Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.
Debo de incluir una leve advertencia por el contenido no apto para público sensible a ciertos temas.
Sostuvo con fuerza el plato y respiró profundo antes de empujar la puerta de la habitación y entrar en ella. Ahí dentro se encontraba la pelirroja, que al mirarlo comenzó a respirar con rapidez.
- Imagine que tal vez podrías tener un poco de hambre, así que te traje un poco de fruta picada.
El joven le quitó con cuidado la cinta que tenía en su boca. Los labios de ella, antes suaves y brillosos, ahora estaban secos y opacos, sin embargo, para él, seguían siendo igual de deseables como los primeros días de la estadía de ella en ese lugar.
- Po-por favor… déjame ir.
La chica sollozó, ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Él la ignoró y se acercó para asegurarse de que las cadenas siguieran en su lugar; una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro en cuanto vio que eso era así. Una vez que todo estuvo en orden , se sentó frente a ella en el frío suelo y tomó el tenedor para comenzar a alimentarla.
- Debes de darte prisa tesoro, Milo no tardará en llegar y ya sabes cómo se molesta cuando me ve aquí.
Ella abrió la boca con cierto temor y él aprovechó para introducir uno de sus dedos en ella. Lentamente comenzó a moverlo, tocando cada parte de su pequeña boca, produciendo sin saberlo un enorme asco en la pelirroja que no tardaría en comenzar a llorar. Retiró el dedo y se apresuró a introducirlo en su boca, mientras con la otra mano le acercaba el tenedor.
Quería tocarla, pero si lo hacía Milo lo mataría, después de matarla a ella frente a sus ojos.
Mientras la chica comía, él se dedicaba a admirar su belleza; su desordenado cabello y rostro siempre húmedo le resultaban altamente adorables, simplemente la adoraba. Ella le temía. Temía lo que pudiera hacerle si no lo obedecía, temía lo que pudiera tocar o decir. Pero más le temía a Milo; Milo era peligroso, había intentado matarle en cuanto se enteró que sus padres no aumentarían la suma acordada por su rescate, si no hubiera sido por Aioria en esos momentos cada una de las partes de su cuerpo se encontrarían regadas por toda la ciudad, le debía la vida.
Pero eso no evitaba que le temiera.
El moreno sonrió satisfecho al ver que la chica comía sin negarse, como tantas veces en el pasado lo hizo. Tal vez finalmente ella comenzaba a sentir también ese fuego interior que quemaba cada vez que se veían a los ojos.
¡Oh, sus ojos!
Aioria los adoraba, eran la segunda parte favorita del cuerpo de ella después de los labios. Aquellos ojos inocentes, que brillaban de felicidad cada vez que él aparecía por la puerta y le imploraba pasar el resto de sus vidas juntos, como las almas gemelas
que eran.
Sólo había una cosa que se interponía entre ellos: Milo. El chico ya había amenazado con matarla en cuanto se enteró que los padres de la millonaria pelirroja no pagarían rescate y Aioria sabía que era cuestión de tiempo para que el griego volviera con esa idea. Era por eso que debía de actuar rápido y encontrar una solución lo suficiente buena como para que todos obtuvieran lo que querían, Milo su dinero y él a su amor.
En cuanto ella terminó de comer Aioria le sonrió feliz y salió de la habitación. Al subir las escaleras de ese oscuro sótano se encontró en la sala con su amigo. Esperaba verlo con algún mueca, signo de su frustración de los últimos días, pero en lugar de eso el griego lucía estúpidamente feliz.
- ¿Y a ti que carajo te picó?
- Pagaron el maldito rescate - Milo se acercó a su amigo, abriendo la maleta que tenía en su mano derecha y aventándole un par de billetes.
- ¿Qué? - el color en el rostro de Aioria desapareció, miró la maleta sintiendo como algo dentro de él se rompía.
- Finalmente nos desharemos de esa zorra - Milo dejó la maleta en medio de la sala y comenzó a caminar hacia el sótano - he estado pensando que lo mejor que podríamos hacer es mostrarle a sus padres que nosotros no jugábamos... le cortaré un par de dedos para que no nos olvide - dijo cantando.
- ¡Milo espera!
Para cuando reaccionó su amigo ya había desaparecido dentro de la penumbra del sótano.
El pánico lo invadió y se apresuró a seguir el griego. No podía dejar que le ocurriera algo a la pelirroja, no podía dejar que la lastimaran.
Bajó corriendo las escaleras y pudo detener a su amigo justo antes de que este abriera la puerta donde se encontraban la chica. Milo tenía en su mano derecha su navaja y al sentir como Aioria llegaba tras él y comenzaba a jalarlo se detuvo para mirarlo molesto.
- ¿Qué carajos quieres?
- Por favor Milo - Aioria le tomó del hombro - no vayas a hacerlo, te lo pido, no por ella o su familia, sino por mi.
- ¿De qué hablas idiota? - Milo lo miró fastidiado, más su molestia desapareció al darse cuenta de lo que sucedía - Has estado viniendo a verla, ¿Verdad? ¡Te dije que no lo hicieras! Eres un maldito loco.
