Capítulo 8

NO SÉ si me apetece vivir en el campo. Sakura había estado ocho días en el ático de Sasuke porque no había podido convencerlo de que descansaría igual en su apartamento.

–No puedo cuidarte si no estás aquí –había dicho él, con total firmeza.

Decirle que estaba tirando dinero en el alquiler de un piso que no ocupaba nadie no sirvió de nada, aunque Sasuke había inclinado a un lado la cabeza, fingiendo que la escuchaba con atención.

–No debes estresarte por cosas poco importantes. Recuerda lo que dijo el médico.

La única concesión había sido llevarle su ordenador portátil para que pudiera seguir en contacto con su grupo de trabajo.

La comida era preparada por un cocinero y Sasuke volvía temprano de la oficina todos los días, aunque Sakura le aseguraba que no había necesidad.

Sasuke Uchiha daba el cien por cien en todo lo que hacía y también daba el cien por cien en la tarea de evitar que perdiese el niño.

Y aunque le gustaba, resultaba turbador pensar que era una tarea de la que había tenido que hacerse cargo a la fuerza. Si no estuvieran en esa situación, no habría vuelto a verlo. Sasuke había seguido adelante con su vida hasta que ella apareció con la noticia bomba.

¿Pero qué otra cosa podría haber hecho? Ella no quería perder a su hijo. Su apego por el bebé aumentaba cada día y, secretamente, le encantaba que Sasuke cuidase de ella. ¿No disfrutaba tumbada en el sofá del salón, con una taza de té en la mano y una pila de revistas a su lado mientras él trabajaba en el ordenador? ¿No le gustaba verlo en el sofá, con las manos en la nuca, haciendo comentarios sarcásticos sobre algún programa de televisión que habían puesto para distraerse?

Si olvidaba la tensión que había entre ellos, y los dudosos motivos de aquel reencuentro, eran la viva imagen de la felicidad.

Al menos, en lo que se refería a ella. No tenía ni idea de lo que pensaba Sasuke porque no quería sacar el tema.

Estaba siendo sido escrupulosamente atento con ella. La había instalado en el dormitorio de invitados y, más que otra cosa, eso había dejado claro que la veía como una responsabilidad.

Con sus pocas posesiones en un guardamuebles y el alquiler del apartamento cancelado antes de que hubiera tenido tiempo de disfrutarlo, se dirigían por la autopista hacia la misteriosa casa que Sasuke tenía en Berkshire.

Sakura había dejado de hacer preguntas y concentraba sus esfuerzos en no sucumbir a la ilusión de que aquello iba a durar. Era una idea seductora, pero peligrosa y que debía evitar a toda costa. Amarlo hacía demasiado fácil que se engañara a sí misma.

– ¿Por qué no te gusta la idea de pasar un mes en el campo?

Sasuke había tenido una semana para considerar la situación y sabía que estaba haciendo lo que debía hacer. Aunque Sakura no parecía apreciar su esfuerzo; un esfuerzo que estaba robándole tiempo de la oficina. Al contrario, se había encerrado en sí misma y no parecía dispuesta a hablar del futuro. ¿Temería perder el niño si discutían?, se preguntó.

–Es como si me hubiera metido en una secadora y estuviera dando vueltas sin parar. Primero, tuve que mudarme al ático, aunque podía cuidar de mí misma sin el menor problema. No me dejas levantar un dedo y ahora esto... es como si me estuvieras secuestrando.

–Muchas mujeres agradecerían que me preocupase tanto.

Sakura tuvo que hacer un esfuerzo para no decirle que no se había preocupado en absoluto desde que rompieron su relación. El interés que demostraba en aquel momento tenía que ver con el niño que estaba esperando. Se preguntó entonces sí, cuando diera a luz, Sasuke se mostraría tan solícito con ella o volvería a ser el de antes.

Y eso la hizo pensar en el futuro. Sasuke estaba intentando demostrar que podía ser un buen padre, tal vez porque quería ganarse su simpatía para cuando tuvieran que hablar de los derechos de visita.

Evidentemente, había decidido seguir adelante con su vida cuando naciese el niño y Sakura tenía que hacer un enorme esfuerzo para no pensar en ellos como una familia feliz. Sasuke volvería a su vida mientras ella se quedaba a un lado, viendo cómo una larga lista de rubias fingía interés por su hijo. Y a él no lo preocuparía porque, en su cabeza, había hecho lo que debía hacer.

