Disclaimers: como siempre, los personajes no son míos, los uso por puro entretenimiento, así que, no me estoy lucrando. La historia tampoco es mía, es una adaptación de una película japonesa.
Argumento: UA/ Yamato Ishida es un joven problemático. Taichi, un joven con una habilidad especial y Sora, una camarera que intenta ocultar un secreto. A los tres les unen hechos traumáticos de la infancia. De ahí el nombre de la historia. Pensé en dividir la historia en capítulos pero me quedaban demasiado cortos. Así que he preferido hacer uno largo. Esto en una sentada de como mucho veinte o treinta minutos está leído. Espero que la disfrutéis.
KIDS.
En un día de verano, soleado y despejado, un autobús circulaba por una carretera por la que sus pocos pasajeros podían ver el mar en completa calma, aunque muy pocos lo veían, ya que algunos de ellos dormían plácidamente. Era un lugar no demasiado lejos de Tokio. En ese autobús, viajaba un joven castaño de veintidós años que respondía al nombre de Taichi Yagami.
Mientras tanto, Sora Takenouchi, una joven pelirroja con una mascarilla cubrebocas, se encontraba trabajando en un pequeño restaurante de estilo americano llamado "Paradise City". El nombre del restaurante era un poco paradójico, puesto que aquella ciudad distaba mucho de ser un paraíso.
En otro lugar de esa ciudad desde donde también se podía ver el mar, decorado con feas fábricas e industria por el horizonte, un joven rubio de ojos azules llamado Yamato Ishida, ataviado con pantalón largo negro y camiseta oscura, caminaba con la piel perlada en sudor por lo que parecía ser las ruinas de una fábrica, hacia el lugar acordado. Efectivamente, allí se encontró con las personas que le citaron allí, una pandilla de cinco jóvenes que sólo de verlos se sabe que no son trigo limpio y cuya principal ocupación es la búsqueda de problemas.
Conforme se acercaba el autobús a su destino, se notaba más la mano del hombre, con fábricas por el horizonte. Finalmente, el autobús llegó a una parada en la que Taichi se bajó con su equipaje. Dio un vistazo a su alrededor y, efectivamente, no era tan bonito como el mar que había visto unos minutos antes.
En la fábrica abandonada, Yamato se acercó. La pandilla se levantó y se sostuvieron la mirada mutuamente. Yamato se acercó un poco más. Y así, sin mediar palabra, uno de los pandilleros, armado con una barra metálica atacó a Yamato, pero antes de que le atizara con la barra, Yamato le sostuvo el brazo y le dio una patada, lanzándolo hacia atrás. Mientras, otro agarró a Yamato por detrás, pero con una llave propia del judo consiguió desprenderse de él mientras soltaba una patada a otro que fue a atacarle con otra barra sin soltar al que redujo con la llave de judo. También consiguió esquivar a otro armado con unas cadenas, robándoselas, pasándolas por el cuello al que tenía reducido y le dio un puñetazo en el estómago que por fin lo dejó en el suelo. Otro, con otra barra metálica lo atacó, pero Yamato consiguió asirlo del cuello. Conforme apretaba, las venas de su brazo se iban hinchando haciéndolas más evidentes que en un estado de relajación. No obstante, lo que asustó al pandillero fue la fría mirada que le echó el rubio. El tipo gemía al no poder respirar. Yamato vio acercarse una sombra y cuando giró la cabeza uno de los pandilleros le atacó con una navaja. Por suerte consiguió esquivarlo a tiempo, aunque no sin hacerle una marca en la mejilla. El navajero sonrió con suficiencia mientras Yamato no le apartaba la mirada. Suspiró. El tipo volvió a atacar, pero Yamato, que podía leer perfectamente sus movimientos, se deshizo de él enseguida. Pese a su juventud, había estado en demasiadas trifulcas, lo que le proporcionó gran experiencia. Yamato los miraba y ellos, desde el suelo, también.
–Te mataré. –dijo el pandillero de la navaja. –Te juro que te mataré.
Sin responder, Yamato se fue, dejándolos allí como si fueran bajas en una guerra.
Empezaba a oscurecer y Yamato se marchó de allí limpiándose con la mano la herida de la cara. Se dirigió al restaurante en el que trabajaba Sora, que en ese momento estaba vacío.
–Hola. –saludó Sora detrás de la barra al verlo entrar.
–Una hamburguesa con aguacate. –pidió Yamato sin saludar y dirigiéndose al baño.
–Enseguida.
En el aseo, Yamato se miró la herida en el espejo, se la limpió un poco y se lavó las manos. Cuando salió, vio a un joven castaño en una mesa de la esquina comiéndose la que parecía ser su hamburguesa.
–Eh, ¿dónde está la mía? –preguntó el rubio a la chica con la mascarilla.
–Lo siento, era la misma comanda. –se justificó ella mientras él se sentaba en un taburete de la barra.
–Pero yo estaba primero. –gruñó él.
–La estoy haciendo ahora mismo. –dijo ella. Al ver que no tenía sentido discutir, Yamato giró la mirada hacia el castaño. Nunca lo había visto por la zona. Entonces, vio cómo aquel desconocido puso la mano en el centro y de repente, el salero fue hacia ella. Echó algo de sal a las patatas fritas y volvió a dejar el salero ante la atónita mirada de Yamato.
–Aquí tienes la hamburguesa. –sirvió Sora.
Fue en esa ciudad en medio de la nada donde Yamato conoció a Taichi Yagami: su único y verdadero amigo.
Al día siguiente, Yamato estaba trabajando en el desguace como cualquier otro día. Allí se encargaba de llevar el toro hidráulico para colocar coches que tenían que desguazar, así como otras tareas mecánicas. Después de quitarle los tornillos a un motor, se quitó los guantes y se dirigió al vestuario, donde se quitó la camiseta sudada que llevaba. En la zona de la escápula, Yamato tenía una quemadura.
Después de trabajar, se dirigió al restaurante y al entrar, vio que, sentado en el mismo lugar del día anterior, estaba el mismo chico castaño.
–Hola. –saludó Sora. Yamato pidió lo de siempre, una hamburguesa con aguacate mientras se sentaba a la barra. Antes de ponerse con su comanda, Sora se dirigió hacia Taichi con su pedido.
–Camarera. –llamaron a Sora desde otra mesa. Mientras tanto, Yamato no quitaba ojo al misterioso chico castaño. Entonces, se levantó y se dirigió a él.
–Eh, tío. –dijo Yamato sentándose frente a Taichi. –¿Cómo lo haces?
–¿El qué? –preguntó Taichi con duda. Entonces Yamato cogió el salero y lo puso en el centro de la mesa.
–Hazlo otra vez. –ordenó el rubio.
–No lo entiendo. –dijo Taichi.
–No te hagas el tonto. –dijo Yamato. Entonces se levantó y lo cogió por la parte de atrás del cuello de la camiseta, haciendo que se levantara. –Ven conmigo.
Yamato llevó a Taichi a la puerta de un combini cercano, donde había una máquina expendedora de bebidas y justo al lado, una máquina para atrapar muñecos, poniéndolo justo delante.
–Venga, hazlo o no dejaré que te vayas. –ordenó Yamato. Taichi estiró el brazo, colocando la palma de la mano en el cristal y después de temblar un poco, un muñeco negro con unos dientes blancos bastante feo cayó por el hueco de recogida y que cogió Yamato. –¡Genial! Ni siquiera has necesitado dinero. –Yamato le dio el muñeco a Taichi de forma brusca. –Venga, lo siguiente. Vamos a ver si puedes hacerlo otra vez.
–¿Qué? –preguntó Taichi mientras el rubio entraba al combini. De lo que Yamato no se dio cuenta fue que a la puerta de la tienda llegaron cuatro de los pandilleros a los que Yamato atizó el día anterior, acorralando a Taichi.
–Venga, ¿puedes darme un premio gratis? –preguntó Yamato frente a otra máquina que estaba dentro y ajeno a lo que ocurría fuera. Al no escuchar contestación, miró a su alrededor y al ver que no estaba, salió fuera, viendo que el muñeco estaba en el suelo delante de la máquina.
–¿Esto es todo lo que tienes? –preguntó uno de ellos mientras hurgaba en la cartera de Taichi, que estaba acorralado contra un árbol. Lo habían arrastrado hacia un lugar cercano menos transitado.
–¡Debe de tener más! –le gritó otro.
–Eso es todo lo que tengo. –respondió Taichi.
–Entonces ve a casa y tráenos lo que tengas. –ordenó el que empuñó la navaja contra Yamato. –Pídeselo a mami o papi.
Fue entonces cuando una patada inesperada se clavó en el costado del matón. Yamato soltó otra patada contra otro.
–¿Qué le estáis haciendo? –preguntó el rubio. Cuando uno de ellos hizo el ademán de escapar Yamato lo siguió haciendo que cayera con una zancadilla, pero otro de ellos lo agarró por detrás, ahogándolo con su brazo. Entonces, Yamato lo cogió del dedo, retorciéndoselo, junto al brazo.
