—¡MALDITO! ¡¿QUÉ HACES CON LA ROPA DEL CAPITÁN?!
—¡No lo vas a contar!
—Te cortaremos el pescuezo aquí mismo.
Y allí estaban la tripulación de Barto Club: Amenazando a Trafalgar Law por haber pasado la noche en el camerino del capitán.
Law no quería problemas innecesarios, pero el diálogo no servía con esos tipos. tan tercos e idiotas como su capitán.
—Oh, Torao, Buenos días. —saludó Luffy.
Su aparición fue como una bendición. Como si hubieran sido alcanzados por la luz de dios, los macabros y furiosos piratas cambiaron su expresión y personalidad radicalmente. Ya no estaban enojados, sino felices y predispuestos a todo.
—Buenos días, Luffy-senpai —saludaron todos.
—Buenos días chicos. ¿Habrá fiesta otra noche? Quiero comer carne.
—Si seguimos con la fiesta vamos a acabar pronto con los suministros de estos adorables piratas. —dijo una sonriente Robin cerca de los naranjos de Nami tomando café.
—La diosa ha hablado…
—Soy tan feliz.
—Cada vez que la miro me da cien años más de vida.
«Menudos papanatas» pensó Law.
Dejando a los admiradores alucinar con sus héroes, Trafalgar fue a lavar la sus prendas con los materiales que le dejaban: una pastilla de jabón y a restregar sobre una tabla dentro de una palangana con agua.
Tendió su ropa y decidió quedarse en la parte alta del barco con vigilando su ropa tendida al sol. No era bienvenido aquí, a nadie le caía bien, y los bandidos de tierra firme aprovecharían para jugársela si apartaba la mirada a otro lado. Esperaba que Luffy se pasara más por donde estaba. Verlo reforzaría el motivo de por qué lo dejaron subir al barco.
El peso de Kikoku al hombro le daba seguridad. No quería tener que darle una "lección" a nadie, pero si le provocaban…
—¡Tú, bastardo! —le señaló uno de los nakamas de Bartolomeo. Ocultó la posición del sol con su erguida figura e hizo la señal de amenaza pasando el pulgar por la yugular—. Ya me estás contando lo que has echo con el capitán. —aparecieron algunos compañeros más por las esquinas y recovecos que ocultaba el barco.
Law no se sintió para nada intimidado. Pero si le preocupaba tener que desenvainar su katana.
—Ya puedes soltar prenda. Pero cuidado de no morderte la lengua. —se plantó. Law estaba sentado y el tipo se veía grande y amenazador, pero no por estar en territorio "enemigo" iba a agachar la cabeza.
—¿Quieres saber lo que pasó?
—No te hagas el interesante. —escupió.
Hubo una pausa donde ambos se miraron y la ligera brisa del mar se volvió pesada y tensa.
—Le curé… —el tipo levantó una ceja—. Y le hice todo lo que me pidió.
—¿Qué dices? —emitió un gañido al final de su frase.
—No creo que Bartolomeo quiera que vaya largando sus relaciones íntimas. —esbozó su media sonrisa pícara.
Eso no le hizo ninguna gracia a los piratas de alrededor.
—Puto miserable, acabas de firmar tu sentencia de muerte.
—El capitán nunca se acostaría con alguien como tu.
—Si, jamás supe que al capitán le interesaran los hombres, sino…
—Calla, imbécil. —corrigió uno dándole un capón.
—No creo que ha vuestro capitán le guste. —advirtió Law—. Él sabe bien con quien he venido. —acomodó la espalda entre las columnas de la barandilla. Se tragó un ligero quejido al sentir una punzada en su brazo vendado. Parece que le daría problemas la herido incluso después de llegar a Zou,
La ex-banda de tierra rugió como leones arrinconados. Era el el cirujano de la muerte que había venido con Luffy-senpai, con quien se había aliado y salvó la vida en la trágica guerra de Marineford.
—De esta te cuerdas. —juró cual niño rencoroso con frágil ego.
—Cuando seas enemigo de Luffy-senpai…
—Claro, os esperaré hasta entonces. —se adelantó con expresión triunfante.
Toc, toc
Tocaron la puerta y Bartolomeo, con una flojera increíble, se forzó por preguntar quien osaba a importunarlo.
—Soy Gambia.
—Pasa…
Gambia cerró la puerta tras de si. Su capitán estaba debajo de las sábanas. Se acercó a la cama y preguntó que tal fue.
