AQUI LES TRAIGO MI NUEVA ADAPTACION ESPERO LES GUSTE
Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer al final les digo el nombre del autor
CAPÍTULO DOS
Edward la agarró para evitar que cayera. La envolvió entre sus brazos. Por un momento, ella descansó contra él. Y la esencia de Bella, el limpio del jabón, de champú de fresias, le llenó los sentidos e hizo que un recuerdo olvidado brotara de lo más profundo de su memoria.
Una vez, después de una escena especialmente desagradable con Esme, él la había agarrado de la misma manera cuando se había tropezado a causa de las lágrimas. Y entonces, como en aquel momento, había sujetado su cuerpo esbelto contra el pecho, y su mano se había posado en su pelo largo y castaño. Como en aquella ocasión, sintió un estremecimiento de deseo por todo el cuerpo. Era extraño que aquel recuerdo tan cuidadosamente reprimido resurgiera en aquel momento.
—Lo siento —dijo Bella, y dio un paso atrás. Estaba muy ruborizada—. Me rompí la muñeca no hace mucho, así que ahora miro bien a mi alrededor. No sé por qué no he visto este maletín. Gracias por agarrarme.
Edward puso mala cara.
—¿Es que crees que te dejaría caer deliberadamente?
—Bueno, si me hubiera roto el cuello, tu familia se habría librado de mí de una vez por todas. Se habría librado de la esposa ridícula e inapropiada que Jasper les impuso a todos.
Edward dejó escapar un juramento.
—Piensas de verdad que no tenemos corazón, ¿verdad?
Bella se encogió de hombros.
—Ninguno de vosotros me ha dado razones para pensar de otra manera. —¿Estás segura?
—Quizá tu padre, pero se estaba muriendo, así que quizá lo que yo pensé que era amabilidad era sólo el agotamiento o la indiferencia causada por la enfermedad.
Luchando porque su voz sonara despreocupada, Edward preguntó:
—¿Y yo? ¿También tienes el recuerdo de que yo fui odioso contigo?
Bella reflexionó sobre aquello unos instantes.
—Lo que recuerdo es que mantenías la distancia. Era como si no pudieras estar en la misma habitación que yo. Raramente pasábamos tiempo juntos.
Él murmuró algo como «y con motivo», pero Bella no estaba segura de haber oído bien, porque el chasquido de un trueno se lo impidió. Bella se frotó la muñeca.
—Sabía que iba a llover —dijo.
—¿Es ésa la muñeca que te rompiste? —le preguntó Edward, tomándole la mano izquierda.
—Sí.
—¿Y todavía te duele?
—A veces —respondió ella, nerviosa—. Tengo que marcharme ya para llegar a casa antes de medianoche —dijo, mirando significativamente la mano que él le sostenía.
Edward no se dio por aludido y no la soltó.
—¿Cómo te rompiste la muñeca?
—Los niños de mi casera se dejaron un patinete en las escaleras.
—¿Los demandaste por daños y perjuicios?
—No. Ella llega a fin de mes con tantas dificultades como yo.
—Su seguro de hogar posiblemente habría cubierto la indemnización. Me parece que todavía eres tan ingenua y agradable como cuando vivías aquí.
—No tan ingenua. ¿Y agradable? Quizá, aunque sé que los Cullen consideran ser agradable igual que ser tonta. O peor.
—No todos los Cullen —corrigió él.
Bella no hizo caso del comentario.
—¿Cuándo te vas a poner en contacto con tu abogado para preguntarle lo de la cuenta del banco?
Edward la miró con los ojos entrecerrados.
—Estás desesperada por ese dinero, ¿verdad? En silencio, Bella se maldijo por su descuido.
—Dime por qué lo necesitas con tanta urgencia. ¿Tiene algo que ver con que te rompieras la muñeca?
Indirectamente, sí tenía que ver. Había tenido que ponerse de baja, y el seguro no le había cubierto todos los días. Tan sólo una semana sin sueldo había hecho estragos en sus magros ahorros. En aquel momento, Natalie se había puesto enferma, y el seguro tampoco cubría todos los gastos médicos, así que lo que había quedado había desaparecido de su cuenta con alarmante velocidad.
—Tengo que irme. Por favor, suéltame la mano.
Edward obedeció, y ella salió del despacho. Aunque sabía que él la seguía por el pasillo hacia la puerta principal, se obligó a mantener un paso digno y no salir corriendo.