–¡Perdona, tío! –dijo el matón con dolor para que Yamato lo soltara. El que estaba en el suelo iba a levantarse pero Yamato le dio otra patada, haciéndole caer mientras inmovilizaba al otro. El de la navaja, recuperado de la patada anterior, le lanzó un puñetazo que esquivó, dándole varios rodillazos en el estómago. Estando tres fuera de combate, el rubio se dirigió hacia el que quedaba con decisión, devolviéndole éste la cartera de Taichi, pero al intentar escapar, Yamato lo cogió del cuello y lo acorraló contra un panel informativo con cristal. Yamato soltó un puñetazo que el pandillero esquivó, rompiendo el cristal. Muerto de miedo, el pandillero salió corriendo.
–¿Estás bien? –preguntó Yamato al castaño mientras le lanzaba su cartera.
–Gracias. –dijo Taichi. Mientras, Yamato se agachó donde estaba uno de los matones y cogió su cartera. –¿Qué estás haciendo?
–Cogerle el dinero a este gilipollas. –contestó Yamato.
–No lo hagas. –dijo Taichi mientras Yamato iba hacia otro de los matones.
–¿Por qué no? –dijo mientras le metía la mano al bolsillo de otro de ellos.
–Serías igual que ellos. –respondió el castaño. Yamato se levantó lanzando la cartera que había cogido antes y se acercó a Taichi.
–Vamos. –dijo Yamato. El rubio cogió el muñeco que había dejado en una piedra y se lo lanzó a Taichi, que lo cogió al vuelo. –Toma. De todas formas ya hemos robado. –dijo Yamato refiriéndose al muñeco. –Nunca te había visto por aquí.
–Me mudé la semana pasada.
–¿A este vertedero? –preguntó Yamato, que no entendía cómo alguien se mudara a esa ciudad voluntariamente. –¿Por qué?
–Para ver a mi madre.
–Bonita historia. –dijo Yamato con ironía. –Soy Yamato Ishida.
–Ishida.
–Llámame Yamato.
–Yo soy Taichi Yagami.
Yamato se detuvo un momento a comprobar su mano, que tenía una herida un poco fea al haberse cortado con el cristal.
–Deberíamos ir al hospital. –sugirió Taichi al ver la mano de Yamato.
–No es para tanto. –dijo Yamato restándole importancia a la herida. –Si eres tan cagón no durarás mucho aquí.
–Lo siento, fue culpa mía. –se disculpó Taichi.
–No te disculpes.
Entonces, Taichi cogió a Yamato por la muñeca sin quitarle su vista de la herida.
–¿Qué haces?
Taichi sintió el momento y el dolor en el que Yamato dio el puñetazo en el cristal.
–Déjame. No eres mi tipo. –dijo Yamato deshaciéndose del agarre de Taichi. Entonces, en la mano de Taichi, empezó a aparecer parte de la herida de Yamato. Al ver aquello, Yamato miró cómo su mano sanaba, pero no del todo porque la había apartado antes de que el chico lo pudiera curar. –Se está curando.
–Pensé, que quizás, también podría cerrar heridas utilizando mi poder. –dijo Taichi. –Compartir el dolor…entre los dos.
Después de lo sucedido, ambos jóvenes se dirigieron al restaurante. Sora había sacado el botiquín y sentados en los taburetes de la barra primero empezó a curar a Yamato y seguidamente continuó con Taichi.
–Ya está. –dijo la chica de las mascarilla después de terminar el vendaje de Taichi.
–Gracias. –dijo Taichi.
–Es un poco raro que tengáis la misma herida en el mismo sitio. –comentó Sora.
–Oye Sora, ¿qué haces por la noche, cuando no trabajas? –preguntó Yamato levantándose del taburete.
–Nada especial. –contestó ésta.
–Deja que te llevemos a comer algo… por haber hecho de enfermera –dijo Yamato para agradecérselo.
–Con esto es suficiente. –dijo Sora cogiendo el muñeco sacado de la máquina. Yamato se quedó mirando a Sora, que miraba al muñeco y después giró la mirada hacia Taichi, que no dejaba de mirar su vendaje. De repente, pareció que dejó de existir.
Por la tarde, cada uno siguió su vida normal.
–Dos elevado a cero, dos elevado a uno, dos al cuadrado, dos al cubo… –iba diciendo el profesor mientras escribía en la pizarra. Taichi permanecía atento a las explicaciones del profesor. Taichi acudía a clases para adultos. Una vez que acabó la clase, Taichi se fue a casa a escribir una carta.
Por su parte, Yamato estaba en el garaje de su casa. Estaba echado en una tabla con ruedas en la parte de debajo de su coche haciendo pequeñas reparaciones. Cuando fue a dejar una llave para coger otra, vio unos zapatos acercarse, entonces recordó al tipo de la navaja amenazándole de muerte. Sin pensarlo dos veces, cogió una llave inglesa y salió de debajo del coche.
No obstante, el resultado no fue el esperado, el que acabó acorralado cara al coche, desarmado y con el brazo inmovilizado fue él.
–¡Suéltame! –dijo Yamato.
–¿Qué diablos es esto? –preguntó el hombre con enseñándole la llave inglesa. Finalmente no era el tipo de la navaja, sino Ken Ichijouji, un trabajador social de la zona que debía comprobar cómo iba su caso de vez en cuando. Era moreno y empezaba a notársele los signos de la edad. –¿Quién te creías que era?
–No importa. –contestó Yamato, que no iba a explicarle que se había vuelto a meter en líos.
–¿Quizás te pensabas que era uno esos cinco miserables que enviaste al hospital? –preguntó el hombre dando en el clavo.
–Déjame en paz.
–Ya sabes que la violencia sólo engendra violencia. –dijo Ken. –Bueno, ¿cómo te va?
–No juegues conmigo. –dijo Yamato con molestia. –¿Qué quieres?
–¿Conoces a un chico llamado Taichi Yagami? –preguntó Ken, que parecía que esta vez no iba por su caso. –Acaba de mudarse a la ciudad.
–Nunca he oído hablar de él. –mintió Yamato.
–No intento fastidiarte. –intentó tranquilizarlo Ken. –Él mismo me lo dijo.
–¿Qué pasa con él?
–Es igual a como solías ser tú. –dijo Ken. –Está a prueba. Ha estado internado.
–¿Qué hizo? –preguntó Yamato con sorpresa. No podía creer que un chico tan dócil hubiera estado encerrado.
–Cogió un cuchillo de cocina y apuñaló a su propia madre. –explicó Ken. –Ocurrió cuando todavía estaba en la escuela primaria. Volvió a casa desde el colegio justo después de que su madre matara a su padre. Ahora vive en casa de su tía.
–Me dijo que vino a ver a su madre. –dijo Yamato.
–Su madre está en la cárcel de las afueras de la ciudad. –explicó Ken.
Al día siguiente, después de salir del desguace, Yamato fue al restaurante. Al mirar por la puerta acristalada, se fijó que sólo estaba Sora, así que se volvió. De repente se le había quitado el hambre.
Mientras volvía, pasó por un pequeño parque que estaba bastante abandonado por las instituciones. El parque estaba lleno de basura, incluso había alguna lavadora y algún frigorífico, los columpios estaban sueltos y con los asientos medio rotos, las barras estaban oxidadas, la esfera metálica estaba llena de maleza y los balancines con forma de animal seguramente habían pasado por tiempos mejores. Ninguna persona, fuera padre o niño se iría a jugar a un "vertedero" como ese estando en su sano juicio. Yamato pensó que no había nada más antinatural y triste que un parque sin niños, así que volvió al desguace, cogió herramientas y se puso a ajustar los columpios.
Mientras tanto, Taichi llegó al "Paradise city" y se asomó a través de los cristales. Había varios clientes, pero ni rastro de Yamato. Al igual que hizo Yamato, volvió por donde había venido y se paró al verlo en el parque agachado ajustando los columpios con unos alicates.
–¿Qué haces? ¿Lo estás arreglando? –preguntó Taichi, que se había acercado hasta donde estaba el rubio.
–Sí. –dijo Yamato comprobando que estuviera bien sujeto y nivelado. Parecía que todavía faltaba ajustarlo más. Entonces Yamato vio cómo Taichi empezó a coger basura que había por el parque y a acumularla en un solo lugar cerca de la salida. Cuando Taichi fue a por una lavadora, se dirigió él también allí para hacerlo entre los dos.
Unas horas después, Sora pasaba por allí después de acabar su turno. Entró en el parque, dejó el bolso y empezó a quitar mala hierba. Anocheciendo, acabaron de limpiar.
Al día siguiente, Taichi y Yamato volvieron al parque para hacer reparaciones. En un principio, la intención de Yamato sólo era arreglar un poco el columpio, pero poco a poco, fueron adecentando el lugar.
–¡He traído pintura! –dijo Sora entrando al parque con unos cubos y botes. Como las tapas estaban bastante duras, cuando consiguió abrirlas, un pegote de pintura azul acabó directamente en la cara de Yamato. –Ups.
