Capítulo 9
¿ESTABAS preocupado? –repitió ella, sin poder evitar un cosquilleo de alegría. Pero esa alegría oscureció el hecho de que estaba desnuda, envuelta en una toalla y compartiendo el mismo espacio que Sasuke: tres cosas que deberían hacerla salir corriendo.
–Deberías haberme informado en cuanto volviste a la casa.
–Estabas trabajando y no quería molestarte. Además, no sabía que tuviera que fichar como si estuviese en la oficina.
–Pensé que te habías perdido. El jardín parece pequeño pero tiene miles de metros y una parte es bosque. Estaba atardeciendo y, si te hubieras perdido, no sería fácil encontrar el camino de vuelta.
Esa fría explicación no tenía nada que ver con el momento de pánico que había sentido cuando la llamó a voces y no recibió respuesta.
De hecho, estaba a punto de llamar a la policía cuando decidió volver a la casa para comprobar si había regresado.
La puerta del baño estaba cerrada y, después de llamar varias veces sin obtener respuesta, decidió entrar sin esperar más.
¿Cuánto tiempo llevaría en la bañera?, se preguntó. ¿Y qué habría pasado si él no hubiera entrado en ese momento?
– ¿Estás entrando en calor?
–Sí, ya estoy bien.
–Tienes que vestirte. Si no, acabarás pillando un resfriado.
Sakura sintió la tentación de decirle que no exagerase, pero se dio cuenta de que no tenía argumentos. Se había quedado dormida en una bañera de agua fría y, en lugar de portarse como una adulta y hacer lo que debía hacer, lo único que le apetecía era mirarlo y disfrutar de su gesto de preocupación.
–Ésta es precisamente la razón por la que tengo que cuidar de ti –dijo Sasuke, mientras sacaba del armario un conjunto de ropa interior, una camiseta y un pantalón de chándal–. ¿Y si hubieras estado sola en la casa?
–Imagino que habría despertado tarde o temprano. Un poco arrugada, eso sí –intentó bromear Sakura.
–El médico dijo que debías descansar. Morirte de frío en una bañera sería una buena forma de descansar... eternamente –replicó él.
Sakura lo observó mientras se acercaba con expresión decidida. – ¿Qué haces? –le preguntó cuándo se sentó en la cama.
En realidad, Sasuke no lo sabía. Estaba tomando el control de la situación, se dijo a sí mismo. Eso era lo que él hacía bien. Afortunadamente, porque Sakura no parecía tener ni idea.
–Puedo vestirme sola –dijo ella cuando intentó quitarle la toalla. El calor de sus dedos la hizo temblar y rezó para que pensara que era de frío.
Pero el brillo de sus ojos le dijo que sabía lo que pasaba y su pulso se aceleró. Incluso diciéndose a sí misma que estaba allí sólo para manipularla, porque quería tenerla cerca, seguía siendo susceptible a un amor que no había logrado arrancar de su corazón.
No había sucumbido a su propuesta de matrimonio porque aún le quedaba un gramo de orgullo, pero en cuanto el médico dijo que debía cuidarse había dejado que Sasuke se hiciera cargo de su vida.
Y Sasuke Uchiha podía dar clases de cómo hacerse cargo de la vida de otra persona.
Antes de que pudiera pensar con claridad, se había encontrado en su ático de Belgravia y luego, unos días después, en aquella casa de campo.
Sus protestas no servían de nada y un segundo después, sin poder evitarlo, apartó las manos de la toalla.
–Estás embarazada de mi hijo y quiero ver cómo ha cambiado tu cuerpo.
El sonido de su voz la devolvió a la realidad. Sakura intentó recuperar la toalla, pero Sasuke sujetó su mano.
–Por favor.
–Esto no es apropiado –murmuró ella.
– ¿Por qué no? Te he visto desnuda muchas veces.
–Pero ahora no tenemos una relación.
–Tus pechos son más grandes –dijo Sasuke, sorprendido de poder pronunciar palabra porque verla desnuda lo dejaba sin aire. Literalmente, sentía como si todo el oxígeno hubiera desaparecido de sus pulmones.
Sin pensar, alargó una mano para tocar sus pechos y, como si el cuerpo de Sakura hubiera sido entrenado para reaccionar de manera inevitable, dejó caer la cabeza sobre la almohada, cerrando los ojos.
–Y tus pezones también son más grandes. Y más oscuros. ¿Eso es normal?
–Sasuke...
–Me gusta cuando pronuncias mi nombre así –le confesó él, con voz temblorosa.
No iba a hacerle el amor, pero seguía deseándola con todas las fibras de su ser.
–Esto no me parece bien...
–Estás embarazada de mi hijo. ¿Por qué no puedo mirarte? –La interrumpió Sasuke–. Pero si quieres que me vaya, me iré... –era un riesgo, pero él era un buen jugador y el temblor de Sakura ante el calor de su mirada le dijo todo lo que necesitaba saber.
