Los personajes no me pertenecen
Capitulo 15 presentadose
Wouw...me aceptaron.
Tuve que leer la carta tres veces más para saber si lo que decía era correcto. Realmente no puedo creerlo, entré. Comenzaré una nueva vida en esa ciudad.
—¿Bueno, que es lo que dice?
Por un momento olvidé que mis padres estaban adelante de mí. Los miré con los ojos bien abiertos, ellos me miraron de la misma manera. Estaba tan pasmada que no sé cuál de los dos fue el que hizo la pregunta.
—Me... aceptaron —respondí enseñándoles la carta.
Mis papas gritaron tan fuerte que me sobresaltaron. Pronto, sus brazos ya me estaban asfixiando.
—Cariño, sabía que lo lograrías —dijo mi madre.
—No dudamos de ti en ningún momento.
—Gracias, pero... no respiro... —mi voz estaba ahogada.
Se apartaron, un paso hacia atrás, arrepentidos de su reacción. El aire no tardó en volver a mis pulmones.
—Lo sentimos —se disculpó mi madre, elevando una de sus manos hacia la altura de su boca—, es que estamos muy felices por ti.
Dejé que ellos leyeran la carta. Yo mantuve mi felicidad en silencio mientras los escuchaba opinar en voz alta. En realidad, escuchaba alguno que otro comentario. Como que voy a tener que estar en una residencia Universitaria, o hablar sobre cuestiones de dinero, las visitas, entre otras cosas. El tema de las visitas era lo que más captó mi atención, seguro que para las fiestas y cumpleaños ellos iban a querer que estuviese en casa. Pero la verdad es que tengo muy pocas ganas de regresar, mi idea es irme para nunca volver. Creo que todos ya sabemos el motivo. Anna. Sin embargo, hay cosas que me lo impiden, no puedo fingir que mis únicas tres amigas no están aquí y tampoco puedo ignorar a mis padres. Aunque probablemente ellos me visiten en la ciudad.
El ambiente cambió por la música de mi teléfono que me indicaba que alguien me llamaba. En la pantalla figuraba el nombre de Mérida.
—Heii hola —contesté el móvil—, aguarda un minuto.
Apenas escuché el "ok" de Mérida cuando aparté el móvil de mi oreja.
—¿Podemos seguir el asunto luego? Tengo que hablar con Mérida —pedí.
Los dos asintieron y yo acerqué el aparato electrónico a mi oreja mientras subía las escaleras, apresurada.
—Hola, ya puedes hablar —dije en cuanto puse mi mano en el pomo de la puerta de mi cuarto— ¿Qué sucede?
—Iba a decirte que pasaré por ti a las nueve.
Me detuve en seco.
—¿A las nueve?
—Emm... si, a las nueve —respondió como si fuera lo más obvio.
Permanecí en silencio, parpadeando varias veces.
—¿No habrás olvidado la fiesta, o si?
Automáticamente llevé mi mano a la frente, con todo lo que había pasado olvide por completo el asunto de la fiesta.
—Demonios, sí. Si lo olvidé.
Hizo una breve pausa antes de volverme hablar.
—Sabes que, deberías agradecer que tienes una increíble amiga como yo que te hace recordar estas cosas.
Solté una risa.
—Wouw... generalmente te pones de mal humor cuando hago ese tipo de bromas ¿Qué acaso algún extraterrestre te secuestró y cambió tu cerebro?
Hasta yo me sorprendí.
—Me aceptaron en la Universidad —le expliqué, la sonrisa permanencia en mi rostro.
—¡¿Qué!? —no podía verla pero su emoción era evidente.
—Lo que escuchaste.
Ella chilló de alegría. En estos momentos es cuando tengo muchas ganas de abrazarla, así como lo hizo ella hoy en la escuela pero esta vez con más fuerza.
—¿Imagino que vamos a celebrar esta noche, verdad?
Mi humor cambió en ese momento.
—Mérida, realmente no tengo ganas de ir a esa fiesta.
—Elsa, lo prometiste —sonó a que estaba haciendo puchero—. Además, será divertido.
Mérida nunca hacía puchero, creo que jamás lo hizo, es una persona demasiado seria para hacerlo. En el fondo sé que se está burlando de mí, está disfrutando cada minuto que medito ahora mismo. Pensándolo detenidamente. Anna mantiene su promesa. Kristoff se molesta al cruzarse conmigo... pero eso es en la escuela. Esta vez estamos en una casa y no en una escuela donde hay gente que te vigila la mayoría del tiempo, tal vez si no me separo de Mérida y las demás zafe sin problema. Uff... tengo que dejar de hacer mi vida un drama.