—¡NO LO SE!
Asustado, Gamba dio unos pasos hacia atrás.
—lo siento.
—No se que ha pasado. No tengo ni idea, y ese matasanos no quiere contarme la verdad. —se lamentó. Ocultó su lamentable rostro entre las sábanas. Olía algo mal, pero desde esta mañana le estaba costando abandonar el confort del colchón.
—¿Quieres que te traiga el desayuno? —preguntó servicial.
—No tengo hambre, pero si, tráemelo. Si Luffy-senpai pregunta por mi… dile… ugh… —no sabía que excusa inventarse—. ¡DIME AHORA MISMO QUE SABES DE LA NOCHE ANTERIOR! —se cansó de auto-compadecerse y se lanzo al cuello de Gambia.
El pobre hombre le pidió distancia y que dejara de tirar de su ropa. Bartolomeo se calmó lo justo para mantener sus manos quietas.
—Rápido, ¿qué pasó?
—Pues… —Gambia empezó a relatar—: Borracho, empezó a danzar con Luffy-senapi y trastabillaron y usted cayó sobre unas botellas vacías, Los cristales rotos atravesaron su piel. Todos se asustaron. Luffy-senapi pidió a voz en cuello a Law que le salvara la vida. El desgraciado dijo que no era para tanto, pero usted sangraba muchísimo. El también estaba borracho, pero no más que usted. Le llevó en brazos a su camerino ya que usted se lo pidió: "no necesito ayuda, solo descansar, llévame a mi cuarto" mientras pataleaba. Y Law le llevó a su camarote. Yo pegué la oreja en la puerta porque no me fiaba. Otros también lo hicieron. Yo solo escuché… —pensó antes de seguir—. Algunas risas, sobre todo la de ese desgraciado, usted también reía, pero se quejaba, suponía que por las curas. También dijiste que te gustaba mucho la crema. Law dijo algo que no estoy seguro de…
—¿Qué dijo? —exigió antes de que decidiera saltarse esa parte poniendo una excusa.
—Ah, pues… —se rascó la frente, luego detrás de la oreja, la punta de la nariz, conteniéndose. Esperando no tener que mencionarlo.
—Habla de una vez.
—Creo que… bueno, no estoy seguro… —redundaba, pero al final tendría que decirlo—. Pues yo escuché una cosa, los demás no se que habrán escuchado, pero creo que… —besó el aire.
—¿Que significa ese gesto? —empezó a impacientarse y ponerse de los nervios.
—Dijo beso… bueno, no… no lo se, a lo mejor dijo… dijo… veneno, no… o quizás…
El rostro de Bartolomeo se ensombreció y su gesto parecía esculpido por el imaginario de un ser infrahumano. Gambia se asustó y se lamentó no haber pensado en una mentira leve y plausible antes que desmembrar la verdad.
—¿Y luego qué?
—Ruidos… —se tapó la boca con las manos. No estaba pensando antes de hablar. Un sudor frío le recorrió el cuerpo y su cara empezó a empaparse de sudor nervioso.
—¿Qué ruidos? —su voz aparentemente apacible era la calma que precedía la tormenta.
—De pelea…
—¿Pelea? —repitió con incredulidad sarcástica.
Gambia no pudo soportarlo más:
—Por muy fuerte que chirriaran los muelles de la cama, usted jamás lo habría echo con él, por muy borracho que estuvieran ambos, y además, estaba herido. —soltó de carrerilla. Se desprendió de la tensión que cargaban sus hombros. No encontraba otra forma de expresarlo. Pero enseguida se arrepintió.
El fuego de la ira crepitó en sus pupilas. Mudó su rostro de demonio y su cara palideció. La congoja y un sentimiento de culpabilidad dominaron su expresión y unas ganas increíbles de llorar a moco tendido casi lo rompe su espíritu.
—Lo siento Jefe… —pero el daño ya estaba hecho.
—¡PUES NO LO PERMITIRÉ! —se acabó, no iba a pasar toda la tarde en la cama ni mucho menos. Claro que le dolía y le fastidiaba, pero el no era esa clase de blandos que se dejan superar por las circunstancias. Podía arreglar esto—. Traeme al capullo de Trafalgar ahora mismo. —ordenó con tono resuelto.
—¡Entendido, capitán! —acató la orden y fue en busca de Trafalgar.
No entendía que pretendía su capitán, pero de seguro le haría sufrir a ese desgraciado.