En lugar de triunfo, sin embargo, experimentó una curiosa sensación de paz mientras acariciaba su estómago. Estaba empezando a engordar un poquito y le sentaba bien. Era increíblemente sexy pensar que llevaba dentro un hijo suyo. ¿Sería un niño o una niña?, se preguntó. ¿Con el pelo negro como él o rosa como Sakura?
La necesidad de apretarla contra su pecho era casi abrumadora. En seis meses daría a luz a su hijo y le parecía obsceno pensar que pudiese haber otro hombre en su vida.
–No vamos a hacer el amor –le dijo–, pero sí puedo acariciarte. ¿Te gustaría? Es una manera de librarse del estrés.
Sasuke se quitó los vaqueros y el jersey de un tirón.
Y, al verlo, Sakura se sintió como alguien privado de comida y sustento enfrentado de repente con un banquete. Sus sentidos despertaron a la vida mientras admiraba la seguridad de sus movimientos al quitarse los calzoncillos y quedarse completamente desnudo frente a ella, orgulloso y evidentemente excitado.
Cuando apartó el embozo de la cama, la miraba con tal deseo que Sakura tuvo que cerrar los ojos.
–Se supone que esto no debería pasar –susurró, intentando encontrar sentido común suficiente para apartarse... pero un suspiro de placer contradijo sus valientes palabras cuando él empezó a trazar la línea de sus labios con un dedo.
Sonriendo, Sasuke se acercó un poco más para que sintiera lo que le estaba haciendo a su cuerpo.
Sakura, atrapada en una tormenta de sentimientos y sensaciones, no podía luchar contra aquel asalto a sus sentidos y respondió derritiéndose. Sus piernas se abrieron como por decisión propia y suspiró de placer al sentir el roce de su lengua sobre uno de sus pezones.
Mientras exploraba sus sensibles pechos con la lengua, Sasuke metió una mano entre sus piernas y empezó a tocarla, sintiendo cómo creaba un río de lava en su interior.
No hizo falta que él guiase su mano; tumbada de lado, Sakura lo acarició rítmicamente hasta que su miembro se puso duro como una roca.
–Creo que estamos a punto de tener el sexo más seguro de la historia – intentó bromear.
Habría sido mucho más satisfactorio enterrarse en ella y dejarse envolver por su humedad de terciopelo, pero eso llegaría con el tiempo... por el momento, se dejó llevar por el ritmo de su mano hasta que cayó sobre la almohada, jadeando e intentando llevar aire a sus pulmones.
–Contigo es mucho mejor que con cualquier otra mujer –murmuró. Pero luego, sin darle tiempo a pensarlo, la apretó contra su pecho. –No hace falta que te pongas a la defensiva. Como ves, no tenemos que estar en guerra el uno con el otro. Yo soy un hombre pacífico, Sakura. Y la vida sería mucho más interesante si pudiéramos enterrar nuestras diferencias y aceptarnos el uno al otro.
– ¿Quieres decir acostarnos juntos? –Sakura estaba empezando a ver lo que habían hecho y no le gustaba nada. Pero sus sentidos le decían que dejarlo entrar en su vida no tenía por qué ser necesariamente malo. ¿O sí?
Tenía que pensar y para hacerlo debía apartarse de él.
– ¿Dónde vas?
–Tengo que comer algo.
– ¿Ahora, en este momento?
Sakura asintió con la cabeza.
–Ahora estoy despierta del todo.
–Espera. No conoces la casa.
–No es tan grande, Sasuke. Creo que puedo encontrar la nevera –dijo ella, irónica–. Y si la comida está congelada, no creo que tenga ningún problema para meterla en el microondas.
Sasuke, que estaba disfrutando de ese momento de placentero letargo, frunció el ceño al notar el cambio de humor. Pero luego decidió que los cambios de humor eran culpa del embarazo y, además, lo único que importaba era que Sakura hubiese reconocido lo que ambos sabían era un hecho.
La casa en Berkshire, que hasta entonces le había parecido un exilio, de repente le resultaba más agradable. No sabía cuánto había echado de menos tocarla, acariciarla, estar a su lado.
–Yo iré enseguida. Voy a ducharme y a hacer un par de llamadas... pero no te preocupes –Sasuke sonrió, levantando las manos en señal de rendición. –Las haré desde aquí y luego seré todo tuyo.
Sakura sonrió mientras volvía a ponerse la ropa. Seguía temblando y la enloquecía que la afectase de ese modo. Tal vez había sabido desde el principio que acabaría acostándose con él, tal vez por eso había aceptado sin protestar que la llevase allí.
Pero sobre todo estaba desconcertada por lo que iba a pasar a partir de aquel momento.