–¿Por qué sólo me ha llegado a mí? –preguntó Yamato.
–Lo siento. Utiliza esto para limpiarte. –se disculpó Sora pasándole un pañuelo mientras Taichi aguantaba la risa. Después de limpiarse, Yamato le puso el pañuelo a Taichi en la cara a traición, provocando la risa de Sora.
–¿Me ha manchado? –preguntó Taichi.
–Sí. –contestó Sora riéndose.
Después de las bromas, los tres se pusieron manos a la obra y se pusieron a pintar. Unos días después, por fin terminaron. Entonces llegó Sora después de su turno.
–¿Qué te parece, Sora? ¿Verdad que ha quedado bien? No hay ningún parque como este en el mundo. –comentó Yamato orgulloso de la labor realizada.
–Está… –empezó a decir Sora.
–¿Te ha comido la lengua el gato? ¡Está genial! –insistió Yamato. Lo cierto es que parecía otro parque. Estaba limpio, reparado y pintado. De hecho, los niños del barrio empezaron a llegar para jugar bajo la mirada orgullosa de los tres.
Después de haber terminado la restauración del parque, Taichi llegó a casa. Tras dejar las zapatillas en el genkan, escuchó a su tía y a sus primas hablar mientras cenaban. Taichi las miró con tristeza, deseando haber tenido una infancia normal. Después, subió a su habitación.
Unos días después, en casa de Ken, Yamato se abanicaba con un paipái mientras se asomaba a ver cómo caía la lluvia. Ken los había citado allí para realizar sus controles. Ken y Taichi estaban sentados en una mesa baja. El trabajador social le hacía un cuestionario a Taichi mientras escribía las respuestas.
–¿En el instituto no faltaste a clase?
–No.
–¿Tienes algún problema con tu tía?
–No.
–¿Tienes planes de dejar la ciudad?
–No.
–Si lo haces, tienes que informarme.
–Entendido.
–Bien. Eso es todo por hoy. –dijo Ken dando por finalizado el cuestionario.
–Eres un mandón. –dijo Yamato sentándose junto a Taichi refiriéndose a Ken.
–Cállate. ¿Sabes Taichi? Lo enviaron aquí después de que acabara siempre peleándose. –dijo Ken hablando de Yamato como si éste no estuviera presente.
–Eh, hay leyes que protegen la privacidad. –protestó Yamato por airear sus trapos sucios.
–Esas leyes no van conmigo. –se limitó a contestar Ken riendo y provocando la risa de Taichi. –Si hablamos de antecedentes penales, Yamato se lleva la palma. Puedes venir a comer de vez en cuando.
–¿Crees que podrás comerte la bazofia que cocina? –preguntó Yamato a Taichi mientras Ken había ido a la cocina.
–Esa bazofia está tan buena que te pondrías enfermo de la emoción. –contestó Ken desde la cocina. Taichi y Yamato se miraron sonriendo por la broma. Entonces Ken volvió a salir y se sentó, dejando un fogón portátil en la mesa, intentando encenderlo. –¿Cómo te has hecho el moratón que tienes en el pecho?
Taichi vio que por el cuello de la camiseta se veía un poco un moratón.
–Me caí sobre algo. –dijo Taichi restándole importancia.
–Así que una caída. –dijo Ken.
–Sí.
Pero Yamato sospechaba que no era una caída. Al menos no una caída suya. Si no, ¿por qué llevaría una camiseta de manga larga en pleno verano?
Una vez que hubieron comido, Taichi y Yamato cogieron el autobús de vuelta. Una vez en el autobús, Yamato cogió uno de los brazos de Taichi y le subió la manga. Llevaba varios moratones y pequeñas heridas.
–Mentiroso. –dijo Yamato enfadado.
–Los niños se caen mucho y se hacen cortes continuamente. –explicó Taichi.
–¿Y por eso te traspasas las heridas a ti mismo? –preguntó Yamato consciente de su habilidad especial.
–No puedo ignorarlas. Soy incapaz de ver a un niño sufriendo dolor.
Una vez que llegaron a la parada y se bajaron, Taichi y Yamato fueron caminando por el barrio. Por fin había dejado de llover.
–Oye, Yamato. ¿Me odias? –preguntó Taichi.
–¿Qué? –peguntó Yamato, que no entendía por qué preguntaba eso.
–Sé que has oído lo que le hice a mi madre. No vería raro que lo hicieras.
–No. Yo también he sentido el deseo de matar a mi padre. –se sinceró Yamato.
–¿Cómo? –preguntó Taichi, parando la marcha sorprendido.
–Cuando era un niño, mi madre temía a mi padre. Estaba muerta de miedo. Así que se marchó dejándome solo con él. A mí nunca me hizo nada. De hecho siempre fue un buen padre y tuve muy buenos momentos con él. Después de que la fábrica en la que trabajaba cerrara, se pasaba el día bebiendo. Así un día tras otro. Un día, yo estaba planchando la ropa y él estaba completamente borracho. Se levantó, me arrebató la plancha, me acorraló. Yo estaba asustado. No sabía qué había hecho mal… y me la puso en la parte trasera del hombro derecho. Todavía tengo la marca. Algunos padres son así. Así que no puedo odiarte por lo que hiciste. –dijo Yamato retomando el camino dejando a Taichi unos pasos atrasado.
Taichi le dio una palmada en el hombro para animarlo, aunque casi lo tira, ya que Yamato no se lo esperaba.
–¡Hey!¿A qué ha venido eso?
A la mañana siguiente, Yamato se despertó y se quitó la camiseta para cambiarse, cuando se vio reflejado en el espejo, ya no había ni rastro de la quemadura.
–Bastardo. –Yamato se dio cuenta que esa cicatriz había desaparecido por la palmada en el hombro que Taichi le dio la noche anterior.
En el restaurante, Taichi estaba sentado a la barra tomando un refresco.
–Oye Sora, ¿tienes algún sueño?
–Es una pregunta difícil de responder. –contestó Sora mientras ella misma se preparaba algo para tomar. No se esperaba una pregunta como aquella.
–¿Por qué?
–Porque nunca había pensado en ello.
–¿Y qué hay de lo que quieres, digamos, por tu cumpleaños?
–Mmm.
Antes de que Sora pudiera contestar algo, la puerta se abrió de manera brusca, dejando ver a un Yamato bastante enfadado.
–Yamato. –dijo Taichi. El rubio fue hacia él y lo levantó de la pechera ante la atónita mirada de Sora.
–Vamos fuera. –dijo arrastrándolo hacia el parque lleno de niños. Allí lo soltó de mala manera.
–¿Cuándo te he pedido nada? –preguntó enfadado. –¿Pensabas que me haría feliz?
–Lo siento. –dijo Taichi con la cabeza baja.
–Idiota. No puedes deshacer lo que ocurrió. Nunca desaparece. Está ahí de por vida. –dijo Yamato, que no sólo se refería a las heridas físicas. Entonces, se escuchó una caída fuerte. Al girar la mirada, vieron que una niña se había caído de las barras. Cuatro niños más la ayudaron a levantarse.
–¿Estás bien? –dijo uno de los niños. –Estás sangrando.
Parecía que la niña se había golpeado en la cabeza. Entonces Taichi se dirigió hacia ella, pero Yamato lo cogió del brazo.
–¡No lo hagas!
–Pero…
–Por favor, señor, cúrela. –dijo uno de los niños que se habían acercado. Ya conocían a Taichi porque ya los había curado a todos de sus rasguños.
–Se ha caído de la barra. –dijo otro niño acercándose.
–No es tan grave. –dijo Yamato.
–Pero está llorando. –dijo Taichi. Así que, haciendo caso omiso de Yamato, Taichi se acercó a la niña, se agachó y le puso la mano en la frente.
Sora, intrigada por la forma en la que Yamato se había llevado a Taichi del restaurante, llegó al parque y vio lo que hizo el castaño. Una vez que Taichi le quitó la mano de la frente, la herida de la niña desapareció.
–¡Genial! –dijeron los niños asombrados. –Os lo dije. Os dije que la curaría.
–Es como un dios. –comentó otro de los niños.
Entonces, Taichi comenzó a notar que algo se escurría por su frente. Evidentemente, era la herida que tenía la niña antes.
–¿Por qué no te lo curas? –preguntó uno de los niños al ver como al castaño le iba cayendo algo de sangre por la frente. Taichi sólo sonrió. Entonces, Yamato se acercó a él y lo arrastró del brazo.
–Vamos. –tras dar varios pasos, se pararon al ver que Sora lo había visto todo. Tras ese momento, Yamato volvió a arrastrar a Taichi, seguida por la pelirroja. Volvieron al restaurante, donde Sora volvió a curarle la herida a Taichi.
–¿Puedes curar las heridas sólo tocando a la persona? –preguntó Sora una vez que le puso una pequeña gasa.
–Sí.
