Capítulo 5

SAKURA no era tan tonta como para pensar que el resto de la noche pondría las cosas en perspectiva de manera milagrosa. O que, de repente, se enfrentaría con el nuevo día llena de optimismo; de vuelta en el trabajo después de lo que había ocurrido el domingo.

Ninguna de las charlas que se había dado a sí misma pudo evitar que se le hiciera un nudo en el estómago mientras esperaba el ascensor que la llevaría a su diminuto despacho.

Había pensado invernar en ese despacho, no salir de allí hasta que pasaran los quince días... pero entonces habría dejado que ese episodio con Sasuke dictase su comportamiento y no quería que así fuera. Llevaba demasiados años haciéndose ilusiones y creando absurdas fantasías y no pensaba dejar que dirigieran su vida.

Y tampoco iba a vestir como una refugiada. Había tenido que admitir, a regañadientes, que algo bueno había salido de su encuentro con Sasuke: ya no se avergonzaba de su cuerpo. Había visto un brillo de genuina admiración en sus ojos cuando la miraba y, por primera vez en su vida, sus curvas no eran motivo de vergüenza. Había disfrutado de la atención que provocaban y, milagrosamente, esa sensación se había quedado con ella.

De modo que, en lugar de una falda larga y un jersey ancho, aquel día se había puesto lo único decente que tenía en el armario: una falda lápiz negra y un jersey de manga larga que se ajustaba a su figura. El pañuelo con estampado de cachemira, regalo de su madre cuando se mudó a Londres y que había sacado de la caja por primera vez, le daba un toque de color al atuendo.

Mientras se dirigía a su diminuta oficina, sabía que estaba llamando la atención porque sentía los ojos de sus compañeros clavados en ella. Y, con una espontaneidad que no creía poseer, Sakura incluso se había vuelto para tirarle un beso a Kiba cuando lanzó un silbido al verla pasar.

Más que nunca, desearía estar trabajando en el corazón de la oficina, donde el sonido de los teléfonos y la charla de los empleados podrían distraerla de sus pensamientos.

Su despacho, al final de un largo pasillo, podía ser un paraíso de soledad o una celda de aislamiento y Sakura se preguntó si el director de personal la habría metido allí porque, con su limitada experiencia, no podía competir con sus compañeros, que tenían títulos universitarios y capacidad para usar cualquier programa informático.

Cuando llegó le habían dicho que, como iba a trabajar más o menos directamente con Sasuke y tal vez tendrían que pasarle documentos de naturaleza confidencial, necesitaba un sitio más privado. Tal vez comprar regalos para sus novias era considerado material confidencial, pensó, irónica.

Sakura colgó su abrigo en el perchero y sólo al darse la vuelta descubrió que había otra persona allí. Sasuke, apoyado en el escritorio, con los brazos cruzados.

No se habría sorprendido más si hubiera visto un extraterrestre sentado frente a su ordenador. Por supuesto, sabía que lo vería tarde o temprano, pero no cuando apenas había tenido tiempo de recuperar la calma.

– ¿Qué haces aquí?

–Ésta es mi empresa, ¿no? Tengo derecho a estar aquí.

–Sí, pero...

–Pero la vida sería más fácil para ti si yo no hubiera venido, ¿es eso?

Sakura no dijo nada porque era la verdad. Y no sabía si su absurda adicción a Sasuke la habría hecho buscarlo con algún pretexto. No era fácil romper con las malas costumbres.

Él la miraba intentando disimular su admiración. El conjunto que llevaba era el que llevaría una mujer proclamando una nueva sexualidad. Una mujer cuya sexualidad él había despertado. Y tal vez dispuesta a buscar otro hombre.

Pero Sasuke no quería eso. Y tampoco quería que su trabajo sufriera porque no podía quitársela de la cabeza. El día anterior había hecho lo impensable poniendo en peligro un contrato porque no era capaz de concentrarse y eso no podía volver a ocurrir.

Sakura era algo que había dejado a medias y era una situación que tenía que solucionar como fuera.