- ¡Milo, la amo! - le gritó tratando de que así el griego decidiera no hacerle nada.
- ¿Amor? ¿ Crees que esto es amor? ¡Eres un enfermo! - Milo se alejó de Aioria y se pegó a la puerta - ¿Cómo puedes decir eso después de todo lo que hemos hecho? Lo que le hemos hecho.
- Estoy enamorado de ella Milo. No voy a dejar que la lastimes, no te interpondrás entre nosotros.
- ¿Nosotros? No hay un nosotros, ella no te quiere - Milo se desesperó y tomó a Aioria por el cuello de su playera, acercándose a él - por si no te has dado cuenta Romeo, ella te tiene miedo, tal vez hasta más del que me tiene a mi.
- No… no es verdad.
- Cada vez que te ve empieza a llorar, tiembla cuando estás cerca, te tiene miedo, lo que sea que sientes te ha cegado.
Aioria negó con la cabeza, no comprendía por qué su amigo se empeñaba en lastimarlo y no creerle. Sus sentimientos eran reales, tan reales que le dolía que dudarán de ellos. Pequeñas gotas se amontonaron en sus verdes ojos, no necesitaba que aprobaran su romance, mientras ellos supieran lo que sentían el uno por el otro era suficiente, y Aioria sabía que la chica lo amaba.
Al mirar a su derecha pudo ver cómo Milo aún sostenía su navaja, está brillaba tan cerca de su rostro que con sólo eso Aioria sentía como si está fuera a cortarlo.
- Te lo pido Milo, no lo hagas.
- No lo voy a hacer - Milo lo soltó y se dio la vuelta para abrir la puerta - voy a entregarla en la noche, todavía faltan un par de horas para eso, mientras tanto voy a arreglar tu pequeño problema, no pienso arriesgarme a que hagas una estupidez - Milo abrió la puerta y entró, ahí vio a la pelirroja acostada en el suelo - pasaré una buena tarde con ella - sonrió - tal vez ya no la quieras si ya fue de otro.
Dicho eso Milo se dispuso a cerrar la puerta, pero Aioria la empujó para que eso no sucediera, no permitiría que alguien que no fuera él la tocara. Ambos comenzaron a forcejear con la puerta, parecía que las cosas estaban parejas pero rápidamente el ojiverde utilizó su creciente enojo para ganarle a su amigo. Milo terminó en el suelo y Aioria no tardó en subirse arriba de él para comenzar a golpearlo. Ambos forcejearon y rodaron por el suelo ante la vista sorprendida de la chica.
La respiración de ella se aceleró, temía por la razón de la pelea. Miraba la pelea hasta que el brillo de la navaja que había salido volando llamó su atención; se levantó con dificultad debido a que tenía tiempo que no lo hacía, y caminó hacia ella viendo la oportunidad de escapar de sus captores.
Aioria logró volver a estar sobre Milo y le dio un par de golpes más en el rostro.
Estaba cegado por el enojo, desesperación y frustración que le producía el que su amigo se negara a ver con buenos ojos la hermosa relación que estaba por comenzar con la chica. Estaba por dar el golpe que noquearía a su amigo cuando sintió un terrible dolor en su espalda, al dar la vuelta se encontró con la chica clavándole la navaja justo en el hombro izquierdo.
No se molestó, sabía perfectamente que ella estaba tratando de ayudarle y falló en su misión. Era tan buena y lo amaba tanto que no soportaba que fuera a terminar perdiendo en su combate contra Milo. Se levantó y caminó con la intención de abrazarla, ya que había vuelto a llorar, tal vez sintiéndose mal por lastimarlo a él en su pobre intento por ayudarle.
Sin que ella pudiera hacer algo, él puso ambos brazos en su cadera y la estrechó tan fuerte que por un momento recordó cuando la secuestró y la sostuvo justo de la misma forma para que no se escapara. Agachó la cabeza y se permitió hundir su nariz en el cabello de ella, percibiendo todavía ese tenue aroma a fresas que emanaba.
- No te preocupes mi amor - le susurró - estoy bien y pronto podremos estar juntos.
Aioria le levantó el rostro y la besó en los labios por sobre la cinta que tenía ella. Podía sentir el sabor salado de las lágrimas de ella, sabía que lloraba de alegría por ese ansiado toque y él le prometió mentalmente muchos más.
Tan absorto estaba en ella que no sintió cuando Milo lo golpeó en la espalda con un tubo que se encontraba en esa bodega. Cayó al suelo sintiéndose mareado y miró cómo el griego se acercaba a la chica y ponía sus manos sobre su delicado cuello. Milo comenzó a presionar con fuerza. La pelirroja no luchaba por quitárselo de encima, sólo esperaba que terminara con ella rápido y la dejara descansar en paz.
