Prometo que esta es la ultima historia antes de concluir el resto. Espero sea de su agrado.
Como siempre los personajes no me pertenecen yo solo ocupo sin fines de lucro.
Capítulo I. Corte.
El continente era un lugar prospero y lleno de diversas criaturas que vivían en armonía.
Los reinos se alzaron, pero con el tiempo las cortes se corrompieron creyendo en su propia superioridad, y la sangre comenzó a correr, dejando a los humanos con el control sobre el mundo.
Las demás razas veían como sus hijos eran asesinados, como sus mujeres eran violadas, y como los caballeros de brillantes armaduras reían mientras que sus cuerpos y espadas que se pintaban de la sangre de sus cuerpos.
Algunos pocos lograron escapar, internándose en los bosques, escondiéndose, pero no todos tuvieron la misma suerte, aquellos que no murieron ni lograron escapar, sufrieron un destino peor que el destierro, cadenas fueron puestas sobre de ellos, sufriendo al filo del látigo y el hambre.
Los humanos solo pudieron vencer con la ayuda de aquellos con la habilidad de controlar la magia, brujos y hechiceros, hombres y mujeres que dedicaron su vida para controlar aquello que hacia fueran cada vez mas cotizados por los reyes de todo el continente.
Algunos reyes apostaban por una gran cantidad de magos, otros más preferían calidad a cantidad teniendo a solo uno en su reino para ayudarle a todo lo que pudieran pedirle.
Pero como era costumbre con los humanos, vieron en los magos un gran peligro para si mismos, no solo era el hecho de que fácilmente uno de los portadores de magia podía matar a ejércitos enteros, sino aun entre ellos existían leyes que los limitaban a mostrar su entera fuerza, e incluso ir en contra de ellos en ciertos casos.
El reino de Arendelle se encontraba al norte del continente, sus altas montañas repletas de minas de oro lo hizo más fructífero entre los demás.
El rey Agnar estaba en su trono, podía sentir en el aire aquel aire frío que hacía hasta al mas valiente temblar como un pequeño en una tormenta. Por la puerta de la sala una mujer de cabellos color cobre entro, su vestido verde tenía bordado el estandarte de su reino, y aunque por su apariencia juvenil cualquiera diría que la mujer no pasaba los veinte años, Agnar sabía aquella mujer había visto nacer al reino, instruyendo a la corona durante las veinte generaciones que habían reinado.
- Mi señor. - la mujer apenas agacho su cabeza ante el hombre.
- Dime Anna, ¿haz escuchado aquel rumor que corre por la corte?
Los ojos color esmeralda centellaron en un rojo sangre por un segundo, antes de volver a su color natural. - No mi señor, he permanecido en mi estudio.
Por detrás del trono varios guardias salieron marchando por la sala haciendo escuchar sus armaduras.
- Varios guardias me han dicho que mi hija, la princesa Elsa a ido a visitar tu estudio, ¿Es eso cierto?
El semblante tranquilo de Anna no se inmutó, aun cuando podía sentir la tensión en el aire subir con cada segundo que estaba ahí. - La princesa Elsa, me ha pedido le instruya en las artes de la magia, a tratado de controlar el don con el que ha nacido.
Los ojos del rey se posaron en la figura de la bruja frente a el, y su mano se poso en la empuñadura de su propia espada. - Nos hemos conocido durante toda mi vida, más de una vez tus concejos y ayuda me han llevado a la victoria, por lo que te doy la oportunidad de decirme la verdad, ¿Te aprovechaste de mi hija?