– ¿Qué voy a hacer en un pueblo donde no conozco a nadie?

–Me conoces a mí y yo pienso ir por la casa a menudo –dijo Sasuke.

Sakura suspiró.

–Ojalá todo fuera como antes.

–Desear lo imposible no es buena idea. Para nosotros, la vida nunca volverá a ser como antes –Sasuke volvió la cabeza para mirarla–. Tenemos que aceptarlo y seguir adelante.

– ¿Cómo puedes ser tan práctico?

– ¿No te parece bien?

–No lo sé.

–Uno de los dos tiene que mantener la cabeza fría y he decidido nominarme a mí mismo para el papel –Sasuke salió de la autopista para tomar una carretera vecinal.

Había estado en la casa una vez, pero entonces conducía su chófer mientras él iba trabajando en el asiento trasero, de modo que tenía que mirar el navegador de soslayo para no perderse porque todas esas carreteras parecían iguales.

– ¿Y yo no puedo opinar? –le preguntó Sakura entonces.

Aunque le resultaba difícil seguir discutiendo porque estaba encantada con el paisaje. Había olvidado lo bonito que era el campo, lo limpio que era el aire sin la polución de Londres. Y tan silencioso; un silencio que no era roto por las sirenas de policía y las bocinas de los coches.

–Por el momento, no –respondió Sasuke. –Ya casi estamos llegando. Tardaremos menos de veinte minutos.

– ¿Vienes por aquí a menudo?

Él pareció pensarse la repuesta:

–No mucho.

– ¿Y sueles venir solo? –Sakura no había querido preguntar eso y enseguida se mordió los labios.

– ¿Por qué?

–Por nada. Es que me resulta raro imaginarte pasándolo bien tan lejos de Londres.

–Eres la primera mujer que traigo aquí.

–No te he preguntado si has traído a otras mujeres.

– ¿No? –Sasuke se volvió para mirarla con una sonrisa en los labios y Sakura se enfadó consigo misma.

Sus problemas de salud la obligaban a tomar medidas y, aprovechándose de ello, él había entrado en su vida como un ciclón. ¿Pero por qué?, se preguntó.

¿Quería tenerla controlada? ¿Iba a apartarla del resto del mundo porque sabía que seguía enamorada de él?

Sasuke no jugaba con las reglas de los demás. Si tenía un plan, lo llevaría a cabo. Él era así, sencillamente. Y eso era algo que no debía olvidar.

–Es un sitio precioso –Sakura suspiró, cambiando de tema.

– ¿Verdad que sí? –aunque Sasuke no era un admirador de la naturaleza, debía admitir que aquel sitio era precioso. –Aunque, según dicen, estos pueblos pequeños están plagados de rumores y escándalos.

Sakura soltó una carcajada.

– ¿Dónde has oído eso?

–Creo que lo he visto en una de esas series de detectives que tanto te gustan. ¿Te has dado cuenta de que todos los asesinatos tienen lugar en un pueblecito pequeño? No entiendo cómo aún queda gente.

Era irresistible cuando se ponía irónico.

–Por si acaso, tendré cuidado.

–No te preocupes, yo tendré cuidado por los dos.

Acababa de tomar un camino flanqueado por árboles con alcorques llenos de flores silvestres y Sasuke la miró de soslayo para ver su reacción.

El agente inmobiliario había hecho un trabajo estupendo, pensó. Había querido impresionar a Sakura y, aparentemente, lo estaba consiguiendo.

– ¿Te gusta? –le preguntó, conduciendo muy despacio para que pudiera disfrutar del paisaje.

Sakura estaba perpleja.

–Madre mía...

–Es un sitio fabuloso, ¿verdad?

–Jamás hubiera imaginado que tendrías una casa en un sitio así –le confesó ella.

–Tengo mis secretos.

La casa acababa de aparecer al final del camino, entre los árboles. No era ni demasiado grande ni demasiado pequeña... era sencillamente perfecta. Construida en ladrillo, los muros del primer piso estaban cubiertos de hiedra. Era una visión, como una casita de cuento de hadas.

–Es tan diferente a tu ático de Londres –comentó Sakura–. Tu ático es tan frío, tan minimalista.

– ¿Un poco como yo? –sugirió él.

No la había visto tan animada desde que empezaron a salir juntos varias semanas antes, cuando soñaba con casarse con él.

Sakura se encogió de hombros.

–Tú lo has dicho, no yo.

Sasuke tuvo que sonreír.

– ¿Entonces te gusta?