Cuando abrió la puerta, una ráfaga de viento se la arrancó de la mano, y un relámpago cruzó el cielo. Iba a llover a cántaros durante todo el trayecto de vuelta.
—Bien, entonces, adiós —le dijo a Edward, y salió corriendo hacia el coche.
Sin embargo, tras varios intentos no consiguió arrancar el motor.
—¿Qué ocurre? —le preguntó él, acercándose a la ventanilla poco después.
—No lo sé. Creo que el coche está recalentado.
Edward abrió el capó y examinó el radiador.
—Voy a llamar a Mike. Es el mecánico del rancho.
Después de echarle un vistazo al coche, Mike determinó que el manguito del radiador se había estropeado, y le dijo a Bella que hasta el día siguiente no podría conseguir uno nuevo. Así pues, se despidió y se marchó de nuevo a cenar al barracón.
—Gracias —le dijo Bella mientras él se alejaba. Después se volvió hacia Edward, y le dijo en tono angustiado—: Pero yo tengo que irme a casa esta noche.
—No tendremos el recambio hasta mañana. Parece que tendrás que pasar la noche aquí, te guste o no —respondió Edward. Le puso una mano en el codo y la guió hacia la casa.
Cuando llegaron al porche, el sonido de un trueno hizo que Bella se sobresaltara.
—No quiero abusar de tu hospitalidad —dijo, mientras entraban.
—No estás abusando. Además, va a haber una buena tormenta. No echaría ni a un perro con un tiempo como éste.
—Harías bien. A mí me gustan los perros.
Edward chasqueó los dedos.
—Me acuerdo de que tú acogiste a un cachorrito hambriento que apareció un día en el rancho.
—Me identificaba con él. Teníamos mucho en común. Ninguno teníamos pedigrí y ninguno de los dos era bienvenido al Diamond C.
—Le pusiste un nombre pomposo… ¿Cómo era?
—Duque. Era tan poca cosa, que pensé que se merecía un nombre importante.
—Yo siempre me he preguntado de dónde venía tu nombre.
—Me llamo igual que mi abuela —dijo Bella, y, pensando en el perro, suspiró—. Un día, Duque desapareció. Tú me ayudaste a buscarlo.
Con la voz suave, Edward comentó:
—Era un perro vagabundo, estaba acostumbrado a vagar por ahí.
Bella sacudió la cabeza.
—No. Había encontrado un hogar, y a alguien que lo quería. No se habría marchado voluntariamente.
—Tú lo hiciste. Tú habías encontrado un hogar, y a alguien que te quería, y te marchaste.
—Estás equivocado, tanto como lo estaba yo. Pensé que había encontrado todas esas cosas, pero no era cierto. Y, si insistes en diseccionar el pasado, voy a salir por la puerta, llueva o no, y voy a pasar la noche en el porche.
Edward alzó las manos en un gesto conciliador.
—Está bien, está bien. ¿Por qué no vamos a ver lo que ha preparado Billy de cenar? Me muero de hambre —al ver que ella titubeaba, añadió—: Estoy seguro de que hay suficiente comida. Billy nunca ha oído hablar de la nouvelle cuisine. Él todavía identifica el confort con una mesa llena de comida.
Desde donde estaba, Bella podía ver el comedor, el escenario de muchas de las humillaciones a las que Esme sometía a la gente de la misma forma que cortaba su filete, con la habilidad de un carnicero profesional. En muchas ocasiones, la víctima de aquellos ataques había sido Bella. Ella odiaba aquella estancia elegante y fría.
Se estremeció.
—¿Te vas a poner enferma?
—No —aquello habría sido la gota que colmara el vaso. No podía permitírselo.
—¿Qué ocurre?
—Nada. ¿Podríamos cenar en la cocina?
—Claro. ¿Por qué no? Creo que no hemos usado el comedor más de tres veces desde que Esme se marchó. A mí también me gusta comer y cenar en la cocina —dijo Edward, y le puso la mano, suavemente, en la espalda, para cederle el paso.
Aquel roce hizo que ella volviera a estremecerse. Tenía ganas de correr, de escapar, pero aquello habría revelado su debilidad, y sabía que eso no le convenía en absoluto.
Tomaron la deliciosa cena que Billy había preparado, que a Bella le resultó celestial. Desde que Natalie se había puesto enferma,Bella no había comido más que cereales con leche y algún que otro sándwich. Casi había olvidado la experiencia tan satisfactoria que era comer bien.