–¿Es alguna clase de poder sobrenatural? –volvió a preguntar ella.
–Supongo.
–¿Puedes curar cualquier tipo de herida?¿Incluso viejas cicatrices? –preguntó Sora interesada.
–No se curan. –interrumpió Yamato. –Las traspasa a su cuerpo. Sólo mírale. Es una anomalía de la naturaleza.
Tras decir aquello. Yamato se fue.
–Tengo que tener más cuidado. –admitió Taichi. –Nunca he sido capaz de hacer amigos. Yamato es el primer amigo que jamás he tenido.
Yamato iba dando un paseo para calmarse del cabreo que llevaba. Llegó debajo de un puente por el que pasaba la carretera. Entonces, de la nada, el matón de la navaja apareció de su escondrijo y lo golpeo en el costado del cuello con un bate de béisbol metálico, haciendo que Yamato cayera.
–Has bajado la guardia. –dijo el matón con prepotencia.
–Bastardo. –insultó Yamato debilitado por el dolor. Fue un golpe a traición. Al golpe en el cuello le siguió otro golpe con el bate en la pierna. –¡Ahhhh!
–No grites tan alto. Alguien podría oírte. –dijo el matón.
–Te mataré. –amenazó Yamato con dolor.
–Las tornas han cambiado, ¿eh? –tras decir eso, le pisó la pierna golpeada, moviendo su pie para que el dolor fuera más intenso. –Mírate, pareces un miserable perro. Ahora voy a destrozarte el brazo.
Justo cuando el matón iba a ponerse en posición para golpearle el brazo, percibieron una sombra. Taichi estaba allí parado.
–¿Taichi? –entonces vio que se acercaba. –Taichi, márchate.
–¿Qué pasa, idiota? –dijo el matón acercándose a él. Entonces, al igual que hizo aquel día con el salero, extendió la palma de la mano y una piedra que estaba en el suelo empezó a temblar hasta llegar cerca de su mano, con un gesto de su mano, la dirigió a la cara de matón. Taichi fue corriendo hacia Yamato y puso sus manos en la pierna herida. Al sentir el dolor, cayó encima de Yamato.
–Taichi.
El matón, se giró hacia ellos. A pesar de la pedrada, era una piedra no demasiado grande y que prácticamente sólo le hizo cosquillas. Tan sólo fue una maniobra de distracción.
–Apártate de mi vista. –dijo el matón cogiendo a Taichi de la pechera. Entonces, éste, lo agarró por la muñeca y lo miró a los ojos. De repente, el matón no pudo mantener el equilibrio. Algo le pasaba a su pierna. No lo entendía, estaba completamente sano y de repente sentía como si tuviera la pierna rota.
Yamato se levantó, todavía dolorido del golpe que le dio en el cuello, agarró a Taichi del brazo y lo arrastró fuera de allí, dejando a su agresor gritando y retorciéndose de dolor.
–Has traspasado la rotura de mi pierna a ti mismo, y después se la has traspasado a ese imbécil. –dijo Yamato mientras se llevaba la mano al cuello. –Pero sólo puedes hacerlo si sabes dónde está la herida.
Con ese comentario, Taichi se paró y se quedó pálido. Volvió a rememorar lo que pasó aquel día cuando llegó a casa siendo un niño de ocho años.
Flashback.
Al llegar a casa, vio a su padre tirado en el suelo. El cuchillo ensangrentado que portaba su madre tras haber matado a su padre, acabó clavándoselo a él. Taichi acabó sentado en el suelo encogiéndose de dolor, pero consiguió quitarse el puñal. Se tocaba el costado donde su madre le clavó el cuchillo, sin apartarle la mirada a su madre. Después, el pequeño Taichi se incorporó, poniéndose de rodillas y con su mano ensangrentada, le cogió la mano a su madre, también llena de sangre. Unos segundos después, la camisa blanca de ella se tornó roja y ésta empezó a encogerse de dolor. El Taichi de ocho años, recuperado, se levantó. Tras aquel día, todo cambió para él. Tuvo que vivir en internados y reformatorios hasta cumplir la mayoría de edad.
Fin del flashback.
Volviendo en sí, vio que Yamato lo arrastraba.
–¿Dónde vamos?
–Sólo sígueme. –contestó el rubio. –Conozco un sitio donde puedes liberarte de las heridas.
–¿Liberarme de las heridas? –preguntó Taichi, sin saber en qué estaba pensando su amigo.
Yamato condujo a Taichi al hospital de la ciudad. Taichi pensó que era obvio que el lugar donde se curan las heridas es el hospital, lo que él no esperaba es que fueran a una habitación en concreto. Allí estaban los dos, delante de un hombre que se traía un aire con Yamato y que parecía dormir.
–¿Quién es? –preguntó Taichi.
–Mi padre. El hombre que me marcó de por vida. –dijo Yamato sin quitar su mirada seria del hombre. Yamato volvió a recordar el momento en el que le quemó con la plancha. –Cuando era un niño daba miedo, y ahora sólo es un vegetal. Tuvo una hemorragia cerebral. Ha estado así durante años. Taichi, pásale mi herida. Él me la hizo y tú se la vas a devolver. –Yamato cogió a Taichi de la muñeca para que lo hiciera pero el opuso resistencia sin dejar de mirarlo. –Hazlo.
Finalmente, Taichi accedió. Puso su mano sobre el pecho del hombre.
–¿Ha funcionado? –preguntó Yamato una vez que Taichi dejara de tocarlo.
–Sí.
Yamato volteó a su padre hacia un lado y efectivamente, en su hombro derecho estaba su vieja quemadura, tal y como él la había tenido durante tanto tiempo. Tras comprobarlo, lo soltó sin ningún cuidado sonriendo.
–Taichi, utiliza tu poder todo lo que quieras. –dijo Yamato cuando salieron de la habitación. Le estaba dando permiso para que utilizara a su padre como contenedor de heridas. –De todas formas su vida no vale la pena.
Taichi, cada vez que veía a algún niño con alguna herida, se paraba y se traspasaba las heridas a sí mismo, ya fuera un raspón por una caída jugando al fútbol, o una fisura en un brazo. De hecho, se encontró un caso así en el hospital. Bajo la atenta mirada de Yamato, Taichi traspasaba las heridas de los niños al padre de Yamato.
–Está cubierto de heridas. –dijo Yamato al comprobar que la fisura estaba en el brazo de su padre. –Es para lo único que sirve.
Cuando Taichi volvía del hospital, encontró a Sora en el columpio del parque y se acercó.
–¿Estás en un descanso? –preguntó Taichi, al verla con la ropa del restaurante.
–Sí.
–Me apetece columpiarme. –dijo Taichi, sentándose en el columpio de al lado y cogiendo un poco de impulso. –Por cierto, Yamato y yo vamos a pasar el día fuera.
–Bien. –se limitó a decir ella.
–Si no estás muy ocupada, podrías venir. –la invitó Taichi. –Bah, olvídalo. –dijo al no responder.
–¿Cuándo? –preguntó Sora.
–El domingo.
–Iré. –dijo Sora, haciendo que Taichi parara de columpiarse.
–¿De verdad? –preguntó Taichi sin terminar de creérselo.
–Sí.
El domingo llegó y los tres fueron en el coche de Yamato fuera de la ciudad. Primero pararon en un mirador antes de llegar a su destino, desde el cual se podía ver al cielo azul y un lago rodeado de naturaleza, con un pueblo a los pies del lago. Después, se dirigieron hacia el lago y pasearon por los alrededores, alquilaron un par de barcas para pasear por el lago. Yamato llevaba una él solo, mientras que Taichi y Sora iban en otra. Después del paseo en barca, se dirigieron a un pequeño parque de atracciones. Allí, montaron en una montaña rusa, jugaron a encestar bolas en cubos, encestar anillas y echaron una carrera en karts. Evidentemente, Yamato fue el que ganó, puesto que era el único que conducía en la vida real y, por tanto, tenía más experiencia.
El día llegó a su fin y cuando llegaron a la ciudad, llegaron a la puerta del restaurante para dejar a Sora, donde se bajaron para despedirse.
–Nos vemos. –dijo Yamato.
–Gracias, lo he pasado muy bien. –dijo ella.
–Acompáñala a casa, tío. –dijo Yamato a Taichi dándole una palmada en la espalda.
–Vale. –dijo éste.
–No os preocupéis. Puedo ir yo sola.
–Pero… –empezó a decir Taichi.
–Estoy bien. Os veo en el restaurante. –dijo Sora girándose para irse. Yamato empujó a Taichi por la espalda para animarlo a que la siguiera. Entonces, la chica de la mascarilla se giró. –¿Me volveréis a llevar?
–¿Qué? –preguntó Taichi, que no se esperaba la pregunta.
–Hoy lo he pasado muy bien. Hacía muchísimo tiempo que no salía de esta ciudad. –dijo Sora.
–Claro. –dijo Yamato apoyado en el coche.
–Es como si Taichi y yo fuéramos… iguales. –dijo Sora. –Los dos hemos hecho amigos.