Una vez más el hombre se encontró distraído con la mujer, ajeno a lo que sucedía a su alrededor, sólo concentrado en ella. Todo lo que había pasado minutos antes volvió a pasar. Aioria se levantó y golpeó con el mismo tubo a Milo, sólo que él decidió darle en la cabeza, provocando de inmediato una estrepitosa caída y que la sangre comenzara a brotar, como si de una fuente se tratara.
La chica quedó debajo de él, manchándose con el espeso líquido rojo, al sentirlo tan cerca pudo darse cuenta que todavía respiraba, muy pausado, pero lo hacía, tal vez sería lo último de él.
El ojiverde se acercó a ellos y de la chamarra de Milo sacó un llavero. La pelirroja se quitó el cuerpo de encima y le extendió levemente las manos, esperando que le quitara las cadenas. Aioria sonrió ante la vista de la chica impaciente por que él la liberara y ella finalmente pudiera tocarlo como era debido.
Se acercó a ella y le dio un casto beso en la cabeza. Caminó hacia la pared en la que estaba la cadena y se encargó de quitar el candado que las unía; enrolló parte de esta en su brazo derecho y le sonrió a la chica que no había dejado de llorar y lo miraba confundida; él sabía que debajo de la cinta se encontraba una enorme sonrisa y las ganas de gritarle todo su amor, pero tendría que esperar, primero tenían que irse de ahí, encontrar un lugar seguro y después podrían hacer que su amor floreciera como debía de ser.
Comenzó a caminar hacia la salida de esa habitación, jalando a la chica con él. Un futuro vislumbraste se hacía cada vez más real conforme subían las escaleras. Al llegar a la primera planta la pelirroja trató de cubrirse de los rayos del Sol, había pasado demasiado tiempo sin recibir algo de luz real fuera de esa bombilla que tintineaba de vez en cuando.
El chico se acercó a ella y comenzó a darle pequeños besos por toda la cara, estaba emocionado, sus planes comenzaban a hacerse posibles y sabía que ella también esperaba por eso.
- ¿Qué te parece si subes a darte una ducha en lo que yo preparo un almuerzo para los dos? ¿Sí mi amor? - Aioria le quitó la cinta.
- … Po-por favor… déjame ir - susurró ella aún teniendo miedo.
- ¿Dejarte ir? No mi cielo - Aioria la tomó por las mejillas y comenzó a apretarle la cara - ya todo está bien, Milo ya no te hará daño y yo no te dejaré ir, jamás me escuchas, estaremos juntos por siempre, justo como siempre hemos querido.
La pelirroja comenzó a llorar sabiendo que nunca saldría de ahí. Él no la dejaría.
- Ahora ve a darte una ducha mi amor - le dijo Aioria mirando las manchas de sangre en la ropa y cara de la chica.
Aioria caminó hacia una de las puertas de la parte de abajo, donde se encontraba el baño; ahí volvió a asegurar la cadena en uno de los muebles y dejó que la chica entrara. Antes de salir se miró en el espejo y se quitó la navaja; esta no había hecho un gran daño, por lo que no tuvo que preocuparse de una hemorragia o algo así.
Al salir del baño una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. Sentía que el amor se podía respirar en el aire y que no necesitaría algo más; al llegar al a sala levantó la maleta llena de dinero y vio que sobre este se encontraba un pedazo de papel que contenía la dirección en la que debían de dejar a la chica esa noche. Frunció levemente el ceño antes de tomar el papel y romperlo en pedazos, ya no era necesario conservarlo.
Con gran alegría caminó a la cocina y se dispuso a preparar una cena romántica.
Nunca le había puesto tanto empeño a algo.
Conforme las horas pasaban Aioria decidió que era el momento de buscar a su amada en el baño. Caminó con felicidad y abrió la puerta con la misma sensación.
Al entrar se encontró con una escena que sería difícil de borrar de su mente.
La pelirroja estaba tirada en el suelo, en su mano se encontraba la navaja y su cuello estaba adornado por una larga línea por donde aún brotaba un poco de sangre.
Todo el suelo estaba rojo, y la mirada vacía de ella se encontraba en la puerta.
Aioria sabía que ella lo había esperado todo lo que pudo para que él pudiera presenciar como esos hermosos ojos perdían la vida, pero la muerte no espera a nadie.
Su amor era tan grande que ella había decidido inmortalizarlo por medio del acto de amor más grande que él podía encontrar.
Se acercó a ella con cuidado y besó lentamente esos labios que tanto deseó besar.
Estaba agradecido por la forma tan mágica en la que ella le dijo que le amaba, y sabía que ahora era su momento para hacer algo igual de hermoso. Tomó la navaja y con cuidado la clavó en el pecho de ella, dispuesto a tomar el corazón de ella y unirlo con el suyo.
Comentarios:
Sentí que tal vez la advertencia no era necesaria, pero uno nunca sabe.
Gracias por leer, he de decir que este escrito se basó en el Síndrome de Lima que como pudieron notar es el captor sintiendo empatía por su secuestrado. Es un tema bastante interesante he de admitir y en uno de mis ratos libres decidí escribir un poco sobre esto. Una vez más gracias por leer, espero que fuera de su agrado.
¡Buen día!