Todas las situaciones tenían una solución y, en aquel caso, la solución era volver a acostarse con ella. Lo supiera Sakura o no, sería lo mejor para los dos porque, si ella era un asunto sin acabar para él, él lo era también para ella. Hasta que lo hubieran solucionado, Sakura entorpecería su trabajo y él entorpecería el suyo. Y sí, tendría que infringir todas sus reglas porque estaba acostumbrado a salirse con la suya y no parecía haber otro remedio.

–No creas que vas a poder estar de brazos cruzados porque quieres irte de la empresa.

– ¿Quién ha dicho que voy a estar de brazos cruzados?

– ¿Ah, no? Entonces explícame ese atuendo. No sé si es apropiado para venir a la oficina...

–Llevo lo mismo que llevan la mayoría de las chicas –se defendió Sakura, tirando un poco de la falda, que le quedaba por encima de la rodilla–. Y tú mismo dijiste que no podía seguir llevando ropa ancha.

Sasuke debía admitir que era verdad pero, por alguna razón, lo irritaba que todos los hombres la mirasen. ¿De verdad esperaba pasar desapercibida cada vez que saliera de su despacho? Claro que no. Pero, por supuesto, ésa era su intención.

–La cuestión es que me encuentro en una posición extraña –le dijo, mirándola como su fuera un tiburón vigilando a su presa–. Tengo por norma no mantener relaciones con mis empleadas y ahora me doy cuenta de que infringir las normas tiene consecuencias.

– ¿Qué quieres decir?

–He abierto una puerta que tú podrías utilizar si decidieras vengarte de mí por lo que pasó anoche. Aunque fueras tú quien instigó la situación...

– ¿Qué estás diciendo? –Exclamó Sakura–. ¿Por qué iba a vengarme? ¿Por qué tienes que pensar siempre lo peor de los demás?

–Yo tengo que lidiar con la realidad todos los días y te aseguro que no sería nada nuevo. A mí me da lo mismo, pero no quiero disgustar a mi madre.

– ¿De verdad crees que yo querría hacerte daño?

–No lo sé –Sasuke se encogió de hombros–. Nunca pensé que fueras la clase de chica que se acostaba con un hombre y luego decidía usar eso como trampolín.

Sakura sintió que le ardía la cara. Lamentaba amargamente haberse despedido como lo hizo y casi podía entender que pensara mal de ella.

–Que haya decidido ponerme ropa normal para venir a la oficina no significa que vaya a poner los pies en la mesa y dedicarme a leer revistas.

Sasuke notó que no se había defendido de la acusación y eso lo enfureció, pero intentó disimular.

–Y tampoco quiero que le cuentes a nadie lo que ha ocurrido entre nosotros.

–No voy a contárselo a nadie. Y en caso de que no me creas, vamos a hacer un trato: yo no se lo contaré a nadie y tú tampoco.

–Yo no hago tratos –replicó él–. Por otro lado, quiero vigilarte.

– ¿Vigilarme por qué? –repitió Sakura, que no entendía aquella conversación.

–Tu tiempo en esta planta ha terminado. Durante los quince días que te quedan estarás en mi planta, delante de mi despacho, donde pueda comprobar que no andas cotilleando con nadie.

Ella lo miró, perpleja.

–No puedes decirlo en serio.

–No he dicho nada más en serio en toda mi vida. Tengo una reputación que proteger y quiero asegurarme de que tú no la dañas.

–Todo el mundo sabe que eres un mujeriego. No sé a qué reputación te refieres –dijo Sakura, molesta.

–No me importa que sepan que salgo con muchas mujeres. Pero nadie debe saber que estoy tan loco como para haberme acostado con una empleada.

Sólo él era capaz de entender la importancia de esa decisión: que por primera vez en su vida estaba dispuesto a mantener relaciones con una empleada.

«Pero nadie debe saber que estoy tan loco como para haberme acostado con una empleada».

Sakura sólo recordaba esa frase. Le gustaría decir que ella había sido la loca por echarse en sus brazos como si toda su vida hubiera llevado a aquel momento. Pero, sabiendo cómo pensaba, decidió borrarlo de su mente para siempre.

