Los personajes no me pertenecen

Y llegamos al capitulo 19


Sábado por la mañana, día de la final del partido de fútbol femenino de la escuela Weselton. Jugamos contra el equipo Sur, llevan ganando cinco torneos consecutivos. Siempre que nos enfrentamos a ellas nos derrotan. Con más razón, este año mis compañeras están más decididas que nunca a ganarles.

Sus jugadoras son las más agresivas de todo el torneo. Cometen muchas faltas que son ignoradas por el árbitro, típico en este deporte. Saben salirse con la suya, y discutí con ellas muchas veces por eso. Una vez hasta me sacaron del partido.

Estoy nerviosa, apenas dormí anoche y llegué más temprano porque en mi casa no podía quedarme quieta. Por suerte los demás no se tardaron.

Pasó el rato, y más personas comenzaron a llegar. Mulán sería la última en presentarse, esa era su costumbre.

Mérida llegó. Tan pronto se encontró con mi mirada, dejó sus cosas y vino hacia donde yo estaba. Sentí algo de incomodidad, es que lo que había conversado con Olaf me dejó con dudas. No me imagino una escena de las dos besándonos y que ella lo oculte. Sabe la confianza que le tengo.

—Hola —saludó, una vez cerca.

Más dudas rondaron por mi cabeza tras escucharla.

—¿Ocurre algo malo? —preguntó al notar que me estaba tomando mucho tiempo en contestarle.

De un impulso me puse de pie, dispuesta a decirle lo que sucedía. No le tenía miedo, podía expresarme sin problema.

—Necesito hablar contigo —confesé.

Sus ojos mostraron sorpresa.

—¿Sobre qué?

No puedo hacerle esto, podría afectar su concentración en el partido. No, no... No quieras escapar del tema. Si no lo hago ahora, no lo haré nunca.

—¿Recuerdas el día que salimos y me embriagué?

—Sí, y despertaste en la habitación de Anna.

No era necesario aclarar eso último.

Abrí la boca para hacerle la pregunta, pero las palabras no alcanzaron a salir. Por unos pocos segundos que mi vista voló hacia otro lado, me di cuenta de que una chica me observaba sentada en la tribuna. Tenía un libro abierto, apoyado en su regazo, y no paraba de sonreírme.

¡Oh, por todos los cielos!

Es la chica que me dio su teléfono.

Sentí mis mejillas arder, tomando el famoso color de los nervios. Ella ríe entre dientes al darse cuenta de que la reconocí y bajó su mirada para dedicarle atención a su libro. Recordé entonces el uniforme que traía puesto ese día, era de la escuela Sur.

Demonios, jamás la llamé. Tampoco me atreví hacerlo porque no sabía cuál era su nombre. Lo único que hice fue conservar su número.

—¿Qué es lo que miras con tanto interés? —Mérida hizo que volviera a la realidad.

No pude hacer algo para no delatarme. Mi amiga se dio vuelta y vio a la chica.

—Okey... ¿Quién es ella? —una sonrisa curiosa se formó en sus labios.

Rasqué la parte detrás de mi cabeza, no sabía qué decir.

—No... No la conozco bien, me ayudó una vez a levantar mis útiles cuando unos chicos me empujaron. Parece que también es amiga de dos de nuestros compañeros.

—¿Eso es todo? Dudo que te pongas así solo porque te ayudó una vez.

¿Desde cuándo sabe leerme tan bien?

—Eh... eh, bueno... también me dio su teléfono.

Mérida se mordió el labio para suprimir una risa. Tierra, trágame.

—¿Cómo no me dijiste eso antes?

—Por favor, intenta no ponerme más nerviosa de lo que estoy —pedí.

—Te lo mereces, eso te pasa por no contármelo —golpeó mi hombro suavemente.

—No le encontré sentido. Además, ni siquiera sé su nombre.

—¿Y cómo no se lo preguntaste?

—Es que todo pasó tan rápido y no me di cuenta —intenté justificarme—. La conocí el día en que golpearon a Anna y le dije a Kristoff que ella me gustaba. Fue un día demasiado terrible.

Ocurrió un largo segundo donde Mérida se tomó el tiempo para pensar lo siguiente.

—De acuerdo —dijo poniéndose detrás de mí.

Apoyó su barbilla en mi hombro y sostuvo mis brazos. Vimos a la chica leer su libro, o fingiendo hacerlo.