–Es maravillosa. Qué escondite tan fantástico. Me sorprende que quieras volver a Londres después de pasar aquí un fin de semana.

Él desvió la mirada.

–Demasiada tranquilidad puede ser agotadora.

– ¿Tienes gente que se encarga del jardín y la casa?

–Naturalmente.

–Porque podría hacerlo yo mientras esté aquí. Así tendría algo que hacer.

–Estás aquí para descansar, Sakura.

–La jardinería es relajante.

–Si tú lo dices... –Sasuke salió del coche para abrirle la puerta.

Todo lo que podrían necesitar, incluyendo lo necesario para que él trabajase desde allí, había sido enviado con antelación. Sasuke pensaba que se volvería loco con tanta soledad, pero el pueblo estaba relativamente cerca.

–Supongo que no estaría mal que atendieses el jardín. Pero nada de levantar pesos.

–Naturalmente –asintió Sakura, pensando que era fantástico que Sasuke tuviera un sitio así. Podía ser duro como una piedra en los negocios y, francamente, en casi todo lo demás, pero descubrir que poseía una casa tan bonita dejaba claro que también tenía una vena sensible.

El interior no la decepcionó en absoluto. Estaba amueblada con sencillez, pero tenía grandes ventanales y el suelo de madera brillaba como un espejo.

–Debes de tener un ama de llaves fabulosa. ¿Te importa si echo un vistazo alrededor?

–No, claro que no.

Sus ojos brillaban y parecía contenta. Era la viva imagen de una mujer enamorada... de la casa.

Sasuke sacudió la cabeza, apoyándose indolentemente en la pared mientras ella iba de un lado a otro. En el piso de arriba había cuatro dormitorios y dos cómodos cuartos de baño con todo lo necesario. Y en la nevera había suficiente comida como para no tener que salir de allí en varias semanas.

Sakura notó que la había puesto en el dormitorio más alejado del principal y tuvo que contener una absurda punzada de desilusión. En realidad, era un gesto caballeroso, pensó.

Sonriendo, bajó al primer piso y cuando lo encontró en la cocina tuvo que disimular una risita. Las cocinas lo dejaban perplejo. Por alguna razón, Sasuke sabía manejar cualquier aparato eléctrico salvo los electrodomésticos.

–No tienes que quedarte conmigo –le dijo–. Sé que tienes mucho trabajo en Londres.

Él levantó la cabeza. Con la camisa ancha y el pelo revuelto tenía un aspecto tan juvenil.

–Dime algo que no sepa.

–Tú nunca te tomas días libres y no quiero que te sientas obligado a quedarte conmigo porque soy incapaz de cuidar de mí misma. Sé que es tu casa e imagino que te gustará estar aquí, pero seguro que nunca has estado más de un par de días.

–Si yo no cuido de ti, ¿quién lo hará? –Le preguntó Sasuke. –Aún no le has contado nada a tu madre, de modo que ella no puede hacer nada.

Sasuke sabía por qué no le había dicho una palabra a Mebuki: porque, si lo hacía, tendría que decirle quién era el padre del niño y también por qué iba a ser madre soltera.

Por el momento, estaba dispuesto a no decir nada, pero tenía que empezar a maniobrar para llevar la situación en la dirección que él quería.

Abandonando sus intentos de encender la cafetera, se acercó a ella.

Se movía, pensó Sakura, con la gracia de un tigre: oscuro, peligroso, decidido. No sabía qué esperaba, pero eso no pudo evitar que su corazón se acelerase de manera peligrosa. ¿Por qué no se había sentido tan sola con él en Londres, aunque el ático era mucho más pequeño que aquella casa? El silencio parecía presionar las paredes, encerrándolos en un espacio del que no podían escapar.

–No es el momento de contárselo –empezó a decir, nerviosa.

–Cuando llame a tu apartamento y no conteste nadie, Mebuki se preguntará dónde demonios te has metido.

–No le he dado el número del apartamento, me llama al móvil.

Sasuke decidió dejar el tema. Como había descubierto en carne propia, esa expresión tan inocente escondía una personalidad casi tan testaruda como la suya.

–No estaré aquí todo el tiempo, así que no tienes por qué asustarte.

– ¿Te vas a ir?

–Una mujer del pueblo vendrá desde las nueve hasta las seis, así que tendrás compañía. Ella se encargará de limpiar y cocinar, de modo que tendrás mucho tiempo para pasear por el jardín. También puede llevarte al pueblo cuando quieras, aunque espero que no vayas más de lo necesario. De hecho, si quieres ir al pueblo, yo mismo te llevaré.