—¿A las nueve has dicho que vendrás a buscarme?
Escuché otro chillido de alegría, que me hizo cerrar los ojos.
—Espero que para esa hora estés lista. Vas a ver que no te arrepentirás.
—Descuida, lo estaré lista.
Después de terminar la llamada les dije a mis padres que continuáramos en otro momento el tema de la Universidad. Les expliqué que era por la fiesta, la cual me permitieron ir. Quería usar el tiempo para saber qué ponerme.
Esta iba a hacer la primera fiesta a la que iba a asistir, donde estaban todos mis compañeros de la escuela y no tenía ni idea de lo que iba a ponerme. Los vestidos no son lo mío y directamente los descarté, igual que los zapatos taco alto y las faldas, de por sí odio llevar una para la escuela. No quería lucir llamativa pero tampoco quería ir mal. Pasé toda la tarde revisando mis cajones para encontrar lo adecuado, no tenía dinero para compararme ropa nueva y no estaba tan desesperada, ni loca, para pedírselo a mi madre. En un determinado momento me cansé y decidí ponerme una blusa holgada de mangas cortas de color roja y un pantalón azul. Para los pies iba a usar mis botas de siempre.
Mérida llegó a la hora justo, como era de esperarse. En su auto ya estaba Kida, esperando en el asiento trasero. Mulán había arreglado con su novio para ir juntos. Así que fuimos directo a la fiesta. Entramos a la casa sin necesidad de tocar la puerta, no creo que la escuchen si la tocábamos debido a los gritos y a la música, que ya desde hacía tres cuadras atrás la veníamos sintiendo. La casa estaba llena de chicos bailando con los cuerpos apretados y la mayoría de ellos ya perdidos, bajo los efectos del alcohole. La música que sonaba era Wonderland de Natalia Kills.
—Odio esta canción —dijo Mérida, como para romper la tensión que había entre las tres.
Era un mar de locos con las hormonas para arriba. ¿Qué se supone que íbamos a hacer aquí?
Estaba por preguntárselo a las chicas, pero al voltear para verlas me di cuenta de que se habían ido. ¿En serio? no pasó ni dos minutos desde que habló Mérida. Caminé como pude entre todas las personas por la casa para encontrarlas. Alguien me empuja y caigo en un sillón, arriba de las piernas de un hombre que estaba siendo besado por su novia. Los dos se separaron sobresaltados, el chico estaba algo impresionado mientras que la chica me dedicó una mirada asesina.
—Lo siento...—me disculpé, parándome torpemente— lo siento —volví a decir nerviosa.
Salí corriendo antes de que la novia me estrangulara. No le tengo miedo a gente como ella, ya peleé con alguien mucho peor, Helga. Pero una mujer celosa es capaz de hacer cualquier cosa y no quiero averiguarlo.
Pasé la mano por detrás de mi cabeza y seguí buscando a mis amigas con la vista. No las encontré. Al que si vi fue a Sven, bailando con dos chicas con una botella de cerveza en la mano. Eso confirmaba una de mis teorías. Si él estaba aquí, Kristoff también, lo que quería decir que Anna también estaba en algún lugar y prefiero no saber en dónde ni qué estaba haciendo. Sobre todo si era acompañada por su novio.
Todo lo que pensaba se esfumó cuando unos chicos y chicas me empujaron. Quedé atrapada entre un montón de personas que bailaban, cantaban, gritaban, la canción. Por más que intentara escapar no podía hacerlo. Sentí que alguien me jala de la muñeca y me saca de ahí, fue Mulán. Ella me sonrió cuando consiguió que nos alejáramos de ahí.
—Parece que te diviertes —bromeó, dándole un sorbo al vaso de plástico rojo, que seguro tenía una bebida con alcohole.
—Si con divertirme te refieres a soportar un montón de adolescentes calientes, sí. No te das una idea de cómo me estoy divirtiendo —respondí irónica.
Soltó una risa que no pude escuchar debido a la música fuerte.
—Vamos, creo que estás exagerando.
Un chico que venía besando a otra chica mientras otra chica más estaba pegado a su cuerpo, y lamiendo su cuello, pasó entre nosotras, distanciándonos un poco, y se metieron a lo que parecía ser un armario. Me volví a ver a Mulán y la mirada que le puse se lo dijo todo.