Sólo cuando había saciado su hambre comenzó a preguntarse por qué la habría invitado Edward a compartir su cena. Por sus comentarios anteriores, ella sabía que la culpaba por el fracaso del matrimonio de su hermanastro, y por la muerte de Jasper. Entonces, ¿por qué estaba siendo tan agradable con ella? ¿Qué estaba tramando? ¿Qué quería? Bella estaba segura de que él tenía algún motivo oculto, así que lo mejor sería mantenerse en guardia.
Edward sacó el pastel de manzana y el helado del postre a la mesa, sirvió dos platos y, cuando se sentó, comentó:
—Hay algo que siempre he querido saber. ¿Por qué rechazaste la anulación de tu matrimonio, e insististe en divorciarte?
Él le había hecho la pregunta de una forma tan natural que ella estuvo a punto de contarle la verdad: Bella quería que su hija fuera legítima, que tuviera el apellido de su padre sin que nadie pudiera arquear la ceja al mirarla. Cierto que, cuando el abogado se había puesto en contacto con ella para negociar la anulación con ella, Bella no sabía que estaba embarazada. Debería haberlo sabido, pero era tan infeliz que ni siquiera le prestaba atención a su cuerpo.
Quizá, inconscientemente, sabía que llevaba una nueva vida dentro, y quizá aquello hizo que rechazara la anulación.
—Eso habría sido una mentira. Habría sido como decir que Jasper y yo no habíamos estado casados. Aunque Esme intentara fingir que no éramos marido y mujer, sí lo éramos.
Edward asintió.
—Me acuerdo de la noche en que Jasper te trajo a casa y te presentó como su mujer. A Esme le dio un ataque, y después te puso en la habitación de invitados y a Jasper en la habitación que había ocupado desde que era bebé. No se puso muy contenta cuando supo que su chico dorado no iba a seguir su plan —dijo Edward, y se rió al recordarlo.
—Si yo hubiera sido mayor, y hubiera tenido más experiencia, habría sabido que aquello era la declaración de guerra de Esme. Pero yo era muy joven, y creí que quizá las habitaciones separadas eran una costumbre de las familias ricas e importantes. Esme y tu padre dormían en habitaciones separadas.
—En los primeros tiempos de su matrimonio no —dijo Edward.
—Me apuesto algo a que, en cuanto ella tuvo todo lo que quería, encontró alguna excusa para cambiarse a una habitación para ella sola. A mí siempre me pareció una mujer muy fría —dijo Bella.
—Los ronquidos.
—¿Cómo?
—Esme dijo que los ronquidos de mi padre no la dejaban dormir —explicó Edward. Después, recorrió a Bella con la mirada—. Estoy seguro de que tú no eres una mujer fría.
La voz aterciopelada de Edward casi le ronroneó al oído.
—¿Por qué estás siendo tan agradable conmigo, Edward?
Él alargó los brazos por encima de la mesa para tomarle la mano.
—Relájate.
Aquello era fácil de decir para él. ¿Cómo iba a relajarse, con su dedo gordo acariciándole el dorso de la mano? ¿Qué tipo de gesto era aquél? Era un gesto de seducción, se dijo ella, cuando notó que se le aceleraba la respiración. Aquello no podía ser. Con una precisión deliberada, ella usó la mano libre para levantar la de Edward y liberarse.
—¿Podría tomar otra taza de café, por favor? —le pidió.
No quería más, porque ya estaba nerviosa de la dosis de cafeína que había tomado, pero era una buena forma de conseguir desviar la atención de Edward. Se dio cuenta de que a él le hacía gracia la petición y sonreía, como si se hubiera dado cuenta de su táctica.
—Café para dos, marchando.
—Yo lo serviré —le dijo Bella, y se levantó. Llenó las tazas de los dos y, cuando dejó la cafetera de nuevo en la encimera, miró por la ventana. La tormenta rugía.
—No tendrás miedo de una tormenta de nada, ¿verdad?
—No, aunque ésta no sea una tormenta de nada —Bella volvió a la mesa y se sentó.
—Entonces, ¿qué te ocurre?
—No lo sé —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Quizá sea el haber vuelto a esta casa. Revivir todos esos recuerdos —le explicó. Al ver que la expresión de Edward se endurecía, supo que él también estaba recordando todo lo que tenía contra ella. Y no quería escuchar más recriminaciones. Rápidamente, cambió de tema.