—Ahora es momento de corregir tu error. Ve y habla con ella.

—¿Estás loca? — la aparté— ¿Qué quieres que le diga?

—Lo que sea, pero háblale. Podrías comenzar preguntándole su nombre.

Tragué en seco. No podía acercarme a alguien que fue mi mejor amiga en la infancia, ¿Cómo pretendía que le hablara a una desconocida?

Volví a mirar hacia donde estaba la chica y me encontré con que había abandonado su puesto. Mis ojos la buscaron casi con desesperación entre la gente, sin tener resultado.

—Hola.

Salté gritando. La muchacha cubrió su risa detrás de su mano. Le sonreí nerviosa, con el corazón latiendo a mil por hora.

—Hola.

Volví a saltar, gritando. Anna también apareció, y se sorprendió al ver a la otra chica que no era Mérida, quien permanecía mi lado.

—Hola — saludé a ambas sin saber bien a cuál de las dos mirar.

—Un placer verte otra vez —la desconocida fue la primera en romper el silencio y se dirigió a mí.

De nuevo, una sonrisa embobada apareció en mi rostro.

—También me da gusto verte— logré decir.

—¿Se conocen? —Anna me sacó de mi mundo, lo que me llevó a pensar.

—Algo así —le respondió la chica rubia.

—¿Qué, acaso, se conocen? —quise saber al darme cuenta de la forma en que se hablaban y hacían preguntas.

Noté cierta tensión entre las dos. Me hizo sentir que Mérida y yo estábamos fuera de lugar. La chica cuyo nombre desconozco no mostraba evidencia de tener malas intenciones.

—Un placer verte, Anna —le saludó amablemente, pero con seriedad.

—Lo mismo digo, Ella —le correspondió.

Ella. Así que ese es su nombre.

—¿Se conocen? — repetí al sentirme ignorada.

—Si. De sitios en los que asisto con mi familia y además es mi competencia en el torneo de equitación —Anna respondió.

Ooh wauow... esto sí que no me lo esperaba. No solo se conocen, sino que incluso parecen ser casi rivales. Esta chica también es de la alta sociedad igual que Anna.

¿Qué probabilidades tengo de que ocurra algo? Seguro que sus padres quieren que siga un estilo de vida acorde a sus pensamientos.

—¿Y ustedes de donde se conocen? —ahora fue Ella la que preguntó.

—Anna es mi vecina —contesté— y ella es mi mejor amiga Mérida —me adelanté a decir antes de que se le ocurriera preguntar quién era.

—Un placer—Mérida estrechó su mano con la de Ella.

—Lo mismo digo.

Después de eso hubo silencio. Es difícil comenzar a preguntarle más cosas con Anna presente. Puedo darle sospechas de que me pasa algo con Ella y no se trata de ser nuevas amigas.

—Tengo que irme —Anna no parecía querer seguir ahí.

Iba a decirle que luego nos veíamos, pero se fue corriendo antes de que lo hiciera. Mis ojos la siguieron hasta el campo de juego, y me llamó la atención que no se girara.

—También debo irme —anunció Mérida y vino con un guiño discreto en el ojo—, creo que están por tomar asistencia.

Es mentira, aún falta un rato para que el entrenador empiece la asistencia. Quiere darme espacio.

Como ya estábamos solas, sin nadie molestándonos, Ella se aproximó más a mí. Tomé mi tiempo para examinarla, tenía una remera celeste y una falda blanca con un calzado abierto que le hacía juego con todo lo demás. Su rubio cabello, lacio, estaba suelto igual que cuando la vi por primera vez.

—Sabes, realmente esperé que me llamaras luego de haberte dado mi teléfono.

¡¿Pero qué?!...

Es bastante directa al momento de decir las cosas.

—Yo... Lo siento —pedí disculpas, mirando hacia otro lado para que no viera el rojo de mis mejillas—. No me sentía segura y tampoco sabía tu nombre.

Por primera vez se mostró nerviosa y se dio un golpe en la frente, comprendiendo mis razones. Lo encontré adorable.

—Discúlpame, no me di cuenta —se avergonzó.

—Descuida, le sucede a cualquiera.

—Es verdad —volvió a sonreír—. ¿Estás en el equipo? —observó mi uniforme de fútbol y no pasó por alto mi condición.

—Podría decirse que si —contesté y miré de manera rápida mi pierna—. Pero como te habrás dado cuenta, no estoy en condiciones de jugar.