–Tú ya tienes una secretaria. ¿Qué voy a hacer yo en tu despacho?

–Karin ha sido Madre por segunda vez y le vendría bien tomarse unos meses de descanso –respondió Sasuke–. Había pensado contratar una secretaria temporal, pero yo creo que ésta es una solución más satisfactoria.

Y una que se le había ocurrido en el último momento. En realidad, tenía que admirar su creatividad cuando se trataba de infringir las reglas para inventar reglas nuevas.

–Yo no estoy cualificada para hacer el trabajo de Karin. No sabría por dónde empezar.

Sakura se agarraba a eso con la tenacidad de alguien agarrándose a un salvavidas, pero en su corazón sabía que no había muchas esperanzas.

–Durante los próximos días, Karin te dirá lo que tienes que hacer y, si se trata de algo demasiado complicado, me encargaré yo mismo.

– ¿El trabajo incluye comprar regalos para tus novias? –se atrevió a preguntar Sakura.

Cuando Sasuke dio un paso adelante, ella dio un paso atrás instintivamente.

– ¿Eso te molestaría? ¿Por qué, tienes celos?

– ¡No!

Sasuke esbozó una sonrisa.

–No te preocupes, no tendrás que hacerlo.

¿Significaba eso que seguiría haciendo su vida de siempre, aunque evitando que ella tuviera que comprar regalos, reservar mesa en restaurantes o comprarle entradas para la ópera?

–Mira el lado bueno del asunto –siguió él–. Si decides buscar trabajo en otra oficina después de esto, al menos habrás adquirido ciertos conocimientos y podré darte buenas referencias. Trabaja para mí, esfuérzate y podrás encontrar trabajo en cuanto salgas del edificio. Como verás, te estoy haciendo un favor.

–Tus favores nunca parecen favores –dijo Sakura.

La atracción mutua, el breve juego de la persecución y la captura antes de la gratificación. Eso era lo que Sasuke había hecho siempre con las mujeres. Y era lo bastante cínico como para saber que todas lo creían un buen partido, tal vez uno de los mejores del país.

Pero Sakura lo había puesto todo patas arriba.

¿Era por eso por lo que estaba decidido a acostarse con ella de nuevo, costase lo que costase y a expensas de su famoso autocontrol?

Sasuke intentó controlarse en aquel momento para fingir que nada de aquello tenía importancia.

–Baja a la planta principal cuando hayas recogido tus cosas. Yo estaré fuera todo el día, pero Karin te dirá lo que tienes que hacer.

Al menos haría un trabajo de verdad, pensó Sakura. Y Sasuke tenía razón: si era capaz de adquirir cierta experiencia profesional y él le daba buenas referencias, sería fácil encontrar trabajo en otro sitio. Y, además, dejaría de sentirse culpable por tener un trabajo que había conseguido por enchufe.

Como debería haber esperado, Sasuke veía el asunto de manera pragmática. Mientras ella no había podido pensar en otra cosa durante todo el fin de semana, él había elaborado un plan que protegería su intimidad y preservaría su conciencia.

El despacho de Karin era precioso, todo de cristal y cromo, con una puerta que daba al de Sasuke, más grande y aún más lujoso. Mientras la secretaria le contaba cuál sería su trabajo, Sakura pensó que tal vez viendo a Sasuke todos los días lograría olvidar su fascinación por él.

Y eso era algo que deseaba con todas sus fuerzas.

Durante la siguiente semana y media todo parecía ir más o menos bien... por decir algo. Sasuke trabajando era increíble. Por temprano que llegase a la oficina, él ya estaba allí y no paraba en todo el día.

Incluso con los pies sobre la mesa y la corbata torcida, su mente funcionaba a tal velocidad que Sakura apenas podía respirar.

– ¿Lo tienes?

Sakura se levantó, asintiendo con la cabeza. Pero Sasuke la miraba con una expresión tan intensa que se le erizó el vello de la nuca. Durante la última semana y media, la había tratado con frialdad. Ahora, mientras el reloj marcaba la hora del almuerzo, por fin estaba mirándola a los ojos y el nerviosismo que apenas había podido contener hasta entonces salió a la superficie.