—De acuerdo, tal vez no estés exagerando tanto.
—Ayúdame a salir de aquí —con todo el bullicio ya ni sabía dónde estaba la puerta de salida, ni en qué parte de la casa me encontraba.
—Elsa, por favor, no puedes irte tan pronto.
—Mulán, me siento como si estuviera en la casa de la familia Addams.
—Ahí sí creo que estás...
El grito de otro chico la interrumpió. Lo vimos con un cuadro de pintura y se lo partió por la cabeza, haciendo que automáticamente se desmayara. Todos los que estaban a su alrededor empezaron a reír y yo me puse más pálida de lo que era.
Por primera vez en la vida, el mundo me estaba dando la razón.
Mulán, en vez de decirme algo, tomó de mi mano. No sé lo que pretendía, pero no me estaba llevando hacia la puerta de salida.
—¿Qué es lo que vamos a hacer?
—No te hará mal socializar un poco —simplemente contesta como si fuera lo más normal.
—¿Con estos dementes?
—No todos aquí son dementes —una mirada de enfado se cruza por su rostro mientras sigue caminando.
Tiene razón, ella no lo era, su novio tampoco. Y en alguna parte de este lugar estaban Kida y Mérida, que tampoco lo eran.
Me llevó hacia donde estaban un par de nuestros compañeros de escuela, entre ellos estaba Shang. Noté que miraban una mesa de Ping pong donde había unos cinco vasos de plástico, de color rojo, acomodados en una punta y del otro lado estaban ellos riendo como locos. Ya sabía de este juego, los chicos hacían que la pequeña pelota de ping pong rebotara en la mesa, cruzara la red que la dividía y cayera en alguno de los vasos.
—¿En serio piensas que voy a jugar a esto? —no podía creerlo de verdad.
—Es una forma de divertirte.
—¿No es mejor decirme donde están las otras chicas?
Mulán se encogió de hombros queriendo buscar una respuesta.
—Si lo supiera te lo habría dicho. Ni siquiera las he visto aún, eres la primera que encontré.
Debí imaginarlo.
—Anda —insistió, tomando la pelota de ping pong que estaba en la mesa— ¿Por qué no nos muestras qué tan buena eres?
Los de alrededor se me quedaron mirando, esperando hasta comprobar mi habilidad en el juego.
No es por alardear ni nada, pero para mí esta clase de cosas no me es tan difícil. Es que no lo veía muy complicado como la mayoría. Solo necesito calcular la fuerza en que lanzaré la pelota y donde quiero que rebote para luego embocarla en el vaso que quiero. Suena tonto, a un cerebrito, soy consciente. Pero es lo que soy, y creo que los demás ya lo saben, así que me importa muy poco.
Tomé mi tiempo para pensar mientras movía la pelota entre mis dedos. Uno de los chicos tosió, una indirecta para que hiciera mi jugada de una vez. Soplé mi flequillo que tapaba mis ojos y lancé la pelota hacia la mesa. Tal como lo calculé, la pelota dio al vaso del centro. Fue increíble como gritaron por eso, llegué a pensar que querían dejarme sorda.
—Hazlo de nuevo —me pidió Mulán.
Lo hice y emboqué en uno de los vasos del costado. Volvieron a gritar.
—Sigue —esta vez me lo pidió un chico.
De nuevo emboqué. De nuevo gritaron, pero esta vez levantaron los vasos hacia arriba. Unos grandotes me tomaron y me elevaron. Ellos creyeron que mis gritos de terror por caerme eran de alegría y en vez de soltarme me bajaron y me lanzaron hacia el techo. Lo hicieron tres veces más.
Me colocaron en suelo, ignorando el hecho de que estaba a punto de darme un infarto. Antes de darme cuenta, estaba en la pista de baile otra vez.
Mulán tomó de mi mano, incitándome a bailar. No podía rechazarla, sabiendo que era mi amiga. Fue divertido, a decir verdad. Solo fue un rato, su novio le pidió bailar cuando otra canción comenzó y a mí no me molestó que se fuera. Esa fue la oportunidad para que un chico se acercara a mí. Se me hacía familiar pero no sabía quién era. Era rubio, de ojos azules y, aunque los hombres no me interesan, era muy consciente de que el chico era apuesto.
Él se me acercó a la oreja para que lo pudiera escuchar mejor.