—¿Qué te sucedió? —preguntó preocupada.

—Un auto me atropelló, no fue muy serio por suerte. Soy la capitana y mi deber es apoyar al equipo.

—Ya veo — comenta lamentándose un poco, sin intenciones de seguir indagando sobre el tema.

Que bien, porque no quería decirle que discutía con Anna antes de que el auto viniera hacia mí.

—¿Y tú vienes a apoyar a tus compañeras? — oh por supuesto genio, ¿por qué otra razón estaría aquí, sino?

Sé que la respuesta es obvia, pero quería continuar con el tema del partido para no seguir conversando del accidente.

—Sí, conozco a las chicas del equipo —que bueno que no le dé importancia a lo absurdo de la pregunta—. Sé que no se llevan muy bien con las de tu escuela.

—No. Y no voy a hablar de eso. Hay muchos equipos de fútbol que se odian a muerte.

La hice reír.

—Tranquila, vengo en sol de paz. No vine a armar revuelo.

Miré en dirección a mis compañeras para verificar quienes habían llegado. Será mejor que regrese antes de que empiecen la asistencia. No quiero que hagan preguntas de por qué hablo con gente que apoya al rival.

—Tengo que irme. Me alegro de volver a verte, Ella.

—A mí también, y puedes decirme Ceny si prefieres —suena lindo—. ¿Tu nombre es...?

Ahora fui yo la que se sintió una tonta por no presentarse.

—Elsa —contesté con tono de disculpa—. Me llamo Elsa.

—Es muy lindo —sonríe, divertida—. Espero poder hablar contigo de nuevo.

—Seguro —esta vez no tengo duda.

Se despidió con un beso en mi mejilla. Sus suaves labios quemaron mi piel, haciendo que una corriente eléctrica pasara por mi columna. La vi alejarse y por tercera vez en el día una sonrisa boba se apoderó de mí.

No sé si estoy en el cielo, o el infierno.

Escuché al entrenador llamar a las jugadoras. Fui al círculo para confirmar mi presencia, Iban a decir mi nombre, aunque solo me quedara en el banquillo de suplentes. Ocurrió lo mismo de la última vez, Kida estaba distraída cuando la llamaron porque miraba al público con la esperanza de que su padre estuviera en su último partido. Luego de llamarla dos veces levantó la mano. Mulán llegó tarde, corriendo hacia el entrenador y su novio la seguía detrás. Le dijo a Mérida que estaban haciendo la tarea. O sea que esa es la excusa que le dio a sus padres para venir al partido.

Con todas presentes, el entrenador me permitió hacer algo y las jugadoras formaron un círculo a mí alrededor. Mulán dio un paso al frente. Quité la banda de capitán que tenía en el hombro y se la entregué.

—Mucha suerte, capitana —la animé—. Y da lo mejor de ti.

—Lo haré, capitana.

Nos abrazamos y nos dimos una palmada en la espalda.

Luego de un calentamiento, iniciaron el partido. Se decidió que Meg tomara mi puesto y Anna ocupó el suyo, Mérida siguió en el mismo lugar de siempre. Las tres coordinaron bastante bien en los entrenamientos y ahora en el juego también lo hacían. Anna jugaba mejor que cuando dio la prueba. No sé decir si estaba nerviosa, porque no lo notaba. Y si lo está, lo disimulaba muy bien.

Una del equipo Sur, que tenía un destacado lunar a un costado de la barbilla, llegó a nuestra área queriendo anotar. No contó con que Kida se apareciera casi de la nada y le impidiera avanzar. La defensora le arrebató la pelota, pasándosela a otra jugadora. La chica del lunar le murmuró algo a una de sus compañeras. Eso me puso alerta. Tal vez sean amigas de Ceny, pero mi opinión acerca de ellas no ha cambiado en absoluto. Estas chicas dan mala espina. Si van a hacer algo no creo que sea de inmediato.

El resto del partido siguió duro. Nos salvamos de que nos anotaran en varias ocasiones y nosotros no tuvimos ni una intención de gol. En otro de sus intentos, la capitana del equipo Sur, la más ruda de todas; pateó la pelota de manera magistral hacia la portería. Mulán apenas pudo verla. Se lanzó a un costado y la atrapó con ambas manos, cerrando los ojos. Cayó al suelo, abrazando el objeto esférico para que todas se dispersaran. Con rapidez se puso de pie y entregó la pelota a nuestro equipo.