Taichi y Yamato sonrieron.
Al día siguiente, a las puertas del colegio, unos cuantos niños rodeaban a otro que estaba en el suelo.
–¿Qué ha pasado? –preguntó uno de los niños que llegó en ese momento.
–Me he caído.
–¿Estás bien? –preguntó otro. –¿Dónde te duele?
Taichi, que pasaba cerca de allí en ese momento, vio a los niños rodeando al niño que se había caído. La niña que curó al caerse de la barra lo cogió de la mano y lo llevó hasta el accidentado. Allí, traspasó su herida a sí mismo.
Al rato, Yamato fue con Taichi al hospital y entraron a la habitación del padre del rubio. Había sido una caída bastante fuerte. Taichi no dejaba de tocarse el costado.
–Una caída como esa debe dejar las costillas bien doloridas. –comentó Yamato. –Date prisa y pásale el dolor.
Taichi tocó al padre de Yamato. Cuando terminó, miró al rubio y le sonrió haciéndole ver que ya había terminado.
–Será mejor que compruebes la gravedad de las heridas antes de traspasártelas. –advirtió Yamato. Taichi miró al padre de Yamato. –No te preocupes. No puede sentir nada.
–Bien, mañana a las cuatro. –decía Ken, el trabajador social por teléfono. Estaba en el restaurante al que solían ir Taichi y Yamato. –Entonces, ¿suele comer aquí? –preguntó retomando las preguntas que le estaba haciendo a la camarera después de haber hablado por teléfono.
–Sí. –contestó Sora mientras secaba unos vasos.
–¿Viene aquí con ese idiota ? –preguntó Ken.
–¿Se refiere a Yamato?
–Sí, supongo que también lo puedes llamar así.
–Sí. Siempre vienen a comer aquí y pasan el rato juntos. ¿Qué hizo Taichi? –preguntó Sora con curiosidad.
–Pequeños hurtos en tiendas hace mucho tiempo. –mintió Ken. No quería escandalizar a la camarera con la verdad.
–¿Hurtos? –preguntó Sora, que pese a haberle mentido, se sorprendió de que Taichi fuera capaz de hacer algo así.
–Debía ser ansiedad. –dijo Ken restándole importancia. –En cuanto al otro bastardo…
–¡¿Qué haces aquí?! –preguntó Yamato nada más verlo al entrar al restaurante seguido de Taichi.
–Habla más bajo. –contestó Ken. –No te pasaste por mi casa.
–Lo siento. –se disculpó Taichi. –Pensábamos ir, pero nos surgió un imprevisto.
–Ahora no importa. El control de hoy ya está hecho. –dijo Ken, ya que Sora le había proporcionado la información.
–Taichi. –dijo Sora. –Robar no está bien.
–¿Qué? –preguntó Taichi, ignorando a qué venía aquel reproche.
Tras salir del restaurante, Yamato acompañaba a Ken hasta la parada de autobús.
–¿Todavía se te levanta? –preguntó Yamato.
–Puede que me esté haciendo mayor, pero soy un gran amante. –respondió Ken a la provocación de Yamato. –Tú dirás lo mismo algún día.
–Quizás. –dijo Yamato.
–Cuídala a ella también. –le pidió Ken.
–¿A ella?
–A Sora. Todavía recuerdo lo que le pasó. –empezó a contar Ken al llegar a la parada de autobús mientras miraba el cartel con el autocar que debía coger. –Fue un caso terrible.
–¿Qué hizo? –preguntó Yamato con interés.
–Idiota. Ella no es una delincuente como vosotros. –dijo con reproche. –Ella fue la víctima. Fue acosada en el instituto. Sus compañeros se aliaron contra ella. Entonces la encerraron en un armario. ¿Te lo puedes creer? Todos en la clase lo sabían, pero lo dejaron correr, como si fuera algo normal.
Después de que Ken cogiera el autobús, Yamato se dirigió al restaurante de nuevo.
–¿Lo entiendes? Por eso robar está mal. –sermoneaba Sora a Taichi, que seguía sin entender por qué le decía eso. Yamato se dirigió hacia donde estaban Taichi y Sora, sentados en una mesa del local.
–Sora, quítate la mascarilla. –le pidió Yamato. –Enséñanos tu cara. No estoy enfadado. Si por mí fuera iría ahora mismo a buscar a esos bastardos y les daría una paliza. Quítatela.
Al ver que no se la quitaba, Yamato intentó quitársela, pero Sora se giró para que no lo hiciera.
–¡Para! –dijo Taichi levantándose para detenerle.
–¡Quita! –dijo Yamato forcejeando con Taichi.
–¡Yamato! –gritó Taichi.
–¡He dicho que te apartes! –dijo Yamato empujándolo a un lado. Por fin, alcanzó la máscara de Sora y se la quitó, dejando ver una cicatriz que cruzaba los labios de arriba abajo cerca de una de las comisuras, desde el bigote hasta casi la barbilla. Los chicos la miraban y cuando ella fue capaz de reaccionar, se fue corriendo al baño y empezó a llorar. Yamato salió del restaurante seguido de Taichi.
–¡Yamato, espera!
–¡Debemos conseguir la lista de compañeros de clase! –dijo Yamato movido por la rabia.
–¡Ella no quiere venganza! –dijo Taichi que le seguía por detrás.
–¡Pero yo sí!
–Yo soy el único que puede cumplir su deseo. Puedo quitarle la cicatriz de la cara. –dijo Taichi parándose. Al oír eso, Yamato se giró y fue hacia él y lo cogió de la pechera.
–¡Las cosas no son tan sencillas!
–¿Por qué no?
–¿Te gusta Sora? –preguntó el rubio, pero Taichi no contestaba. –¿De verdad te gusta?
Taichi cogió las muñecas de Yamato y se las quitó de la pechera.
–Sí. –dijo éste mirando a los ojos azules de su amigo.
–Entonces no le quites la cicatriz. –dijo Yamato. –Si realmente te gusta, no se la quites.
Mientras tanto, Sora se miraba en el espejo, tocándose la cicatriz con la mano temblorosa. Entonces, comenzó a llorar amargamente. Cada vez que miraba esa marca rememoraba todo lo que le hicieron pasar sus compañeros de clase.
Unos días después, Sora, con la mascarilla puesta de nuevo, salió del restaurante no sin antes despedirse de su relevo en el restaurante. Llegó a la parada de autobús y empezó a esperar a que éste llegara. Pero antes del autobús, lo que llegó fue un coche rojo descapotable con tres chicos con una pinta bastante hortera que parecían querer juerga. El conductor y uno de los ocupantes se bajaron del coche.
–¿Qué haces tan solita, cariño? –preguntó el conductor.
–Vamos a una fiesta. ¿Por qué no te vienes? –preguntó el único que se había quedado en el coche.
–Nos divertiremos. –dijo el otro ocupante que bajó del descapotable. Sora, en cambio, no decía nada. Mantenía la cabeza gacha y se sentía bastante incómoda y violentada.
–Qué bien hueles, cariño. –volvió a hablar el conductor. Tras decir aquello, Sora se dio media vuelta para largarse de allí, pero una mano la detuvo. Al girarse, vio que era Taichi, al que ni sintió llegar.
–Hola. –dijo Taichi. Cuando los chicos del coche vieron a Taichi, se les esfumó la alegría y decidieron irse. Pensaron que Taichi era el novio de la chica de la mascarilla y que sería mejor no buscarse problemas.
–Vámonos. –dijo el conductor. Después de irse, Taichi y Sora fueron a pasear por un paseo marítimo afeado por la industria que se podía ver desde allí, pero desde el cual también podían ver el mar.
–Te has vuelto más fuerte. –dijo Sora. Era evidente que los chicos del descapotable se fueron por la presencia de Taichi.
–¿Cómo?
–Sí, eres más fuerte que el primer día que llegaste aquí.
–Eso no es cierto. –negó Taichi.
–Debe ser por la influencia de Yamato. –se reafirmó Sora.
–Claro que no. No quiero nada que venga de él. –volvió a negar Taichi. Sora soltó una pequeña risa con la que mostraba que seguía sin creerlo.
–¿Seguís peleando?
–La verdad es que no.
–Yo también quiero intentar ser más fuerte. –dijo Sora. El día que Yamato le quitó la mascarilla había sido un punto de inflexión para ella, aunque todavía la llevara puesta.
–¿Intentar qué?
–Pelearme con mis amigos. –dijo Sora. La chica dio unos pasos acercándose a la barandilla y se quedó mirando el mar, dejando a Taichi unos cuantos pasos atrás. –Taichi, ¿te acuerdas cuando me preguntaste por mi sueño?
–Sí.
–Mi sueño es quitarme esta mascarilla y caminar bajo el cielo azul; quitarme la mascarilla y andar por la calle como una persona normal. Puedo hacerlo siempre que quiera. –Sora se giró hacia Taichi. –Si tu sueño no es demasiado grande, todo lo que necesitas es un poco de valor. –Entonces, Sora se quitó la mascarilla despacio, dejando ver la cicatriz. –Qué bien se siente. –dijo tras dar un suspiro y sonreír mirando al cielo. –Yo también voy a volverme más fuerte, como tú.