—John Smith —se presentó—, estoy contigo en la clase de matemáticas y literatura avanzada. No pretendo nada malo, solo quiero bailar, y si hago algo que te molesta ya sabes donde puedes pegarme.
Esta era la primera vez que un chico me hacía reír como en ese momento.
—Un gusto —dije—, soy Elsa.
Acepté su mano y solo nos pusimos a bailar. Fue delicado, amable, y de verdad no pretendió nada. Su cuerpo jamás se pegó al mío a diferencia de los locos que vi cuando llegué. Bailamos unas cuatro canciones hasta que me cansé. Me despedí de él amablemente y me incliné hacia él para darle un beso en la mejilla, pero en un tropiezo, causado por un pequeño golpe que alguien me dio al bailar, choqué apenas mi labio contra el de él. Me aparté sonrojada y asustada.
—Perdona, no quise... —me quedé sin voz, y levanté las manos, un poco alterada.
—Tranquila... Tranquila —dijo, con una sonrisa nerviosa, sonrojado—. Fue un accidente, lo sé. Ve con calma —me animo dándome una palmada en el hombro.
Y eso hice, pero, cuando me giré, él me tomó de la muñeca. Traté de no mirarlo con mala cara. John retira su mano rápidamente, poniéndose un poco más nervioso.
—Sé lo que dicen de ti en la escuela, y sé muy bien que tú lo sabes. Quiero que te grabes esto, eres una chica muy bonita y genial. Si alguien te dice lo contrario es porque es un idiota y porque no te conoce. Vales más de lo que crees.
Definitivamente esta era la noche más extraña de toda mi vida.
Sus palabras eran algo que Mérida me dijo cientos de veces de distintas formas. Viniendo de alguien como él, que resaltaba en la escuela y podía conseguir a cualquier chica, además de que casi no nos conocíamos y solo habíamos compartido un baile amistoso, era todo un alago. Qué bueno que no le puse mala cara.
—Gracias.
—De nada.
Después de eso quise ver si encontraba a Mulán para que me ayudara a encontrar a las chicas, pero como era de esperarse ya no estaba.
Así que emprendí otra búsqueda en la casa, subí al segundo piso para ver si no estaban ahí. Estaba lleno de gente "cariñosa"... Me va a costar borrarme ciertas imágenes de la cabeza. Decidí entrar a un cuarto para ver si alguna no estaba ahí.
Tuve que taparme la boca para no soltar un grito de... no sé, horror, impresión, vergüenza... lo que sea. El capitán del equipo de fútbol americano estaba teniendo sexo en una posición muy poco ortodoxa con el capitán del equipo de ajedrez. Conocía a los dos bastante bien como para darme cuenta de quién era quien. Salí de inmediato antes de que ellos se dieran cuenta, cerrando la puerta violentamente por lo alterada que me puse.
Corrí hacia otra dirección para que nadie me viese. Terminé encerrándome en el baño. Algo bueno y malo saqué de ahí. Lo bueno es que encontré a Kida. Lo malo era que se estaba besando con Milo en la bañera. Ambos se separaron al sentir mi intromisión.
Tenían que estar bromeando. Esta misma mañana se había acobardado de pedirle que fuera al baile de graduación con ella y así como así se terminan enredando ahora. Era increíble que ese chico estuviera en esta fiesta. Bueno, si yo estoy aquí, él puede estar aquí.
—Humm... yo... ehh... esto es algo incómodo —tartamudeó Milo.
Él no es la clase de personar que se encontraría en una situación como esta.
—Descuida, acabo de ver algo peor que esto —dije como para calmarlo.
Al menos no soy la única en la escuela que siente atracción hacia las personas de su mismo sexo.
—¿Ah sí?... ¿Qué es lo que viste? —Kida levanta una ceja de manera curiosa.
—No importa —no iba a delatar a los dos chicos, respeto la privacidad de todos, a pesar de que el capitán del equipo de Fútbol me haya hecho la vida imposible algunas veces— ¿Has visto a Mérida? —cambié rápidamente de tema.
—No. Estaba conmigo pero la perdí de vista y terminé con él —contestó señalando a Milo con el pulgar y él me saluda pese a que hace rato estoy en el baño.
Prefiero no saber más detalles.
—Bueno, será mejor que me vaya. Yo... no hago falta aquí y... tengo que buscar a Mérida.
No esperé su respuesta. Quería irme lo antes posible, y fue lo que hice.
Ya estaba demasiado cansada y el ambiente me estaba molestando. Estoy cansada de buscar a Mérida también y no quiero perder más tiempo. Si me iba ahora podía llamar un taxi.
