarse la nariz, guardó el pañuelo en el bolso.
–Lo siento, tenías razón. Debo de estar más nerviosa de lo que pensaba.
–No, debería ser yo quien te pidiera disculpas –Sasuke no tenía tiempo para lágrimas pero, por alguna razón, ver llorar a Sakura le había tocado el corazón. Y el sumario de cosas que le había dicho aquel día no hacía que se sintiera orgulloso.
–No pasa nada –dijo ella, desesperada por salir del coche–. Se me ha corrido el rímel... ¿qué va a pensar Sasori?
–Que tienes unos ojos preciosos y que eres todo menos gorda –respondió Sasuke.
Y así, de repente, el ambiente en el interior del coche pareció cargarse de electricidad. Lo único que Sakura podía escuchar eran los latidos de su corazón...
Pero era absurdo, aquel hombre no había dicho una sola cosa buena sobre ella.
–No tienes que decir eso sólo para no herir mis sentimientos.
–No, ya lo sé. Pero es verdad que tienes unos ojos preciosos y cuando he dicho que sólo eras grande por fuera no quería decir que fueses gorda. Quería decir que has crecido... y con ese vestido tienes un aspecto muy sexy.
– ¿Sexy... yo?
–Sí, tú. ¿Por qué me miras con esa cara de sorpresa?
«Por lo que estás diciendo», pensó Sakura, sintiendo que le ardía la cara.
–Esperemos que Sasori esté de acuerdo.
–Sasori –repitió él con voz ronca mientras le abría la puerta–. Te acompaño a la puerta...
–No hace falta, en serio.
–Ya sé que no hace falta, pero quiero hacerlo. Espera un momento –Sasuke pasó un dedo bajo sus ojos para limpiar las manchas de rímel y sonrió cuando ella dio un respingo–. No es nada, sólo un poco de rímel. Cualquiera diría que no te han tocado nunca.
–Me limpiaré con el pañuelo. ¿Te importa encender la luz un momento? Tengo que verme la cara antes de entrar en el restaurante... –unos segundos después, cuando terminó de arreglarse, se volvió hacía él con una sonrisa–. Ya podemos irnos.
Tres horas y media después, cuando salieron del restaurante, estaba lloviendo a cántaros.
– ¿Cuándo puedo volver a verte?
Sakura miró a Sasori, que estaba más cerca de lo que a ella le gustaría... aunque era inevitable porque estaban los dos bajo su paraguas. El propio Sasori le había abrochado el abrigo y, aunque le había parecido halagador, Sakura se sentía incómoda.
Además, durante la cena no había estado pendiente de él, sino recordando punto por punto su conversación con Sasuke... e imaginando lo que debería haber respondido a sus insultantes comentarios.
Había tenido que pedirle a Sasori que repitiese lo que decía en varias ocasiones porque estaba distraída y no había disfrutado de la cena.
En realidad, no sabía por qué quería volver a verla y se sentía mal por pensárselo cuando Sasori había mostrado tanto interés por todo lo que le contaba, aunque fueran detalles aburridos sobre su trabajo.
–Mañana es sábado y conozco una discoteca estupenda en Chelsea. No te puedes creer la cantidad de famosos que he visto allí... te encantará, ya lo verás.
–Mañana no me viene bien, pero a lo mejor podríamos vernos la semana que viene.
Sasori no pareció muy contento, pero después de parar un taxi la tomó por la cintura y le plantó un beso en los labios.
– ¿Seguro que no quieres venir a mi casa a tomar una copa? Hago un café irlandés estupendo.
Sakura declinó la oferta y se sintió aliviada cuando Sasori subió al taxi... llevándose el paraguas con él. La lluvia arreciaba, de modo que tendría que parar un taxi, aunque ir a su casa en el norte de Londres le costaría una pequeña fortuna. Pero ahora que necesitaba uno, como solía ocurrir, no había taxis por ningún sitio...
Un coche plateado se detuvo frente a ella y el conductor abrió la puerta del pasajero.
–Sube, Sakura. Vas a pillar un resfriado si te sigues mojando.
Sasuke.
¿Qué hacía allí?
–No quiero estropearte la noche. Voy a tomar el metro, no te preocupes.
Sakura siguió caminando, pero Sasuke fue tras ella y abrió de nuevo la puerta del pasajero cuando tuvo que detenerse en un semáforo.
–Si no subes, me veré obligado a meterte en el coche a la fuerza. ¿Quieres que montemos una escena en pleno Knightsbridge?
Suspirando, Sakura subió al coche.
– ¿Has estado esperándome todo este tiempo?
–No, pero decidí volver a buscarte.
– ¿Por qué? Sé que piensas que soy una ingenua, pero llevo ocho meses moviéndome por Londres en el metro y no me ha pasado nada. Mi madre lo odia. Según ella, el metro está lleno de delincuentes. Y eso que sólo ha venido a Londres en un par de ocasiones... y ni siquiera ha tomado el metro –Sakura hizo una mueca–. Ay, perdona, sé que hablo demasiado.
Sasuke tuvo que disimular una sonrisa.
–Nagato me llamó cuando estabais a punto de pagar la cuenta.
– ¿Quién es Nagato?