–No tienes que intentar ser fuerte. –dijo Taichi acercándose a Sora. –Me gusta la dulce Sora. Con cicatriz o sin ella, sigues siendo preciosa. Esa es la verdad. –Entonces, Taichi acortó distancias, la cogió suavemente de los hombros y la besó en los labios.
Yamato se dirigió al restaurante y estando fuera, vio a través del cristal de la puerta que Sora tomaba nota a una mesa. Vio que no llevaba la mascarilla y al girar la cabeza para darle las gracias a un cliente que se marchaba, vio que la pelirroja ya no tenía la cicatriz que le cruzaba el labio. Parecía mucho más feliz de lo que la había visto nunca. Yamato se giró y apoyado en la puerta suspiró. Taichi no le hizo ni caso a lo que le dijo.
Tras salir del restaurante, Sora caminaba alegremente por la calle de la ciudad, parándose frente a un espejo que había en un escaparate de una tienda de ropa. Allí miró su reflejo. Se le hacía raro verse sin la cicatriz. Poco tiempo después, Sora dejó esa ciudad para siempre.
Al saber que Sora había dejado el restaurante y la ciudad, Taichi fue al desguace en el que trabajaba Yamato. Tras esperarlo unos minutos, lo vio aparecer de entre los coches secándose el sudor con una toalla. Llevaba la camiseta con marcas de sudor, lo que hacía ver que su trabajo era bastante físico.
–Te dije que no le quitaras la cicatriz. –le dijo Yamato a Taichi mientras se acercaba. Ahora era Taichi el que llevaba la cicatriz de Sora. –Esa cicatriz era el único motivo que la ataba a este lugar. Sin la cicatriz, puede ir a donde quiera. ¿No pensaste en eso? Ella no es como nosotros. A nosotros no nos queda otra que vivir aquí. Estamos condenados a vivir en este lugar.
–A pesar de todo, quería hacerlo. –dijo Taichi. Yamato no esperaba esa respuesta. –Quitarle la cicatriz la hizo realmente feliz.
Cuando Taichi entró a su clase, sus compañeros, de edades muy dispares estaban charlando animadamente. Pero en cuanto lo vieron entrar y vieron que llevaba una cicatriz que cruzaba sus labios, reinó el silencio. Cuando Taichi retomó el camino a su pupitre, oía los cuchicheos que evidentemente, hablaban de la novedad mientras lo miraban sin ningún disimulo.
–Tío, ¿qué te ha pasado? –se decidió a preguntar el compañero que tenía al lado, a lo que Taichi hizo caso omiso. –Deberías ir que te miraran eso.
–Qué desperdicio de cara. –dijo una chica.
Después de clase, Taichi se fue al parque que arreglaron Yamato, Sora y él y se sentó en un columpio. Llevaba una mascarilla, tal y como un día llevó Sora. Empezó a sentir lo que sintió ella y no le gustó nada ser el foco de atención. Por eso decidió ponerse la mascarilla. Así evitaría miradas suspicaces, preguntas incómodas y cuchicheos. Decidió que al menos, la llevaría en clase.
Cuando Taichi llegó a su casa, cuál fue su sorpresa de ver que su madre le había escrito una carta desde su celda de la prisión situada a las afueras de aquella fea ciudad. En ella le decía que le gustaría recibir una visita suya, por lo que el castaño no pudo evitar sonreír.
–¿Qué dice tu madre? –preguntó Yamato a Taichi. Estaban en casa del rubio. Él estaba arreglando algún aparato electrónico mientras Taichi seguía ensimismado con la carta de su madre en las manos, hasta que la pregunta del rubio lo sacó de su ensoñación.
–Me pide que la visite la semana que viene. –respondió Taichi. –Pero estoy un poco asustado.
–¿Por qué? –preguntó el rubio tapando las tripas del aparato que acababa de arreglar.
–Nunca me había dejado que la visitara. Nunca contestó ninguna de las cartas que le envié. Ni siquiera sé si me reconocerá.
Taichi se levantó cansado de estar de pie mientras Yamato seguía cerrando las tapas del aparato con un destornillador. Entonces vio las fotos de Yamato siendo un niño junto a su padre. Los dos aparecían sonrientes. Yamato sujetaba una bicicleta y la mano de su padre estaba sobre la cabeza de Yamato con gesto cariñoso. Taichi deseaba tener una relación como esa con su madre.
–Cuando me gradúe, buscaré un trabajo y alquilaré mi propio apartamento. –dijo Taichi. –Para entonces, mi madre habrá cumplido su condena y saldrá de prisión. Entonces podremos vivir juntos de nuevo. Los dos solos. Es lo que más deseo ahora mismo.
A la semana siguiente, Yamato acercó a Taichi hasta la prisión. Cuando bajaron del coche, Taichi parecía paralizado.
–No flipes. Sólo es tu madre. –dijo Yamato yendo hacia él tras bajar del coche.
–¿Y si no me reconoce? –preguntó Taichi con dudas.
–Si eso pasa, coge aire y preséntate. –aconsejó el ojiazul. –A veces hay que empezar de cero. No te preocupes.
–Vale. –dijo Taichi un poco más tranquilo ante las palabras de su amigo.
–Nos vemos luego. –dijo Yamato dándole una palmada de ánimo en el hombro. Una vez que Yamato se fue con el coche, Taichi se dirigió hacia la entrada de la cárcel, donde había un primer control de seguridad.
Una vez dentro, Taichi rellenó los documentos que acreditaban su visita y dejó las pocas pertenencias que llevaba en sus bolsillos: su cartera, las llaves de casa y la mascarilla que había estado llevando para moverse por el barrio. Cuando accedió, Taichi se dirigió por unos lúgubres pasillos que parecían no tener fin hacia el lugar donde se encontraría con su madre, separados por un cristal blindado.
En Tokio, Sora paseaba con dos amigas que había conseguido hacer en la ciudad por una calle comercial del distrito de Ikebukuro.
–Fue divertido. –comentó una de ellas.
–¿Dónde vamos ahora? –preguntó Sora.
–Yo tengo hambre. –comentó una de sus amigas.
–Yo también. Vamos a comer. –dijo la otra. Entonces, una niña que no debía tener más de seis años se escapó de la mano de su madre se cayó casi frente a ellas. Aunque su madre llegó enseguida para levantarla del suelo.
–Miku. –dijo su madre levantando a la niña, la cual tenía la rodilla raspada. – ¿Lo ves? Te dije que debías tener cuidado.
Ante aquella escena, Sora recordó a los niños que frecuentaban el parque que arreglaron ella, Taichi y Yamato.
–Vale, mamá. Estoy bien. –contestó la niña.
–Has tenido suerte de que no sea nada. –reprendió su madre. Sora pensó que si Taichi estuviera allí, seguro que se habría ido hacia la niña para curarle la rodilla.
–Vámonos. –comentó una de las amigas al ver que lo de la niña no era nada serio. Entonces, tras dar varios pasos, Sora vio una máquina de atrapar muñecos y se quedó paralizada. En aquella máquina había un muñeco que era exactamente igual que aquel que un día recibió como agradecimiento por curarle las heridas a Yamato y a Taichi. En menos de cinco minutos su mente había ido a parar a Taichi y Yamato. No pudo evitar acercarse a la máquina, tocándose los labios, donde durante tantos años había tenido una cicatriz. Entonces se preguntó si había hecho lo correcto abandonándolos de aquella manera.
–Sora, ¿qué pasa? –preguntó una de sus amigas.
–Hoy estás un poco rara. –dijo la otra amiga.
–No es nada. Vámonos. –dijo Sora. La pelirroja se unió a sus amigas y se marcharon.
Una vez que Taichi entró en la sala, decidió esperar de pie. Tras esperar varios minutos, por fin se abrió la puerta que había al otro lado del cristal, apareciendo primero una de las guardias, seguida de una mujer algo más mayor de lo que él la recordaba, ataviada con un pijama carcelario de color tan gris como aquel lugar. No en vano habían pasado muchos años desde la última vez que la vio siendo un niño. Su madre se acercó al cristal y miró a su hijo, mientras la guardia cerró la puerta para darles privacidad.
–Ha pasado mucho tiempo. –dijo la madre de Taichi, todavía en pie. Después de decir aquello se sentó. –¿Cómo has estado?
–¿Me reconoces? –preguntó Taichi, consciente de que ya no era un niño.
–Qué pregunta más tonta. Siéntate por favor. –pidió su madre. Hablaba de forma muy amable y dulce, lo que a Taichi lo puso muy contento.
–Sí. –dijo Taichi tomando asiento y sin poder parar de sonreír. Pese a todo lo que pasó, era su madre y la quería.