–Parece que estabas escondida –empezó a decir, poniéndose las manos en la nuca.

–No te entiendo.

–Para ser alguien que adora estar al aire libre y que odia todo lo relacionado con las oficinas, lo estás haciendo muy bien.

El corazón de Sakura hizo eso que hacía siempre y que parecía dejarla con la mente en blanco. ¿Se habría engañado a sí misma pensando que ya no sentía nada por Sasuke sólo porque había sido capaz de trabajar con él esos días?

La idea de estar como al principio fue como un puñetazo en el estómago. A pesar de sus buenas intenciones, nada había cambiado. Ella esperaba odiarlo, despreciarlo, pero no había sido así. Al contrario.

–No me ha quedado más remedio, ¿no? Además, la verdad es que estoy disfrutando del trabajo. Es mucho más interesante que lo que hacía antes.

–No es culpa mía –dijo Sasuke–. No tenías experiencia cuando llegaste aquí, pero tampoco mostrabas interés alguno en el trabajo. ¿Cómo iba a saber que aprendías tan rápido?

El cumplido, aunque dudoso, hizo que Sakura se pusiera colorada.

–He tenido varias secretarias durante estos últimos años –siguió Sasuke– y ninguna de ellas era tan eficaz como tú. De hecho, varias de ellas se derrumbaron en cuanto las cosas se pusieron difíciles.

Sakura podía creerlo. Al menos, ella conocía la naturaleza de la bestia y se había adaptado. Sasuke era brillante, trabajador, rápido, impaciente con los errores y nunca esperaba tener que explicar las cosas más de una vez.

–Pobrecillas –murmuró, imaginando una procesión de chicas llorosas.

– ¿Pobrecillas? Yo soy el jefe más considerado que conozco.

– ¿Ah, sí?

–Y tú pareces estar llevándolo muy bien –Sasuke hizo una pausa–. ¿Crees que podría tener algo que ver con nuestra especial relación? –le preguntó, clavando sus ojos en los cabellos rebeles que escapaban de su coleta.

Trabajar con ella era un reto continuo para su libido. Pero había descubierto que Sakura era una eficiente secretaria, mucho más inteligente y rápida de lo que había pensado. Era una lástima que perdiera su tiempo en invernaderos, pero le hablaría de la posibilidad de seguir trabajando en alguna de sus empresas más adelante.

Por el momento, estaba frustrado por un deseo que no tenía nada que ver con el trabajo. Incluso cuando ella no estaba en la oficina, seguía teniendo problemas de concentración.

Ser paciente no estaba en su naturaleza y sabía que necesitaba llegar a una conclusión lo antes posible.

–No tenemos una relación especial –respondió Sakura por fin.

–Nos hemos acostado juntos –le recordó él–. No me digas que ya lo has olvidado.

–No, claro que no.

–Pues yo diría que eso constituye una relación especial... –Sasuke se echó hacia delante, con las manos sobre el escritorio, al ver que Sakura se ponía colorada hasta la raíz del pelo–. Te pido disculpas. Hablar de sexo en la oficina es totalmente inapropiado. Pero lo que sí es apropiado es invitarte a comer. Te lo mereces, además. Sé que no siempre es fácil trabajar conmigo.

–Es muy amable por tu parte, pero tengo muchas cosas que hacer a la hora de la comida.

Sasuke frunció el ceño.

– ¿Qué tienes que hacer? Yo soy el jefe y te doy permiso para tomarte un par de horas libres.

–En realidad, no tiene nada que ver con el trabajo.

–Pero imagino que tendrás que comer, como todo el mundo.

–He traído unos sándwiches y... tengo que mandar unos correos, si no te importa. Cosas personales.

– ¿Puedo preguntar qué cosas son ésas?

–Le he dicho a mi madre que seguramente me iría de la empresa y está un poco preocupada.

–Ah, muy bien. Tal vez otro día entonces.

–Tal vez... –Sakura se aclaró la garganta–. ¿Eso es todo?