—Hablando de esta casa, ahora que es tuya, ¿no vas a casarte de nuevo? En esta casa debería haber niños para darle calor.
—¿Cómo sabes que me casé?
—Los periódicos publicaron la noticia de tu boda.
—¿Y cómo sabes que no me he vuelto a casar?
—Por los periódicos, también. ¿Por qué no has vuelto a casarte? Ya tienes edad.
—Tengo treinta y cuatro. No es que esté para el arrastre —dijo Edward—. Me plantearé hacerlo uno de estos días —dijo, y se terminó el café de un trago. Después miró a Bella, y le preguntó—: ¿Y por qué no has vuelto a casarte tú? Una mujer tan guapa ha tenido que recibir proposiciones.
—¿Cómo sabes que no he vuelto a casarme?
—No llevas anillo, y tú eres lo suficientemente tradicional como para llevar alianza.
—Si tú no estás para el arrastre, yo tampoco, verdaderamente. Ya me llegará la hora.
Edward sonrió.
—Para ser una mujer tan joven, eres una caradura. De una manera suave. Eso molestaba a Esme más que si tú te hubieras rebajado a gritarle y llamarle bruja, lo cual era su estilo. Tú siempre te comportaste como una señora, mucho más que ella. Y eso le daba mucha rabia.
—Yo no sabía que le molestara —dijo Bella, sorprendida—. Ella me asustaba mucho. Era todo lo que yo no era: alta, sofisticada, siempre iba bien vestida y arreglada, como si acabara de salir de una revista de moda. Parecía que provenía de generaciones de dinero y privilegios.
Edward soltó una carcajada.
—Eso era lo que ella quería aparentar. La verdad es que creció en una granja donde criaban más niños que cualquier otra cosa. Sin embargo, Esme es astuta. Y decidida. Le concederé eso.
—Cuéntamelo.
—Vino a Abilene, miró a su alrededor y aprendió. Comenzó a trabajar en una hamburguesería, y se abrió paso hasta hacerse la encargada de un club de ejecutivos donde iban a comer los hombres de negocios más influyentes. Era el mejor sitio para cazar a un hombre rico, así que no fue ninguna casualidad que consiguiera trabajo allí. Cuando mi padre la conoció, mi madre había muerto hacía años. Él estaba solo y era vulnerable. No pudo hacer nada contra una atrapa hombres como Emerald.
—¿Emerald? ¿Se llama así? Yo no lo sabía —dijo Bella, intentando reprimir una sonrisa.
—Es uno de los secretos mejor guardados de todo Texas. Yo no lo supe hasta que me encontré con unos documentos, después de la muerte de mi padre. Ella odia ese nombre. Le parece que suena anticuado y pueblerino. Si alguna vez se entera de que te lo he contado, vendrá por mí con un rifle.
—Como yo no pienso volver a verla, tu secreto estará a salvo conmigo —le aseguró Bella. Después se quedó mirando pensativamente la mesa—. No sabía nada de su pasado. Uno pensaría que, habiendo crecido pobre como yo, debería haberme aceptado mejor.
—A mí me parece que tú le recordabas mucho a unos años de su vida que quería olvidar. Le gustaba fingir que siempre había tenido riquezas y buena posición. Nunca permitió que ninguno de sus familiares viniera al rancho, ni siquiera cuando se casó. Les enviaba dinero, pero les mantenía apartados.
—Y entonces, su hijo se casó con una mujer que venía de una familia igual de pobre que la suya. No es de extrañar que me odiara.
—Si te sirve de consuelo, Esme habría odiado a cualquier mujer que se casara con Jasper.
—Posiblemente —admitió Bella.
En aquel momento, Billy entró por la puerta de la cocina.
—¡Vaya! Esto sí que es una tormenta. Pensé que el viento se me iba a llevar al rancho de al lado —dijo, mientras se quitaba el sombrero y el impermeable que llevaba.
—¿Por qué no te has quedado en el barracón hasta que terminara de llover? —le preguntó Edward.
—Creí que necesitaríais ayuda con la cena.
—Nos hemos servido solos. Y tú, ¿has cenado?
—He comido un poco con los muchachos, pero en realidad, esta tormenta me ha quitado el apetito.
—¿Crees que va a amainar pronto?