–Has crecido tanto como había imaginado. –comento la madre de Taichi con anhelo. –Cuando naciste, todo el mundo que fue a verte decía que parecías una niña. –Taichi sonrió ante lo que le contaba su madre. –En tu carta decías que te has mudado cerca de aquí.
–Sí. He hecho amigos y voy a clase todos los días. –dijo Taichi.
–Entiendo. ¿Todavía tienes aquella habilidad? –preguntó su madre con la mirada baja.
–¿Qué? –preguntó Taichi, que no esperaba aquella pregunta.
–Ese poder diabólico. –dijo la rea con la mirada vacía. A Taichi se le fue borrando la sonrisa por el rumbo que estaba cogiendo la conversación. –Al principio me sorprendió. Nada más nacer, las cosas se movían a tu alrededor. Era como si las atrajeras hacia ti. A veces, cuando llorabas, los cristales se hacían añicos. Todo el mundo creía que estabas poseído, incluido tu padre. Solía decir que no eras su hijo. Al principio él me amaba y estaba agradecido por haber traído al mundo un bebé tan adorable. Pero al poco tiempo, empezó a tratarme como si hubiera creado un monstruo. ¿Lo entiendes? Todo lo que ocurrió, y el hecho de que me encerraran aquí es tu culpa. ¿Y te sales de tu camino para seguirme hasta aquí?¿Cuánto más quieres atormentarme?
Flashback.
–Mamá. –la llamó un pequeño Taichi al ver a su madre arrodillarse y llevarse las manos al costado desde el cuál empezó a brotarle la sangre debido a la puñalada que le había traspasado su hijo. Ante el sufrimiento de su madre, el pequeño volvió a tenderle la mano para que le volviera a traspasar la puñada y que su madre no sufriera, pero ésta, con desprecio, apartó su mano con un manotazo mientras lo miraba como si fuera un monstruo.
Fin del flashback.
–Todo lo que puedo decirte es que ojalá no hubieras nacido. –dijo la presa de manera fría y la mirada perdida. Para Taichi, lo que le dijo su madre era mucho peor que cualquier daño físico. No esperaba que su madre le dijera todo aquello.
Taichi abandonó la cárcel muy deprimido. En lo más profundo de su ser pensó que los dos podrían rehacer su vida. Pero se equivocó. Por lo visto su madre, al saber que vivía cerca de la prisión, accedió a su visita para descargar todo su odio sobre él y hacerle daño. Él ya nada podía hacer, así que, empezó a andar para dirigirse a la ciudad.
Tras varios minutos, llegó al puente que le llevaría a su barrio. Era peligroso puesto que era un puente para los coches y no para los peatones, pero tras la visita a su madre, eso le importaba más bien poco. Fue entonces, cuando frente a él, se escucharon frenazos, toques de claxon y un estruendoso ruido a chatarra chocando. Era un accidente múltiple con un montón de coches implicados.
Tras haber dejado a Taichi en la cárcel para visitar a su madre, Yamato se fue directamente al hospital. Una vez que llegó a la habitación, el rubio se sentó a los pies de la cama y permaneció allí viendo el cuerpo inmóvil de su padre durante un rato, hasta que entraron un par de enfermeras.
–Control de temperatura. –dijo una de ellas llevando una carpeta en la que apuntaban todas las cosas.
–¿Qué hacéis? –preguntó Yamato levantándose.
–Su familia no le visita muy a menudo, –dijo una de las enfermeras mientras preparaba un pequeño balde con agua caliente –así que tenemos que cuidarlo. Discúlpeme. –dijo mientras se dirigía a su padre apartando las mantas. –Señor Ishida, hora del baño.
La enfermera comenzó a lavarle el brazo derecho. Entonces Yamato se percató de que su padre no tenía nada en el brazo, cuando él recordaba perfectamente que tenía una de las heridas que su amigó le pasó. Apartó a la enfermera y lo agarró para ver si lo que veía era cierto. Ni rastro de la herida.
–¿Qué está haciendo? –le recriminó la enfermera. Pero Yamato hizo caso omiso y le abrió la camisa del pijama. Allí tampoco vio ninguna herida. Por último, volteó a su padre para mirarle la parte posterior del hombro donde Taichi le traspasó su propia quemadura, pero no había ni rastro de ella.
–Bastardo. –musitó para sí mismo entendiendo lo que había pasado. Dejó a su padre y salió corriendo de allí ante la atónita mirada de las enfermeras. Cuando llegó a la puerta del hospital, los camilleros de una ambulancia llegaron con una persona.
–Es una víctima del accidente, pero no he encontrado ni rastro de heridas externas –informaba uno de los camilleros al médico y la enfermera que recibieron a la ambulancia. Entonces, al escuchar eso, Yamato se paró en seco. –Sólo está desmayado.
–¿Dónde está el accidente? –preguntó Yamato al camillero.
–En el puente de aquí al lado. –respondió el camillero. Entonces Yamato empezó a correr como si no hubiera un mañana. Unos minutos después, Yamato llegó y se detuvo. Vio que reinaba la confusión. Una ambulancia llegaba por detrás suyo, parándose algo más adelante. Vio que había varios coches implicados, un autobús y alguna moto. Algunos intentaban salir de su coche volcado, otros eran ayudados por otras personas en mejor estado, otros seguían heridos en la carretera y otros trataban de salir de allí después de que un desconocido los hubiera curado. Estaba seguro que Taichi se encontraba en algún lugar del accidente.
Fue entonces cuando Yamato reconoció a Taichi no muy lejos del autobús. Estaba herido y se dirigía hacia una de las víctimas graves que estaba apoyado en la pared del puente. Taichi cojeaba. Su pierna izquierda estaba rota y su camisa blanca dejaba entrever muchas heridas.
Taichi llegó junto al herido, que se quejaba de su brazo y su pierna derecha. Posó su mano sobre el brazo del hombre y se traspasó sus heridas frente a la sorpresa del hombre, que se levantó fresco como una rosa y se alejó de allí asustado y confundido por lo que aquel desconocido hizo. Unos segundos antes pensaba que incluso podría perder alguno de sus miembros. Mientras, Taichi se quedó allí encogido mientras intentaba recuperarse un poco para dirigirse hacia la próxima víctima, lo cuál iba a costarle mucho puesto que ahora tenía las dos piernas prácticamente inutilizadas.
–¡Taichi! –gritó Yamato. Empezó a correr hacia él antes de que cometiera alguna locura.
–Yamato. –dijo Taichi débilmente, pero sonriendo al ver cómo su amigo se dirigía hacia él. Taichi no aguantó más y cayó al suelo, justo cuando llegó Yamato.
–¿A cuánta gente has curado? –preguntó Yamato agarrando al castaño.
–He perdido la cuenta. –dijo Taichi mientras se seguían escuchando el sonido de las sirenas de las ambulancias.
–No te muevas, voy a buscar ayuda. –dijo Yamato. Yamato se levantó y empezó a correr, escuchando cómo una mujer pedía a gritos una ambulancia. Pero en aquella dirección la ayuda todavía no había llegado, así que se dio la vuelta, pero se percató de que Taichi saco fuerzas de flaqueza y volvió a ponerse en pie.
–¡Maldita sea! –dijo Yamato volviendo a ir hacia Taichi. –¡Te he dicho que esperaras!
–Pero…–empezó a decir Taichi, dirigiendo su mirada a una mujer que permanecía en el suelo tocándose el costado con dolor.
–Déjala y estate quieto. –ordenó Yamato.
–Yamato ¿Puedes quedarte con las heridas de mis piernas? –Taichi lo cogió de su antebrazo y entonces, Yamato sintió un gran dolor, notando cómo sus piernas se quebraban, perdiendo el equilibrio. Por suerte, Taichi lo agarró para amortiguar el golpe. –Lo siento.
–¡Taichi! –gritó Yamato mientras Taichi se dirigía a la mujer herida. –Mi padre no tiene cicatrices. Me has estado engañando todo este tiempo.
Taichi se paró al escucharlo mientras Yamato intentaba darse la vuelta en el suelo.
–Tú fuiste el que me engañó. –dijo Taichi.
–¿Pero qué dices? –preguntó Yamato con dolor. Taichi se giró hacia él.
–Finges que le odias, pero lo cierto es que quieres a tu padre. –dijo Taichi. ¿Si no fuera así, por qué guardaba las fotos con su padre? –Esa es la razón por la que no te puedes ir de aquí. –el castaño volvió a girarse, posando su mano en la mujer herida. La mujer, atónita, dejó de sentir dolor, mirando a su salvador, que se encogió comenzando a toser sangre. La mujer salió corriendo en busca de ayuda.
–¡Taichi! –gritó Yamato desde el suelo. –¡Ya es suficiente!¡Si no paras, morirás!¡Tu cuerpo no resistirá más!
–Está bien si muero. –dijo Taichi, todavía encogido.
–¡No me jodas! –le riñó Yamato.