Si estaba intentando hacerse el indispensable, lo estaba logrando, pensó Sakura. – ¿Y cómo piensas hacer eso? ¿No has dicho que vuelves a Londres?

–Sí, claro que volveré... pero no ahora mismo. Puedo trabajar desde aquí –dijo Sasuke–. Hay un despachito detrás de la cocina.

–Te volverás loco encerrado aquí.

–Entonces tal vez tú podrías distraerme –dijo él, preguntándose qué haría Sakura ante tan provocativo comentario. No la había tocado en todo ese tiempo y en aquel momento hacer el amor estaba fuera de la cuestión, pero podría hacer tantas cosas eróticas con su cuerpo...

¿Demasiadas duchas frías serían un riesgo para la salud de un hombre?, se preguntó. Después de su cena con Hana una semana antes se había visto obligado a admitir que, por el momento, sólo deseaba a Sakura. Era irritante, pero innegable.

No sabía lo que sentía ella y tampoco sabía lo que Sakura sentía por él. Su buena relación era una fachada y tenía que descubrir hasta qué punto lo era.

Sakura estaba preguntándose qué había querido decir. ¿Estaba flirteando? ¿Haciéndole ver lo importante que era para él? Sasuke tenía experiencia con las mujeres y tal vez pensaba que alguna palabra amable de vez en cuando o una miradita ocasional la mantendría tan subyugada que incluso sin los lazos del matrimonio estaría loca por él.

«De eso nada».

–Si quieres distraerte, sugiero que salgas a tu precioso jardín –le dijo, adoptando una actitud firme y distante. –A mí siempre me funciona. Especialmente en esta época del año, cuando hace buen tiempo. Y he visto un precioso banco de madera bajo los árboles... tal vez podrías sentarte allí con tu ordenador portátil. Seguro que es muy relajante trabajar al aire libre. Y si es distracción lo que buscas, el canto de los pájaros te servirá.

Sasuke se dio la vuelta abruptamente.

–Suena ideal. ¿Debería buscar a Blanca nieves y los sietes enanitos por si deciden aparecer? –replicó, irónico–. Tengo cosas urgentes que hacer ahora mismo. ¿Quieres saber algo más sobre la casa?

Sakura negó con la cabeza, fascinada por cómo sus cambios de humor parecían afectar al suyo. Cuando él estaba relajado, ella se relajaba, aunque sabía que debía permanecer en guardia. Cuando él estaba tenso, ella estaba tensa. Cuando se mostraba atento, ella florecía como una rosa ante los primeros rayos del sol. Y cuando, como ahora, se mostraba distante, sólo quería echarse a llorar.

–Voy a dar una vuelta por el jardín. ¿Quieres que prepare algo para cenar?

–No hace falta. Mi chef de Londres ha dejado cien comidas preparadas en el congelador. Y también hay cosas en la nevera.

– ¿Haces eso cada vez que vienes aquí? –preguntó Sakura.

– ¿A qué te refieres?

–A encargarle a tu chef la comida. Bueno, imagino que así no tienes que ir al pueblo. ¿Cómo es el pueblo, por cierto?

Como Sasuke no lo había visto nunca, decidió hacer una vaga descripción para no meter la pata: una oficina de correos, unas cuantas tiendas, un par de pubs, lo normal. ¿No eran iguales todos los pueblos pequeños?

–Pero si no vas al pueblo a menudo y no te interesa el jardín, ¿por qué compraste esta casa?

–Esto empieza a sonar como un interrogatorio, Sakura.

–Lo siento, sólo lo preguntaba por curiosidad. Si vamos a estar encerrados aquí, será mejor que charlemos de algo.

–Éste es un sitio muy tranquilo y de vez en cuando necesito relajarme.

Había comprado la casa con un plan en mente, pero tanto subterfugio empezaba a sacarlo de quicio. Él tenía varios apartamentos por todo el mundo; uno en Nueva York, otro en París y otro en Roma, que usaba ocasionalmente cuando visitaba a sus clientes. ¿Dónde estaba el problema?

–Creo que es genial que te olvides del trabajo de vez en cuando –dijo Sakura. –Trabajar tanto no puede ser bueno para nadie.