Por un segundo Anna cerro sus ojos, dejándole ver las posibles consecuencias de su respuesta. Cada uno de los posibles futuros, eran inminentes, aún negando todo, o defendiendo a la princesa, de uno u otro modo terminaba de la misma manera, el reino en llamas y Elsa llorando. A lo largo de su longeva vida, había vivido todo aquello que el destino tenía para ofrecer, sin embargo, nunca había sentido nada igual por nadie, la vio nacer como a muchos antes de ella, vio como aquel don despertaba, estuvo ahí cuando dió sus primeros pasos y cuando dijo sus primeras palabras, comían chocolates juntas, y en realidad nunca podría terminar de comprender en que momento había comenzado a sentir aquello por la pequeña princesa, cuando en sus ojos cambio aquella forma de verla, cuando su corazón comenzó a latir con mayor fuerza al tenerla cerca. Por ello en aquel momento, decidió seguir el único futuro que no lograba ver, aquel que permanecía oculto a su vista.
Escucho los gritos de batalla de los caballeros, podía sentir el aire cortarse por el filo de las espadas, pero no importaba, de sus manos caían pesadas nubes de humo verde.
Nadie tuvo tiempo siquiera de reaccionar, cuando cayeron al suelo, y no solo la sala del trono, sino todo aquel que permanecía en el castillo tuvo la misma suerte.
El mismo humo se levantó ante ella mostrando todos aquellos recuerdos que tenían que ver con ella, con sus manos borró su propio rostro, quitándose a si misma de la historia de Arendelle, dejando que la misma mente de aquellos que la llegaron a conocer llenará el hueco que dejaría, sin embargo dejo una mente por manipular.
Los pasillos estaban repletos de personas sin conocimiento, algunas más conocidas que otras, las puertas de madera adornaban estos, pero Anna camino hacia una habitación en especial.
Tendida en la cama, estaba su cuerpo postrado con las piernas al aire, su cabello rubio platinado se esparcía como si tuviera vida propia.
La bruja se tomó su tiempo para acomodar a la princesa, tratando de hacer que aquel bello rostro se marcará en su memoria, aunque sabía nunca podría olvidarla. Puso su mano derecha sobre la frente de la pequeña, para después alejarla y mostrar cada uno de sus recuerdos.
Sabía que estaba siendo masoquista, mostrándose a si misma toda aquella historia que compartían, pero saberlo no le importo en ese momento.
Dejando que hasta su nombre se perdiera de la memoria de la próxima reina, una lágrima se perdió entre sus mejillas. Pero antes de terminar con su hechizo, escucho su nombre escapar de aquellos labios que le habían dado aquello que nunca había tenido.
Caminando por la catacumbas, Anna concidero quedarse en el castillo, siendo una criada, con tal de poder seguir viendo a Elsa, pero de inmediato quitó la idea de su mente, al saber que hasta su nombre podría hacer que el hechizo se revirtiera.
Todo el castillo despertó, viéndose entre ellos extrañados, nadie sabía que había sucedido, pero en una de las recamaras, una princesa lloraba desconsolada, y siendo lo peor ni siquiera sabía el porque de su llanto, solo sentía un vacío en su pecho que le oprimía su corazón.
Otro de los reinos más poderosos era el reino de West, pero su fuerte no era el monetario, sino el poder bélico, por todo el continente era tenido el ejército del reino.
Este era uno de aquellos que comenzaba a apuntar sus espadas en contra de los hechiceros y curanderos que vivían entre el pueblo.
La bruja de la corté, veía como en el pueblo era cada vez más común que a sus hermanos se les molestará, veía como cuando uno de ellos caminaba, se les llegaba a robar y la guardia de su rey no hacía nada, como sus hijos eran golpeados por los aldeanos, Victoria trataba de hacerle ver al rey que aquello estaba en contra de los tratados que se tenían entre los brujos y los hombres, pero el rey solía ignorarla.
Fue hasta una noche, ella se encontraba estudiando una fórmula para hacer crecer el trigo más rápido y sea más fuerte, cuando escucho un suave susurro, por un momento pensó en ignorarlo, pues la princesa Elizabeth solía hacerle bromas, la joven era sumamente hermosa, y sería mentira si dijera que no quería que ella fuera bien vista por la futura reina, por ello solía dejar que las bromas siguieran su curso, pues a pesar de estás, la pequeña tenía un corazón más grande que todo el reino junto, pero aquel susurro era definitivamente diferente a los que solía hacer Elizabeth.