Su mirada y la de la otra capitana se cruzaron de una forma tensa. Otro motivo por el cual estar alarmada.

En medio del partido le eché un vistazo a Ceny. Se veía bellísima. Leía el libro que estaba en su regazo igual que antes. Es el tipo de chica que asiste en ciertos lugares solo para dar su apoyo. El fútbol no parece ir con ella.

Escuché el silbato y pronto volví mi atención a la cancha. No sé qué sucedió, pero cobraron un tiro de esquina para la escuela Sur. De lo que si me di cuenta fue que Megara le dio un golpe a Anna detrás de la cabeza y la regañó. Su primer partido y ya es responsable de que nos cobren una falta. Eso es malo.

El equipo Sur pateó y entonces fue cuando todo se volvió tenso. La pelota amagó con entrar al arco, pasando de una competidora a otra, hasta que llegó a los pies de la más grande de las rivales. Mérida le hizo frente, sin temor, arruinando sus intentos de pases. De no ser porque el árbitro las miraba, habría aplastado a mi amiga. La chica alta se apresuró a patear al arco, al no ver opción. Gracias a eso Anna consiguió desviar el ataque.

Fin del primer tiempo.

Esto no venía bien. Si el partido termina con el marcador empatado, van a tener que jugar minutos extra. Y si en ese tiempo seguimos iguales, irían a penales.

Las jugadoras se dispersaron por el campo. Recuperaron el aliento que perdieron de tanto correr y aprovecharon a ir por agua.

Anna prefirió alejarse. Tenía las manos en las caderas, levantó la cabeza hacia el cielo y respiró hondo por la nariz. Si el entrenamiento fue duro, esto le debe ser mortal.

Analicé a las chicas que me inquietaron en el partido. La de alta estatura miraba a Anna. La que tenía el lunar, hablaba fastidiada con dos de sus compañeras. Su capitana... me observaba de la misma forma que yo a ellas. Su sonrisa maliciosa se amplió lentamente. Sabe que conozco sus intenciones, eso le da más motivo para disfrutarlo. Si así pensaba intimidarme estaba muy equivocada.

—¿Qué te tiene tan concentrada? — Mérida tomó asiento, traía consigo su botella de agua.

—Traman algo, lo sé —murmuré en voz baja.

Ella se fijó en nuestras rivales. Bebió de su botella.

—Es probable, pero no podemos ir y decírselo al árbitro.

Tiene razón, no hay pruebas que demuestren lo que digo.

—Solo cuida de que no la lastimen —le pedí.

Hizo un gesto con el labio y me vio a los ojos.

—Relájate —sentí un tono de sarcasmo—, cuidaré de Anna. A mi total me pueden hacer carne picada.

Reí por el chiste.

—Vamos, sabes que también me preocupo por ti.

—Lo sé —se puso de pie y dejó la botella-. No le pasará nada, lo prometo.

—Gracias.

No quiero que nadie salga lastimado. Anna me preocupa más porque no está tan acostumbrada a varios golpes y caídas, a diferencia de las demás. Es una chica sensible y nunca antes había hecho esto. Si alguien le hace lo mismo que me hicieron a mí en el último encuentro, la dejaría mal.

¿A caso ella se sentía así cuando iba a ver mis partidos y me lastimaba?

El comienzo del segundo tiempo me puso alerta y miré hacia la cancha.

¿Saben cuál es el verdadero problema de estas chicas? Sí, no saben perder. Pero en realidad, su conflicto es que no les gusta ponerse en ridículo y que haya mejores jugadoras que ellas. Mulán les atajó goles seguros, Kida las interrumpió cada vez que avanzaban a nuestra área y Anna era más rápida de lo que se esperaron.

Mis sospechas de que tramaban algo se cumplieron. Veinte minutos después, el partido se volvió más violento.

Megara llevaba la pelota y una jugadora de la escuela Sur se estampó contra ella para que no siguiera. El árbitro no lo vio y generó un problema. Demoraron el partido porque mis compañeras fueron a discutirle. Mérida fue a ayudar a Meg mientras tanto.

El árbitro defendió diciendo que no vio nada y, para no sacarle a alguien una tarjeta, decidió entregarles la pelota. Ya mencioné antes que ese estilo de injusticias ocurre hasta en el fútbol profesional.