¿Cómo iba a decirle que sólo eran amigos? ¿Cómo iba a olvidar lo que acababa de ocurrir en la habitación?
Inquieta, bajó al primer piso e intentó distraerse explorando la casa mientras iba a la cocina. Las habitaciones eran pequeñas e invitadoras, con gruesas alfombras sobre el suelo de madera, y había varias chimeneas. Se imaginaba a sí misma en invierno, leyendo un buen libro frente a una de ellas, olvidándose del resto del mundo...
Pero sabía que eso no iba a pasar porque sólo era una estancia temporal. En algún momento tendría que volver a Londres para trabajar, a tiempo parcial al menos. ¿Debía dejarse llevar por el deseo de estar con Sasuke mientras estaban allí para después mantener las distancias en Londres, cuando su presencia no la dejase sin aliento?
Se preguntó si debería haber aceptado un matrimonio de conveniencia en lugar de seguir engañándose a sí misma. Si estaba destinada a amarlo, aunque él no la correspondiese, ¿no debería haber aceptado casarse con él y legalizar la situación?
Pero estaba el problema de su madre, a quien aún no había dicho que estaba embarazada. ¿Qué iba a decir cuando supiera que había decidido seguir sola a pesar de que Sasuke Uchiha, un hombre al que Mebuki idolatraba, le había ofrecido seguridad y estabilidad económica?
Suspirando, Sakura abrió la nevera y sacó una ensalada de pollo que tenía muy buen aspecto. Y después de comer, entró en la habitación que Sasuke usaba como despacho.
Frente a la ventana había un escritorio de madera tan brillante que prácticamente podía ver su reflejo. También había un sofá de piel, un par de sillones y una mesita de café. Era un sitio muy agradable, pensó. Instalaría allí su ordenador portátil y así al menos no se aburriría.
Iba a darse la vuelta cuando vio el maletín de Sasuke encima del escritorio. Y sobre él, lo que parecía el folleto de una agencia de viajes.
Ella no era cotilla por naturaleza, pero eso la sorprendió. Cuando Sasuke quería irse de viaje había gente que los organizaba por él. ¿Entonces por qué había llevado un folleto?
Tal vez pensaba darle una sorpresa, pensó. Pero aplastó ese traidor pensamiento antes de que echara raíces porque sería absurdo hacerse ilusiones.
Sakura tomó el folleto y, unos segundos después, lo entendió todo. Era el folleto de una agencia inmobiliaria y allí, en la tercera página, vio la casa en la que estaba en ese momento. El agente inmobiliario hablaba efusivamente de los encantos que podía ofrecer Berkshire y de la casa recién reformada, que era una joya.
Sakura vio las fotografías de las habitaciones que había estado admirando unos minutos antes...
Le había parecido extraño que Sasuke tuviera una casa en el campo porque él era un hombre de ciudad. Una casita encantadora en medio de ninguna parte no era lo suyo.
Sin embargo, había querido convencerse de que aquélla era otra faceta de Sasuke, una que no conocía y que lo convertía en un hombre profundo, menos agresivo que en Londres.
Con qué facilidad se había engañado a sí misma. La casa había sido comprada con un propósito y el propósito era el que había temido desde el principio: Sasuke no la quería a ella, quería al bebé y la mejor manera de controlar la situación sin casarse era tenerla en su poder. Como una tonta, ella había bailado al son que él tocaba. Qué fácil le había resultado: una casa maravillosa, un jardín de ensueño y... bingo.
Con el folleto en la mano, Sakura salió de la cocina para subir al dormitorio. Y fue un alivio no encontrarlo allí. Sasuke había vuelto a su propia habitación o estaría haciendo llamadas de teléfono. Sabía lo que debía hacer: marcharse inmediatamente. Encontrar ese folleto lo había aclarado todo: Sasuke no la amaba y nunca la amaría. Hacer el amor con él no era sólo una señal de debilidad, era una misión suicida.
Estaba guardando sus cosas en la maleta cuando se abrió la puerta del dormitorio y Sakura se detuvo un momento antes de darse la vuelta.
Sasuke, con el pelo mojado de la ducha, se había puesto un pantalón vaquero negro y una camiseta del mismo color. Apoyado en el quicio de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, parecía un pirata.
– ¿Qué ocurre, Sakura?
Después de hacer unas llamadas, había decidido olvidarse del trabajo por el momento para disfrutar del resto del día. Incluso había pensado tomarse unos días de vacaciones.
–Me marcho –respondió ella.
Sasuke frunció el ceño.
–No vas a ir a ningún sitio.
– ¡No te atrevas a decirme lo que tengo que hacer!
–Yo sé lo que es mejor para ti...