Encontré la puerta y salí de la casa. La noche era fría y todo el mundo estaba dentro de la casa excepto una persona. Anna estaba sola, sentada en el borde de la vereda con una botella de cerveza. ¿Qué estaba haciendo? No era de mi incumbencia pero tampoco era bueno que estuviera así a estas horas de la noche y sola. Si la dejaba y algo le pasaba no me lo perdonaría.
Me acerqué a ella, tímida y lentamente.
—¡Anna! —llamé.
Levantó la cabeza confundida y miró de un lado a otro menos hacia atrás, que era donde yo estaba.
—Oye —volví a llamar, inclinándome un poco a su altura.
Volteó sobresaltada, y por la expresión que tenía supe que estaba ebria. Ahora menos que menos podía dejarla sola.
—¿Anna qué estás haciendo aquí sola?
Se le escapó un hipo antes de contestar.
—Estoy bebiendo —su voz sonaba a la de todo un ebrio, y estaba tan enojado como uno— ¿no te das cuenta?— me enseñó la botella.
Remojé mis labios con mi legua y me senté a su lado.
—Anna tú no eres así ¿Qué te sucede? —algo no andaba bien, eso me preocupaba.
—Mi vida, eso es lo que sucede.
Le quité la botella antes de que diera otro sorbo.
Nos pusimos de pie. Ella torpemente, dedicándome una mirada de pocos amigos.
—Devuélveme eso.
—No, esto no te hace bien.
—No eres...—un hipo la interrumpió— quien para decirme eso, vomitaste en mi inodoro.
No, no me olvidé de que desperté en su cama después de haberme embriagado
—Precisamente por eso lo digo, Anna. Soy consciente de que eso fue una estupidez, tú eres mejor como para recurrir a este tipo de cosas. ¿Qué es tan grave para que llegues a este extremo?
—¡Me rechazaron en la Universidad! —gritó.
Las lágrimas fluyeron libremente y pronto ella estaba jadeando para liberar aire. Me partió el alma verla así.
—No se lo dije a mis padres todavía... y no quiero hacerlo —el llanto no la dejo continuar.
Traté de decir algo, pero ella siguió hablando.
—Hice dos solicitudes para dos Universidades. En una pensaba estudiar diseño — tragó en seco— pero no la envié por miedo a meterme en problemas. Kristoff lo descubrió y la envió a mis espaldas. Aún no llega su respuesta y si entro no sé qué es lo que voy a hacer.
Suena exagerado, pero con lo que me dijo el otro día no creo que sea así. Kristoff fue un entrometido y lo felicito, yo habría hecho exactamente lo mismo.
—Sabes que, no tengo por qué seguir soportando esto. Me voy.
Caminó por la calle y yo la seguí, la detuve sosteniéndola del brazo.
—¿Cómo piensas regresar a tu casa? —interrogué.
—Traje mi auto —respondió zafándose bruscamente.
—¡Estás ebria! —le recordé.
—¿Y?... me siento bien como para manejar.
—No, no puedes.
—Si puedo.
—¿Vamos a empezar este juego otra vez?
—Tú comenzaste.
—No es cierto.
—Si lo es.
—Que n...—sacudí la cabeza —Anna no puedes manejar. Si no quieres irte con Kristoff pídeselo a otro, he visto varios de tus amigos en la casa. Intenta que esté sobrio, y si no pueden o tampoco quieres irte con ellos al menos llama a un taxi y después arréglatelas para buscar tu auto en la mañana.
Anna me empujó para que me apartara. En otra circunstancia lo haría, pero no sabiendo que se puede lastimar. Siempre me percato de que esté segura antes de dejarla. Lo mismo hice en la enfermería cuando la golpearon, también lo hice aquella vez que la vi mal cuando vio esa valija de lápices en aquella librería mientras hacíamos el trabajo de la escuela.
Pretendió empujarme otra vez, pero se lo impedí sosteniéndola de los brazos.
—Anna, te vas a hacer mal, ya basta.
Estaba fuera de sí. Era como lidiar con un niño caprichoso.
Una luz, aproximándose a nosotras, me encandiló los ojos.
"Estamos en medio de la calle" me recuerdo.
No me detengo a pensar bien las cosas, reaccioné tan rápido como puede y empujé a Anna hacia la vereda.
El auto hace lo posible para frenar, pero no hago tiempo de escapar de él.