—No. Va de mal en peor. Creo que durará hasta medianoche, como mínimo — respondió Billy—. Lo mejor será que le prepare una habitación, señorita Bella.
—Billy, yo puedo poner las sábanas en una cama perfectamente.
Seguramente, has tenido un día duro —le dijo Bella.
—La habitación del final del pasillo y la de al lado se limpiaron hace dos días — informó Billy.
—Dormirá en la habitación del porche —intervino Edward.
Bella tardó unos segundos en darse cuenta de que la primera habitación que había mencionado Billy era la que había ocupado con Jasper.
—En la habitación del porche estaré muy bien —dijo, y le lanzó una mirada de agradecimiento a Edward.
Billy se quitó el pañuelo que llevaba al cuello y se secó la frente.
—¿No hace mucho calor aquí?
—No, no mucho —respondió Bella, y lo observó atentamente. Tenía la cara enrojecida y los ojos febriles—. ¿Cómo te encuentras? —le preguntó, y se acercó a él.
—No muy bien —admitió Billy, de mala gana.
—Me parece que tienes fiebre —Bella le puso la mano sobre la frente—. Estás muy caliente.
—Estoy bien. Recogeré la cocina y le enseñaré su habitación, señorita. Después me iré a la cama.
—No, Billy. Yo sé dónde está la habitación, y yo recogeré y lavaré los platos.
Tú vete a la cama. Quizá debiéramos tomarte primero la temperatura —sugirió Bella.
—No, estoy bien. Lo único que me hace falta es una buena noche de sueño.
Mañana estaré perfectamente —dijo Billy. Se dirigió hacia la puerta y se despidió.
—Buenas noches —se despidieron también Edward y Bella.
Cuando lo oyeron subiendo por las escaleras, Edward dijo:
—No es propio de Billy rendirse tan fácilmente. Debe de sentirse mal de veras. Quizá debería llamar al doctor Denali.
—¿Por qué no le echas un vistazo tú mismo cuando subas a acostarte? El doctor va a tener muy difícil llegar hasta aquí con esta tormenta. Si Billy no está mejor por la mañana, entonces, llama al médico.
Después de decir aquello, Bella se levantó y comenzó a despejar la mesa. Mientras llevaba los platos al fregadero, Edward la observaba pensativamente. Ella notaba su mirada clavada en la espalda.
—¿Por qué no me preguntas eso que te estás muriendo por saber?
—Tengo curiosidad. ¿Qué ha sido de tu vida desde que te marchaste del Diamond C? —era una pregunta inocente, pero él notó que ella se ponía muy rígida.
—Terminé el instituto, y después comencé a trabajar.
—¿Qué tipo de trabajos has tenido?
Ella lanzó el trapo a la encimera y se dio la vuelta con los ojos echando chispas.
—Cualquier trabajo honrado. He pagado los impuestos y la seguridad social, y todo lo demás…
—Espera. Ya estás sacando conclusiones apresuradas de nuevo. Yo no he insinuado que hayas hecho algo deshonesto.
Bella se dio cuenta de que se había equivocado.
—No, supongo que no, pero tu madrastra sí lo hizo. Cuando yo quería que Jasper y yo nos marcháramos del rancho y buscáramos un trabajo, ella me provocó, diciéndome que la única forma de que yo ganara dinero era vendiéndome.
Edward frunció el ceño, irritado.
—Esa mujer tiene una lengua viperina y una mente muy sucia. Yo sé que has trabajado mucho.
—¿Y cómo lo sabes? —le preguntó Bella, cruzándose de brazos.
—Por tus manos. Si no trabajaras, tendrías las manos muy mimadas, y posiblemente llevarías uñas postizas muy pintadas. Ahora que lo pienso, tendrías las manos como Esme.
—A mí, sus manos siempre me parecieron como garras preparadas para lanzarse sobre la sangre fresca —murmuró Bella. Después se dio cuenta de que Edward podría haberla oído, y añadió—: Lo siento. Ella es tu madrastra, y ayudó a criarte.
Edward sacudió la cabeza.
—Pero no hablemos más de ella.
Cuéntame cosas de ti.
Bella se dio cuenta de que Edward no iba a dejar de hacerle preguntas hasta que ella le explicara algunas cosas.
—Vivo en Abilene y trabajo en una mensajería —dijo, y dobló el trapo—. Edward, estoy cansada. ¿Te importaría que me fuera a acostar ya?
—Claro, ven conmigo.