–El propietario del restaurante. Nos conocemos desde hace años.
– ¿Y si hubiera ido con Sasori a un bar o una discoteca? O podría haber ido a su casa.
– ¿Te lo ha pedido?
–Sí.
–Y tú le has dicho que no. Una decisión muy sensata.
–Pero no sé lo que diré la próxima vez que me lo pida –Sakura lo miró con gesto retador.
Sasuke se había quitado el traje de chaqueta y llevaba un vaquero negro y un jersey de cuello alto. Y tuvo que admitir, avergonzada, que a pesar de todo nunca se cansaría de mirarlo.
– ¿Entonces has vuelto a quedar con él?
–No, pero me va a llamar la semana que viene. ¿Qué has hecho esta noche?
–He estado trabajando en... digamos que un proyecto muy interesante.
–Es estupendo que disfrutes tanto de tu trabajo. Aunque da un poco de pena que trabajes incluso los viernes por la noche.
–Tu sinceridad es asombrosa –dijo él, realmente sorprendido–. Podría haber salido con alguien, pero tenía cosas más importantes que hacer. Y después, he decidido que tenía que hablar contigo.
– ¿Por qué?
Eso de que «tenía que hablar con ella» le daba un poco de miedo. ¿Iba a despedirla?
Sakura suspiró al imaginar que tendría que volver a Yorkshire con las manos vacías. Pero para vivir en Londres, aunque fuera en una pensión, hacía falta un sueldo.
–Éste no es el sitio adecuado. Voy a llevarte a casa, tú me vas a invitar a un café y allí podremos charlar.
– ¿No puede esperar hasta el lunes?
–Yo creo que es mejor quitárselo de en medio cuanto antes. Pero relájate, cuéntame qué tal la cena con Sasori. Dime cómo te puede gustar un tipo que toma un taxi tranquilamente y te deja en la calle cuando está lloviendo a mares.
Como creía haberse quedado sin trabajo, Sakura pensó que no perdía nada por ser sincera. A excepción de su madre, la gente nunca era sincera con Sasuke. Todo el mundo le decía: «sí, señor, no, señor» y él parecía encantado. Era un arrogante y creía que podía decirle a todo el mundo lo que debía hacer.
–No me apetece hablar de eso contigo.
– ¿Por qué no?
–Porque no.
– ¿Te da vergüenza? No tienes por qué avergonzarte de que la cita haya ido mal. Esas cosas pasan, lo que tienes que hacer es seguir adelante.
– ¿Quién ha dicho que la cita haya ido mal?
–Te ha dejado en la calle después de tomar un taxi –reiteró Sasuke.
Además, Sakura le estaría agradecida cuando le contase lo que había averiguado sobre Sasori Akiyama. Aquel viernes por la noche había sido un aburrimiento, pero no estaba enfadado, al contrario.
Tardaron menos de media hora en llegar a la pensión y Sakura no había dicho una sola palabra durante todo el camino. Su cena con Sasori había sido una desilusión, pero no le hacía la menor gracia que Sasuke apareciese a recogerla como si saliera del colegio. O que dijera que su cena con Sasori había ido mal, que era algo que debía olvidar y seguir adelante. ¿Qué sabía él?
Ella no le había pedido que se metiera en su vida. Apenas la había mirado en esos ocho meses y ahora que su madre lo había obligado a prestarle un poco de atención no podía disimular que le resultaba una molestia. Todo en ella parecía ofenderlo, empezando por el hecho de que no le hiciera la pelota y terminando por su aspecto físico, que no parecía gustarle en absoluto.
Ahora había decidido «hablar con ella» y sólo podía ser sobre el trabajo. Seguramente habría hecho una lista de todas las razones por las que debían despedirla e iba a decirle que, a pesar de deberle un favor a sus padres, no podía cargar con un peso muerto en la oficina.
–Sé lo que vas a decir –se adelantó en cuanto Sasuke quitó la llave del contacto–. Y puedes decírmelo aquí mismo, no hace falta que subas.
– ¿Sabes lo que voy a decir?
–Sé lo que piensas de mí y sé lo que vas a decir.
–No, me parece que no tienes ni idea de lo que pienso de ti y tampoco sabes lo que voy a decirte. Y no quiero seguir hablando aquí.
–Quiero terminar con esto lo antes posible –le rogó Sakura. Pero Sasuke ya estaba fuera del coche, de modo que tuvo que seguirlo.
Cuando llegaron a su habitación, Sakura encendió la luz y miró alrededor con ojos nuevos. Con los ojos de Sasuke. Vio las paredes descoloridas, las manchas de humedad que había intentado esconder colgando dos grandes pósteres, los muebles viejos, la moqueta sucia asomando bajo la alegre alfombra marroquí que había comprado en un mercadillo... y el frío que hacía.
Sasuke tenía razón, ¿quién vivía en circunstancias tan patéticas?
–Soy un fracaso y quieres encontrar una manera amable de librarte de mí. Estoy despedida, ¿verdad?
– ¿Despedida? ¿Por qué iba a despedirte? –Exclamó Sasuke, clavando en ella unos ojos tan negros como la noche. -No, iba a contarte que conozco a Sasori Akiyama y sé lo que quiere de ti.