La capitana de la escuela Sur era como ver un auto sin frenos. Avanzaba hacia nuestra zona, siendo perseguida por tres de mi equipo sin ser alcanzada. Le pasó la pelota a otra de su misma remera y esta pateó a la portería. Mulán la atajó, golpeándola con el puño, sin saber bien qué dirección iba a tomar. La pelota volvió a la capitana rival, que pateó con violencia, y golpeó duro el estómago de Mulán. Su intención no era hacer un gol, era herir a nuestra arquera.

Mulán se descompuso. Cayó al suelo abrazando su estómago y se llevó la mano a la boca.

Ooh no, tiene ganas de vomitar.

Pararon el partido otra vez. Todas discutían entre todas. Anna, Kida y Mérida fueron a ver a Mulán. Ella ahora se encontraba en la misma situación que yo cuando me dieron ese codazo en el estómago.

—¡Tú puedes hija!

Esa voz... es la del Sr. Fa Zhou. Miré hacia la tribuna y lo vi junto a su esposa ¿En qué momento llegaron?

Shang estaba con ellos, pero solo se concentraba en su novia caída.

Mulán levantó la cabeza. Se me hace que no se esperaba encontrarlos ahí.

—Anda, ponte de pie —siguió alentando el Sr. Fa Zhou.

La Sra. Fa se veía tan conmocionada que no tenía palabras de apoyo. Si fuera mi madre y yo fuese Mulán, me habría sacado del campo para que me viera un médico. Es gracioso porque su esposo es uno.

Mulán se puso de pie, giró su cuello a un costado y sacudió un poco su cuerpo. Kida colocó su mano sobre su hombro y le preguntó si estaba bien, a lo que ella respondió que si con la cabeza.

El árbitro le dio una advertencia a la capitana del equipo Sur y le entregó la pelota a Mulán. Antes de hacer algo, ella miró nerviosa a la tribuna para buscar a sus padres mientras giraba la pelota entre sus manos. Al ver que tenía su aprobación, continuó jugando.

La segunda en entrar en acción fue la chica del lunar en la barbilla. Discutía con Kida para tener el control de la pelota. Se hartó al darse cuenta de que si seguía las reglas nunca lograría hacer su jugada. Corrió hacia Kida, que tenía la pelota, y le puso el pie para que tropiece. Kida dio una vuelta en el aire antes de caer al suelo y golpearse el hombro. Toqué esa zona de mi cuerpo a causa de la impresión.

Esto ya dejó de ser un torneo de fútbol, ahora era un campo de guerra. De vuelta los dos equipos y el árbitro empezaron a pelear. Hasta consiguieron sacar a Anna de quicio, que se sumó a los reclamos.

El entrenador, Oaken, tuvo que intervenir. Kida se retorcía de dolor y necesitaba asistencia médica. Pero nadie le prestaba atención, a excepción de Mérida.

Lo más inesperado del momento fue presenciar al padre de mi amiga defensora entrando a la cancha, enojado, y preocupado a la vez. El hombre responsable de que se cumplan las normas del juego definitivamente estaba molesto y se le puso a discutir.

—Es mi hija y necesita ayuda...— apenas podía escucharlo.

Alguien que le diga que lo pueden echar del partido.

La situación se calmó un poco cuando los médicos llevan a Kida a fuera de la cancha. Su padre y el entrenador estaban con ella. El árbitro había sido comprensible y no expulsó a nadie, supongo que se dio cuenta de que el momento desesperaría a cualquier figura paterna. El juego debía que continuar mientras ellas se recuperaba.

Kida consiguió levantarse con lentitud. Su deseo era seguir y su papá tenía cara de negarse. Asimilando el asunto, era el primer partido al que asistía y ahora debe darse cuenta de lo agresivo que podía ser el juego. Ella es capaz de jugar incluso sin brazo y se lo dejó en claro, a él y al entrenador. Detrás de su cara de molestia, puedo darme cuenta de que ella está feliz.

Hoy su sueño se hizo realidad, su padre se presentó al partido y la estaba apoyando con orgullo.

Retomó su posición en la cancha. Con su padre, ahora, observándola desde la tribuna, no iba a darse el lujo de perder.

Todo siguió normal después de eso. Mulán y Kida estuvieron brillantes. El equipo Sur no sabía qué hacer con ellas.