Cuando abrí los ojos mi visión era borrosa. Divise la silueta de una figura masculina y detrás había como una luz blanca.
—¡Elsa!... ¡¿Puedes escucharme?!
Cerré los ojos, a pesar de que mis labios se movieron para responder no pude pronunciar palabras.
—¿Sientes algún dolor fuerte en algún lugar?... ¿Puedes verme?
Volví a abrir los ojos, ahí vi al Sr. Fa Zhou, padre de Mulán, que por cierto también es médico. Sonrió con alivio por ver que reaccionaba.
—¿Qué pasó? —mi pregunta sonó con voz débil y ronca.
—Un auto te golpeó ayer por la noche —me explicó, poniendo su espalda recta—. Por fortuna, el único daño fue una pierna rota, todo lo demás en tu cuerpo está bien.
Mis ojos se abrieron de la impresión. Ignorando el dolor que sentía en algunos lugares de mi cuerpo, me senté de golpe para ver mi pierna derecha con una férula, apoyada sobre una almohada. Mi corazón dejó de funcionar como debía y empecé a respirar de forma entrecortada por mi boca.
—Relájate —intentó calmarme, colocando su mano detrás de mi espalda y con la otra sostuvo mi brazo. No logró hacer algún efecto. —Podrás irte del hospital hoy por la noche, en tres semanas te quitaremos la férula y estarás como nueva.
¿Tres semanas?... Mi partido de fútbol, mi último torneo, es en dos semanas.
¡NO JUGARÉ LA FINAL!
Coloqué mi mano sobre mi pierna herida, sollozando.
—¿Puede dejarme sola un momento? —le pedí, sonando ahogada.
El médico dudó en aceptar.
—Sí, está bien —asintió con la cabeza.
Me quedé sola, llorando. No iba a poder jugar a mi último partido. Tanto esfuerzo, entrenamiento duro. Todo para nada. Hundí mi cara en mis manos, después las deslicé hacia atrás hasta enredar los dedos en mi cabello.
—¿E-Elsa? —escuché una voz ahogada desde la puerta.
Levanté la cabeza hacia esa dirección. Anna perecía cargar con el peso de la culpa sobre sus hombros y eso no me ayudaba para nada.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté entre lágrimas— pedí que me dejaran en paz.
—Sé que esto es mi culpa pero...
—¡Si, lo fue! —recriminé.
No, tú no tienes la culpa de nada. La decisión fue mía.
—Ya lo sé, y sé que teníamos un trato, pero me preocupé... Necesitaba saber si estabas bien— Anna cerró la puerta detrás de ella y juntó algo de valor para acercarse a mí.
—¡Pues no lo estoy!... Me rompí una pierna porque no me escuchaste y por tres semanas tendré usar esta maldita férula. Y debido a esto no podré jugar mi último partido de fútbol. ¿Satisfecha?
No hay necesidad de tratarla así, ella pasaba un mal momento.
—Yo...yo...
No lo digas, por favor no lo digas.
—Lo sient...
—¡NO!... ¡DEJA DE DISCULPARTE!... ¡YA NO TE DISCULPES MÁS! —sacudí la cabeza desesperada— Eso no cambiará las cosas, Anna.
No quiero que te disculpes por algo que no hiciste.
—Soy tu amiga.
Mi llanto se hizo más fuerte, los hombros comenzaron a temblarme y aferré mis manos otra vez en la pierna dañada.
—¿Cuándo lo entenderás?... Ya no somos las mismas de antes. Ya no somos esas pequeñas niñas que se la pasaban construyendo un muñeco de nieve. Ya no tenemos nada en común. Intenté ayudarte porque es lo que cualquier persona sensata haría si estuviera en mi lugar... ¡Déjame en paz y has tu vida!
Fue suficiente. Anna se fue llorando, aunque no la vi.
Me odié. Detesté tener que decirle eso. Esto es el maldito karma que me hace pagar todo lo que le hice.
Solté un grito expulsando todo el dolor que tenía dentro.
Hemos llegado a una parte de la historia que tanto quería.
Estoy bastante apurada y lamento no poder responder a sus comentarios. Ya saben lo mucho que yo aprecio su apoyo y si todavía estoy continuando este fic es gracias a ustedes. Más que nada les agradezco su paciencia.
Con respecto a John y a Elsa, no pasa nada, enserio. Eso lo necesito para algo, sabrán para qué a su debido tiempo.
¿Qué les pareció el cap?...
Espero sus comentarios.