Sasuke no había sido despedido de esa forma en toda su vida. Daba la impresión de ser una chica ingenua y sin personalidad, pero Sakura era dura como una piedra, pensó. ¿Qué correo podía ser más urgente que comer con él?

–No volveré por la tarde –le dijo, sin poder disimular su frustración–. Tengo reuniones hasta las seis y espero que ese informe que te he encargado esté listo para entonces. Si no, tendrás que quedarte a trabajar hasta que esté terminado. El departamento jurídico lo necesita a primera hora de la mañana.

–Sí, claro –Sakura se levantó–. ¿Quieres algo más?

–Ésa es una pregunta que da lugar a muchas respuestas. ¿Qué tenías en mente?

Sasuke disfrutó al ver que, de nuevo, se ponía colorada. Y notó también que respiraba agitadamente. Por mucho que quisiera disimular, seguía siendo tan prisionera de esa explosiva noche como lo era él.

–Nos vemos mañana –dijo Sasuke por fin, saliendo del despacho.

Sakura suspiró, aliviada. ¿A qué estaba jugando con esas referencias sexuales? ¿Le divertía desconcertarla?

Con repentina determinación, y algunas miradas furtivas alrededor, en caso de que las paredes oyeran de verdad, pasó los siguientes quince minutos buscando agencias de contactos en Internet. No le hacía mucha ilusión pero, aparentemente, era la manera más fácil de conocer a alguien. ¿Y qué había de malo en ello?

En realidad, no tenía muchas esperanzas de encontrar así al hombre de su vida, pero tal vez podría conocer gente interesante. Había decidido no volver a Yorkshire y buscar trabajo en Londres, de modo que sería buena idea empezar a formar un círculo de amistades.

No iba a convertirse en su peor enemiga dejando que su debacle con Sasori la pusiera a la defensiva constantemente. Y tampoco se convertiría en una reclusa que dedicaba todos sus pensamientos a Sasuke. No, necesitaba una distracción.

De modo que se registró en una de las páginas de contactos más conocidas y luego, de mejor humor, subió a la cafetería, cambiando los aburridos sándwiches que había llevado de casa por unos espaguetis a la boloñesa seguidos de un pastel de chocolate y una charla agradable con sus compañeros.

Era absurdo que Sasuke temiera que le contase a alguien lo que había ocurrido entre ellos. Convertirse en objeto de cotilleos era lo último que Sakura haría en su vida.

Cuatro horas más tarde, salía del impresionante edificio de cristal cuando Sasuke se puso en su camino. Y no parecía de buen humor.

–Ah, hola, no te había visto. He terminado el informe que me pediste. Está sobre tu escritorio.

– ¿Lo has pasado bien a la hora del almuerzo?

– ¿Perdona?

Sasuke sacudió la cabeza.

– ¿Cómo piensas volver a la pensión?

–En el metro –respondió Sakura.

Sasuke alargó una mano y, milagrosamente, un taxi se detuvo frente a ellos.

–No puedo pagar un taxi...

–Sube, Sakura.

– ¿Te encuentras bien? No tienes buen aspecto.

Sasuke no confiaba en su voz y ésa era una experiencia nueva para él, de modo que esperó hasta que Sakura subió al taxi y se sentó a su lado para darle las indicaciones al conductor.

Ella empezó a hacerle una lista de las llamadas que había recibido y de los progresos que ella había hecho con una empresa editorial en la que Sasuke estaba interesado. La empresa había despertado su interés por que estaba especializada en libros de jardinería. Nerviosa, y temiendo pasar en silencio el resto del viaje, empezó a hablar sobre sus ideas para rejuvenecer la compañía.

– ¿Qué te pasa? –le preguntó por fin, al verlo tan serio–. ¿Por qué insistes en acompañarme a la pensión? Voy y vengo sola todos los días. No necesito que hagas de niñera, ya te lo he dicho.

–Dime qué más cosas has hecho hoy, aparte de hablar con clientes.

Sakura empezó a sudar. Y estaba claro que iba a verse obligada a responder porque Sasuke bajó del taxi con ella cuando llegaron a la pensión.