Los pasillos estaban pobremente alumbrados por antorchas, pero en uno de los cuartos del castillo, se podía ver la luz salir por debajo de la pesada puerta de madera.
Sin embargo aún acercando su oreja a la puerta no podía alcanzar a distinguir las voces del interior.
Usando un hechizo sobre si misma, agudizó su oído, sintió su piel erizarse con la conversación.
"¿Está todo listo?" Oyó decir al rey.
"Si mi señor, mañana al amanecer, esas pestes dejarán el reino"
El corazón de Victoria se estrujó en dolor, sabía que se referían a su gente.
Aún corriendo, Victoria cuido que sus pasos apenas se escucharán, estando fuera del castillo, debía cuidarse más de la guardia, pues no conocía el ritmo de sus rondas, afortunadamente para ella, la discriminación a su gente jugo a su favor pues las casas estaban sin protección del reino.
Entrando a hurtadillas a las casas, se las arreglo para convencer a las familias de seguirla. Guiando a estás por una de las alcantarillas que daban al bosque, faltando poco para el amanecer, todos se encontraban en la entrada del bosque, estaban por abandonar por siempre el reino, cuando Victoria noto que no había tomado el coldije de su familia.
Al no ser algo que pudiera decidió volver por el.
Estando en su recamara, vio la luz del sol empezar a cubrir al reino, desafortunadamente las trompetas de alerta sonaron antes de siquiera poder encontrar lo que buscaba.
La desesperación no le dejo reaccionar cuando su puerta fue destrozada, ni mucho menos defenderse del golpe que nublo su conciencia, y termino por perder el conocimiento.
El ardor de su piel al ser arrancada le hizo despertar.
Trato de moverse, pero sus manos estaban encadenadas.
El sonido del látigo rompiendo el aire, le fue insignificante cuándo más de su piel le fue desprendida.
Sentía su sangre correr por su espalda.
Sus gritos morían con la mordaza que tenía en la boca.
Entre el dolor veía a todo el pueblo frente a ella, arrojándole piedras y verduras.
Un nuevo golpe le hizo gemir.
El rey al que había servido hablaba, pero ella no podía entender lo que decía.
Otro golpe en su espalda.
Vio al pueblo festejar su dolor.
-... A LA MUERTE!
Con las pocas de sus fuerzas restantes, alzó la mirada viendo su final.
El fuego bailaba con fuerza mientras que sobre de él se ponía al toro de bronce.
Vio como el fuego calentaba el metal, y sintió como sus músculos se desgarraban con el látigo de su ejecutor.
Victoria fue arrastrada por la plaza, sintiendo como los aldeanos aprovechaban para golpearla y escupirle.
Apenas su cuerpo toco el metal, sentía como su piel se desprendía de ella, el olor de su propia carne siendo quemada le daba náuseas, con cada movimiento que hacía nueva de su piel sufría la tortura.
Aún en la obscuridad veía como sus huesos comenzaban a ser visibles.
Y solo se resigno a su destino.
Perdiendo el conocimiento a causa del dolor insufrible que sentía.
Nunca espero abrir los ojos nuevamente. Y cuando lo hizo el dolor le hizo gritar un aullido de dolor.
- No te muevas, el dolor se calmara.
No sabía quién le hablaba, pero era imposible quedarse quieta.
De pronto su conciencia se esfumó nuevamente.
La princesa Elizabeth, veía como los guardias sacaban las cosas de la única que concidero amiga para quemarlas.
Pero de pronto uno dejo caer un pedazo de oro, Elizabeth lo tomo sin que el guardia la viera, pies ella sabía la importancia de aquel objetó.
En una de sus pláticas, Victoria le había dicho que aquel había sido un regalo de su madre.
Esa era una de las razones por lo que tenía una fijación por la bruja. Pues ella también había perdido a su madre, y a diferencia del resto del castillo, no le exigió ser fuerte, sino que le dejo contarle todo lo relacionado con la difunta reina, e incluso seco sus lágrimas cuando estás se hicieron presentes.