Mientras recorrían el pasillo, Bella vio la habitación que había compartido con su marido, y sintió una punzada de dolor en el estómago. Después, aceleró el paso.
—Bueno, aquí está —dijo Edward, mientras encendía la luz—. En él baño hay un cepillo de dientes nuevo y todo lo que puedas necesitar. Voy a ver sí encuentro algo que te sirva de pijama. Ahora mismo vuelvo.
Una vez que se quedó a solas, Bella miró a su alrededor. Ella no recordaba que aquella habitación fuera así. Esme debía de haber hecho que la redecoraran. Como estaba añadida al porche para dormir que la familia utilizaba antes de que se instalara el aire acondicionado, continuaba la decoración del porche, con una mecedora y con las telas de pequeñas flores. Seguramente, Esme habría contratado al mismo decorador que había remodelado el resto de la casa, que había hecho un trabajo admirable. Bella suspiró. Lo que ella daría por poder ofrecerle a Natalie una habitación como aquella.
Edward volvió.
—Toma esta camiseta, Bella. Es lo más cómodo que he encontrado.
Bella la aceptó.
—Gracias, es estupenda. Buenas noches.
Después de ducharse y lavarse los dientes, se puso la camiseta, tan grande que la cubría hasta casi las rodillas. En la habitación, descubrió un teléfono. Descolgó el auricular, pero después volvió a colgarlo. Por muy desesperada que estuviera por hablar con Natalie, no podía arriesgarse. Sabía que no le quedaban suficientes minutos en la tarjeta de teléfono como para hacer una llamada a larga distancia, y era improbable que el hospital aceptara una llamada a cobro revertido. Y probablemente, Edward se daría cuenta de que alguien había hecho una llamada desde su casa a un hospital de Abilene, y con toda la curiosidad que tenía hacia ella, era muy posible que siguiera la pista de la llamada y averiguara lo de Natalie. Bella no podía consentirlo.
Aunque estaba segura de que con toda la tensión que había pasado durante aquel día, le resultaría difícil conciliar el sueño, en cuanto se acostó se quedó profundamente dormida.
Se despertó un poco después de las ocho de la mañana, y antes de ir a averiguar si había llegado el manguito de su coche al rancho, pasó por la habitación de Billy para comprobar su estado. Al constatar que seguía teniendo mucha fiebre, le dijo a Edward que debían llamar al médico. Mientras él lo hacía, ella fue a la cocina a buscar un vaso de zumo de naranja y una jarra de agua para Billy, que se tomó el jugo con avidez.
Después, Bella volvió a la cocina y puso a funcionar la cafetera.
—Mike ya ha arreglado tu coche —le dijo Edward—. Y el doctor Denali va a venir esta mañana a ver a Billy. ¿Podrías quedarte hasta que él llegue? —le pidió Edward.
Bella sacudió la cabeza.
—Me gustaría quedarme, pero tengo una cita anterior a la que no puedo faltar.
—¿Alguna cita con un tipo especial? le preguntó Edward, en un tono muy desagradable. ¿Es eso más importante que Billy, que siempre te ha tratado bien?
Bella contó hasta cinco en silencio antes de responder.
—No es una cita con ningún tipo, pero no puedo posponer ese compromiso. Lo siento.
—Sí, claro.
—Otra vez estás pensando lo peor de mí. ¿Por qué siempre haces eso? ¿Tú crees que me marcharía si mi compromiso no fuera verdaderamente importante? —le preguntó, airada.
Sin embargo, Edward la estaba mirando con toda la frialdad de la que un Cullen era capaz. Bella se sintió incluso peor por tener que dejar a Billy.
—No tengo ni idea de lo que harías. Lo único que sé, por las experiencias del pasado, es que te marchas cuando las cosas se ponen difíciles.
Ella apretó los puños y los dientes, pero se las arregló para controlar su ira.
Necesitaba llevarse bien con Edward. El bienestar de Natalie dependía de ello. Natalie, que la estaba esperando en el hospital.
Bella miró a Edward con una expresión suplicante.
—Por favor, créeme. Si pudiera, me quedaría.
Edward continuó mirándola con frialdad.
—Lo siento, pero tengo que irme —dijo Bella, y salió apresuradamente de la casa.
Edward la siguió. Mientras observaba cómo se alejaba su pequeño coche, memorizó el número de la matrícula.
MUCHAS GRACIAS POR SUS REVIEWS