– ¿Qué quieres saber? –le preguntó, una vez en su habitación. Aunque no era justo que estuviera allí, su presencia haciendo que todo pareciese diminuto, irrelevante, cuando lo que Sakura quería era olvidarse de él.

–Dímelo tú.

–No me he comido los sándwiches que había llevado. Bajé a la cafetería... y antes de que lo preguntes, no le he contado absolutamente nada a nadie. Yo no haría eso.

–Volví a la oficina poco después de irme –empezó a decir Sasuke–. Había olvidado unos papeles.

– ¿Y?

Sasuke se acercó a la ventana, pensando no por primera vez que debería haber denunciado al propietario de la pensión. Cuando se volvió, vio que Sakura seguía en el mismo sitio, al lado de la puerta, aunque se había quitado el abrigo para dejarlo sobre el sofá.

–Habías dejado tu ordenador encendido.

– ¿Y qué?

–Si te gusta entrar en páginas de contactos, yo diría que es buena idea apagar el ordenador para que no lo sepa nadie.

Sakura tardó unos segundos en entender.

– ¿Has estado espiando en mi ordenador? –exclamó.

Sasuke tuvo la cortesía de enrojecer ligeramente, pero no estaba dispuesto a disculparse.

–Quería comprobar cómo iba ese informe para el departamento jurídico. Y no olvides que ese ordenador pertenece a la empresa y, por lo tanto, a mí.

Ella suspiró, agotada con el juego.

–Era la hora de comer, de modo que no estaba haciendo nada malo. Además, conocer gente por Internet es lo que hace todo el mundo últimamente.

–Últimamente todo el mundo parece querer meterse en líos –replicó Sasuke, furioso consigo mismo.

Mientras él esperaba el momento adecuado, Sakura se había dedicado a buscar hombres en Internet. Debería haber obedecido a sus instintos, siempre le había funcionado en el pasado.

Aquella mujer era un desafío, pensó. Si sospechara que estaba jugando con él, se marcharía sin ningún problema. Si de verdad no estuviera interesada en él, se encogería de hombros y pensaría que era una experiencia más en la vida. Pero, contra todo pronóstico, Sakura quería alejarse de él a pesar de estar interesada. Y eso lo volvía loco... aunque no tanto como cuando vio la página de contactos.

En realidad, Sakura sabía que conocer hombres por Internet no era lo suyo. De hecho, a medida que transcurría la tarde, su optimismo por conocer gente en la red se había enfriado por completo. Y cuando se encontró con Sasuke en la puerta del edificio llegó a la conclusión de que debía de estar sufriendo una especie de locura temporal para haber pensado que era buena idea.

Pero no iba a decírselo.

–Las agencias de contacto por Internet tienen mucho éxito.

– ¿Ah, sí? ¿Eso es lo que esperabas, encontrar novio en Internet?

–La verdad, había pensado que podría conocer gente antes de empezar a buscar trabajo en otra oficina. Pero no veo por qué es asunto tuyo.

«Un hombre nuevo, alguien encantador que me ayude a olvidarme de ti».

El silencio se alargó y Sakura no sabía qué hacer.

–No quiero que conozcas a nadie –dijo Sasuke por fin.

Ella lo miró, sorprendida.

– ¿No quieres que conozca a nadie? ¿Por qué, estás celoso?

La sensación de vacío que experimentaba fue reemplazada por una enorme alegría... que duró poco porque Sasuke la miró con gesto de incredulidad.

– ¿Celoso? –repitió–. Yo no he estado celoso en toda mi vida.

Pero pensar en ella con otro hombre hacía que lo viera todo rojo. Lo aceptaba porque él era un hombre posesivo y no había nada malo en eso. ¿Pero celoso? No, en absoluto.

– ¿Sigues pensando que debes cuidar de mí porque podría conocer a otro canalla como Sasori Akiyama?

Sasuke negó con la cabeza.

–No quiero que salgas con nadie, Sakura. Tú y yo hemos dejado algo sin terminar y no vamos a fingir que no ha pasado. Ha pasado y volverá a pasar porque eso es lo que los dos queremos.