La jugadora que más me preocupaba, la alta, fue la última en hacer su jugada sucia. Se puso en medio del camino cuando Anna avanzaba con la pelota hacia su lado del campo. Anna se paralizó, con su piel tornándose blanca. Intenté pararme y recordé que nada iba a lograr haciéndolo.

Mérida apareció de repente y se trepó en la espalda de la jugadora alta. Mi mandíbula cayó hacia abajo. Cuando le decía que quería que la cuidara, no me refería a eso. Iban a ponerle una falta. Logró al menos que la jugadora grande perdiera el interés en Anna. Luchó para quitársela de encima sin ver bien lo que hacía y terminó desplomándose en el suelo con Mérida de bajo de ella. Eso me dolió más que la caída de Kida y el golpe que le dieron a Mulán.

El árbitro sonó el silbato, cobrando una falta para la jugadora de nuestro equipo. Odio decirlo, pero estaba bien hecha, ella abandonó su puesto y se lanzó a la rival. Terminó expulsándola de la cancha, lo que causó que mis compañeras se desesperaran. Teníamos una jugadora menos y resultaba ser una de las mejores. Solo un milagro nos salvaría.

Mérida caminó adolorida hasta el banquillo donde me encontraba, mientras el partido continuaba.

—Espero que sepas apreciar lo que hago por ti y que tu amor imposible consiga hacer algo bien —habló flexionando su cuerpo y se sentó a mi lado.

Sonreí. Rodeé su brazo con los míos y apoyé mi cabeza en su hombro. Es increíble que haya hecho todo esto por mí. Esta chica tiene ganado mi eterno respeto.

—Ya, ya. No te pongas molesta—dijo entre risas.

Continuamos mirando el juego. Los cuarenta y cinco minutos del segundo tiempo habían finalizado y seguíamos cero a cero. Agregaron seis minutos más por el tiempo perdido. Si no hacíamos un gol en ese tiempo iríamos al alargue. Pensé en Anna de nuevo. Llegar a eso sería demasiado para ella, podía desmallarse por la falta de costumbre.

Fueron los minutos más intensos del partido. Los dos equipos lucharon con todas sus energías para hacer el gol ganador, nadie quería llegar al alargue. Mérida y yo nos apretamos con fuerza la mano cuando nuestro equipo se aproximó al área rival. La pelota fue de una jugadora a otra. Anna la pateó torpemente a la portería y se cayó de espaldas al suelo. La pelota tocó el travesaño. Anna improvisó. Hizo lo que muy pocos jugadores pueden hacer, y lo que yo nunca logré en los años que llevo practicando este deporte. Levantó la pierna, quedándose en el suelo, y el empeine de su pie pegó la pelota.

¡Gol!... ¡Hizo un gol de chilena!

Tiempo cumplido, el árbitro terminó el partido.

¡Ganamos!

—¡Ganamos! —dije en voz alta.

—¡Ganamos!—repitió Mérida en shock.

—¡Ganamos!...¡Ganamos! —volvimos a repetir las dos mirándonos emocionadas.

El equipo aplastó a Anna antes que se levantara y que se diera cuenta de que estaba sucediendo. La escuela Sur salió de la cancha sabiendo que ya no tenía nada que hacer ahí. Con ayuda de Mérida me puse de pie y caminamos hacia nuestras compañeras. La gente que nos apoyaba también se aproximó a la cancha.

Nos abrazamos con Kida y con Mulán. Shang llegó y felicitó a su novia con un tierno beso que no duro mucho porque Mulán lo apartó, tan pronto vio a sus padres acercarse. No parecían enojados, pero sí que venían en busca de una explicación.

-¿Qué hacen aquí?- Mulán preguntó, esperando un regaño.

Los dos intercambiaron miradas antes de contestar.

—Hace un par de días, ese muchacho a quien consideras novio —el Sr. Fa Zhou señaló a Shang— fue a casa cuando tú no estabas para contarnos todo esto del fútbol y de la Universidad a la que deseas ir.

Mulán miró de manera escalofriante a Shang y él le sonrió nervioso.

—¿Hija, esto es lo que en verdad quieres? —la pregunta fue hecha por la Sra. Fa.

Mis dos amigas y yo, le hicimos a Mulán señas de ánimo. Este era el mejor momento para contarle todo. Sus padres pudieron haberla regañado esa mañana, o antes, y no lo hicieron. Podía hablarles sin miedo.