–Es que de verdad quiero morir. –confesó Taichi. El castaño se giró con dificultad hacia su amigo. –Yamato, ¿por qué Sora dejó esta ciudad?¿Crees que después de todo lo que hice mi madre me perdonaría? –Con gran esfuerzo, Taichi se erigió y se abrió la camisa, sin pensar en si rompía los botones o no, y se la quitó, tirándola al suelo. Su torso desnudo llevaba las heridas actuales del accidente, pero también otras heridas y hematomas más viejos, incluidas las heridas que traspasó al padre de Yamato y la quemadura de la plancha del rubio. Llevó su mano derecha al costado izquierdo, cerca del estómago. –Aquí debería tener una cicatriz, –dijo refiriéndose a la herida de cuando su madre lo apuñaló –pero le traspasé la herida a mi madre. No quería herirla. Tan sólo quería detener el dolor.
–¡Ahhh! –escucharon ambos chicos. Era uno de los implicados en el accidente. Sin pensarlo dos veces, Taichi se dirigió al hombre.
–¡No lo hagas! –le gritó Yamato desde el suelo. Cuando Taichi llegó al hombre, que se quejaba de su hombro, posó la mano sobre él y se traspasó la herida. –¡Para! ¡¿Es que no oyes?! ¡Te he dicho que pares! –El hombre se marchó de allí mientras Taichi cayó de rodillas al suelo debilitado por la nueva herida. –¡No sé qué te ha dicho tu madre, pero no le hagas caso!¡La familia no es lo único que existe!¡También puedes contar con tus amigos!¡Yo te apoyaré! –Yamato comenzó a arrastrarse hacia Taichi con la fuerza de sus brazos. Taichi lo miró sonriendo y terminó de caer. Con gran esfuerzo, Yamato llegó hasta Taichi y le cogió de la mano. –Taichi, dame la mitad de tus heridas. –dijo Yamato medio ahogado por el esfuerzo que tuvo que realizar. –Si no lo haces morirás. Hazlo, rápido. –dijo sin dejar de mirarlo a los ojos. Finalmente, Taichi accedió y el cuerpo de Yamato empezó a llenarse de heridas en los brazos, en la cabeza y el resto del cuerpo. –Joder, eres más fuerte de lo que pensaba.
–Lo siento. –se disculpó Taichi todavía débil.
–Cállate. –le dijo Yamato tosiendo. –Joder, no puedo moverme. Vamos a esperar a que nos ayuden.
Entonces se escuchó una explosión cerca de ellos. Era una moto que se había incendiado. Muy cerca del fuego vieron a una mujer atrapada en un coche volcado que gritaba desesperada por su bebé. De alguna forma consiguió cogerlo en brazos y sacarlo fuera del coche, pero moriría si el fuego de la moto se expandiera, cosa que era probable que ocurriera porque el coche comenzó a perder gasolina y se dirigía hacia la moto.
–¡Que alguien me ayude! –gritaba desesperada la mujer, seguida por los lloros del bebé. –¡Que alguien saque a mi bebé de aquí!¡Ayuda, por favor!
Taichi empezó a girar su cuerpo para intentar llegar hasta el bebé.
–¡Ve! –le dijo Yamato. Para el alivio de los dos amigos y de la mujer, uno de los hombres a los que curó Taichi llegó y cogió al bebé.
–¡La madre está atrapada en el coche! –gritó el salvador del bebé a varias personas que llegaban tras él. Entonces dirigió la mirada hacia ellos. –¡Enseguida os ayudamos a vosotros!
Varias personas llegaron para rescatar a la mujer mientras que otros intentaban sofocar el fuego de la moto. Todos habían sido víctimas a los que Taichi había ido curando. Entonces, sobre ellos, empezó a caer la lluvia. Parecía que después de todo, se salvarían. Gracias a la lluvia y la colaboración de ese grupo de personas, consiguieron rescatar a la mujer con tan sólo una herida en la pierna, pudiendo reunirse con su bebé. La mujer se arrodilló abrazando a su bebé, llorando en parte de alivio y en parte por el miedo que había pasado por la posibilidad de haber perdido a su bebé, mientras estaba rodeada de las personas que les habían salvado.
–¡Por aquí! Necesitan ayuda. –dijo una de las chicas a las que había curado Taichi, guiando a los paramédicos de la ambulancia hacia donde estaba la mujer con su bebé. La chica se detuvo junto a Taichi y Yamato y se arrodilló. –No sé lo que hiciste, pero gracias por ayudarme. –La chica se levantó y se dirigió hacia el grupo donde estaba la madre con su bebé.
–Te ha dado las gracias. –dijo Yamato sonriendo a Taichi, empapados por el agua de la lluvia. Una vez que los paramédicos se ocuparon del bebé y su madre, el grupo que había ayudado al rescate comenzó a ayudarlos, poniéndoles unas mantas hasta que los profesionales los atendieran.
Varios días después, al escuchar a los pájaros cantar, Taichi despertó en la cama del hospital. Se incorporó y notó que también le habían hecho curas por el cuello y su brazo izquierdo. Miró a su derecha y vio que Yamato lo miraba acostado desde su cama. También tenía unas vendas alrededor de su frente, en el cuello y su brazo izquierdo. También vio que tenía parte de la cicatriz de Sora en el labio y empezaron a reírse.
–Así que, utilizando el poder con el que naciste ayudaste a las víctimas del accidente in situ. Mientras absorbías las heridas de la gente, te ibas lastimando. –dijo Ken, que fue de visita al hospital. –¿Qué es ese poder especial?
–Pues…
–Pues…¿qué? –pero Taichi no contestó. –¿Te parece bien que venga ahora?
–¿Quién?
–Creo que quiere que le devuelvas su cicatriz. –dijo Ken. –Pero eso ya es cosa tuya. Nos vemos.
Cuando el trabajador social se disponía a salir, Sora se asomó por la puerta, ante la sorpresa de Taichi. Ante la indecisión de entrar, Ken le dio un toque con su maletín, sobresaltándola un poco y viendo que le hacía un gesto con la cabeza para que entrara. Finalmente, Sora entró y se puso junto a la cama de Taichi. Ken abandonó la habitación.
–Yo…–empezó a decir Sora, avergonzada por haberlos abandonado.
–Bienvenida. –dijo Taichi sonriéndole, al ver que Sora no se decidía a hablar. Parecía que no le guardaba ningún rencor.
–Ya estoy en casa. –dijo Sora, animada por la bienvenida de Taichi.
Por su parte, Yamato había ido en silla de ruedas a la habitación de su padre y le dejó un vaso con algunas flores en agua. Cuando las dejó, se marchó dirigiéndose hacia la azotea. Llevaba las dos piernas escayoladas.
Un rato después, Sora y Taichi, andando con unas muletas también subieron a la azotea. Tenía su pierna izquierda lastimada.
–Qué bien se siente aquí. –dijo Sora. –¿Estás bien? –preguntó ella con preocupación.
–Estoy bien. –dijo él sin dejar de caminar. –Ahí está. –dijo Taichi. Yamato estaba postrado en la silla de ruedas mirando el horizonte.
–Yamato –lo llamó Sora. A escuchar la voz, giró la cabeza y los vio.
–Vaya. La muñequita ha vuelto. –dijo el rubio.
–¿Muñequita? –dijo Sora acercándose con Taichi.
–Yamato. –dijo Taichi.
–¿Qué?
–Cuando me den el alta, creo que volveré a visitar a mi madre. –Yamato sólo se limitó a sonreírle.
–Por cierto, he estado preguntándome algo desde que he despertado. –dijo Yamato. –¿Por qué tú vas en muletas y yo tengo que ir en silla de ruedas? Se mire como se mire me he llevado la peor parte. Creí haberte dicho que me dieras la mitad de tus heridas. –decía Yamato mientras llevaba su silla hasta otra parte de la azotea. –Esto es más de la mitad.
–No lo planeé así. –dijo Taichi siguiéndolo junto a Sora.
–Debería poder ver el restaurante desde aquí–dijo Yamato acercándose a la pared de la azotea. Pero era evidente que no podría porque estaba demasiado alto y no podía levantarse. Pero Sora y Taichi sí se acercaron.
–Mira, allí está el parque. –dijo Sora señalando. Taichi apoyó sus manos en el muro. Sora su mano encima de la suya mientras los tres disfrutaban de la brisa.
Tras recuperarse de sus heridas unos meses después, Yamato retomó su trabajo en el desguace; Sora recuperó su trabajo en el restaurante, libre de la mascarilla. Allí también seguía el muñeco que le dieron sus amigos al poco de llegar Taichi; y Taichi reunió el valor para volver a enfrentar a su madre.
Fin.
Notas de autora: ¿qué os ha parecido? Sé que es una historia un poco rara, pero cuando vi la película hubo algo que me enganchó. A pesar de la habilidad de Taichi, la historia no se centra en su poder o en la repercusión social que tenga, sino en la relación que se da entre los amigos. Evidentemente, en la película se transmite mejor que lo que yo pueda hacer aquí, pero bueno, ahí la dejo. Siento que tenga ese final, es un poco cutre. Espero sus comentarios. Nos leemos.