–En eso no estamos de acuerdo –Sasuke recordó las razones por las que se habían visto obligados a romper su relación. Recordó la imposibilidad de que un hombre como él, centrado por completo en dirigir un imperio multimillonario, contemplase una relación con una mujer que intentaba convertirlo en un hombre de familia.

Pero estaba allí por una razón: Sakura estaba embarazada y él pensaba ser la única figura paterna para su hijo. Nada de derechos de visita. Y tenía que ponerle un anillo en el dedo para que no pensara nunca más en su vida de soltera.

–Sí, claro, es verdad –asintió Sakura, tragando saliva. Las palabras de Sasuke habían sido como un jarro de agua fría. –Voy a pasear un rato por el jardín. Y no hace falta que te preocupes por mí –añadió, para que no siguiera tratándola como si fuera una delicada figurita de porcelana. –No me voy a desmayar.

No fue exactamente el paseo tranquilo que había imaginado. Todo a su alrededor era suntuoso, pero su mente era una telaraña de pensamientos y cuanto más intentaba desentrañarla, más se complicaba.

Media hora después volvió a la casa y asomó la cabeza en la cocina antes de dirigirse a la escalera. Una vez que Sasuke se ponía delante del ordenador nada podía apartarlo y necesitaba estar sola unos minutos.

Sakura subió a su habitación y, después de echar un vistazo alrededor, entró en el cuarto de baño. Las toallas eran nuevas y los productos de baño de primera línea, como si fuera un hotel de lujo. Todo completamente nuevo, sin estrenar. ¿Pero cómo no iba a serlo si Sasuke apenas iba por allí?

Suspirando, llenó la bañera, pero cuando estaba a punto de desnudarse se dio cuenta de que no había pestillo en la puerta. Una vieja casa, pensó. Totalmente reformada en todos los aspectos salvo en ése. Pero Sasuke estaba concentrado en el trabajo y ella no tardaría mucho en darse un baño, decidió.

La ansiedad empezó a desaparecer a medida que se hundía en el delicioso baño de espuma y cerraba los ojos...

Era estupendo haber salido de Londres, debía reconocerlo. Pero eso era lo único bueno de la situación. La realidad era que dependía de un hombre que unas semanas antes le había dado la espalda y sospechaba que sus atenciones tenían una intención determinada.

De hecho, tenía la sensación de ser una presa pequeña y vulnerable rodeada por un inteligente y enorme predador.

Aunque tal vez estaba equivocada y Sasuke había cambiado de opinión. No, eso era hacerse ilusiones tontas. Aunque una siempre podía soñar...

¿Se había quedado dormida unos minutos?, se preguntó mientras abría los ojos, sobresaltada. Se había visto a sí misma con un ramo de flores como las que había en el jardín mientras Sasuke, frente al altar, sonreía a otra mujer antes de ponerle un anillo en el dedo.

La nitidez del sueño la despertó. ¿O había sido el ruido de la puerta?

En los primeros segundos de confusión, ver a Sasuke en la puerta del baño fue como la manifestación de un sueño. Pero esa manifestación no estaba sonriendo.

– ¿Se puede saber qué haces?

Sakura se dio cuenta de que las burbujas de la bañera habían desaparecido, dejándola expuesta a la mirada masculina.

–He estado dando un paseo por el jardín y luego he decidido darme un baño.

Más tranquilo después de haberla localizado, Sasuke miró la escena que tenía delante... y qué escena. Sakura intentaba esconderse, pero dos manos podían esconder pocas cosas y Sasuke clavó los ojos en la curva de sus pechos. Había soñado con eso muchas veces en las últimas semanas y su cuerpo reaccionó como si hubiera recibido una descarga de dos mil voltios.

–Estás temblando –le dijo, metiendo las manos en el agua–. Está helada, Sakura.

–He debido quedarme dormida –murmuró ella.

Con los pantalones vaqueros que había llevado durante el viaje y un viejo jersey de sus días de universidad, Sasuke estaba guapísimo. Hubiera dado cualquier cosa para que no ejerciera ese efecto en ella, pero no podía negar el cosquilleo que sentía entre las piernas cada vez que estaba cerca.

– ¿Llamas a esto cuidar de ti misma?

Sasuke la sacó en brazos de la bañera para dejarla en el suelo y, como sus piernas no parecían capaces de sujetarla y estaba desnuda, Sakura recibió con alegría la toalla.

– ¡He estado buscándote en ese maldito jardín durante media hora! – Exclamó él, tomándola en brazos de nuevo para llevarla a la habitación–. Estaba preocupado, Sakura.