—Si—admitió tímida, aunque firme—. Sé que están orgullosos de mis notas, mi promedio, y que esperaban a que estudie algo como ingeniería. Pero adoro los deportes y no me veo haciendo otra cosa que no sea esto. Es lo que amo.

El Sr. Fa Zhou volvió a intercambiar una mirada con su esposa.

—Bueno, hija, si en realidad es lo que quieres, no nos opondremos a tu decisión —respondió su padre.

—¡¿De verdad?! —Mulán se llevó las dos manos a la boca, eufórica.

—Si —asintió su madre con la cabeza.

Mulán los abrazó y Shang se unió a ellos.

En ese momento, Kida vio a su padre aproximarse. Sin esperar a que le dijera algo, se lanzó a sus brazos con lágrimas en los ojos. Se decían algo, pero no alcancé a escuchar qué. Tampoco necesitaba hacerlo.

Oficialmente, para Mulán y Kida, este era el mejor partido de sus vidas. Sus familias estaban aquí y eso era lo que más les importaba antes que salir campeonas del torneo.

Sentí que una persona tocaba mi espalda con la punta de sus dedos. Me giré sin esperar a alguien importante y me encontré con Anna. Fueron unos segundos en que nuestras miradas se conectaron. Puso sus brazos alrededor de mi cuello y me atrajo hacia si para darme un abrazo. Sentí que el aire me volvía después de mucho tiempo y me dejé llevar. Una de mis muletas se cayó, pero no importó. Coloqué mi mano detrás de su espalda y acomodé mi cabeza a un costado de su hombro. Por primera vez en mucho tiempo ya no sentía el cuerpo tan tenso, me sentía relajada y me hacía feliz. Me atreví a acariciar su espalda y eso solo hizo que ella me abrazara con más fuerza. No quería otra cosa en el mundo. Mi corazón latía de agradecimiento y era tan débil que quería llorar.

Lo extrañaba, era eso. Extrañaba tanto esos abrazos que una parte de mí estaba furiosa conmigo porque le prohibí a Anna dármelos. La necesito. La necesito tanto.

Se desprendió rápidamente de mí, como si de inmediato recordara que estaba haciendo algo mal. Su reacción solo hizo que me odiara aún más.

—Disculpa yo... lo olvidé —juntó sus manos, apartando la mirada.

—¿Acaso me ves enojada?

—No...—se atrevió a levantar la cabeza.

—¿Y entonces? No hay motivo para disculparse.

Quería sonreírle, pero no pude. Como de costumbre, nos interrumpieron en el momento más inoportuno.

-¡Oye, Elsa!- Kida me llamó.

Con mala gana, miré hacia atrás. Kida estaba con todas las del equipo.

—Vamos a mi casa a celebrar, ¿vienes?

—En un minuto —contesté.

Volví hacia Anna.

—¿Quieres venir? A ellas no les molestará.

Sonrió débilmente.

—No, es mejor que no vaya.

—¿Por qué?

—Porque... Sé que fui yo la que hizo el gol ganador pero... Prefiero no hacerlo.

No tuve el valor suficiente para insistir. Algo pasaba con ella y creo que quedaría fuera de lugar si preguntaba qué era.

—¡Elsa! —me apresuró otra de mis compañeras.

—¡Ya voy!— les grité, sin mirarlas.

Anna me interrumpió cuando quise hablarle. Se agachó para tomar la muleta que se me había caído y me la entregó.

—¿Cuándo te quitan la férula?

—La próxima semana ¿Qué...?

Volvió a silenciarme, levantando sus manos hacia arriba y bajándolas.

—Tú y yo nos debemos una conversación. Quiero verte después de que te la quiten, pienso que así será más cómodo para ambas.

Qué bueno que intenta hacerme las cosas fáciles. Otro motivo por el cual no puedo escapar.

—Te veo hasta entonces —finalizó Anna.

Giró lentamente y se fue.

Acabo de darme cuenta de algo. Esa chica, Ceny, es obvio que tiene interés por mí. Tal vez no sea buena con esto de tener citas, pero no soy ingenua.

¿Qué voy a hacer con ella?


¿Quieren que le diga algo del próximo capitulo?...el próximo capitulo...es el capitulo...

Es el capitulo numero 20...IEEEII

Les diré que, dependiendo la cantidad de Reviews, voy a apurarme para subirlo enseguida.