– ¡Tú no sabes lo que es mejor para mí en absoluto! –Sakura respiró profundamente, intentando calmarse–. Tú sabes lo que es mejor para ti y harás todo lo posible para conseguirlo. Tratas a la gente como si fueran piezas de ajedrez que mueves de un lado a otro según te convenga.
Sasuke sintió que le ardía la cara y, no por primera vez, se asombró de la temeridad de aquella mujer, que no tenía el menor problema en saltar las barreras que él colocaba a su alrededor. Sakura decía lo que pensaba, tan directa como un misil teledirigido.
Su respuesta a ese ataque debería haber sido una fría e inmediata retirada, pero ésa era una opción que ni siquiera se molestó en considerar.
Debía reconocer que su crítica era acertada, pero no iba a pensar en eso tampoco. Su objetivo era calmarla y, con eso en mente, dio un paso adelante, con el mismo cuidado que un artificiero a punto de desactivar una bomba.
–Debes tranquilizarte –le dijo, poniendo una mano en su brazo–. El médico dijo que no debías estresarte...
–Estoy calmada, no te preocupes –lo interrumpió ella, mostrándole el folleto.
Sakura detectó un brillo de culpabilidad en sus ojos y ése fue el clavo final en el ataúd de sus esperanzas.
– ¿De dónde has sacado eso?
–Estaba encima de tu maletín, en el despacho.
–No deberías cotillear...
–No estaba cotilleando, he entrado en el despacho y allí estaba, delante de mí. Pero eso da igual. ¿Por qué me has mentido, Sasuke? ¿Por qué me has contado que ésta era tu casa de campo? Es evidente que acabas de comprarla.
Se había prometido a sí misma que actuaría con calma y eso era lo que iba a hacer. No iba a dejar que la pisoteara, que la convenciera como se había dejado convencer antes en la cama.
–Muy bien. Es cierto, te he hecho creer que llevaba años en esta casa.
–No «me has hecho creer», me has mentido descaradamente.
– ¿Eso importa tanto? –Sasuke se encogió de hombros y Sakura lo miró, incrédula. Acababa de admitir que había mentido y se quedaba tan tranquilo.
–A mí sí me importa.
– ¿Por qué? Necesitabas un sitio para relajarte y yo he aportado la casa... francamente, desde mi punto de vista deberías darme las gracias.
Se había quedado momentáneamente desconcertado por el ataque, pero tenía que calmarla. Y para eso debía encontrar las palabras adecuadas en un vocabulario que, de repente, le parecía extrañamente limitado.
– ¿Yo debería darte las gracias? –repitió ella, incrédula.
–Necesitabas descansar y Londres está lleno de tentaciones: ir a trabajar, ir al cine, salir con tus amigas para aliviar el aburrimiento. Mi ático es lo bastante cómodo, pero no tiene jardín. Necesitabas un sitio para pasear y yo me he encargado de encontrarlo. ¿Qué hay de malo en eso?
Lo único que le faltaba era un coro de ángeles tocando el arpa, pensó Sakura, irónica.
–Tú sabías que no quería estar en deuda contigo. Sabías que quería olvidarme de ti... Con esa declaración, Sasuke por fin tenía algo en lo que clavar los dientes.
–Pero no lo has hecho, ¿verdad? Lo que ha pasado antes lo deja bien claro.
– ¿Me has traído aquí por eso Sasuke? ¿Has comprado esta casa sabiendo lo que sentía por ti? ¿Era esta casa perfecta parte de tu cínico plan de volver a seducirme?
Había un millón de maneras de responder a esa pregunta y lo más sensato, al verla tan alterada, hubiera sido negarlo. Pero, de repente, negar la verdad le parecía imposible.
–Se me ocurrió que podríamos acostarnos juntos, sí.
Sakura lo fulminó con la mirada.
–Eres increíble.
–Estoy siendo sincero y... sí, es verdad que te había echado de menos. Te sigo deseando y no me avergüenzo.
Ella estuvo a punto de soltar una carcajada. La había echado de menos. Sí, claro, tanto que había hecho todo lo posible para que sus caminos no se cruzaran. De hecho, incluso había cenado con otra mujer. Pero la deseaba tanto que incluso había comprado una casa. Cualquier cosa para tenerla esclavizada emocionalmente, sabiendo que ella no sería capaz de reemplazarlo.
–Pero yo sí me avergüenzo –le dijo, agotada–. Me avergüenzo de haber vuelto a acostarme contigo porque sé que tú no eres bueno para mí. Me he decepcionado a mí misma.
– ¡No digas eso! –exclamó él, sin saber cómo controlar la situación por primera vez en su vida.
–Muy bien, no lo diré. Pero quiero marcharme. ¿Te importa llevarme a la estación? Aunque supongo que ni siquiera sabes dónde está –Sakura sonrió, irónica–. Vas a tener que volver a usar el navegador.
